El Ilustre

De qué me suena a mí esa cara?. Le conozco seguro, el caso es que de dónde. Alguna vez incluso he hablado con él, o algo así, con más gente. Pero dónde?. Le han nombrado Director General de no sé qué cosa, nada más ni nada menos. Hay que tener amigos en todas partes, y a lo mejor yo tengo uno que es Director General. Si es mi amigo. Del colegio no puede ser porque me saca cinco años, y a esas edades esa diferencia es un mundo. De la facultad tampoco, él es de Derecho y yo de Farmacia, a lo mejor coincidimos. La farmacia, a lo mejor compra en la farmacia, pero ya sería raro que se hiciese todo el camino desde Madrid a comprar justo en mi farmacia y que yo no lo recuerde. O será el padre de alguien, pero a las reuniones siempre vamos los mismos y me acordaría, apuntaban que estaba casado y tenía cuatro hijos. Yo si fuera tía también hubiera querido tener con él cuatro hijos, vamos, digo yo, planta la tiene. Bueno, di tú que el traje hace mucho. Tú ponle a un tipo cualquiera un traje y es otro, y no digamos ya un uniforme, eso ya es otro nivel. Como pasaba en aquella película en la que al final la saca en brazos de una nave industrial, cómo se llama?, que ella no sabía bailar y él le enseña y ensayan un salto en el agua…o esa es la otra.When your baby leaves you all alone, and nobody calls you on the phone, don´t you feel like crying?don´t you feel like crying?!! ahora la voy a tener todo el día pegada. Voy a acabar soñando con él,como me pasó con el vecino del sexto, que soñé que era bombero y cuando le encontré después en el ascensor hasta le pregunté qué cómo se sentía después de tanto fuego. Aún hoy me mira raro. Voy a tener que preguntarle a mi padre, que es el experto en caras, nombres y ascendencias, porque a Loli ya excuso de preguntarle nada, siempre tengo que recordarle cómo se llama la mujer de su hermano. Coralina. Pues no hay manera. Imagínate tú que se acuerde de este. Francisco Fernández López. Tampoco es que ayude mucho, Tarás Bulba, Miguel Strogoff, Thomas Jefferson, esos sí que son nombres. Tanto ringorango y seguro que le llaman Paco. Ay que alivio, ahí llega Loli.

  • Qué bien que vienes, tengo que preguntarte una cosa..
  • Vale, pero primero yo que te vas a partir…
  • Por?
  • Todo el mundo hoy me ha dado la enhorabuena, que si que qué callado lo teníamos, que si enhorabuena, que si ya sabían ellos que tú valías mucho, que vaya puestazo te ibas a gastar…
  • Yo? Por?
  • Porque eres la viva imagen de un tal Francisco Fernández López, que sale ahora por todas partes, el Director General de no se qué…

Pantaleón

Iba a llegar muy tarde. Eso le pasa por quedarse despierta hasta tan tarde, pero entre unas cosas y otras siempre acaba metiéndose en la cama a las tantas. El pitidito insistente que había oído como de lejos mientras sobrevolaba, dejándose llevar por el viento, unos fiordos noruegos, era el despertador. Ella es una persona muy puntual. A veces en exceso. Tiende a llegar antes de la hora marcada. Pero últimamente está llegando tarde a todas partes. No se lo explica. Bueno sí. Todo tiene su explicación. Y hoy otra vez. Sin ella no pueden empezar, así que no es tan trágico. Lo que sí va a ser trágico es que si se para a ponerse lo que tiene que llevar, entonces sí que no llega ni con retraso, simplemente no llega. Un pantalón vaquero y una camisa blanca dan el pego. O no?. Los zapatos pasan bien. Lo peor va a ser el pelo. Ni corto, ni largo, ni todo lo contrario. Pues una colita de caballo y todos contentos. Y si me dicen algo, invento. Que a estas alturas puedo escribir un libro. No le hace falta hacer deporte, ella practica activamente jogging todas las mañanas para alcanzar el autobús. Porque esa es otra. Tiene que pasar a darle los Buenos Días a Panta de paso hacia la parada, porque después no quiere rollos de si no pasaste y no te vi y no me quieres. Ella lo que quiere es volver a llegar puntual a los sitios. Bueno y a Panta. Claro. Se habían conocido en un perímetro. A él le habían ordenado marcarlo y ella lo había tenido que atravesar de parte a parte. Además ella empujaba la silla tan complicada de aquel chico que se comunica con parpadeos, que ya le había avisado de que por allí no iban a poder pasar, pero ella le entendió mal. Y allí estaba Panta. Él se había encargado de empujar entonces la silla, de parte a parte, en un santiamén, razzfazz, con ella a paso ligero detrás. Ella se lo había agradecido en el alma, y le había preguntado su nombre. Él se lo había dicho: Pantaleón. Ella era la primera vez que oía ese nombre. Es que mi madre es de allí, había anotado él. De allí de dónde, le había preguntado ella. Y se habían reído. San Pantaleón das Viñas. Ella sigue manteniendo que después él hizo por coincidir. Él asegura que él sólo cumplía órdenes. De su corazón. Bueno, no te pongas estupenda que sólo te falta eso ahora. Y así están desde entonces. El problema es el asunto del coro. Que ella es la única con la formación musical suficiente como para dirigirlo. Hasta ahí todo bien. Lo que le falta ahora a ella es el puñetero certificado que lo acredita. Y el ministerio todavía no se ha pronunciado, como dice el Padre Céspedes. Y ella se desespera tras una sonrisa paciente. Como si fuera tan complicado pronunciarse. Vamos a ver. Porque en cuanto tenga el pronunciamiento hecho certificado, ya es libre de hacer lo que quiera con su vida. Con su vida y la de Panta. Que a fin de cuentas viene a ser la misma. Bueno, si te vas a poner así vete sacando los kleenex. Y cuidado con la escalera que sólo te falta un esguince. Y cuando ya esté todo listo, se lo dice a sus padres. Ya oye a su madre, ya te lo dije, ves?, ya te lo dije, ya te dije que eso no era para ti,pero como nunca me escuchas. Su padre se va a llevar muy bien con Panta. Después lo cuelgo todo. Y adiós muy buenas. Yo no lo veo, si lo pudiese ver malo, por eso no lo puedo ver, pero él a mí sí. Creo. Porque ahora está en Labores de Seguimiento y es invisible. Bueno, yo levanto la mano a la altura del número 5 de esta calle y saludo al viento como hace la reina de Dinamarca, que es, a mi modo de ver, la que mejor saluda desde los balcones. Y ahora mis tabla de running matutino. „Quién fuera bolsillo derecho trasero de tu pantalón! Buenos Días mi sol“. Ay Panta, que me pongo colorada.

Miren Urabayen aguantó la puerta del autobús hasta que la chica que corría para alcanzarlo lo logró. Se lo agradeció con una preciosa sonrisa, mientras se llevaba la mano al pecho, tratando de volver a respirar con normalidad. Se sentaron una frente a otra. Miren la observó en silencio, la chica sonreía a unos mensajes que recibía en su teléfono móvil, hasta le pareció que se ponía colorada al tiempo que se tapaba la boca, como hacen aquellos que no dan crédito. Lleva el pelo en una cola de caballo, de la que se desprende algún mechón, que ella siempre intenta meter detrás de la oreja sin conseguirlo, atenta a su móvil. Pantalón vaquero, blusa blanca. Pocas paradas después, al incorporarse para bajar, un brusco volantazo hace que se le caiga la bolsa que porta y tenga que apoyarse en Miren para no caer también ella. Le pide mil disculpas. Miren la ayuda a recoger las cosas que se han caido de la bolsa. Un rosario, un misal, un alzacuellos blanco. La chica se lo agradece regalándole de nuevo su bonita sonrisa, antes de abandonar el autobús. A Miren Urabayen le vinieron a la cabeza los Reyes Magos. De repente. Y que siempre se había preguntado qué era la mirra, y a qué olía. El oro no tenía olor. Lo que sí conocía era el olor del incienso. Y a eso olía ahora. A incienso. Si alguna vez tenía un hijo, le llamaría Baltasar.

Timba

  • Bueno, ya tenemos todo
  • Lee tú..
  • A ver..“El juego dispone de un tablero cuadriforme veteado…
  • Y eso qué és?
  • Yo lo veo un tablero normal, la verdad..
  • Pues que es cuadrado y tiene estas marquitas, pero no van a poner „El tablero es cuadrado y con marquitas“..
  • Por qué no, si lo es..?
  • A lo mejor es la traducción…
  • Bueno, da igual, tú sigue..
  • Quiere alguien algo de la cocina?
  • Pues mira, agua si tal..
  • Mi chaqueta, que la dejé allí…
  • No, no vayas a la cocina ahora, espera que acabe de leer las instrucciones…
  • Y te entrego un instancia..o cómo?
  • Venga, lee de una vez..
  • „El juego dispone de un tablero cuadriforme veteado, sobre el que se dispondrán las treinta y tres piezas empezando por las azules…
  • Y por qué las azules?
  • Treinta y tres…qué cantidad más rara, no?
  • „La edad de Cristo menos un mes“ que diría mi abuela…
  • Y se ponen sobre las marquitas..o cómo?
  • „…empezando por las azules mientras se tiran los dados, en el caso de que salga seis se saltará turno y se contarán veinte puestos…
  • Pero si todavía no empezamos, cómo vamos a tirar los dados…
  • Veinte puestos…hay que dar dos vueltas al tablero…
  • Tiene que dar seis la suma…
  • Qué suma?
  • De los dados..
  • „….una vez dados los dados y presentados los contrincantes, dado que se trata de un juego de estratégia, se dará importancia al contrincante de la derecha…
  • Uy
  • De la derecha de qué..o de quién..
  • Pues de cada uno..Y por qué al de la derecha?
  • Muy sectario me parece..
  • Hombre, los juegos van siempre hacia la derecha…
  • Bueno da igual…“al contrincante de la derecha, que se encargará de sumar y restar los puntos cada vez que el contrincante de turno le lance con vehemencia los dados…
  • Cómo que le lance los dados…?
  • Al tablero..
  • Y cada vez hay que hacer cuentas…y a Santo de qué?
  • Tengo sed..
  • „ lance con vehemencia los dados y acierte a disparar las piezas contra el borde superior del tablero y consiga así el plus-doble. De no darse el caso pasará turno dos veces y dará palmas para hacerlo patente…
  • Nonaino Nonaino..
  • Tra-Trá!!
  • Una vez acerté a dar con un bate a una pelota de baseball, la envié lejísimos…una bronca me cayó encima…
  • Bueno..esto son dados…
  • Si caen por ahí los buscáis vosotros…
  • „..para hacerlo patente. Ganará aquel que marque más veces la marca y obtenga más puntos con los dados dados sin haberse dado la vuelta…
  • Y si entra alguien a matarnos le decimos „no, perdona, es que no nos podemos dar la vuelta…“
  • Se me ha dormido un pie…ay! Qué grima por Dios…
  • Y los que no marquen la marca…qué?..damos palmas?
  • Supongo que continúan jugando hasta que lo consiguen…
  • El qué?
  • Darle a las piezas en la marca con el dado sin darse la vuelta ni que sume seis..
  • Yo tengo que beber..
  • Traeme mi chaqueta…
  • Ay espera que voy contigo y así despierto el pie…
  • Un dado es más grande que otro…
  • David y Goliath…
  • No, ese al final no lo compré, si se tiran piedras en lugares cerrados se acaban rompiendo cosas…

Manfred

Yo siempre he sido muy sociable. Me interesaba por este y por aquel, me conocía todo el mundo, no?. Y también las mujeres. Eso fue siempre así. Con dieciocho ya tenía a mi hija mayor, y la madre dieciseis, imagínate tú qué plan, no?. Pero las cosas fueron así, y ya está. Y claro, mi padre me dijo, Manfred, tendrás que hacer algo de tu vida, y me hice ingeniero. Porque era lo que entonces se hacía uno para poder ganarse bien la vida, no?, Ingeniería. Mi primera mujer y yo nos separamos, pero más que separarnos cada uno hizo su vida de forma distinta, y ella conoció a otro, y tuvo otros hijos, claro, lógicamente. Lo mío con las mujeres, es digno de estudio, así te lo digo, porque claramente no soy el más guapo, ni el más fuerte ni pertenecí nunca a los que van primero ellos y luego el resto, como ves soy un tipo normal tirando a flaco, pero me las llevaba a todas. Mi amigo Gunther, que sí era el más guapo y más fuerte y todo eso, me preguntaba siempre que cómo hacía, porque a veces salíamos juntos, bueno, ya sabes, a ver un poco el mundo, no?, y el que se llevaba a la chica más mona era yo. Yo supongo que es por como hablo. No lo sé. Pero a mi me chiflan las mujeres, eso también cuenta, claro. En algún momento conocí a mi segunda mujer, como pasan las cosas, no?, y como era de esperar en seguida tuvimos dos hijos, y cuando digo enseguida es que hay meses en el año que tienen la misma edad, mi otra hija nos ayudaba y esas cosas, pero no siempre, porque mi hija tuvo una época muy hippy, y andaba como una loca de un lado para otro, un día nos llamó a las tantas, hola papá estoy en Grecia y pienso en ti ahora mismo, y yo le dije que pues qué bien, no?. Después se hizo profesora de latín y da clases en un instituto, su marido es profesor también, de biología, creo, pero no estoy seguro. Nosotros nos íbamos siempre de vacaciones a sitios donde los niños pudiesen correr y moverse libremente, no?, Egipto era perfecto, con toda aquella arena, no?, ahora ya no tanto. Mi segunda mujer un día me dijo que se sentía mal, y como son las cosas, al poco murió, no?, en aquel momento esas cosas no se podían saber, y supongo que ahora tampoco, el hecho es que yo me dije, Manfred, tú no sirves para estar solo y arreglarte con los dos críos, y como soy yo, pues me busqué otra mujer. Y sacamos las cosas adelante, y también a los críos. Y cuando ya nos relajamos, y ya casi se nos íban a ir de casa, nos llegó la pequeña. Durante cuatro meses fue un bulto en la matriz, no?, y yo diciéndole mira que yo barrigas ya he visto varias, y nos viene algo por ahí. Pero ella decía que no, que confiaba en su médico. El bulto se llamó María. Así de simple. Yo creo que porque nos cogió a los dos ya cansados. Con esta íbamos a All-inclusive, y la apuntamos a los Scouts. Por las excursiones, los niños necesitas moverse, no?. Yo ahora no me muevo mucho, la verdad. Si voy a algún sitio es a la casa que me dejó una tía abuela mía, que llegó a los ciento diez, fíjate tú, no?, y que está en medio de la nada. Aún hay sitios en medio de la nada, esta casa es uno de ellos, y voy siempre solo, porque mi mujer dice que si nos da algo allí cuando nos encontrasen seríamos momias, y eso a ella le da mucho miedo, las momias, la nada no tanto, no?, pero en fin. Cuando voy, abro todas las ventanas, y me siento en un porche que hay en la parte de atrás y que da a un inmenso jardín que mando cortar dos veces al año y que sirve de pista de entrenamiento a una familia de cuervos. Yo estoy convencido de que me conocen y me saludan, porque ya varias veces me presentaron a sus crías y dejaron caer nueces a mis pies. Yo llevo unos sandwiches y mi termo de café, y los observo hasta que se retiran. Y también me retiro yo. A veces me acompaña uno de mis hijos, el que se parece más a mi, y siempre me dice que si alguien nos matase allí el nuestro acabaría siendo un Expediente Abierto porque los únicos testigos serían los cuervos. Y yo le digo que en ese caso, estoy seguro de que ellos guiarían a la policía hasta el asesino, no?. Y nos reimos. Porque si hay algo, además de las mujeres, que me guste en esta vida, es reír. A lo mejor es por eso que tenía tanto gancho. No lo sé. Ahora sólo espero no llegar hasta los ciento diez, no sabría qué hacer con mi tiempo.

Vector y los problemas

-Vector tenemos un problema…

-Sólo uno? Me tranquiliza..

-Uno, pero grande…

-Sorpréndeme…

-Maritina Santillana no quiere ir al guateque de Luís Robledo…

-Y ese es el del martillo pilón…

-Qué martillo pilón?

-No es ese?

-Vector, esta gente no usaba martillos pilones….

-Entonces….a quién se le perdió el martillo pilón?

-Yo no trabajo Pérdidas…soy Encuentros y Casualidades

-Y qué necesitáis?

-Necesitamos que quiera ir al dichoso guateque…

-Y por qué no quiere ir ahora de nuevas?

-Porque llueve y hace frío…

-Y el guateque es al aire libre..

-No, es en la casa de Luís Robledo…

-Y ella tiene que ir por…?

-Porque allí va a conocer a Quique Calatrava con el que se casará y tendrán cuatro hijos, todos varones, el tercero de los cuales, Juan Manuel, se hará cirujano y será quien salve la vida a John Carpenter, el piloto de Formula1, después del accidente…

-Envía a Encuadre4, sabrá solucionarlo….

-En calidad de qué?

-Eso déjaselo a Encuadre4….

Maritina Santillana apartó el visillo de la ventana de su habitación y suspiró al tiempo que dibujaba un cansino mohín de hastío en su rostro. Seguía lloviendo a mares y hacía un momento el viento había lanzado una bocanada de granizo contra el cristal.

-Lo dicho, me voy a poner la bata y me voy a meter en la cama que es dónde mejor se está en días así…qué pereza arreglarme ahora…- Se lo decía sin demasiado ánimo a su prima Consuelo, quien pasaba las hojas de una revista, recostada en una de las camas gemelas.

-Yo no estoy invitada…así que tú verás…- Dijo sin ratro alguno de resquemor en el tono, mientras pasaba una hoja, Maritina se volvió a medias y se encogió de hombros, pero se mantuvo en silencio, para luego volver a observar la lluvia. En eso alguien llamó a la puerta, y antes de que pudieran decir nada, ésta se abrió y dio paso a la madre de Maritina, que venía acompañada de una chica de pelo castaño recogido en una cola de caballo y gafas de pasta negras, vestida con una falda de lana gris y un conjunto Pulligan azul cielo, y que sonrió con suma dulzura al verlas.

-Nena, mira, esta chica dice que viene de parte de Luís Robledo – Explicó la Sra. Santillana, que no parecía conocer a la chica, a la que observaba con una mezcla de curiosidad y reparo. La chica entró en el cuarto y miró en silencio a Maritina y a Consuelo, quienes a su vez también la miraban a ella un tanto sorprendidas.

-Hola, Buenas Tardes, yo soy Mariángeles, la prima de la ahijada del padre de Luís quien me envía para llevaros al guateque en coche, por la que está cayendo…- Explicó con calma, haciendo un gesto desvaido hacia la ventana, la Sra. Santillana se llevó la mano al pecho y parpadeó varias veces.

-En coche..? Mujer..sólo son dos calles, no había necesidad…con un paraguas…- Comenzó, pero Consuelo la interrumpio al tiempo que se incorporaba en la cama.

-Llevarnos? A mí también?- Preguntó sorprendida, Mariángeles se ajustó las gafas y carraspeó, para luego volver a sonreír de aquella manera tan irresistible.

-Sí, a las dos…no es fantástico?- Preguntó abriendo sus manos en gesto de alegría, Maritina se encogió de hombros y casi rio.

-Pues sí…qué amable Luís…no? Y de quién dices que eres ahijada..?

-Eso ahora no importa, es hora de que os arregléis para vuestra gran noche…- Animó Mariángeles, las primas se miraron entre si y luego a la Sra. Santillana quien en ese momento guiñaba los ojos, como hacía cuando quería acordarse de algo y no era capaz.

Maritina Santillana escogió para la ocasión un vestido azul cobalto de media manga, que si daba vueltas se abría dejando ver las enaguas de tul gris. Le dejó prestado a su prima un vestido verde agua, también con enagua, pero no de tul. Mariángeles estuvo presente en todo momento, sin perder un momento aquella sonrisa que invitaba también a sonreír a todo aquel que la mirase, y llegada la hora las llevó en un Mercedes hasta la misma puerta del portal de Luís Robledo, disculpándose por no acompañarlas, ya que tenía que devolver el coche al garaje.

-Un Mercedes, Encuadre4, no encontraste otra cosa..?

-Vector, era eso o un Rolls…

-Bueno, visto así…

-Hay que buscar un nuevo algoritmo para Consuelo

-Qué tiene de malo el de ahora?

-Ella no estaba invitada, según su algoritmo actual Consuelo no va a este ni a cualquier otro guateque, se hace mecanógrafa y se emplea en el Ministerio de Educación donde trabaja hasta su jubilación, se queda soltera..

-No podemos cambiar el transcurso de los acontecimientos Encuadre4, sólo ayudar a que sucedan…

-Ya lo hemos cambiado con su asistencia al guateque, Vector, es inevitable..

-Y qué necesitas?

-A Hipólito Miranda..

-Y ese es..?

-Ferreterías Miranda, tiene el mismo algoritmo que ella, pero en versión ferretería..

-Y ese es el que pierde el martillo pilón..

-No que yo sepa, Vector, y yo lo sé todo de él, sé que calza un cuarenta y cinco por ejemplo…

-Puede dormir de pie..

-El duerme poco y mal, tendré que mirar también ese factor…

-Pero esta vez sin Mercedes..

-No te prometo nada, Vector, y voy a necesitar a Escala7..

-Escala7 no está disponible…

-Es el único que puede solventar la situación…

-Ahora mismo se encuentra desviando flechas en la Guerra de los Boers…

-Envía a Ajuste08 es su especialidad…

-Lo haré…y Encuadre4, intenta que todo quede ahí..

-Todo será intentarlo.

Hipólito Miranda repartía cuidadosamente las tuercas del número 5 y las del 6 en sus compartimentos, sacándolas una a una de las cajas de repuestos que acababa de recibir, antes de depositarlas en su sitio corroboraba con un vistazo experto que no tuvieran defecto alguno, ajustándose de vez en cuando sus gafas metálicas bifocales. Hipólito Miranda había sido un adolescente que había crecido mucho en poco tiempo, convirtiendose en un hombre muy alto, de complexión delgada y tendente al encorvamiento, como también lo habían sido su padre y su abuelo antes que él. Hipólito portaba gafas desde la infancia y el grosor de los cristales había ido aumentando al ritmo de su miopía, lo que daba a su rostro, de facciones tranquilas, una expresión de eterna concentración. Y en eso estaba, concentrado en dilucidar si una de las tuercas del 6 estaba abollada o no, cuando escuchó la campanita que anunciaba la entrada de clientes en la ferretería. Salió de la trastienda aún con la tuerca  entre sus dedos, y hubo de ajustarse las gafas para ver mejor a la persona ante el mostrador, un hombre joven, ni alto ni bajo, de cabello rubio en correcto corte, con gafas oscuras y azicalado con un gabán negro bajo el que se adivinaba un traje de perfecto corte del mismo color con camisa blanca y pajarita gris, que sonrió mostrándole una flamante dentadura nada más le vio aparecer.

-Buenas Tardes…en qué puedo ayudarle?- Preguntó Hipólito sin moverse del umbral que daba paso a la trastienda ni soltar la tuerca de la presión de sus dedos, el desconocido tamborileó brevemente con los dedos sobre el mostrador sin abandonar su brillante sonrisa.

-Muy Buenas Tardes, Hipólito…bueno lo de Buenas es un decir, verdad?..en fin, soy Oleguer, el primo de Luís Robledo…- Se presentó, Hipólito se ajustó mejor las gafas y alzó las cejas un instante para luego acercarse al mostrador con la calma de las personas altas.

-Luís Robledo?- Hipólito conocía a Luís porque los dos acudían al mismo Club de Ajedrez, pero antes de que pudiera preguntarle al desconocido qué le traía por la ferretería, Oleguer se le adelantó.

-Sí, verás, me ha enviado para que te venga a recoger…necesita tu ayuda para el guateque, ya sabes cómo son esas cosas, que si la música, que si la CocaCola los sandwiches, las luces…y necesita de tu presencia para que todo salga bien..- Explicó, Hipólito, sin querer, dejó caer la tuerca que hasta entonces había sujetado entre sus dedos, y ésta rebotó en el suelo y se perdió por algún lugar por debajo de las estanterías.- No me digas que no es un buen plan, Hipólito…- Anotó Oleguer apoyándose con suma elegancia en el mostrador para atraer hacia si la atención de Hipólito quien por un instante había intentado buscar con la mirada la ruta seguida por la tuerca, pero después se ajustó las gafas y volvió a concentrarse en Oleguer y lo que acababa de decirle.

-CocaCola?…pero yo..

-No tenemos tiempo que perder, Hipólito, subamos a tu casa para que puedas cambiarte, no estoy diciendo que ese mandil te quede mal, pero cada ocasión necesita su habío, verdad?, dirás tú que yo voy ligeramente overdressed, pero sinceramente, no encontré otra cosa y seguro que tú tienes ropa suficiente para dar la talla, que no te falta, por lo que observo…ven, Hipólito, no hay tiempo que perder…

-Pero yo…

-No tengas cuidado, Hipólito, tu padre lo entenderá….

 

-Vector, Escala7 necesita más gente..

-Gente, es un término demasiado amplio…

-Necesita y cito „más afluencia de público“…

-Ha dado razones?

-Negativo

-Contacta con Muchedumbres, ellos le ayudarán…

-Entendido, Vector…

-Ha encontrado alguien ya el martillo pilón?

-Herramientas y Elementos Móviles se está encargando…

-Algo es algo…

Luís Robledo no conocía a casi nadie de las personas que ahora abarrotaban su casa. Cansado de acudir a abrir la puerta cada vez que llamaban al timbre, había dejado encargado de hacerlo a uno que dijo llamarse Jacinto y ser amigo de su prima Marisé la de Pamplona. Mirara hacia donde mirara ante él se extendía una nube baja de humo en la que se movía un mar de cabezas danzantes al ritmo de la música que salía de su tocadiscos, en ese momento un Twist, que no recordaba que tenía. De lejos le pareció divisar a su mejor amigo, Quique Calatrava, quien bailaba y charlaba animadamente con Maritina Santillana, que había sido la primera en llegar con su prima, una tal Consuelo, a la que no había visto nunca antes, como a la gran mayoría de los presentes, entre ellos un grupo de cinco jóvenes de rasgos asiáticos y que dijeron ser filipinos, con los que se cruzaba de vez en cuando y le felicitaban por el buen ambiente. Desde un lateral Marimanuela Ordoñez, a la que no recordaba haber invitado pero él se había alegrado sobremanera al verla aparecer, le hizo señas para que se acercara, en ese momento estaba tratando de mantener una conversación con un grupo de gente entre la que se encontraban la tal Consuelo, Hipólito el de la ferretería y un chico rubio con gafas oscuras que parecía un maniquí de revista.

-Tienes un salón enorme, Luisito! Cuánto local!- Felicitó Marimanuela, Luís asintió pasándose la mano por el cabello, ya que, sin querer admitirlo, hacía ya un rato que había dejado de reconocer su propia casa, optó por preguntarle si quería una CocaCola, que tampoco sabía de dónde salían, y los dos se perdieron en la multitud.

-Qué barbaridad! Es la primera vez que estoy en un sitio así!- Admitió Consuelo, aferrada a su CocaCola, Hipólito miró a su alrededor y asintió con la cabeza.

-Yo también! Ni en las fiestas de la patrona hay tanta gente!- Anotó teniendo que inclinarse ligeramente para que ella le oyera, Consuelo sonrió y tomó un sorbito de refresco.

-Y eso que no tenía que venir!- Comentó, Hipólito se ajustó las gafas y levantó las cejas.

-Yo tampoco! Oleguer me dijo de venir, y vine!- Explicó señalando a Oleguer, quien asistía a la conversación con una correcta sonrisa, y una vez Hipólito dijo esto levantó una ceja y apoyó su mano en el hombro de Consuelo.

-Consuelo, a Hipólito, si tú le dices ven, lo deja todo!- Anotó, Consuelo, se llevó la mano al adorno de la pechera de su vestido y miró a Hipólito totalmente maravillada.

-Hipólito!- Casi suspiró, Hipólito se inclino hacia ella, ajustó las gafas y alzó las cejas.

-Bueno..todo..todo..- Sopesó él con un halo de duda, Consuelo le cogió del brazo y rio.

-Ay Hipólito, qué cosas tienes!- Y quiso comentarle algo a Oleguer, pero éste ya avanzaba entre la muchedumbre danzante, y se perdió entre las nubes de humo.

 

-Y tenían que ser filipinos…

-Eso díselo a Muchedumbres, Vector, yo soy Datos y Señas..

-Cómo se ha solucionado el Algoritmo Consuelo?

-Consuelo Sánchez e Hipólito Miranda comparten algoritmo desde que les hicimos coincidir, regentan una cadena de ferreterías y una empresa de materiales de construcción, tuvieron tres hijos, y actualmente siete nietos…

-Vale, vale..y Maritina Santillana?

-Su algoritmo no varió, salvamos la situación…

-Perfecto…dónde está Escala7 ahora?

-Está en Lo que el Viento se llevó…

-Se ocupa ahora de Huracanes y Desastres?

-No, Vector, en el rodaje de „Lo que el Viento se llevó“…

-Ya me parecía a mí…y Encuadre4?

-Está en Woodstock, con el equipo de Aglomeraciones y Efemérides..

-Y nadie sabe dónde está el martillo pilón?

-Vector, es mejor que lo demos por perdido y lo incluyamos en Lapsus y Dejavús

-Tienes razón, inclúyelo, algún problema más?

-Yo siempre traigo problemas, Vector…

-Díme entonces algo que no sepa…

 

Uwe Kohlhof se disponía a colocar un poco más de musgo sobre las rocas de cartón piedra que decoraban el ingente escenario del teatro, cuando se dio cuenta de su presencia, allí, en medio del escenario, iluminado con una haz de luz proveniente de un foco en lo alto, había un martillo pilón. Uwe Kohlhof se acercó para asegurarse de que no estaba viendo visiones. Al confirmar su sospecha, suspiró con fuerza y llamó al ayudante de Dirección Artística.

-Horst! Hoorst!!

-Y ahora qué pasa?!

-No me grites..

-Perdona, pero quien gritó primero fuiste tú…

-Qué hace esto aquí?

-Qué es „esto“?

-No lo ves? Un martillo pilón?

-Un martillo qué?

-Pilón, Horst, un martillo pilón, qué tiene que buscar una cosa así en „El anillo de los Nibelungos“?

-Ay a mí no me mires, si está ahí será porque al Excelentísimo Jochen se le ocurrió, así que déjalo…

-Así en el medio?

-Sí, así en el medio..

-Como para que alguien tropiece con la de gente que entra y sale después…

-Pues querrá que tropiecen, yo qué sé, el Excelentísimo es él…

-Pues pondré una marca luminosa…

-Tú si que eres una „marca luminosa“

-Yo también te quiero..

Ese año la puesta en escena de la ópera „El anillo de los Nibelungos“ en el Festival de Ópera de Bayreuth fue muy celebrada y alabada en todos los medios.

Todos compartían la misma opinión. Un martillo pilón en medio del escenario, resumía a la perfección el alma de la obra.

Samuel

Mi nombre original de pila es Samuel Echeveste Carro. Cuando me lo cambié lo hice por mi segundo, Enrique, y los dos apellidos de mi abuela paterna Valle Chacón. Me resultó fácil. Puse como motivo que ambos apellidos en esa combinación se iban a perder por falta de descendientes, cosa que era cierta, y me lo concedieron. Lo hice todo en Guadalajara, y como dirección un apartado de correos. Hice también el pasaporte. No fue una decisión tomada en un pronto. Lo planeé con tiempo y calma. Por eso salió bien. Para abrir una nueva puerta, hay que cerrar bien la que dejas atrás, y eso es lo que hice.

El principio. Dónde está el principio.

Mi padre, el que me dio el nombre, vivió el tiempo justo para dejar embarazada a mi madre, casarse con ella, y esperar a que yo naciese. Cuatro meses después se mató en un accidente de coche. Mi madre fue desde entonces una viuda inconsolable, y trabajó para mantenernos a flote. Supongo que me quiso mucho, pero no como a mi padre, yo eso lo tuve claro desde siempre. Enfermó cuando yo tenía diecisiete, y se dejó ir. Se fue en seis meses. Y allí estaba yo, solo en el mundo y con un alquiler que pagar, porque familia a la que acudir no tenía.

Lo primero en lo que encontré trabajo fue en la noche. En una discoteca donde también hice de Relaciones, porque decían que sólo con mi físico las entradas se vendían solas, como iba a comisión por mi podían decir lo que quisiesen. Entonces, por pura casualidad, un compañero,que era go-gó, me habló de un casting y me convenció para que le acompañara. Allí nos fuimos los dos, recuerdo que llovía a chuzos. Llegamos completamente empapados, y él me dijo que seguramente con semejante pinta no nos dejarían participar. Pero lo hicieron. Éramos cientos de tíos allí, una barbaridad. En fin.

Alguien repartió una hojita con un pequeño monologo, en el que un chico se presentaba haciendo partícipe a su interlocutor de detalles de su vida.

Me llamaron de los últimos. Recité el monologo y me fui a cenar con mi amigo el go-gó, cómo se llamaba? Ahora no caigo…Mauro o Mario, o algo así.

Al día siguiente ya me estaban llamando. Y ahí nació Charly el Rubio. El chico gay en un entorno demoledor y hostil. Creo que han llegado a decir que fue una serie histórica, o que marcó época. No sé. A mí, personalmente, fue como si me hubieran lanzado a un barreño de agua helada sin avisar.

Fue durante el rodaje, los primeros días, que conocí a Lorenzo, o Lore, como le gustaba que le llamaran. Él era abiertamente gay, ya entonces hablaba de si mismo en femenino, y toda la parafernalia acorde. Era ayudante de producción. Y se enamoró de mi. Mi personaje, Charly, navegaba entre dos aguas sin decidirse hacia dónde tirar, y Lorenzo dio por sentado que yo navegaba en sus aguas.

Tuve la suficiente visión para no desmentírselo, ni a él ni a nadie, ya que me convertí en un referente, y tenía legiones de admiradores y pretendientes. Yo hasta aquel momento sólo había estado con dos chicas, así que tampoco era un experto en el tema. Pero dejé a Charly suplantar a Samuel, en mi propio beneficio.

Después de tres temporadas, y cuando la serie ya era legendaria, se decidieron por acabarla. Lorenzo, en aquel momento hacía sus pinitos como director, sobre todo cortos y videos. No tenía problemas de pasta, porque su família la tenía. Dinero viejo. Dejad al niño que haga lo que quiera. Yo en cambio, cuando se acabase la serie, seguiría siendo Charly el Rubio, y tendría que buscarme las lentejas.

Así que me volví a lanzar al barril de agua helada, y no me hice de rogar por Lore.

Yo ya escribía cosas, más para mi que para nadie, y Lore comenzó a interesarse por mis escritos, porque para Lore todo lo que yo hiciese o no hiciese era importante. Poco a poco fuimos formando el famoso binomio. Yo las ideas y los guiones, él dirigiendo o produciendo.

Yo mismo me puse un plazo. Cinco años. Me preocupé de guardar ceremoniosamente los derechos de cada una de mis colaboraciones. A frases que se hicieron icónicas, les puse mi copyright. Versiones de mis guiones en otros idiomas. Todo lo que te puedas imaginar y sólo fuese mío, lo puse bajo siete candados. Lore lo sabía, me llamaba exagerado. Que quién me iba a querer robar nada, siendo quien era él. Él. Siendo quien era Él. Nunca dio en pensar que yo pudiera ser alguien y volar libre haciendo lo que me diese la gana.

Éramos la pareja ideal. Dirección, producción y guión en dos personas. Y teníamos que mostrárselo a todo el mundo, todo el rato. En las redes, en revistas, en entrevistas. Sobre todo Lore, yo siempre me mantuve en un segundo plano. A mi no me gustan los perros, y teníamos tres, que Lore decía que eran nuestros hijos. Para mi siempre fueron Perro1, Perro2 y Perro3, los paseaba por show, a veces ni eso. Luego estaban las vacaciones. Yo soy más de montaña y frio, pues no, teníamos que ir con toda nuestra camarilla a islas donde hacía un calor horrible, a lucir palmito y mostrar nuestro amor. O su amor. Repito. Como he dicho, yo me di cinco años.

Yola? Sí, ella también venía. Yola estaba en mi misma situación pero en espejo. Estaba de pareja con Lucero Jones, o Lucía Vázquez, como quieras llamarla, por mis mismas razones. Bueno, eso es lo que suponía yo y confirmé después, porque ella en aquel momento portaba banderas y hacía mucho ruido. Nos calamos en seguida. Yo creo que según nos vimos por primera vez, supimos de qué pie cojeábamos. Pero nunca me lié con ella, ni ella me lo propuso. Cada uno de nosotros tenía su plan, y no podíamos echarlo a perder. Sí, yo tenía relaciones con mujeres, pero del tipo que el dinero paga la discreción. Mucho dinero. Y siempre lejos. Lo suficiente.

Lo fui tejiendo poco a poco. Primero me busqué un buen notario, al que di un poder universal para representarme, y comencé el proceso de cambio de nombre. Después le llevé todos los papeles de los proyectos conjuntos, y él dilucidó cual era mi parte de todas las ganacias hasta ese momento y en el futuro. En algún lugar había leido que para que alguien pudiera considerarse un hombre de éxito, tenía que haber ganado su primer millón de dólares antes de cumplir los treinta. Yo podía considerarme uno con creces.

Por último tuve que elegir mi lugar de huida. Me decidí por Canadá. British Columbia. Porque adoro las montañas, y en general el clima. También la mentalidad canadiense. No sé. Di con este pueblo cuando vine a recoger un premio a Vancouver. Yo solo. Lore odiaba volar y además era invierno, y ya te dije lo suyo con el calor.

Después sólo fue cuestión de esperar. Empezamos a tener problemas, más de los que ya teníamos, porque yo no podía fingir más, y él me quería más que nunca. Era horrible. Para los dos. Y desaparecí.

Mi notario le leyó una explicación. Y hasta hoy.

Aquí me hice arquitecto de interiores, quién me lo iba a decir, porque en realidad empecé por una formación de ebanista. Allí conocí a Audrey, mi mujer. No, no tenemos perro, tenemos gato y dos hijas.

No me arrepiento. El hombre es un lobo para el hombre. Y yo fui lobo cuando tuve que serlo.

Nada más.

Un día en la Casa Grande

-Malia, ponte la ropa buena, que hoy tienes que ir a la Casa Grande…

-A cuál?

-A la de Zárate, mañana celebran y reciben gente, y hoy hay faena para dar y regalar..

-Viene usted conmigo?

-Yo tengo que planchar la ropa de la Virgen y los manteles del altar, después me cuentas…

-Contar? El qué?

-En la Casa Grande siempre pasan cosas…

Malia, cuyo nombre era Amalia, pero ella respondía sólo a Malia, se puso su ropa buena, y los zapatos de hebilla que reservaba para ir a la misa, luego su madre le peinó la melena en una trenza y se la fijó con brillantina, ya que tenía el pelo muy liso y se le desprendía con facilidad.

Antes de que Malia pudiera llegar al final de su calle, la alcanzó Samuel el del Carro con su carro, el mismo que un día sería utilizado para montar una infranqueable barricada y a través del espacio que dejaban dos de sus varas Antoñito el de los Rieles alcanzaría de un tiro la campana de la iglesia. Pero eso Samuel no lo podía saber. Hoy lo llevaba cargado con tres barriles de vino, y, adivinando que Malia y él tenían el mismo destino, la invitó a subirse al pescante, invitación que Malia aceptó con gusto, ya que así no tendría que hacer el largo camino andando bajo el ya incipiente calor.

Una vez llegados a la propiedad, Samuel paró el carro en la zona de las bodegas. Malia tenía que ir la la zona de cocinas, así que tras despedirse de Samuel, acortó camino a través del patio de las cuadras. Allí se cruzó con Cleto, uno de los mozos que ayudaba con las bestias, y que ahora llevaba una cesta repleta de huevos en sus manos, las mismas sobre las que observaría el brillo único de una pulsera que iba llamada a ser maldita por las desgracias que había acarreado su posesión, hasta que él quiso robarla y sin embargo la consiguió sin más, y con ella la solución a todos sus problemas. Pero eso sucedería después. Mucho después. Ahora Cleto contaba sólo doce años y acarreaba un cesto repleto de huevos. Al ver a Malia soltó una carcajada.

-Hola Malia. Es que te has perdido o qué?

-Muy gracioso, vengo a ayudar…

-Ahí dentro las tienes a todas…- Y señaló la entrada a la cocina con la cabeza.

-Gracias..- Cleto se encogió de hombros como respuesta y continuó camino.

Malia alcanzó la puerta de la cocina, y nadie se dio cuenta de su presencia ya que todas y cada una de las personas que en aquel momento se encontraban en aquella enorme superficie que era la cocina de la Casa Grande de Zárate, estaban ocupadas en alguna actividad o se movían de un lado a otro tratando de no molestarse unas a otras, todo ello sin ahorrar en voces, órdenes, contraórdenes, maldiciones, redioses y retaílas de distinta índole.

Malia buscó desde la puerta a su prima Carmencha. Carmencha desventraba un conejo sobre la mesa de la cocina, hundiendo sus manos en el animal y abarcando con ellas todo lo que hubiera en su interior. De la misma forma que removería las entrañas de Lady Abton-Lewis para girar en ellas a Reginald Timotheus Carmine, después quinto Lord Abton-Lewis, y así aquella pudiera parirle, y Lady Abton-Lewis decidió ponerle Carmine de tercer nombre, desterrando Magnus, en señal de agradecimiento hacia Carmencha a quien la unió un vínculo más fuerte que cualquier amistad por el resto de sus vidas y a quien una tarde de lluvia de un mes de marzo presentó al Comandante Thornton. Pero eso sucedería más tarde. Mucho más tarde. La futura Lady Abton-Lewis celebraría aún en breve su puesta de largo, el Comandante Thornton todavía no era ni oficial y Carmencha, aquella mañana, tenía seis conejos más por desventrar.

-Ya estoy aquí- Se presentó Malia, a lo que Carmencha respondió asintiendo con la cabeza sin mirarla, para después secarse el sudor de la frente con un antebrazo.

-Ya..yo estoy con esto, ahí la Jacoba te dirá..- Y le señaló con la cabeza algún lugar tras ella, Malia sin más se dirigió a Jacoba.

Jacoba en ese momento cortaba con ayuda de unas enormes tijeras, y con milimétrica exactitud, cordón de bramante que después sería utilizado con los rollos de carne mechada. Lo hacía con la misma exactitud con la que enderezaría la pierna de Gracián tras caerse éste del caballo y nadie se atrevía a mirar aquello, y Jacoba le colocaría los huesos otra vez en su sitio como se lo había visto hacer siempre a su padre con las bestias, y Gracián llegaría a escalar el Techo de Mundo. Pero eso Jacoba no podía saberlo en ese momento. Porque eso sucedería mucho después. Y Gracián aún tenía que nacer.

-Bien que vienes…ya ves qué apuro hay, lo primero que vas a hacer es ir al corral y coger uno de los gallos, el más grande veas y traérmelo…fíjate tú qué necesidad con todo lo que hay, pero la Señora lo quiere „al vino“ mañana, así que viento y no te entretengas…- Se lo ordenó sin apartar la vista del cordón y accionando las enormes tijeras, que hicieron un chasquido metálico al cortarlo. Malia asintió, y sin perder un minuto se alejó hacia la puerta por la que había entrado- No! No vayas por ahí..vete por aquí que llegas antes- Y Jacoba le señaló una puerta lateral- Y vuelve por el mismo camino…venga…viento!- Malia corrió hasta la puerta y casi como una exhalación desapareció tras ella.

Esa puerta llevaba a unas escaleras, que Malia descendió y por las que se cruzó con dos hombres que subían discutiendo entre si sobre la mejor manera de destejar un tejado, mientras ellos mismos transportaban una silla en cada brazo. Sólo pararon de discutir para darle a Malia un fugaz Buenos Días, y después continuar con su debate. Una vez alcanzó la base de la escalera, Malia salió a una patio más pequeño que el de las bestias. Lo cruzó guiándose por los cacareos que escuchó provenían del fondo. El corral, repleto de gallinas que pululaban de una lado a otro, estaba vallado, y tenía como acceso una puerta de malla metálica cerrada con pestillo. Iba a abrirla, cuando una voz se lo impidió.

-No! No la abras, si no salen todas corriendo y después no quieren volver a entrar- Quien así advertía era Felipe, el hijo del encargado de los corrales, que se acercaba a ella portando dos cubos con pan viejo en migas. Los portaba con la misma facilidad con la que una vez se desharía del cuerpo del que había sido el ruín asesino de su padre, arrojándolo a una tumba sin nombre y cubriéndolo con la tierra del olvido, hasta que fuera descubierto muchos años después por motivo de la construcción de un aparcamiento subterráneo, pero para aquel entonces Felipe también habría sido enterrado, con gran duelo y tristeza, en su panteón del Rosehill Cemetery de Chicago, Illinois, y nunca le habrían de faltar flores frescas. Pero eso Felipe no lo sabía todavía. Eso sucedería mucho después. Ahora se acercaba a Malia transportando con pasmosa facilidad dos cubos de pan viejo.

-Cuántas quieres?- Se interesó, dejando los cubos ante la puerta de malla.

-La Jacoba quiere un gallo- Aclaró Malia.

-Pues espera aquí que te lo busco- Y tras abrir el pestillo de la portezuela, se deslizó dentro del corral cerrándola tras si y desapareciendo por el fondo. Volvió casi de inmediato, portando entre sus brazos de remo un digno ejemplar, que no parecía estar muy de acuerdo con la mudanza y trataba de zafarse sin conseguirlo.- Aquí tienes, el más grande, reservado para las ocasiones, vas a tener que sujetarlo muy fuerte, si no se te escapará- Advirtió Felipe, antes de pasárselo a Malia, quien recibió el gallo en una especie de abrazo en el que lo estrechó contra si.

-Gracias Felipe, dale un saludo a tu hermana..- Felipe sonrió.

-Se lo daré..- En eso, un grupo de hombres portando cada uno varias sillas se dispusieron a entrar por la puerta por la que ella había accedido al patio antes.

-Uy…eso va para largo, es mejor que utilices esa otra puerta..- Aconsejó Felipe señalándole otra puerta lateral, Malia dudó un momento, indecisa.

-A dónde voy a dar?- Quiso saber, Felipe pensó un instante y después chasqueó los dedos.

-Según entras, subes las escaleras y tuerces a la izquierda, luego a la derecha y sigues el pasillo, vuelves a torces a la izquierda y después bajas por unas escaleras que vas a encontrar a la derecha y ya llegas a la cocina..- Explicó Felipe moviendo sus manos en el aire al tiempo que daba las indicaciones. Malia asintió sonriendo, convencida de que se acordaría de todo. Felipe le abrió la puerta para que no tuviera que soltar al gallo, que se revolvía sin parar, y se despidieron.

Malia subió las escaleras, como le había dicho Felipe, pero en lugar de torcer a la izquierda, torció a la derecha, encontrándose en un pasillo larguísimo, repleto de puertas. Cuando había alcanzado aproximadamente la mitad del pasillo, el gallo aprovechó que Malia había aflojado levemente la fuerza de su abrazo, y se revolvió sobre si mismo con gran aspaviento de alas y golpes de pico, que Malia esquivó a duras penas dejándolo libre sin querer, y el gallo, viéndose liberado, se escapó corriendo a gran velocidad por el pasillo, desapareciendo por el codo al final del mismo. Malia le siguió corriendo, y alcanzó a verle desaparecer en una habitación que tenía la puerta abierta y de la que provenía una voz masculina que no parecía de este mundo, que cantaba el „Ave María“ de Schubert. Malia se acercó casi sin atreverse a la puerta, y, al asomarse, descubrió a Lorenzo el de los Cubos que, subido en lo alto de una escalera, cantaba mientras colocaba la barra de unas cortinas, con aquella voz suya, que le llevaría una vez a ser el único tenor en recibir diez minutos de reloj de ovaciones en pie en el Teatro Real, la misma voz con la que su hijo haría vibrar el Madison Square Garden y su nieto el Wembley-Stadion. Pero eso Lorenzo todavía no lo podía saber. Ahora ensayaba el „Ave María“ que tenía que cantar al día siguiente en misa de doce, con Migia de Bermúdez y Lina la de Arriba como único público, quienes le miraban con la boca abierta sin atinar al moverse, mientras sostenían las cortinas en los brazos. Ninguno de los tres se percató de la presencia de Malia, quien tras cerciorarse de que el gallo no estaba allí continuó su búsqueda por el pasillo.

-No me dejes Alfonso, por Dios..

-Ya te dije que me iría, y me voy Lores…

-No te puedes ir, no hoy..

-Me voy, Lores, ya está decidido…

-Vete mañana, después de la fiesta, qué dirá la gente si no estás cuando diga que estoy en estado…

-En estado..?Otra vez? Pero..Lores…cómo?..

-Pasa la fiesta, doy la noticia y te vas…

-Lores, entonces sí que no me puedo ir…es que no lo entiendes?

-Lo que sí entiendo es que no me puedes dejar Alfonso…

-Déjame Lores, déjame…

-Alfonso a dónde vas?…Alfonso por Dios…

Quienes así discutían mientras iban de una habitación a la de enfrente, en lo que parecía un perfectamente orquestada persecución, eran Dolores de Zárate la hija mayor de los Zárate, llamada familiarmente Lores, y su marido Alfonso. Lores de Zárate había decidido una vez ser infeliz con Alfonso y no feliz con otra persona, y eso siempre había sido así, era así y seguiría siendo así hasta que la muerte les separó, muchos años y ocho hijos después. Y, de alguna manera ellos lo sabían. Que eran infelices. Que llegarían a tener ocho hijos todavía no, ya que Lores de Zárate ni siquiera estaba todavía embarazada de su cuarto hijo. Y eso ella sí que lo sabía. Alfonso no. Y por eso le perseguía de cuarto en cuarto sin descanso, y sin percatarse de la presencia de Malia, quien se había escondido en un recodo en sombra. Cuando Lores y Alfonso se encerraron por fin en una habitación a continuar con su discusión, Malia escuchó el posible aleteo del gallo, que provenía de unas alacenas de ropa a la vuelta del pasillo. A paso rápido Malia recorrió el espacio entre su escondite y las alacenas, y abrió una de ellas de vez con el fin de sorprender al gallo. Pero a quien sorprendió fue a Gero el del Pintor y a Bautista el de los Llanos abrazados y rodeados de toda la ropa blanca por planchar de los Zárate, y que al verla, se separaron abruptamente, casi empujándose el uno al otro, como nunca tendrían que hacer de nuevo en Quebec, donde regentarían conjuntamente una lavandería y se abrazarían cuando les diera la gana. Pero eso ellos todavía no lo podían saber. Ni Malia tampoco, quien por un instante se preguntó por qué esos dos buscarían un sitio así para darse un abrazo, y sobre todo, a sus ojos, por qué motivo. Pero no se paró a preguntárselo, ya que volvió a cerrar la puerta de la alacena, y continuó con la búsqueda del gallo, al que ya maldecía para si y deseaba la peor de las suertes, mientras trataba de colocarse bien el pelo, que ya empezaba a deslizársele de la trenza.

Adrián de Zárate, llamado familiarmente, Aidán, había rendido en la Capital con éxito los exámenes para Notarías que su padre tanto había ansiado, y había llegado a la Casa Grande a primera hora de la mañana, después de un tortuoso viaje en el que había tenido que cambiar tres veces de tren, recorrido un trecho en carro y por último atravesado un monte a caballo. No había conseguido sentarse a descansar desde que había puesto pie en la casa, que había encontrado envuelta en una especie de zafarrancho. Aidán de Zárate se tumbó en el sofá de la salita azul del segundo piso dispuesto a descansar cinco minutos. Sólo cinco minutos. Ese era exáctamente el espacio de tiempo que, calculaba, necesitaba para reponerse del viaje. Cerró los ojos. Y Malia entró en tromba en su vida.

-Y tú qué haces aquí?

-Ay Señorito! Por favor perdóneme…es que se me ha escapado el gallo…

-El gallo…

-Si Señorito…lo levaba a la cocina y se me revolvió, y salió volando y yo corrí y casi me caí y ahora no sé donde está y perdóneme Señorito que no lo he hecho a propósito…

-No te preocupes, no se lo diré a nadie…pero por aquí no ha pasado…

-La Señá Jacoba me va a correr a palos…dónde estará Dios Mío…

-Vamos a ver, tranquilízate, dónde dices que se te escapó?

-En el pasillo…

-Pues vete al pasillo…

-Ya fui y ya volví y nada…- Escuchan el cacarear del gallo muy cerca. Ambos se acercan a la ventana. El gallo está sobre el muro de la alberca. Ellos se miran.

-Ahí tienes tu gallo…- Malia suspiró casi llorando, sin saber qué hacer, él suspiró también como el que se arma de paciencia- Pues que no se diga que un de Zárate no sabe atrapar un gallo..- Y sin más se dirigió a la puerta, ella le siguió llevándose las manos a la boca.Le siguió por pasillos y escaleras, hasta que alcanzaron la puerta de salida al Fondo, llamado así porque se encontraba precisamente, allí, en el fondo de la propiedad.

Aidán se acercó despacio a la alberca, sobre el muro de la cual, caminaba el gallo, todavía ajeno a sus intenciones, y se encaramó con cuidado para atraparlo. Al querer atrapar el gallo, Aidán perdió pie y cayó a la alberca provocando al chapuzarse una explosión de agua que mojó también a Malia, quien no pudo reprimir un grito de espanto. Justo en el momento en que Aidán había conseguido incorporarse dentro de la alberca cuyo volumen de agua le llegaba a la mitad del pecho, Clarugenia y Ulogio que, por motivos que más tarde vendrían a cuento, se encontraban cerca, detrás de un muro, aparecieron corriendo, alertados por el grito de Malia y el repentino chapoteo.

-Ay Señorito! Qué le ha pasado a usted!- Exclamó Clarugenia llevándose las manos a la cabeza, Ulogio soltó un silbido y se quitó el sombrero de paja, como siempre hacía delante de los Señores, aunque acabasen de caer dentro de una alberca. Aidán se enjugó el rostro con las palmas de las manos y escupio un poco de agua. Malia había optado por taparse la boca con la mano y no parpadear.

-El calor…Hace un calor terrible…- Acertó a contestar, Clarugenia y Ulogio se miraron un instante, con la misma expresión con la que se mirarían cuando su hijo les dijo que él lo que quería era estudiar Ingeniería de Minas y horadar túneles en montañas, extremo que se cumpliría y su nombre se leería después en las placas conmemorativas. Pero eso ellos todavía no lo podían saber. Ellos seguían sin entender qué hacía el Señorito Aidán en la alberca del fondo.

Ulogio le ayudó a salir y Clarugenia se fue corriendo hacia la casa a buscar algún paño con el que se pudiera secar. Aidán le agradeció la ayuda a Ulogio, quien tras ponerse de nuevo su sombrero regresó a lo que estuviera haciendo tras el muro, y Aidán se acercó a Malia.Y la miró. La miró, y a ella le pareció que ella fuera la única persona existente en el mundo en aquel momento, y que Aidán diera en mirarla. A ella sola. Porque sólo serían ellos dos en el mundo. La miró como la volvería a mirar el día que trajo al mundo a su primer hijo. Pero eso ella todavía no lo sabía, y aunque Aidán ya lo intuía, en aquel momento sólo la miró. Como si fueran sólo ellos en el mundo.

-Creo que lo mejor es que busquemos otro gallo..- Propuso él, ella suspiró rindiendose a la evidencia.

-Mejor será, sí…- Dijo. Y se alejaron caminando despacio hacia la casa, juntos, como siempre lo estarían a partir de ese momento. Aunque ellos todavía no podían saberlo.

Mientras esto sucedía, el gallo había volado cortas distancias, como suelen hacer los gallos, y corrido a gran velocidad, como también suelen hacer ese tipo de aves, y había alcanzado el Camino del Fondo, llamado así por encontrarse justamente allí, en el fondo de la propiedad, por el que avanzaba Ginés el del Toldero, camino de la Casa Grande con el fin de preguntar si hubiera faena para él y así ganarse unos cuartos. Cuando el gallo se cruzó en su camino, primero miró en derredor en busca de la persona a la que debía pertenecer tal ejemplar, pero no vio a nadie ni escuchó nada, sólo el canto de las cigarras. Y sin pensarlo dos veces agarró con las dos manos el saco que siempre llevaba consigo, y atrapó de una vez al gallo dentro. Apretándolo contra si y cerrándole el pico con la mano para no delatarse, se lo llevó a casa. Su mujer y él comerían caliente por primera vez en tanto tiempo que no se pararon a recordar cuánto y lo harían durante dos semanas enteras. Y ella, a resultas de semejante regalía, por fin conseguiría empreñar y su hijo llegaría a ser un médico muy importante en la historia del país. Pero ellos, en aquel momento, no lo podían saber. Sólo se preocuparon de esconder el gallo.

Y cayó la tarde, y el calor refrescó con una ligera brisa. Y se abrieron ventanas y portones para dejarla entrar y que se quedara a pasar la noche. Y la noche trajo el día, y aquel día después de la misa y tras los consabidos cinco chupinazos en honor a la patrona, la bomba de palenque rompería todos los cristales de la casa de los Sainz.

Pero eso todavía no lo podía saber nadie.

Orbison

Qué no daría él por cantar así. Abrir la boca y soltar semejante voz. Pero no. Él no podría nunca. Hombre, cantar, lo que se dice cantar, sí. Cualquiera puede cantar. Pero así no. Sólo muy pocos. Si intentara llegar a la nota, la gente pensaría que le estaba dando algo. Él, al cantar, pareciera que está tratando de juntar vacas en el prado. Se lo había dicho una vez su abuelo. Y tenía razón. Por eso él sólo tararea. Pero únicamente cuando está solo, ya que es consciente de que hay gente que eso le enerva. Y luego está lo que dice. A él siempre le lleva lejos. Mar adentro. Donde uno puede estar a solas con el mar. Sin tiempos ni espacios. Mirando las olas pasar. No como ahora. Metido en un coche, esperando a que se dilucide un atasco en una ciudad de interior. Le lleva a aquellos días. A aquel verano. El verano de los surferos. Surfistas. Pero ellos entonces les llamaban surferos, aunque ni siquiera lo fuesen en realidad. Lo que hacían era Windsurf. En todo caso hubieran sido Windsurfistas. Pero para ellos eran los surferos. Bueno, para ellos no, para Candamio, el jefe del Servicio de Salvamento de la playa que le había tocado a él. Para que no te aburras te hemos apuntado en Salvamento, le había dicho su madre, y cualquiera le chistaba entonces a su madre. Y allí se fue él, dispuesto a salvar gente sin tener idea de cómo. En su playa no había surferos. Salían de la playa de enfrente, y ellos les veían bailar entre las dos playas al ritmo del viento y las olas. En su playa nunca pasaba nada más allá de una picadura de avispa, así que ellos tenían todo el tiempo del mundo para observarlos. Ellos. Ellos eran, Garita, al que llamaban así porque ya había hecho la mili y se la había pasado metido en una, Tiritas, que había venido ya con el nombre puesto, y él mismo al que dieron en llamar “Jaselhof”, porque no se le había ocurrido mejor idea que aparecer el primer día con un bañador rojo. Ellos eran los encargados de abrir y cerrar la playa. Acto que consistía en anunciarlo por megafonía y que nadie se diese por enterado. Si había tantos surferos era por el viento. Siempre hacía viento. Hasta que un día, de repente, no hubo. Sin más. Durante bastante tiempo. Que debió de ser mucho, porque él se había bañado dos veces para aliviar el calor. Entonces habían aparecido dos guardias civiles y le habían dicho a Candamio que tenían que salir a un rescate con la Zodiac. Y todos le habían mirado a él, a Jaselhof. Como si estar estudiando Económicas le otorgase el don de ser experto en rescates. Al no haber viento, dos surferos se habían quedado varados en el agua entre las dos playas, sus amigos, al ver que no regresaban habían llamado a la guardia civil desde una cabina y ellos ahora tenían que ir a buscarles. Habían salido Tiritas y él. Tiritas puso la lancha a todo dar y él tuvo que ir todo el trayecto aferrado a las cuerdas tratando se no caer al agua. Él sigue convencido de que aquel motor tenía que estar trucado. En total tuvieron que hacer tres viajes de ida y vuelta. En el primero trasladaron a los surferos a la playa. Y en los otros dos remolcaron las tablas y las velas. Él había contado la hazaña en casa y su padre le había llamado héroe. Y todo hubiera quedado en eso. Pero no. Al día siguiente sucedió exactamente lo mismo. Incluso la pareja de la guardia civil fue la misma. Pero esta vez no eran dos surferos. Era una surfera. En esta ocasión se ahorraron un viaje porque a la vuelta remolcaron la tabla con la vela. Él había contado otra vez lo ocurrido en casa, pero ya no había causado tanta impresión. Lo que sí le causó impresión a él fue tener que rescatar a esa misma chica tres días seguidos. Se llamaba Andrea y no se cansaba de repetir que ella no lo hacía a propósito. Él le había dicho que aunque lo hiciera a propósito él no se lo iba a tener nunca en cuenta. Y ella se había reído. Él también. No había tenido que rescatarla más. Ella cruzaba con la tabla a primera hora y cuando la playa se daba por cerrada, la cargaban en el coche de él y la llevaba a casa. A veces se alejaban mar adentro apoyados en la tabla, y, allá lejos, sin tiempos ni espacios, miraban las olas pasar. Aquel verano. Lo que puede traer una canción. Lo que sea que ha causado el atasco ya no está, y el camión que va delante de él por fin avanza. Definitivamente va a convencer a Andrea de comprar dos SUP (*Stand-up-Paddling) para con el buen tiempo ir a algún pantano.O mejor escaparse a alguna cala en algún lugar. Sonríe. Vuelve a poner la canción en el dispositivo del coche. Y si tiene que volver a rescatarla, no se lo tendrá en cuenta.

Purificación

René recorría los Campos Elíseos con la funda del contrabajo colgada de su hombro izquierdo…“. Será del derecho. Llevará la funda colgada del hombro derecho. Nadie lleva colgado nada del hombro izquierdo, sólo tú. Pues sea. Y luego están los „Campos Elíseos“. Cuántos kilómetros tienen?. Porque caminar sin más con semejante peso al hombro no puede hacerlo mucho tiempo. 1,91 kilómetros según el buscador. Es factible. Pero ahora la pregunta es qué se le pierde a él en el Arco del Triunfo. Porque es a donde van a dar los Campos Elíseos, o no?. Esto me pasa por no haber ido nunca a París. Si la clase entonces hubiera elegido Paris como destino de la excursión de fin de curso, otro gallo cantaría. Pero no. Eligieron Benalmádena y encima llovió. Pues entonces no va por los Campos Elíseos y punto. Ya está.“René recorría los jardines del Campo de Marte con la funda del contrabajo colgada de su hombro derecho….“. Y caminando entonces llegaría hasta la Torre Eiffel. Pero después de tanto caminar tendrá sed y hambre, lógicamente. Por mucho que sea un agente secreto tendrá que comer,beber, hacer pis. Vamos digo yo. Bueno entonces llega a la Torre Eiffel y sube al restaurante. Porque hay un restaurante arriba, o no?. Según el buscador hay varios. Y tendrá que subir con el ascensor, porque a pie con el contrabajo no le veo yo mucho sentido. Entonces se complica porque va a tener que abrirlo, por seguridad y él no va a querer por causas obvias. Además, en el caso hipotético de que llegue a sentarse a una mesa en uno de los restaurantes, se sentará en la ventana, digo yo, si ya subes pues buscas ventana. Y disfrutará las vistas. Y qué se ve desde lo alto de la Torre Eiffel. Pues París, supongo. No. No puede ser.René recorría aquella calle desierta de París con la funda del contrabajo colgada de su hombro derecho…“ . En París hay infinidad de calles y alguna seguro que desierta. Caminaba, y con cada paso trataba de olvidar la traición de Puri…“ No acaba de convencerme el nombre: Puri. Pero hay que admitir que nunca vas a pensar que nadie con el nombre Puri te pueda traicionar. Ah hola cómo te llamas? Me llamo Puri. Pues qué bien. Las espías traidoras suelen llamarse Ashley, Shanon, Corey o Brittany. Pero nunca Puri. Yo creo que ahí va a estar el punto. Además Robles ya me ha dicho que cuando la traduzcan al inglés, ya sólo el título lo convierte en superventas: „ Purification“. Caminaba, y con cada paso trataba de olvidar la traición de Puri. Se sentía abatido, triste y perdido...“. Cómo no va a estar perdido si ni siquiera yo sé cómo se llama la calle por la que camina, y abatido, con semejante peso. Debí de haber elegido una funda de violín. Pero yo soy más de contrabajos. Drei chinesen mit dem Kontrabaß, saßen auf der Straße und erzählten sich was, dann kam die Polizei und fragt: was ist denn das?, drei chinesen mit dem Kontrabaß. Y ahora con la A. No. „Caminaba, y con cada paso trataba de olvidar la traición de Puri. Se sentía como aquel a quien le hubieran arrancado el corazón y aún siguiese con vida, sediento y en busca de venganza…“. Y de algo que comer. Digo yo. Porque si llegó a París a primera hora y desde entonces camina portando el contrabajo, tendrá hambre. Porque yo, desde luego la tengo. De pollo asado con patatas al horno. Pero eso no se consigue en París. O sí?. Y si sí, dónde?. Ya sé. „Alzó la mano y llamó un taxi. Le pidió que le llevase al hotel más caro de París. Dónde nadie haría preguntas y podría ahogar sus penas en el minibar…“ Bueno eso de que no hacen preguntas es mucho suponer. Pero pollo asado seguro que tienen. Francia es país de pollos. Asados y sin asar. O frito. Pollo frito con salsa agridulce y cerveza helada. Lo mejor será que me pida algo. Con hambre no puedo trabajar. Y así pienso el nombre del malo. Tiene que ser un nombre de malo. Los malos siempre se llaman Hank, Tyler, Brett, o Ron. El que se la tiene jurada a René se llamará Benito. No. Heliodoro. Tampoco. Más compacto. Casto. Ahí está. Casto. Pido algo y lo pongo a rodar. „Casto B. Se despertó sin saber quién era ni dónde estaba….“. B. da intriga y me da tiempo a buscar un apellido acorde. Y como tiene amnesia le doy tiempo a René a comer el pollo y emborracharse.

Y en algún momento tiene que volver a aparecer la Puri. Porque para mi es la Puri. Buena es ella. Por eso va en el título. Purificación. De apellido Romerales. Ea.

El Ente

Hubo un tiempo en que a mi primo Tato se le dio por hablar en susurro. Pero no un susurro normal. Un susurro casi inaudible e indescifrable que acababa por sacar a su interlocutor de quicio. Pero a Tato no le importaba. Él parecía muy conforme con su forma de expresión.

Si dejó de hablar de esa forma fue por culpa de Eufrasia.

Aquella tarde Tato y yo subimos al desván sin que nadie nos viera. No. Tato me subió con él al desván sin que nadie nos viera, para ser más exactos. Yo sólo tenía cuatro años y le hubiera seguido al fin del mundo, aún sin saber dónde estaba. Pero no me llevó al fin del mundo. Me llevó al desván. Antes le había robado una bolsa de palotes de fresa a su hermana Gertru, y con ella en ristre subimos a lo alto. Tato levantó la trampilla y después ya fue solo deslizarse al interior. El desván se extendía por toda la planta de la casa de mis abuelos,y estaba repleto de cosas y artefactos de los más dispares calibres. Pero nosotros no  subimos para rebuscar entre lo que hubiera alli. Nosotros subimos para comernos todos los palotes de fresa de mi prima Gertru. Y eso hicimos. Nos sentamos uno frente al otro con la bolsa de palotes entre nosotros, y uno tú otro yo, la fuimos vaciando. Yo entonces todavía no sabía contar, pero supongo eran muchos. Entonces, Tato se incorporó y con un gesto me indicó que ya era momento de volver abajo. Pero no pudimos. Tato intentó abrir otra vez la trampilla, pero le fue totalmente imposible. Incluso aunamos fuerzas. Pero no hubo manera. No empezamos a gritar, ni a llorar, ni a llamar a nuestras respectivas madres. Eso nos hubiera delatado y hubiera provocado el llanto sin fin de mi prima Gertru por sus palotes de fresa. Y si algo había que evitar a toda costa era que la Gertru se arrancase a llorar. Y eso no lo decía yo. Eso lo decía su madre. La Gertru podía pasarse horas llorando. Sin más. Yo creo que al final ni ella sabía el porqué. Así que nos sentamos junto a la trampilla a esperar que pasara algo. Y pasó. Eufrasia. Que por algún motivo pasaba en ese instante por debajo de la trampilla por el pasillo. Y Tato pegó la boca al borde de la trampilla y, le dijo, en aquel susurro suyo, lo que nos había pasado. Sea lo que fuera que Eufrasia llevaba en las manos, cayó al suelo y estalló en mil pedazos. Y el estruendo fue equivalente al grito de Eufrasia. Yo quise empezar a llorar. Pero ni eso pude. Simplemente enmudecí. Tato volvió a pegar la boca al borde de la trampilla y volvió a insistir en su susurrada explicación. Y Eufrasia comenzó a gritar como una loca, y se fue gritando que donde nosotros estábamos había un aparecido. Nosotros miramos a nuestro alrededor y no vimos a nadie más. Ni aparecido ni desaparecido. Yo ahora solo tenía ganas de hacer pis y de llorar. Pero no a partes iguales. Y oímos más gritos. Y al padre de Tato, al que despertaron de la siesta. Y entonces Tato, me cogió de la mano y me llevó corriendo hasta la ventana del desván, que daba a la parte de atrás de las cuadras. Y la abrió. Y sin más me cogió en alto y me tiró por ella. Él se tiró después. Y los dos nos encontramos en las profundidades de la ingente montaña de paja que los hombres habían estado amontonando toda la mañana. Salimos casi haciendo volteretas y muy sucios de polvo. Tato me sacudió la ropa todo lo que pudo y luego a si mismo. Después me volvió a coger de la mano y me llevó corriendo hacia la casa.

Estaban todos tan ocupados en calmar a Eufrasia, y en tratar de abrir la trampilla del desván que nadie se percató de nuestra presencia. Sólo mi madre, de paso, nos preguntó de dónde veníamos tan colorados. A lo que yo contesté vomitando todo lo que había atesorado en mi ser. Los palotes de Gertru incluidos. Pero lo chacaron a un golpe de calor. Y nos desnudaron y nos llevaron a la alberca para que nos refrescáramos. Alguien llamó a Don Justo, el cura del pueblo, para que subiese al desván para que convenciese al aparecido de que regresase al otro mundo. Para entonces Tato ya hablaba en su tono normal de voz y yo bebía agua con limón a traguitos sentado en el regazo de mi madre.

No he vuelto a comer palotes de fresa.