Malte

La araña era roja. Y muy pequeña. Le había picado en el cuello, y ella la había aplastado justo después de la picadura, que se puso de color pùrpura, pero por poco tiempo. Despuès todo normal. Hasta que ya no fue normal, y tuvieron que ingresarla. Ni en la sangre ni en la orina habìa habido restos de veneno de araña o de insecto alguno. Si esto es el cerebro de su hija, pues imagínese usted que lo vuelvo del revés, les había dicho el médico que la trataba, y como ejemplo habìa cogido un botellìn de agua. Èl se había quedado dos días con sus noches con ella, y le contaba cosas al oìdo. De aquella vez que quisieron recorrer Estados Unidos de costa a costa, y al final se habían pasado todo el mes en un pueblo perdido de Montana, porque èl se había roto un tobillo. Lilith se había despertado mal. Sin saber su nombre. Ni reconocer a nadie. Ni saber dónde estaba. Ni por què. Y èl supo que iba a seguir asì. No hizo falta que ninguna eminencia se lo explicara. Y fue entonces cuando èl vio a Suse. Que siempre había estado ahí. Pero èl la vio en aquel momento. Un año mayor que Lilith, tres menor que èl. Y no se complicò màs. Todo queda en la familia, había dicho su suegro. Y asì fue. A veces no estaba seguro de cuàntos hijos tenìan. Siempre había un bebè en casa. Suyo o de otra persona. Cinco. Seis. Cinco. Da igual. Suse no es Lilith. El se había enamorado de Lilith. Suse estaba allí. Es una gran diferencia. Y Suse lo sabe. O al menos eso cree èl. Èl no había vuelto a visitar a Lilith. Suse va todos los domingos a visitarla. Religiosamente. Al lugar donde ahora vive. Èl prefiere recordarla como era entonces. Aquel mes que pasaron en Montana, porque èl se había roto un tobillo.

Suse

Cada vez que abre la puerta de la habitación, la invade el miedo absurdo de que Lilith haya vuelto a ser la que era. Con su melena caoba indomable, su risa de catarata, y aquella mirada que delataba que ya sabìa lo que estabas pensando. Con la maleta hecha. Y un plan perfecto para pasar el dìa. Pero no. Lilith seguía igual. Sentada junto a la ventana que daba al jardín interior. Con la mirada perdida. No habla ya. A veces le señala algo. Pero ella no sabe què le quiere decir. Ella le cuenta cosas. Cuando está embarazada le cuenta los pormenores. No le habla de Malte. Para què?. No hay que confundirla màs de lo que está. Lilith la mira y parpadea lento. Ella cree que la reconoce. Pero no está segura. El médico dice que tiene actividad cerebral. Ella se pregunta què actividad será esa, què pensarà Lilith. Mirando siempre hacia el jardín interior. El pelo cortito le queda bien. A veces sonríe. Malte no viene nunca. Y a ella le parece bien. No hay que confundirla màs de lo que está. Malte ahora es suyo. Lilith seguro que lo entenderìa si se lo dijesen. Pero hay que dejarla en paz en su actividad cerebral. A ella le había gustado Malte desde el momento en que Lilith le habìa llevado a casa por primera vez. Y en cuanto se dio la oportunidad, se habìa lanzado con todo el equipo. Todo quedó en familia. Como dijo su padre. Cinco hijos le ha dado ya. Ella siempre quiso tener seis. Asì que aùn les falta uno. Hay que dejar pasar un tiempo prudencial. Tiempo prudencial. Actividad cerebral. Nubosidad variable. Llueve o no. Y ya está. La enfermera le dice que Lilith duerme mucho. Cuando ella viene siempre está despierta. Define “dormir mucho”. Ella hace años que no “duerme mucho”. Duerme tù con seis niños. Cinco. Bueno, ponte. A Malte le gustan los niños. Es un padrazo. Seis es un buen número. A veces se pregunta què hubiese sido de ella si a Lilith no le hubiese dado lo que le dio. Ahora estaría casada con aquel Ferdinand y tendrían una farmacia. Respira hondo Suse. Malte. Tu mundo es Malte. Que ahora mismo está en un congreso en Paris. Vuelve mañana. Le va a ir a buscar al aeropuerto. No sea que se pierda, que diría su madre. Pues sì. No sabe què haría si Malte se perdiera. Se volverìa loca. Como aquella Juana. Què exagerada eres Suse. Como aquella vez que le perdió en el zoo, y le dio por pensar que quizás se habìa caido al foso de los gorilas. Què tonterìa. Lo que se rio cuando se lo dijo. La risa de Malte es como para quedarse a vivir en ella. Grande y espaciosa. Como nuestra casa. Ni prudencial ni variable. Aùn nos falta uno.