Tara

Hoy ha venido Brittany. No viene nunca, ya que vive fuera del país. Pero el problema con la pared se ha complicado, y el jefe de obra quería hablar con ella. Él todavía no está. Brittany apareció de repente, desde detrás de la mata de malvas, y casi me asustó, sólo casi, ya que antes había escuchado pasos que se acercaban por el sendero de baldosas que lleva al jardín desde la entrada. Pensé que sería la vecina, dijo que se pasaría. Ha venido en coche, un BMW tan grande que no lo salta un torero, literalmente, porque por mucho tonelaje que tenga un toro con toda su corpulencia, ese coche lo supera. Brittany se mueve y habla muy rápido, yo la comparo con un colibrí al que se le hubiera suministrado cafeína, y mantiene sus enormes ojos azules siempre muy abiertos, como si alguien en algún momento le hubiera dado un susto y todavía no se hubiera recuperado de la impresión. Me dice que habría que sacar las malas hierbas de entre las baldosas, que es muy fácil, y saca una para demostrármelo, yo le explico sin perder la calma que Gunther cortó la hierba y la maleza hace un mes, pero que ese jardín es como esas selvas asiáticas en las que la maleza crece a medida que la vas cortando. Sólo hay que tirar, y ya sale, me contesta, y parpadea dos veces, espera que yo arranque al menos una hierba. Pero no lo hago. Le dedico mi sonrisa japonesa y no me muevo. Como buen colibrí, se aleja hacia la escalera de acceso al sótano desde el jardín. Suspira y entrelaza los dedos de las manos al ver la escalera, me mira ensoñada, casi en trance, y me dice que ellos siempre tenían macetas con petunias a ambos lados de la escalera, en todos los escalones, una alegría daba verlas, yo le digo que me puedo imaginar la alegría que sentían ellos al ver las petunias, pero que seguro que no es comparable con la mía cada vez que la bajo aferrada al pasamanos y logro llegar a su fin sin resbalar en el musgo y las grietas que la jalonan. Ella asiente, y me dice que las macetas siempre eran portuguesas. Qué bien.

Llega el jefe de obra, un tal Schimanski, que la saluda llamándola Sra. Schmitt. Yo estoy convencida de que sus padres le pusieron Brittany para dar color al Schmitt. Tiene un hermano. Él tiene un nombre de esos que suenan como un tren de mercancías, pero con sólo una vocal. Se llevan mal. Ella dice que él es un gangster.

Sólo le vi una vez. Pasó por delante de la casa en su Mercedes, muy lentamente y mirándome desafiante desde dentro. Tan pendiente estaba de ser desafiante, que casi atropella a Sr.Holper, que casualmente pasaba por allí. Por mirar tanto pa ti, metín un zoco na merda, que diría mi abuela.

Schimanski le tira los tejos a Brittany. Y ella los recoge gustosa y se los tira de vuelta. Por un momento estoy tentada a ofrecerles una de las habitaciones. Pero no digo nada. Ellos que son blancos que se entiendan, que dirían en Dominicana. Entiendo que habría que tirar el muro, y otras muchas cosas que Brittany no está dispuesta a hacer. Pero tiene que hacerlas. Schimanski la convence. De eso no me cupo nunca la menor duda.

Damos juntos la vuelta a la casa, para inspeccionar otros posibles desperfectos. Brittany recuerda las pérgolas de rosas y los arbustos en forma de mariposa, Schimanski intenta hacerse una una idea, al menos, yo voy atenta a no tropezar con los restos de la acera rota. Pasamos por delante de unas argollas clavadas en uno de los muros, y Brittany gime al tiempo que se lleva las manos al pecho. Schimanski se apura a asistirla, yo sólo veo tres argollas negras algo oxidadas. Brittany sonríe embelesada, y nos dice que allí sujetaba ella a sus caballos, Schimanski le pregunta por los nombres, Mimí, Piti y Balú. Schimanski se rie al decir que la novia de su hermano también se llama Mimí, yo no acabo de comprender cómo se le puede poner a un caballo el nombre de un oso.

El resto del paseo de inspección, Brittany nos deleita con la narración de la película que ya sólo existe en su cabeza de cómo era su casa y el jardín cuando la familia todavía residía allí. Schimanski juega sus cartas, yo llego a la conclusión que ya no es Brittany quien nos acompaña, sino Scarlet O´Hara, quien por fin, ha podido regresar a Tara. Tara. Les dejo alejarse solos hacia lo que un día fue un estanque. Qué pasará con estos dos?. Francamente, queridos, me importa un bledo.

Controversia

Yo me posiciono siempre en el centro del QUE. El QUE como suplemento verídico de la sustancia que sostiene la índole, de forma que las esferas de lo conocido se circunscriben fuera de la intolerancia colectiva. Ojo, esto no tiene que ver con la ignominia del lenguaje, eso no, ese aspecto corrige de alguna manera la visión paleontológica de la supremacía mesopotámica que ya nombraba Harrys. A tenor de lo dicho, los lugares de las casualidades aprendidos gracias a los aparatos de verificación, atenúan la beligerancia consentida entre iguales. Por supuesto, mi posición impera en detrimento de la alquimia milenaria de reductos plantígrados, no siempre cartesianos. Ni que decir tiene, mi modo de ver se distancia de la óptica gravitacional orbital palaciega existente en la línea del horizonte, teológicamente ilegítimo. Si mi gusto gustara del gusto que gusta tu gusto, tu gusto gustaría del gusto que gusta mi gusto, pero como no es así, empíricamente ambos nos distanciamos de la esencia del alma partida en los orígenes del Blues. Con esto no quiero decir, que yo en los espacios sonoros no reviva y me convierta en un ser tridimensional que aporta y suma a la semblanza colectiva, querría que quedase claro. El ámbito político de la situación encumbra la misma pretensión, no hay duda. Naturalmente la luz del sol, nihiliza la sombra, y confunde el aire, lo que nos convierte en tránsfugas en la noche de los tiempos de atolondre, como diría MacMillan. Creo haber contestado a su pregunta, en todo caso, los emblemas oníricos vienen a ser los mismos.

(Bebió medio vaso de agua, nos dio las Buenas Tardes y se fue. Desconozco lo que pensaron en aquel momento mis colegas también presentes en la rueda de prensa, pero si algo me quedó claro es que mi empanada favorita es la de zamburiñas)

La Esterilla

  • Ya pensé que no venías
  • Y yo…es que no encontraba las llaves del coche
  • Dónde estaban al final?
  • Te puedes creer que las tenía en la mano?
  • Sí, porque me pasa a mí con las gafas…
  • Es que no sabes qué susto pasé…
  • Otro?
  • Hoy nos viene Salva dando gritos a la habitación, aún ni era de día, imagínate tú…fuera de si “MamáPapá he matao a Dani,MamáPapá he matao a Dani!!”, yo ya ni conseguí levantarme porque me dije, de morir ya hacerlo aquí, porque el corazón literalmente me dio un vuelco..Koldo se cayó al querer salir corriendo y se dio con el canto de la puerta…en fin…que al final sí que lo había matado, pero en una batalla virtual de esas…y claro, se asustó tanto que….
  • Pero bien…
  • Sí, Koldo tiene un chichón…nada más…
  • Y eso qué es?
  • El qué?
  • Eso
  • La esterilla…
  • Pues qué rara no?
  • Ay deja que no!…Soy tonta…
  • Por?
  • Que me he traido una cosa que compró Koldo…ays pues ahora no vuelvo…
  • Qué es…tan rosa-chicle..
  • Es una especie de plancha de plástico que en teoría se extiende sobre la encimera…se tiene que adherir y puedes trabajar sobre ella sin usar maderitas…pero es más ancha que nuestra encimera y no se pega…en fin, que la enrollé y la puse por allí…y con las prisas…
  • Y Koldo cómo compró tal cosa?
  • Pensó que era una cartulina…y como los niños necesitan continuamente pues…
  • Lo que necesitan los tuyos continuamente son tiritas…
  • Ahora menos….pero sí…
  • Me acordé de tí ayer…con el episodio de la serie…
  • Qué serie?
  • Ah, es que no te dije…estamos enganchados a SUÁ
  • Cómo se llama?
  • SUÁ
  • Ni idea…
  • Sí mujer…seguro que la conoces…son unos policías de esos que van todo de negro muy armados y que entran a saco a rescatar gente…
  • Los Geos?
  • No…bueno, no sé…pasa todo en un sitio donde siempre hace sol y es muy grande…pero llegan enseguida..Los Angeles supongo…
  • Y por qué te acordaste de mi?
  • Pues porque había una gente en un sitio, y ellos fueron claro, con chalecos pero sin casco…que dices tú que es mucho suponer que no te vayan a volar la cabeza…pero claro es que si no no ves al actor tan bien…y fueron, entraron a saco y dos de ellos rodaron por un tejado al querer atrapar al malo…y eso..
  • Y cuándo rodé yo por un tejado?
  • Tú no…pero Koldo sí..
  • Ah…bueno, ya…era más bien un tejadito…pero sí..
  • La música del principio se parece a la de Stasquiyjach
  • A cuál?
  • Stasquiyjach…si mujer aquellos dos, que siempre iban juntos en un coche chulo…mi madre era más de Jach…
  • Los que iban en camioneta…y uno estaba loco?
  • No esos son el Equipo A…cómo se llamaba el jefe? Sí mujer, que siempre fumaba puros…y que de joven hizo una película preciosa que él era el hijo ilegítimo y el legítimo era el que después fue marido de una modelo y que no servía para nada…el legítimo no el marido de la modelo ,se entiende, y entonces se va y el otro se queda…cuánto lloro siempre…
  • Y se queda con la modelo …o cómo?
  • Qué va…con la modelo se casó más tarde…ahí se va…se va…no dicen a dónde, se supone que lejos…”Con él llegó el escándalo” así se llama, que no me salía…
  • Qué escándalo?
  • Es que él llega, y claro…remueve todo el pasado y es un escándalo y tal…
  • Ya…Nosotros eramos de “Canción Triste de HillStreet”…lo que nunca entendí era lo de “Triste”….y después “MelrosePlace”…..y este quién es?
  • Hanibal!
  • Y tú de qué le conoces?
  • Qué?..no, el de “El equipo A” se llamaba Hanibal….este no sé quién es….será el que haga la clase de hoy…qué lleva puesto?
  • Eso se llama “paquete”…
  • Ya…pero cómo…
  • Pues que va en plan Nureyev…
  • Y eso es un Asana nuevo…o cómo?

Michigan

Calor, lo que se dice calor, todavía no hacía. Por eso agradeció la chaqueta de lana fina tipo rebeca al salir de la droguería, lo que sí estaba deseando quitarse eran los zapatos, si había algo a lo que no podía resistirse era a unos buenos zapatos de tacón. Y aquellos lo eran. Negros, de buena piel y mejor tacón, que le proporcionaban la altura justa. Pero tantas horas sobre ellos habían acabado por pasar factura. En otros tiempos se los hubiera quitado, y hubiera vuelto a casa descalza, pero ese otros tiempos, era eso, otros tiempos, ahora no quería ni pensar lo que se acabaría clavando en el pie. Suspiró y se ajustó el bolso al hombro, al tiempo que se colocaba bien la melena, de pelo liso y de un suave pelirrojo, en perfecta sintonía con su tez algo pecosa, camuflada ahora bajo una casi imperceptible capa de maquillaje, y sus ojos verdes de largas pestañas aderezadas de mascara, ya que de otra forma, serían transparentes. Marta Riera Vall, con dos eles, avanzaba por la calle, ya no dispuesta a comerse el mundo, sino a llegar lo más pronto posible a casa, librarse de los zapatos, darse una ducha, quitarse el olor a Droguería, ponerse en chándal y tumbarse en el sofá a ver Netflix. Para ella el mejor plan para un viernes. De cena aún tenía puré de verduras. Con agua. Ahora al parecer era alérgica al vino. Ella. En fin. Un grupo de personas salieron entonces en tromba de un local y casi se la llevan por delante, ni se disculparon, tampoco lo esperó, aquella tarde toda la ciudad había decidido salir a la calle a la vez, y a penas se podía avanzar sin recibir algún empujón. Dos policías de proximidad pasaron corriendo a toda velocidad, y casi tuvo que apoyarse en una pared, al apartarse la gente de repente a sus gritos pidiendo paso. Les siguió un momento con la mirada, en otros tiempos, ella también había querido ser policía. Bueno, ella no. Su Juan Fernando interior. JuanFernando Riera Vall, con dos eles. Aquel que ya, legalmente, había dejado de existir. El que ahora era Marta a todos los efectos, y con carnet de identidad. No pudo evitar sonreír, mientras continuaba camino, a todos los efectos, todos los efectos no, porque nadie te llama Marta. Tú eres Michigan.

Decidió doblar por una perpendicular, para evitar nuevas aglomeraciones, y de paso acortar camino. Cuando por fin alcanzó su calle, se alegró de encontrarla desierta, si bien estaba muy cerca del centro apenas pasaba gente y era muy tranquila. Por eso, en su momento, había decidido comprarse el piso allí. No se sorprendió de encontrar su portal abierto, seguramente la empresa que se encargaba de la limpieza de las escaleras estaba todavía ocupada con la labor. Tuvo mucho cuidado al poner el primer pie en el portal, de estar mojado, lo único que le faltaba ahora era resbalar y partirse algo. Midiendo los pasos, aunque el suelo parecía estar seco, alcanzó los buzones, que estaban en una especie de metido oscuro en el que la comunidad se estaba planteando poner una luz o un espejo, para evitar sustos desagradables. Todavía estaba pidiendo presupuestos. Porque ella era la presidenta de la Comunidad. Por mayoría absoluta. Entonces se había sentido casi como Miss Mundo. O algo. Casi rio al recordarlo. En fin. Sacó las llaves del bolso, para mirar si había algo en el buzón, y al querer abrirlo fue cuando escuchó el gemido. Se quedó muy quieta, sin saber muy bien qué hacer, mirando hacia los lados casi sin atreverse. Un segundo gemido, que le recordó al que haría un perrito, la hizo mirar hacia abajo. No pudo evitar soltar una especie de grito, que tapó con la mano, al dar un paso atrás. Quien gemía no era un perrito. Era una criatura, acurrucada en el rincón más oscuro.

  • AyDiosMío!…Ay!..pero..mi Vida qué haces tú ahí?- Alcanzó a preguntar, ya que, de repente, su corazón se había instalado en su garganta y latía tan rápido y tan fuerte que amenazaba con salirle en cualquier momento por la boca. Sin pensarlo más se agachó para coger a la criatura en brazos, y ésta se aferró contra ella, rodeándole el cuello con sus bracitos, temblando aún de miedo. Michigan la abrazó a su vez, asegurándola en sus brazos.- Ya está…miVida…ya está…Ay..ven.., vamos a subir …y me cuentas…AymiVida, ya está..- Y sin más, comenzó a subir las escaleras para alcanzar cuanto antes su apartamento, en el tercer piso. El siguiente punto a tratar en la próxina reunión de la Comunidad sería la instalación de un ascensor, pensó a la altura del segundo. Sin soltar a la criatura, y haciendo malabares para que no se le cayese el bolso al tratar de encontrar las llaves, las consiguió meter en la cerradura y acceder a su casa. Sin pararse siquiera a cerrar la puerta, la llevó hasta el salón, se sentó en un butacón y con sumo cuidado apartó a la criatura de si, para poder verla mejor. Era una niña, de pelo castaño claro en una ahora revuelta melena hasta los hombros, que enmarcaba una carita presidida por dos enormes ojos oscuros inmensamente tristes, tenía la boca recogida en un fruncido que la convertia en un minusculo punto rosa, que contenía a duras penas el llanto. Tenía un raspón en un pómulo, también en los codos y las rodillas. Michigan le apartó,con toda la delicadeza que pudo reunir, el pelito de la cara.
  • Yo soy Michigan…cómo te llamas princesa?- Preguntó casi en susurro, la niña parpadeó lento y suspiró.
  • Dalia..
  • Qué nombre más bonito, tanto como tú, princesa linda….cuántos años tienes Dalia?- La niña levantó su mano derecha con cuatro deditos, Michigan sonrió y la escondió entre las suyas con cuidado.- ..me dices qué pasó, qué le pasó a mi princesa?- Dalia frunció la boca y los enormes ojos se nublaron de lágrimas, que, sin embargo, no pasaron del umbral de sus pestañas.
  • Dalia iba con mamá…y entonses mi papá me agadró así y me llevó codiendo mucho mucho…pedo yo no quedía id con mi papá podque ez mu malo…y entonses Dalia moddió a papá así así mucho….y me cayí y mi hise pupa aquí ves?…y mamá le dise siempre a Dalia codde Dalia codde mucho y coddí mucho y me cayí ota ves?…y Dalia se ezcondió allí así así…- Michigan escuchó con atención lo que Dalia relataba, y a medida que avanzaba en la narración comenzó a sentir como una especie de fiera tan informe como poderosa iba abriéndose paso en su interior e iba tomando posesión de su cuerpo, luchando por salir. Entendió entonces lo que era ser Madre de Dragones, y todas las razones de Daenerys. Y tuvo la impresión de que si abría la boca, todo lo que saldría de ella sería una llamarada que aniquilaría el mundo. Calma, Michigan, calma. E iba a decirle algo a la niña, cuando escuchó unas voces, que provenían de la entrada.
  • Tú dirás lo que quieras, pero eso que llevas es un pantalón hippy de toda la vida y una camisola de mercadillo….
  • BO-HO…te estoy diciendo, voy estilo BO-HO..
  • Como diría mi madre: que ni bo ni ba….vas de hippy..
  • Es el último grito…
  • El que va a empezar a gritar soy yo..hippy más que hippy!
  • BOH-H…

Los que así discutían eran Marcos y Beltrán, dos chicos amigos de Michigan que habían quedado de pasarse esa tarde a buscar unas bolsas con muestras de maquillaje y cremas, y que habían entrado sin llamar al encontrar la puerta ya abierta. Marcos llevaba unos pantalones tipo mameluco de lino azul, con una camisola gris y el pelo recogido en un moño flojo sobre la cabeza, Beltrán, en vaqueros y camiseta blanca tenía la cabeza rapada y portaba unas gafas de sol de cristal amarillo. Ambos se quedaron clavados a mitad del pasillo, incapaces de decir una palabra, cuando descubrieron a Michigan en la puerta del salón, cargando a Dalia, que se había vuelto a acurrucar contra ella.

  • No gritéis tanto…que aún me vais a asustar a la niña- Avisó Michigan.
  • Cómo que “me vais a asustar a la niña”? “me”?- Quiso saber Beltrán.
  • Uy yo si eso me voy eh?…que yo no quiero líos…qué niña?- Se atrevió Marcos.

Michigan no les contestó, y se dirigió al cuarto de baño a buscar el botiquín, con el que salió llevándolo en la mano libre e indicándoles que le siguiesen al salón.

  • No entiendo nada
  • Te la han dejado en plan babysister…o algo…
  • Babysitter..
  • Qué?
  • Babysitter, Marcos…
  • Pues mi hermana siempre dice Babysister…
  • Pues es babysitter…
  • Bueno ya está bien….calláos los dos, que me la vais a hacer llorar a mi princesa preciosa, que la voy a curar, verdad Dalia bonita?…ven a ver…
  • Ay pobre…se ha caido o cómo?
  • Uy yo si eso me voy eh?..que no…
  • Sí…se ha hecho pupa…verdad mi corazón? Michigan te pone aquí una tirita y ahí otra…uy mira tiene leoncitos la tirita…la encontré escondidita abajo…
  • Hay que llamar a la policia, Michi…- Opinó Beltrán, al escucharle Dalia se volvió a abrazar a Michigan.
  • No princesa no, no te preocupes….- Dalia se apartó de ella entonces y les miró, luego con sus manitos se apartó la jareta del pantaloncito que llevaba.
  • Mia Mizigam, teno esto..- Susurró, como quien comparte un secreto, Michigan apartó un poco más la jareta y pudo ver un cartelito cosido que rezaba “ SI ME PIERDO O ME ROBAN:…” sobre un número de móvil y una dirección. Michigan le dio un beso en la cabeza.

Desde que Michigan marcó el número de móvil para hablar con la madre de Dalia, hasta que ésta, desesperada por abrazar a su hija, cruzó la puerta del apartamento acompañada de dos policías nacionales, pasaron exactamente diez minutos. Tras las debidas explicaciones, de quién era quién y cómo se había llegado hasta aquella situación, uno de los policías le entregó a Michigan una tarjeta en la que había escrito su número de móvil de servicio y quedaron en que Michigan se pasaría al día siguiente por la comisaría para hacer la declaración formal y todo el papeleo, ya que lo que primaba ahora era que a Dalia la viese un médico y volviera a casa. Lina, la madre de Dalia, no sabía cómo agradecerle a Michigan, ni qué decir, ni cómo, ya que era lo más parecido a un manojo de nervios aferrado a una niña, Michigan la abrazó, y, una del brazo de la otra, seguidas de los dos policías, y Marcos y Beltrán, bajaron a la calle. Ya allí, tras prometerse que se verían a día siguiente, Dalia le dio un beso a Michigan y madre e hija subieron al coche patrulla, que, haciendo luces, pero sin sirena, se alejó calle abajo.

  • Ay que llorera por favor….esto si lo filmas paras un país…tienes kleenex?- Preguntó Beltrán secándose los ojos con una mano.
  • Pues no…justo hoy no..- Contestó Marcos, que hacía lo mismo. Michigan les miró y rio.
  • Cómo decía aquel? “Me encanta que los planes salgan bien”….si queréis subimos y nos tomamos un copazo..al menos yo…- Propuso, en eso estaban cuando unos gritos desde el final de la calle, les hicieron volverse.
  • Heeey!!! MUÑEQUITA LINDA!!!- El que gritaba era un hombre, alto y fuerte, que avanzaba a grandes zancadas hacia el grupo. Michigan guiñó ligeramente los ojos para verle mejor, pero aún así hubo de admitir que no le conocía de nada.- PERITA EN DULCE!!!
  • Y a este qué le pasa?- Alcanzó a preguntar Marcos.
  • Por la cara que trae…nada bueno- Aventuró Beltrán.
  • Drakarys..- Susurró Michigan. El hombre, se acercó sin reducir la velocidad de su zancada y le dio un fuerte empujón a Michigan, quien lejos de perder el equilibrio se lo devolvió.
  • Pero qué valiente!! A Porta Gayola..con un par! Si Señor!- Incitó Michigan abriendo los brazos imitando a un torero.
  • Eres toda tú roja o solo esa cabecita!? Porque te la voy a estallar…por meterse en asuntos ajenos….mi hija es mía…
  • Yo te como aquí y te cago allí!…- No le dio tiempo a decir más, porque el hombre le voló la cara de una bofetada, Marcos gritó, Beltrán quiso intervenir, pero antes de que pudiera hacer nada, Michigan, de un gancho de derecha había enviado al hombre contra el muro de la casa, después, se sacó los zapatos de tacón y se los entregó a Beltrán- Sujétame esto…- Anotó sin ni siquiera pararse a mirarle, para ir en busca de su contrincante quien también venía hacia ella, sin saber que, aquella muñeca ya había luchado en otras batallas, y se movía como una mariposa, pero clavaba el aguijón como la más ruda de las abejas. Cuando acabó con él, el hombre yacía bocabajo en el suelo sin saber muy bien cómo había llegado allí, y ella, que también había encajado varios golpes, colocó delicadamente su pie derecho sobre su cabeza.
  • Muévela y harás un viaje astral..- Masculló, para luego girarse hacia sus dos amigos que habían asistido a la pelea sin dar crédito- Beltrán…dejame tu móvil- Beltrán así hizo, y ella sacó entonces la tarjeta que le había dado el policia nacional y marcó el número- Hola, Buenas Tardes…soy Mich…Marta Riera Vall…sí…me harían un gran favor si viniesen otra vez, ha habido un incidente…sí…y de paso traigan al 112…no me quedan uñas…- Y colgó. Y respiró hondo, satisfecha, y orgullosa de llegar a la conclusión de que, en ocasiones, era mejor dar que recibir.

Sólo estaba yo

No se movía el aire. Caía el sol como en el juicio final, y yo me había recogido en un alpendre a doblar sacos, que es lo único que puedes hacer a esas horas, el resto no estaban, ahora no me acuerdo dónde estaban, pero allí sólo estaba yo. Escuché el tiro y me quedé parao. Porque yo sé diferenciar cohetes y tiros, o escapes de coches. Que también podía ser. Pero aquello era un tiro de escopeta. Y no podía ser, porque el resto no estaban, y allí sólo estaba yo. Y los señores, claro, pero a esas horas no se dejaban de ver todavía, y menos por allí. Me medio asomé a la puerta del alpendre, por si a caso, y al no ver a nadie, ya fui directo a las cuadras, que quedan justo enfrente a través del patio. Dios me perdone. Dios en su Santo Juicio. Primero le vi al que estaba tirado en el suelo, que era el señor, y lo supe por las ropas y las botas, porque la cabeza no estaba, era una laguna de sangre. Después le vi al chico. Pensé que también era cadáver, de la paliza que tenía encima, arrimao y encogío contra la pared, pero me acerqué y le oí quejarse,para qué voy a mentir ya, estaba más para allá que para acá, y fue cuando me fijé en la escopeta. La tenía entre las manos el chico. Y no hubo más que entender. La agarré, la limpié con un trapo que vi, y se la coloqué al señor sobre el pecho. Luego cogí al chico en brazos, estaba muy mal, estaba muy roto, ya no se movía siquiera, pero yo le llamaba y me pareció que se quejaba bajito. No sabía qué hacer, yo daba voces, pero allí no había nadie, sólo estaba yo. Le llevé hasta la casa guardesa, como la llamaban entonces, donde vivíamos. La Elisa empezó a los gritos de que el chico estaba muerto, y yo que no la podía explicar, le llevemos al cuarto y al acostarlo se quejó, es que estaba muy mal. Para qué voy a callar yo eso ya. Y la Elisa me preguntó por la Sra. Aurora. Que dónde estaba la Sra. Aurora. Que había que llamar al Dr. Salinas y al cuartel. Y salí corriendo hacia la casa grande, porque sólo allí había teléfono, y ya al entrar la vi a la Sra. Aurora, a los pies de la escalera, bocabajo, y con la cabeza descolocada de para el lao, no había nada que hacer por ella. Llamé a Salinas, que llegó crujiendo rueda, y le expliqué el percal. Vio lo de la cuadra, y no me preguntó nada, yo tampoco le expliqué, y ya quiso ver al chico. Elisa se fue con él en el coche, Salinas le envolvió al chico la cabeza en una toalla, que había que llevarlo al hospital, que estaba muy mal, que eso ya lo sabía yo y me dijo de llamar al Sr. Carlos y que él ya había dado parte al cuartel. Y allá se fue crujiendo rueda otra vez, con la Elisa con el chico en brazos y la toalla que no llegaba a nada. Ya no importa. Para qué?. Y se armó la de Dios es Cristo. Con la nacional y los del cuartel. Como pollos sin cabeza. Con perdón. El Sr. Carlos llegó aún estando los dos de cuerpo presente, porque no sabían a dónde llevarlos. Primero quiso ver a la Sra. Aurora. Eramos todos hombres, pero nos llegó verle meterla con sus propias manos en el ataúd que habían traido, le colocó el pelo y las manos, y le oímos rezar bajito por el alma de la Sra. Aurora, y yo le acompañé para mi. Porque aquello imponía. Pero él era muy entero. Después le enseñé la cuadra, él se agachó junto al cuerpo y miró varias veces hacia la pared donde le dije que había encontrado al chico. Se incorporó y nos miramos. Y ya nos lo dijimos todo. Sin decir nada. Cuando entró el teniente Castillo, el Sr. Carlos le dijo que a su modo de ver era un caso claro de suicidio, su cuñado había tirado por las escaleras a su hermana y golpeado casi hasta la muerte a su propio hijo, para después descerrajarse un tiro en la cabeza,y se lo explicó con tal feaciencia, que el Castillo no pudo más que asentir. Además, no le iba a llevar la contraria al Sr. Carlos. Que era coronel. No rezamos por el Sr. No sé quién lo metió en el ataud. Ni cuándo lo enterraron. El chico estuvo más allá que acá bastante tiempo, que si se iba a quedar ciego, que si después no, que si sólo de un ojo, que si no iba a andar, pero salió adelante. El Sr. Carlos se hizo cargo de él. Y de nosotros. Qué íbamos a hacer nosotros allí?. Entonces nos facilitó la casa de los Robledo, muy buena gente. Y el chico? Es un hombre de bien, y sólo tengo que pedir por esta boca. Los jueves no falta. Nunca hablamos de aquello. No sé por qué me acuerdo ahora. Quizás sea porque hoy no se mueve el aire.

La Junta

Anne H. Hola a tod@s. Como sabéis varios niñ@s cumplen años en la misma semana y querríamos hacer una celebración conjunta. Debido a las restricciones actuales tenemos que calcular cuántos adultos y cuántos menores podrían asistir. Muchas Gracias por vuestra colaboración! Bienvenidos a La Junta!

Sylvia T. Con ese nombre podemos planear un golpe de estado.

Silke B. A mi me interesa saber el Dónde y el Cuándo.

Frank S. Dime cuándo, cuándo, cuándo…. 🙂

Sven H. Hay que saber el número de adultos. Los menores no cuentan.

Anne H. Yo puse otra cosa. El corrector la anuló. Ahora queda así.

Beate S. Me parece muy mal que los niños ahora no hagan cuentas y se anulen las correcciones. La tabla mínimo.

Oswald B. Si hay que cortar tableros, tengo sierra nueva.

Mareike B. Mi jardín es la selva birmana, pero es grande.

Silke B. La tabla del ocho es inútil

Sven H. Teniendo en cuenta que debemos guardar una distancia mínima de metro y medio entre uno y otro, lo mejor es celebrarlo formando un amplio círculo cerrado.

Frank S. La más fácil es la del 5

Anne H Círculos concéntricos, alternando adultos y menores, alrededor del fuego

Sylvia T Y dónde irían las ocho tablas?

Frank S AYEAH AYEAH AYEAH FUEGO!

Silke B No se puede cantar, tampoco bailar o sudar a corta distancia

Beate S Veo precipitado que ya empiecen con trigonometría…

Sven H No hay campos de trigo cerca

Sylvia T Lo mejor es llevar las cosas en tuppers

Mareike B Si corto la hierba cabemos todos…

Frank B Todos quietos parados 🙂

Oswald B Con tableros sería un cuadrado

Beate S Qué cuadro tienen que pintar?

Sven H Lo mejor es ir al bosque con una guitarra, bocadillos, galletas surtidas y Fanta

Sylvia T Fanta Limón for ever

Beate S Con fiebre se anula el plan

Anne H No es una guitarra, es un ukelele Sven H. No olvidéis las mascarillas!

Silke B Yo llevo patatas fritas

Mareike B A veces nos visitan ciervos…

Oswald B Una tabla llega

Frank B Alexa también se viene

Beate S Todas las tablas son importantes

Training

  • Hei
  • Hi
  • Qué pasa?
  • Ya ves, por aquí…
  • A dónde vas?
  • Voy a comprar pasas…
  • Pasas?
  • Mi madre, que quiere hacer un postre y no tiene…
  • Tan lejos vas?
  • Es que quiere las de un sitio en concreto, ya sabes…y tú?
  • A entrenar..
  • Sigues en Rugby?
  • Sí…y tu nadando, no?
  • Yo a lo mío, en mi elemento…
  • Todo bien?..
  • Sí…por?
  • Te noto un poco down…tienes stress por algo?
  • No, yo no….es por mi hermano..
  • Tu hermano? Qué le pasa?…
  • Quiere cambiarse de nombre…y la bronca que se trae con mis viejos no tiene nombre, Marlis ya me ha dado asilo político…
  • En serio? Cómo quiere llamarse entonces?
  • 1314
  • Mil trescientos catorce? Qué pasó en esa fecha para que…
  • No..13 14, 13 14 como la banda callejera de Los Angeles, „Los 13-14“..
  • Y eso por qué?
  • Ni idea, tío, llegó un día y dijo que quería llamarse así…de repente…es que ni siquiera ha estado nunca en Los Angeles, sabes?…
  • Ni es chicano…
  • Tampoco…mi madre dice que le ha debido dar algo en la cabeza, y que se manifiesta así…
  • Puede ser…
  • Ya…
  • Cómo se llama tu hermano?
  • GuillermoAlejandro
  • Ah, como el Rey…
  • Qué Rey?
  • El Rey de Holanda, se llama así…
  • Ni idea…no, por mis dos abuelos, uno Guillermo y el otro Alejandro…
  • Ya…13 14, buah…
  • Mi hermana dice que entonces yo sería 15 16 y ella 17 18….se trae una coña, pero a mis viejos no les hace puta gracia…
  • Supongo que en el Registro ya no le dejarán…
  • Qué Registro?
  • El Registro Civil…
  • Ah…pues no sé, con lo terco que es…
  • A qué huele?
  • Qué?…ah, es una que está ahí detrás…yo pensé que alguien había derramado zumo de manzana o algo, pero no…
  • Manzanas no…es como a Whisky con Fanta…
  • Dirás Cola..
  • No, por eso, con Fanta…una cosa así…
  • Ah…me bajo aquí? Vienes?
  • Vale, tengo tiempo de sobra…
  • Vas a ir a lo de Basti?
  • Todavía no lo sé, tú?
  • Supongo que sí….por hacer algo..
  • Matar el tiempo…
  • A quién?
  • Pasar el rato, digo..
  • Ya..

Sideral

…..y en otro orden de cosas, la Agencia Espacial ha anunciado a través de un comunicado que el satélite K327Bdx8, por causas que todavía se desconocen, se ha desviado de su ruta, lo que podría causar algún problema en el ámbito de las predicciones meteorológicas. La Agencia Espacial espera solventar el imprevisto con la mayor brevedad posible….Senderismo: Con o sin bastones de Nordic Walking? He aquí la pregunta, tenemos para contestarla a Paco Fernández, hola Paco….“

Cami apagó la radio y metió la taza y el plato del desayuno en el lavavajillas. Lo suyo no era el senderismo. La última vez que lo había intentado, habían ido a aquel lugar ignoto. El mapa se lo llevó el río, Luisa se torció un tobillo, perdieron a Miguel, que más tarde había tenido que regresar a dedo desde Guadalajara sin saber muy bien cómo había ido a parar allí, Juana rompió con Luís, Magda pensó seriamente en asesinar a Ginés y esconderlo en la espesura, y después se pasó mucho tiempo en el psicólogo, y ella había saltado sobre un charco que había en una roca en lo alto, y resultó ser un agujero tan hondo como los siglos que tenía la roca. Lo único bueno es que había aprendido que no importa lo hondo que caiga uno, siempre se vuelve a la superficie. Sólo hay que seguir la luz. A la luz y a Ripoll, el guarda forestal que los sacó de allí. Ripoll. Ella seguía llamándole así, por el apellido, si bien su nombre era Jorge. Él cuando la quería hacer rabiar la llamaba Weissmüller. Entre campo y ciudad habían encontrado un término medio de armoniosa convivencia. Él con sus bosques y ella con las cosas de la Gestoría. Las cosas de la Gestoría, antes de que le diese tiempo a pensar en ellas, le llegó una notificación al móvil. Tenía un nuevo seguidor en Instagram. Con este ya tenía treinta y siete, tampoco es que hiciese mucho caso a las redes, a decir verdad la mayoría de la gente que la seguía eran amigos y un par de familiares, y ella a su vez les seguía a ellos y a otros cientos de personas que no conocía de nada, pero que hacían cosas interesantes. O al menos eso es lo que le parecía a ella. Era como ir al cine diez minutos. Siempre había algo interesante que ver. Su nuevo seguidor tenía un nombre raro. Eria Wabee. La foto de perfil era algo que parecía un paisaje en tonos lilas con burbujas de colores, deslizó el dedo por la pantalla para ver el resto de fotografías, paisajes en gamas de colores increibles, amaneceres y anocheceres, burbujas de jabón flotando en niebla azul. Cómo conseguía la gente hacer semejantes fotos, la última suya había sido de sus cactus, eso sí, con un filtro que le había dado un color verde casi eléctrico. A Eria Wabee no la seguía nadie, ni ella seguía a persona alguna, sólo a Cami, quien se encogió de hombros, y aceptó la solicitud de amistad ; siempre había una primera vez para todo el mundo y suponía que los que ahora tenían millones de seguidores en algún momento sólo habían tenido uno. Dejó el móvil sobre la mesa, y decidió comenzar con la labor de doblar la ropa, no era mucha, así que no iba a cansarse demasiado de estar de pie.

Estaba decidiendo si separar en dos montones las camisetas blancas de las con motivos de colores, cuando recibió otra notificación en el movil. Eria Wabee le había enviado un mensaje privado.

„Todo se ilumina!“

Cami se dirigió a la ventana, y miró hacia el cielo, ni gris ni azul ni todo lo contrario, también se cercioró de que la luz del foco de fuera estaba apagada, ya que ultimamente se encendía sin motivo aparente. Se encogió de hombros, le envió a Eria Wabee un emoticono con corazones en los ojos, y regresó a su labor de doblar ropa.

„ Las lunas rotan y los soles filtran la niebla! Tu asciendes?“

Cami leyó el nuevo mensaje y dibujó un gesto de confuso escepticismo. Había mucha gente rara en las redes, no ya con problemas mentales, que suponía que eso también, pero rara había más. A lo mejor Eria Wabee era una combinación de ambas cosas. O simplemente estaba utilizando el traductor de Google con autocorrector, y ella había querido escribir otra cosa. Ella. Suponiendo que era „ella“. Suspiró. No la iba a bloquear, tampoco había que ser tan borde, todo el mundo tiene derecho a expresarse y dar su opinión sobre las cosas. Ea. Todo dentro del respeto. Sólo te falta un púlpito, Cami. No, lo que me falta es hacer pis. Otra vez. A lo mejor le compensaba quedarse ya sentada en el vater todo el día. Le dio la risa. Que si asciendo, dice. Pues a lo mejor.

„Hoy pizza y Netflix. Mantita ya no hace falta 🙂 „

Y le añadió un par de emoticonos con fuegos artificiales, antes de sentarse a hacer pis.

Antes de volver a doblar ropa, fue a la cocina a buscar un yogur bebible de limón. Los había descubierto hacía poco, y era lo único que le quitaba la sed. Un estante de la nevera estaba habilitado ahora sólo para esos yogures, de limón, bebibles, en botellas de diferentes tamaños pero del mismo color. Amarillo chillón. No confundir con el amarillo plátano. Plátanos. Sólo pensar en ellos se ponía mala. Lo suyo ahora eran los limones. En yogur.

„Ascender es sublime cuando todo se comunican“

Cami leyó el nuevo mensaje de Eria Wabee mientras tomaba un trago largo del yogur. Luego dejó la botella sobre la mesa.

„Estoy contigo!Hablando se entiende la gente!“.Le contestó. Muy manido pero no dejaba de ser verdad. Le añadió un emoticono que hacía el símbolo de la paz con los dedos. Porque supuso que a eso se refería. Estaba empezando a entender a Wabee. Se acordó de cuando Manuela y ella habían asistido a una manifestación por la Paz. En general. No para que reinara otra vez la Paz en algún lugar en concreto, ni en contra de un determinado conflicto bélico. Por la Paz, simple y llanamente. Manuela había llevado una bandera blanca, porque, según le había explicado, qué mejor símbolo de entrega y ánimo de dialogo había que una bandera blanca, que significaba lo mismo en todas las culturas. Ella no había llevado nada. Habían coreado el „Let´s give peace a chance“, también „Libre“. Como el sol cuando amanece eran libres. Hasta que, nunca supo porqué, Manuela y ella se vieron en el medio de un campo de batalla en el que la bandera blanca que portaban no significaba nada a nadie. Tampoco al que había dirigido contra ellas el chorro de agua desde una especie de tanqueta. Nadie se hace una idea de la potencia a la que salen esos chorros, ni ellas tampoco hasta aquel momento. Ella había sentido la misma impresión de cuando, de niña, se la había tragado una ola. Manuela, al parecer, había salido despedida y alcanzado cuan proyectil humano a Benito Cáceres, caballero legionario con el grado de teniente, quien, en su día libre, también había decidido alzar la voz por la Paz. En general. No por una razón en concreto. Se habían salvado mutuamente de ahogarse. Aún estando a cientos de kilómetros de cualquier mar. O río. Manuela le llama San Benito. Él a ella Marimanuela. Lo que la Paz ha unido, que no lo separen los hombres. Ni la mujeres, pensó ella. Habría que cambiar eso. Observó la ropa doblada en perfectas torres y sonrió satisfecha. Un detalle sin importancia para la humanidad, un hito para Cami.

„Las lunas y los soles iluminan los globos. Todo se ilumina!Todo se ilumina!“

Cami se dirigió otra vez a la ventana. Todo seguía igual. A lo mejor más tarde aún llovia. El foco de fuera seguía apagado. Wabee le envió una foto. Burbujas multicolor contra un fondo lila y azul de lo que parecía un paisaje montañoso. Dónde conseguía esa gente esos filtros?. Le contestó con un muñequito sorprendido. Y un corazón. Wabee le contestó con un efecto sonoro, como el que hacen muchas burbujas de jabón al explotar. Cami abrió mucho los ojos y rio. Ella también quería eso. Deslizó su dedo sobre la contestación y pulsó la opción de guardar. A lo mejor tenía suerte y era así. Las lunas y los soles. Estaba preguntándose qué cielo veía Wabee, cuando la puerta de la calle se abrió y entró Ripoll.

  • Todo se ilumina!- Exclamó Cami al verle, Ripoll levantó la cejas sorprendido y se volvió a medias a mirar el foco de fuera.
  • En serio? Otra vez? Pues debe ser el fusible…- Musitó, Cami iba a explicarle de dónde había sacado esa forma de saludo, pero no dijo nada.
  • Ripoll…una cosa..
  • Dime…
  • Sólo hay una luna, verdad?
  • Sí, sólo una..
  • Y un sol…sólo uno..
  • Cami, te pasa algo?
  • A mí, no, por?
  • No tendrás el síndrome de la Vena Cava..
  • El qué?
  • El peso comprime la vena cava inferior…y provoca falta de riego…a ver, cómo se llama tu madre?- Cami le miró realmente sorprendida.
  • Lupe..pero de qué peso hablas?- Ripoll arqueó una ceja y la señaló con un dedo en silencio, Cami bajó la mirada entonces y se topó con el globo aerostático en el que se había convertido su abdómen en los últimos días, ya no se veía los pies. Se llevó las manos a la boca, y rio con ganas.
  • Dos por cuatro?- Preguntó Ripoll, por si a caso.
  • Ocho…- Y volvió a reir.
  • Pues nada, ponte los zapatos y vamos a caminar que sólo me falta que te desmemories…
  • Zapatos? Dirás chanclas…
  • Lo que sea, damos una vuelta a la manzana y listo..- Decidió mientras le alcanzaba unas Crocks de él, único zapato en el que ahora le cabían los pies a Cami.
  • Todo se ilumina!- Rio ella al ponérselas.
  • Pues será el fusible…

„…...La Agencia Espacial acaba de notificar que el satélite K327Bdx8, que como ya vinimos informando, por razones que todavía se desconocen,se había desviado de su ruta, causando con ello problemas con la telefonía móvil, ha podido ser restituido a su órbita original. La Agencia Espacial se disculpa por lo problemas que haya podido causar. El Juego de las Tabas. Quién no ha jugado alguna vez a las Tabas?, aquí conmigo en el estudio tengo a Renata Paniagua, Campeona Regional de Tabas…“

Eria Wabee se acomodó en su burbuja azul y se dejó llevar por la ligera brisa hasta lo alto de la Cumbre Oval, donde ya se encontraban sus amigos, cada uno sentado en su burbuja. Las dos lunas giraban alrededor de los tres soles, en una danza llena de luz y colores de insuperable belleza. Wabee creó una pantalla ante si, y se llenó de alegría al ver de nuevo a su nueva amiga, que ahora parecía desplazarse con alguien hacia algún lugar. Había calculado la distancia hasta su planeta. Sólo diez años luz. Una excursión.Todo se ilumina, pensó. Y las lunas, comenzaron a cantar.

El Tanque

La tormenta de nieve le había venido de perlas. Gorro de lana calado, gafas de snowboard, chal tapando el resto del rostro y un amplio abrigo plumífero negro hasta la media pierna, nadie le reconocería. Tampoco su coche. Se había hecho con un Todoterreno de lunas tintadas, como tantos otros que circulaban por la zona, y alquilado un apartamento de vacaciones a tres pueblos de distancia. En realidad no era un apartamento, sino una pequeña vivienda anexa a la casa de un joven matrimonio con niños pequeños, que se había alegrado mucho de poder alquilarla en temporada baja. Todo contacto había sido online y el apartamento tenía entrada independiente.Las llaves las encontró dentro de la caja con código dígital junto a la puerta.Había hecho los trámites a nombre de una de las dos únicas personas que sabían que estaba allí. Era algo que quería hacer él, no podía delegar en otros. Esta vez no.

Llegó el jueves a media mañana, entre bocanadas de ventisca y cortinas de nieve. Tal como lo recordaba. Había guardado las pocas cosas que había traído en el armario, y llenado la nevera y las alacenas de la pequeña cocina americana con la compra que había hecho de camino.

Esperó a que amainase un poco la nevada tomando café. Una de las cosas que le habían hecho decidirse por ese apartamento en contra de otros similares, había sido la especificación de la presencia de una cafetera automática del mismo modelo que tenía él. No era la más cara, tampoco la más bonita. Pero hacía buen café. Esta vez largo con una nube de espuma. Su vicio confesable.

Volvió a disfrazarse antes de salir.

Si bien todo el paisaje estaba cubierto por un manto blanco de nieve, apreció lo mucho que habían crecido las poblaciones por las que tuvo que pasar hasta llegar a su pueblo. Su pueblo. A él no le gustaba llamarlo así, pero la verdad era que gracias a él estaba en el mapa. El cartel que anunciaba el comienzo de los límites de la población, ahora era de metal, y más grande. También aquí había más casas, otros negocios. Una rotonda. Giró hacia donde entonces estaban los caminos de acceso al bosque, el trecho de carretera era nuevo y a ambos lados había casas de reciente construcción. El acceso al bosque, sin embargo, seguía allí. Aparcó el coche junto a otros dos en una pequeña explanada y se internó en el bosque.

  • Hola Rosa, soy yo..cómo estás?
  • Hola, bien..gracias..
  • El jueves estaré ahí..
  • Nos encantará verte, pero la prensa y la gente…
  • Lo sé…
  • Cuando vengas entra por el bosque, ya hacen guardia en la puerta…
  • Lo haré…

Una vez había conocido aquel bosque como la palma de su mano, ahora el camino estaba mejor pavimentado e incluso habían puesto flechas indicativas para las distintas rutas de senderismo que se podían seguir desde aquel punto. Pero él no siguió mucho rato el camino, lo abandonó hacia un sendero que se perdía entre los árboles, invisible bajo la tupida capa de nieve y ramas caidas. El sendero de Hoffmann. Sonrió bajo el chal. No había flecha indicativa. Sólo él lo llamaba así. Era el sendero que llevaba al acceso a la parte de atrás de la casa de los Hoffmann.

Había conocido a Hoffmann un viernes. Se acordaba porque era el día en que el Sr.Lindner devolvía los exámenes o trabajos corregidos para que los firmaran los padres. Aquel viernes les había devuelto una redacción que habían tenido que hacer en la asignatura de Lengua, sobre el tema „ Las Estaciones del Año“, y él había suspendido. Las dos hojas apenas tenían correcciones, pero el Sr. Lindner había escrito en rojo „Suspenso“al bies justo junto a su nombre. Él, al acabar el colegio, se había sentado en un escalón de las escaleras que llevaban al gimnásio y,tras leer una y otra vez su redacción, no había entendido el porqué de aquel suspenso, y desahogó su impotencia en un silencioso llanto. Una voz a su lado le había hecho borrarse las lágrimas con el brazo e incorporarse. La voz pertenecía a un hombre alto, de pelo corto castaño entrecano y gafas de pasta , que le observaba preocupado y le preguntó qué le ocurría. Él le mostró la redacción y le explicó que estaba triste porque no entendía qué había hecho mal. El hombre se había ajustado las gafas de pasta y había leído con atención las dos hojas, después carraspeó, miró un instante hacia el techo, suspiró y regresó a él con la más amable de sus sonrisas. Le preguntó su nombre, y él mismo se había presentado como Klaus Hoffmann. Le pidió entonces que le acompañase un momento a la sala de profesores, y, juntos, habían cruzado el patio. Aquella había sido la primera vez que había visto la Sala de Profesores por dentro, mesas, sillas, aparadores con libros, y el Sr. Lindner fumando mientras leía el periódico. Hoffmann se había acercado a él, y le había pedido que le explicase qué exactamente estaba mal en aquella redacción, y el Sr. Linder le había dicho que no sabía a qué se refería, y Hoffmann le había dicho al Sr. Lindner que era demasiado joven para padecer demencia y que si no se acordaba de los trabajos que había corregido en aquella misma habitación a primera hora de la mañana debería consultar un neurólogo, y al Sr. Lindner se le había caido el cigarrillo, y se había incorporado para decir algo pero sólo se topó con la redacción ante sus narices. Hoffmann había repetido otra vez su pregunta, como si no la hubiese hecho antes, y el Sr. Lindner había dicho que seguramente se había confundido, y el Sr. Hoffmann le había dicho que entonces borrase el „Suspenso“y pusiese en su lugar „Sobresaliente“, porque eso era exactamente lo que merecía, y el Sr. Lindner había querido decir algo, pero el Sr. Hoffmann le entregó un bolígrafo rojo que sacó de su cartera, y el Sr. Lindner había borrado el „Suspenso“y escrito „Sobresaliente“al lado. Después, el Sr. Hoffmann se había reunido con él, que se había quedado junto a la puerta, le había entregado la redacción y antes de salir de la Sala le había aconsejado al Sr. Lindner que, quizás, al que debería visitar era un oculista. No habían esperado a ver la reacción del Sr. Lindner, y, juntos, habían abandonado el colegio. Él le había dado las gracias, porque aquel era el primer sobresaliente de su vida, y Hoffmann le había dicho que a partir de aquel momento él querría ver todos los trabajos que recibiese corregidos, antes de que se los llevase a casa para ser firmados, y él estuvo de acuerdo.

Esa misma tarde su padre y él habían llevado una cesta repleta de huevos a casa de los Hoffmann. Habían recorrido ese mismo sendero.

Le abrió la puerta Sigmund, el hijo mayor de Hoffmann, y los dos se unieron en un fraternal y sentido abrazo. Ya dentro se reunió con el resto de la familia Hoffmann, que él consideraba también era la suya, compuesta, además de por Sigmund, por su esposa y dos hijas, su hermana Fabiola con su marido y un hijo , y Rosa, la ahora viuda, quien no pudo evitar emocionarse al verle. Compartieron café y una de las innumerables tartas, que, entre otros dulces y viandas de todo tipo, las visitas habian ido trayendo consigo desde el comienzo del duelo. La familia había dicho que necesitaba descansar antes del que ya suponían sería un azaroso fin de semana, y pudieron hablar con calma. De lo rápido que había sido todo, de cómo la enfermedad se lo había llevado en seis meses, sin que nada hiciera efecto para evitarlo, él había podido verle por última vez en el hospital, cuando nada presagiaba aún el abrupto final, y con eso se quedaba. Al menos. Rosa le dijo que entendería si no quisiese asistir al funeral, los periodistas ya habían tomado posiciones delante del lugar donde se celebraría, y alguno, incluso, le había preguntado a Sigmund para cuándo esperaban su presencia, el pueblo era un hervidero de comentarios y cada movimiento de la familia era vigilado con lupa, por si con él le delataran. Él les aseguró que ellos no le verían, pero que él estaría presente, evitando a toda costa, que, su presencia, convirtiese aquel momento en un Disneylandia de tumultos, fotos y curiosos. No habían podido evitar reirse con Disneylandia. Pero así era como denominaba él lo que provocaba su presencia en cualquier lugar. No dilató mucho la visita. Sigmund y él quedaron en llamarse para tratar el asunto que tenían entre manos, y se fue.

Antes de regresar al apartamento, decidió dar una vuelta por las calles del pueblo con el coche. Todo seguía prácticamente igual. Ahora había un semáforo. Un autobús de linea. El ayuntamiento estaba pintado de blanco, el colegio de azul con ventanas amarillas, los mismos negocios, supuso que la misma gente. El Aldi. Ahora era más grande, y tenía un enorme aparcamiento por el que ahora pululaba gente con carros de compra. Se acordó de Helmut Wilhelms y de cómo animaba a los otros a reirse de él porque la ropa que llevaba era de Aldi, pero él no se había dado por aludido,ya que nunca había pasado frío ni llevado los pies mojados y duraba mucho. Y porque creces más rápido que las coliflores, le decía entonces siempre su madre . De hecho aún le compraba ropa interior allí, sonrió, eso era algo que nunca iba a cambiar. Se preguntó que haría ahora Wilhelms. El hijo del director de Caja de Ahorros. Capitán del equipo de voleyball. Porque en su pueblo entonces todo se hacía en aras del voleyball, ya que era el deporte favorito del único alcalde que había tenido el pueblo desde que alguien había decidido que los pueblos como ese tenían que tener alcalde. Al suyo le gustaba el voleyball. Y todos tenían que practicar ese deporte, incluso construyó un pabellón. Todos menos él. A él le gustaba jugar al fútbol. Aquellos que, como él, tampoco disfrutaban jugando al voley, jugaban en un campo, no muy lejos de ese mismo Aldi. Cuatro piedras como portería, las mochilas como corner, y ya tenían partido. Dominar la pelota, hacerla una con sus pies y llevarla a entrar en la portería le regalaba una paz indescriptible. Su forma de aislarse del mundo. Pasó por delante del campo. Ahora había un taller mecánico y de limpieza de coches. Suspiró, y regresó conduciendo sin prisa al apartamento. Se preparó un plato de pasta con tomate de cena, y se quedó dormido viendo un reportaje sobre las rutas de las ballenas.

A la mañana siguiente se despertó temprano, realizó su tabla de gimnásia diaria que no era otra cosa que una mezcla personalizada de estiramientos de Pilates, yoga y ballet, y tras la ducha, decidió regresar al pueblo, para, esta vez, recorrrerlo a pie de incógnito, parapetado tras las desmesuradas gafas de snowboard, deporte que, por otra parte, no practicaba, y enmomiado en el chal. Tenía curiosidad por ver si realmente todo seguía igual.

Aparcó el coche otra vez en la explanada de la entrada del bosque, y se dirigió caminando sin prisa a lo que podía considerarse el centro del pueblo, al concentrarse allí todos los negocios esenciales.Comenzó a nevar de nuevo. Las aceras estaban libres de nieve, que se acumulaba formando pequeños icebergs a los lados, y alguien se había ocupado ya de echar sal. Su primera parada fue la panadería. Mismo local,misma campanita anunciando clientes, mismos expositores. Ahora servían también café. Le pareció más pequeña, además de él sólo había dos clientes más y parecían multitud. Nadie se extrañó de su aspecto, los otros dos también parecían momias. Del obrador salió un hombre joven, con camiseta blanca y pantalones de faena, portando una fuente de horno con bollitos de mantequilla recién hechos, cuyo delicioso olor invadió de pronto el espacio y provocó comentarios al respecto por parte de los otros dos clientes, él prefirió continuar en silencio. Aquel olor le transportó a aquel mismo lugar, en otro tiempo, cuando aquel hombre que ahora mostraba orgulloso la bandeja de bollos, hacía pandilla con Wilhelms y se consideraba parte integrante de una élite para la que él no era más que lo más parecido a un cero a la izquierda, fácilmente descartable. Al que ofrecer los panecillos del día anterior, por estar a más de la mitad de precio, delante de la clientela, o ignorar a la hora de preguntar quién da la vez. Recorrió las paredes con la mirada, y descubrió una foto, ampliada y enmarcada, de él mismo con el padre de ese hombre, dedicada y firmada. Se alegró de no acordarse de esas cosas. Una voz de mujer le sacó de sus pensamientos. Una chica joven, con mandilón azul cielo, le preguntaba sin demasiado interés qué deseaba. Por un momento pensó en no querer nada, e irse. Pero después lo pensó mejor, y le dijo su deseo. Toda la bandeja de panecillos de mantequilla. En caja, y una bolsa, a poder ser. Y un café con leche,para llevar, por favor. La chica abrió mucho los ojos, parpadeó varias veces y después desapareció en el obrador para regresar con una caja para tartas, en la que fue depositando todos los bollitos desde la bandeja con la ayuda de una pinza. Cuando hubo terminado, introdujo la caja en una bolsa , le preparó el café con leche,y le dijo el importe tras teclear unas cuantas veces en la caja. Él le pagó y se marchó tras desearle un buen día, sin esperar a su respuesta. Definitivamente eran demasiados bollitos para él solo. Algo se le ocurriría. Por lo de pronto abrió la caja y se contentó con saborear uno. Seguía nevando, pero no tan copiosamente, casi a cámara lenta.

Recorrió la calle mientras comía el primero de lo que después fueron cuatro bollitos, alternándolos con sorbos del café con leche y observando los cambios que pudiera haber. Alguien había abierto una floristería, antes había que ir cuatro pueblos más lejos; la oficina de correos ocupaba ahora dos bajos, un negocio de Doner-Kebap todavía cerrado a esas horas, una tienda de prensa, tabaco, lotería y papelería, cruzó la calle, si bien solía leer los periódicos online, podía comprar un par de ediciones impresas para leer qué contaban de él que él no supiese. La tienda estaba tan iluminada que le pareció entrar en una nueva dimensión, otros cuatro clientes esperaban a ser atendidos, así que aprovechó para escoger con calma entre los periódicos y revistas que había en los expositores. Para lo poco que hablaba él con la prensa, daba para bastantes titulares. Se dedició por una revista y dos periódicos, y se dirigió al mostrador. Sólo había una clienta antes que él, que se quejaba sobre la humedad, la oscuridad, la nieve y su reuma, ante la paciente mirada de la empleada. De la trastienda salió entonces un hombre, que le invitó a pasar por su caja, y él aceptó gustoso. Fue al dejar lo que quería comprar sobre el mostrador cuando reparó en quién le estaba atendiendo. Helmut Wilhelms. Casi soltó una carcajada, pero pudo contenerse a tiempo. Wilhelms le miraba tratando de descubrir algo tras las enormes gafas y el chal, mientras pasaba las revistas por el scanner. En algún momento Wilhelms había dejado de crecer a lo alto y había comenzado a crecer a lo ancho, también había perdido su mata de pelo, y lucía una brillante calva, además de gafas, tras las que sus ojos castaños trataban de desenmascarar a quel nuevo cliente. Según parece aún viene más nieve el fin de semana. Él asintió con la cabeza, mientras buscaba el importe entre las monedas que llevaba en el bolsillo. Es lo ideal para el Snowboard. Él le miró, en serio, Helmut? Pensó, y volvió a asentir antes de darle las monedas exactas con sus manos enguantadas. Wilhelms las guardó en la caja. Bolsa? Tenemos de tela con nuestro emblema, por sólo un euro. En su cabeza se imaginó subiéndose las gafas y contestándole que no quería nada de ese puto pueblo, ni siquiera su puto emblema, Helmut, y poniéndolsela de sombrero. Pero después pensó en Saulé, que coleccionaba ese tipo de bolsas y a la que a lo mejor, le haría ilusión tal cosa. Y asintió en silencio, al tiempo que ponía un euro sobre el mostrador. Hay un mirador, a tres kilómetros bajando por la carretera, ideal para selfies sobre todo ahora con este paisaje nevado. De repente sintió que no tenía nada que decirle a Helmut Wilhelms. Absolutamente. Se quedaron quietos en silencio unos segundos, uno frente a otro, el uno detrás de sus gafas de snowboard, el otro tras las suyas de miopía y astigmatismo. Sólo pudo volver a asentir, y se despidió con un gesto de la mano antes de abandonar la tienda. Helmut Wilhelms, el todopoderoso, entonces el más alto, el de la ropa de marca, el mejor en volley, el que hiciera lo que hiciera siempre sacaba el diez en todo, especialista en hacerle entonces la vida imposible,llamado a ser, como mínimo, sucesor de su padre en el banco, o en todo caso director del Banco Mundial. Tanto ensañamiento y tesón, para esto. Ya fuera, por fin, pudo soltar la carcajada. A su Saulé le iba a encantar la bolsa.

Continuó con su paseo, riéndose cada vez que se acordaba de la expresión ofuscada de Wilhelms tratando de ver un rostro a través de la mampara de espejo. Una risas infantiles le hicieron mirar hacia el fondo de la calle, donde dos niños jugaban a tirarse uno a otro bolas de nieve y golpear una mochila contra otra imitando lo que ellos suponían era el ruido que hacen dos superhéroes al chocar las armaduras. Los niños torcieron en una bocacalle y él los siguió, seguramente se dirigían al colegio. El colegio. A él siempre le había gustado ir al colegio. Su camino hasta llegar a él era distinto al de aquellos niños, ya que entonces su casa quedaba a las afueras del pueblo, y tenía que caminar mucho hasta llegar, pero nunca le había importado ya que desde el primer día se reunía al llegar a las primeras casas con otros que también hacían la misma ruta. Y las mochilas también eran armaduras, o alas de aviones, o cohetes espaciales.

Alguien había decidido en algún momento pintar el colegio de azul y sus ventanas de amarillo. Cuando él lo visitaba era un triste edificio gris cemento con ventanas de madera. Observó cómo los niñ@s iban accediendo al recinto, entre juegos, risas, llamándose unos a otros, y haciendo todas las cosas que hacen los niñ@s antes de entrar al colegio. Y él también volvió. Al último año, antes de tener que cambiar de escuela. Como habían acordado, él le había ido mostrando todos los exámenes a Hoffmann antes de llevarlos a casa para ser firmados por sus padres, y Hoffmann había tenido que ir todas las veces a protestar la nota al Sr. Lindner quién en más de una ocasión le había preguntado si no le resultaba realmente cansado tomarse la molestia y Hoffmann le había contestado que la única manera de que cejase en su empeño sería que el Sr. Lindner le matase, y que sólo entonces dejaría de tomarse la molestia, y el Sr. Lindner se había atragantado con su té, pero finalmante cambió de mala gana la mala nota que lustraba su examen por un aprobado, y Hoffmann le había acompañado a él a casa. El problema llegó en enero, después de los exámenes de reválida, cuando el Sr. Lindner le entregó los papeles,ya cubiertos, firmados y cuñados, que le obligaban a matricularse en una escuela para niños con necesidades especiales. Cuando Hoffmann los leyó, se limitó a, como era su costumbre, mirar hacia el cielo y suspirar, después le había dicho que les dijese a sus padres que esa misma tarde a las cinco pasaría a buscarles para tratar el asunto.

Papá decidió que él no iría, que él no era de esas cosas, que lo mejor era que fuera mamá con el Sr. Hoffmann y que luego les contara lo que había pasado. Mamá se había puesto la blusa beis de cuello bordado que usaba sólo para ir a alguna celebración, la falda marrón y los zapatos salón negros de los entierros, también se había puesto las hebillas bonitas en el pelo y, aferrada a su bolso bueno, se había despedido de ellos sin saber qué hacer con las manos para después salir de la casa y subirse al coche del Sr.Hoffmann. Después les contó que la directora del colegio,la Sra. Schmidt, y el tutor, el Sr. Lindner, les esperaban ya en el despacho. Que el Sr. Hoffmann según se sentó a la mesa frente a ellos, comenzó a hablar sin darles tiempo ni a abrir la boca, señalándoles con el dedo a ambos y después los informes que había sobre la mesa, que el Sr. Lindner quiso incorporarse y el Sr. Hoffmann le había había hecho volver a sentar con un puñetazo a la mesa que había hecho temblar los vasos, y aún dio dos más, y les había dicho, entre otras muchas cosas, que si aquella madre había decidido poner aquel nombre a su hijo era porque ese nombre constaba en el santoral, que parecía mentira que no supieran el santoral, que la Sra. Schmidt se había puesto muy colorada y quiso decir algo, pero el Sr. Hoffmann la había señalado con el dedo y le había dicho que no podía echarle la culpa a ningún niño de los movimientos de masas en Europa en los últimos siglos, y el Sr Lindner le había preguntado que qué tenía que ver la masa de nada en aquello, y que ella misma tampoco supo de qué masa hablaba el Sr.Hoffmann, pero que no había dicho nada, y que el Sr.Hoffmann había soltado una especie de carcajada rara y le había dicho al Sr. Lindner que era lamentable un hombre de su posición no conociese la historia, y después había señalado las crucecitas que estaban marcadas en los informes, y había dicho cuatro frases muy bien dichas, que mamá no pudo volver a repetir, pero que casi había tenido ganas de incorporarse y aplaudir, y después el Sr. Hoffmann había sacado otros informes de la cartera y les había dado una pluma a los otros dos, que estaban muy pálidos, y la Sra.Schmidt había puesto las crucecitas en el lugar que el Sr. Hoffmann le indicó con el dedo, y el Sr.Lindner había firmado y puesto el cuño del colegio. Papá había sacrificado después su mejor cordero, y los Hoffmann no habían tenido que ir a la carnicería por mucho tiempo. Él había podido matricularse en el instituto, que estaba a dos pueblos de distancia, y como entonces no había autobús de línea, papá se había comprado un Volkswagen de segunda mano para acercarle todas las mañanas, pero quien le acercó finalmente fue mamá, quien descubrió de nuevo lo mucho que siempre le había gustado conducir.

Fue allí donde por fin pudo jugar al fútbol en un campo creado para tal fin y siendo parte de un equipo. Jugar le liberaba la cabeza y le hacía centrarse en los estudios, no necesitaba más. No tardaron en nombrarle capitán. Gracias a sus goles, el equipo subió de categoría. Y entonces hicieron su aparición los avistadores. Tantos, que Hoffmann tuvo que intervenir para que no entrasen en conflicto entre ellos. Todos le querían, y todos hacían ofertas difíciles de rechazar. Sus padres, si bien estuvieron presentes en todo momento, decidieron que fuera Hoffmann quien llevase las negociaciones con unos y otros. Hoffmann puso como condición principal, que el equipo que quisiese tomarle bajo contrato tenía que tener internado y centro de estudios, siguiendo el lema „Mens sana in corpore sano“ ya que nunca se sabía lo que podía deparar el futuro y una buena formación académica era muy importante. Finalmente el Club por Excelencia había ganado la partida y el septiembre siguiente había ingresado en su internado.

Sólo le faltaba una cosa: un agente. En ese momento había entrado en su vida Lafrange. Aymeric Lafrange era un amigo de Hoffmann, desde su época de estudiante en Paris, licenciado con honores de la ENA ,hombre de negocios varios, de impecable elegancia, mirada perspicaz y ya entonces de pelo muy blanco, que había aceptado gustoso el papel de representar al „Tanque“.

Porque a él le llamaban „El Tanque“, así, con mayúsculas, porque decían que cuando él alcanzaba el área con el balón demolía todo lo que encontraba a su paso y siempre tiraba a matar. Si bien tenía que admitir que era casi imposible pararle, él nunca había causado lesión alguna a nadie en ninguna de sus jugadas. Sólo en una ocasión Hernández había chocado contra Stanic, ambos del mismo equipo, por ir el primero mirando hacia la grada y no prestar atención a quién le venía encima en sentido contrario mientras él, el Tanque, enfilaba imparable por el otro lado del area a asestar un gol. Él no había tenido nada que ver. Pero no celebró el gol. Fue él quien había evitado que Hernández se ahogase en su propia sangre y lo acompañó hasta que se lo llevaron del campo. Gladiator. Hermanos de sangre. Habían sido los titulares después, con la imagen de él embadurnado en sangre, ayudando a un Hernández con la cara destrozada. Stanic sólo se había torcido una muñeca. Aquello había sido el comienzo de una sólida amistad. Hernández se pasó meses pareciendo el fantasma de la ópera, con una máscara ortopédica, y él, sin querer, comenzó a convertirse en leyenda. Sonrió al acordarse de la boda de Hernández. Aquello sí que había sido de leyenda. No coment.

Regresó al coche caminando bajo una ya profusa nevada, y volvió al apartamento. Antes de entrar, dejó la bolsa con la caja de bollitos de mantequilla colgada de la puerta de la cocina de la familia de la que era huesped. Después se sentó cómodamente a leer el periódico. Una cosa tan sencilla, tan difícil de conseguir. Cuando le sonó el móvil, supuso quién sería.

  • Sinceramente creo que te has pasado con las gafas….
  • Las compré por Amazón, no pensé que fueran tan grandes…pero tienen un espejo fantástico.
  • Tú sí que eres fantástico…
  • Dónde estás?
  • En casa de mi hermana..
  • Cuál de ellas, tienes cuatro..
  • Número siete, la dentista..
  • Llegaste hoy?
  • Ayer por la noche..primero pensé en secuestrar el boeing y aterrizarlo al bies en la calle principal en medio de la nevada, en plan Willis, no te rías, me lo llegué a plantear, pero después convencí al del shuttle para que me trajera hasta aquí…
  • En serio?
  • Por algo soy Comandante, no?….no te rías, yo sólo soy Comandante y tú eres un puto Tanque…
  • Vas mañana?
  • Vamos todos…y cuando digo todos, somos todos…sólo nosotros llenamos el local, pero en fin…tú de incógnito?
  • No quiero „Disneylandia“..
  • Fui una vez y casi me peleo con Pluto….te entiendo…cuándo vuelves?
  • El domingo por la mañana…
  • Me llevas? Me reconocerás porque llevaré una gorra de plato azul…
  • Idiota…
  • A propósito de „idiotas“, al parecer Mona hasta ha ido a la peluquería…
  • No me puede importar menos…
  • No esperaba otra cosa de ti..
  • Soy un hombre de recursos..
  • Te veo entonces…a tí y a tus recursos..
  • Idiota..
  • Tanque!

Anne-Mona Heinrichs. Mona. La hija del alcalde. Lo suyo entonces eran los caballos y el volley. Él regresaba a casa desde el internado del Club en contadas ocasiones, una de ellas era Navidad, y ella se había hecho la encontradiza. Con dieciocho años uno no da importancia a semejantes detalles, y no tardaron en encontrarse a propósito. La gran promesa del fútbol patrio con la hija del alcalde, una pareja ejemplar con un brillante futuro ante si. Y así fue, hasta un fin de semana que el Club dio libre a determinados jugadores, entre los que se encontraba él. Decidió no decir nada, e ir a casa por sorpresa para celebrar que unos días antes le habían hecho titular, convirtiéndose así en el jugador más joven de la historia en conseguirlo. Lafrange no tuvo nada en contra, pero decidió que era mejor si en esa ocasión viajaban juntos, por si se diera la circunstancia de que hubiera periodistas en el pueblo, además aprovecharía para visitar a sus padres y a Hoffmann. Llegaron al pueblo a primera hora de la tarde, y como el sabía que Mona ese día tenía entrenamiento de volley, la primera parada fue el pabellón. Lafrange le acompañó al interior, por pura casualidad, no se acordaba el motivo. Lafrange iba algo adelantado, y él le seguía tratando de quitarse la abrigosa sudadera, e iba a doblar hacia la puerta que daba acceso a la cancha, cuando Lafrange le detuvo y le ordenó silencio con un gesto. Escuchó entonces la voz de Mona. Hablaba con Lydia, su mejor amiga quien sonaba un tanto confundida. Entonces cómo vas a hacer, él va a saber que no es suyo, las fechas no coinciden. Y Mona se había reido. La culpa fue mia por no hormonarme como me dijo Jessy, dos veces lo hicimos y nada, con hormonas hubiese sido plis-plás, Carsten me interesa tanto como ese extintor de ahí, pero ya ves, funciona, dos faltas ya, cuando venga se lo digo y ya planeamos todo, lo importante es tener el anillo en el dedo,después tengo otro enseguida y arreglado, que tiemblen los Beckham. Y Lydia todavía había dicho algo, pero él ya no lo había escuchado. Salió corriendo del pabellón y se metió de nuevo en el coche. Lafrange había tardado un rato en regresar. No tienes que preocuparte por nada, le había dicho sin apartar su mirada de zorro astuto del parabrisas, ya lo he arreglado yo, si hay algo que no miente es el ADN, llegado el caso se harían las pruebas, y ahora desaparezcamos, tú nunca has estado aquí. Y habían abandonado el pueblo por carreteras interiores. A mitad de camino, él había tenido que bajar del coche a vomitar. Lafrange había aparcado a la orilla de un campo en barbecho, y él se había adentrado un poco a vaciar su estómago de, le pareció a él, todo lo que había comido en su vida. Lafrange le había observado en silencio, apoyado en el coche, mientras fumaba un cigarrillo.

Aquella había sido la última vez que había puesto pie en el pueblo. En cuanto pudo, compró dos casas que compartían propiedad a las afueras de la ciudad en la que se encontraba el Club, y llevó allí a sus padres, quienes, con ayuda de Lafrange vendieron la granja a una cooperativa. Después el Club le blindó por contrato, y Lafrange le había dicho que ahora sí tenía motivos para llamarse Tanque.

Para relajarse, Lafrange practicaba el tiro al plato en su finca de Normandía. Un aparato lanzaba el plato al aire, y Lafrange lo destrozaba de un solo tiro de escopeta. Él prefería no pensar que pasaba por la cabeza de Lafrange en esos momentos, su mirada fija y fría mientras apretaba el gatillo se lo decía todo.

Después de Mona, a la que nunca más volvió ver ni intercambiar palabra, pasó una temporada sin querer tener nada que ver con mujer alguna. Hasta que conoció a Saulé, la primera bailarina del Ballet Nacional de Lituania, durante la celebración de una gala en la que ambos recibieron un premio. Ella siempre le dice que se enamoró de él nada más verle, y él supone que le pasó lo mismo porque a partir de aquel momento había sido incapaz de separarse de ella. Y no lo habían hecho desde entonces.

Se preparó de cena un revuelto de huevos con verdura y arroz, y se quedó dormido viendo una película sobre astronautas perdidos en el espacio.

Se despertó temprano, y tomó su café mientras observaba el cansino caer de la nieve que, durante la noche, había hecho desparecer el paisaje. Después se duchó. Tras la ducha, antes de vestirse, se observó en el espejo de cuerpo entero del armario. Para todos los años que llevaba en activo a alto nivel, no había sufrido muchas lesiones. Ninguna grave. Pero, como todo el mundo, él también tenía sus secretos. Se acordó del momento. Había tenido la sensación de que le habían pegado un tiro en el pie. Y se cayó. Sin poder hacer nada para evitarlo. Sólo pudo gritar de dolor y aferrarse a su pie. La foto dio la vuelta al mundo en minutos. El Tanque se rompe. El Tanque se quiebra. Dolor y Hierba. Sólo fue un aviso, había dictaminado el médico, su tendón pedía un descanso. Y él se lo había dado. Pero después tuvo que volver a ser El Tanque. El problema con su tendón era el secreto mejor guardado, dudaba que hubiera secretos de estado mejor protegidos. Lafrange se ocupó de dar una versión creíble a la prensa, el Club se plegó a él y el médico guardó silencio. Levantó su pie derecho en el aire y lo hizo girar lentamente. Su gesto se encogió de forma fugaz. Había aprendido a convivir con aquel dolor. Había llegado el momento de parar el Tanque. Lafrange sabría cómo.

La ceremonia iba a tener lugar a las doce de la mañana, en la sala grande de un centro cultural de nueva construcción no muy lejos del pueblo. Hoffmann no había sido una persona especialmente religiosa, y la familia se había decidido por una ceremonia laica para despedirle. Seguramente habría mucha afluencia de gente, así que buscaría un lugar discreto desde el que asistir, sin despojarse de su disfraz.

No se equivocó. Le costó trabajo encontrar un sitio para aparcar el coche. Seguía nevando con insistencia y se había levantado viento, así que a nadie le extrañó la presencia de alguien con su apariencia. El centro cultural estaba literalmente tomado por una multitud, que ya abarrotaba su interior y se extendía hasta casi el portal de entrada al recinto. Estaba preguntándose cómo podía acceder sin dar demasiados codazos, cuando un silbido familiar le hizo mirar hacia uno de los laterales del edificio. Oh Comandante, mi Comandante, pensó, al ver a su amigo haciéndole señas. Su amigo era el quinto de un total de diez hermanos, quienes le habían guardado un sitio en la sala, en la que ya no cabía un alma más. Si te subes las gafas, hay que llamar a los bomberos, le susurró Número Cuatro, una de las hermanas de su amigo, y él rio para si, confirmándose a si mismo que allí era donde tenía que estar.

La familia había situado la urna sobre una mesa, decorada con flores secas y velas. Él recorrió los rostros en la multitud, y la encontró. Mona Heinrich se había situado muy cerca de la mesa, había ganado un poco de peso, pero por lo demás seguía igual, en la peluquería le habían hecho un moño digno de exposición, junto a ella había un chico de unos quince o dieciséis años que era la viva imagen de Carsten Schroeder a su edad,y que estaba detrás. Divisó a Wilhelms al fondo. Pero también vio a todos aquellos niños, ahora ya adultos, a los que Hoffmann de una u otra manera había dedicado su vida a ayudar. Se prometió que no iba a llorar, pero no pudo evitarlo. Su amigo,quien junto a sus hermanos, contaba entre ellos, tenía razón. Estaban todos. Los niños de Hoffmann.

La ceremonia estuvo cargada de emoción, recuerdos, música y lecturas a cargo de sus hijos, y otros voluntarios. Por espacio de dos horas, de alguna manera, Hoffmann también estuvo allí.

Cuando todo acabó, aprovechando el desorden propio que se produce cuando se dispersa una multitud, él abandonó el local camuflado entre todos los integrantes de la familia de su amigo y después en el coche de uno de ellos, ya que la prensa había tomado posiciones en el exterior,y, ellos le reconocerían aún con disfraz. Pasó el resto del día en casa de Número Dos, y antes de que se hiciera demasiado tarde Número Nueve le acercó a buscar su coche para regresar al apartamento.

Se quedó dormido nada más apoyar la cabeza en la almohada, y cuando se despertó por la mañana, le dio la impresión de que no había cambiado de postura en toda la noche. Después de desayunar, recogió las pocas cosas que había traido, y abandonó el apartamento. Antes de subirse al coche, todavía con las gafas puestas, se hizo un selfie con el paisaje de fondo. Lo subiría a Instagram cuando ya estuviera en casa.

Recogió al Comandante delante de la casa de su hermana, y enfilaron la carretera para abandonar el pueblo.

  • Entonces la Fundación no lleva tu nombre..- Comentó el Comandante.
  • No, será la Fundación Hoffmann….Fundación Tanque suena fatal…
  • Como a conflicto bélico…y tú de bélico tienes poco.
  • De eso ya te ocupabas tú…
  • Idiota
  • Atención les habla el Comandante…
  • Tanque, más que Tanque…

* El sistema escolar alemán está basado en la fórmula de la una vez denominada „Reválida“. Tiene lugar en el cuarto curso de la Escuela Básica, cuando el niñ@ cuenta diez años. Después de la Escuela Básica, hasta hace relativamente poco, el sistema ofrecía tres posibilidades de formación posterior: Gymnasium, Realschule y Hauptschule. Esta última, afortunadamente, fue eliminada como opción ya que diversos Organismos Internacionales dictaminaron que iba contra los Derechos del Niñ@. Actualmente sólo hay dos opciones: Gymnasium y Realschule (o Werkrealschule). Hasta hace relativamente poco, era el profesor quien, unilateralmente decidía a qué institución debía ir el alumno, los padres no tenían opción alguna a protestar la decisión y ésta era muy dificil de revocar. Esto llevó durante los siglos que tuvo vigencia, a una cantidad ingente de injusticias, falsas decisiones y rencillas personales. Actualmente, la decisión ha dejado de ser unilateral y los padres son informados en todo momento del proceso, también tienen la posibilidad de enviar a su hijo a la institución que deseen, independientemente a la opinión que de él tenga su profesor.

Desgraciadamente, muchos niñ@s son prejuzgados por su nombre, apellido, nacionalidad, profesión de sus padres o todos estos factores unidos. Eso no ha cambiado. Todavía hay muchos „Tanques“, para bien y para mal.

Marabú,Marabú..

La Señorita Pérez pegó por fin el último pompón y suspiró satisfecha. En realidad su nombre era Isabel, pero desde hacía treinta años era llamada Señorita Perez. Desde hacía treinta años era profesora de infantil en el mismo colegio, muchos de los que una vez habían sido sus alumnos traían ya a sus hijos a que ella les diese clase, y eso la llenaba de orgullo. Un orgullo como ahora sentía por si misma al observar el mural de cartulinas de colores repletas de pompones de lana también multicolor, que quería representar la primavera. Se ajustó las gafas y sonrió. Ya se podía ir a casa. Los niños se iban a llevar una sorpresa cuando entrasen en la clase al día siguiente. Alcanzó su bolso, se lo puso al hombro y abandonó el aula. Avanzaba por el pasillo mirando distraida hacia las ventanas que daban al patio, cuando escuchó una especie de quejidos, que parecían provenir del cuarto del bedel al final del corredor, apuró un poco el paso hasta alcanzar la puerta, abierta de par en par.

  • Hanibal?….Qué le ocurre?- Preguntó preocupada al descubrir a Hanibal Yáñez, el bedel del centro, apoyado contra uno de los armarios y abrazado a si mismo, presa de lo que parecía un intenso dolor.
  • La puñetera piedra…- Alcanzó a articular, la Señorita Pérez se ajustó las gafas y entró en el cuarto, mirando a su alrededor.
  • Qué piedra?- Quiso saber, mirando también hacia el techo, Hanibal negó con la cabeza.
  • La del riñón…que se ha vuelto a mover…ya viene la Libertad…
  • La Libertad?
  • Mi mujer…ya está de camino, vivimos aquí al lado…- Hanibal apretó mucho los ojos y dejó exhalar un gemido de dolor.
  • Necesita usted algo…?- Se interesó la Señorita Pérez, sin saber muy bien qué hacer, Hanibal asintió con la cabeza y le señalo la mesa con un gesto desvaido.
  • La llave…necesito que entregue usted la llave..- La Señorita Pérez se fijó en que sobre la mesa había una llave prendida a un llavero de plástico con la forma de una pera azul.- Necesito que la entregue usted en los edificios azules que están en la perpendicular….me ocupo a veces del mantenimiento…
  • Los de tejados tan altos…
  • Exacto…la puerta es también azul, muy grande, no tiene pérdida…
  • Y a quién se la entrego?
  • A cualquiera…ellos ya saben qué es…diga que la manda Hanibal….- Dicho esto, Hanibal dejó escapar un nuevo gemido de dolor.
  • Ay Hanibal…está usted seguro que…
  • La Libertad está a llegar….usted vaya…vaya…- La Señorita Pérez cogió la llave y la metió en su bolso, después se ajustó las gafas.
  • Pues nada…espero que no sea nada…me voy pues..- Se despidió, Hanibal asintió sin abrir los ojos, concentrado en su dolor.

La Señorita Pérez salió del colegio y mientras atravesaba el patio para salir del recinto, sacó su móvil del bolso para llamar a su marido.

  • Hola Gerónimo, soy yo…
  • Hola, dime..
  • Sólo es para decirte que a lo mejor me retraso un poco, porque tengo que hacer un recado…
  • Qué recado?…
  • No..nada, una cosa sin importancia…y quería decirte que la cena está ya en el horno, sólo tenéis que calentarla calor arriba y abajo, a 150 y pongamos buenos cuarenta minutos…también hay natillas…
  • Tanto vas a tardar?..
  • Qué va…es para que ya vayáis empezando, yo llego enseguida..
  • Perfecto….un beso..
  • Dos…

No le resultó difícil encontrar los edificios que le había dicho Hanibal, tampoco la puerta azul. Tras abrir la puerta y entrar, se encontró en un recibidor de suelo de goma y paredes amarillas al fondo del cual había otra puerta. Se disponía a avanzar hacia ella, cuando un hombre, que parecía tener mucha prisa por la velocidad de sus pasos,con unos enormes auriculares en la cabeza y un portafolios en las manos apareció desde algún lugar y se acercó a ella con cara de pocos amigos.

  • Hola Buenas Tardes…..- Comenzó la Señorita Pérez, el hombre negó con la cabeza, como el que está a punto de perder la paciencia.
  • Por fin!ya era hora…dónde se había metido usted?!
  • Pues mire, es que yo…
  • Yo no miro nada, venga por aquí…
  • Es que…
  • Tschhhh!
  • Yo me llamo…
  • Tschhh!Le estoy diciendo, yo no puedo saber quién es usted, eso sería un desastre…yo soy Remigio, eso es todo lo que tiene que saber…
  • Remigio?
  • Sí, por?
  • Por nada, es que…
  • Tschhhh! Venga por aquí…- Y le indicó le siguiese, cosa que ella hizo sin atreverse a soltar palabra. Remigio abrió una puerta, recorrieron juntos un corto pasillo y abrió otra a la derecha.
  • Leire! Aquí la tienes…
  • Ya le estaba yo poniendo a usted las mantas en el hospital…es que vamos…a mí no me pagan para estos picos de stress..- Quien así los recibió era una chica pelirroja, con el pelo recogido en un complicado moño y que lucía un ajustado vestido de lamé dorado. Pero eso no fue lo que sorprendió a la Señorita Pérez al entrar en la estancia, lo que le hizo ajustarse las gafas para asegurarse de que estaba viendo bien ,y, sin querer, abrir la boca, fue un peludo y gigantesco muñeco en forma de folívoro en pijama que dominaba el espacio.
  • Pero esto…- Acertó a decir, señalándolo con un dedo, Leire suspiró impaciente y parpadeó varias veces con sus enormes pestañas postizas de purpurina.
  • Bueno..ya…desnudese…- La Señorita Pérez la miró sin dar crédito a sus palabras.
  • Yo?..pero…
  • Yo pero nada…usted viene a lo que viene, no?
  • Sí..pero..
  • Venga, todo menos el sujeta y las bragas…no voy a flipar…rápido!- Y Leire dio una palmada, tras la cual la Señorita Pérez dejó el bolso sobre una mesa y comenzó a sacarse la ropa que llevaba ese día: un traje chaqueta de lana fina marrón, una blusa de cuello barco beis, camiseta interior tipo spencer, medias y zapatos de medio tacón también marrones. Leire, que había ido doblando la ropa dentro de una caja de cartón, no se paró a mirarla y se dirigió todo lo rápido que le permitía el ajustado traje de lamé y los zapatos de tacón que llevaba hacia la parte de atrás del gigantesco muñeco.
  • Uy! casi se me olvida! Apague el teléfono móvil y métalo ahí dentro…rápido!…a mi no me pagan para esto, de verdad…ya está?..pues nada…adentro…- Y abrió una especie de compuerta,de la que salió una escalerita,en la espalda del peludo folívoro, la Señorita Pérez se colocó mejor las gafas.
  • Adentro dónde…?
  • Aquí dentro „adentro“…dentro de Foli…venga…métase y ya le explico cómo funciona- Apremió Leire, la chica en lamé. La Señorita Pérez, ataviada sólo con sujetador, spencer y braga, obedeció y se introdujo dentro del gigantesco animal . Leire cerró la compuerta tras ella, y, pulsando tres botones, pasó un cerrojo electrónico pulsando una combinación en una especie de tablet.

La Señorita Pérez se vio entonces en lo que a ella le pareció el interior de una nave espacial, o al menos lo que de ellas se veía en documentales o películas. Estaba en un habitáculo oval, solo iluminado por la luz tamizada que entraba por una rejilla muy tupida a la altura de su cabeza. Ante ella encontró un cuadro de mandos con dos pantallas y multitud de botones y clavijas, dos portabebidas con sendos botellones de dos litros de agua, y a sus pies dos compuertas con la forma de un pie. Antes de que pudiese decir nada, la voz de Leire le llegó desde algún lugar.

  • Vamos a ver…frente a usted tiene dos pantallas..pulse el botón verde a la derecha de cada una..- La Señorita Pérez así hizo, en la pantalla de la derecha apareció el rostro de Leire, que achinaba los ojos tras las pestañas de purpurina como el que trata de ver algo careciendo de gafas,en la pantalla de la izquierda el borde del vestido de lamé de Leire y la punta de sus zapatos- A la derecha ahora me ve a mí, a la izquierda el suelo, así cuando avance sabrá por donde anda…ahora…vamos a ver…accione la clavija con el número 1- La Señorita Pérez así hizo- Diga algo…
  • Yo querría…
  • Tschhh…por favor, no me desconcentre…que después pasa lo que pasa y la culpa es mía, encima…no sabe?…a ver…la clavija 1 es su voz de verdad, que no podrá usar bajo ningún concepto, después le diré la excepción…accione la clavija 2- La Señorita Pérez obedeció- Diga algo..
  • Yo no sé…- Su voz sonó como la de un ser que hablase mientras bosteza y ella no pudo evitar reirse, su risa sonó como un bostezo corto, Leire asintió con la cabeza.
  • Esta es la voz que ha de utilizar todo el rato…conmigo, con Remigio, con todo quisqui vamos…nunca su voz real, estamos?…a ver..a sus pies hay dos siluetas de pies, para avanzar con Foli pulsa usted el botón amarillo y las dos siluetas descenderán por las piernas…es como hacer step..un paso cada vez, y usted puede agarrarse a esas dos barras y..despacito se llega a todos lados, las palancas a los lados son para los brazos, por si quisiera moverlos…Foli también parpadea y gira la cabeza, los botones tienen el símbolo…para no estar todo el rato de pie, si se cansara usted, acciona usted el boton 3 y aparecerá un asiento desde un lado…si quisiera ir al baño, me lo dice y yo la llevo, tiene usted cuatro litros de agua…si precisase más..pídala ..qué más?…Usted es Foli, nada de nombres, estados sociales o datos comprometedores, estamos?…estoy segura de que se me olvida algo..en fin..- En eso sonó un timbre muy potente, Leire se asustó, la Señorita Pérez también, pero Foli no se movió un ápice- Ay!…que ya empieza..venga usted…las pantallas ya están, botón amarillo y marchando..-

La Señorita Pérez pulsó el botón amarillo, y, efectivamente, las dos siluetas se hundieron en las piernas del muñeco, tal como le había explicado Leire, comenzó a pedalear muy lentamente, al tiempo que se agarraba a las barras laterales, y Foli comenzó a moverse, sin querer exhaló un casi grito de satisfacción por haberlo logrado, que hacia el exterior sonó como un sonoro bostezo. Muy lentamente siguió a Leire, que, a su vez tampoco podía caminar muy rápido por culpa del vestido y los tacones, por varios pasillos, hasta que la chica en Lamé, abrió un portalón negro. Ambas accedieron entonces a una especie de hangar, por el que muchas personas que a la Señorita Pérez le parecieron técnicos se movían de un lado a otro. Pero eso no fue lo que le hizo abrir mucho los ojos y dejar de avanzar. Aquel hangar estaba tomado por muñecos gigantescos, tan grandes como el de ella o de más envergadura, en colores y formas cada cual más llamativa. Escarabajos rojos , pingüinos amarillos, pulpos irisados, avestruzes rosas, gallinas de fieltro verde, armadillos carmesí, leopardos azules, búfalos de plata….Leire la guió hasta un grupo de estos muñecos, que parecían charlar entre si, cada uno en su voz enlatada.

  • Pues ya estaría…ahora a esperar que la llamen…ya sabe como funciona…usted sale por ese portón, da lo mejor de usted…si bien entra usted por el mismo portón…si mal…pues Remigio le dirá…
  • Y cuándo uso mi voz de verdad entonces?-Se atrevió a preguntar la Señorita Pérez con su voz de bostezo perezoso, Leire parpadeó varias veces y sus pestañas de purpurina brillaron a la luz.
  • Pues para cantar, Foli…para cantar…sólo para eso..no lo olvides…
  • Y…qué canto?
  • Eso es Remigio….yo me tengo que ir….mucha mierda!- Y sin más, Leire se alejó a pasos cortos por entre técnicos y muñecos, tratando de no pisarse el vestido.
  • Y tú quién eres?- Preguntó una voz nasal engolada, la Señorita Pérez se movió un poco hacia la derecha, hasta poder ver en su pantalla a su interlocutor, una especie de calamar gigante con plumas vestido con frack.
  • Yo soy Foli..- Contestó, el calamar hizo mover una plumas que tenía sobre la cabeza, y acto seguido produjo un extraño ruido, como de tren al expulsar vapor.
  • Yo Tintu…tienes que discupar…es que soy alérgico al marabú…
  • Como Ginger Rogers!…Ay pobre…- Y la Señorita Pérez hizo parpadear lento a Foli.
  • De todas las plumas…tenía que ser marabú…en fin…no sabía que Ginger Rogers fuese alérgica también…
  • Ella odiaba el marabú…
  • Yo cuando todo esto acabe también..- Y volvió a producir el extraño ruido de tren al expulsar vapor, Remigio se presentó entre ambos con una hojas y sin decir palabra alguna las introdujo dentro de los muñecos por una ranura invisible, para después volvera desaparecer en la multitud. La Señorita Pérez recogió la hoja y se ajustó las gafas.
  • Yo tengo que cantar „La Puerta de Alcalá“ de Ana Belén…pues ya leeré la letra porque más allá del „miralamirala…“ no me acuerdo… y tú?- Tintu hizo arquear una ceja.
  • Yo una de DJPeque…
  • Es un niño?
  • No, es su nombre artístico…y tengo que cantar su rap, ese del desierto „Soy el zorro del desierto y me convertiré en leyenda..“..
  • Pues mira que dedicarle un Rap a Rommel…ya no saben qué inventar.
  • A quién?
  • A Rommel, el „Zorro del Desierto“y leyenda es sobre todo su muerte, le asesinaron, claramente, pero…
  • Terroristas o cómo?…ay vaya, dónde?..
  • No, su propia gente…
  • Qué gente?
  • Los Nazis, Tintu, los Nazis, qué gente va a ser?
  • Ay! Y a mí cómo nadie me avisa!
  • ….
  • Yo no canto una cosa así…ya tengo yo bastante , como para que encima me acusen de enaltecer a gente…y ahora qué hago?
  • „Bella Ciao“
  • Qué?
  • El „Bella Ciao“ siempre queda bien…bodas, bautizos, manifestaciones, series…
  • Pues ya está…Remigio!!..Remigio!!- Y Tintu se alejó todo lo rápido que le permitía su personaje. La Señorita Pérez accionó la clavija que le facilitaba un asiento, y se sentó a leer la letra de la canción que tendría que cantar. Si había algo que le encantaba era cantar. Sus alumnos acababan el curso sabiendo un montón de canciones. MiralaMiralaMiralaMirala….La Puerta de Alcalá…

Una voz desde un altavoz ordenó silencio. Y se hizo el silencio. Llegó entonces el eco de las palmas de un público entregado, y una potente voz de hombre, en algún lugar, entonó „Alguien cantó“.

A la Señorita Pérez le llegó el turno cerca de una hora después, para entonces ya había refrescado la letra y estaba segura de poder hacer un buen papel donde quisiera que tuviera que cantarla.

  • Esto es así..usted sale por ese portalón, blablí-blabló-blablí-blabló…risitas aquí y allá..y usted canta…que no la eliminan vuelve para aquí por el mismo portalón…que la eliminan, pues entonces va por el otro lado sin desvelar en ningún momento quién es usted..ha entendido ?- Remigio le hablaba desde algún lugar fuera de pantalla.
  • Cuántas rondas hay?- Quiso saber, un ojo de Remigio la miró entonces a través de la pantalla.
  • Ve usted todos estos gigantes o cabezudos?…pues hasta que queden sólo tres…échele..- La Señorita Pérez hizo parpadear lento a Foli y ella misma se ajustó las gafas, definitivamente no iba a llegar a la cena.

El público la recibió con un suspiro de cariño, y ella hizo que Foli les enviase un adormilado beso, no fue hasta que avanzó un poco por el gigantesco escenario que se dio cuenta de que estaba participando en un programa de televisión, se alegró de estar metida en aquella especie de mecano, no se podía imaginar voladura mayor que salir en ropa interior en la hora de más audiencia. Y la Señorita Pérez cantó. Al final de su actuación se había metido al público de tal manera en el bolsillo, que como un solo hombre se levantó para ovacionarla en pie. Consiguió su pasaporte a la ronda siguiente y regresó al hangar aún enviando adormilados besos al público.

Mientras esto sucedía, Florita Ramos, La Chanteclera, antigua vedette y reina del espectáculo, que había planeado su regreso a los escenarios con una actuación sorpresa en un nuevo programa de televisión en el que la identidad de los participantes permanecía oculta bajo una máscara, asistía a la misma desde la cama de la clínica donde esa tarde había tenido que acudir de urgencia al haber sufrido un nuevo ataque de ciática. Nadie sabía que estaba allí, ni nadie sabía que ella tendría que haber ido al programa, ni su agente, que ni siquiera sabía que estaba de nuevo en el país. Ella misma sólo sabía que su máscara iba a ser un oso folívoro.Había intentando llamar sin al teléfono que le habían dado, sin éxito. También marcó el número de su ex, le saltó el buzón de voz. Al menos eso, su voz. Respiró tranquila en su nebulosa de calmantes. Ahíestáahíestá viendo pasar el tiempo la Puerta de Alcalá. Cómo seguía?.

La Señorita Pérez se sentó por fin y se bebió, con ayuda de una pajita, lo equivalente a tres vasos de agua. Allí dentro reinaba una temperatura más que agradable, pero cantar le había dado sed. Suspiró. Pues si hay que cantar, se canta. Antes de que pudiese perderse en sus pensamientos, una vocecita como de muñeca la hizo mirar a la pantallita.

  • Hola soy Gambi, La has bordado…yo salgo después del segundo corte para publicidad, qué canción te toca después?- Quien así le hablaba era una gamba gigante, envuelta en un vestido palabra de honor rosa y rojo, de la cabeza, de purpurina y lentejuelas, le salían dos antenas al final de las cuales había dos ojos verdes con grandes pestañas, que parpadeaban rápido. La Señorita Pérez sonrió e hizo que el muñeco también lo hiciese pulsando el botón adecuado.
  • Todavía no lo sé…y tú?- La gamba agitó las antenas en el aire.
  • „Corazón Contento“…pero no tengo yo el cuerpo para contenturas…
  • Por?
  • Mi novio…hace días que no me llama, ni contesta a mis mensajes, ni nada…he tenido que dejar el móvil allá atrás, no sé si me habrá contestado, pero no creo…la culpa es mía…porque después me viene con „estaba muy liado, lo siento tanto“ y caigo otra vez…
  • No, la culpa no es tuya….el que no llama es él, no?, y está claro que tú sientes algo por él, y que le perdones…
  • Yo digo que lo nuestro es como un chicle, que se estira y se estira…
  • Hasta que se rompe – Gambi pareció asentir con su enorme cabeza e hizo girar sus antenas en el aire.
  • Pero no sé cómo…- La Señorita Pérez hizo que el folívoro se rascase la cabeza y parpadease lento.
  • Pues díselo cantando…
  • Y cómo?
  • „Se acabó“ de María Jiménez, y se la dedicas „va dedicada a mi futuro ex“ o algo así…y creas intriga por saber quién eres…
  • Es que además yo no canto, yo hago hago otras cosas…
  • Por eso, la gente se va a romper la cabeza y después…
  • Después la que no le llama soy yo…-Gambi hizo brillar los ojos, Foli parpadeó lento.- Y a quién tengo que decir la canción?
  • Remigio..
  • Es verdad…SuperRemigio…- Y Gambi se rio con una risa enlatada de muñeca- Gracias..quien quiera que seas..suerte después, voy a buscarle- Se despidió haciendo brillar los ojos verdes y se alejó lentamente para ir a buscar a Remigio. La Señorita Pérez se quedó otra vez sola. Y se acordó de su marido. Sonrió. Seguro que cuando recuperase el teléfono tendría varias llamadas y mensajes de él y de sus hijos, preguntándole dónde se había metido. Y por lo minutos del horno. Los platos hondos o llanos. La ensalada con aceitunas o mejor queso fresco. En la mesa o en bandejas. Se ajusto las gafas y suspiró. Ya se las arreglarían. En eso una hoja de papel se coló por una ranurita. Ella la recogió y al leer el título levantó las cejas. „Como tu mujer“ en la versión de Rocío Durcal. Pena no tener un vestido maravilloso para defenderla. Se hará lo que se pueda.

La llamaron al poco para que volviese al plató. El público la recibió con gritos de „Foli,Foli!“, de pie y aplaudiendo. El presentador era otro, este tenía un objeto volador no identificado sobre la cabeza. O era un tupé. O exceso de laca. No se paró a averiguarlo. Respondió a sus preguntas de la forma más diplomática posible, es decir, hablando mucho sin decir nada y dejando buena impresión. El escenario es tuyo, le dijeron. Y cuan „Porta Gayola“ ella se dispuso a defender la pieza. Pena de vestido maravilloso, pensó cuando entró la música. Y la defendió hasta las últimas consecuencias, poniendo el alma en cada reproche. Cuando acabó, el plató vibró con la explosión del público. Su actuación se hizo viral en minutos. Cuando entró de nuevo en el hangar el resto de monstruos y muñecos la recibieron con un concierto de lo que para ellos, cada uno en su disfraz, fue una ovación en toda regla, si bien fue un compendio de bocinazos, grititos, alaridos, bufidos, carcajadas nerviosas y ruídos extraños, como el que hacen los trenes al expulsar vapor.

Florita Ramos, La Chanteclera, bajo los efectos de una nueva tanda de antiinflamatorios y calmantes, tras ver la actuación volvió a llamar a su ex, y esta vez tras el pitido le recordó que aquella vez en Teruel no había sentido en su vida tanto frío, pero no por la nieve, si no por su desdén, y que sin embargo te quiero hijo de tu madre que no tiene culpa ninguna la pobre que bastante tiene con lo que tiene que sólo lo sé yo porque yo y tu madre estamos así, así como te lo digo y ella no se lo explica y yo no sabía que los folívoros fueran osos siempre pensé que eran monos fíjate y porque lo miré en gogle. Fin de mensaje. Suspiró y dejó caer el teléfono sobre la cama. Pues mira tú, cómo te ríes, cómo juegas tú…con la esperanza que yo he puesto en tí…nananá..hijo de tu madre..

Esta vez la Señorita Pérez se tuvo que beber el equivalente a cuatro vasos de agua, y Leire la acompañó al baño. Ahora Leire llevaba un vaporoso vestido de tul gris, que más parecía nube que vestido, del que emergía la cabeza de Leire con el pelo recogido en un moño coca y los ojos en look smokey. La Señorita Pérez la ayudó también a hacer pis, ya que a Leire le era totalmente imposible dominar tal cantidad de tul, aprovechó también para preguntarle qué era exactamente lo que llevaba el presentador en la cabeza y Leire le confesó que nadie lo sabía ni se atrevía a preguntarlo, que ya había aparecido así de casa. Ella suponía un viaje a Turquía fallido, o algo así. La Señorita Pérez le dio la razón, si bien no supo en aquel momento hilar qué tenía que ver viajar a Turquía con peinarse raro.

Después regresaron al hangar, charlando sobre lo bonito que es el Jerte en primavera.

  • Yo en cualquier momento salgo por peteneras-Dijo de pronto una voz como de misterioso tunel, la Señorita Pérez miró hacia las dos pantallas, pero no vio a nadie.
  • Pónte delante, es que si no me tengo que girar y es un lío..- Dijo con su voz de eterno cansancio, ante ella en la pantalla se presentó entonces un montruo que era la perfecta mezcla entre un rinoceronte y un cocodrilo, ataviado con uniforme de piloto.
  • Yo soy Hastaluegococodrilo así todo junto…ni idea de quién piensa los nombres..
  • Yo Foli..
  • Según parece vas de primera con diferencia, yo de quinto…pero es que me quiero ir a llorar en paz..- La Señorita Pérez hizo parapadear lento a Foli y con uno de sus brazos logró acariciar las solapas del uniforme de Hastaluegococodrilo , este le enseñó su flamante dentadura.- Ayer tuve que despedirme de mi perro, ya era muy mayor y no podía más y el veterinario me dijo que era lo mejor…pero aún así,aún así…- Y exhaló una especie de bufido-rugido que sonó como lo hacen los retretes de los aviones.
  • Vaya hombre…cuánto lo siento..
  • Tienes mascotas?
  • Tenemos un pez, Blub..
  • Pues entonces ya te haces una idea del disgusto..- La Señorita Pérez se ajustó las gafas, aquel Blub ya era su quinto Blub, pero era verdad que le tenía cariño.
  • En algún lado leí que, al parecer, existe el Cielo de los perros…estoy segura de que está allí..- Consoló parpadeando lento, Hadtaluegococodrilo volvió a soltar su bufido-rugido.
  • Ya…pero entonces ni allí lo voy a volver a ver, yo no soy un perro…ay qué llorera!
  • Ya verás como al cantar se te pasa..
  • Mi próxima canción es „Cae la nieve“ de Adamo…piensa tú positivo con esa..
  • Pues canta otra, se pueden cambiar…
  • En serio?…pues no sé…
  • „La Romería“ de Victor Manuel…más alegre que esa…
  • Tienes razón…además yo canto justo después del „Porompompero“ del marciano bicéfalo, y pasa bien..dónde está Remigio?
  • Eso ya…es brujo quien lo sepa..
  • Verdad? Ese hombre es como el 3 en uno…
  • O el Reflex en spray…

Y llegó el momento de verdad. La final. Y la Señorita Pérez estaba en ella. Alguien, en quien ella supuso a Remigio, le coló la hoja con la canción. Ella se ajustó las gafas y achinó los ojos para leer bien el título, luego echó un buche de aire y suspiró. Por un momento pensó en cambiarla, buscar a Remigio y elegir otra. Pero después cambió la idea. Aquella era una canción de Final. Para bien o para mal. Sonó el timbre y con el corazón en la garganta se dirigió despacio al plató, recibiendo a su paso palmadas de ánimo y suerte, alguno ya la llamaba campeona. No te lo creas Isa, que aún tienes que dar el do de pecho, literalmente. Nada más acceder al plató la recibió un ya entregado público con pancartas y coreando su nombre. Si hay que cantar, pues se canta Isa, que todo sea eso. La conversación con el presentador fue breve. Se hizo el silencio. Y la orquesta entonó los primeros acordes de „Himno al amor“ de Mireille Mathieu.

Cuando la orquesta remató el final, no quedaba un ojo seco en todo el plató, ni manos sin agarrar, ni pañuelos de papel que prestar, el presentador, por primera vez en su carrera se quedó sin palabras, Leire arruinó a gusto sus ojos smokey, Remigio la cantó para si en francés, el público aupó a Foli al estatus de leyenda en su ovación posterior y Florita Ramos, la Chanteclera, llamó a su ex para confesarle que le había amado, le amaba y le amaría por siempre jamás, dijera lo que dijera la gente, y que si nunca había dicho quién era el padre de su hijo era porque era clavado a él y que si la gente no lo notaba pues qué sabe nadie y te llevo en la cartera y todavía guardo aquel billete de tren a Burgos que nos dejó tirados te acuerdas pero yo estaba contigo y todo me daba igual ni vi la catedral, mi vida!que me van a operar y si no te vuelvo a ver al menos ya lo sabes todo,mi perdición de ojos verdes!.

Por unanimidad y con una sideral diferencia en puntos con los otros dos finalistas, Foli fue desvelada como la ganadora del concurso „No es monstruo todo lo que parece“ y llegó el momento entonces de desvelar su identidad, extremo que se llevó a cabo abriendo justo una ventana a la altura de la cabeza de la Señorita Pérez.

De toda una nación, sólo doscientas cincuenta personas reconocieron a la Señorita Pérez. Que era la gente que conocía a la Señorita Pérez. Entre ellos su marido y sus dos hijos, a lo que se les cayó el tenedor de la mano al plato al descubrir a su esposa y madre tras Foli, y no tuvieron tiempo ni de reaccionar ya que acto seguido se vieron abrumados por un alud de llamadas al teléfono fijo, whatsapps a los tres móviles, y el timbre de la puerta. También los alumnos de Infantil B, que habían clamado durante todo el programa que aquella era la voz de su Señorita, pero nadie les había hecho caso. Florita Ramos, la Chanteclera, se enteró al día siguiente de boca de su ex, quien se presentó en la clínica con un enorme ramo de flores como propósito de enmienda.

La Señorita Pérez, en cuanto pudo dominar su emoción y desbordante alegría, anunció que donaría el dinero que le correspondía de premio al colegio para renovar el gimnasio.

Y entonces alguien abrió las puertas de los hangares, y el plató se llenó de monstruos y muñecos, que fueron la señal para dejar caer millones de globos y bombas de confetti, y la Señorita Pérez recordaría aquel momento como uno de los más felices de su vida.

Y, por supuesto, después entregó la llave.