La Encina

-Total, como vives solo, no te importa- Y se lo decía como si fuera un decreto, algo de lo que no cabía duda, una decisión unilateral sin posibilidad de ser rebatida. Ignacio Figueroa les miró alternativamente al tiempo que se sacaba el dispositivo de auriculares de los oidos, con la débil esperanza de haber entendido mal lo que acababa de escuchar por entre las voces de su grabadora digital.

-Una grúa- Repitió encontrando su voz, se dio cuenta de repente de que llevaba toda la tarde sin hablar con nadie, ni en el despacho ni en casa. Carraspeó y pensó en beber algo, pero entonces tendría que ofrecerles a ellos, y no tenía ánimos para confraternizar con nadie a esas horas. Amelia asintió con la cabeza y le pareció que Aitor sonreía en su poblada barba. Por mucho que se esforzó no encontró palabra alguna en su cabeza, sólo sed, así que se limitó a carraspear.

-Si me das tu Whatsapp te mando las fotos de los modelos que hay y elegimos la que te venga mejor- Continuó entonces Amelia, apartándose el cabello tras las orejas y guiñando brevemente los ojos, Aitor sacó entonces su móvil del bolsillo de la camisa al mismo tiempo que se ponía unas gafas bifocales, e Ignacio Figueroa acertó a articular algo que a él le pareció una escueta respuesta afirmativa, y que provocó que sus vecinos le regalasen las más ámplias de sus sonrisas. Intercambiados números de teléfono y mensajes de confirmación, Amelia y Aitor le volvieron a dejar solo, deshaciéndose en frases de agradecimiento, y él sacándole importancia a lo que acababa de acceder, sin saber a ciencia cierta de qué se trataba. Sólo que se trataba de una grúa. Se sirvió un vaso grande agua y se lo bebió entero. Miró el reloj, todavía no eran las diez, pero de repente sintió un cansancio infinito. Camino de su cuarto se descalzó y se sacó la chaqueta del traje que después colgó junto con la camisa en el burro destinado a la ropa de lavandería. Camiseta blanca, pantalón largo de pijama, se le estaba acabando la pasta de dientes, la tendría que comprar en Frankfurt, preguntándose cómo se diría pasta de dientes en alemán se metió en la cama y apagó la luz.

Se encontró con Ignacio Sepúlveda en la puerta de embarque. Desde que habían comenzado a trabajar en el mismo equipo, en la oficina habían dado en llamarles “Los Nachos”, si bien ninguno de los dos se interesaba especialmente por la cultura mexicana o por ese plato de su gastronomía en particular. Formaban un buen binomio y se entendían sin apenas tener que hablar, lo que aligeraba mucho el ritmo de trabajo. Cuando casi llegando a destino, la voz enlatada de la sobrecargo desveló la temperatura reinante en la ciudad y la presencia de nieve, Sepúlveda soltó una sonora queja que conjuntó con un gesto de absoluta desgana.

-Otra vez no, joder, miré ayer y ponía que iba a estar despejado y cuatro grados…nada de nieve…

-Di tú que salimos y nos metemos en un taxi que nos deja en la puerta…

-Me acatarro fijo…fijo, y eso que Laura me dijo “Lleva el plumas que seguro que nieva”,…..qué mal…odio la nieve…

-Ya- Sepúlveda se rió a medias y recogió la mesita del asiento posterior.

-Tú no?

-Yo más la lluvia, fíjate, puestos a elegir

Sepúlveda se compró un chaleco acolchado para poner por debajo del abrigo y un chal de lana en una de las tiendas del aeropuerto, él un neceser con dos tipos de pasta de dientes, dos modelos de cepillo, enjuage bucal e hilo dental. Zahnpasta. En algún momento tendría que ponerse a aprender alemán. Antes de llegar a los taxis, ya había desechado la idea.

El vuelo de vuelta, esa misma tarde, salió con mucho retraso debido a la nevada que había acabado por colapsar la ciudad. Se sentaron a comer algo en un bistro de la terminal, a la espera de que les comunicaran si finalmente salía su vuelo o no. Fue entonces cuando comenzaron a llegarle los Whatsapps de Amelia.

-Y yo qué sé…- Acabó por decir después de abrir cinco fotos con cinco modelos distintos de grúas.

-Qué pasa?- Figueroa se lo preguntó mientras trataba de raspar la mayonesa del bocadillo que le habían servido- Esta gente no sabe hacer bocadillos normales? A qué viene poner tanta mayonesa…?

-Es que tengo que elegir una grúa…-Figueroa cesó en su labor, y le miró pensando que había oído mal, él trató de hacer un resumen- Es que mis vecinos quieren construir un porche acristalado y necesitan socavar enrededor de una encina centenaria y como según ellos “vivo solo”…pues….me han pedido si pueden hacerlo desde mi jardín…

-Bueno, eso es verdad…

-El qué?

-Que vives solo…tampoco es que pares mucho por casa, no?

-Ya, pero bueno…yo no tengo ni idea de grúas…

-A ver?…..esta es chula- Ignacio le miró sin saber qué argumentar, y silenció el móvil para poder comer su bocadillo de crema de atún tranquilo.

-Qué es eso?

-Tengo hambre, lo trago sin pensar.

-Ya me dirás cómo lo haces.

Amelia le envió un Whatsapp días más tarde para decirle el día y la hora en que el hombre de la grúa iría a su casa. Decidió entonces que ese lunes haría home-office, si bien él no tenía ni idea de obras ni de grúas, quería estar presente si algo con una de las dos cosas salía mal. Amelia llamó al portalón a las nueve de la mañana, venía acompañada de un hombre joven, que supuso de su misma edad, en uniforme de faena, tenía el pelo muy corto negro y un pendiente de aro en la oreja derecha.

-Pues la descargamos y todo es empezar- Sentenció el hombre después de recorrer dos veces el seto y comprobar un par de cosas, ante su atenta mirada y la de Amelia que parecía estar muy nerviosa, él sin embargo no encontró motivo para estarlo.

-Voy a hacer café…queréis?- Preguntó, Amelia negó con la cabeza y con un gesto muy rápido de la mano, él pensó que si él tuviera ese estado nervioso tampoco aceptaría un café, el hombre de la grúa sin embargo se lo aceptó- Con leche, solo…?

-Solo y sin azucar, gracias- Se lo dijo mientras medía algo entre el seto y unas piedras.

La grúa era lo más parecido a un tanque mediano pero en color naranja, con un brazo extensible acabado en pala, y una cabina que a él le pareció minúscula en la que sin embargo el hombre cupo sin mayores dificultades.

-Yo me llamo Eutemio- Se presentó cuando le trajo el café, él volvió a estrecharle la mano y le dijo el suyo-

-Cuánto tiempo crees que vas a necesitar?

-Dos semanas…por lo bajo, porque el seto se las trae, no contaron con las raices…-Ignacio se encogió de hombros y sonrió.

-Yo ni flores, tómate el que necesites…-Eutemio se lo agradeció levantando la taza haciendo como que brindaba, y él le correspondió.

Al rato llamaron al portón dos hombres con picos y palas que dijeron venir a encargarse del seto, Eutemio les recibió con familiaridad desde la otra parte, donde medía distancias entre éste y la encina. Nacho optó por empezar a hacer algo productivo con su día y entró a trabajar en su ordenador, si bien la voces y ruidos del exterior no le dejaron concentrarse.

-Yo me voy al trabajo normalmente a las ocho y media…qué horario tienes?…lo digo para dejarte entrar…o pasas por el seto por Amelia…como quieras- Eutemio se rascó la nuca y sopesó las posibilidades.

-Paso por Amelia, y así no estás pendiente, de todas formas voy a estar de acá pa llá todo el rato…- Nacho miró hacia donde sus colegas se afanaban a extraer el seto.

-Y qué hacen con él entonces?- Eutemio se encogió de hombros.

-Ni idea…tenemos orden de dejarlo en el fondo-Nacho le miró intrigado, preguntándose qué fondo.

-A mi no me mires… yo ni flores, como dices tú- Y se volvió a acariciar la nuca.

El viernes Ignacio fue a casa de su amigo Eusebio, que celebraba su cumpleaños, le compró un altavoz-multimedia que hablaba y al que se le podían pedir cosas. Eusebio lo programó y en seguida supieron qué tiempo iba a hacer en todas las regiones del país en las siguientes veinticuatro horas. Después de picar algo, todos los asistentes se habían sentado a ver una serie de ciencia-ficción en Netflix y él se quedó dormido en el segundo capítulo.

El sábado tocó comida familiar en casa de sus padres. Su hermana Victoria estaba planeando su pedida y no se decidía entre una pulsera o un anillo, para Ernesto, su futuro marido, ya habían elegido un reloj del que Ignacio se atrevió a apuntar que le serviría en su próximo viaje a Marte, Victoria había levantado la vista del catálogo de anillos que le habían dado en la joyería y no pareció encontrarle la gracia, él optó por no decir una palabra más. Su padre le pasó un catálogo de coches de alta gama y otro de autobuses, a ellos dos les tocaba calcular ,y dedicir, cuántos y cuáles iban a necesitar para el transporte de los invitados desde la iglesia al lugar de la celebración , y posteriormente de regreso al final de la fiesta, porque sobre todo primaba la seguridad, él le dio la razón, y abrió el catálogo de autobuses al azar. Se acordó de las grúas. Todos los autobuses le parecieron iguales.

Cuando llegó a casa, se encontró con una dotación de bomberos y varias unidades de policía, además de numerosos vecinos y curiosos que se arremolinaban ante su portalón, tratando de ver algo que debía haber ocurrido en su ausencia. El corazón le dio un vuelco.

-Un socavón como un mundo- Aitor extendió los brazos a lo ancho para tratar de que se hiciese una idea, los bomberos habían colocado focos en los bordes del socavón que ahora separaba ambas propiedades y que se había llevado consigo los muebles de jardín y parte del terrazo que rodeaba la casa, al fondo se podían distinguir aún los restos de algún seto.

-Pero…por qué? Quiero decir…la grúa ni ha empezado…- Intentó entender, Aitor se encogió de hombros.

-Porque sí. Estas cosas pasan porque sí, Nacho….- Nacho asintió y se atrevió a mirar al fondo del gigantesco socavón.

-Y qué pasa ahora?

-A Amelia le dio un ataque de nervios, la pobre, le dieron algo para dormir….el lunes vienen los del ayuntamiento y los ecologistas…

-Ecologistas…

-Por la encina, para ver si ha sufrido….

-Ya….

-Si tu también estuvieras te lo agradecería, por las cosas legales me refiero…

-Por supuesto, sin problema…

El lunes por la mañana su jardín y el contiguo se vieron invadidos por los técnicos del ayuntamiento, los representantes de la junta vecinal, los integrantes del grupo ecologista encargado de la protección de la encinas, los bomberos y dos reporteros de la gazeta municipal. Eutemio y él optaron por sentarse a tomar un café a observar la multitud.

-Pues menos mal que no me cogió a mí por banda…

-Ya te digo…

-A Moncha le da algo…

-Quién es Moncha?

-Mi novia, nos casamos dentro de un mes

-Hombre! Enhorabuena!- Y le dió una palmada en el hombro- Ya hicístéis la pedida?

-Qué pedida?

-La cena con los padres, el reloj y la pulsera…

-Llevamos juntos media vida y conviviendo la otra media….qué voy a pedir qué?…..ya me basta con la boda…

-Y luego están los autobuses…

-Qué autobuses?….si alguno quiere ir hasta allí en autobús..pues que vaya, supongo que alguno pasará, no sé- Ignacio se limitó a tomar un trago de su café- Mi problema es el traje…

-Por?

-A Moncha se lo regala su tía, que le hace ilusión y esas cosas, pero yo todavía no tengo traje….creo que acabaré alquilando uno…

-De eso ni hablar…cómo vas a ir a tu boda con un traje alquilado…..si me permites, te lo regalo yo…-Eutemio le miró con los ojos muy abiertos, Nacho asintió para dar credibilidad a sus palabras.

-No es broma…te lo regalo yo, si quieres, si no, pues no, y tan amigos, pero ahí te queda….

-Tú te vienes

-Perdona?

-Digo que mi madre se ha empeñado en que venga mi primo Hipólito el de Alicante, que no lo puedo ver ni en pintura al óleo, pues yo me empeño en que vengas tú…ahí te queda…- Nacho rio y le ofreció la mano, Eutemio se la estrechó sellando el trato con la más franca de sus sonrisas.

Dos días después le acompañó a Miguel, su sastre, a que le tomara las medidas y elegir el género. Aconsejado por Nacho y Miguel, Eutemio se decidió por un traje en lana fina gris, con chaleco,que pudiera usar después en otras ocasiones, allí le hicieron también la camisa, eligió corbata y zapatos. Después Eutemio le invitó a comer, al menos, dijo, y le llevó a una casa de comidas especializada en cordero, para rematarlo todo con café, copa y puro.

-Tu te tienes que venir con nosotros por ahí…en plan “Nacho Libre”

-“Nacho libre”?

-Tu te vienes…y lo descubres

Aitor le envió más tarde una foto por Whatsapp de lo que parecía una vasija rota medio enterrada, por un momento pensó que era un chiste, pero después reconoció el socavón. La habían encontrado los bomberos, y ahora estaban pendientes de la llegada de los técnicos de Patrimonio y de los arqueólogos. Le pedía si podía estar en casa al día siguiente para asistirle. Nacho pensó que ahora sólo faltaba que se cayese la encina. Pero no se lo dijo. Bastante tenían ya con el crater.

La ceremonia religiosa se celebraba en una iglesia de la que nunca había oído hablar, en una parte de la ciudad dónde nunca había puesto pie. Optó por ir en taxi. Cuando llegó, Eutemio ya estaba allí, flamante en su traje nuevo, le presentó a varios amigos suyos, también acicalados para la ocasión y tan nerviosos como el novio, unos fumaban, otros hacían bromas entre sí.

El ocupó un banco cercano al altar, ya que Eutemio le había pedido que fuese testigo, y en algún momento tendría que acercarse a firmar. Le gustó el vestido de la novia, sin colas ni velos, precioso en su sencillez, prefirió no pensar en el de su hermana, y observar el encuentro de los futuros esposos. Su momento favorito de las bodas. La ceremonia no fue larga, ni tediosa, ni hubo responsos interminables, ni coros, sólo alguien leyó la Carta a los Corintios y el cura repasó brevemente la vida de los contrayentes hasta ese momento. A la hora de firmar, Nacho se acercó a la zona del altar.

-Siempre lloro en las bodas- La descubrió junto a él, y no pudo entender por qué no la había visto antes, con aquel vestido lila ajustando sus buenas razones, la melena negra y lisa en catarata por la espalda y aquel parpadeo lento, que le hizo pensar en el Efecto Mariposa, ya que no le cupo la menor duda de que algún lugar del mundo se había visto sorprendido por un tifón.

-Yo soy Nacho- Ella le dio dos besos y lo cogió del brazo.

-Yo soy Beli, ahora nos toca a nosotros- Y le guió hasta la mesa donde estaba el libro de firmas. Después alguien decidió por él en qué coche tenía que ir al “Organza”, el local donde se celebraría el combite y la fiesta posterior, y no les tocó ir en el mismo. Cordero asado con patatas, capón de Villalba, sopa de verdura y garbanzos, vino que bajaba solo, tarta helada, tarta de los novios, infinidad de cafés y copas. Los novios repartieron los puros. Acto seguido todo el combite se levantó como un solo hombre y se abrió el baile.

La vio acercarse a él y se acordó del Libro de la Selva. Pero no del nombre de la pantera. Fue incapaz de moverse. Ella afianzó sus dos buenas razones contra él y deslizó su mano por dentro de su camisa ya desabrochada. Tú ven aquí Tarzán, y la melena dijo el resto. Ella se convirtió en un rompecabezas, y él supo que tenía la pieza. Después el whisky, los tiros de tequila, las coronitas heladas y ríos de espumoso de color rosa sirvieron de lanzadera a coreografías imposibles, congas garrafales, himnos a coro, al compás del chachachá como el sol por la mañana fueron libres, carcajadas, risas de altavoz, karaokes, que se besen, te lo juro compañero que me hagas la vida agradable si decides vivirla conmigo, jotas mañas, bailes kosakos, testigos convertidos en go-gos, madrinas bailando Reguetón, Chocolateros a tres bandas, olvida mi nombre mi cara mi casa porque como yo te amo nadie te amará, cigarrillos en cadena, sudor y lágrimas, no pasa nada la liga está cortada, seré tu amante bandido si te doy un beso ya estás a mis pies, y camareros reencarnados en Tony Manero. Tras lo cual ,y ya de día, aún enredado con el rompecabezas, se vio empujado al interior de un taxi junto con otras cinco personas entonando el “Que Viva España” sin saber a dónde se dirigía. Un frenazo le hizo saber que habían llegado a algún sitio.

-“Nacho Libre”!!-Gritó alguien a voz en cuello.

-Que se baje!!-Corearon los otros rompiendo en carcajadas después, ella le aferró el pelo por la nuca y le dejó muy claro que aquello no iba a acabar allí, y él se lo corroboró antes de salir del coche, del que alguien cerró la puerta y se alejó vociferando “Si me quieres escribir” entre carcajadas.

Él se volvió y se descubrió delante del portalón de su casa. Sin la chaqueta del traje, la camisa sin parte de los botones y manchada sin remedio, los pantalones torcidos, los zapatos mojados de algo que no supo identificar, el pelo en una maraña revuelta y ella todavía en todo su ser. Y supo que eso era lo que él quería hacer el resto de su vida. Quería tomarle la palabra a Eutemio y ser “Nacho Libre”, y salir por peteneras. Y a él le gustaban las buenas razones, y los vestidos apretaos, y las melenas, y los rompecabezas. Mucho.

Y aquel iba a ser el primer día de su vida. Porque sí.

Leaf

LEAF

La despertó una bocina, de lo que supuso un camión. Cuando abrió los ojos supo dónde estaba, la noche anterior había bebido, pero no tanto como para no acordarse, levantó levemente el edredón que la cubría y confirmó lo que suponía, estaba desnuda. Oía a alguien respirar a su lado, pero no se atrevía a volverse. Las cortinas de la ventana eran oscuras, y estaban echadas, lo que regalaba una agradable oscuridad, se volvió con cuidado, pero el hombre estaba bocabajo, casi totalmente tapado con el edredón y con la cabeza girada hacia el lado contrario al suyo. Con sumo sigilo salió de lo que le pareció una cama enorme y alta, ya que casi se cae al tratar de poner los pies en el suelo. De puntillas comenzó a recoger del suelo la ropa suya que fue encontrando, la interior, y los leggins que estaban empapados y apestaban a cerveza, se acordó entonces del incidente, y casi le da la risa. Sin saber qué hacer, decidió ir en busca del baño.No tuvo que buscar mucho, estaba anexo. Entró y cerró la puerta con cuidado. En ese baño cabría todo su apartamento, pensó cuando fue consciente de su amplitud, bañada de luz por un lucernario abovedado en el techo, justo sobre la ducha, que carecía de plato y se separaba de la zona del lavabo y vater con una mampara fija de cristal. Decidió aprovechar la ocasión. No iba a tener otra oportunidad de hacerlo en una de esas características. La cebolla tenía forma de plato y en lugar de dos mandos, como en la mayoría de las duchas, se encontró con seis botones. Pulsó el que tenía un punto rojo y fue calibrando la temperatura pulsando con suavidad el botón azul. En un metido de la pared encontró un gel de ducha unisex que olía a lavanda. Tocó con suavidad otro de los botones, y de uno de los laterales salió un chorro casi a presión, no pudo evitar soltar un chillido del susto, todavía riendo rozó el otro y sucedió lo mismo desde el otro lado. Optó por acariciarlos a la vez, y el efecto fue el de una ducha masaje. Pensó que podría quedarse horas allí dentro. Pero después de aclararse la espuma del pelo, volvió a acariciar los botones para cerrar el agua. Encontró toallas en una estantería, se envolvió con una azul y con otra verde se hizo un turbante en el pelo. Cuando salió del baño observó que la cama estaba vacía, por un momento se puso nerviosa. Sólo había hecho una cosa así una vez antes, y se había ido antes de volver a ver al tipo. Casi sin atreverse, salió de la habitación al pasillo. Escuchó ruidos al fondo, y casi de puntillas los siguió.

-Buenos Días…..estás bien? Te oí gritar..- Se lo preguntó aún de espaldas mientras parecía poner en funcionamiento una máquina de café electrónica, era un hombre alto de pelo castaño claro algo largo, se había puesto una camiseta azul y unos pantalones vaqueros, estaba descalzo, cuando se volvió se acordó de por qué había accedido a irse con él a cualquier sitio. Aún con claras muestras de sueño en el rostro, éste mantenía sus facciones donde debían estar, tenía unos ojos bonitos, aunque no supo averiguar el color, por más que lo intentó ella no encontró una palabra congruente que decir. Él pareció darse cuenta y sonrió, al tiempo que le mostraba una de las sillas ante la mesa de la cocina.- No te quedes ahí…siéntate, te gusta el café? O prefieres té?- Ella asintió como toda contestación y se sentó a la mesa, donde ya había dos platos y una cesta con bollos dulces, él ocupó la silla frente a ella. Por unos instantes se mantuvieron en silencio, hasta que a ambos les dio la risa- Esto es ridículo…..estoy seguro que me dijiste tu nombre…

-Leaf, me llamo Leaf…

-Leaf?…de Leaf

-Si, Leaf de Leaf…- Y asintió sonriendo, ya estaba acostumbrada a esa reacción a su nombre, él asintió también.

-Yo soy Jasper… de Jasper- Ella rio casi sin atreverse, se acordaba de haberse reido mucho la noche anterior, aunque no recordaba exáctamente de qué, él se incorporó al escuchar la máquina haciendo ruidos- Cómo lo quieres?

-Con leche y azucar, gracias…- El abrió una alacena y sacó dos tazas, volvió con dos cafés con leche.

-No te había visto por Beast antes…

-Es que no voy nunca…es decir… a mi amiga Florence le regalaron pases por su cumpleaños y ayer decidió ir…tú vas mucho?

-Pues si…la verdad- Y le ofreció un bollo dulce, que ella cogió, tenía un hambre de lobo, pero le resultaba incómodo comentárselo, él cogió otro y le dio un buen bocado-No sé tú…pero estoy muerto de hambre…..te gustan estos bollos?…..no soy buen cocinero- Admitió guiñándole un ojo, ella sonrió y se mordió la lengua para no comentarle que tenía otras cualidades, no quería resultar soez.

-Están muy buenos…de qué son?

-De canela…..- Ella asintió y se llevó a la boca la taza de café, podía no ser buen cocinero, pero hacía muy buen café, y así se lo dijo, él rio, tenía una risa franca.

-No es mérito mio…la máquina es buena..- Admitió, ella se quitó el turbante y se colocó bien la melena húmeda con los dedos de una mano, sin dejar de sujetar la toalla con la otra, él la observaba sin decidirse a llevarse la taza a la boca, al darse cuenta, ella sonrió nerviosa y se ajustó la toalla, él le dedicó una media sonrisa que recordaba haberle visto la noche anterior y que volvió a confirmarle su presencia en aquella casa, él ladeó levemente la cabeza, ella levantó las cejas.- Te va a coger el frio….- ella se concentró en buscar en su cabeza algo coherente para contestar, pero sólo le salió una especie de risa absurda, él se incorporó y rodeando la mesa le tendió la mano, ella se la cogió sin estar muy segura de ser eso lo que tenía que hacer.- Ven, creo que tengo algo que te servirá….porque creo que tu ropa está empapada de cerveza como la mía…- Le siguió hasta el cuarto, allí él abrió el armario y de una de las baldas sacó un contenedor trasparente y lo puso sobre la cama, – Veamos…- Y comenzó a colocar prendas de ropa femenina sobre el edredón.

-Y todo esto se lo dejaron olvidado otras tías?- Preguntó ella sin poder esconder su sorpresa, él negó con la cabeza.

-No, cuando no estoy le dejo las llaves a mi hermana, y mi amigo Pete también tiene copia…la gente se olvida de cosas y yo las almaceno- Y colocó sobre el edredón varias camisetas y varios pantalones, además de ropa interior.- voi-la…mejor que en las rebajas- Ella sonrió, y ambos se quedaron mirándose en un impass.

-Leaf de Leaf, creo que no hay punto de tu cuerpo que no haya visto ya….pero si quieres me voy…- Ella se apuró a negar con la cabeza, y luego le pareció precipitado y notó como su rostro cambiaba de color, acabó por sentarse en la cama, como rindiéndose al ridículo que le parecía estar haciendo, él rio , se sentó junto a ella y la rodeó con un brazo atrayéndola hacia sí- hey…- y la hizo mirarle levantandole la barbilla con la mano- Te va a coger el frío- y le rozó los labios, para incorporarse después.

Ella eligió un mono vaquero que le quedaba un poco grande, y una camiseta roja de manga larga, él mientras tanto entró en el baño a darse una ducha, una vez vestida ella le esperó mirando por la ventana, brillaba el sol, pero todavía no calentaba lo suficiente, entonces cayó en la cuenta de que no recordaba dónde había dejado su abrigo.

-Podemos ir a dar una vuelta si quieres, los sábados siempre hay mercadillos por ahí..- Su voz la sacó de sus pensamientos, que habían vagado desde su abrigo perdido, hasta qué le iba a contar a Florence, pasando por cómo iba acabar todo aquello, se volvió casi de un respingo, él volvió a reir mientras se ponía el pantalón, luego se acercó a ella despacio- hey, Leaf de Leaf, no te voy a comer….todavía- Y la buscó asegurándose de que ella estaba de acuerdo, ella se puso de puntillas y le secundó, olvidandose de su abrigo, de Florence y de todo lo que pudiese encontrarse a su alrededor.

-A mi antes me gustaba correr, pero desde hace un tiempo tengo problemas con los pies…

-Con los pies?

-Tengo unos dolores indescriptibles, como si me los estuvieron serrando, se suele decir que los hombres no lloran, pero doy fe que sí..

-Y por qué?

-No lo sé, empezaron de repente, ya lo he intentado todo, yoga, pilates, he ido al neurólogo, a un fisio que me dejó peor, al ortopeda….sólo me falta ir a Lourdes

-Has probado la osteopatía?

-Algo leí, pero no me atreví…

-Yo fui después de caerme de la bici..

-Autsch

-Un idiota abrió la puerta del coche y allá voló Leaf, no me rompí nada, pero tenía dolores en todo el cuerpo, la osteópata me dio la vida..

-Pues tendré que ir, dame el teléfono..

-Espera, a ver, es este…

-Qué bien, gracias, además está cerca….

-La verdad es que vives muy céntrico…

-Pero me quiero mudar…

-Por???

-El baño es demasiado grande, y la ducha? Tú misma te asustaste hoy…para qué quiero yo una cosa así?…

-Pues me la das a mi…se pueden trasplantar duchas?

-Te gusta mi ducha?

-Pues si, mucho

-Pues nada, ya no me mudo….

-Tonto

-Leaf de Leaf?

-Yo

-Si no como algo ahora mismo me caigo…

-Ay no! Que no puedo contigo

-Ahí hacen unas hamburguesas de muerte….no serás vegana?

-Ostento el título de campeona mundial en deglute de hamburguesas..

-Perdona, ese título me corresponde a mi…

-Retira eso ahora mismo…Jasper de Jasper

-Leaf de Leaf?

-Así me llamo

-Qué haces mañana?

-….

-Me refiero….te puedes plantear volver a usar mi ducha indefinidamente?

-Y tú? Es tu ducha…

-Ya te dije que es muy grande para mi solo

-….

-Me acompañas al osteópata?

-Si claro

-Cuándo puedes?

-Mejor los jueves, salgo antes…

-Dónde trabajas?

-En la biblioteca pública, soy bibliotecaria allí…

-Hace años que no voy a una….me puedes hacer la tarjeta? Hay aún tarjetas?

-También hay app…pero no funciona bien..

-Pues una tarjeta, necesitas foto?

-No…pero si me quieres dar una por mi encantada

-Te acepto en Instagram y listo…

-No tengo

-Eso se arregla ahora mismo, dame…

-Qué haces?

-Ponerte en mi mapa

-Qué mapa?

-El mío…yo me entiendo

-Ya

-Voi-la…leafdeleaf4

-4?

-Tienes cuatro lunares…

-Si?Dónde?

-Dónde sólo yo puedo verlos…

-….

-Me puedo comer tus patatas?

-….

-Leaf?

-Mm?

-Las patatas…

-Qué les pasa?

-Me las voy a comer..

-….

-Leaf?

-Claro, no hay problema…son demasiadas para mi..

-Y a qué hora sales normalmente?

-A las seis, seis y media… y tu?

-Eso también querría saberlo yo….

-Pero tendréis un horario…

-Tener lo tenemos….ahora seguirlo es otra cosa…

-Lo importante es tener trabajo

-Gran verdad

-Jasper…

-Dime Subcampeona de deglute de hamburguesas?

-Perdona?

-Es un hecho….

-Porque ya no puedo más…si no te retaba otra vez…

-Lo dicho…campeón absoluto…qué querías decirme?

-Ya no me acuerdo…

-Podemos volver dando una vuelta por el parque

-Volver a dónde?

-A casa, Leaf, a dónde va a ser?

 

JASPER

En cuanto la vio lo supo. Había oído que podía ser posible, y había leído alguna vez al respecto, pero nunca lo había creido. Hasta que la vio. No le cupo la menor duda. De repente todo a su alrededor dejó de existir, y su único y principal objetivo fue hacerse con ella. Se había alegrado al observar que ella y su amiga tenían pases VIP, sin ellos nunca hubieran podido acceder al Biest un viernes a esas horas. Ellas se quedaron abajo, Pete y los otros insistieron en ir al lounge de Karina al piso de arriba, según parece tenía algo que celebrar, él hubiera preferido quedarse por abajo, pero les siguió. Desde arriba, la buscó en la multitud, ella y su amiga se habían quedado en uno de los laterales tras pedir un cocktail, supuso que el de consumición. Después de un tiempo, convenció a Pete de bajar a bailar un rato, si bien Pete no era buen bailarín, y él hacía tiempo que no lo hacía, pero el otro accedió. Buscó un lugar cerca de ella, que bailaba con su amiga, sin ser siquiera consciente de la existencia de él, su amiga sin embargo les miró alguna vez un tanto curiosa, pero sin atreverse a entablar conversación, cosa de todo punto imposible de todas formas habida cuenta del volumen de la música y los gritos de la gente. Y entonces ocurrió. De la nada surgió un tipo con tres jarras de cerveza, tropezó con algo y al caer se las echó por encima a ellos dos y al resto de los allí presentes. Si alguna vez le volviera a ver, le daría las gracias. Sin su inestimable ayuda, nunca se hubiera dado la oportunidad. Todo se llenó de cerveza, gritos y caos. Cuando en el tumulto una avalancha de gente amenazó con arrojarlos al suelo, él la había agarrado y arrastrado hacia un lado, protegiéndola contra él, ya que dos habían comenzado a pelearse y vasos volaban por el aire. Sin soltarla un instante la había acompañado a uno de los lounge, donde un empleado les había dado toallas, deshaciéndose en disculpas. Ella estaba más confundida qúe asustada, y no sabía muy bien lo que tenía que hacer, él había conseguido hacela reir haciendo bromas sobre el aspecto de ambos. Cuando ella le dijo que quería irse a casa, decidió que era el momento de usar todas sus armas para no perderla. Y así hizo. A tres calles del Biest, tras tantear un poco el terreno, la buscó y ella accedió, llegados a un punto de no retorno le propuso ir a su apartamento y paró un taxi que casualmente pasaba por allí. Después le había dado la impresión de haber rozado el cielo con los dedos.

Le había despertado un chillido, proveniente de algún lugar, y se incorporó de vez al no verla junto a él en la cama, le tranquilizó un poco oir la ducha y su risa, supuso que había descubierto los chorros laterales, él personalmente hubiese preferido una ducha más normal, pero había comprado el apartamento con esa ya instalada. Se levantó, se vistió con lo primero que encontró en su armario y se apuró a la cocina a encender la máquina de café, se alegró de haber comprado unos bollos dulces de canela el día anterior en algún lugar de paso hacia casa. Los estaba poniendo en un plato hondo, cuando la oyó llegar. Y allí estaba, envuelta en una toalla azul y con la cabeza en un turbante verde, mirándole con sus enormes ojos miel, aferrada al borde de la toalla, sin decir una palabra. Él se confirmó a si mismo que ella era la persona con la que quería pasar el resto de su vida, y se lo hubiera dicho en ese mismo momento, pero optó por esperar un tiempo prudencial. Lo último que necesitaba era que le tomara por loco. Su nombre. Se lo había dicho, pero no se acordaba. Leaf. La persona que había decidido ponerselo había estado muy atinada. Leaf. En un momento se quitó el turbante y su melena rojiza cayó húmeda en cascada sobre sus hombros, mientras trataba de arreglársela con los dedos. Leaf. Podría pasarse horas mirándola y no cansarse, ella a su vez parecía nerviosa y la estaba comenzando a coger el frío. Le ofreció ponerse las cosas que su hermana y sus amigas se dejaban olvidadas siempre que venían a la ciudad, ella pensó que era la ropa de otras chicas que también hubieran pasado la noche en su casa. Optó por no decirle que ella era la primera y única que la había pisado. A las otras siempre las había llevado a un hotel. De cinco estrellas. Pero un hotel. Pero no a Leaf. Está tan nerviosa que se tiene que sentar en la cama. Se pone de todos los colores. El ya la sabe de memoria. Qué problema hay?. Leaf. Se van de paseo sin rumbo, la coge de la mano. Saltan de un tema a otro, le cuenta de sus pies, y ella le da la dirección de un osteópata. Es el único médico que le falta por visitar. Le propone ir juntos. Le hace una cuenta en Instagram. Ella intenta entender algo que se le escapa. Pero él no se lo explica. Aún no. Porque él ya no puede concebir sus días sin ella. Leaf. Su Leaf.

 

FLORENCE

Florence les observa bailar en una de las pasarelas, saltando y levantando los brazos, ya descamisados, alguien les pasa copas, le gusta como se mueve él, sabe que tiene buen cuerpo y lo mueve como quiere, rie y canta la canción a gritos levantando la copa, le ofrecen un pitillo, hasta para fumar tiene clase. En un momento le descubre mirando hacia ella, clavándola con una mirada que ella adivina a través de las luces y el humo, mientras toma un trago de su copa, pero no es ella quien le interesa, Leaf baila junto a ella, ajena a sus observaciones. Por un instante siente un chasquido en el corazón, pero se le pasa en seguida, Leaf se alegra por una canción y comienza a saltar al ritmo. Cuando le vuelve a ver, ya están junto a ellas, él no pierde a Leaf ni por un segundo de su radio de visión. Florence piensa que en el reino animal, él sería lo más parecido a un depredador. Leaf baila ajena y feliz. Cuando estalla el caos, la pierde en la marea de gente, sólo alcanzó verle a él protejerla contra si de los vasos que alguien lanzaba por el aire, y supo que ya tenía su presa.

López / Líbero

LÓPEZ

Odio esta casa, murmuraba,odio esta casa, una y otra vez como quien recita una oración bajito para si, mientras apuraba sus pies descalzos por el amplio pasillo del segundo piso, dónde habrán puesto la dichosa falda, tanta habitación, tanta habitación, y yo en bragas buscando mi falda, odio esta casa, y eso que les digo dejadme la ropa encima de mi cama, que yo ya la arreglo, pues no, han de colgarla donde yo no la encuentre.

Y abre una puerta, aquí tampoco,y apura un poco más el paso, de puntillas, sesenta metros. Sesenta metros cuadrados mal contados, y cuatro personas. Y cabíamos perfectamente. Tanta habitación. Otra habitación. Aquí tiene que estar…..Ante ella una pared de armario de caoba, manillas doradas. Lo abre de una vez, las puertas se pliegan a los lados, como lo haría la cortina de un teatro. Faldas. Aparta un brazado, cuidadosamente unas cuantas, remira dos, y allí estaba. La falda azul. La tiende sobre un centro de capitoné verde. Y ahora la blusa beij, eso, beij…que si beis o beich, yo digo beij, que es como se lo escuché a uno en la tele. Se vuelve hacia otra pared de armario caoba,manillas doradas. Blusas y chaquetas. Las de seda en plástico protector. Se quita la camisa y se queda en sujetador. Demasiado pecho para tan poca persona, le había dicho una vez su tía, y tenía razón.“Ceñidores Marisol“, siempre los compraba allí, a veces sólo llamaba por teléfono y enviaba a una a recoger el encargo. Reductor Doble L. No entendía como algunas se ponían. Una vez se probó un biquini. Le dio la risa, el suyo le había dicho al verla, que ella así no iba a ningún sitio, que iba a haber muertos.

A ver. Blusa beij, falda azul, medias no, zapatos. Sale de la habitación, recorre unos metros, abre otra puerta, paredes de estantería tipo exposición, los de tacón ocupan los tres primeros cuerpos de la izquierda, „una mujer bajita con tacones altos, siempre será una mujer bajita con tacones altos“había oído una vez, por eso los suyos eran de medio tacón, azules, con las uñas al aire.

Ni se molesta en peinarse, una cola tirante de caballo con una goma. Y otra vez el pasillo en dirección contraria. Tanto pasillo. Y escaleras. Una casa tan grande y nadie había pensado en un ascensor.

Cuando tenga dinero te compro un Jaguar“ le había dicho un día, los dos tiritando de frío en la marquesina de la parada del autobús, dando saltitos, para sentir los pies,“un bocadillo de calamares, amor,eso me basta“ le había contestado ella sin sentir los labios. Y allí estaba el dichoso Jaguar. Plateado e imponente, delante de la puerta principal. Asientos de cuero gris metálico, con sus iniciales bordadas en hilo de seda gris perla, acabado en madera.

Ahora al palco Vip. Allá arriba. Desde donde sólo se distingue un rectángulo verde, y personas vestidas de dos colores indefinidos que corren de un lado a otro, detrás de algo que se sabe que es una pelota. Pero que no se ve. Al menos ella no la ve.

Cuando ella vino al mundo, madre casi muere, a padre le dijeron que posiblemente no pasara la noche, y que la criatura estaba muy débil, que no sabían qué podía pasar. Y padre se sentó junto a la cama de madre y no se movió.

Una monja vestida de azul celeste le dio a la tía Hilaria un papel con muchas letras negras, y un bolígrafo. Póngale nombre y apellidos, el resto lo cubro yo. En su desesperación le puso el nombre María del Patrocinio Huertas Fernández, al menos si moría llevaba el nombre de su abuela. Pero no murieron. Ni ella ni madre. Y como a madre nunca le había gustado el nombre de Patrocinio, todos la llamaban Patri.

Usted es lo más parecido a un campo de piedras“ le había dicho aquel especialista, de bata blanca y gafas de montura negra, al tiempo que con las manos parecía querer alisar un vasto pedregal en el aire. Fran se había quedado en silencio, mirando al frente, sin cambiar de postura. Ella se levantó y se fue. Le habían llamado muchas cosas en su vida, pero nunca campo de piedras.

Le rompo los morros y se come las gafas, le había propuesto Fran en el parking, y ella sabía que lo haría, él siempre hace todo lo que ella dice. Pero ella sólo quería llorar. Llévame a casa, quiero gritar en paz, y se encerró en una de las habitaciones que dan atrás y se desesperó. Déjame sola. Y la dejó sola. Él se quedó sentado tras la puerta. En su propia desesperación. Ya no hablan de eso, para qué, nos tenemos el uno al otro leona, ella lo sabe y le abraza, amor, le llama, y encuentra la calma.

Cuando se pone así, después pasa de mirarse al espejo, y se sienta a comer pipas a la isla de la cocina. Y entonces él según entra, vuelve a irse. Cuando es él, ella ni le busca cuando escucha a Rocío Dúrcal a todo volumen en algún lugar de la casa. Ella es más de Julio Iglesias.

Supo que existía cuando tenía diez años, él había repetido curso y se lo sentaron al lado, ante la ausencia de i, jotas y kas que dijo la señorita Adelaida, motivo que en el momento no entendió, a ver por qué me ponen a éste y no me dejan con Lore.

Lore es Bermúdez, Fran es López. Por eso.

Le preguntó si quería ser su novia un día en el recreo de las doce. Ella dijo que si. Y ya no se habían vuelto a separar más. Comentó que Robusto estaba buscando chicos para formar un equipo de fútbol de la parroquia, y que entrenarían por las tardes, si era un problema, madre metió baza azuzando que el problema sería que no fuese a jugar. Nadie llamaba a Robusto “padre”, porque a él no le gustaba. Decía que Padre no hay más que uno, y el no lo era de nadie. Y sin embargo lo fue para Fran.

Al poco ya jugaba solo. No necesitaba a los otros diez. Ya había tres Fran. Y un Chisco. Le quedó López.

Ellos van de traje y corbata. Ellas como si asistiesen a una boda. Los menos de sport, que es de lo que se trata. La vas a querer del tiempo o con hielos,- Tomás se lo pregunta mientras trajina tras una de las barras, hoy la quiere con hielos, y grande. Besos en el aire y sonrisas falsas, qué gran actriz perdió este país, solía decirle su madre. Se acerca a los ventanales. Rectángulo verde, figuritas que se mueven detrás de varios balones, o al menos eso parece. Tendría que ir al oculista.

2-0. Él conduce de vuelta. Le comenta que le han ofrecido ser Director Deportivo de un equipo de fútbol en Nueva York. Ella levanta las cejas y le mira esperando una respuesta, el se encoge de hombros y dice que ya lo pensará. Ahora sólo tengo hambre , leona, te hace un bocata de calamares?-ella sonríe y le da una colleja suave, el enciende la música. “Hey, no vayas presumiendo por ahí. Diciendo que no puedo estar sin ti. Tu qué sabes de mi?”. El imita Iglesias. Se dicen uno al otro Hey.

Ella había leído una vez que Rita Heyworth había dicho que “los hombres se van a la cama con Rita Heyworth y se despiertan con Rita Cansino”, que era su verdadero nombre. Lo mismo le había pasado a Inka. Inka Sorensen. Renduelles había hecho todo lo que había estado en su mano para conquistar a la modelo de modelos, y ahora se despertaba con una sueca oronda y feliz, madre de sus tres hijos. Patri era madrina de uno de los niños, Patricio.

Inka la llama hecha un mar de dudas. Ha decidido cambiar la decoración del salón, por cuarta vez en seis meses, y quiere que ella le acompañe a elegir la nueva. No tiene otra cosa que hacer. Y ella tampoco. Ir a comprar muebles le aburre sobremanera. Sobre todo si no son para ella, pero por Inka hace de tripas corazón, la última vez compró la decoración en gamas de color arena y ahora la encuentra aburrida. Cuando llegan ya les están esperando, y les ofrecen café y varios catálogos para consultar, ella se queda con el de cómodas chinas, por elegir uno. Ya tiene tres.

Le suena el móvil en el momento en que les presentan el muestrario de colores para las tapicerías. Inka no se decide, no sabe si comprar el sofá de dos plazas o de tres, ella compraría el de tres, pero Inka prefiere quizás dos butacones y uno de dos plazas. Todo en blanco. Se abstiene de recordarle que el blanco es mala elección con tres niños en casa. A lo mejor los niños de Inka no manchan cosas, o tiene una o varias chicas que se ocupan de lavar los desperfectos. Una y otra vez. Sin descanso. Se acuerda de madre y de las niñas Rodríguez-Noriega. Y de las manos manchadas de fuet. Sacude imperceptiblemente la cabeza para desechar el recuerdo y se fija en el número que insiste en llamarla. Siente un pellizco en el pecho y se aleja hacia la zona de estanterías para atender la llamada. Busca sentarse en una silla plegable, y se acaricia la frente con los dedos mientras cierra los ojos, asiente con monosílabos.

Cuando vuelve junto a Inka, ésta la nota cansada, pero ella lo achaca al tiempo cambiante.

Al final Inka se decide por el de tres plazas y dos butacas. En la misma tienda se hace con tres lámparas de pie, dos alfombras y una cantidad ingente de visillos . Esta vez todo va en azul. Azul cielo.

-Se fue en paz, no sufrió

-Te ocupas tú del funeral?

-Si, lo dejó todo preparado, ya sabes cómo era…

-Ya llamo yo al resto

-Nos vemos allí

Llega a casa pasadas las cinco, y lo primero que hace es tomarse una aspirina efervescente, comprar muebles le levanta dolor de cabeza, a veces se pregunta si no tendrá alguna alergia. Fran la encuentra en la cocina pelando patatas, ha dado la tarde libre a Dorina, hoy hay tortilla. Deja el cuchillo sobre la isla, y se acerca a él.

Antes de que pueda decir nada le coge la mano y le hace sentar en un taburete. –Me ha llamado Lore.- El parece adivinar lo que va a decir y apoya un codo en la encimera , tapándose la boca con la mano- Robusto se ha ido en paz- y se lo dice con toda la suavidad que puede reunir sin soltarle la mano, el mira al techo un instante y respira hondo- Lore dice que no sufrió- Los ojos de él vagan por un instante por la cocina y buscan los de ella, que comparten tristeza, los cierra y al hacerlo le vence el llanto, ella le abraza- Ya lo esperaba, y aún así….sin él no estaríamos aquí leona,sin él no estaríamos aquí- y se le rompe la voz, hundiendo su rostro en el hombro de ella, quien intenta consolarle abandonándose ella misma a las lágrimas.

Dorina le abrió la puerta antes de que llegase a llamar al timbre, siempre se asegura de a quién le abre el portón, para no llevarse sorpresas desagradables, como la vez que se le coló una periodista con equipo de cámaras incluido. Marcos Segovia la saluda con un gesto desvaído de la mano, y a paso vivo se dirige a la cocina, vive a tres casas de distancia, sabe ya el camino, y que, a esas horas de la mañana allí se encontraría a su compañero de equipo. A veces se pregunta si saldrán alguna vez de la cocina, teniendo una casa tan grande, siempre les encuentra allí.

-Te has caído de la cama?- Fran se lo pregunta mientras mete unos panecillos en el horno, ya huele a café, y sobre la mesa están dispuestos dos servicios de desayuno. Patri busca algo en la nevera. Segovia se acerca a la isla y se apoya sin contestar, Fran le mira un instante, su gesto tenso, sus ojos claros llenos de un miedo inexplicable – Y ahora qué te pasa?- Segovia se pasa la mano por el cabello, y trata de respirar hondo- No voy a ir a entrenar – Fran elige cuatro naranjas y las lanza al aire como un malabarista – Porque es miércoles – Afirma irónico apoyándolas sobre una tabla y alcanzando un cuchillo, Segovia levanta las cejas, el miedo todavía en sus ojos, busca algo, pero no sabe qué – No puedo Fran, no puedo, hoy es imposible – Fran parte las naranjas con calma – Te has tomado las pastillas? – Segovia le lanza una mirada rápida, está inquieto, araña el borde de la isla con una uña – No me hacen falta – Fran se acerca al exprimidor y coge dos vasos de cristal de una alacena – Amor, el zumo grande o pequeño? – Patri responde que pequeño mientras prepara otro servicio de desayuno – Las tienes encima? – Segovia afirma con la cabeza y se aparta algo de una oreja mientras observa a Patri colocar una taza sobre un plato -No me hacen falta, yo controlo lo que me pasa, yo puedo… sabes? Si quiero….yo controlo – Fran exprime la mitad de una naranja, y luego la otra – Ya sabemos que controlas Marcos, pero si las tomas controlarás aún mejor – Se lo dice sin mirarle, atento a la cantidad de zumo que va llenando el vaso. Marcos frunce el ceño y guiña los ojos, todavía parece buscar algo – Tu crees? Ayer fallé dos corners Fran, yo nunca fallo corners Fran, nunca – Fran asiente y coloca otro vaso ante el exprimidor- Cuántos goles en propia puerta llevo ,amor?- Patri hace memoria y contesta que diez – Pues eso, diez, y eso es muchísimo peor que fallar un corner Marcos, o no? – Segovia asiente rascándose la nuca, una especie de mueca quiere imitar una sonrisa, se fija en los vasos de zumo – Me haces uno? – Fran coge otras tres naranjas, vuelve a hacer malabarismos, una se le cae, y rueda hasta los pies de Segovia, que se la devuelve – Ves?, No siempre todo sale bien – Comenta volviendo al exprimidor, Segovia saca una carterita del bolsillo del pantalón – Ya no quería levantarme macho, me costó un huevo – Explica al tiempo que extrae dos pastillas de un blister, Fran le pone el zumo, y él se toma los comprimidos, Patri le acaricia un brazo de paso hacia una alacena – Tengo donuts de chocolate – le susurra fingiendo confidencia, Segovia ensaya otra mueca, bebe el resto del zumo e intenta respirar hondo, no muy seguro se dirige a la mesa ya preparada con el desayuno – Siéntate, ya vamos juntos, té de frutas?- Segovia asiente, ocupa una silla hundiendo sus manos en su cabello y cerrando los ojos, por un instante consigue respirar hondo, Patri le pasa un paquete de donuts de chocolate, y él le dedica una franca media sonrisa.

Desayunan en animada charla. Segovia se come todos los donuts de chocolate , y sus ojos ya no buscan nada, bebe su té a pequeños sorbos.

Se van juntos. Segovia le pide si hoy pueden ir en el Grand Cherokee, le gusta el efecto dolby de la música en el. Elige “Munford & Sons” y mueve la cabeza al ritmo con los ojos cerrados. Fran conduce despacio, dándole tiempo a ordenar su alma y espantar sus demonios.

So leave that click in my head/ and I will remember the words that you said/left a clouded mind and a heavy heart/ but I´m sure we can see a new start”

Vivi aparece por el jardín a eso de las diez. En rosa y con bolso. Una de las pocas cosas que tienen en común entre ellas es que son incapaces de salir de casa sin bolso. Incluso para ir de visita a casa de la vecina. Le dice que se aburre, con esa forma suya de decir las cosas, como si hubiera cometido un error lamentable y tratase de disculparse. Patri le recuerda que tiene siete hijos. Siete. Y que a su modo de ver es imposible que pueda aburrirse. Vivi se sienta en uno de los sofás del porche y suspira, mirando hacia el fondo del jardín, luego la mira a ella, que se escruta las puntas de su cola de caballo preguntándose si será tiempo de cortarlas o no. No quiere admitir que también se aburre. -Los peques no están. Creo que se los han llevado de excursión con el colegio a alguna parte, y Carlos se ha ido a jugar al golf, tan temprano, fíjate tu qué ganas, no?, a mi no me gusta, eso de andar por el campo dándole a la bolita..-Y traza pequeñas ondulaciones en el aire con un dedo como queriendo marcar hoyos, Patri arquea una ceja – Te recuerdo que el mío se ha ido a jugar al fútbol.- Vivi asiente como haciéndose cargo y se ríen. Patri le comenta que tenía pensado ir al Centro Comercial a ver cosas, y Vivi se apunta. Ella siempre se apunta. Dice que con ella siempre se lo pasa bien. Patri la llama “La Duquesa”. Porque lo es. Vivi en realidad se llama Violante María Bradford- Jones y Rodríguez de Simancas, y es duquesa. Duquesa de Bradford. Y su vecina colindante por la derecha. Tiene siete hijos que van de los dieciséis a los siete años, y un marido, Carlos, que juega al golf hasta por su propio jardín. En confidencia, Vivi le contó que ella sabía que en un principio el se había casado con ella por su dinero, pero no le importó, y ahora no sabía vivir sin ella. A Patri le constaba, ya que a veces le oía llamarla a cada rato por la casa, y había llegado a la conclusión de que si Fran hiciera lo mismo, le acabaría dando un berrido.

Es rubia y lleva el pelo como la de “Los ángeles de Charly”, es una de las pocas personas a las que le queda bien, y si le da el sol se llena de pecas. Como sus hijos. Los asuntos legales de Fran los lleva un primo suyo, también Bradford- Jones y otra tanda de apellidos ingleses,al que Fran llama Johnson, incapaz de acordarse nunca de la combinación.

Se hacen compañía y a veces se aburren juntas. Como buenas vecinas.

Deciden ir en el coche de Vivi.- Al menos hacer algo, digo yo- Y lo dice como si Patri le hubiera echado algo en cara, aunque sólo se lo echa a si misma, como ex alumna de la London School of Economics con méritos.

Pasan a su propiedad por el jardín, antes había una valla, la han sustituido por un seto alto, una suerte de zona franca que les permite tener acceso de una propiedad a otra, pero sin perder independencia. El jardín de Vivi podría ser portada de “Casa y Jardín”, en comparación el de Patri es la selva amazónica, a Patri se le ocurre que en cualquier momento la descubrirá en la portada apoyada en uno de sus setos en forma de mariposa. Le da la risa boba y Vivi se vuelve, curiosa. Pero no le dice nada.

En el garaje de la Duquesa de Bradford podrían aparcar todos los coches de la urbanización y aún sobrarían plazas. A Patri se le representa un hangar, sólo que en vez de aviones hay una decena de coches de diferentes marcas y tamaños aparcados en perfecta simetría. Se decide por un BMW 1 azul cobalto.- Así aprovecho y compro gomas de borrar, cien o así- Y hace un gesto con la mano sabiendo que exagera.- No sé si se las comen o qué hacen, pero la Nanny me ha dicho que necesitan gomas, las venderán en cajas?.- Y se lo pregunta a Patri , pero preguntándoselo a sí misma, Patri se acuerda del olor de las gomas nuevas. Como a vainilla.

A esa hora todavía no encuentran demasiado tráfico. Vivi le cuenta que su hijo mayor quiere aprender a tocar la batería,y ella da gracias que sólo quiera eso, imagínate que se le diese por saltar de puentes o peor, de aviones con trajes de esos, menea la cabeza y hace otra vez su gesto con la mano como quien separa un visillo invisible, le han dicho que si saca buenas notas en junio se lo conceden, levanta el dedo índice derecho y lo mueve en el aire, pero en el conservatorio, que no quiere ella que se dedique a aporrear tambores. Patri la mira escéptica, no se imagina a Miguel aporreando tambores. Ni tocando la batería. Con su raya al lado y sus gafas de concha.

Vivi se asusta al oir el grito de Patri y casi da un volantazo hacia el carril de la izquierda.-Para!!-Chilla y se desabrocha el cinturón, Vivi grita también pero sin saber por qué- Para!!- Y Vivi se aparta al arcén ante la lógica protesta de los vehículos que la siguen, antes de que pueda preguntar nada Patri ya está fuera del coche. La sigue sin ponerse el chaleco reflector, ni mirar si viene coches, escuchándola todavía gritar en algún lugar.

Cuando acierta a saberse segura en el arcén, la descubre caminando rápido hacia ella con algo en sus brazos, cree que es un perro, ve mal de lejos, tiene que ir al oculista. Patri está muy colorada, y respira tan agitada, que Vivi piensa por un instante que se va a desmayar, es entonces cuando distingue lo que lleva en brazos. No es un perro. Es una criatura – Madre Santísima, Madre Santísima- Repite entrelazando los dedos de las manos, de repente le tiemblan las piernas, sólo de pensar lo que pudo ser y no fue, Patri también tiembla, como una hoja. La criatura es casi un bebé, está sucia, mal cubierta con un vestidito harapiento y descalza, tiene el pelo oscuro en melena enredada y sus enormes ojos negros viajan de la una a la otra en silencio, aferrada a la camiseta de Patri. Las dos mujeres se miran sin saber qué hacer.

Hay que llamar a la policía – Se le ocurre a Vivi, y hace amago de volver al coche, pero Patri la detiene – No. Llévanos a casa – Vivi quiere protestar, pero accede y le abre la puerta de atrás del coche. Vuelven atrás en silencio, sólo roto por las palmas y balbuceos de la criatura, todavía en brazos de Patri, quien la abraza sin dejar de mirarla, como para asegurarse de que es real.

La niña se sienta en el suelo del baño y acaricia las baldosas con las manitas,balbucea algo ininteligible y da palmadas, les sonríe mostrándoles sus pocos dientes por entre la suciedad que cubre su carita, sus ojos grandes y negros van de la una a la otra mientras da palmas y acaricia el suelo una y otra vez. Las dos la miran en silencio.

-Hay que llamar a la policía, seguro que alguien la tiene que estar echando de menos- Vivi está nerviosa, gesticula demasiado y respira rápido, Patri no aparta sus ojos de la criatura,y no se mueve.-Nada de policía. Sé quien la echa de menos, es mejor que lo hagamos nosotras- Explica quedamente,Vivi no puede disimular su horror abriendo mucho sus ojos azules- Hacer nosotras el qué?-Patri se dirige a la bañera y abre el agua caliente, la mira mientras se saca el reloj- Primero la vamos a bañar y lavar el pelo, y la ropita, hay que lavar la ropita también, la vamos a devolver muy guapa- Vivi la escucha y asiente mientras entrelaza y separa los dedos de las manos varias veces, como siempre que piensa mucho y rápido- Tu lavadora es también secadora como la mía, no?, bien, voy a casa en un minuto, aún tengo cosas de las niñas en el almacén del sótano y sé dónde, dos años le echo, como mucho,ya anda y tiene dientes, año y medio largo, zapatos mejor zapatillas, no tardo nada- y se va del baño casi corriendo.

Patri se sienta en el suelo junto a la niña y esta le sonríe, le devuelve la sonrisa y la sienta en su regazo con mucho cuidado, como si temiera se fuera a romper, le aparta con suavidad el pelito de la cara,- Mi vida,cosa bonita, seguro que debajo de todo esto eres la niña más guapa del mundo, ven, me ayudas a sacarte el vestido? Si?Manos arriiiba que esto es un atraco,muy bieen, muy bieen, arriiiba mi niña morenita, arriba, ven, a ver que tenemos aqui en el pañal, ay ay, si ,ay ay, ven, túmbate aquí, un globo dos globos tres globos, la luna es un globo que se me escapó – y da una palmada y la niña se ríe, imitándola haciendo girar sus manitas en el aire-otra vez?Si? Un globo dos globos tres globos, luna es una globo que se me escapó,chas, muy bien!, un globo dos globos tres globos, la tierra es un globo dónde viiiivo, quién?, yo- y le hace cosquillas en la barriguita, la niña da palmas y repite algo parecido a „globo“ entre risas.

Vivi vuelve cuando la niña ya está dentro de la bañera en medio de una montaña de espuma rosa, se ha cambiado de ropa,ahora lleva un pantalón vaquero y una camiseta blanca con zapatillas de deporte azules, en los brazos una caja de cartón mediana que situa sobre el vater, para después arrodillarse a su lado junto a la bañera. Patri repasa el pelito de la niña con un peine, tiene el pelo tan negro como los ojos en melena lisa hasta los hombros y la piel cetrina, da palmadas contra la espuma y juega con una esponja.

-Y quién dices que la echa de menos?-Preguntó Vivi acariciándole un bracito, Patri pasa cuidadosamente el peine de nuevo por la cabeza de la niña antes de contestar- Podemos devolverla mañana, mira qué bien se lo pasa- y sopla una montañita de espuma de la palma de su mano provocando la algarabía de la criatura que intenta hacer lo mismo, Vivi la mira y su mirada se torna casi triste sin perder la dulzura, posa la mano en su hombro y se lo acaricia- Lo sé Patri, pero tenemos que devolverla, quién quiera que la haya perdido,está desesperado buscándola- y su voz parecía querer convencer a una niña de devolver una muñeca que no le perteneciese, Patri se vuelve hacia ella y Vivi aprecia las lágrimas en sus ojos, la abraza en silencio acariciándole la cabeza, Patri apoya la frente en su hombro dejando fluir el llanto.

-Tiene hambre, lo mejor es darle leche, soy una fan de la leche, alimenta y harta, yo soy lo más parecido a una vaca lechera,chica, hubiese servido para ama de cría- y se lo comenta envolviendo a la criatura en un toallón, ha comenzado a llorar, se la pasa Patri y alcanza un paquete de chupetes sin abrir de dentro de la caja de cartón que ha traido, lo abre con asombrosa rapidez y le pone uno a la criatura, que para de llorar- El mejor invento después de la lavadora, la frase no es mía, es de mi prima, y eso que ella sólo tiene tres, así que imagínate nosotros, los comprábamos al por mayor -Patri acuna levemente a la niña en los brazos, que se frota los ojos y se aferra a su camiseta- Tenéis leche?O también tenéis eso de la lactosa? Vamos a la cocina, algo encontraremos- Y Patri la sigue, aferrando su carga contra si.

Al entrar en la cocina Vivi lanza un chillido, parados delante de la nevera están Fran y su amigo Borja tomándose un Aquarius, los cuatro se miran en silencio y sin moverse, como si alguien hubiese detenido el tiempo de forma caprichosa, a Patri se le forma un nudo en la garganta, cuando sus ojos coinciden con los de Fran.- Mejor que no sepáis nada- Sentencia Vivi y la hace volver sobre sus pasos, Patri la obedece lanzándole una última mirada de auxilio a Fran, que no la entiende. Pero no las sigue.

De la caja Vivi extrae un pañal, y varios vestiditos en gamas de color del verde agua al rosa palo, pasando por azul y gris perla, con nido de abeja en el pecho, con enaguas, sin enaguas, con lacitos y estampados con flores, todos con sus braguitas o pololos a juego. Y cofias. Los extiende sobre la cama, mientras Patri sigue abaneando a la criatura que casi duerme en sus brazos.- No creo que le tengamos que poner la cofia.- Apunta Patri besando la cabecita de la niña, Vivi se encoge de hombros y elige un vestido azul con bordados de pajaritos en el pecho, cuello ribeteado y lazo a la espalda- Este lo puso Casilda sólo una vez, a Soledad no le sirvió nunca, es ancha como mi padre-Comentó arreglando el lazo de la espalda, Patri asintió pero sin escucharla, estaba más pendiente de no despertar a la niña, que ya dormía con la cabecita contra su pecho.

La visten con sumo cuidado para no despertarla, Patri le peina con dos coletas a ambos lados de la cabeza. No parece la misma niña.

-Y ahora me tienes que decir quién la echa de menos- Susurró Vivi al tiempo que le abrochaba las zapatillas a la criatura, que respiraba tranquila haciendo una especie de ronroneo al soltar el aire, Patri se sentó sobre la cama – Hay un poblado de chabolas entre la circunvalación y la nacional, a veces les veo cruzar o andar por los arcenes. Seguro que es suya- Vivi asiente y se sienta también- Y cómo hacemos?-Patri no aparta sus ojos de la niña, acariciándole la cabecita con suavidad- Tenemos que ir en un coche normal – Vivi no la entiende en un principio, luego levanta un dedo y asiente- lo dejaremos en el acceso y entraremos andando. Les diremos que obramos de buena fe. – la mira con un halo de tristeza- Y es la verdad.-Vivi le coge una mano y se la aprieta, luego carraspea y se incorpora.- Defíneme „coche normal“.

Berta, una de las chicas que trabaja en casa de Vivi tiene un Ford Fiesta rojo, Vivi se lo pide prestado sin darle demasiadas explicaciones y Berta le da las llaves sin entender para qué puede querer la Señora su Fiesta, teniendo su propio parque móvil. Desde una de las ventanas distingue a Patri con algo en los brazos envuelto en una manta, y decide no indagar más, confirmando su opinión de que el dinero puede llevar a la gente a hacer cosas raras.

Para acceder al poblado tuvieron que tomar una salida de la circunvalación, una pista de tierra, casi un desmonte de barro y piedras. Aparcaron junto a un murete de lo que había sido una casa, de la que sólo quedaban restos dispersos de dos paredes. Patri aferró a la niña contra si, mientras avanzaban por la pista embarrada. Vivi llevaba en la mano una bolsa con la ropita que la criatura había llevado antes, dos mudas completas, incluidas cofias, y chupetes.

Se cruzaron con dos chicos que se detuvieron a mirarlas con intensa curiosidad, y optaron por seguirlas a corta distancia.

Avanzaban despacio, como quien camina sobre un campo minado, Vivi miraba a su alrededor aferrándose a la bolsa atenazada por los nervios y el aspecto del lugar, más parecido a un paisaje bélico que a una zona donde pudiera vivir nadie. Patri escrutaba las primeras chabolas que aparecían a lo lejos, y a los grupos de gente que se movían entre ellas, la niña se había despertado pero seguía arrebujada contra ella en la manta, aferrando su camiseta con sus manitas.

Llegaron a un campo abierto, sembrado de muebles y restos de enseres, lo suficientemente cerca para que la gente que se encontraba fuera de las construcciones de lata y madera notaran su presencia.

Vivi miró a Patri entonces, y le agarró un antebrazo con suavidad.

-Patri, quiero que sepas que te quiero mucho. No te lo he dicho nunca, pero mi vida es más rica desde que te conozco- Y su voz sonó como a última confesión, con calma dentro de su contenida tensión, Patri asintió prohibiéndose el llanto.

-Yo también, Vivi….eres mi comadre, que lo sepas- Vivi respiró hondo, y dirigió su mirada al frente, encarando lo que fuera a suceder.

Varias mujeres comenzaron a gritar. Se llevaban las manos a la cabeza, se exasperaban y desesperaban al tiempo que avanzaban hacia ellas,profiriendo voces en su lengua de siglos, los brazos desnudos levantados hacia el cielo, corrían perdiendo las zapatillas que cubrían sus pies, sin importarles las piedras. Los hombres venían lentos, con la calma del que sabe que va a llegar.

-La chabí! La chabí! Ay que ha palmao la chabí! Amor de Dios!- Y unos gritos se confundían con los otros, y extendían sus brazos hacia ellas rotas en llantos que parecían aullidos. Patri negó lentamente con la cabeza y con sumo cuidado libró a la niña de la manta, levantándola con las manos de forma que todos pudieron verla, en su vestidito azul con lazo atrás y pololos a juego, los dos chichos con gomas de purpurina, el chupete con cadenita de seguridad, que escupió para gritar a su vez “mama” y extender sus bracitos hacia delante.

Y se hizo el silencio. Como cuando el mar se recoge para formar una ola mayor, o el segundo antes del trueno en la tormenta.

Tenía los mismos ojos que su hija,ahora muy abiertos y clavados en los de Patri, a los que acuden las lágrimas en torrente sin que pueda hacer nada por evitarlo, mientras sostiene a la niña en alto. Se acercaba descalza, vestida de un negro que resaltaba su piel morena.

Sin apartar su mirada de la de ella, cogió a su hija en brazos y al tiempo le agarró a Patri la mano, llevándosela a los labios y besándosela. Una bendición fluyó de su boca, extensa como la historia de su pueblo y con la calma del que sabe lo que tiene que decir . Los ojos de ambas eran ahora torrente, y Patri escondió la manos de ella en las suyas .

Las otras mujeres las rodearon, y emitieron gritos de alegría, llamando a otros habitantes del poblado a unirse a la algarabía. Vivi, que había observado la escena en silencio alcanza a entregarle a una de las mujeres la bolsa y esta rió sin titubeos, y ella la secundó dando rienda suelta a su alivio, sin saber decidirse por las lágrimas.

Las guiaron entonces entre cantos hasta la construcción de mayor tamaño, y comparten con ellas su techo y su pan.

-Hoy mismo voy a hablar con el alcalde, esto no puede ser, esta gente no puede vivir así, y si él no quiere, voy más arriba, y mañana vengo con Miguel a traer cosas, que toque la batería si quiere, pero también que vea, que vea como vive esta gente, a ver por qué los que se van a la India se van hasta allí, si tienen esto aquí ,y tendrán servicios sociales digo yo, o tampoco hacen nada? ya sólo el acceso, como para que pase algo cualquier día…- Vivi había comenzado a planear lo que haría a partir del momento en que volvió a sentarse al volante,y no había parado de hablar y preparar su estrategia para los días siguientes, Patri, sentada a su lado, sin poder todavía para de llorar, la miraba y asentía sin saber muy bien a qué, pensando que Vivi ya había encontrado algo en lo que ocupar productivamente su tiempo.

Se despidieron en el seto, abrazándose en silencio, cada una volvió a su casa sin mirar atrás, como por acuerdo tácito. Patri llegó como pudo a su habitación, sin atender lo que Dorina intentó decirle, y se tumbó vestida sobre la cama, dejándose llevar por un llanto mezcla de agotamiento, tristeza y alivio, pero no a partes iguales.

Cuando ya casi la iba a vencer el sueño, sintió a Fran a su lado. No tenía mejor aspecto.

-Hay días en la vida- Musitó el tapándose los ojos con las palmas de las manos, ella se sonó la nariz con el pañuelo de papel que apretaba en una de sus manos y asintió con la cabeza- Tengo que llamar a Johnson- Ella le miró de reojo,y volvió al artesonado del techo-Algo gordo?- Se lo preguntó secándose las lágrimas otra vez, el resopló y tardó en responder, sin apartar las manos de los ojos- Fotos con gente en sitios, cosas de esas- Ella no entendió lo que quería decir pero permaneció en silencio por un momento-El funeral es el sábado, quieren que digas algo- El giró la cabeza hacia ella frunciendo el ceño- Decir yo algo?- Volvió a resoplar y se tapó los ojos con un brazo- Kinski es la de los discursos, yo nunca sé que decir- Ella pareció sonreír y se volvió a secar las lágrimas- Está muy ocupada con Fierro- El soltó una amago de carcajada- Ya era hora…es un varas- Ella cerró los ojos y buscó su mano, entrelazando sus dedos con los de él- Qué quería Borjilla?- El emitió un quejido de dolor falso y casi la hizo reír- Pregúntame otra cosa- Atajó él negando con la cabeza- También viene Mara- El sonrió levemente sin apartar el brazo de los ojos-Has visto LA foto?-La voz de ella se rompe, el tragó saliva con dificultad- David, David -Ella le apretó la mano – cállate, ya me duelen los ojos, cállate…-la voz de ella casi un susurro. Se quedaron así un rato, en silencio, sin moverse. – Voy a decir que sí a lo de Nueva York- Sentenció él al cabo de un rato volviendo el rosto hacia ella, ella hizo lo mismo y levantó las cejas como respuesta- Estoy cansado leona, muy cansado, Director Deportivo suena bien y el pecunio es bueno…te vienes?- y se lo preguntó de la misma forma que le hubiese preguntado si daba una vuelta con el en su Vespino, o si hacía pellas. Ella acercó su rostro al de él y se lo acarició, él le besó la frente- Quién te ha hecho llorar?, la duquesa esa?- Susurró secando las lágrimas de sus mejillas con un dedo, ella negó con la cabeza y le besó los labios- Contigo al fin del mundo- El le recorrió la nariz con un dedo y la atrajo hacia si- Y más allá.

LÍBERO

Lo jodido de llevar encima diez mil pavos que no son tuyos, es que a medida que avanzas te da la impresión de que todo aquel con el que te cruzas lo sabe. Y si además, al tío al que tenías que habérselos entregado le acaban de meter en un furgón en un ataúd de plástico gris, y el que te los dio llevaba un pasamontañas y no dijo una sola palabra, aceleras el paso hasta casi alcanzar la carrera. Sin saber a dónde.

Me llamo Borja Álvarez del Castillo, y aunque tengo nombre de niño bien me crié en la calle. Iba para futbolista, pero no di la talla. No me amargué, lo acepté sin más. Fran lo hizo mejor. Ahora está ahí arriba, pero sigue siendo el mismo. Conmigo tiene que seguir siendo el mismo, sólo nos faltó haber compartido un útero. El resto lo hicimos juntos. Voy a contarle el papelón. Me va a dar dos que me va a poner la cara del revés. No se las voy a devolver. Me las merezco. Se encargó de buscarme algo fijo y más o menos bien pagado, y ahora salgo por peteneras. Algo pensaremos.

Fran hoy no entrena con el resto, lo hace con Isidro, su técnico de fitness. Les encuentro en el campo de atrás, dando zancadas y saltando con los brazos en alto, una y otra vez, ninguno de los dos parece estar contento con el resultado. Yo ya ni sería capaz de dar esas tres zancadas. Pero Fran si. Me sorprendo a veces a mi mismo admirándole en su hacer, como si fuera un superhéroe. Mi superhéroe. Me descubre y me saluda con la mano, repite otras dos tandas y le comenta algo al técnico, quien asiente y parece explicarle algo moviendo las manos en el aire formado figuras con los dedos. Fran le da la razón secándose el sudor con una toalla y se acerca a mi, relajando su rostro en esa sonrisa tan suya, de bendito canalla.

-Borja! Qué te trae por aquí?!-Bromea, a sabiendas que ese es mi puesto de trabajo, responsable de utillería del complejo de entrenamiento del equipo. Intento no parecer nervioso, pero lo nota enseguida, como si me oliese-Qué te pasa?- Y se para, clavándome con la mirada, sudoroso y aún con la respiración alterada, su mano en mi hombro. Y yo no sé por dónde empezar. Y él lo vuelve a notar.- Algo con Lucía?-Se preocupa, él y Patri son los padrinos, yo niego con la cabeza y respira aliviado- Me ducho y me cuentas- Y se va a las duchas tirando la toalla a uno de los cubos.

No me da una del revés. Pero hace el amago. Va y viene un momento con las manos en las caderas. Estamos en el parking, desierto a esas horas. Me mira como de lado y aún espero una del revés. Pero no llega.

– Eres…eres….mira…ya no sé lo que eres. Imbécil. No eso es poco. Gilipollas…tampoco, eres..eres un “Cabeza de Redoblante”…que no sé lo que es, pero Robusto te lo llamaba y supongo que estará ahora a la altura….Joder! Quítate de ahí que….- Y vuelve el amago, pero no me la da, se pasa la mano por el pelo negro, fuerte y húmedo de la ducha- Y dónde lo tienes?- Yo señalo mi pechera y niega con la cabeza- Creo que voy a hiperventilar- Lo digo apoyándome en mis rodillas, tengo unas ganas terribles de llorar, me hace incorporar, me sujeta por los hombros y me abraza. La ganas se van. Como siempre.

– Vamos a casa. Tenemos que pensar- Y lo dice en plural. Como si nuestros dos cerebros juntos fuesen capaces de encontrar una salida factible a tal situación.

Hoy ha traido el Grand Cherokee. Tiene un contrato de publicidad y cada poco le dan un modelo nuevo, el de hoy es negro y más grande que el anterior. Me acuerdo cuando nos movíamos en una Vespino trucada que hacía un ruido como de ametralladora con el tubo de escape, se lo recuerdo y nos reímos. Me da una colleja.- Te voy a dar yo ametralladora.

Tardamos apenas media hora en llegar a su urbanización , los guardas de la entrada le saludan por su apellido, y le comentan algo del Osasuna, el asiente sonriendo y avanza con el coche. Sólo nosotros le llamamos Fran. Para el resto es López. Como si fuera una marca patentada. – Osasuna. Le voy a dar yo Osasuna- Dice entre dientes, y hace un gesto con la mano para no darme explicaciones. Y yo lo entiendo.

Su casa parece una de esas que aparecen en las series norteamericanas. Pero es de verdad. Patri nos envidia nuestro piso de tres habitaciones, cocina, dos cuartos de baño y trastero. Él se adapta en cualquier sitio, en peores lugares nos tocó dormir. Vuelvo a tener ganas de llorar. No sé por qué. Carraspeo y me fijo en un BMW aparcado de cualquier manera ante la imponente puerta principal. Él también se fija.- Será alguien de Patri- Y se encoge de hombros, abriendo el garaje con el mando a distancia, dentro, aparcados hay otros dos modelos Grand-Cherokee, el Jaguar y un BMW. Nosotros tenemos un Skoda.

Me guía hasta la cocina, en la que fácilmente cabría todo mi piso y el salón del vecino del 4c. Abre la nevera y me lanza un Aquarius, le digo que lo que necesito es un chute de Whisky, asiente, pero levanta el dedo índice de la mano derecha- Después “Cabeza de Redoblante”. Después. Tenemos que pensar- Y se toma un trago de su Aquarius, y se me da por pensar sea una pócima mágica que hará que se le ocurra algo de forma súbita. Me da la risa boba. A él no.

Oímos llorar a una criatura. Un sonido totalmente fuera de contexto en esa casa. Al menos hasta dónde yo sé. Una mujer rubia con pantalones vaqueros y camiseta blanca irrumpe en la cocina. Y se asusta. Da un grito. Patri la sigue, comentando algo , con una criatura envuelta en una toalla, que ya ha parado de llorar y se aferra a su pelo. Los cuatro nos miramos en un impass.

– Mejor que no sepáis nada- Zanja la mujer rubia y las dos vuelven a irse con la criatura por donde vinieron. Patri nos lanza una mirada una tanto angustiada y Fran quiere seguirla, pero yo le detengo.- Mejor que no sepamos nada, créeme.- Haciéndole volver a lo nuestro. El menea la cabeza- Joder qué día- Susurra, y se acaba el Aquarius.

Nos vamos a uno de los sótanos, que tiene habilitado como gimnasio, ya que sabe positivamente que Patri no nos irá a buscar allí. La sauna nos sirve como centro de operaciones, no la usa por culpa de sus bajadas de tensión, pero eso sólo lo sabemos Patri y yo. López no padece los males de los mortales.

-Y todo esto cuándo pasó?

-Hoy a las siete

-A las siete?De la mañana? Y ya estaba tieso?

-No sé si tieso, pero allí había policía de todos los colores y Chicho estaba en el suelo y…

-Y cómo sabes que era Chicho?

-Porque tenía la cara vuelta hacia aquí, osea hacia dónde yo iba, o estaba, y era Chicho…

-Y quién lo tumbó?

-Y yo qué sé, sólo me faltaba saberlo….tienes cada cosa…

-Hoy a las siete…hoy a las siete…son las…qué hora es?

-Las doce y media

-Osea que estará todavía en el depósito, no creo que le hayan hecho todavía la autopsia o lo que sea que hagan después con el fiambre…

-Se me está revolviendo el estómago

-Como si fuera el primer fiambre que ves

-Fran…por Dios

-Y por la Virgen María….no te giñe!

-Y entonces que hacemos?

-Ir al Depósito

De repente mi cabeza se vacía. Como por magia de embudo. Y me cuesta respirar.

-Ahora focus

-eh?

-Eso es lo que me dice siempre Isidro para que me concentre. Focus.

Mi cabeza sigue vacía.

-Nosotros vamos al Depósito de Cadáveres, y le metemos el sobre a Chicho en el pantalón o donde sea….el forense se lo da a la policía, y los otros se enteran fijo.

-Qué otros?

-Los otros- Y señala con la mano hacia algún lugar por encima de nuestras cabezas.

A mi me da la risa boba. A él no.

-Borjilla. Focus.

-Y cómo se supone que le metemos el sobre, Superlópez?

Ahora le da a él la risa boba. Mira al techo de madera de la sauna en busca de inspiración.

-Tu lo has dicho. Superlópez. Yo te serviré de parapeto…todavía tengo que pensar qué coño se me pierde a mi en el Anatómico Forense a la una de la tarde de un miércoles. Pero después de tanto anuncio, creo que tengo tablas.- Se levanta y da una palmada. Yo no soy tan rápido.- Andando que es gerundio.

-Me mareo

-Ahora no. Después. “Cabeza de Redoblante”. Después.

La última vez que fui al Anatómico Forense fue para reconocer a Puri. Y juré no volver. Me pregunto si mantienen todo el edificio sin calefacción para ahorrar, o para que no se note la diferencia de temperatura con la zona de cámaras. Y todo es gris, y hay pasillos por todas partes. Me quiero ir, pero Fran me retiene por el brazo señalándome con el dedo índice de su mano derecha. Tiene más de Robusto que lo que él piensa.

-Tú acuérdate de la vez que le sacaste mil duros de la cartera al Fitipaldi, pero ahora al revés- Yo ni me acordaba de aquello, busco el valor, pero no lo vuelvo a encontrar.

-Y tú qué haces?

-Tú te pones las gafas y estás muy triste, por….cómo se llamaba?De verdad, quiero decir..

-Calixto Torres…creo

-Calixto?…joder..en fin…que te has enterado de su muerte y querrías verle porque estabais muy unidos y tal…

-Y me creen.- Yo soy una persona de por mi muy escéptica.

-Eso déjamelo a mi.

Los del mostrador de información se incorporan a la vez al descubrirnos ante ellos, no por mi, sino por Fran, quien elige su mejor sonrisa, la del anuncio de seguros de vida, para darles los buenos días. Yo lloro de verdad detrás de las gafas oscuras. Me tranquiliza un poco. Se hacen un selfie con él y le explican por dónde tenemos que ir. Me dan el pésame como de paso.

El hombre de la bata blanca y gafas bifocales nos mira grave por encima de los lentes y sonríe al reconocerle. Le comenta algo del pase de Óscar el otro día, Fran le da la razón y le echa la culpa a Toledo, el hombre asiente y los dos están de acuerdo que fue injusta la expulsión de Latas. Yo empiezo a sudar frío. No sé por qué . Yo nunca sudo. El hombre de las bifocales me da el pésame y me confirma que Calixto todavía no ha pasado a mesa. Lo que sea que eso signifique. Si soy familiar. Fran le explica que deseamos discreción ya que la familia está reñida y que yo soy de la otra parte. El hombre de las bifocales asiente y expulsa por la boca un soplido sonoro, si le contara las cosas que ve él por allí. Nos hacemos cargo. Nos cuenta una anécdota. Él la encuentra graciosísima. Fran también. Pero yo sé que no. Le pide un autógrafo para su hijo, Fran se hace otro selfie con él y le firma un papel con cariño para Guille. Le ruega de nuevo discreción. El hombre hace como si se sellara los labios. Y nos pide que le sigamos. Me siento como a punto de saltar de un avión sin paracaídas. Lloro sin consuelo.

La sala es aséptica y gris. La pared de la derecha está ocupada por las cámaras. Me tiemblan las piernas. Fran apoya su mano en mi hombro. Creo que me voy a caer. El hombre consulta una lista y coteja las cámaras. Es la B52. Se me ocurre que suena a grupo de música. No sé por qué. Voy a necesitar un whisky doble. Y la abre, para deslizar después la mesa rodante. Fran se acerca al hombre y le susurra algo al oído, este duda un momento. Fran insiste en susurrarle algo y entonces el hombre asiente. Ambos se alejan hasta la puerta y abandonan la sala.

Retiro la sábana. Y allí está Chicho, dormido y gris. Aún está vestido, no distingo qué le puede haber matado. Sin perder tiempo le introduzco el sobre por dentro de la pechera y lo vuelvo a cubrir. Y lloro de alivio. Y vuelvo a poder respirar. Fran y el hombre de la bifocales vuelven a entrar. El hombre vuelve a esconder a Chicho en su cámara. Y el mundo parece volver a girar.

-Se puede saber qué te pasa?- Lore me lo pregunta mientras intenta calmar a la criatura, haciéndola subir y bajar en sus brazos, yo creo que así la marea más, y se lo digo, me la pasa perdiendo la paciencia. Le pongo el chupete y lo escupe. Me da la impresión de que tiene fiebre. Noto su exasperación y busco un termómetro. Lo vi por última vez en la repisa del baño. Pero ahora no está. Por supuesto. La criatura no para de llorar. Escuché una vez por la radio que en esos momentos hay que fabricar su propia burbuja de calma. Yo ni lo intento. El termómetro está en el cajón de los tampones. Me pregunto por qué. 39 y medio. Le doy Dalsy sin decir nada. No quiero que piense que le reprocho nada. Le cambio el pañal y le saco el pijama. Se duerme nada más la tumbo en la cuna.

La descubro en el umbral, abrazada a si misma. La abrazo yo y ella me secunda, buscando mi cercanía. Nuestra burbuja.

Y llegó el sábado. Y después que pasó todo, allí volvían a estar. En el mismo banco, ellos en el respaldo, ellas en el asiento. Vestidos de adultos, pero comportándose como los chicos que una vez habían sido. Escupiendo cáscaras de pipas, riendo a gritos, chinchándose unos a otros, una le arregla algo en el pelo a la otra ,ellos compiten a quién escupe más lejos- Si me cae en la cabeza te enteras- Y si hago así te caes-Uno casi pierde el equilibrio del respaldo- Parad ya- Saca el pie de ahí- Me voy a chivar- No me tires del pelo- Gané yo me debes una birra- No, la mía llegó más lejos- Define lejos- Ya habló el “esperto”- Mediapunta!- Parad ya- No sé si cortármelo- Cortarte el qué?- A ti qué te importa- Si hago así te caes- Toma colleja- Déjale en paz!- Tu no le defiendas- Yo soy más de pijamas- Creo que va a llover- Y yo creo en tu madre en bragas- No te lo cortes..- A lo mejor en capas- Cortarte el qué?-Pero bueno!- Se te ve el calzoncillo- Pues no mires- Saca el pie de ahí- Te estoy diciendo- Eso- AlabimAlabamAlabimbombam!- Y eso a qué viene ahora?- Si hago así te caes- Pásame más pipas.

Kinski

En realidad se llama Virginia, pero todos la llamamos Kinski. Una vez estando sentados todos en un banco del parque comiendo pipas, llegó Luispe acompañado de un tipo que no conocíamos de nada y que de buenas a primeras le espetó a Virginia que se parecía mucho a una actriz de una película que había visto, y que se llamaba Kinski. Nosotros seguimos tomando pipas. Y nos reímos un rato del nombre. Pero desde entonces la llamamos así.

Sólo sus hermanos la llaman Virginia, y ella reacciona tarde, como si hubiese guardado su nombre en una caja y olvidado en un desván. Llegó después de dos chicos morenos y no muy altos, con bastantes años de diferencia, un bebé rubio de ojos verdes, que se convirtió en una chica espigada de pelo trigueño y rasgos teutones. Al parecer era parecida a una bisabuela. Mi abuela añadía por bajines que era parecida a la bisabuela del capitán aquel que llevaba a limpiar el uniforme a la lavandería de sus padres en tiempos. Y mi madre carraspeaba, y le hacía señas con los ojos, y mi abuela remataba anotando con sorna que el uniforme siempre había estado impoluto.

Pero Kinski no sabía nada de esas historias, o no quería saber. Ella andaba a lo suyo, participando en nuestra vida, pero tratando de hacer la suya al margen. Fue la única de todos nosotros que no repitió nunca un curso, pero jamás la tachamos de sabionda. Parecía que sin hacer nada en especial aprendiese rápida y eficazmente.

No hablaba mucho, y le encantaba comer. Pero no engordaba, siempre llevaba un trozo de algo en la mano.

A la hora de elegir a qué dedicarse en la vida, se inclinó por derecho, para orgullo de su padre y decepción mía, ya que eso significaba que no nos íbamos a poder ver tan a menudo. Cuando aprobó la oposición a juez, nos enteramos por el periódico al ser ella la juez más joven del país.

Yo soy infiltrado. A veces pienso que debería dedicarme a la interpretación. Cada vez soy una persona distinta, en un contexto diferente, otra ciudad, otro acento, otro nombre. Soy todos y nadie. El mío es Zacarías Fierro.

Hasta hace seis meses fui un eslabón en una red intrincada y opaca. Es la única manera que tengo para definirla. Opaca. Me pasé dos años recorriendo el Mediterráneo en barcos veleros, con gente guapa y manejando mucho dinero.

El sueño de cualquier otro. Pero no el mío. De todo lo que tuve que aprender para mi papel me quedo con las palabras “Spinaker, Génova y Gennaker”. No sé. Me gusta como suenan. De lo que me ocupaba , con el qué, cómo, quién, y dónde. El resto intentaré olvidarlo. Las cicatrices me lo recuerdan. Y el viento. Si es bueno.

Cuando la vi entrar en la habitación no la reconocí en seguida. Tenía el pelo de otra forma y el traje que llevaba no la favorecía. Su nombre me la devolvió inmediatamente a su contexto, pero no dije nada. No reaccionó al mío. Venía acompañada de dos secretarios, dos números del cuerpo y mi enlace.

Volví a contar todo lo que hacía días contaba. Como un mono de repetición. Dejó su tarjeta en la mesilla. Pero la suya personal. No la del juzgado. Kinski.

La llamé al día siguiente. Y se disculpó por no haberse hecho conocida. Le dije que eso lo hacía yo todo el tiempo. Y nos reímos.

A Eloy Domínguez Lérez se le dio por desparecido. Y volví a ser yo. Pasé un mes en el hospital y ella se instaló en un apartamento del servicio mientras duraron las diligencias previas. El juez local se las había pasado gustoso. Demasiado opaco. Demasiado grande. No podíamos tener contacto para no entorpecer nada. En el mes que estuve en la isla, me hizo llegar varias veces, a través de una enfermera, un menú completo de un sitio de comida casera que ella conocía y dos paquetes de pipas. No creía en los viajes en el tiempo. Ahora si. Sólo se necesita un paquete de pipas.

No pude despedirme de ella. Órdenes. Y me fui al Pirineo. Lo último que necesitaban mis cicatrices era sol y yo ya tenía bastantes millas náuticas a mis espaldas. La operación siguió sin mi, pero a un callejón sin salida. Todo se volvió más indivisible. La madeja se enredó más. Nunca se pudo saber quién había tirado la cerilla. Durante un tiempo tuve pesadillas, que yo ardía, o la habitación. Después ya no.

Y la volví a encontrar. Al otro lado de la mesa de novedades de una librería. Con su aire desangelado y tranquilo, leyendo no muy convencida el argumento de un libro, su boca en un rictus escéptico. La llamé y levantó la vista despacio, aún metida en el argumento del libro. Su rostro se iluminó al verme, y dejó el libro en el montón equivocado. Yo no compré el mío.

Comimos juntos y nos dimos los números. Y volví a tener dieciséis años y dudas filosóficas ante el teclado de mi teléfono. La llamé un jueves para ir al “Día del espectador” y aceptó sin dudar. He llegado a pasar diez horas sentado en un coche esperando a que alguien saliese de un edificio, las horas que pasaron entre mi llamada y la hora de nuestra cita fueron en comparación una cadena perpetua sin opción a revisión. Fuimos a ver una de unos que burlaban a la policía con juegos de magia, los dos llegamos a la conclusión de que nuestros trabajos serían más interesantes si nos viésemos en semejantes tesituras.

Volver a tener dieciséis años debe ser muy parecido a pasar un mono. Incluso me planteé volver a fumar. Ella seguía manteniendo la misma serenidad de siempre, discreta rozando la timidez. Mi serenidad volvía en el momento en el que ella salía de su portal los jueves a las siete y veinte de la tarde.

Nos vimos todas las películas candidatas a los Oscars, las de Cannes, y los Goya, además de varias independientes suecas. Después solíamos tomar algo, de mesa y mantel o de tapas. Llegué a saber de memoria los menús de restaurantes y taperías en un perímetro de cinco kilómetros alrededor de los cines que solíamos frecuentar.

De jueves a jueves nos mandábamos mensajes o nos llamábamos, al principio con una frecuencia de cuarenta y ocho horas, para ir degradando de veinticuatro a doce, hasta llamarme ella por la mañana a las diez y media, y yo a ella por la tarde a las seis menos cuarto, hora a la que sabía que su secretaria abandonaba el juzgado.

Entonces una noche, a la salida de “Lo Imposible”, se paró en frente de mi y me besó. Escondió mi rostro entre sus manos y sonriendo me dijo que ella tampoco podía vivir sin mi.

Desde entonces estamos infiltrados uno en la vida del otro. Yo la llamo Kinski, ella a mi Fierro. Eso no va a cambiar. Vamos cada jueves al cine, nos apuntamos a cursos de cocina, nos perdemos sin mapas o navegador por ciudades, caminamos sin prisa, y hacemos viajes en el tiempo. Con bolsas de pipas.

Harley

Stripped-down, hot rod style on an easy-handling frame that lets you roll with the confidence of three wheels. „

-Entonces „ A vida cuenta“ después es „de que“ o sólo „que“- La pregunta de Revuelta devolvió a Gonzalo Mendieta de nuevo al despacho, por tercera vez en la última hora, se frotó los ojos con las palmas de las manos.

-„Habida cuenta de“, después puedes poner o no „que“, pero no puedes obviar el „de“- Revuelta asintió con la cabeza y continuó escribiendo el informe, del que después le enviaría una copia y el corregiría, a sabiendas de que ,de lo contrario, no sería legible. Se preguntaba a menudo cómo había sido capaz de superar las pruebas de Lengua en la Academia, en su época aún quitaban puntos por falta de acento. Decidió no romperse la cabeza. El corregiría el informe y Santas Pascuas.

-Es lo del burro?- Se lo preguntó mientras se incorporaba y se dirigía a la ventana, iba a ser un día de mucho calor otra vez, y sin atisbos de brisa, al menos donde ellos se encontraban, bajando a la costa se notaba la brisa del mar, que aliviaba un poco la humedad del calor.

-Tiene nombre, se llama Torcuata, y es una burra- Gonzalo se mesó el cabello y se volvió dispuesto a ir a hacerse un café a la sala de reuniones.

-Es “susodicho” o “subsodicho”?- Gonzalo carraspeó y se ajustó un poco la corbata.

-Tu escribe con calma, ya lo corrijo después- Y abandonó el despacho, dejando a Revuelta con sus gramática descomplicada.

No había mucho movimiento en el Puesto, el verano aún acababa de empezar, con lo que todavía tenían una rutina tranquila. Desencuentros de tráfico, pagos de multas, y algún permiso de quema. Se preparó el café y volvió al despacho. Revuelta no estaba, así que sacó del cajón de su mesa una carpeta de cartón que en algún momento había sido verde, y ahora era gris. En letras mayúsculas de imprenta un nombre : TRISTÁN MOHEDANO FRÍAS.

El caso llevaba cerrado veinte años, pero el le dedicaba desde entonces una parte del tiempo que tenía libre. Releía los informes, revisaba las fotos, las entrevistas a los testigos. Nada. El mismo callejón sin salida. Tristán Mohedano Frías, dieciocho años, su cadáver se encuentra un día después de que sus padres denunciasen su desaparición. Decúbito supino, fractura múltiple de extremidades inferiores, fractura múltiple de extremidad superior izquierda, traumatismo craneoencefálico severo. Está tendido sobre una roca en un terraplén de la carretera de la costa, su moto, una Vespino modelo Velofax color rojo, al fondo del mismo terraplén. No hay señales de frenada. Ni se encontró testigo alguno del accidente. En aquel momento se llegó a la conclusión de que Tristán, de vuelta de una noche de fiesta, había cogido la curva demasiado rápido, y se había salido de la carretera. Pero para él, ya entonces, las cosas habían sucedido de otra manera. La posición del cuerpo, dónde había quedado tirada la moto, su estado y sobre todo las leyes de la física hacían imposible la versión oficial, ya que, si Tristán volvía de una fiesta, eso significaría que en ese momento se encontraba ascendiendo la pronunciada curva, no descendiéndola, ya que su casa se encontraba sólo tres kilómetros más arriba, lo que hacía imposible que hubiera superado límite de velocidad alguno y acabase tirado en el terraplén. Para su versión, era necesaria la presencia de un vehículo, que hubiera chocado contra Tristán al invadir su carril y cuyo conductor hubiese apartado después el cuerpo y la moto para evitar verse involucrado. Su interés por el caso se vio fomentado por el hecho de que la autopsia había revelado que las heridas que había sufrido el chico en el accidente no eran mortales, la muerte le sobrevino por una parada cardiorespiratoria posterior, lo que daba luz a su teoría del traslado del cuerpo al terraplén y posterior abandono. El caso se cerró sin que él, un novato que acababa de empezar, pudiera dar peso a su versión.

Decidió entonces continuar la investigación por su cuenta, y la ayuda le vino de manos de otro novato, Reynaldo Novoa, recién salido de la facultad de medicina y haciendo sus primeros pinitos como ayudante del forense del Anatómico de la isla. Reynaldo había encontrado restos de piel bajo las uñas de Tristán, lo que hacía suponer que se había aferrado a una persona, además de otro tipo de sangre distinto al del chico en sus ropas. Por aquel entonces todavía no eran posibles los cotejos de ADN, llegarían más tarde, pero Reynaldo guardó las pruebas por si en un futuro pudieran arrojar luz sobre el caso. Si ocurría algún accidente en el que se veían implicados habitantes de la isla, por rutina hacía un cotejo con las pruebas por si alguna vez pudiera coincidir. Él por su parte había tomado muestras de restos de pintura blanca en el lateral izquierdo de la destrozada moto del chico, una arena más en el mar de incógnitas del caso, ya que si había algo que sobraba en la isla eran coches blancos.

Aún recordaba los gritos de la madre del chico, Mireia Frías, y la sensación de impotencia que sintieron el teniente Doval y él cuando le comunicaron a la familia el cierre del caso. Tristán Mohedano Frías le miraba siempre desde las fotos del informe, los ojos claros fijos y sin vida, en un rostro ensangrentado pero sin mueca de ningún tipo, tranquilo, como si se hubiera tendido allí a observar las estrellas. Los rastros de sangre en las mejillas se veían surcados por rastros más claros. Reynaldo le había confirmado que eran lágrimas.

-Para poner castillos hinchables somos nosotros o los del centro- La consulta de Revuelta le hizo cerrar el informe y volver del viaje que siempre emprendía al abrirlo. Se preguntó quién tendría el humor de ponerse a hinchar un castillo con el calor que iba a hacer.

Cuando acabó el turno, se cambió de ropa y bajó hasta la ciudad en Vespa. Siempre se había movido en moto, incluso cuando aún estaba destinado en el Norte. Sus compañeros no entendían por qué no tenía un coche, y solían decirle que él era lo más parecido a un blanco móvil, en su Vespa azul, llevando casco rojo.

En realidad su moto ideal era una Harley-Davidson, solía visitar con frecuencia la página web para leer la descripción de los distintos modelos y sus partes, y estaba abonado al catálogo anual con todas las novedades. Pero por ahora se conformaba con su Vespa azul, que le permitía moverse con soltura por las intrincadas calles estrechas de aquella ciudad incrustada en la costa, de callejones empedrados y sembrada de señales de prohibido el paso. Al poco de llegar a la isla se había comprado un apartamento de dos habitaciones en la zona alta de la parte antigua, entonces lo habían acabado de reformar y desde el balcón del salón podía ver el mar, al que debía ver todos los días para que su mundo estuviese en orden.

Se preparó una pizza congelada “Cuatro Estaciones” y eligió en su servidor de televisión un capítulo de las experiencias de un arquitecto inglés que ayudaba a gente a remodelar su casa, él mismo era un manitas y le gustaba ver lo que se podía llegar a hacer con una martillo y cuatro puntas, aún a sabiendas de que se quedaría dormido antes de ver terminada la obra.

Por la mañana, nada más cruzar la puerta de entrada al Puesto para comenzar su turno, le recibieron los gritos de una discusión acalorada entre dos grupos de gente, unos vestidos con bañador y los otros en aras de combatir el calor pero sin intención de acercarse al agua en absoluto. Revuelta y Mayo, entre ambas partes, trataban de mantenerlos separados y que el conflicto no escalase.

-Los de la izquierda han vaciado la piscina en la propiedad de los de la derecha- Explicó Mayo, consultando sus notas, siempre llevaba una libreta mínima consigo y apuntaba todos y cada uno de los detalles del caso que le ocupara, muchas veces había estado tentado a preguntarle cuántos cientos de libretas mínimas atesoraba en su despacho, pero esta vez tampoco se lo preguntó. Una vez se hubo cambiado, se unió a mediar en el asunto, y, como ya esperaba, tuvo que trasladarse con Revuelta a las propiedades para hacer una inspección in situ del problema.

A Revuelta lo que se encontraron le recordó las inundaciones de la Gota Fría, él había ido mentalmente más lejos, al Tsunami en Japón. Los dueños de la vivienda afectada proferían las peores amenazas contra los causantes de los desperfectos, y aquellos, en lo alto de su muro de contención, vigilados de cerca por Mayo y Corretja, les respondían con similares improperios.

-Hombre, cómo reaccionarías tu si te echan veinte mil litros de agua en tu salón, no?Yo les entiendo- Coligió Revuelta al tiempo que levantaba con las manos enguantadas lo que parecía una jaula de pájaros vacía. Tenía razón, no tenía ni idea de cómo reaccionaría ante un Tsunami en su salón, pero sabía que había llegado la hora de llamar a Huberto, el de atestados. Éste apareció una hora después con su equipo,y ambas propiedades se convirtieron en lo más parecido a un escenario bélico, teniendo que llamar a los colegas de la Nacional.

Por la tarde desapareció un perro de nombre Blas, con dos eses, dos ciclomotores sin casco, dos holandeses sin frenos en su caravana, y dos campistas ilegales en el jardín de unos ingleses. Daban las nueve cuando dio por terminado el informe de las piscinas, Mayo se ocuparía de la caravana y los campistas y Revuelta del perro, continuando en su línea de protección animal, se lo hizo saber, y Revuelta le contestó con una falsa carcajada, si bien le admitió que a veces se entendía mejor con los animales que con las personas, él se abstuvo de contestarle y le dejó con el informe.

En lugar de bajar a la ciudad, decidió subir por la carretera de la costa para liberar un poco la cabeza. El sol ya estaba bajando, y poco a poco se levantaba la brisa, deshilando el calor y la humedad. Cuando llegó a la altura donde se encontraba la que había sido la casa de Tristán Mohedano automáticamente alzó la vista, cerrada desde poco después del accidente, encallada en la falda de la colina, una magnífica villa en varias alturas expuesta al mar. Vio la luz y frenó sin pensar, perdiendo casi el equilibrio. Avanzó lentamente para asegurarse de que no era un reflejo del sol ya casi retirado,y pudo confirmar la existencia de una ventana iluminada.

Aparcó la moto junto a los antiguos garajes,y, casco en mano, emprendió la subida a la casa por las empinadas escaleras de piedra. La última vez que lo había hecho había ido con Manuel Doval para confirmar el cierre de la investigación, les habían recibido tres perros pastor alemán, los únicos que se habían alegrado de su visita.

Una mujer joven le abrió la puerta, por un instante le pareció reconocer a Mireia Frías, la madre de Tristán, pero la mujer ante él era demasiado joven como para ser Mireia, y tenía el pelo más oscuro en una melena lisa que le caía lacia hasta los hombros. Llevaba un top gris y unos pantalones cortos vaqueros, estaba descalza y blandía en la mano una cuchara de madera. Los dos se miraron sin poder ocultar una mezcla de sorpresa y curiosidad.

-Buenas Noches, yo…perdona, vi la luz en las ventanas y como lleva vacía años, pensé que…

-Pensaste que la habían tomado los okupas- Acabó ella su frase, Gonzalo sonrió y quiso explicarse, pero la risa de ella se lo impidió- Soy Laia, Laia Mohedano, perdona, quieres entrar? Es que tengo algo al fuego- Y desapareció a paso vivo en el interior de la casa, Gonzalo se atrevió a sobrepasar el umbral. La amplia entrada de baldosas de cerámica anaranjada le recibió como entonces. Todo seguía igual. Sólo faltaban los perros. La voz de Laia le llamó desde la cocina.

-Quieres comer algo? No lo he cocinado yo, no te preocupes, lo he comprado para llevar y lo estoy recalentando, como ves soy toda una gourmet- Se lo explicaba revolviendo lo que parecía una porción doble de Arroz Tres Delicias en una sartén, Gonzalo permanecía en la puerta inseguro de querer entrar- Seguro que piensas que soy una desaprensiva, dejando entrar a un desconocido, pero…dime la verdad, qué malo malísimo va a subir esa carretera hasta aquí por la noche y después tragarse esos ochenta escalones?- Gonzalo le dio la razón asintiendo con la cabeza.

-Yo soy de los buenos, quiero decir, yo soy guardia civil, me llamo Gonzalo Mendieta, yo..- De pronto le pareció poder sólo expresarse con la primera persona singular, Laia cesó un instante de revolver el arroz, para continuar de inmediato, recuperando la sonrisa.

-Guardia Civil? Entonces tendréis ahora mucho trabajo con todo ese gentío, no?.- Y abriendo una de las alacenas, sacó dos platos, Gonzalo se encogió de hombros.

-Todo bajo control.- Ella le dedicó una mirada fugaz, tenía los ojos oscuros, su madre Mireia los había tenido claros, como su hijo.-Creo que me voy a ir, yo..- Otra vez la primera persona singular, pensó en Revuelta y su gramática descomplicada. Laia negó con la cabeza chasqueando la lengua al tiempo.

-Has subido esa carretera y te has tragado esos ochenta escalones, te has ganado la cena.- Se lo decía mientras ponía los dos platos y los cubiertos sobre la mesa de la cocina, de madera maciza, larga y rodeada de ocho sillas del mismo material. Gonzalo se sentó en una de ellas, mientras ella ponía la sartén sobre el salvamanteles.

-Está bueno, de dónde es?.- Preguntó tras el primer bocado, Laia cortó un trozo de pan.

-Es de un chino que hay según sales del ayuntamiento a la derecha.- Explicó, Gonzalo le sirvió vino, él a si mismo agua.

-Es que tengo que volver con la moto.- Quiso explicarse, Laia soltó una carcajada.

-Si no tendrías que hacerte el control a ti mismo, qué mal no?.- Gonzalo no pudo sino secundarla en la risa con sólo imaginárselo.

-Te vas a quedar? Quiero decir, estás aquí sólo un tiempo?.- Laia negó con la cabeza, separando los guisantes con el tenedor.

-He venido a deshacer la casa, la quiero vender.- Y el silencio se instaló entre ellos entonces, casi incómodo. Gonzalo bebió un trago de agua.

-Es una zona muy buscada, tendrá muchos admiradores.- Laia buscó sonreír pero no lo consiguió.

-Tu sabes la historia, verdad?.- Y su mirada oscura buscó la suya, lejos de toda broma, Gonzalo asintió y Laia se sirvió un poco más de vino.

-Entonces yo era el segundo de Manuel Doval, nosotros…

-Te recuerdo. Cuando dijiste que eras guardia civil supe de qué te conocía.

-Siento si te he hecho recordar.- Se disculpó, Laia le dedicó una media sonrisa, aunque sus ojos seguían nublados.

-No hago más que recordar desde que puse pie en la isla, y esta casa no alivia la situación.- Y se llevó a la boca un tenedor lleno de arroz, Gonzalo la imitó.- Pero no he perdido el apetito.- Bromeó sirviéndole una cucharada más, Gonzalo iba a protestar, pero ella chasqueó la lengua de nuevo.- Todo bajo control, pero el mío.- Y sus ojos brillaron de nuevo, disipando la niebla de antes.

Le llamó dos días después, él había acertado a darle su número de móvil por si necesitara ayuda en algo,y ella había correspondido dándole el suyo por si alguna vez volvía a subir por la carretera de la costa y le apetecía comer arroz chino. Necesitaba un fontanero y un electricista, después de tantos años cerrada algunos grifos se negaban a funcionar, al igual que la lavadora y enchufes varios. Se ofreció a ayudarla, anunciando su visita para aquella misma tarde.

La encontró en la parte de atrás, dentro de la piscina, ahora vacía, barriendo hojas.

-Vas a llenarla?.- Preguntó como saludo, Laia negó con la cabeza y se dirigió a la escalera.

-Prefiero la cala, mi madre era más de piscinas, nosotros más de mar.- Explicó dejando el rastrillo contra la pared, Gonzalo supo a qué se refería, pero no dijo nada.

-He traído arroz.- Y le mostró la bolsa con el pedido del chino, Laia rió y dio una palmada, invitándole a entrar.

-Nos fuimos aquel octubre, nos era imposible estar aquí sin él, Tristán no era sólo mi hermano mayor, era mi mejor amigo, y en esta casa había demasiados recuerdos, y los sigue habiendo.- Explicó mientras servía los platos, Gonzalo se fijó en la pulsera de colgantitos de coral, la última vez no la llevaba, Laia la hizo sonar al notar su curiosidad.-La encontré en el cuarto de mis padres, detrás de un mueble, se debió de colar.- Y volvió a hacerla sonar, sonriendo al tintineo.

-Pero tu padre tenía aquí su estudio de arquitectura.- Laia le sirvió dos cucharadas más de arroz.

-Le vendió su parte a su socio, él sobrevivió cuatro años a mi hermano, empezó por olvidar cosas y acabó en una especie de demencia senil sin tener ni edad para nombrarle en la misma frase con tal término-Hizo una pausa rozando el borde de su vaso con los dedos.- Mamá se fue apagando como una vela, se suele decir que una persona se puede morir de pena, pues eso exactamente le pasó a mamá, se dejó morir de pena.- Y comenzó a separar los guisantes del arroz con el tenedor como era su costumbre ante recuerdos inoportunos, Gonzalo lo había observado e intentó cambiar de tema.

-Y tu? Sigues por Barcelona?.- Preguntó sirviéndose agua, Laia suspiró y negó con la cabeza.

-Estocolmo, seguí los pasos de mi padre y soy arquitecto, para deshacer esto me he tomado vacaciones que tenía atrasadas, después ya veré, el frío ya me cansa.-Y le sonrió tomando un trozo de pan.- Uno de San Sebastián en una isla, cómo se entiende eso?.- Gonzalo rió su ocurrencia, como se hubiera reído con cualquier otra cosa que hubiera podido decir, al darse cuenta carraspeó, tratando de no resultar tan obvio.

-Salí de la academia y estuve un año por allá, pero en cuanto pude pedí cambio de destino, me surgió este y aquí sigo, hay a quien no le gustan las islas, pero tienen su encanto.- Y Laia pareció darle la razón a medias mientras bebía otro trago de vino.

Dos Arroces Tres Delicias, tres enchufes, una lavadora y dos tuberías más tarde, él la recogía con la Vespa y bajaban a la cala cercana a darse ambos el primer baño del día, o bajaban hasta la ciudad a cenar algo, o empaquetaban juntos lo que parecían ser cientos de platos y vasos que encontraban en los numerosos aparadores de la casa.

Ese toro enamorado de la luna/que abandona a medianoche la maná/ es pintado de amapola y aceituna/y le puso Campanero el mayoral….”

Gonzalo la hizo girar sobre si misma, para luego tomarla por el talle y llevarla con paso experto entre otras parejas danzantes por la pequeña plaza donde tenía lugar la improvisada verbena. Laia trataba de no pisarle y su risa se abría paso entre los acordes de la música.

-Hacía años que no escuchaba esta canción.- Le gritó al oído, Gonzalo la afianzo imperceptiblemente un poco más contra si.

-Y yo que no bailaba agarrado.- Le confesó también al oído, encontrándose entonces los dos y olvidándose de la verbena, y del toro y sus abanicos de colores.

La cala se convirtió en su lugar de encuentro, cuando el acababa su turno subía hasta allí y juntos disfrutaban de la caída de la tarde, para después repartir el tiempo entre deshacer la casa de ella y bajar hasta el apartamento de él, lejos de los enjambres de turistas que ya abarrotaban la isla.

-Si es como tu dices, por qué? Por qué dejarle así?

-No lo sé. Y créeme que llevo todo este tiempo preguntándomelo.

-Me lo dirás si lo descubres?

-La primera.

-Tienes el pelo un poco largo.

-Tu también.

-Ven aquí.

Su teléfono fijo, el de servicio y su móvil personal sonaron a la vez, como una suerte de alarma disonante e insistente, que les despertó a ambos a deshora. Gonzalo alcanzó el fijo aún a oscuras, y tras dos monosílabos salió de la cama.

-Qué ha pasado?- Preguntó la voz de ella desde la oscuridad, él buscó en el armario un uniforme limpio y acercándose a ella la besó en la frente.

-Una catástrofe. Pero sigue durmiendo, yo me ocupo.- Y se fue, dejándola un tanto confundida, al tiempo que la ciudad parecía llenarse de sirenas que acabaron por romper la noche.

Los tres días que siguieron, Gonzalo los recordaría después como los tres días más largos de su carrera, tres días sin noches, de cuerpos calcinados, gritos, hospitales, humo, órdenes, contraórdenes, la desesperación de los supervivientes en el puerto, sacos con los muertos,el goteo de familiares, toma de declaraciones e identificaciones.

De los tres veleros de recreo, no quedaron más que restos calcinados y cenizas sobre un mar de plato. Y demasiadas preguntas. La isla se llenó de periodistas, llegaron mandos de tierra firme, embajadores y cónsules, incluso el servicio secreto,del que siempre había oído hablar y había dudado que existiera. Y después de tres días, con sus noches, pudo volver a casa a librarse con una ducha del olor a humo, hospital y muerte. Y dormir.

Sin embrago, el zumbido de su móvil le arrancó del sueño profundo en el que había logrado sumirse, sin lograr abrir los ojos ni cambiar de postura lo alcanzó con la mano y contestó con lo que a él le pareció una especie de gruñido, incapaz de encontrar su voz.

-Tenemos un “match”- Lo que escuchó de boca de Reynaldo le hizo incorporarse de una vez, por un momento pensó que aquello formaba parte de su sueño y se pasó la mano libre por el rostro para despejarse un poco más.- Te espero aquí.- Y volvió a colgar.

Gonzalo saltó de la cama y en su carrera alcanzó a coger un pantalón y una camiseta, antes de abandonar su apartamento y bajar las escaleras de tres en tres.

-Joan Cambrils, el chico dijo en casa que se iba unos días “por ahí”, y no han tenido más noticias, a la vista de lo ocurrido se han presentado aquí los padres.

-Cambrils?Los Cambrils de “mírame y no me toques”?

-Esos mismos, aunque ahora están con los del equipo de psicólogos, de “mirame y no me toques” nada de nada.

-Uno de los dos fue entonces.

-Ella. Las marquitas no mienten. Sara Cambrils.- Y le pasó dos hojas de papel con puntos en gamas de color, en una las pruebas de Tristán, en la otra Sara Cambrils.

Permanecieron los dos en silencio por un instante, para luego buscar asiento cada uno en una silla del reducido habitáculo que era la oficina de Reynaldo.

-No sé si tenemos que brindar con champán o echarnos a llorar.- Acertó a decir Reynaldo sacándose las gafas y apretándose el puente de la nariz, Gonzalo pareció asentir sin apartar su mirada de las dos hojas que tenía en la mano.

-Supongo que este es nuestro momento “Y ahora qué?”.- Musitó dejando los papeles sobre la mesa, Reynaldo se mesó el poco pelo que aún tenía con las manos y se recostó en la silla entrelazándolas en la nuca.

-Ahora ya tienes el quién, cómo y dónde, a mi me interesaría saber el por qué.- Gonzalo sopesó las palabras de Reynaldo, y pensó en Laia y en lo que habían hablado. En ocasiones se dice que tres son multitud, en ese momento a él le pareció que tres personas detrás de un por qué lo eran casi, y Tristán llevaba demasiados años metido en el cajón de su mesa.

-Cuando todo esto acabe, te invito a una mariscada.- Dijo acercándose a la puerta, Reynaldo levantó las cejas.

-Esto acaba de empezar, amigo mío, sólo acaba de empezar.- Y parpadeó lento tras sus gafas de miope, despidiendo a su amigo con un cansado gesto de cabeza.

No le resultó complicado dar con el Renault 505 blanco, los Cambrils lo habían matriculado dos años antes del accidente para uso del servicio, y vendido para chatarra en el septiembre inmediato al siniestro. Ahora ya encajaban las piezas del puzzle, sólo necesitaba saber qué hacía Sara Cambrils hacía veinte años, entonces ya madre de tres hijos, a altas horas de la madrugada por la carretera de la costa, en el extremo opuesto a su lugar habitual de residencia, con un coche del servicio.

Sara Cambrils le recibió en una salita en penumbra, después de convencer a varios miembros de la familia de que se trataba de un simple trámite para el que necesitaba estar a solas con ella. Estaba sentada en un sillón orejero junto a la ventana, vestida con lo que a él le pareció un vestido camisero, descalza y con los ojos cerrados, medio escondidos tras la mano con la que se los tapaba. El iba de civil, lo que quería tratar con ella no tenía ya que ver con uniforme alguno, había traído únicamente el papel que probaba que la pintura del coche era idéntica a la pintura encontrada en la moto de Tristán. Y una sola pregunta.

-El 24 de julio hará veinte años que usted sufrió un accidente con un renault 505 blanco, en la carretera de la costa.- Sara Cambrils separó por un instante la mano de sus ojos, pero continuó en silencio, sin siquiera moverse, él, de pie frente a ella no había querido sentarse, no iba a necesitar demasiado tiempo.- A consecuencia del choque, Tristán Mohedano Frías resultó gravemente herido y usted con alguna herida sangrante, a tenor de las pruebas periciales.- Sara Cambrils separó la mano del rostro entonces y pareció mirarle desde la penumbra, aún en silencio.- Usted abandonó a Tristán Mohedano a su suerte y tiró la moto por el desmonte.

-Ahora es tarde.- Y la voz de Sara Cambrils se le ocurrió rota y casi un gemido.

-Nunca es tarde para un por qué.- Sara Cambrils entrelazó las manos y dirigió su mirada inflamada de llanto hacia la ventana.

-Yo venía de verme con alguien…llámele amigo, llámele amante, ahora ya no importa, se me había hecho muy tarde e iba tan rápido como el coche podía dar.- Se pasó una mano por el rostro borrando las lágrimas que caían sobre sus mejillas ya húmedas.- Supongo que corté la curva y me lo llevé, sólo me acuerdo del golpe…yo me golpeé con algo en la frente, el resto lo ha resumido usted bien. Hubiera supuesto un auténtico escándalo y el fin de mi vida tal como era, no podía arriesgar nada.- Y se mesó el cabello despeinado sin mirarle, Gonzalo sin embargo no podía apartar sus ojos de ella, sintiendo la impotencia de años creciendo en él, incapaz casi de contenerla.- Ahora ya no importa. El chico está muerto y míreme a mi.- Gonzalo dejó la copia del informe sobre una mesa baja y se dispuso a salir, pero Sara Cambrils le detuvo.- Yo nunca he hablado con usted de este asunto, le ha quedado claro?.- Gonzalo se fue sin contestar cerrando la puerta tras si.

Encontró a Laia en el comedor, ante varios aparadores repletos, armada con un rollo grande de cinta americana se disponía a precintar una caja de cartón con el cartel “manteles”.

-Te noto nervioso.- Comentó abriendo un cajón grande, Gonzalo negó con la cabeza e hizo un gesto desvaido con la mano para quitar importancia a su intranquila presencia.

-Si he dormido dos horas en los últimos cuatro días han sido muchas…nada más.- E intentó sonreír sin conseguirlo, Laia pareció creerle y dio forma a otra caja de cartón dispuesta a llenarla con correas de perros.

-Tu crees que la protectora las querrá? Ya no tengo perro.- Se lo preguntó sosteniéndolas en las manos como si no supiera para qué podían servir, y Gonzalo no pudo más que acercarse a ella y abrazarla, ella le secundó apoyando la cabeza contra su pecho.- Podemos ir a la cala, si quieres.- Él asintió sin relajar el abrazo, al tiempo que le acariciaba la cabeza.

Le contó todo ya lejos de la orilla, en lo profundo, sin firme bajo los pies, sólo sostenidos por su inmensidad, el único lugar en el que sabía que Laia y él podrían afrontar juntos la verdad. El no la dejó hundirse, y ella gritó su rabia al mar, a su infinidad, a su oscuridad. Para que no pudiese volver.

– Y a dónde quieres ir?

-A Telluride, Colorado.

-Ruta 141 y 145

-Pero contigo

-Para interpretar los mapas

-Claro

-Freewheeler. Necesitaremos una Freewheeler.

-Como quieras. Pero antes he de hacer algo.

Ante la iglesia se había congregado una multitud de gente, y una fila de coches que parecía no tener fin. Gonzalo quiso retenerla manteniendo la mano de ella en la suya, pero Laia le miró desde lo profundo de la oscuridad de sus ojos, arrasados por un llanto de rabia y duelo de años que parecía no tener orillas. La dejó ir. Y la siguió con la mirada desde el centro del atrio atestado de gente, que a él le pareció estuviera desierto.

Laia guió sus pasos hasta Sara Cambrils, quien de riguroso luto, sombra de si misma y desmadejada de dolor, atendía a aquellos que se acercaban a darle el pésame. Cuando descubrió a Laia ante ella, su rostro inflamado de lágrimas se crispó levemente y sus labios se arrugaron en un rictus tenaz. Laia le mantuvo la mirada y dirigió el dedo indice de su mano derecha hacia el pecho de Sara, a la altura del corazón, clavándoselo levemente a través de la blusa.-Ahora ya estamos en paz.- Musitó de forma que sólo Sara la escuchó y mantuvo el dedo contra su corazón hasta que sintió cómo se rompía. Sólo entonces lo apartó.

Volvió sobre sus pasos hacia la mano tendida de Gonzalo, sin volverse, ni escuchar el grito casi animal que rompió el atrio tras ella.

Assist & Slip Hydraulic Clutch Clutch effort goes way down on the Freewheeler® motorcycle. Thanks to the Assist & Slip hydraulic clutch, you can ride all day through stop-and-go traffic without wearing out your hand and forearm.“

*Fantasmas

Un tiro en el corazón. Ni me enteré. Sólo paz. De repente. Fue raro. No levité, ni me vi desde arriba o cosas de esas de las películas. Yo estaba allí de pie, viéndolo todo y ellos no me veían a mi. Me fui. Me aburría. Además no me gusta ver sangre. Tanta. Aunque sea mía. Ahora sé que lo que Seldow me decía era cierto. Me quería de verdad. Y yo a él. Rompí la regla de oro. A su mujer no le hizo gracia. Y aquí estoy ahora. Muerta.

El la abandonó de todas formas cuando lo supo. Conociéndole, en cualquier momento viene a hacerme compañía . Mi madre montó el número por su cuenta, quemando todo aquello. Bien. Al menos su histeria natural ha llevado a algo productivo. La acompaño a veces, y ella lo sabe. Me habla y yo le contesto. Ahora podemos hablar sin discutir. Es raro. Dicen que se ha vuelto loca. Yo la tranquilizo, y le quito la idea de la cabeza. Mi padre nos deja tranquilas. Para no faltar a su costumbre. No le necesitamos.

Con lo de Segis no tengo nada que ver. Yo ni estaba allí. Se lo llevaron los otros. A mi me dejan en mi paz. Ya me iré. Me gusta pasear por las eras y rozar las espigas con los dedos.

Le espero.

Sé que vendrá.

Arcángel / Tres Veleros

ARCÁNGEL

Dar de comer al hambriento. Dar de beber al sediento. Posada al peregrino. No saben quién soy. Dan posada pero no saben quién soy. No mentirás. Mira mi niña, el mar, las olas, vienen y van. Él caminó sobre las aguas. Panes y peces. Y el Ángel visitó a Loth y le advirtió de lo que vendría. No mires atrás. No mires atrás. No saben quién soy. Mira mi niña los barquitos, los barquitos suben y bajan en el mar. No saben quién soy. Bienaventurados. Pobres de espíritu. También te gustaba bailar, mi niña preciosa. La más linda. Bailad, bailad. No saben quién soy. Bienaventurados. No matarás. No matarás. Eres mi vida y mi muerte, te lo juro compañero. El fuego eterno. Arderán en el fuego eterno. No saben quién soy. Mira mi niña. Tu también te reías. La risa de mi niña linda. Lloraréis lágrimas de sangre. Lágrimas de sangre. El Ángel les guió. No mires atrás. Pecado mortal. Es fácil. Muy fácil. No me ven. No me oyen. No saben quién soy. Mira las chispas mi amor. Mira las chispas. Ríe niña mía. Ríe. Mira las llamas. Fuegos fatuos. Son fuegos fatuos. El fuego purifica. Ceniza a la ceniza. No mires atrás. Llamas. Llamas del infierno. Bienaventurados. Arded. Fuegos fatuos. Arded.

Porque de ellos es el Reino de los Cielos.

TRES VELEROS

-Sagen Sie mir endlich mal, wo meine Freunde sind? Verdammt noch mal!Ich werd´ noch bescheuert!. Und ich habe Durst Leute. Durst?….Mannometer eh!.

– Y este también es danés ( Mayo coteja una lista escrita a mano. Niego con la cabeza)- Es alemán. Los daneses están en el tercero. Ya tienen intérprete. El de alemán está en el hospital con los otros…ayudando, se entiende-(Mayo asiente, suspira, apunta algo en la lista, mira al hombre sentado frente a nosotros. Dos piezas gris, recién duchado, pelo rubio aún húmedo, las manos vendadas. Nos mira alternativamente. Visiblemente enervado)

-Y cómo se llama?.- What´s your name? (El hombre gesticula con sus manos heridas. Le duelen. Se arrepiente de haberlas movido)

-Scheisse! Mann!…Jürgen Ströber (Mayo me mira, y luego al hombre, quien alza las cejas)- Jürgen Ströber?…J-U-E-R-R-G-E-N S-T-R-O-E-B-E-R (Vocaliza cada letra con exagerada dicción. Mayo escribe algo en la lista. Jur Gestrober, lo dice mecánicamente) Nein! JUUEEERGEN STROOEEBER (El hombre se enerva. Mayo asiente y se incorpora. Se va. Entrelazo los dedos de las manos)

-We will help you, don´t worry – Aclaro.( Jürgen Ströber se recuesta en la silla y asiente con la cabeza)

-May I have water, please? (Me voy a buscar una botella de agua mineral, un vaso y una pajita. Le sirvo el agua en el vaso.Con la pajita.)

-Danke, das ist nett (Jürgen Ströber sonríe. Yo también)

-If you need something else, please tell us- (Se lo digo antes de irme)

-Ich werd´ noch bescheuert….(Intenta llevarse las manos a la cabeza. Vuelve a arrepentirse)

(Alguien le ha dado ropa para cambiarse, y le ha dejado ducharse tras la revisión médica. Chándal de dos piezas gris, calcetines blancos, el pelo en media melena aún húmedo, un poco revuelto. Tiene el rostro demudado,no ha dormido desde que todo pasó. Serena dentro del nerviosismo).

Laura Campa Bello. 20 de Mayo 1983. Residí en Madrid hasta julio, después quería instalarme en las islas…pero ahora ya no lo sé. No. Yo no formaba parte del pasaje. Soy..era la cocinera. Pedro, Pedro Valle me contrató. Me quedé sin trabajo en Mayo, el restaurante donde trabajaba cerró…en realidad soy repostera (recoge un par de mechones de cabello tras las orejas. Baja la vista y nos mira. Ojos verdes cansados), pero no importa. Yo no tengo…tenía nada que ver con lo que Pedro y el pasaje hacían. Cada dos escalas comprábamos provisiones y preparábamos la comida en un restaurante local. Los barcos en si no tenían capacidad para cocinar para tanta gente. El desayuno era tipo bufet, comidas y cenas variaban según lo que encontraba en las escalas. Sí, había alcohol, también se cargaba en las escalas. Pero sólo se servía cuando se tenía que servir. Quiero decir…no andaban borrachos todo el día.

Yo estaba durmiendo. Sola. Quiero que conste que yo no formo parte del pasaje ni tengo nada que ver con lo que Pedro hace…hacía. Ya me entiendes, las fiestas y los cruceros. Yo soy sólo la cocinera. Ernesto, Ernesto Capdevila me sacó. Sólo sé que de repente alguien me sacó de mi catre de un tirón. Y era Ernesto (Parece sonreir, baja la vista. Nos mira. Recoge el pelo tras las orejas). Todo estaba lleno de humo. Tropecé con mucha gente. Salté por la borda (Se le llenan los ojos de lágrimas. Las contiene con el embés de los pulgares. Le ofrezco un pañuelo,que acepta).Creí que me ahogaba. Tanta gente. Había tanta gente. Sabe dónde está Ernesto?, le perdí.

Le conocí en el barco. Sí, él formaba parte del pasaje. Hoy era su última noche. No era su estilo. No le gustaba el plan. No sé. Ernesto es una persona muy seria (Nos mira y asiente con la cabeza. Como confirmándoselo a si misma. Vuelve a contener las lágrimas con los pulgares). Está bien?. Ernesto, me refiero. Ernesto Capdevila, no sé su segundo apellido.

No vi nunca drogas. Si alguien fumaba algo era cosa suya.

Las chicas (Mira al techo. Respira hondo. Menea la cabeza), las chicas. Eran parte de la idea de negocio supongo. Yo nunca quise saber cómo. Chicos también. Pero no sabría decirles quién era y quién no. Procuraba mantenerme al margen. Yo cocinaba, ellos comían. Punto.

Dinero?. Se movía mucho, sí, es increíble lo que puede llegar a gastar alguna gente (Mira al techo. Se peina la melena con los dedos).Yo sólo recibía mi sueldo, o espero recibirlo, no sé. La última vez que vi a Pedro fue ayer por la tarde. En el reparto de la cena. Rollitos de primavera de verdura con ensaladas variadas. Buscaba a Lidia. Lidia González, su socia. Yo también la busqué. Ni idea de dónde podía estar. Después ya no le volví a ver.

Querría agua. Si puede ser un vaso grande de agua. Sólo estoy cansada, muy cansada. (Dos lágrimas se le escapan. Corta el resto con los pulgares).

Ernesto Capdevila Heras de León. 10 de Enero de 1973. Resido en Londres. Phillip Wilkins me convenció. Tres veleros, me dijo. Mar sin fin, sin prisas y mucha diversión. Me lo creí. O quise creérmelo (Pelo muy corto. Casi al rape. No ha podido afeitarse. Ojos negros expresivos. Dos piezas gris, como el resto de los rescatados. Lleva la mano derecha vendada).

Trabajo en finanzas y acumulo mucho stress, pensé que quince días navegando al sol me vendrían bien. Me equivoqué. Yo quería tranquilidad, aquello era todo lo contrario. Daban cosas por supuestas que yo ni me planteaba (Gesticula con las manos. Parece no atreverse a explicarse mejor). Las segunda noche una chica se me metió en el catre. Así. Sin más. La invité a irse. De buenas maneras. Tan amigos. Me entiendes?. Yo no soy así. Tengo un problema de espalda y los catres me mataban. Acabé durmiendo en el suelo.

Laura era la única persona con la que se podía hablar. Una conversación normal, quiero decir. Con frases, verbos, y esas cosas (Sonríe cansado. Menea la cabeza). Laura Campa. Es la cocinera…en realidad es repostera, en fin. Está bien?…quiero decir..Sabes dónde está?. La perdí. Se soltó de mi mano (Se mira la mano vendada. Su mirada se nubla). Había tanta gente….Yo dormía cerca pero no con ella, quiero que conste, eramos una especie de carabina el uno del otro(Sonríe. La mirada aún nublada). Ella tampoco era parte del „show“ por así decirlo, y no quería que se le colase nadie. Ya me entiendes. Acabé ayudándola con las comidas y esas cosas. Laura es….Está bien?.

Las chicas? Las chicas eran espectaculares, no lo voy a negar. No había una fea. O con un „pero“ en el tipo. A todas les quedaba perfecto el bikini…quiero decir, es raro, no?. No a todas las tías les queda bien uno de esos. Siempre de buen humor. No sé.

Ellos?. También había „ellos“?. No lo sé. He de admitir que había un par de tios que te bajaban la moral (Se ríe, casi sin querer). Pero no sabría decirles.

Pedro Valle tiene ahora un problema, supongo. Le vi en la cena ayer…u hoy…como quieran ponerlo. Buscaba a alguien. Después…bueno. Ya saben.

Querría una café y una aspirina. Me va a estallar la cabeza. Estoy bien, solo me quemé la mano. La cabeza es, no sé, todo junto supongo. Y saber dónde está Laura Campa. Gracias. (Se pasa la mano sin venda por la cabeza, cierra los ojos y trata de respirar hondo).

-Ich will unbedingt wissen, wo meine Freunde sind….ich verlange nicht viel oder?Ich lauf´noch Amok hier….und ich brauch´was für die Schmerzen liebe Leut´…kann einfach net mehr…ist zu viel…(El intérprete me traduce que quiere saber de sus amigos y que está al límite de sus fuerzas. Consulto mis listas. Le pido que le pregunte los nombres)

-Sagen Sie mir die Namen Ihre Freunde bitte, und wir erkundigen uns dann mal. Ich habe übrigens Ihre Botschaft benachrichtigt. Sind Unterwegs. (El intérprete me pregunta si han llegado los de la embajada. Le digo que no. Jürgen Stroeber está muy nervioso)

-Elías Müller, Stephan Lindner und Marianne Bindner…die waren ganz hinten…ich weiß nicht wie ich es geschafft hab´….(Creo que Ströber va a hiperventilar, el intérprete me mira. Somos de la misma opinión)

-Ganz ruhig Jürgen! Gaanz ruhig. Alles OK. Tief atmen. Jürgen guck mich an!. Alles OK ( Ströber rompe a llorar a gritos. Llamamos a los de la Cruz Roja)

Abelardo Castiñeiras Souto. 20 de Setiembre 1960. Yo soy patrón. Creo que para vosotros es capitán de yate. Yo soy el que lleva los barcos por ahí, por así decirlo. Yo siempre voy en el del medio, los otros dos chavales llevan los otros dos….los chavales…(Mira hacia el techo buscando algo. Pelo corto entrecano. Ojos oscuros inquietos. Dos piezas gris. Tiene los brazos y las manos vendadas. No parece importarle. Quemaduras leves en el rostro. Acusa cansancio) .

A Pedro le conocí en el puerto de Bueu. Yo soy de Bueu. Andaba preguntando por interesados en llevar barcos de recreo. A ver por dónde empiezo (Levanta un brazo para llevarse una mano a la cabeza. Pero desiste). Yo iba en el „Valdoviño2“, se nos volcó el aparejo. De quince quedé yo, os acordaréis. Seis horas en mar bravo (Menea la cabeza, achina los ojos, nos mira ).Quedé tocado, pero de aquí (Señala con un dedo libre su cabeza. Asentimos). Me daba un mal si volvía a lo mismo…al mar no, ése y yo ya somos amigos, a un barco de lo mismo. Lo consulté. La parienta no tenía inconveniente. Qué podía pasar paseando gente por un mar de plato y con sol. Una vez vino y todo. (Se ríe, achina los ojos. Niega con la cabeza.) Controlábamos en cada dos puertos, rutinas, pero me gusta que esté todo bien…sin sorpresas. Ellos tenían su rollo, y yo el mío, no me meto con nadie, ni los chavales tampoco… Enrique Moreiras López y Sixto Rodeiro Veiga…vosotros no sabréis no?…Esas madres.. (Niega con la cabeza, respira hondo, asiente en silencio) . Normalmente hacemos noche a seis millas de la costa, lo prefiero así, manía mía….cualquiera puede nadar seis millas en mar calma (Advierte nuestros gestos de escepticismo, se encoge de hombros) Pero Pedro quería lanzar cohetes, y eso es mejor en alta mar, me quedé en nuestras aguas, rollos míos, cada quien lo suyo….puso una especie de puentes entre los barcos, algo de Tailandia me dijo. Yo no lo veía bien pero….no quise bullas. Esa gente no tenía ni idea de navegar, ni de barcos ni de hostias benditas con perdón. Tomaban pastillas contra el mareo como caramelos y corrían por los puentes como por Los Cantones pero….cada quien lo suyo (Levanta las cejas, se encoje de hombros) .

Yo no duermo nunca abajo, rollos míos, duermo arriba en puente, al tanto, no me cogen en otra….y olí la gasolina. Olí la gasolina y ya eramos fachos. Virgen Santísima (Levanta la vista, niega con la cabeza, coge un buche de aire, lo suelta. Achina los ojos) . Saqué a todos los que pude, algunos eran ya antorchas. Aquellos gritos….Los tirábamos por la borda. Yo, el alemán y Eloy, a esos los tuve que obligar a tirarse . Yo salté el último.

Por algo soy el capitán.

(Reunión en pleno. Nadie ha podido dormir. Tampoco el Comandante Arias. De todas las aguas en donde podía haber pasado, tuvo que pasar en las nuestras. Nos ha tocado la lotería. No es un accidente. Alguien quiso hacer daño y lo consiguió. Cuarenta muertos contados. Seis desaparecidos hasta ahora. Veinte heridos graves. A cuatro les trasladan al Vall de Ebrón. Cinco países, cinco embajadas, cinco problemas. Había una operación en curso. Cuando sepa más informaré. Por ahora busca y captura para Pedro Valle Puerta y Lidia González Real. No sé por qué. Pero les quieren. Me voy a meter café en vena. Fuera todo el mundo. Trabajando que es gerundio)

Me llamo Jürgen Ströber. 15 de Abril 1985, soy de Esslingen en Baden-Württemberg, Alemania. Elías me habló del plan y convencimos a los otros dos, Stephan y Marianne. En realidad Stephan, Marianne se nos juntó por él. No había estado en un barco en mi vida…sí, yo era uno de los de las pastillas del mareo (Intenta sonreir moviendo la cabeza, pestañea despacio. El calmante le está haciendo efecto, pero no le atonta) . Me era imposible dormir abajo, así que dormía en uno de los bancos de la cubierta. No hacía frío, de todas formas.

Si, había muchas chicas. Había dos alemanas en mi barco…no sé cómo se llaman, muy simpáticas. Siempre riendo y tal. Eran bombásticas, de diez( Gesticula con las manos. Le duelen. Maldice en alemán. Nos mira, piensa bien lo que va a decir). En serio. Nos llamó la atención. Qué coincidencia, no?. Todas las tías buenas de España en tres barcos.(Se ríe. Le vienen lágrimas a los ojos. Se recompone. Carraspea) . Elías se lió con una, no lo tengo claro, osea, era como esas de las pasarelas de ropa interior…pero en bikini…con Elías?(Niega con la cabeza, curva la boca en un gesto de escepticismo. Alza las cejas). Stephan y Marianne estaban a lo suyo,así que tenía tiempo para marearme en paz.

Drogas?. No. No sé lo que ustedes entienden por „drogas“. Alguno se hizo un joint. Pero nada más. Creo. Dios!, mi cabeza está llena de niebla. Niebla densa. (Se ríe. Nos mira cansado. Suspira. Creo que le vamos a perder).

Ya. Voy…A ver. Yo dormía en el banco y empecé a toser. De repente había mucho humo. Mannometer!(El intérprete no encuentra traducción. Asentimos). Había fuego por todas partes. Me quemaba los pies…de hecho los tengo abrasados. Creo. Abelardo gritaba como un energúmeno y yo no sabía qué hacer. El otro tipo……Abelardo y yo ayudamos a sacar a la gente (Levanta la vista. Respira hondo. Le caen las lágrimas. Niega con la cabeza) .Era como un horno. Ellos salían de un horno. En llamas. Y ya no salieron más. Quise entrar, pero Abelardo nos tiró al agua. A mi y al otro, no recuerdo su nombre. Dios!. Me voy a volver loco!. Seguro!. Salían de un horno!. Como de un horno!…(Cierra los ojos y se sacude en llanto. Le hemos perdido. Mayo me anota que sus amigos están en la lista de fallecidos. Optamos por no decírselo por el momento.)

(El agente Fierro llega en silla de ruedas. Ha de declarar en las dependencias. No hay otra opción, por su seguridad. Brazos y pies vendados, quemaduras en el rostro. Le han tenido que rapar el pelo. Una venda voluminosa cubre parte de su cabeza. Los calmantes no le nublan, pero nos atiende como la viva imagen del agotamiento)

Capitán Zacarías Fierro Valente. Número 874923. Nuestra operación se llama „CondeDuque“. Esto viene de fuera. Quiero decir.. No es una cosa de la organización en si. Esto lo ha hecho alguien por su cuenta. Pedro Valle tiene la confianza de Seldow y Lidia sigue órdenes. No hay razón para fuegos incontrolados en alta mar. (Habla con calma. Mirándonos alternativamente. Debe fijar la vista).

Se venden como pasatiempo de lujo para bolsillos jóvenes y pudientes. Tres veleros de gran eslora. Sólo eso ya es su tarjeta. Tienen su propia comunidad. Cara a fuera es como un grupo al que le gusta la náutica y se lo pasan bien por el mundo en barco. Detrás es complicado (Busca las palabras. Bebe agua por pajita) . Es difícil de dilucidar. Llegas a dudar. Son cientos de personas a las que mueven. Sólo por ir en barco?. Ahí está el quiz. Me seguís?. Tardamos dos años en saber que detrás de Pedro estaba Seldow. Dos años de barcos por el mundo. Siempre islas, siempre tres veleros, siempre yo (Sonríe cansado. Parpadea. Vuelve a beber agua). Lidia es la constante. Pedro no siempre está. Ella lleva las redes y ahora sé que las chicas. Chicos hay menos. Habla alemán fluido.

Laura Campa? Hace unas tartas riquísimas (Se ríe. Le duele algo. Trata de respirar hondo. Bebe agua). No tiene nada que ver, no es tonta. Supongo que sabe donde anda metida, pero no participa. No es parte de la organización, quiero decir. Es nueva, el anterior se quedó en Corfú, no sé por qué.

Para ponerlo en claro: Seldow mueve la mayor red mundial de trata de blancas con una comunidad náutica como fachada. Alguno se cree „Master and Commander“ y sube y baja velas, pero son los menos. A veces hacen regatas entre ellos. Abelardo no les pasa una. Gran tío. Él, el chico alemán y yo logramos sacar a varios…yo intenté sacar a más…pero era..qué?..si un horno. Tú lo has dicho.

Yo estaba en proa. No hacía frío. Me dormí en una de las hamacas. Me despertaron los gritos y el humo. No dio tiempo a nada. Gasolina? Tuvieron que usar algo que acelerase la combustión. Me recordó al Zeppelin. Abelardo me tiró por la borda. Después se tiró él. Y el barco desapareció en llamas. Era..hasta casi bonito.( Cierra los ojos un instante, se le nubla la vista. Traga saliva, baja la mirada. Se derrumba)

(Les veo en el pasillo. Él la envuelve en una de las mantas que ha dejado la Cruz Roja, y la abraza. Hablan bajo, la consuela, sin dejar de abrazarla. Se alejan lentamente hacia la puerta principal. Me alegro por algo después de horas de no hacerlo por nada. El chico alemán habla por el móvil. Me pregunto de dónde lo habrá sacado. Pero no me paro. Parece ya calmado. Está sentado en una silla de ruedas. El intérprete ya se ha ido. Ahora me voy yo. Necesito dormir al menos una hora).

Natürlich habe ich kein Wort gesagt, denkst du bin ich blöd oder was?. Wollte nur weg, und meinen Arsch retten. Meine Hände sind sowieso hinüber…und meine Füße auch übrigens, falls dich so was interessiert. Alles war in Ordnung und die Typen mit denen ich war hatten keine Ahnung. So. Ich habe eines der Mädels zu Elias geschickt, als Geschenk…die anderen zwei haben es unter sich getrieben. Jetzt sind alle tot. So. Was?..Ich suche die Mädels, nicht du, jetzt habe ich ein Problem, du Blöde . Keiner will in irgendein Schiff. Egal wie. Müssen was bedenken. Und ich will meine Kohle. In Bar. Muss verschwinden. Und du auch.”

*Por supuesto que no he dicho nada, piensas que soy imbécil o qué?. Sólo quería salir de allí y salvar mi culo…mis manos están destrozadas.. y también mis pies, por cierto, por si te interesa. Todo iba bien. Los tíos que me acompañaban no tenían ni idea. Bueno. Envié a una de las chicas a Elías como regalo, los otros dos lo hacían entre ellos. Y ahora están todos muertos. Bueno. Qué dices?…Yo soy el que busca las chicas, no tú, así que yo soy el que tiene ahora un problema, gilipollas. Nadie va a querer subirse a ningún barco. Me ponga como me ponga. Tenemos que pensar algo. Y quiero mi pasta. En metálico. Tengo que desaparecer. Y tú también.

GAS

8:30- Malrboro light. Dos donuts. Café con leche para llevar. Seat Ibiza rojo.

8:38- „El País“. Caramelos de menta. Deposito lleno. Volkswagen Polo negro.

8:45- Café solo para llevar. Deposito lleno. Volkswagen Golf viejo azul.

Aparecen normalmente a eso de la nueve, en un monovolumen gris multipuerta, o sale él o sale ella. Depende del día. Ella siempre en traje de chaqueta y abrigo en invierno, chinos y blusa en verano, melena tipo paje y tranquila. Muy tranquila. Él, traje y abrigo Loden en invierno, vaqueros y camisa en verano, pelo entrecano y voz amable. Muy amable. Los críos van todos vestidos de uniforme en falda o pantalón y no puedo contabilizarlos, ya que van todos iguales y se parecen. Son más de tres y menos de siete. No gritan, ni se pelean, ni quieren cosas. Depósito lleno, „El País“,„A,B,C“ y „Telva“, metálico.

9:00- Café con leche sin azúcar para llevar. „El País“,Chicles de fresa. Deposito lleno. Seat León azul cobalto.

Ino llega a las nueve y diez. Se disculpa por el retraso, le digo que sólo son diez minutos, y él dice que diez minutos son diez minutos, tengo que darle la razón. Ino mide 2,2 y es negro, no juega al baloncesto y odia nadar. Preguntado por su origen el siempre responde África, como si todos los países del continente se concentrasen en su persona, pero a mi me consta que proviene de Gambia. En otra vida estudió económicas y fue contable, en esta trabaja a turnos en la gasolinera de su suegro, mi tío. También lleva la contabilidad, pero eso sólo lo sé yo.

9.45- Llegan Carmelo y Juande. La pareja de la Guardia Civil. Café solo con azúcar. Cortado con un azucarillo. Todoterreno verde. Juande le pregunta a Ino cuándo pueden volver a entrenar, Ino dice que a él le viene bien los viernes por la tarde, Juande consulta algo en su móvil y asiente. Viernes por la tarde. Carmelo me pregunta por mi tobillo, me recomienda una crema, yo hago que la apunto.

10:30- Cuatro de cada siete días viene él solo. Hoy vienen los dos. Camioneta Volkswagen blanca. Un paquete de Chesterfield. “Marca” y “Aprende a tricotar 3”. Se sonríen. Justo antes de pagar ella se decide por una bolsa XL de M&M´s. El menea la cabeza sonriendo. Ella me guiña un ojo. Las sonrisas son nuevas. La revista también. Antes eran dos paquetes de tabaco. Él le abre la puerta de la camioneta. Van hacia el polígono.

12:00- Segis entra tirando su manojo de llaves al aire y volviendo a recogerlo por la espalda. Tiene práctica. Nunca se le cae. Mono de trabajo gris. Sin afeitar. Dos Red Bull. Ducados. “Marca”. Me pregunta por mi tío. Supongo que bien. Que le diga que ya le tienen las uralitas cortadas. Paga y se me queda mirando. Continúa tirando el manojo al aire. No parpadea. Yo tampoco. Reacciona y se va silbando. Siempre se afeita. Hoy no.

12:30- Gorkan llega en su seat Ibiza verde. Lo aparca atrás. Metro ochenta, fibroso, casi de alambre. Pelo castaño claro. Es inmutable. Su rostro no varía de expresión bajo ninguna circunstancia. Seria y fría. Habla poco. Correcto en las formas. Su mirada verde se mueve despacio. Como él. Hace siempre el turno de tarde o de noche. Ino y yo nos repartimos el resto. Se queda por atrás.

14:30- Remedios y su hija Estefanía. Remedios habla sin puntos ni comas. Recorre el establecimiento tres veces, se para en las estanterías de aperitivos y revistas. “Diez Minutos”, “OK” y un coleccionable de relojes de cuco a piezas. Su hija permanece inmóvil junto a la puerta. Mira hacia fuera. Pantalón vaquero y chaqueta de chándal, zapatillas de deporte nuevas. No se mueve. No le veo el rostro. Cuéntale, niña, cuéntale a Guio dónde estuviste – y la voz de Remedios chirría, apremia, la hija sigue sin moverse- de azafata de cruceros, imagínate, por esos mares de Dios,cuéntale mi niña, cuéntale- Estefanía se vuelve despacio, el rostro del millón de dolares, así creo que las llaman, todo en su sitio, todo perfecto, el pelo lo enmarca aún sin peinar. Mis ojos no la pueden dejar. Cuéntale, mi niña, de las islas y los barcos, dile, no quiere, aún está cansada la pobre- Remedios rebusca en su monedero del suelto. Algo no me cuadra. Algo no va bien. Las pupilas demasiado dilatadas, mirada fija, pálida, inexpresiva en su insultante belleza. Estefanía me cuenta otra versión . Sin decir una palabra. Aparta la vista de la mía. La vuelve a perder en el exterior – Va a empezar en el polígono. Con Arturo. En la oficina. Ahora que ya está de vuelta, mi amor, verdad niña?, está cansada , la pobre, vamos pues- Remedios me da todo el suelto, coge a su hija del brazo. Renault Clio azul. Depósito lleno. Estefanía me mira antes de entrar en el coche. Creo que me sonríe.

15:30- Metro ochenta. Metro setenta. Entre treinta y cuarenta. Rasgos eslavos. Pelo muy corto. Cazadoras de cuero negras, pantalón vaquero, botas de montaña. Audi A4 gris. Hablan entre si sin alzar la voz. El más alto señala algo en la lejanía hacia el este, el otro afirma con la cabeza. El más alto entra en el establecimiento. Vuelve a salir y me mira encogiéndose de hombros. Miro hacia el interior. Gorkan no está dentro. Ni en la trastienda. Tampoco tras las estanterías de repuestos. Gorkan no está. 4 cajetillas de Malboro. Dos botellines de agua. 2 RedBull. Dos palmeras de chocolate. Un coleccionable de relojes de cuco por piezas. Metálico. No hablan inglés. Manos cuidadas. Discretos. Entran a la vez en el coche. Hacia el oeste.

Busco a Gorkan. Lo encuentro reparando el tejadillo que cubre el arcón del hielo. Atrás. A veinte metros del establecimiento. Las tuercas están sueltas. Me lo dice sin dejar de atornillar algo en una de las barras. Concentrado en la labor. Entiendo. Vuelvo al establecimiento. Gorkan a veces ve fantasmas. Los fantasmas no existen.

Cuando llego a casa mi sargento está pasando la aspiradora. En realidad se llama Felipe y es el amor de mi vida. Nos conocimos siendo él sargento. Y entonces me dijeron que si me dirigía a él en el ministerio, le llamase así. Y así le seguí llamando. Nos casamos un diez de julio, sábado, por la mañana. El de bonito y yo de blanco roto. De luna de miel nos fuimos a Costa Rica. De eso hace cuatro años y tres meses. Él ahora es teniente. Pero para mi sigue siendo mi sargento. Él me llama Guiomar. Porque es mi nombre.

Cenamos a las 21:45. Pechugas de pollo con ensalada, mousse de chocolate de postre. Me pregunta por mi día,le cuento pormenorizadamente. Las cosas de palacio van despacio, ya decidirán dónde te ponen. Si te cansas lo dejas y tu tío busca otra persona. Me gusta. Hasta que decidan dónde me ponen. Después se verá. Estamos de acuerdo. Rara vez no. Vemos un capítulo de “House of Cards”. Me pregunto si podré volver a usar zapatos de tacón.

8:30- Chicles de menta. Café solo sin azúcar para llevar. Toyota Prius verde.

8:38- “Hola”. “Crunch XL”. Chocolate para llevar. Twingo azul. Depósito lleno.

8:45- No paran de hablar un segundo. Entre ellas y por el móvil. Ni me miran. Melenas de peluquería, perfume caro. Tacones de marca. “Telva”, “Elle”, “Vanity Fair”, “Hola”, “El País”, Coleccionable de casa de muñecas. Con muñeca. Café solo sin azúcar. Ford K blanco. Tarjeta.

9:00- Hoy sólo tres niños. Excursión a Andorra. Viene ella sola. Lleva un vestido-abrigo amplio. Ligeramente irritable. “ABC”, “El País”. Una bolsa XL de M&Ms. Metálico.

Ino llega puntual. Le ha acercado Beca, que me dice adiós desde el coche. Ino me dice que tiene cita con el pediatra con la niña. Catarro. Supone.

Beca es pelirroja. Mide 1,65 cm y pesa aproximadamente sesenta kilos. La gente con su color de pelo tiene fama de tener mal carácter. Beca tiene carácter,pero no malo. Siempre lleva el pelo recogido en un cola de caballo muy tirante, y camina con paso decidido. Como la gente que sabe a dónde va. Estudió secretariado internacional en la capital y cuando regresó ya lo hizo con Ino. -Arbeh nyandi/-Arbeh jang/-Illafta muriella?/Nllafta bayolehlla Yardi (10) tang/-Yardi Pang!10 meter! For Eteh Nyamataleh! Wo seyataleh. Wo Seyataleh deh/-Hani, Hmang Seya Arbeteyataleh Ok/-So Muntumaleh Ellafitalla?/-Embehlafillala lokun nalaleh/-OK. Color juma/color sefanyadi/Tambakero/OK. Ino encarga diez metros de tela de colores para los vestidos a su primo. Sé algunas palabras. Futunafuloo, Dote. Kodo, Dinero. Mandinka. Beca quiere una boda multicolor. A mis tíos les da igual, con tal de que por fin haya boda.

Ino ayuda a Juande a entrenar para el físico. Según los nuevos baremos tiene que bajar diez kilos de peso y ser capaz de recorrer tres kilómetros en diez minutos. Todavía tienen tres meses. Y ha bajado cuatro. Algo es algo.

9:45- Carmelo viene riéndose de Juande. Juande no le encuentra la gracia. En las prácticas de tiro no acertó ni un blanco. Ni uno. Café solo con azúcar. Cortado con azucarillo. Ino le defiende. Un mal día lo tiene cualquiera. Ya son dos los malos días. Anoto que yo no siempre acierto. Los tres me miran en silencio. En serio. Se miran entre si. Siguen sin creerme. Cría fama.

10:00- Discuten a gritos. Ino se me une en la caja. Nos ignoran. Ella va descalza. Vestido de seda verde. El moño deshecho. Se le ha corrido el rimmel con las lágrimas. El lleva un traje de raya diplomática. Camisa abierta. Ojeras. Sin afeitar. Si no te calmas te dejo aquí. Ino me mira de reojo. Yo trato de localizar su “aquí”. Vete a la mierda. Qué se supone que hacemos ahora. Coge tu puta agua y vámonos. No me toques. Les suenan los móviles. Él responde la llamada. Ella no. Él se va. Ella se acerca con una botella de un litro de Evian. Tiembla. Su rostro está embadurnado de llanto y maquillaje. Ino le ofrece un pañuelo de papel. Ella lo acepta. Le agradece con los ojos. Se le cae el suelto al suelo. Ino le ayuda a recogerlo. Suena un claxon apremiante. Ella se asusta. Se disculpa. Abandona el establecimiento tambaleándose. Porsche Panamera negro. Hacia el oeste.

10:30- Filtros para tabaco de liar. Café solo sin azúcar. In situ. Volkswagen polo azul.

11:10- Could you tell my husband he is an absolute asshole?. Le cobro los dos litros de Solán de Cabras. Metro ochenta, vaqueros y camiseta azul. Sin afeitar. Su marido elige el coleccionable de relojes de cuco y el “Telva Colecciones”. Don´t you dare. Yo también te quiero. Metálico en monedas de un euro. I told you he is an asshole. Opel Zafira gris. Depósito lleno.

12:20Yatedijequenotefiarasdeélqueteibaadejartiradatíaahoranomevengasconmonsergas. ChesterfieldChiclesdementasinazucar. Cuandollegeacasatellamoconcalmaahoratengoquecolgaresmihermanaqueesunaplasta. Ford K rojo. Depósito lleno.

13:00- Ino me dice que sólo quedan dos Magnum de vainilla en el arcón. Decidimos esperar a que llegue Gorkan. El se encarga siempre de ir a la cámara frigorífica. Ino es alérgico al frío.

14:15- “Mis Labores” y “Pronto”. Bolsita de cacahuetes. Seat Ibiza gris. Control de aceite.

14:30- Coca-Cola en lata. Paquete de patatas fritas. “O.K”. Scooter roja. Lo carga a la cuenta de su padre. Ino levanta las cejas. Yo apunto.

15:00- Llega Gorkan. Aparca atrás. Ino hace recuento en la lista de lo que se necesita. Yo me compro “El País” con la película “Rebeca” de regalo. Anoche soñé que volvía a Manderley. Ino se ríe y niega con la cabeza. El es más de musicales. Le da a Gorkan la lista.

Gorkan sale del almacén muy pálido y llorando. Ino y yo no reaccionamos. Gorkan nunca se inmuta por nada, a veces dudamos que pueda sentir. Pero cae al suelo. Ino le acude. Yo me apuro al almacén, no sin antes agarrar el bate. La cámara frigorífica está abierta. Y allí está. Tirada en el suelo. Muerta y helada. Sobre un charco rojo. También helado. Ino y Gorkan llegan a mi lado. „Al menos tiene cabeza“ anota Ino,yo asiento, Gorkan se tapa la boca con la toalla que lleva en la mano y tose. Volvemos a la tienda. Ino dice que hay que llamar a los de verde, yo llamo a los de verde, a los de azul y a mi tío Gerardo.

Y empieza el show de luces y sirenas. Quién es quién. Pasaportes y Documentos. Dónde estaba quién cuándo. Horas y minutos. Llevaba allí dentro dos días. Yo fui la última que entró en la cámara y no había cadáver alguno. Hace tres días y diez horas. Se llevan a Gorkan en ambulancia con un ataque de ansiedad. Ino y yo la miramos alejarse. Ino me ofrece un café largo. Nos sentamos a observar el show de luces y sirenas.

La muerta es Estefanía Márquez López. La hija de Remedios. No la reconocí en el momento de descubrir su cadáver, sólo cuando la envolvían en un plástico blanco después que el juez hiciera las disposiciones, me fijé en la cara, y era ella. Aún con el color que la muerte regala y tras llevar días en una cámara frigorífica, conservaba intacta su belleza. Tiro en el pecho. Muerte en el acto.

Hay una hora al día en la que el establecimiento está fuera de funcionamiento. Esa hora varía dependiendo de como definimos los turnos y esto lo hacemos según nos conviene a los tres. Los defino yo por semanas. En el calendario de pared en el despachito de atrás. Estamos por colores. Yo soy verde, Ino azul y Gorkan amarillo. Tuvo que ser en esa hora. Tengo el cuándo. Pero por qué?. Y por qué ella?. Algo quiso decirme la última vez que la vi. Pero qué?.

No fui ni al entierro ni al funeral. Ino me lo contó después. Al parecer Remedios se ha transtornado. A mi modo de ver ya lo estaba. Sólo ha empeorado.

Mi tío cierra el establecimiento dos días. La cámara sigue precintada.

Me he descolgado por fachadas, tomado al asalto viviendas, corrido en la oscuridad total, sé moverme sin hacer ruido, volverme invisible, y alcanzar un blanco móvil a sesenta metros. Soy agente del Grupo de Operaciones Especiales, especialista en qué, cuándo y dónde, para mi no hay gamas de color, sólo el blanco o el negro, la cara o la cruz, un si o un no. Cinco centímetros a la derecha,son para mi cinco centímetros a la derecha. No supongo nada. Ni dejo nada al azar. Pero el tobillo me lo rompí bajando las escaleras del sótano de mi casa. Conté un peldaño de menos. Me caí con el que estaba de más. Dos tornillos y una placa de titanio. Baja por enfermedad. Pero no estoy enferma. Sólo tengo una placa de titanio en el tobillo. Y el no saber si voy a poder volver a descender por una fachada. Nada más.

Me ofrecí voluntaria a ayudar a mi tío en la gasolinera. Sin cobrar un duro. Para pasar el tiempo. Mi sargento me acercó los primeros días. Ahora ya puedo conducir yo. Mi qué, quién, cuándo, particular. Modus Operandi.

9:45- Carmelo me comenta que Remedios ha desaparecido. Si la ves, avisa. Miro hacia el campo baldío que se abre frente a la gasolinera. Al otro lado de la carretera. Si apareciera por allí, la vería. Sí. No digo nada. A Juande le empieza a sobrar el uniforme. Se lo digo. Le da una palmada en la espalda a Ino. Ino menea la cabeza. El mérito es de este señor de aquí. Café solo con azúcar. Cortado con azucarillo.

10:30- Llegan las revistas nuevas. “National Geographic”, “Mi Bebé” y “Bricolaje Fácil”.

11:00- Ducados. Red-Bull. Dos donuts. Scenic blanco.

11:30-”Mi Bebé”, “Hola”. Dos bolsas de M&Ms. Hoy más tarde. Sin niños. Vestido premamá. Depósito lleno.

11:50- La última cajetilla de Fortuna. Ino charla con alguien fuera. Le aviso que voy atrás.

Yo oigo los golpes. Y los gritos. No veo a Ino. Sólo le oigo gritar. Y golpes. Y alguien más grita y su grito cesa. Me apoyo en la pared. Media zancada. Escucho. Alguien destroza cosas. Un cristal se rompe en mil pedazos. Media zancada. Escucho. Avanzo. Alcanzo la puerta. Siguen los golpes. Frena un coche. Gritos. Cesan. Frena otro coche. Más golpes. Los gritos cesan. De nuevo cristales rotos. Me asomo. Atrás. Me asomo. Atrás. Me deslizo dentro. Zancada. Me protejo tras un expositor. Quién quiera que sea grita fuera de si y golpea cosas. Oigo gritos de dolor. Cesan. Cristales. Frenadas de coches. Me asomo. Las estanterías están caídas, y la mercancía esparcida por el suelo, distingo las piernas de al menos dos personas en el suelo, los cuerpos cubiertos por los restos de los muebles. Y sangre. Mucha sangre. No es un simulacro. Es real. La idea me viene como un mazazo. Tan brutal como los golpes que sigo escuchando. Me agacho. Cuclillas. Alcanzo el extremo del mostrador. Me escondo detrás. Segis. Es Segis. Con un hacha y una pala de nieve. Ambas gotean sangre. Le vislumbro a través de una estantería partida en dos. El mono gris empapado en sangre y sudor. Su rostro es una mueca animal. Mueve el hacha y la pala como aspas de molinos. Grita algo que no entiendo. Da un hachazo a una columna de gasolina. Me agacho. Descubro a Ino. Está tumbado bocabajo fuera. No se mueve. Segis grita y da golpes contra los coches. Rompe las ventanillas. Avanzo en cuclillas. Piso charcos de sangre. Saco mi móvil del bolsillo. Le hago una llamada perdida a Carmelo. Lo pongo en “modo avión”. Quiero volver a avanzar, me apoyo en lo que queda queda de un expositor y se vuelca. Segis grita algo ininteligible. Otra voz le apremia desde lejos. No reconozco de quién. Desde mi nuevo parapeto veo a Ino. En el suelo . El también me mira a mi. Tiene un herida abierta en la pierna y en un brazo. Me mira y parpadea. No se mueve. Vuelve a parpadear. Yo asiento. Segis suelta la pala coge una de las mangueras de suministro. Empieza a regar a su alrededor. Canta a gritos la canción de “La Jardinera”. Ino aprovecha para alejarse un poco arrastrándose, deja un rastro de sangre.

Segis está a cinco metros de Ino. Yo a tres de éste. Angulo recto. Les tengo a los dos en campo. Echo de menos mi arma. Oigo un coche. Distingo el todo terreno verde. Segis les insulta y da un hachazo contra un coche. Emite un alarido bestial. Ino se incorpora entonces. Sus 2,2 metros se lazan con lentitud mineral. Sangre y sudor. Segis le ve. Alza el hacha y la mueve como el aspa de un molino. Me incorporo. Quiero intervenir. Descubro a Juande a diez metros a mi derecha. Ino acaba de incorporarse. Segis aferra el hacha con las dos manos y la alza. Juande grita a Ino. Ino le mira sin entender. Y entonces sucede. Suena un disparo. Entre los ojos. Segis se derrumba. Primero sobre las rodillas, para luego caer como una marioneta a la que le cortasen los hilos. El silencio se puede cortar.

Las sirenas me confunden. Todo se llena de gente y de gritos. Veo a mi sargento bajar de un helicóptero de tráfico. Dos compañeros intentan darle el alto. Pero él viene hacia mi corriendo. Felipe. Y la tierra se abre bajo mis pies. Y caigo en lo oscuro. Nada.

Las olas nos salpican las piernas mientras caminamos por la orilla. La playa se extiende en una lengua infinita, al fondo de la cual parecen confundirse el cielo y el mar cristalino. No necesitamos nada más. Somos dos. Sin cómo ni por qué. Tampoco cuándo. Sólo el dónde.

No llevo reloj.

Adiós, Adelina, Adiós..

Lo que usted tiene es una catarata móvil, que provoca en su desplazamiento que su ojo se vuelva vago. Su oculista se lo había dicho sentado a su mesa de despacho, muy serio, mirándola a través de sus gafas Truman, y moviendo su mano derecha extendida en el aire, de izquierda a derecha, como si con ese gesto ayudase a su catarata a desplazarse. Adelina, no supo qué decir, se limitó a asentir, lo único que le vino a la cabeza fueron las cataratas de Iguazú, que había visto en un reportaje hacía poco, parpadeó e intentó sonreir, por cortesía, no por otra cosa, él le devolvió la sonrisa y escribió algo en una receta. Colirios. Si le molesta, se los echa. No es necesario intervenir por ahora. Intervenir. Su catarata no era una zona de conflicto. Sólo le hacía ver borroso de repente y sólo del ojo derecho. Tras coger la receta y estrecharle la mano al oculista, salió de la consulta, todavía pensando en Iguazú y la fuerza del agua al caer. Decidió volver a casa andando por el paseo marítimo, había dejado de llover y le venía bien andar, según le había recomendado su fisioterapeuta. Miró hacia la Torre de Hércules y guiñó el ojo izquierdo, la veía perfectamente, ni rastro de catarata, negó con la cabeza y continuó camino.

Llegó al portal justo cuando empezaba a llover, con ella entró también su vecino del sexto H, mientras él llamaba al ascensor ella recogió el correo, publicidad y una carta de Telefónica, la abrió al tiempo que entraba en el ascensor.

-Van a bajar por las paredes del patio de luces…- El vecino del sexto H lo dijo como si le contase la escena de una película, ella le miró distraida mientras abría la carta.

-Quién?

-Los del aislamiento…- Ella asintió mientras leía „Adiós, Adelina, Adiós…“- Y claro, habrá que sacar los tendales, porque fijate tú si se quedan prendidos…- Ella le miró y descubrió su gesto de horror, que ella secundó, imaginándose a los del aislamiento debatiéndose en el aire, prendidos en un tendal, meneó la cabeza y volvió a su carta „ Qué pena, Adelina, qué pena que nos hayas dejado así, huérfanos…“- Porque van a bajar así, no sabes?, como los ninjas, tras-tras-tras con arneses y todo…- Adelina se estaba preguntando a quién había dejado ella huérfano y que trabajase en Telefónica, y sólo entendió la parte de los ninjas.

-Ninjas?

-Hombre, no sé si irán de negro, encapuchados no, desde luego, sino no ven…irán de mono azul…o verde, no sé…pero se descuelgan fijo así tras-tras-tras..- Ella también encontró lógico que no fueran encapuchados y volvió a su carta fugazmente „…tendremos pues que tomar medidas cautelares…“- Y luego está Piruca…- Adelina se alegró de haber llegado a su piso, él le ayudó a abrir la puerta del ascensor.

-…qué le pasa a Piruca?- Quiso saber, él alzó las cejas con un gesto de escepticismo.

-Tiene vértigos si se asoma…

-A dónde?

-A cualquier sitio, se pone a morir…

-Ya..bueno, pues…ya nos dirán cuándo vienen..

-Quién?

-Los del patio de luces…

-Van a bajar así, no sabes? Tras-tras-tras..- Ella asintió y dejó cerrarse la puerta del ascensor. Tras.

Nada más entrar en casa, quiso volver a leer la carta y enterarse bien por qué nadie tenía que tomar medidas cautelares contra ella, pero vio que había varios mensajes en el contestador y pulsó la tecla para escucharlos.“Hoola mamá, soy yo, mira, es que tengo un problema con Brais y es que no tiene lazos bueno sí los tiene pero hay que cosérselos al mandilón y yo no sé porque no sé yo-no-sé- y además hay que coserlos en ocho infinito...(Fin del mensaje)…..“Hooola yo otra vez que me lié y tu contestador no deja a la gente explicarse y es que tienen que ser lazos lilas fíjate tu por qué no azules no tienen que ser lilas y hay que coserlos en forma de ocho y en horizontal como el infinito bueno el infinito no el símbolo ya me entiendes…(Fin del mensaje)……“Y eso…que te los llevo por la tarde y me los coses porque sino no puede subir al autobús mañana porque no sabes qué movida tuvo hoy Emilio hoy por culpa del puñetero lazo porque la del bus no lo quería llevar que a ver si no era el niño de ese bus y Emilio que no se corta y bueno que yo no doy no doy y son lilas y vamos por la tarde y ya te cuento porque Nati se casa de penalti con aquel...(Fin del mensaje.No hay más mensajes). Adelina se había quedado de pie junto al teléfono, sin moverse, a la espera del siguiente mensaje, que no llegó, suspiró y se dirigió al salón para asegurarse de que aún tenía lazos en la cesta de su costura, los de su otra nieta eran amarillos, y los de Brais, hasta ahora, verdes, ella había comprado hacía unos días un pack de lazos de colores en los chinos, pero no estaba segura de que el lila estuviese entre ellos. Se disponía a abrir la cesta, cuando escuchó que alguien abría la puerta de la calle.

-Me cago en el Ayuntamiento!- Adelina salió al pasillo, y se encontró a su marido apoyado en la pared manteniendo el pie izquierdo en el aire- Que se lo trage el mar!

-Pero qué pasa?- Él se acercó a ella cojeando y dando muestras de dolor al hacerlo.

-Me acabo de torcer el pie en un bordillo roto…qué dolor!No sé si no me lo habré roto…-Adelina le ayudó a entrar en el salón-Qué dolor!

-Pues a mi me dijeron que tenía una catarata móvil y Paula va venir por la tarde con Brais por lo del bus….

-Una catarata?

-Si,una catarata, y como no le dejan subir al bus sin el lazo en infinito lila pues…

-Y por qué una catarata?…Qué mal!Qué dolor!- Y se dejó caer en una butaca, para después tratar de quitarse el zapato

-Pues no sé, una catarata móvil…

-Y dónde hay una catarata? El Ézaro?….Van a llevar a los niños de infantil en autobús hasta El Ézaro…pues ya son ganas de complicarse la vida…- Adelina iba a decir algo cuando sonó el timbre de la puerta, abrió sin mirar por la mirilla, un chico con una gabardina gris y aferrado a un portafolios le regaló una preciosa sonrisa.

-Buenos Días, Señora…Cree usted en Dios?- Adelina escuchó entonces la voz de su marido desde el salón.

-Pues a mi que lleven a unos niños tan pequeños a ver El Ézaro me parece una temeridad!

FM

Yo creo que es un problema de volumen. Cada vez que me lo encuentro, la música estalla en mi cabeza, y hace que sea incapaz de entender lo que me dice, porque prácticamente sólo le veo mover los labios. Wild thing you make my heart sing…y entre la batería machacona y las guitarras, no escucho su voz. Ya no sé qué hacer. A lo mejor es porque siempre nos encontramos de repente, sin previo aviso. Y no me da tiempo a desconectarla. El otro día en la puerta del supermercado, You make everything groovy Wild Thing, y ya entró la dichosa batería, y vi que me enseñaba una bolsa de la compra con cosas dentro y me explicaba algo que debía ser muy gracioso, porque sonreía, y yo también, pero sin saber por qué. Lo mismo me pasa con mi vecino de enfrente, el que trabaja en el ayuntamiento, pero con él puedo bajar el volumen,I met her in a club down in Old Soho, where you drink champagne and it tastes just like cherry-cola See-oh-el-aye coola, creo que es por como anda, o quizás por los shorts que usa los fines de semana,Well I’m not dumb but I can’t understand Why she walked like a woman and talked like a man, el otro día casi le llamo Lola Lola la-la-la-la Lola la-la-la-la Lolaa, menos mal que pasaban coches y no me oyó, me saludó desde detrás del seto muy sonriente Well I’m not the world’s most passionate guyBut when I looked in her eyes well I almost fell for my Lola, yo también sonreí. Qué iba a hacer. No sé cómo funciona. Es totalmente arbitrario. La chica de la panadería, por ejemplo, con ella no me entra canción ninguna, la verdad es que es muy amable y siempre me da bolsa.Well listen busterYou better start to move your feetTo the rockinest, rock-steady beatOf Madness, el otro día el cartero me comentó que de paso que reparte, entrena para los Veinte Kilómetros Marcha del mes que viene. El saxofón es un instrumento que a la larga, cansa. Y aquí está otra vez, camina hacia mi y sonríe, yo también, aunque no sé por qué, lleva en la mano su teléfono móvil y me dice algo mostrándomelo.Wild Thing I think I love you…

-Cara Bonita / -La de Fernando

Este relato son dos. Una sola historia. Dos perspectivas

CARA BONITA

Marge me despierta a las cinco y media. Que me duche, pero que no me afeite. Tampoco puedo desayunar. Levanta una ceja cuando le pido permiso para hacer pis, sabe que no soy de buenos despertares. Nos vienen a recoger en un monovolumen. Dos tíos más, sus agentes y una tipa que no conozco con gafas oscuras y unos auriculares más grandes que su cabeza. Me siento junto a Josh, aferrado a su botella de agua,no hace falta que hablemos. Nos miramos y ya está. Él tampoco se despierta de buenas.

Ciento veinte tíos medio desnudos. Sus agentes. Los asistentes. La gente que pulula alrededor y no sé nunca qué hacen exactamente. Los maquilladores. Los estilistas y sus ayudantes. Los ayudantes de los ayudantes. Los de las revistas. Los sastres todavía no están. Yo les llamo así. Porque es lo que son.

Alguien me da un zumo de naranja y Marge asiente. Me apetece una francesa de jamón y queso, con un tazón de café con leche con natas. Marge me pregunta si hay algún problema, yo bebo mi zumo de naranja.

Josh discute con la ayudante de alguien. Definitivamente no tiene un buen día. Yo tampoco. Hoy va de trajes.

Y empieza el circo. Yo estoy en todos los pases. Josh me saca la lengua en una de las ocasiones en las que él viene y yo voy. No me desconcentra. Sigo en mi papel de tío impenetrable en traje. Alguien me ha dado los zapatos del número equivocado, y me quedan pequeños. Voy con ganas de tirar los zapatos y vuelvo dispuesto a hacerlo en cuanto cruce la cortina. Lanzo los zapatos, alguien se disculpa. Cambio de traje. Veo a Josh robar un bombón del bolso de una asistente. Un tío no encuentra su camisa y un enjambre de gente se pone a buscarla. Nadie se da cuenta de que la llevo yo. Ahora cara de poker. El tío sale con otra camisa que no va con el traje y nos cambian las luces para que no se note. Josh y yo tenemos que entrar a la vez. Es comparable con salto doble sincronizado de trampolín de diez metros. Simétricos y coordinados. Paralelos. Veintepasos, media pausa,vuelta. Josh guiña un ojo a los flashes,yo meto las manos en los bolsillos.

Me pongo mi ropa por fin, y dejo a Marge lidiar con la prensa. El monovolumen nos lleva de vuelta al hotel. Josh discute en inglés con alguien por el móvil todo el trayecto que hacemos juntos. Creo que es su madre. Tengo hambre. Cruzo el foyer principal y quiero ir al restaurante, está tomado por las chicas y gente de las revistas. Doy media vuelta y me escabullo por una puerta lateral para que no me vean. Tengo hambre y estoy cansado. Y esa combinación me provoca mal humor y dolor de cabeza. Consulto el móvil. Marge me pregunta por Whatsapp dónde estoy. Apago el móvil. Decido escaparme al imbiss que he visto al pasar con el monovolumen. Devoro un kebap grande completo con una CocaCola. Doy un rodeo absurdo para volver al hotel. Marge me espera en Recepción. Me pregunta dónde he estado. Tomar el aire siempre es una buena excusa.

Tras una semana llendo y viniendo, vuelo a Nueva York. Coincido con Valentín. Lo ha dejado con Rupert y no tiene consuelo. Se toma una pastilla para dormir con un bourbon nada más despegar. Yo me dejo llevar por Anne-Sophie Mutter. Fundido en negro.

A Arcadia y a mi nos toca sesión de fotos con „El Armario“. La llamamos así porque es lo que es, un mueble a la hora de posar. En realidad se llama Josephine y sólo habla alemán. Arcadia y yo nos entendemos en inglés. Tengo que abrazarla con pasión irrefrenable. A Arcadia le da la  risa tonta. El fotógrafo se enerva. „El Armario“ me mira con los brazos caídos y la expresión vaga. Le pido al fotógrafo que me defina „irrefrenable“. Arcadia escupe el agua que estaba bebiendo. Marge suspira. El fotógrafo maldice en japonés.“El Armario“ sigue la escena con la misma expresión vaga, mesándose la melena rubia con las manos. Acabo abrazándola con pasión irrefrenable. Con Arcadia va como la seda. Me enseña fotos de su sobrino recién nacido y de su perro. Ella vuela esa tarde a Buenos Aires. Yo me quedo en Nueva York hasta fin de mes.

Josh es australiano. Pero no ha estado nunca en una granja de ovejas ni le gusta el surf. Llevamos el mismo tiempo en esto y hacemos campañas juntos. A veces ocupa un cuarto en mi casa de Nueva York. Arcadia me convenció para comprarla. Está casi vacía. Pero es céntrica y me ahorro el hotel. Josh está tumbado en el suelo del salón intentando hacerse un selfie. Le he preguntado si le está dando un calambre. Me ha mandado a la mierda. He encargado tailandés para cenar. Mañana por la mañana me veo las caras con Manuel. Me entrena todos los días dos horas en casa. Después cinco kilómetros de carrera y una hora de piscina. El que diga que no hace nada. Miente. Josh practica esgrima. Aunque eso lo sé sólo yo.

Me despierta mi teléfono móvil a las tres de la mañana. Vislumbro el prefijo y me levanto de una vez. Es el director médico de la Clínica Paleos en España. Mi padre ha sido trasladado y se adapta sin problemas. Respiro tranquilo. Le agradezco la información. Me llamarán todas las semanas para mantenerme al tanto de los avances. Concertamos día y hora. Me siento sobre la cama. Mis rodillas son aún de gelatina. Me vuelvo a acostar. Sueño cosas sin sentido.

Creo que me han hecho fotos mientras corría con Manuel. Llego a casa y Josh tiene compañía. Les oigo desde la cocina. Manuel me ha dejado una dieta a seguir. Odio la fruta. Me preparo un bol de muesli con cosas por el medio. Le añado un plátano. Me lo como sin pensar. Silencio. La chica cruza el salón de puntillas. Y se va. Yo la veo desde la puerta de la cocina. Josh aparece minutos después. Desnudo y exultante. Me mira irradiando felicidad. Aún tengo hambre. Le pregunto quién era. Extiende los brazos y comienza a cantar „María“ de West Side Story haciendo aspavientos camino del baño. Le recuerdo que a las cinco tenemos planning. Me responde „I´ve just known a girl named Maria“ a voz en cuello desde la ducha.

Me suena el móvil en medio de la reunión. Miro el prefijo. Abandono el despacho sin dar explicaciones. Marge me disculpa. „Buenos días Sr. Albián. Soy Cari“. Recorro mi lista mental de chicas de habla hispana que tienen mi teléfono. Ninguna se llama así. Por unos segundos permanecemos en silencio. Se disculpa. Se identifica otra vez correctamente como Caridad López. Es la enfermera encargada de mi padre. Me explica que ya come batido y se mantiene sentado en la cama. Alcanzo una silla y me siento. Otra vez gelatina. Tiene una voz que denota optimismo. Casi dulce y un tanto cantarina. Le pregunto cómo ha pasado mi padre la noche. Con oxigeno por precaución. Intento respirar hondo. No lo consigo. Mejora día a día. Optimismo. Creo lo que me dice. La semana próxima me mantendrá de nuevo al tanto. Cari. Mi gelatina desaparece. Pero aún no respiro hondo. Se despide con un „hasta luego“. No recuerdo la última vez que lo usé. Guardo el número bajo Cari.

Con Dior en la cartera nos vamos a celebrarlo. Ensalada con tiras de pavo en vinagreta. Josh me envía una foto de él con una chica de pelo rizo. Sonrientes en Central Park. María. Aún no respiro hondo. Marge me coge una mano. Todo va a ir bien. Intento convencerme.

Josh me presenta a una amiga de María. No entiendo su nombre. Tres clubs. Cuando me despierto ella ya no está. Sólo su teléfono en una nota. Con un corazón. Me vuelvo a dormir. Josh y María se van al mediodía. Me quedo solo. Miro mi agenda. Dos semanas más Nueva York. Después París y Londres. Contrasto fechas. Tengo trabajo confirmado para los próximos dos años. Atardece en Nueva York. Me quedo dormido viendo la tele.

Wen ha vuelto con su sultán. No es sultán. Pero yo me entiendo. Y quiere que volvamos a hacer lo mismo. Le he dicho que me lo pensaré. Lo hablaré con Marge. En esas cosas no se mete. Se lo digo por la mañana. Consulta fechas y contratos. Es factible. Se me vuelve a ver con una chica y eso es siempre bueno. Nos miramos y está todo dicho. Llamo a Wen y se lo confirmo. Su sultán me lo agradece personalmente. Marge alza las cejas. A mi me entra dolor de cabeza.

Salgo a correr con Manuel y me persiguen dos fotógrafos. Maldigo a Wen. Quedamos en la inauguración de una galería. Hacemos buena pareja. Dicen. Yo no nos veo. Nunca hemos tenido nada. Ni lo vamos a tener. Se queda en mi casa. Pero ocupa otro cuarto. Su sultán entra por el garaje. Por la mañana ya no están.

Lindsay viene a peluquería y me regala un mantel redondo de ganchillo. Es blanco. Con una R grande en amarillo en el centro. Josh me dice que si lo pongo en la terraza puede aterrizar un helicóptero. Lo guardaré con los calcetines de angora de Leopold. Josh me pregunta qué es el marcramé. Me tiran del pelo. Tengo hambre.

Suena mi móvil. Es Cari. Wen ha subido a dos amigas. Beben y ríen. Me voy a mi cuarto. Me pregunta cómo estoy. No sé qué responder. Le digo que bien. Mi padre reconoce colores. Me pregunto si me reconocerá a mi. Se me va la voz. Carraspeo. Su voz me tranquiliza. Optimismo. Le pregunto si mi padre siente dolor. Me asegura que no. Creo lo que me dice. Wen entra en la habitación. Me grita algo que no entiendo. Silencio. Cari?. Se disculpa. No sé por qué. Me avisa de que mañana comenzará la terapia de logopedia. Apoyo mi frente contra el cristal de la ventana. Cierro los ojos. Su voz. Me pregunta si llueve en Nueve York. No. Donde ella está siempre llueve. Me hace sonreír. Me llamará otra vez la semana que viene. Hasta luego.

Wen está furiosa. Pero no conmigo. Me tomo una aspirina. Ya he hecho las maletas. Nuestro vuelo sale a las diez. Nos hacen fotos y preguntas en el aeropuerto. Alguien nos lleva el carro. Wen se aferra a mi mano. Tras despegar me envuelvo en Anne-Sophie Mutter. Pido otra aspirina. En Paris nos espera Marge. Los periodistas hacen preguntas estúpidas. Sólo quiero dormir. Wen llora en el coche.

No sé nada de ella durante dos días. Sesión de fotos agónica. El sultán se aloja en el hotel de enfrente. Marge me aconseja acabar con la situación. Wen sufre un ataque de nervios. Marge y el agente de ella lo arreglan con el médico. El sultán abandona París. Sin ella. Logro calmar a Wen. Nos quedamos dormidos vestidos sobre la cama king-size. Fundido en negro.

Hola Cari. Llueve en París?. Ahora brilla el sol donde ella está. Mi padre come sólidos. Articula monosílabos. Me siento. No siente dolor. Le pregunto si ha estado alguna vez en París. Se ríe. Nunca ha ido a ninguna parte. Eso es lo que quiero yo. Ir a ninguna parte. Pero sólo lo pienso. Su voz. Marge me hace una señal. Asiento. La semana que viene más. Hasta luego.

Wen está embarazada. Me pregunto si habrá un pozo profundo donde poder esconderme.Marge desconecta su teléfono. Sabe que no es mío. Pero el mundo no. Anne-Sophie Mutter y gafas oscuras.

Compro el pasaje. Aplazo citas. Me voy.

Llego a Madrid por la mañana. Nadie me espera. Mi conexión al norte sale dentro de tres horas. Me entretengo por los duty-free. Me veo en un anuncio de perfumes. Nadie me reconoce. Sigo con mis gafas oscuras. Me tomo un café con leche y un bollo de nata. Marge no está.

La puerta de embarque es la más recóndita. Sólo me cruzo con un empleado de la limpieza. Me confirma que voy bien encaminado. Conmigo somos cinco personas esperando a embarcar. Dos se conocen. He apagado el móvil. Me saco las gafas.

El avión se parece a esos jets privados que usamos a veces. Voy solo en primera. La azafata me sonríe y me ofrece un periódico. Le devuelvo la sonrisa sin mucho ánimo. „La flauta mágica“. Me duermo.

Me avisan que nos desvían por niebla. Un autobús nos llevará a destino. Mar de nubes por la ventanilla. El aeropuerto donde aterrizamos es pequeño. No minúsculo. Pero pequeño. Una parte cabría en mi salón. Me alegro de sólo llevar una bolsa de mano. Nadie me espera. El autobús es demasiado grande. Sólo somos veinte personas. Me siento al fondo. Como entonces. Sólo que ahora no fumo. Me vuelvo a quedar dormido. Me despierta otro de los pasajeros. Hace frío. Mucho frío . Y llueve. Me dirijo a alquilar un coche.

Un Mini-Cooper rojo. El empleado me mira intentando disculparse. Yo no le he culpado de nada. Le digo a dónde me dirijo. Abre mucho los ojos, llena la boca de aire, lo suelta con un soplido sonoro. El coche no tiene navi. Extiende un mapa sobre el mostrador. Y me señala un punto en la inmensidad verde. Con un lápiz traza una linea desde ese punto hasta otro más hacia el sur. Creo. No parece lejos. Y me explica las carreteras que he de tomar. Hace años que no conduzco. Me entra aprensión.

No entiendo al hombre del tractor. Me señala un camino. Y extiende su brazo derecho. Más o menos. Sólo entiendo „más o menos“. Creo que ese camino ya lo tomé dos veces. Le doy las gracias. Me vuelvo a perder. Una mujer con una pañoleta en la cabeza contradice al hombre del tractor. Me envía en dirección contraria y extiende su brazo izquierdo. Si no funciona llamo a la clínica. Distingo el letrero con el nombre en un cruce.

Supongo que así se debió de sentir Colón al descubrir América.

La zona de aparcamiento es un lodazal. Aparco junto al muro. El interfono tiene cámara incorporada. Gira cuando digo mi nombre. Me asusto. No sé por qué. El edificio es rectangular y de piedra vista. Las ventanas son verdes. El Dr. Gamazo me estrecha la mano. Me guía a una despacho abierto a una galería. Me explica los pormenores. Me confirma lo que ya suponía. No me miente. Pulsa un botón en un aparato.

Me presenta a Caridad López. Cari. Me sonríe. Me da dos besos. Tranquila. Tiene los ojos del mismo color que su pelo. Negros. El Dr. Gamazo avanza delante de nosotros. Ella me explica cosas. Cola de caballo y flequillo. Flequillo. No sabe quién soy. O no le importa. Tranquila. El uniforme le queda un poco justo en las caderas.

Paps está sentado en una silla de ruedas junto a la ventana. Me detengo en el umbral. Gelatina. Me acerco a él lo más despacio que puedo. Me mira curioso. Recién afeitado. El pelo blanco muy corto. Escondo una de sus manos entre las mías. Paps. Amparo. Articula su nombre con cuidado. Como entonces. Y por fin puedo llorar.

El Dr. Gamazo me ofrece una habitación en la casa de huéspedes. Cari me guía. La cola de caballo oscila a su paso. Me explica cosas. La habitación es monacal, con baño. No necesito más. Hasta luego. Anne-Sophie Mutter. Fundido en negro.

Paps me mira mientras le doy el yogurt. Curioso. Como buscándome en su cabeza. Amparo. Yo sonrío. Soy una fotocopia de mi madre. Él la llamaba „cara bonita“. No quiero llorar. Cari termina de cambiar la cama. Paps no quiere más yogur. Cari recoge la bandeja. Tiene las uñas muy cortas. Llega el terapeuta ocupacional. Paps señala un triangulo azul. Y luego el cuadrado rojo. Está lloviendo. Le llevo en la silla hasta la galería. Con vista a niebla y montes. Amparo. Me siento a su lado y le cojo la mano. Cari se sienta al fondo. Me sonríe. Yo le guiño un ojo.

Paps duerme. Cari y yo comemos juntos. Bistecs de ternera en salsa con patatas asadas y guarnición. Marge no está. Y Manuel tampoco. Me como su bollo de pan. Se ríe. No sabe quién soy. Tiene los dientes un poco montados. Y la nariz es suya. Yo me entiendo. Vive con sus padres. Tiene un hermano. Yo trabajo en publicidad. No miento. Es otra forma de decirlo. Me cree. Me pregunta dónde vivo. Eso también querría saberlo yo. Me como dos de sus patatas. Sólo para oír su risa. Arruga el ceño cuando piensa. Me llama Rodrigo. Ahora nadie me llama así.

Me gusta el silencio absoluto de las noches. Necesito una cura de sueño. Cari tiene que ir a hacer unos recados. Me ofrezco a llevarla. Paps descansa tras la fisioterapia. Hace frío y llueve. Densas cortinas de agua.

Los limpiaparabrisas no ayudan. Ella me guía con calma. Seguimos kilómetros un tractor. Nunca había visto llover tanto. Me mira sin entender lo que quiero decir. Sonríe. Respiro hondo. Y puedo. No sé por qué empiezo a silbar. Salimos de la autopista. Distingo las torres de la catedral. Ella me lo confirma señalándolas. Conducir por París es más fácil. Llueve menos. Dejamos el coche en un aparcamiento. Tengo frío. Ella parece que no. Saca un paraguas del bolso. La llamo Mary Poppins. Ella se ríe. Compartimos paraguas. Oigo gaitas pero no sé dónde. Tengo mucho frío. Me compro un plumas, un gorro y unas botas forradas. Me los llevo puestos. Me preguntan si tengo frío. Creo que es algo obvio. Pero sólo asiento. Empanadillas de bacalao. Hacemos camino por la catedral para llegar antes a algún lado. Me quedo parado en la nave central. Descubro el Apóstol. Cari me llama. Salimos por un lateral. Cari saluda a alguien. Sigue lloviendo. Volvemos.

Besugo al horno con patatas. Marge no está. Me como el bollo de pan de Cari. Ella me roba una patata. Nunca va a ninguna parte. No sé los puntos que tengo. No me entiende. Se lo explico. Asiente. Flan con nata de postre. Me cuenta cosas. No la intimido. Creo que no soy su tipo.

Me quedo dormido junto a paps en la galería. Me despierta Cari. Es hora del baño. Prefiero no asistir. Niebla y montes. Tendría que encender mi teléfono. No me apetece.

La mujer del médico se llama Lourdes. Me recuerda a aquella Gracia. Lleva demasiado perfume. Blig-Bling. Quiere llevarme de paseo. Me consta. No le voy a dar el gusto. Cari pasa por allí, nos saluda. Pasa de largo. Lourdes me sigue contando de las Seychelles. Odio las Seychelles. Quiero seguir a Cari. Bling-Bling. La emplazo a otro momento. Samsara. Es Samsara. Lisbeth fue imagen. Se pasó dos años teniendo que usarlo. Me río solo al recordarlo. La pobre. Tengo hambre. Busco a Cari. Está ordenando cosas.

Me lleva a la cocina. Amalia me llama „guapetón“. La abrazo. Me hace un bocadillo con media barra de pan. Hace años que no tomo uno. Jamón serrano con ese queso de aquí. Un botellín de mosto. Manuel me va a matar. Marge no está. Lo como junto a paps. Sonríe. El también es de bocadillos. Cari ordena papeles de colores. Frunce el ceño. No dejo ni las migas.

Cari me pregunta qué escucho. Se pone mis auriculares. Descubre a Anne-Sophie. Ladea la cabeza. Sus ojos viajan por la niebla y los montes. Mueve un dedo con una tirita siguiendo una nota. Sonríe. Me los devuelve. Me dice que es muy relajante. Cari. Se marcha que tiene que marchar. No la entiendo. Se ríe. Se va. Paps duerme. Anne-Sophie deslía la niebla.

Paps no quiere las natillas. Amparo. Me acuerdo de madre. Respiro hondo. Amparo. Cari se acerca y me coge el bol de natillas. Retira la bandeja. Paps me mira nervioso. Amparo. Cari le acaricia el hombro. Le explica. Opto por salir del cuarto. Me encuentra. No me dice nada. Posa un instante su mano en mi hombro. Me deja solo. La llamo. Vuelve despacio. Compartimos el silencio. Hablamos. Cari.

Me ofrezco a llevarla a casa. Me dice que tiene paraguas. Insisto. En el aparcamiento nuestros pies se hunden en el barro. Me alegro de haber comprado las botas. Llueve a manguerazos. Ponemos perdido el Mini. Me da igual. Me guía con calma. No puedo adelantar a un carro. Vemos un arcoíris. Su casa está al borde de la carretera. Me pregunta si quiero pasar. Sea lo que sea lo que están cocinando huele bien. Doy dos besos a su madre. Me llama „niño“ de otra forma. Me ofrecen café. El padre llega en mono azul. Me recuerda a paps entonces. Me da la mano. Tranquilidad. No tienen prisa. Cari me pone delante un plato con un trozo enorme de bizcocho. Manuel. Pienso en Manuel. El bizcocho tiene nueces. El padre me pregunta si quiero gotas en el café. La madre dice algo que no entiendo. Cari menea la cabeza. Café con leche. Tiene natas. No me quiero ir.

Llega su hermano. Se alegra de verme. Anuncia la muerte de alguien. Todos lo sienten. La madre se santigua. Mojo un trozo de bizcocho en el café. Cari se sienta a mi lado. Sonríe. Tienen parientes en Nueva York. Y en Buenos Aires. La madre me pone otro trozo de bizcocho. Me río. El hermano fuma un pitillo. Me ofrece. No quiero volver a empezar. Alguien llega. No entiendo lo que dice. Me llama „niño“de otra manera. Dice que está lloviendo. Me parece obvio. No digo nada. El hermano acompaña a la persona. Se van. La madre me acaricia el hombro. Me pregunta si quiero más café mientras me lo sirve. Cari la mira con los ojos muy abiertos. Me río. Vuelve a tener natas. Llega una mujer. Se sienta a la mesa frente a nosotros. Cari me la presenta como su tia. La mujer mira a Cari y hace un gesto con las cejas. Cari se pone del color del mantel. Toma un trozo de bizcocho. La mujer vuelve a recordar la muerte de alguien. Todos vuelven a sentirlo. Se santiguan. Cari se arregla el flequillo. Cari. La madre y la tía nos miran en silencio. No sé si tengo que decir algo. Cari se acaba el café. Me tengo que ir. Nadie está de acuerdo. Querría cenar con paps. Entonces lo entienden. Me llaman „niño“otra vez. Cari me acompaña a la puerta. Mañana nos vemos. Ha parado de llover. Sonríe. Me voy. No tengo hambre.

Estoy acatarrado y me duele la garganta. Cari me da algo efervescente que sabe a rayos. Me pasa un azucarillo. Mary Poppins. Su sonrisa.

Paps reconoce una flor. Pero no reconoce un perro. Lenguado a la plancha con ensalada de puerros. Cari me pasa sus puerros. Parecen hacerle gracia mis estornudos. Cari. La chica de secretaría se nos acerca con un teléfono inalámbrico. Alguien quiere hablar conmigo. Cari se incorpora para irse. Yo la retengo. Se vuelve a sentar. Es Marge. Si, estoy acatarrado. No,no tengo el teléfono conectado. No he leido sus Emails. Puedo estar en Nueva York el martes. Sin catarro. No sé dónde está Josh. Mi padre está bien. El martes nos vemos. Cari no pregunta. Le explico quién es Marge. Quiere saber si me voy el sábado o el domingo. Decido irme el domingo.

La veo hablar con el Dr. Gamazo. Consultan unos papeles. El le comenta algo. Ella niega con la cabeza y sonríe. Hubo un tiempo en el que le partiría la cara al Dr. Gamazo. Ella se aleja por el pasillo. La seguiría. Pero no me muevo. Estoy muy acatarrado.

El liquido efervescente causa efecto. Ya puedo respirar. Paps parpadea cuando me ve. Quiere apretar mi mano. Sigue viendo a mi madre. Creo que le pongo nervioso. Cari me quita la idea de la cabeza. Hoy la especie de casaca del uniforme le queda justa.

Me fijo cuando retira la bandeja. Todavía lleva la tirita en el dedo. Le enseño una foto de Josh. Me dice que es clavado a Paul Newman. Le digo que es lo más parecido a un dolor de pies. Se ríe. Y no puede parar. Raquel entra a decir algo. Me cae bien. Le dice lo del dolor de pies. Raquel también se ríe. Me dice que conoce a otro que también lo es. Se van. Paps me mira. Quiere decir algo. E-L-E-M-E-N-T-O. Sonrío. Le doy un beso.

Marge me envía  mi planning del mes.  Lo repaso con Cari. Nueva York, París y Londres. Pero aquí sólo tres días. Le pido su teléfono móvil. Se arregla el flequillo y frunce el ceño. Me mira y parpadea. Lo guardo como Mary Poppins. Sonríe. Recorre el planning con su dedo indice. „Christian Dior“. No sé si pregunta o afirma.

Paps duerme. Le cojo una mano y se la acaricio como despedida. Gelatina. Un servicio de shuttle me recogerá en una hora. A por el Mini-Cooper vendrán mañana. El Dr. Gamazo me desea buen viaje. Cari me entrega una bolsa con una caja de antigripal efervescente y otra de azucarillos. No me quiero ir. Le doy dos besos. Se arregla el flequillo. Intento sonreir. Sigue lloviendo. Un empleado me abriga con un paraguas de la puerta al shuttle. Me despido con la mano hasta que los dejo de ver.

No sé qué hora es. Marge me llama al móvil. Aún estoy acatarrado. No puedo ir. Mañana mejor. Miento. Mal. Pero me cree. Está nevando. Me cubro la cabeza con el edredón. Llamo a Cari cuando allí es mediodía. Coliflor con bacalao. Tocinillo de cielo. No es justo. Sigue lloviendo. Me apremia a tomar el antigripal. Con azúcar. Apunto. Nos quedamos en silencio un instante. Alguien habla al fondo. Me llamará más tarde. Hasta luego.

El maquillador me pone un antifaz de hielo. Me tomo un antigripal. Con azúcar. Ya no me duele la garganta. Tenemos sesión con „La niña de la bola“. Las llamo así. Ganan un concurso y ahora creen que saben. Marge me susurra que tenga paciencia. Me piden un autógrafo. Me invento uno. Comienzan los clicks y ponen caras raras. El fotógrafo se encomienda al cielo. Yo hace tiempo que no lo hago. Marge me pasa un botellín de agua. Me hacen fotos con los móviles. Tengo que abrazar a una. Tiembla. Me quiero ir.

Josh me pregunta quién es „Confecciones Luís“. Le gusta mi plumas. Le explico. Se lo prueba. Se lo quito. Me echa la lengua. Quiere uno. Marge me pasa un botellín de agua. Sigue con María. No se habla con su madre. Entrevista conjunta. Tengo los ojos gris metálico. Sé que los tengo grises, pero no metálico. La chica de la revista lo sabe mejor que yo. Mi comida favorita. Pienso en tocinillo de cielo, digo sushi. Mi bebida favorita, pienso en whisky barato con no-name cola, digo Gin-Tonic. Al resto respondo lo que me pasó Marge. Josh miente en todo. No le miro. Sino le delataría. Josh nombra a María. Yo soy el hombre más deseado del planeta. Josh suelta una carcajada. Necesito un antigripal. La chica se fija en mi plumas. Josh le dice que él también quiere uno. „Confecciones Luis“. Marge se encoge de hombros. Me quiero ir a dormir. Cari.

Calculo qué hora es en la otra parte. Llamo a Cari. Paps está haciendo fisioterapia. Le encargo un plumas para Josh. No se sorprende. Su hermano tiene uno. Me pregunta si tomo el antigripal. Con azúcar. Se ríe. Tiene que colgar. Le mando texto con mi dirección en Nueva York. Le pido me envíe la factura. Me envía un emoji riendo. Cari.

Alguien me ha hecho una foto por la calle. Con el dichoso plumas. Y el gorro. No doy explicaciones. Ande yo caliente. Diría paps. Pongo „Confecciones Luís“ en el mapa. Cari me envia una foto del plumas de Josh. Igual que el mío pero en azul.

Entrega de premios de moda. Me aburro. Llamo a Cari. No me coge.

Manuel me quiere matar. Y casi lo consigue. Hago sesenta piscinas. Me permite un batido vitaminado. Tengo hambre.

Dos tipos se pelean y se monta un barullo. Me alejo con Anne-Sophie en los oídos. Ya no me peleo. Marge me pasa un botellín de agua. Hoy es casual. Con las chicas. Coincido con Heather. Ya no siento nada. Ella evita mirarme. Mejor. Me llama Adela de Vogue. „Confecciones Luis“. Le digo que me encargo. Encuentro el ticket de compra. Calculo la hora en el otro lado. Me necesitan en peluquería. La chica que me coge el teléfono me pasa con Luís. Me explico. Se acuerda de mi. Cari también le explicó. Cari. Me tiran del pelo. No se disculpan. Anota mi número. Le doy el de Adela. Me da las gracias. Hasta luego. Odio la laca. Marge me pasa un zumo de naranja. Me duele la cabeza.

Manuel y yo hacemos la tabla al ritmo de „Gloria“ de Mando Diao. Josh toma cereales sentado en el suelo. Lleva puesta las gafas. Tiene conjuntivitis. Sigue nevando. María llega calada. Josh se preocupa. „Alone now forever Gloria“.

Hola Cari. Le pregunto si llueve. Me pregunta cómo estoy. Ya no estoy acatarrado. Me ha enviado el plumas y otras cosas urgente. Qué otras cosas. Se ríe. Seguro que se arregla el flequillo. Paps ya habla frases de tres palabras. Me siento. El fisio le ha puesto una férula en el pie. Me preocupo. Dice que es normal. Supongo. Pollo asado con patatas. No es justo. Josh grita „Hola Cari!“ al teléfono y ríe. Cari calla. Me voy a la cocina. Le explico quién es. La veo sonreír. Mañana van al cardiólogo. Es rutina. Me llama después. Hasta luego. Nubes, montes y lluvia. Me entra una llamada de Marge. Me quieren en una película. Digo que no. No intenta convencerme. Mañana pasa a las seis. Cari.

Manuel y yo. Cinco kilómetros. Mejor de lo que esperaba. Me hacen fotos. Pasta con atún. Algo es algo. Soy portada de tres revistas. Marge me las enmarca. No las cuento. Wen está enorme. Y feliz. Es un niño. Voy a ser el padrino. No es negociable. Tiene campañas pre-mamá. Encarga mexicano. Me como dos tacos. Marge no está. Manuel tampoco. Llamo a Cari. Fuera de cobertura.

Llega el paquete. Josh da saltos de alegría. Le recuerdo que Papa Noel no existe. Me echa la lengua. Josh se pone el plumas. Y el gorro. Parece que le haya tocado la lotería. Una mezcla para hacer tocinillo casero. Un pack de jerseys azules. Chocolate a la taza. Lo escondo de Marge en el fondo del armario. Le envío a Cari una foto de Josh con el plumas ,y el gorro, haciendo el símbolo de la victoria. Y un emoji de un beso. Ella me envía fuegos artificiales. Cari.

Josh se lía con “La niña de la bola“. Tira las sábanas. Vienen a buscarla. Ella le da un beso de despedida. Él ya ha olvidado su nombre. Marge coincide con ella. Me abronca. Le explico. No está conforme. Me voy a la ducha. Marge no me habla. Mejor. Dieciséis. Repite. Dieciséis. Yo también tuve dieciséis. Le recuerdo. Le callo la boca. Miramos por nuestras respectivas ventanillas. Armani. Sesenta piscinas. Pescado con verduras. „La flauta mágica“. Fundido en negro.

Marge sigue sin hablarme. Y yo no le hablo a Josh. Josh se va con María a Saint Barth. Le compro a Marge un broche en forma de margarita en Cartier. Armisticio. Me da un beso en la frente. Haya paz.

Tengo dos llamadas perdidas. Una de la clínica. Otra de Cari. Todo me da un vuelco. Llamo a Cari. Intenta tranquilizarme. Lo consigue a medias. Otro derrame. Gelatina. Su voz. Hasta luego. Llamo a Marge. Quiere venir conmigo. Voy solo. Anula mis citas. Reservo el primer vuelo. Servicio de shuttle en destino. Llevo el plumas.

Llego a Madrid por la tarde. Con retraso. Estoy en la M. Salgo de la J. Tengo que pasar por un control. Sólo dos guardias civiles para cien personas. Me tengo que descalzar. Opto por correr. El ascensor no es una opción. Bajo las escaleras de dos en dos. El tren subterráneo tardará veinte minutos. Yo tengo treinta. Coincido con una excursión de japoneses. El vagón de delante desaparece de mi vista por la ventana panorámica. Y luego vuelve. Los japoneses aplauden. Yo recupero la respiración. Vuelvo a correr. Subo las escaleras de tres en tres. Sorteando gente y bultos. Desemboco en un DutyFree. Me confunde. Vuelvo a correr. Me acuerdo de Manuel. Mi puerta vuelve a ser recóndita. Llego y me sobran treinta segundos. Soy el penúltimo en embarcar.

Llego de noche. No llueve. Pero hace frío. Cari me recibe en la puerta. La abrazo y le doy dos besos. Tengo la impresión de llevar días corriendo. Me acaricia un brazo. Paps está en cuidados intensivos. Gomas y cables. Me siento a su lado. Le cojo la mano. Cierro los ojos . No puedo respirar hondo.

El Dr. Gamazo me explica. Intento entender. El nudo en la garganta duele. Me tengo que sentar. Cari apoya su mano en mi hombro. Cierro los ojos.

Duermo poco y mal. Me duele la cabeza. No tengo hambre. Cari me trae un bol de sopa. Me sienta bien. Paps está estable. Salimos al pasillo. Me pregunta si estoy bien. No sé qué contestar. La busco. Se asusta. Me aparto. Me busca. Pierdo mis manos en su pelo. Oímos voces. Nos apartamos. Nos buscamos otra vez.

Me despierto y sigue a mi lado. Dormida. Su pelo sobre la almohada. Llueve fuera. Silencio.

Paps se va en paz. Alcanzo la mano de Cari. Ya no la suelto. No sé qué tengo que hacer. Me rompo.

Vienen sus padres y su hermano. Familia. Su padre se encarga de todo. Yo no puedo pensar. Enterrar a paps con madre es complicado. Me aconsejan comprar un nicho allí. Hundo mi cabeza en el hombro de Cari. Su madre me abraza.

La urna es de metal azul. Cari no me suelta la mano. Su madre me coge del brazo. Creo ver a Marge al fondo. Pero no estoy seguro. Cuando todo acaba me llevan a su casa. Cari me da algo para dormir. Se tumba a mi lado. Fundido en negro.

Ven conmigo. Cari. Ella me mira. Me acaricia la cara. No le suelto la mano. Ven conmigo. Lloramos los dos. Le doy un billete abierto a Nueva York. No la quiero soltar. No la puedo soltar. Me acaricia la cabeza. Nos buscamos.

Su padre me abraza. Su madre no puede. Es la primera vez que veo llorar a Marge.

Silencio. No quiero hablar con nadie. Alguien hace una foto. Silencio. Me voy.

Marge llama al Dr. Wheeler. No le hablo. No quiero hablar con nadie. Sólo con Cari. Y no está. No tengo hambre. Quiero estar solo. Y no me dejan. Llamo a Cari. Dónde estás?. Estoy acatarrado. Otra vez. Tengo fiebre. Mi casa se llena de gente. Hablo por fin con ella. Mejor. Cari me llama. No puedo respirar. Es horrible. No quiero hablar con nadie. No quiero ir a ninguna parte. Sólo la quiero a ella.

Son las doce. Me voy. Marge alza una ceja. El monovolumen me lleva a JFK. Siempre voy a salidas. No a llegadas. Tiene que haber aterrizado ya. Hay una multitud. Me pregunto si será una manifestación. Me abro paso a duras penas.

Y la veo. Aferrada a un carro cargado de maletas. Arreglándose el flequillo. Frunce el ceño. Me ve. Sonríe. Vivaldi. Invierno (4/4). Respiro hondo. Hola Cari.

LA DE FERNANDO

Melisa me cuenta que Ramón y Verónica se van a comprar un piso. Fíjate tu qué me importa. Ya no hay nada. Que sean felices. Me llama borde. Estamos esperando el autobús en la marquesina. Va a llover. La camiseta térmica funciona. Es una Damart. La encontré en el fallado. Aún en la funda. Nos sentamos detrás de Cosme. Melisa le da palique. Un día nos matamos. Yo me bajo en el cruce. Llevo ya puestas las botas de agua. Gamazo siempre dice que van a cementar. Pero hasta que eso pase, el aparcamiento es una pista de barro. Javier me gasta siempre bromas con la camarita. Haciendo que rote. Y me asusta. Me río. La Sra. Cuevas ya anda sola. La encuentro en el pasillo. Me llama “nenita”. Le pregunto si la llevo a algún lado. Me lo agradece. Quiere llegar al final del pasillo. Y volver. Ya es un reto. Para cómo estuvo.

Raquel me avisa de que van a traer un nuevo paciente. Me entrega una carpeta. Viene de lejos. Me voy a controlar a los que ya tenemos. Son ocho. El Sr. Treviso no ha querido desayunar. Ahora duerme. Lo anoto en su informe. Me cruzo con Gamazo. Me confirma lo que Raquel ya me dijo. Lo traerán cuando sea transportable. Raquel y yo repartimos las pastillas en los pastilleros. Luis quiere niños. Qué problema hay. Coloca las pastillas del martes del Sr. González-Nieto. Aprieta los labios. Y si no vienen?. No la entiendo. La Sra. Blázquez dos para la orina a partir del jueves.

Voy con mi madre a la compra. Nos va a recoger Fer. De cena hay pechugas de pollo con ensalada. Me tomo un yogur de postre. Ponen una película de misterio. Mi madre se queja de que tan oscura la quieren poner, que no se ven las caras. Mi hermano enciende un pitillo. Me voy a la cama sin saber quién mató a Robert. Leo un poco del libro que me prestó Melisa. “ Cómo salir del bache sin perder la mercancía”. Me quedo dormida. Supongo que alguien apagó la luz.

El Sr. Treviso se niega a comer. Le ponemos suero. La Sra. Cuevas ya llega hasta los ascensores. La felicito.

Melisa quiere ir al cine. “50 sombras de Grey”. No me apetece. Me quiere prestar el libro. Le recuerdo que aún tengo “el del bache” y no paso de la página ocho. Me llama borde. Pues todo el mundo dice que está super-bien. No me apetece. Vamos a tomar una caña.

Mi padre va a entrar en política. Intento no reírme. Soy la única que lo ve gracioso. Va en el puesto dos con los socialistas. Fer le recuerda que si ve un maletín, no lo coja. Mi padre se ríe. Aprovecho para hacerlo yo.

Mi madre quiere ir al cementerio. Corto rosas en el fondal. Vamos andando. Me cuenta que Ramón y Verónica se van a comprar un piso. Me hago la sorprendida. A ver qué me importa. Me intereso por dónde.

La mujer de Gamazo me acerca en el Cayenne. Me parece entrar en una nave espacial. Huele a cuero y a nuevo. Suena “I still haven´t found what I´m looking for” de U2. El anillo de diamantes brilla cada vez que gira el volante. No me gusta el perfume que lleva. No sé cuál es. Lleva la blusa que vi el otro día en el centro. Beig de cuello caja. Me pregunta si aún quiero hacer fisio. Carraspeo. Me invento falta de tiempo. Asiente. En el bolso de Loewe suena un móvil. Es Sergio. Me dice. Ya le vemos ahora. Ella también se pone una botas de agua para cruzar el barro. Hunter lila. Javier no hace bromas con la cámara.

Calabacines rellenos con patatas al vapor. Como con Raquel. Van a por el niño. La felicito. Se me queda mirando. Le digo que yo no pienso ir a por ningún niño. Sopesa mi respuesta. Lo entiende. La gente tiene ideas.

Hoy llega el paciente nuevo. Le han dado la habitación con las vistas más bonitas. Donde antes estuvo la Sra. Aurora. Este se llama Carlos Albián Pérez. Derrame cerebral. Llega en una UVI privada. Lo que ha debido costar. Viene sedado. Le ponemos oxígeno por precaución. Gamazo nos dice que la familia quiere estar informada semanalmente. Raquel ya informa a dos familias. Me toca a mi. Además tendrá mi dedicación exclusiva. Raquel me mira. Pero no dice nada. Cuando Gamazo se va, niega con la cabeza. Supone que ella sola tendrá que hacerse cargo de los otros ocho. Yo la tranquilizo. No voy a estar veinticuatro horas con él. La ayudo con el resto, pero cargo tintas con este. O algo así. No me van a pagar más. Se tranquiliza.

Gamazo me da el teléfono del hijo del Sr. Albián. Se llama Rodrigo Albián. Es un número de teléfono móvil muy largo. Con un prefijo que no conozco. Gamazo me aclara que es de Estados Unidos. Lo anoto en la carpeta para no perderlo.

Calculo ocho horas menos. Allí son las nueve de la mañana. No sé dónde en Estados Unidos. Suena sólo dos veces. La persona me responde en español. Buenos Días Sr. Albián, soy Cari. Empezamos mal. Silencio. Me explico mejor. Le cuento que su padre ya come batido y se mantiene sentado. No le digo cómo. Pero se mantiene. Me contesta. Tiene una voz bonita. Como de doblaje. Se interesa. Parece realmente preocupado. Le tranquilizo. Me despido. Creo que he salvado la situación.

Melisa se lía con el primo de su cuñado. El de León. Le tomo el pelo con “50 sombras de Grey”. Me manda por ahí. Me río. Mi hermano se plantea marchase a Suiza. Mi padre lo entiende. Mi madre no quiere. Yo le animo. Así puedo visitarlo. Enciende un pitillo. Alza las cejas.

Miro el “Hola” con Raquel después de comer. El salón del reportaje central es espantoso. Si tengo que sentarme ahí todos los días acabo a tiros por la ventana. Raquel se ríe. Me cree capaz. “La gacela de los Balcanes vuelve con su novio on-off”. Raquel no sabe qué es On-Off. Se lo aclaro con Miguel y Trini. Lo coge. Opina que si ese fuera su novio, ella intentaría siempre estar On. Nos reímos. En Notas de Sociedad hay una novia realmente fea. Se llama Lígia. Raquel menea la cabeza. En qué cosas me fijo.

El Sr. Albián empieza la rehabilitación. Creía que estaba peor. Llamo al hijo. Hola Cari. Me pongo colorada. Le pregunto cómo está. No sé por qué. Bien. Tiene una voz preciosa. Le explico. Le tranquilizo. Una mujer grita algo en un idioma raro. Hay un portazo. No sé qué hacer. Le pido perdón. Silencio. Le anuncio el comienzo de la fisioterapia. Le aseguro que su padre está mejor de lo que esperábamos. Silencio. Le pregunto si llueve en Nueva York. Me dice que no. No parece ser de muchas palabras. Le digo que aquí siempre llueve. Como si le importase. Me despido. Tengo que volver a mi estrategia del cactus. Es la mejor.

Mi hermano no se va a Suiza. No quiere aprender francés. Nos llega la invitación de boda de mi prima Charo. Nos llevamos tres días. Mi madre me mira. Mi padre le pide que me deje en paz.

Melisa sigue con el de León. Se llama Lucio. Paso de decir nada. Me lo agradece. La mujer de Gamazo nos perfuma los pasillos. Hoy lleva un vestido-abrigo marrón. A Raquel le cae mal. Sus pulseras tintinean.

La Sra. Blázquez tiene el azúcar alto. La Sra. Cuevas hace pilates con un instructor. Me vendría también bien a mi. A lo mejor le pido la tabla para hacerla en casa. El uniforme me queda un poco justo. Raquel me dice que tengo unas formas bonitas. No sabe que llevo sostén reductor desde los doce años. No lo sabe nadie. Excepto mi madre. Y Siño, claro, que los encarga. Me recorto el flequillo en el espejo del baño. Justo hasta las cejas. Siempre he tenido flequillo. No soy yo sin el.

Gamazo me avisa de que ahora el prefijo para Albián es Francia. Llamo al mediodía. Hola Cari. Me vuelvo a poner colorada. Le pregunto si llueve en París. Aquí hace sol. La chica del tiempo. Cactus. Le cuento de su padre. Me pregunta si he estado alguna vez en París. Me da la risa. Yo no voy nunca a ninguna parte. Habla con alguien en inglés. Hasta la semana que viene.

Voy con mi madre a la modista para la boda de Charo. Es un vestido estampado con cuello blanco. Yo no me hago nada. Tengo todavía el de la boda de Raquel. La blusa de cuello caja es cara aún en rebajas. Llego a la página veinte del libro de Melisa. Creo que me aburre. Yo no paso por ningún bache.

Vemos un drama de guerra. Me voy a la cama antes de que los fusilen. Caigo como una piedra en un pozo.

Gamazo me llama al despacho. Me presenta a Rodrigo Albián. Me suena de algo pero no sé de qué. Me da dos besos. Es muy alto. Tiene los ojos grises. Parece cansado. Tiene una voz preciosa. Se va a quedar unos días. Le guiamos hasta su padre. Le explico su día a día. No sé si le importa. Me mira mientras hablo.

Se sienta frente a su padre y le coge la mano. El Sr. Albián le llama Amparo. Su hijo se emociona hasta las lágrimas. Me pego a la pared del fondo junto a la puerta. Me hago invisible.

Sólo trae una bolsa de mano. Es de cuero. Armani Jeans. Le guío hasta la zona de huéspedes . Le explico los horarios de comidas. Me mira mientras hablo. Los zapatos se le han puesto perdidos de barro en la explanada. No le digo nada. Su agotamiento es más que notable. No sé de dónde me suena.

Cuando entro en la habitación el ya está allí. Está sentado en la cama y le habla a su padre. Éste le mira con la boca abierta. Me ayuda a sentarlo en la silla. Le quiere dar el desayuno. Yo hago la cama. Le llama Amparo. Rodrigo me explica que él es la viva estampa de su madre. Ya me cuadra. Después vamos a la galería. Me quedo por si me necesita. Me he traído el libro del “bache” para terminarlo. Rodrigo se asegura cada poco que sigo ahí. En una me guiña un ojo. Sigo con mi estrategia de cactus. Es la mejor.

El Sr. Albián se queda dormido. Rodrigo se sienta conmigo a comer. Raquel está desaparecida. Si pasa alguien, nos sonríe. No entiendo nada. Bistecs de ternera en salsa con patatas asada y guarnición. Así no hay quién baje. Rodrigo come como si le fuesen a quitar el plato. Me roba el pan. Me río. Cuando sonríe le brillan los ojos. Me pregunta por mi vida. Le hablo de mis padres y mi hermano. Su madre murió cuando él tenía diez años.

Trabaja en publicidad. Entre Nueva York y París. Yo nunca voy a ninguna parte. Se come mis patatas. Me da la risa. Su plato está tan limpio que parece ya pasado por el lavavajillas. Se queda dormido en la galería. Aún tiene el horario cambiado. Raquel aparece. No nos quería molestar. La llamo tonta. Me da un azote en el culo. Me río.

Gamazo me pide que vaya al centro a recoger las medicinas que encargó. Las necesitamos hoy. El mensajero nos las traería mañana. Voy a secretaría a llamar un taxi. Rodrigo cubre un formulario. Ya no parece tan cansado. Se ofrece a llevarme. Su padre descansa. Llueven chuzos de punta. Dice que nunca vio llover así. Quiero decirle que esto no es nada. Pero me callo. Se nos pone delante un tractor rojo. Creo que es Venancio. Rodrigo empieza a silbar y tamborilea el volante con los dedos. Me mira y sonríe. Le señalo las torres de la catedral para que se oriente. Me entiende mal. Nos metemos por el Campus Norte. Damos un rodeo innecesario. Le indico el primer aparcamiento con plazas libres. Creo que tiene frío. Yo llevo mi Damart. La cazadora que lleva es muy fina. Y tiene los zapatos mojados. Me llama Mary Poppins al sacar el paraguas del bolso. Canto mentalmente “Chim-chim-che-roo”. Me río.

Me agarra por el hombro para que quepamos los dos bajo el paraguas. Somos el punto y la i mayúscula. Se muere de frío. Tengo miedo que coja una pulmonía. Hago camino por Siño. Se alegra de verme. Le presento a Rodrigo como un amigo. Tengo la impresión de que le conoce. Rodrigo a él no. Siño le pregunta si tiene frío. Rodrigo le pregunta si tiene plumas. Se pierden en la tienda. Yo miro unos vestidos de lana. Les oigo charlar. Rodrigo se decide por un plumas como el de Fer. Pero en marrón. Acolchado y con capucha. Elige también un gorro de lana negro. Siño está nervioso. No sé por qué. Le pregunto si tiene botas. Rodrigo se mira los zapatos. Me da la razón. Se compra unas botas forradas de borreguillo. Se lo lleva todo puesto. Siño nos da una bolsa grande con “Confecciones Luís” en azul. Rodrigo le da las gracias. Ya no tiene frío. Ahora tiene hambre. Se compra dos empanadillas de bacalao. Quiero llegar a tiempo a la farmacia. Hago camino por la Catedral. Se queda parado delante de Altar Mayor. Miro el reloj. Descubre el Apóstol. Le llamo. Viene hacia mi caminando hacia atrás. Salimos por Platerías. Sigue lloviendo. Me vuelve a rodear por el hombro. Y me acerca más a sí. Le miro y me sonríe. Yo también. En las escaleras nos encontramos con mi prima Olga. Si la hubiese apuntado con una pistola no se hubiera quedado tan quieta. Me pregunta qué hago allí. Pero mirando a Rodrigo. Le explico. Rodrigo se aprende de memoria la Plaza de Platerías. Olga parpadea varias veces. Quiere decir algo pero no sabe qué. Le digo que tengo prisa.

Asiente sin dejar de mirar a Rodrigo. Voy a la farmacia. Volvemos. Llueve menos.

Comemos besugo al horno con patatas. Me explica que si vuelas con frecuencia puedes acumular puntos. El no sabe los que tiene. Yo no tengo ni el primero. Nunca voy a ninguna parte. Fui una vez a Madrid. Pero no me acuerdo. Me mira mientras hablo. Le interesa lo que cuento. Le pregunto por su trabajo. Mira hacia la ventana. Carraspea. Me dice que es muy cansado. Pero que pagan bien. Me pregunta por mi sueldo. Se lo digo. Le parece poco. A mi también. Nos reímos.

Se queda dormido en la galería.

Le despierto una hora después. Definitivamente tiene falta de sueño. No viene a bañar a su padre. Después le da la merienda. El padre tiene un mal día. Acaba saliendo de la habitación. Le encuentro en las ventanas de atrás. Me atrevo a acariciarle un hombro. Me voy. Me llama. La niebla se deshace en hilos. La observamos en silencio. Me cuenta que es difícil ver a su padre así. Era un hombre muy vital. Le escucho. Necesita hablar. Tengo tiempo.

Si Lucio volase de León aquí, acumularía muchos puntos. Melisa no me entiende. Yo no me explico. El próximo fin de semana va ella. Tomamos café. Me corto con el cuchillo del pan. Mi padre prepara la campaña. Yo no lo veo. La Sra. Cuevas se va. Nos regala una pañoleta a Raquel y a mi. Se emociona. Rodrigo desayuna con su padre. El Sr. Albián le escucha. Terapia Ocupacional. Rodrigo se queda dormido en la butaca. De sus auriculares salen violines.

Llega el Sr. Tapias. Accidente de esquí. Su mujer está muy nerviosa. Raquel se sienta con ella. Yo asisto a Gamazo con el marido. Oxigeno por precaución. De camino a secretaría me encuentro a Rodrigo. Habla con la mujer de Gamazo. Otra vez ese perfume. Tintinea las pulseras. Él me saluda. Ella no. Tengo que sortear recetas.

Rodrigo tiene hambre. Me lo dice como si eso supusiese un gran problema. Le llevo a la cocina. Amelia le piropea. Él la abraza y se ríe. Le prepara un bocadillo contundente. Y un botellín de mosto. Le invita a volver cuando quiera.

Las rosas a la izquierda. Las verdes a la derecha. Anoto las electrónicas para no olvidarme. El Sr. Treviso está sondado. Hay que pedir más esparadrapo. Rodrigo no deja ni rastro del bocadillo. Su padre parece sonreír.

Melisa me llama. Hay tres jerseys por uno. Si quiero un pack. Me coge el pack azul. El Sr. Tapias no respira por sí mismo. Le damos un calmante a su mujer. No suelta la mano de Raquel. Raquel me pide una Coca Cola.

Pollo asado con patatas y ensalada. Rodrigo tiene dos zancos. Yo sólo uno. Me guiña un ojo. Dice que hay que tener contactos. Me río. Le cuento que mi padre quiere ser concejal. No ve el problema. Creo que no tiene el carácter. Me dice un concejal sin carácter, también puede ser buen concejal. Tiene los ojos grises. Me mira cuando hablo. Su padre era mecánico de camiones. El tiene carnet C. Yo no tengo ni el B. Me anima a hacerlo. A lo mejor en verano. Llueve a cortinas. Ambos asentimos. Mejor en verano. Me roba dos patatas. Yo a él un trozo de tomate. Sonríe. Le brillan los ojos. Empieza a tronar. Treboada. No me entiende. Le explico. Repite la palabra. Viene Raquel. Parece haber cruzado el desierto a pie. Rodrigo le pregunta si quiere un café. La Sra. Tapias duerme. Tomamos café. A Raquel le suena el busca. Nos mira como un reo al pie del garrote vil. Se va. Rodrigo la compadece. Yo también. La Sra. Tapias no es fácil.

La Sra. Blázquez tampoco es fácil. Se niega a tener catéter. Llueve en tromba. Caen rayos. Melisa me envia una foto de los jerseys. Por una vez acierta. Le enseño la foto a Rodrigo. El también quiere un pack azul. Me río. En serio. Dice. Le pregunto qué escucha en los auriculares. Me los pasa. Es un violín. Con orquesta. Y se va solo. Y vuelve. Se los devuelvo. Lo que hace un violín. Marcho que tengo que marchar. No me entiende. Me río. Me suena el busca. El Sr. Tapias.

Me estoy poniendo el anorak. Le descubro en la puerta. Las manos en los bolsillos. A dónde voy. Mi turno acaba dentro de tres minutos. Me lleva a casa. Saco el paraguas del bolso y le enseño las botas. Me lleva a casa. Cedo. Me sonríe. Yo también a él. No sé por qué. El aparcamiento es un mar de lodo. Llueve a espuertas. Llenamos de lodo el Mini. No le importa. Le guío. Yo soy su navi, me dice. Cactus. Soy un cactus. Creo que sonrío. Vamos un rato detrás de un carro. Vemos un arcoíris. Tiene los ojos grises. Le invito a pasar. No sé si lo dije en alto.

Mi madre hace caldo. Le da dos besos. Hola neniño. Hago café. Hay bizcocho de nueces. Le sirvo un trozo grande. Seguro que tiene hambre. Mi padre le da la mano. Le quiere poner gotas en el café. Mi madre le dice que qué cosas tiene. Le pongo un tazón de café con leche. Sonríe. Llega mi hermano. Murió Remigio el de Olimpia. Vaya por Dios. Dios lo tenga en descanso. Rodrigo moja el bizcocho en el café. Siempre tiene hambre. Me siento a su lado. Mi madre le sirve otro trozo de bizcocho. Rodrigo no le dice que no. Cóme Rodrigo. Me hace caso. Mi hermano le ofrece un pitillo. Ya no fuma. Yo tampoco. Mi casa se convierte de repente en Centro Social. Llega Orive a arreglar el pozo. Hola neniño. Mi madre le sirve más café. Tampoco hay que exagerar. Rodrigo parece estar en su elemento. Llega mi tía. Hola neniño. Se sienta frente a nosotros. Murió Remigio el de Olimpia. Dios le hizo mil favores. Mi madre y ella nos miran en silencio. Como esperando algo. Rodrigo también me mira intrigado. De repente tengo mucho calor. Opto por beber café. Rodrigo se tiene que ir. Todos protestan a la vez. Quiere cenar con su padre. Entonces si. Yo sigo teniendo calor. Le acompaño al coche. Ya no llueve. Mañana nos vemos. Se va. Agradezco la brisa.

Trasladan a la Sra. Blázquez a cuidados intensivos. Con catéter. Raquel compra bata, camisión y zapatillas para la Sra. Tapias. La llamo “Personal Shopper”. Sonríe cansada.

Rodrigo está acatarrado. Le duele la garganta. Yo creo que tiene fiebre. Está enfadado con el mundo. Le dejo en paz. Reparto la medicación en los pastilleros. Sin Raquel. El Sr. González-Nieto toma ahora Sintrón. Le veo de repente en la puerta. Me asusta. Sólo dice mi nombre con voz ronca. Está sin afeitar y sin peinar. No puede respirar. Y tose. Sigue enfadado con el mundo. Pero no conmigo. Le doy una couldina. Y acto seguido un azucarillo. Me llama Mary Poppins. Sonrío. No es fácil ser cactus.

Lenguado a la plancha con ensalada de puerros. No me gustan los puerros. Rodrigo se come mi ensalada. Siempre tiene hambre. Ya no está enfadado con el mundo. Es un hombre pegado a un kleenex. Estornuda. Me río. Alcanza a mirarme antes de volver a estornudar. Me dice que no tiene gracia. Arqueo una ceja. Se suena. Tose. Maldice. Le sirvo agua. Bébe Rodrigo. Me hace caso.

Tania la de secretaría aparece con el inalámbrico. Es para él. No le hace gracia. Me levanto para dejarle hablar. Me agarra el brazo y niega con la cabeza. Me siento. Habla con alguien en inglés. Se tapa los ojos con una mano. Tose. No puede respirar. Habla en monosílabos. Cuelga. Yo no pregunto. Me explica que era una tal Marge. Que es su agente. Le necesitan en Nueva York el martes. No parece muy entusiasmado con la idea. Creo que con ese catarro no le entusiasmaría ninguna idea. Decide irse el domingo.

Gamazo me pasa el plan de revisiones. Me pregunta por mis pacientes. Ahora son dos. Capto la indirecta. Le explico. Se hace cargo. Lo encuentra gracioso. Miramos los dos a Rodrigo. Con sus violines en la galería. Es lo más parecido a una noche de truenos. Le dejo en paz. Voy a lo mio. Raquel se va para casa. Ya llama a la Sra. Cuevas de tu. Aurorita. Ya está más tranquila. Fue el susto. Ya.

Vemos una película de acción con tiros. Me voy a la cama antes de que liberen a los rehenes. Acabo de leer el libro del “bache”. Me acuerdo de la canción de Aute. Piedra en pozo.

Aurorita tiene una hija. Se llama Tacoque. La gente tiene ideas. Raquel le llama “La hija”. Gamazo también. Rodrigo conoce a Suki, Kiki, y dos Lulis. No le sorprende. Me río. Ya no es una noche de truenos. Puede respirar. Y sólo estornuda cada diez minutos. Su padre le llama Amparo. El cree que le pone nervioso. Le explico que es parte del cuadro clínico. Parece convencido. Me enseña una foto de Paul Newman. Pero no. Es un tal Josh. Le compara con un dolor de pies. Me río. Viene Raquel. Cotaque. Quetoque. “La hija” quiere hablar conmigo. Lo hace peor. No puedo parar. Le explico. Ya somos dos. Ella tiene uno en casa. Rodrigo la compadece. El Sr. Albián parece sonreir. Nos vamos.

Rodrigo recibe su plan del mes. Nueva York, París y Londres. Me pide mi teléfono. Me coge fuera de juego. Es difícil ser cactus. Me guarda como Mary Poppins. Chim-chim-cheroo. Christian Dior, Armani, Hugo Boss, Men´s Health, The North Face. Christian Dior. Creo que lo digo en alto.

Le viene a buscar un servicio de pasajeros. Le doy una bolsa con el antigripal y los azucarillos. Me da dos besos. No te vayas. No lo digo. Pero se va. El coche desaparece en la lluvia. Gamazo comenta que hace frío. Ya lo sé.

Coliflor con bacalao. Raquel va a ir con “La hija” al notario. Me he perdido un capítulo. No sabe por qué tiene que acompañarla. Van en el Porsche Panamera. Al menos. Asentimos. Me suena el teléfono. Rodrigo. Raquel me hace un gesto con los ojos. Le digo el menú. Protesta que no es justo. Todavía habla de garganta. Le digo que tome la Couldina. Anota con azucar. No te vayas. No digo nada. Le llamo más tarde. Hasta Luego. Raquel me dice que dos y dos son cuatro. Cuatro y dos son seis.

Voy con Melisa al cine. A unos que se les tuerce una despedida de soltero. Creo en la risoterapia. Raquel me cuenta que “La hija” se llama María de la Consolación de todos los Santos. Mejor Tacoque. Mejor. Ir en el Panamera es lo más parecido a levitar. No sabía que supiera levitar. Me confiesa que sólo a veces y en privado. Acabamos despertando a la Sra. Blázquez. No se puede subestimar el poder de la risa.

Están tomando medidas para cementar el aparcamiento. Es intransitable. Le cojo a mi hermano el pantalón de pescar. Raquel me hace una foto avanzando por el barro. Supongo que ella habrá levitado hasta la puerta. Se ríe. El Sr. Tapias todavía no respira por si mismo. Aurorita no se separa de él ni un minuto. Tacoque quiere ir a la peluquería. Me pregunto si Rodrigo estará tomando la Couldina. Tengo que volver a ser un cactus.

Llega el marido de Tacoque. La Sra. Blázquez mejora. Tenemos un nuevo paciente. El Sr. Gómez- Quintero. Tiene título. Accidente de coche. Yo creo que no hay nada que hacer. Gamazo levanta las cejas. Le da dedicación exclusiva a Raquel con el Sr. Tapias. Le recomiendo levitar. Me da un azote en el culo. Somos tontas.

El marido de Tacoque se llama Coté. Me pregunto si ya se buscan. Tacoque no sabe hacer nada sin Raquel. Voy con mi madre a la compra. Me preguntan por Rodrigo en la panadería. También en el super. Mi madre sabe más que yo. Yo la dejo. En Nueva York son las cuatro de la mañana.

El Sr. Albián ya estira las piernas por sí mismo. Me suena el móvil. Rodrigo. Aún tose. Le recuerdo la Couldina. Apunta el azúcar. Me río. Me encarga un plumas para su amigo Josh. Fer tiene uno. Son abrigosos. Llega Gamazo. Le dejo. Me envía un texto con su dirección. Que le diga cuánto es. Le envío una sonrisa. No te vayas. Voy a cubrir recetas.

Al centro a por el plumas. A Siño sólo le quedan en azul. Le compro también un gorro. Le explico. Me pregunta cómo no le avisé que iba a ir con Rod Albian a la tienda. Caigo en que se refiere a Rodrigo. Me dice que todavía no se lo cree. No le entiendo. Ni por qué le llama Rod. Y un pack de jerseys azules de oferta. Tocinillo de cielo para hacer. Chocolate. Melisa me dice que anda por mi. La gente tiene ideas. Me dice que yo sabré. Yo sé.

Vemos una película de espías. No se dicen el lugar de la cita y se encuentran. Es para mi un misterio cómo. Me voy a la cama antes de que entreguen el sobre. Piedra en pozo. Creo oír mi móvil. Lo veo por la mañana. Era Rodrigo. Soy tonta.

Coté se va con Luís a tomar unos vinos. Raquel ya sabe lo que va a pasar. Tacoque no. Opta por llevársela a La Coruña. Tierra de por medio. Luís me cuenta después que Coté cantó con la tuna. Envío el paquete por urgente. El Atlántico de por medio. Mi hermano pone la radio del coche. Se me pega Amaral. Nada de nada. Maldita la hora.

Fer me mira y sonríe soltando el humo del pitillo. Sigue lloviendo.

Melisa y Lucio discuten. Ella no quiere ir. El no viene. Raquel y Tacoque están desaparecidas. Me ocupo del Sr. Tapias y del padre de Rodrigo. Gamazo hoy tiene un compromiso. Ojos que no ven. Coté se preocupa. Luís no. Los dos son del Barça. Me suena el móvil. Rodrigo. Ya suena mejor. Le explico. Se ríe. No te vayas. Risoterapia. Le cuento esto y aquello. De su padre. Pollo asado. Un hombre grita mi nombre al teléfono y suelta una carcajada. Silencio. Rodrigo?. Me explica quién es. Sonrío. Le digo lo del cardiólogo. Se preocupa. Le tranquilizo. Llega el urólogo. Hasta luego. No te vayas. Nada de nada.

Raquel trae un peinado nuevo. Parece otra. Le queda bien. Luis opina lo mismo. Tacoque se pone un chandal. Cosas veréis. Voy con Fer a Leroy-Merlin. Necesita herramientas. Me pierdo en el departamento de tuercas. Compramos unas luces Led con sensor. De oferta. No sé para dónde.

Me llega una foto de Paul Newman con plumífero y gorro dando un salto. Con la V de la victoria en los dedos. Risoterapia. Le envio fuegos artificiales. Voy a clasificar dossiers. A ver si así.

Melisa sigue sin ir a León. Lucio sin venir. Empiezan a cementar el aparcamiento. Lo que debe de costar. Tacoque y Coté se compran pantalones de pescar. Raquel enseña a Aurorita a jugar a la brisca. Mi madre gana un concurso de tortillas. Le regalan un robot de cocina. Con voz. Y luces. Fer ya tiene juguete. Siño se plantea alquilar una nave industrial para confección de plumiferos. No sé por qué. Nada de ti. Nada de mi. Nada de nadie. Maldita la hora.

Gamazo me llama a las dos de la mañana. El padre de Rodrigo. Fer me acerca. Logramos estabilizarlo. No es trasladable. Gamazo intenta localizar a Rodrigo. Yo también. Fuera de cobertura. Me llama a mis cinco de la mañana. Está nervioso. Le explico. Se pone más. Está estable. Intento calmarle. Lo consigo apenas. Se pone en camino. Yo doblo turno. Respiración asistida.

Rodrigo llega ya de noche. Agotado y nervioso. Me da un abrazo nada más verme. Se sienta junto a su padre en cuidados intensivos y no se mueve. Gamazo le pone al corriente. Creo que se va a marear. Se sienta. Apoyo mi mano en su hombro. Hunde la cabeza en sus manos. No come ni duerme. No se aparta de la cama. Le llevo un tazón de consomé. Me quedo a su lado. Se lo bebe a tragos pequeños.

Es la viva imagen de la tristeza. Salimos al pasillo. Le pregunto si está bien. Me mira en silencio. De repente me busca. Me asusto. Se aparta. Le busco yo. Nos enredamos. Oímos voces. Nos soltamos. Se pierden en otro pasillo. Nos volvemos a enredar.

Acabamos en su habitación. Me ayuda a desvestirme. Se desviste él. Lo hacemos. Dos veces. Pensaba que se me había olvidado cómo. Se queda dormido. Le tapo con el edredón. Duermo profundo y sin sueños. Me despierta. Aún es muy temprano. Mi espalda contra su pecho. Siento su corazón. Entrelaza sus manos con las mías. Dice mi nombre. Respira tranquilo. Yo también.

Su padre empeora. Ya no hay nada que hacer. Nos deja. Me coge la mano. Gamazo alcanza a ayudarme a sostenerle. Le damos un calmante. Llamo a mis padres. También viene mi hermano. Rodrigo no habla. No suelta mi mano. Mi padre habla con el tanatorio.

Mi hermano trae cafés. Rodrigo no quiere nada. Mi padre habla con Don Herminio. Le explica a Rodrigo que aún hay nichos libres. Rodrigo rompe a llorar contra mi. Mi madre también llora. Mi padre se va a hablar con Don Herminio. Hay que elegir la urna. Me mira. Tiene los ojos hinchados. Se los tapa con una mano. Apoya la cabeza en mi hombro y yo se la acaricio. Elige una metálica azul. La señora de media melena blanca está al fondo. De negro y triste. Junto a Raquel y Luís distingo a Tacoque y Coté. Discretos. Mi hermano se acerca a ellos. Le doy a Rodrigo otro calmante. No le dejo solo. Nos quedamos dormidos.

La señora se llama Marge. Es su agente. Rodrigo no habla. No me suelta la mano. Nos quedamos dos días en casa de mis padres. Vuelve a comer. Quiere que me vaya con él. De repente la que llora soy yo. Quiero parar y no puedo. Insiste. Ahora llora él. Estamos solos. Me da un sobre cerrado. Le abrazo. Nos buscamos. No me quiere soltar. Yo tampoco.

No le acompaño al aeropuerto. Mi hermano les lleva. Me cuenta después que había fotógrafos y televisión. Le digo que ahora va a ser famoso. Me sonríe. Me dice que la que voy a ser famosa soy yo. Estoy muy cansada. Me acuesto en el sofá. Supongo que así caen los meteoritos.

Me llama en cuanto puede. Ya está en casa. Oigo voces por detrás. Me tranquiliza que no esté solo. Me echa de menos. Yo también. Se tiene que ir.

Abro el sobre. Un billete abierto a Nueva York. Todo va muy rápido. Me mareo. Me siento. Necesito pensar. Le digo a mi madre que me voy. Lo entiende.

Me siento en la Corticela. Todavía es temprano. No hay nadie. Yo no soy de prontos. Melisa dice que soy lo más parecido a un cactus. Me pregunto si estará comiendo algo.

Y si no funciona?. Me vibra el móvil. “Dónde estás?”. Le contesto la verdad. Me repite que me echa de menos. Le envío un beso. Me llama. La capilla está desierta. Cari. Tengo un nudo en la garganta. Por favor. Se queda sin voz. Le digo que si. Silencio. Rodrigo?. Cari. Le pregunto si está solo. Entra gente en la capilla. Me dice que no. Tengo que colgar. Cari. Te aviso cuando sepa algo. Hasta luego.

Voy a hablar con Gamazo. Me dice que le recetó calmantes a Rodrigo. Y reposo. Su agente le aseguró que lo haría. Le explico la situación. Creo que necesito dormir. De repente estoy muy cansada. Gamazo sonríe. Me ofrece guardarme el puesto seis meses. Buscarían una sustitución para el plazo. Entiendo lo que me quiere decir. Asiento. Después se vería. No puedo estar más de acuerdo. Después. Yo no soy de prontos. Me vibra el móvil. Gamazo sonríe. Carraspeo. Me vuelve a vibrar. “Dónde estás?”. Otra vez el nudo en la garganta. No sé dónde estoy Rodrigo. No lo sé. Le envío un beso. Me llama. Cari. Creo que se volvió a acatarrar. Le pregunto. No sabe. Te digo cuando sepa algo. Cari. Le digo que le echo de menos también. Y es verdad. Alguien le habla. Me llama más tarde. Hasta luego.

Se lo cuento a mis padres. No se esperaban otra cosa. Mi madre se emociona. Recuerda cómo se abrazaba a mi. Mi hermano enciende un pitillo. Dice que cree que es buen tío. Es buen tío. Mi padre asiente. Mi madre recuerda el momento de la urna. Si va a seguir así me va a hundir. Les cuento de Gamazo. Mi hermano se encoge de hombros. Tu ya no vuelves. Le miramos todos. Mi madre le da la razón. Mi padre hace un gesto con las cejas. Les miro alternativamente. Y si no vas tu, te viene él. Eso está claro. Mi hermano experto en corrientes. Yo en mi vida tal vi. No te soltaba. Mi madre me va a hundir. Me vibra el móvil. Los tres me miran. Esto es horrible. “Dime algo”. Cojo el fijo. Me voy a atrás. Le explico. Sólo tengo que hacer las maletas. Respira aliviado. Le veo sonreír. Me dice que lleve antigripales. Me río. Cari. Me dice que es horrible. Me lee el pensamiento. Que le diga vuelo y hora. Lo haré. Cari. Te llamo después. Hasta luego.

Melisa me trae el Hola. Alguien nos hizo una foto compartiendo paraguas. Soy “su secreto mejor guardado”. Esto es horrible. Melisa opina que es el hombre más guapo del planeta. Mi padre la mira escéptico. Yo estoy en blanco. No tengo maletas. Ni sé con qué llenarlas. Mi hermano me lleva al Centro Comercial. Que lo vio muy pillado. Ya antes. Cuándo antes. El día que me fue a llevar. Y estábamos hablando. Te miraba y no te soltaba. Mi hermano se explica muy bien. Me duele la cabeza. Me vibra el móvil. Quiero llorar. Me envía una foto de un paquete de kleenex y un vaso con antigripal. Me río.

Mi hermano enciende un pitillo. Tu no vuelves. Le quiero mandar a la mierda. Pero tiene razón.

Me compro un juego de maletas. Y una mochila. Mi hermano cree que nos siguen. Nos reímos. Le mandamos una foto con cientos de maletas de fondo. Nos contesta con un muñequito dando saltos de alegría. Mi niño. No sé por qué le llamo ahora así. Definitivamente nos siguen. Mi hermano se arregla el pelo. Me da la risa boba. Me dice que es por si a caso salimos en el Hola.

Llamo a Siño. Le explico. No da abasto con los plumiferos. Necesito llenar cuatro maletas. Al final lleno cinco. Un bolso de mano. Y la mochila. Esto es horrible.

Tramito el pasaporte. Me lo dan relativamente pronto. Es la primera vez que vuelo. Voy en primera. Nadie lloró al despedirme. Rodrigo me llamó cuatro veces. Y me envió tres textos. En Madrid me llevan al “V.I.P Lounge”. Les envío una foto a Melisa y Raquel. Me ofrecen Champán. No digo que no. Coincido con un actor. No sé cómo se llama. Me saluda. Bebo un sorbo de champán. Una señorita muy amable me guía hasta el control de pasaportes. Ya no hay vuelta atrás. Este avión es gigantesco. Entro antes que nadie. No sé por qué me siento mal. Mi asiento es como un sofá para mi sola. Con mi propia tele. Ya en el aire me ofrecen también champán. Es de color rosa chicle. Me duermo con Amaral en los auriculares. Sin ti no soy nada.

No sé qué hora es. Ni en qué día vivo. No entendí “Interstellar”. No tenía subtítulos. Me leo tres Vogues. Entrecot con verduritas. En el sofá de al lado va la mujer de un futbolista. El que se apellida como yo. Está embarazada. Me sonríe. Me cambia sus MarieClaires por mis Vogues. Nos reímos. Ella también va a Nueva York. Su marido ya está allí. Yo no sé qué decirle. Voy a pasar una temporada. Es una niña. Se llamará Milagros. Porque lo es. No pregunto. Se va al baño. Descubro a Rodrigo en el MarieClaire abrazado a una rubia que le araña la espalda. La llamo de todo mentalmente. Me da la risa boba.

Vamos a aterrizar. Crosscheck. Ayudo a la mujer del futbolista a bajar un bolso del portaequipajes. A lo mejor nos vemos. Me pasa su teléfono en una tarjeta. Patri. Me da dos besos. Tiene más pecho que yo. Y ya es decir. Estoy nerviosa. Y cansada.

El oficial del control de pasaporte es chino. Me pregunta en perfecto castellano qué me trae al país. Le digo que vacaciones. Un robot con cámara me hace una foto. Dejo mi huella dactilar. Que usted lo pase bien. No me atrevo a reír. Gracias.

La sala de recogida de equipajes parece El Corte Inglés en rebajas. Cojo un carro. Un señor con gorro de vaquero y barba trenzada me ayuda a cargar las maletas. No tengo que pasar por aduanas. Estoy nerviosa. Salgo por una puerta de cristal verde opaco. Gente y gente. Y ahí está. Se acerca. Su sonrisa. Sin ti no soy nada. Hola Cari.