En Dulce Recuerdo

Llega el Dr. Gutiérrez. Lo sé porque siempre entra por la puerta lateral, y esa hace un ruido como de clak que después más tarde pasa desapercibida entre el resto de los ruidos. Pero ahora sólo se escucha ese. Sé que es Gutiérrez porque conduce un BMW. Y reconocería su sonido entre mil coches que hubiera. Entonces son las seis. Dentro de una hora entrarán a despertarme y adecentarme. Pero yo llevo despierto desde las cinco. Es automático. Eso ya no va a cambiar, después de toda una vida despertándome a esa hora. Caigo piedra en pozo a las diez de la noche. No necesito pastilla. Cierro los ojos y ya. Y los abro a las cinco. La cabeza me funciona perfectamente, pero sólo eso. Creo que ellos no lo saben, y lo prefiero, así me dejan tranquilo. Después que me adecentan, me sientan en la silla y la ChiquitaSimpática me lleva hasta el comedor. La llamo así porque me dijo su nombre, pero se me perdió en la cabeza, como hacen las cosas que se cuelan por el sumidero del lavabo, y después no las puedes recuperar. Me cuenta su vida y milagros, y yo hasta intento reirme, pero no muevo ni un músculo, de sus idas y venidas con sus amigolas, y de su novio conductor de autobús. Eso sí me quedó, ves?. Quizás porque es de mi gremio. Yo soy chófer. Bueno, lo fui. Pero uno no deja de ser una cosa sólo por no ejercerla. Yo era de los de gorrade plato y guantes. Llegué al puesto por dos razones, alguien dio su palabra por mi, y mi planta. Porque yo tenía muy buena planta. Yo era alto, tenía las espaldas anchas y tenía andares marciales, o eso sostenía mi suegra. Lo que yo tenía eran unas piernas largas, que es otra cosa. De todo eso no queda nada, o casi nada. Sólo lo que todavía está en mi cabeza, que no es todo lo que era, pero es bastante. En fin, que por bien-plantado me dieron el puesto. Mi Javiera y yo nos acabábamos de casar, así que nos vino muy bien que su madre hablase por mi, porque ella era la cocinera de la casa ya desde tiempos de los antiguos Señores y por eso cuadró. Un cuartito encima del garaje. Pero no necesitábamos más. Mi Javiera. El tronío, la guapeza, la solera,y el embrujo de la noche sevillana, no lo cambio por la gracia cortijera, y el trapío de mi jaca jerezana…Lo mal que cantaba y lo que le gustaba. Callarás, acababa rogándole su madre, pero ella seguía. Como ahora no puedo reirme, me rio por dentro. Y esto a qué viene?. Pues…Por los chóferes. Ya me voy por los Cerros de Úbeda, que también fui por ellos, dicho sea de paso, pero ahora no. Los Señores Nuevos, como les llamaba mi suegro, no eran nuevos, era el hijo y su mujer, cuando yo llegué ya llevaban varios años casados y tenían dos hijos. Aquella casa era lo más parecido a un hormiguero. Servicio por todas partes, familia, visitas. Y yo llevando y trayendo gente y encargos ciudad arriba, ciudad abajo. Después de la guerra el mío era uno de los pocos coches que circulaban, recuerdo que aún había calles con cráteres de bombas. Qué cosas. A quien más llevaba y traía era a la Señora. La Señora. Cómo se llamaba?. La Señora. Ya, pero nombre tenía. Pero cuál?. Ay. Bueno, ya vendrá. La Señora no era muy guapa, era un conjunto resultón. Que es como la definía mi suegra. Yo sólo veía a mi Javiera. Todos los día tenía planes, o sola, o con amigas o con el Señor. Apenas paraba por casa. Y por ende, yo tampoco. Pero es lo que había. La Señora. Pues ya me vendrá. No ella, el nombre, claro está. Aquí hay uno que siempre me cuenta que por la noche le vienen a visitar todos sus muertos, y que él no quiere dormir porque está convencido de que quieren llevarle con ellos, y que él no quiere, y a mí qué me importa, pero como no puedo hacer nada pues que hable. Como el Fermín, que cree que todos los que presentan el parte cruzaron con él el Ebro, y les saluda. A mí no me viene a visitar nadie. Nadie muerto, quiero decir. A mí me viene a visitar gente viva. Unos jóvenes, que saben mi nombre, me traen cosas, me abrazan,me llevan de paseo por ahí y me cuentan cosas. Y yo ni flores. Yo creo que se confunden de persona. En fin. Y esto a qué viene?. Pues…La Señora. Tenía un nombre corto. Pero ponle tú. Tenía una voz como de contar cuentos, y una risa contagiosa. El Señor, de poder, la hubiera subido a un altar, tenían buen ten-con-tén. „En Dulce Recuerdo“. Y esto a qué viene?. Pues estamos bien. Esto viene de la Cochinchina. La Cochinchina. Se llamaba Luciano y vino de la Cochinchina, eso es. El hermano del Señor llegó de visita a pasar un tiempo a la casa, no me acuerdo qué se le había perdido a él por la Cochinchina, pero de allí venía. Tenía un bigotito fino, de esos que se llevaban, y fumaba sin parar. „En Dulce Recuerdo“. Ya sé. Ese tal Luciano vino a quedarse, y coincidió con el día festivo. No. No era un día festivo, había un desfile, eso es, un desfile de siete estallos al que iban a acudir todos. Pero todos, todos. El servicio y la familia y toda la gente que poblaba aquella casa se iban a ver el dichoso desfile. Así fue, ahora ya me acuerdo. Todos menos la Señora, que estaba un poco acatarrada y el Señor bajó a decirme que prefería que yo me quedara también por si ella precisase de algo, tener el coche a disposición, y yo me quedé de mil amores, no soy yo de desfiles. Cuando se fueron, se hizo un silencio raro, como cuando se apaga una radio de golpe, y yo aproveché para sentarme en la butaca de la entrada a leer el periódico. No llevaba ni dos hojas pasadas, cuando escuché los gritos. Primero pensé que serían de la gente que pasaba por la calle, camino del desfile, pero no. Eran gritos de mujer, y provenían de arriba. Ni doblé el periódico, y me tiré escaleras arriba, las voces me guiaron hasta la puerta de la que era la „salita“ de la Señora. Por supuesto entré en tromba, tales eran los gritos. Cuando un grito se te corta en la garganta, te quedas sin aire. Es un garrote vil invisible, que de primeras te echa para atrás, como si te disparasen a bocajarro. A mi también me tiró, me paró la pared. La Señora con la ropa rota, en paños menores y el tal Luciano en el suelo con un cuchillo clavado en el cuello. Un cuadro. Y yo sin aire. Ella me miró como miran los locos furiosos, y respirando fuerte, buscando el aliento, temblaba. Yo atiné por fin a moverme, y me acerqué, con piernas como sin hueso. El tipo estaba muerto, con los ojos muy abiertos, y dos boqueras de sangre en la boca, con los brazos en cruz cuan largo era, con aquel bigotito. Miré a la señora, que a su vez me seguía mirando como los locos, me señaló con el dedo índice de su mano derecha muy crispado y casi escupiendo las palabras sentenció „No es No, y Sí es Si“. Y yo asentí, porque hasta ahí, en aquel momento, llegaba yo. Esto no ha sucedido nunca, y yo volví a darle la razón. Porque, por un momento, pensé que quizás me había quedado dormido y aquello era una pesadilla. Ayúdame a borrarle de la faz de la tierra. Precipitaciones y vientos moderados en la mitad Norte peninsular, uso de cadenas en amplias zonas del Pirineo Aragonés. El Sevilla se medirá hoy con el Osasuna, que sólo depende de si mismo… Y esto a qué viene?. La Península Ibérica está rodeada de agua por todas partes, menos por una que son los Pirineos, Señor Maestro Juan. No. De ahí no es. Es la radio. Acabáramos. A dónde ibas a dar?. La Cochinchina. Eso era. La ayudé. En las películas de gangsters envuelven los cadáveres en alfombras, y Santas Pascuas. Pues no Señor. Quería verlos yo a ellos trantando de levantar semejante peso. Ni ForzínForzón. Desistimos y lo envolvimos en una manta que había sobre un sofá. Le dejamos el cuchillo puesto, para no soltar la sangría. „En Dulce Recuerdo“ tanía grabado en la plata. Regalo de mi boda, me dijo la Señora, un bendito regalo de mi boda. Le dije que yo me ocuparía entonces, pero ella dijo que estábamos juntos en aquello y que sólo necesitábamos un coche y un lugar perdido donde dejarle para siempre. Me acordé de la finca de mi tío Miñaque, que tenía un pozo sin agua sin penar, allá donde a nadie se le pierde nada nunca. Entre unas cosas y otras, la Señora se había olvidado de que estaba en paños menores y corrió a buscar un abrigo y un pañuelo para la cabeza, porque tenía pelos de loca. Lo que pesaba el tío cabrón. Energúmeno Inoperante, Individuo, Sinvergüenza SinLey, Atorrante Hijodemilperras, Malnacido del Demonio, Criatura de los Infiernos, Así la niebla te trague, Que las columnas del firmamento caigan y te aplasten por siempre jamás….Y otras lindezas iba llamándole la Señora al cadaver, y también maldijo que aquella casa no tuviera al menos montacargas. La cantidad de escalones que bajamos no tiene nombre. Cada poco nos parábamos a recuperar aliento. Ya en el garaje, lo metimos en el maletero, y nos largamos. Ella detrás, yo delante, sin gorra y con un temblor general que venía como de dentro. Como el sudor. Allá nos fuimos, dando una vuelta enorme, porque las calles estaban cortadas por el desfile de marras. No me acuerdo lo que tardamos, ni cómo llegamos. Pero llegamos. Al medio de la nada que eran las tierras de mi tío Miñaque, y allí estaba el pozo. Volvimos a cargar el petate, y lo tiramos dentro. La Señora se acercó al borde y aún le escupió dos veces. Después volvimos al coche sin mirar atrás. A nuestro regreso, el desfile ya había terminado y las calles estaban repletas de gente. Pero en la casa todavía no había nadie. Subimos a la salita, y entre los dos volvimos a dejarla como si no hubiera pasado nada. Entonces, la Señora, que ya no tenía cara de loca, sin más ni más, se quitó el abrigo, los paños menores, el pañuelo y los zapatos, quedó en cueros frente a mí, que ya sólo pensaba en que me llevara la muerte del aire que me iba y me venía, e hizo un atillo con las ropas rotas. Me las entregó. Eternas Gracias, me dijo, quémalo todo. Salimos de la salita, y la vi entrar en su cuarto. Yo regresé al garaje y metí el atillo en el fondo de un barril de paños con grasa de coche. Lo quemé todo después. No me acuerdo cuando. Porque estando en eso, escuché a Javiera llamarme. Y la casa volvió a llenarse de gente.

Javiera fue la que vino diciendo que la Señora estaba malísima en la cama, con fiebre y todo. Y que no quería ver a nadie. A mi no me entraba sacramento al cuerpo. Ni agua. Antes fumaba, pero ahora más. Lo único que me calmaba un poco era la intimidad con Javiera. Lo nunca visto. Y ella como una novia. Ay Javiera. La gota que colmó mi vaso fue la visita del Inspector General de Policia con su mujer. Les tuve que ir a buscar a su casa, y después de la cena llevarles de vuelta. Al parecer, nada más llegar me caí redondo en la cocina. Le echaron la culpa a la gripe. Como la de la Señora, que seguía en cama, sin querer ver a nadie.

El Señor comenzó a escamarse de la ausencia de su hermano semanas después. Pero al parecer dejó de preguntarse dónde estaría, porque llegó a la conclusión de que seguramente habría vuelto a Cochinchina sin despedirse para no dar disgusto. Para no dar disgusto. Energúmeno Inoperante. Tio cabrón. Disgusto. Ya. Yo salí de mi gripe y la Señora también. La Señora. Cómo se llamaba?. Ya me vendrá. Se instaló un ascensor en la casa… Entonces él me dijo de ir a casa de Lito, y yo digo, dije qué pasa qué pasa, y digo, dice, que hay cosa que celebrar, y ay pensé yo, digo, dice, que sale Lito todo bien vestido y la Lina de peluquería, y yo ay ay, digo, y me dice que qué creo que va a pasar, y yo digo, dice, pues si me pinchas no sangro mi vida, y ya sacó la cajita, dice, y yo que a llorar, sabes?, de rodillas y todo, buenobueno, ay, digo, qué bonito coño, qué bonito… Y esto a qué viene?. Ni flores. La ChiquitaSimpática y su novio. Me lleva a la galería. Pues muy bien. Entonces cómo fue la cosa?. Espera. La cosa después…Frank Sinatra. No. Frank Sinatra. Bueno, sí, pero la cosa es otra. Un día la Señora me cogió a solas y me dijo que había venido gente a preguntar por el paradero del Individuo, que es como ella le llamaba al tío cabrón del bigotito, como le llamaba yo, y que era mejor poner tierra de por medio, que tenía un plan y que yo estaba incluido, porque o jugamos todos o se rompe la baraja, y yo le dije de Javiera, y ella me dijo que ella también estaba en el plan, y que ya me lo diría el Señor, y que me hiciera de nuevas, y yo le dije que Gracias Señora, y ella me dijo que nosotros éramos de tú porque no teníamos secretos y yo le di la razón, y ahí quedó la cosa. Entonces…entonces, el Señor, al poco, nos llamó a Javiera y a mí para decirnos que nos llevaban con ellos a Nueva York, a vivir un tiempo allí con la tía de la Señora que los había invitado y por negocios que él quería tratar. La Javiera se quedó de piedra, y yo noté que la piedra que yo tenía encima desaparecía. La Javiera iría en condición de doncella de compañía de la Señora, y yo de lo mismo pero del Señor. Como si nos tocara la lotería. Así te lo digo. Y allá nos fuimos. Los Señores, los dos crios, la niñera inglesa, la Javiera y servidor. Qué grande es Nueva York. No había nada pequeño o roto. Allí me hice mi primer traje, en el mismo sitio que el Señor, y Javiera idem de lienzo en lo de la Señora. Vimos mundo. Vimos cantar a Frank Sinatra. Por eso. Ves?. De ahí venía. Nos hubieramos quedado de mil amores. La Javiera aprendió inglés antes que nadie. Pasamos allí dos años, y volvimos distintos. Yo ya no volví a ser chófer, ni Javiera a lo suyo. Por la confianza que ya había con el Señor, que para mi ya era Tomás, al llegar me dieron la gerencia de la parte mecánica de una empresa de autobuses GranTurismo que empezaban entonces, y la Javiera fue Señora de su propia casa. Y lo que son las cosas, la Señora y mi Javiera se quedaron en estado al tiempo, no contentas con una, dos veces, y las dos veces fueron niñas. Nunca se hizo diferencia entre esas cuatro. Se criaron juntas, e hicieron todas lo mismo en los mejores sitios. Mis princesitas. La cosa empezó con diez autobuses, y después ampliamos a camiones, y más autobuses, y más cosas. Supongo que ese autobús que pasa por ahí ahora también es mío. No lo sé. Ni ya me importa. A veces pienso que la Señora hizo todo aquello por mi, por miedo a que yo le hiciera chantaje, o algo así. Pero después recapacito, si caíamos, caíamos los dos. O jugamos todos o se rompe la baraja. Una frase que siempre me encantó usar. Aquí vienen los jóvenes que me visitan. Me ponen una gorra porque me llevan por ahí. Yo ni flores. A quien no veo desde hace mucho es a mis princesitas, por dónde andarán?. Bueno, si vienen, ya me lo anunciarán. Anunciar. La Señora. Anunciación. Nuncia. Eso era. Nuncia. Un nombre corto.

Consejo de Sabios

En las películas los tipos siempre se llaman Jimmy, o Bobby, también Cody, Rory. Pero no corresponde con la realidad. En mi clase no hay ni uno que se llame así. En todo el pueblo sólo hay un Cody, y es el padre de Beca Williams. Así que no corresponde. Tampoco es verdad que en los institutos no se dé palo al agua. O que nos pasemos la vida cantando por los pasillos y en la cafetería. Sólo tenemos tres fiestas en todo el año, y todas tienen lugar en el último curso. El resto del tiempo, básicamente, nos comemos los mocos. Mi instituto es normal y corriente, como otros cientos de institutos a lo largo y ancho del país. Tampoco tenemos guapo o guapa oficial, ni justo son pareja entre ellos. Malcolm Owens es abiertamente gay desde hace tres años, y Oona Withaker no se lo cree ni va de Miss Universo por la vida, además es una tipa con la que se puede hablar, el año pasado se rapó el pelo al dos, dejó de usar lentillas y volvió a usar gafas de cristal de culo de vaso. Da igual lo que haga, quien es guapo lo es siempre, y Oona lo es. Por fuera y por dentro. Como las tartas de manzana. Nosotros somos el MedioOeste. No lo digo yo. Es la frase que se puede leer en el letrero con el nombre de nuestro pueblo, justo a la entrada, a la derecha. Wiggings Falls. Según parece un tipo apellidado Wiggings decidió hacer parada aquí, otros se le unieron, y decidieron ponerle su nombre al asentamiento. Lo de Falls supongo que lo añadieron porque quedaba bien. Nuestro tramo de río no tiene ni una catarata.

Yo me llamo Parker. Soy el único que se llama así por aquí. A mi hermana mayor decidieron llamarla Peyton, porque a mi madre le había gustado siempre el nombre, en cambio a mi hermano pequeño le llamaron Ernest. Porque, según mi padre, no les cupo la menor duda al verle la cara por primera vez que ese era el nombre que tenía que llevar. Y tuvieron razón. Mi hermano es un Ernest de la vida. Nos apellidamos Bradford. Una vez busqué cuántos Bradford había en el país, y hay varios millones. No todos somos familia. En el pueblo siguiente al nuestro hay otros Bradford, pero no tienen nada que ver con nosotros. Mis padres regentan la única tienda de ferretería y materiales de construcción de la zona. Dame un tornillo, y te diré su nombre.

Como a mis padres les dijeron que yo iba a ser un niño alto y que debían tomar pronto medidas contra un posible encorvamiento de la columna, decidieron apuntarme a cursos de natación. Es el único deporte que practico. Formo parte del equipo del instituto, no estoy entre los mejores, pero me gusta. Y lo importante es participar. No lo digo yo. Es lo que siempre se suele decir en estos casos. Mi mejor amigo se llama Montgomery, no se apellida Cliff, sino Sorensen, y sus padres lo adoptaron cuando tenía tres días de vida. Ellos estaban en una lista de gente que quería adoptar, y una noche les llamaron para que fueran a buscar a Montgomery, que entonces todavía no tenía nombre, a tres estados de distancia, y los Sorensen hicieron el trayecto de una vez sin paradas, firmaron todo lo que había que firmar y desde entonces Montgomery es oficialmente su hijo. Los Sorensen son muy rubios y de ojos azules. Montgomery es de ébano. Esto no lo digo yo. Es un hecho. A los dos nos gusta bailar al ritmo de la música de fondo del supermercado, las películas de espías, las camisas de lana de cuadros, hacer el pino puente bajo el agua, los TikToks de gente que se cae de sitios, los Chicago Bulls, Oona Withaker y colarnos en la Casa McAllister. Bueno, colarnos, lo que se dice colarnos, no lo hacemos. Hay que ir antes a comisaría, decir que quieres entrar, te dan las llaves y ya está. Lo que pasa es que nosotros hacemos como que nos colamos, para darle más emoción. Nadie va a la Casa McAllister. Tienen miedo a los fantasmas. Pero Montgomery y yo tenemos la teoría de que mientras no se sepa si los McAllister están vivos o muertos, no hay fantasmas. Además, los fantasmas no existen. No lo digo yo. Lo dice Peyton. Los McAllister desaparecieron sin dejar rastro un día de noviembre de hace quince años. Desaparecieron todos. El matrimonio, los tres hijos, la madre de la Señora McAllister y el perro. No se fueron en coche, porque los dos coches estaban en el garaje. Tampoco llamaron a ningún servicio de taxis. No se llevaron ni pasaportes, ni dinero, ni ropa. Cuando el hermano de la Señora McAllister fue a la casa tras tratar de contactarles sin éxito, le dio la impresión de que su hermana y su familia habían salido un momento, y que regresarían más tarde. El desayuno estaba servido, las camas todavía sin hacer, la televisión puesta, la lavadora y la secadora esperaban a ser vaciadas, nadie había usado todavía las duchas. Pero ni rastro de las personas que habitaban la casa. Agotaron todas las vías de investigación. La gente llegó a a especular que quizás habían entrado en un programa de protección de testigos, y que esos programas funcionan así. Pero mis padres conocían a los McAllister y no creen esa teoría. Eran los mejores clientes de la ferretería porque el Señor McAllister tenía una empresa de construcción. Además, la Señora McAllister y mi madre habían ido juntas al instituto, y Peyton era de la misma edad que su hija pequeña. Ni la una ni la otra hablan de ello. Mi padre cuenta a veces alguna anécdota. Pero ya menos. El hermano de la Señora McAllister, para evitar saqueos, tiene contratada una empresa que vigila la casa y cuida el enorme jardín. Con el tiempo, el interés por el destino de la familia fue perdiendo fuelle, así que el hermano dio permiso a la policía para permitir la entrada en la casa a todo aquel que tuviera la voluntad de, visitandola, descubrir algo sobre el destino de la familia. Que yo sepa, esa voluntad sólo la tenemos Montgomery y yo. Y, hasta ahora, no hemos descubierto nada que no se supiera antes. En esa casa no hay fantasmas. Sólo silencio.

La idea de visitar la Feria de Inteligencia Artificial fue de Neruda. Neruda es el novio de Peyton. Se llama así porque a su madre le gustaban mucho los poemas del poeta que tiene ese apellido. Ellos se apellidan Halifax. Vio el cartel en algún sitio, y dijo que sería un buen plan para el sábado. Montgomery y Peyton se apuntaron enseguida. Yo los sábados prefieron dormir hasta tarde, y hacer el vago, además nunca me han interesado los robots, a decir verdad, pero al final me convencieron. El padre de Neruda le dejó la minivan, así que fuimos muy cómodos. No debía de haber otra cosa interesante en la que invertir tiempo en toda la ciudad, porque, aunque llegamos relativamente temprano, el recinto ya estaba abarrotado de gente. Resumiendo, llegado un momento Neruda y Peyton se quedaron escuchando a un tipo que hablaba sobre los robots que ayudan a arreglar naves espaciales, y Montgomery y yo decidimos continuar dando vueltas. Nos fijamos en el stand porque ofrecían un menú gratuito, completo, con hamburguesas y patatas fritas, además se podía rellenar el vaso con bebida tantas veces como se quisiese. De paso, si querías, podías hacerte un Test de Inteligencia. Montgomery dijo que con él no contasen, que estaba muy contento con la que creía tener, yo sin embargo me animé. No sé porqué. Montgomery se fue al stand de al lado, a formar figuras con canicas imantadas, y yo hice el dichoso test. Me dieron un Ipad y unos auriculares muy chulos, y me dijeron que me tomase mi tiempo. Lo entregué a los diez minutos, y el chico me dijo que podía tardar lo que me diese la gana, y yo le contesté que ya estaba listo, se sorprendió un poco, pero después le pareció bien, le pregunté si podía quedarme los auriculares, pero me dijo que lamentablemente no era posible. Lamentablente. Recuerdo que me reí. Eran chulos, con luces y esas cosas. En fin. Volvimos cargados con todo tipo de cosas de colorines y que hacían cosas por si solas si pulsabas un botón, bolígrafos, libretas, fundas de Ipad, earpods de promoción, camisetas y vasos termo que te decían la temperatura del líquido con el que los llenaras. Peyton se compró una Barbie conmemorativa. En fin.

Los tipos llamaron a la puerta justo después de que Peyton y Neruda anunciasen que pensaban casarse en verano. Fue como si alguien echa fuegos artificiales, y va y llueve, para que te hagas una idea. Pensamos que serían los padres de Neruda, por eso fue mamá quien abrió la puerta. Pero no, eran dos tipos, con traje, y cara de poker que preguntaron si yo estaba en casa. Dicho lo cual, mi madre empezó a llorar, sin preguntarles la razón por la que querían verme, y el resto pensó que había habido un accidente, alguien había muerto, y esos dos nos venían a dar la noticia. O algo así. Fue una situación rara, que, recordada ahora, provoca risa, pero entonces me confundió bastante. El hecho es que después apareció un tercer tipo, también de traje, pero más amable, que aclaró la razón de la visita, y la situación se calmó. Digo se calmó, porque cuando acabó de decir todo lo que tenía que decirnos, nos quedamos todos en silencio, sin tener ni una idea clara, sentados todos en el salón, mirándole casi sin parpadear. El Test de Inteligencia que yo había hecho en la Feria, había arrojado que yo superaba el nivel establecido. Mi nivel se salía del esquema. La que rompió el hechizo fue Peyton, a quien le dio la risa después de ver mi cara de estupefacción, después Ernest dijo que a partir de ese momento él me llamaría „Cerebro“, Neruda me dijo que eligiese la pildora azul, mamá tuvo que tomar una aspirina y papá dijo que él necesitaba una segunda opinión. Yo me quedé en blanco. Y por primera vez en mi vida no supe qué se suponía que tenía que hacer. Por supuesto, en ese momento, llegaron los padres de Neruda.

Para contrastar el resultado, vinieron dos mujeres muy amables un sábado por la mañana, me dijeron que eligiese el lugar de la casa en el que me sintiese más cómodo para hacer el Test, y yo elegí mi habitación. Por algo la llamo así. Una de ellas se quedó conmigo, la otra, al parecer, se sentó en el pasillo, y mamá le llevó un café. Esta vez tardé ocho minutos.Y me pude quedar con los auriculares, les pregunté si tenían más, porque así no habría peleas por ellos. Nos regalaron una caja de ellos. Tampoco había que exagerar, pero es que son muy chulos.

El resultado fue el mismo. Yo rompo esquemas. No obedezco a la norma. Me salgo por la tangente. Llámame X y acertarás. Por todas estas razones, me dijeron que sería mejor para mi, continuar mi formación en su Instituto. Todos los gastos pagados. Yo dije que en realidad, mis planes eran ir al Community College a hacer algo que me interesase, y después llevar la ferretería de mis padres. Nada más. Mis padres decidieron no influir en mi decisión, ya que todavía estaban haciéndose a la idea de lo estaba pasando conmigo,y, además, tenían que empezar a planear la boda de Peyton. La gente de los Test, que es como yo les llamo, también entendió mi situación, y me dijeron que me dejaban tiempo para pensar en mi futuro sin agobios.

Montgomery fue el único que me dijo que estaba loco si dejaba pasar esa oportunidad. Yo le dije que estaba muy contento con mi vida tal como era, y no quería cambiarla, y él me dijo que esa vida iba a dejar de ser así cuando llegase el verano y, después, todos se fuesen del pueblo a otros sitios lejos, a estudiar o hacer su vida, él incluido, aunque él no se fuese tan lejos y tuviese muy claro que su vocación era ser profesor de primaria. Oona Withaker también se iba a ir. Todavía no sabía si lejos o cerca, pero tampoco iba a estar. Pero yo seguía en mis trece.

Diez pasteles de chocolate de diferentes tipos, formas y gustos colocados formando una perfecta línea sobre la mesa del comedor. Eso fue lo primero que vi al bajar de mi habitación aquel sábado por la mañana. Porque el pastel de boda tenía que ser de chocolate, y la confitería había preparado todos aquellos pasteles de prueba, para que las familias decidiesen. Yo soy más de bizcocho de zanahoria con cobertura de queso. En fin. Iban a venir los padres de Neruda, su hermana, y más gente que yo no conocía de nada a hacer la cata a modo de brunch, y yo iba a ser el encargado de preparar el café. Así que sentí un alivio enorme cuando Ernest, desde el piso de arriba, gritó a todo el que pudiera interesar, que la Gente de los Test acababa de aparcar delante de casa. Por una parte me alegré de no tener que estar todo el día preparando cafés, por otra me pregunté qué querrían de nuevo de mi.

No eran los tipos con cara de poker. Tampoco las mujeres que me habían regalado los cascos chulos. Cuando le vi avanzar hacia mi por el camino, desde el coche hasta la puerta, pensé que yo también quería tener sus andares. Por encima del bien y del mal. Eso fue lo primero que me vino a la cabeza. Sólo vestía pantalones vaqueros, una sencilla camiseta verde y zapatillas de deporte, pero algo le hacía diferente a todos los tipos que vestían así, incluido yo. Tenía cara de litografía, como la de esos autores clásicos que aparecen en los libros. Pelo oscuro medio ensortijado, ni largo ni corto, tez algo pálida y ojos azules como de dibujo animado japonés, grandes y casi tristes. Y digo casi, porque el tipo tenía una sonrisa que me animó a sonreír a mí, sin saber porqué. Se presentó como Sawyer Queen, y me dijo que quería hablar conmigo. En eso, un par de coches aparcaron delante de nuestra casa, y un jolgorio de amigos de mis padres interrumpieron nuestra conversación. Entendí que no iba a ser posible mantener allí una conversación, así que entré y se lo expliqué a medias a mamá, quien automáticamente me entregó dos enormes trozos de tarta de chocolate, recubiertos de dulce de azucar de color azul eléctrico, sobre dos platos de plástico, y dos tenedores. Cogí dos botellines de agua, y me fui.

El único lugar en el que podríamos hablar con calma, sin que nada ni nadie nos interrumpiese, era la Casa MacAllister, y así se lo dije. Si bien no sabía porqué, Sawyer no tuvo problema en ir. Primero tuvimos que ir por las llaves a la comisaría, y después fuimos en coche hasta allí. Me sorprendió un poco que Sawyer no me preguntase nada sobre el protocolo que habíamos seguido, actuaba como si para él fuera la cosa más natural del mundo. Decidí que lo mejor sería sentarnos en lo que había sido el cenador de la piscina, ahora vacía y cubierta por una densa red. Nos sentamos en una de las mesas, de forma que ante nosotros teníamos la piscina y el inmenso jardín, y a nuestra izquierda la casa, oscura y silenciosa.

  • Dices que desaparecieron hace quince años- Lo afirmó, más que lo preguntó, mientras se llevaba a la boca un pedazo de tarta y observaba lo que nos rodeaba, yo asentí y también tomé un trozo. No estaba mal. Quizás un poco de coco de más.- El coco apaga un poco la mermelada, está perfecto de azucar, le doy un ocho, los dos puntos de menos son por las florecitas…- Le miré sin ocultar mi sorpresa. Yo no había dicho una palabra, así que supuse que podía leer mentes. O algo así.- Cantan los pájaros, sea lo que sea que les haya pasado, no fue violento- Anotó sin levantar la vista de su plato, luego me miró y sonrió, y yo también. Para variar.- Parker, tú sabes a qué he venido- Otra vez volví a dudar si afirmaba o preguntaba, pero hube de asentir, ya que tenía razón- Unos tipos que no has visto en tu vida, vienen a decirte que tu cerebro funciona de otra forma y que tienes que irte con ellos, y tú no quieres, por supuesto. Tu vida es perfecta tal como la vives ahora, te llevas bien con tus padres, tienes amigos, en el instituto no te va mal, las chicas te dan bola y tu a ellas. Por qué coño te vas a tener que ir a ningún sitio- Yo iba a decir algo, pero él levantó el tenedor un instante, después de llevarse un nuevo trozo a la boca, invitándome a seguir escuchándole- Entonces no te vas a ningún sitio, vas al Community College a hacer algo, y al poco de empezar te empiezas a aburrir. Un aburrimiento masivo. Cambias de opción. Cambias de horarios. Pero el aburrimiento sigue ahí. Dejas de ir a las clases. No te explicas el porqué, hagas lo que hagas, tu interés por la materia se desvanece en cuestión de horas. Te mientes a ti mismo. El interés se desvanece, porque tú, en realidad, todo eso, ya lo sabes. Como te pasaba en el colegio, y después en el instituto. Pero allí tenías tus técnicas. Tus técnicas anti-aburrimiento. Las tenías tan perfeccionadas, que lograste pasar inadvertido. Eras uno del montón. El problema es que ahora no estás en el colegio. Y entonces decides volver a casa. Tu hermana ya no vive allí, como la mayoría de tus amigos. Empiezas a trabajar con tu padre. Pero el aburrimiento se hace más grande. Pruebas a practicar deporte. Pintar la casa. Hacer inventarios innecesarios. Tu cabeza no trabaja contigo. Ella va más rápido, lo quieras o no. Aventuras fugaces. Visitas ciudades. Da igual donde trabajes, no te adaptas en ningún sitio. No cuadras. Porque tú, aunque sigas mintiendote a tí mismo, no eres del montón, Parker. Tú eres como yo. No, no estás maldito, ni te vas a quemar si te da la luz del sol, simplemente tus neuronas actúan de otra manera. Lo quieras, o no. Así que, lo mejor es que te rindas a la evidencia, y aceptes nuestra proposición. Créeme, no te arrepentirás- Había hablado mientras dejaba vagar sus peculiares ojos azules por el jardín, moviendo el tenedor en el aire, ahora me miraba sin sorpenderse de mi expresión, que reflejaba lo que siente aquel al que quitan la máscara en un baile de disfraces. Por un momento quise llorar. Pero no pude. Sin querer, se me dio por reír. Él asintió y tomó un trago largo del botellín.- Nos han puesto mil nombres. El Instituto tiene uno, lo han cambiado varias veces, pero a mi me gusta llamarnos „Consejo de Sabios“. Somos bastantes, no creas, cuando yo llegué éramos pocos. No tienes que mentirte nunca más, vas a dormir mejor- Yo le miré al sentirme de nuevo descubierto, y él sonrió sin mirarme, atento a algo que pasaba al fondo del jardín- Qué hay ahí ?- Y señaló la parcela de rosales y arbustos que colindaba con la piscina.
  • La fosa séptica- Aclaré yo, él miró hacia la casa, y luego hacia los árboles.
  • Los pájaros se posan en todos los arbustos, menos en esos- Anotó. Nos miramos. Y entendí que yo también tenía el poder de leer mentes.

La reconstrucción de los hechos arrojó que el día anterior a su desaparición, los McAllister habían recibido la visita de una empresa de mantenimiento de fosas sépticas que, después de revisar la de la familia, cerró la tapa, que no tenía candado. Aquellos días hacía mucho viento, y la mañana de los hechos, una ráfaga levantó la tapa. El primero en caer fue el perro, después la hija pequeña de la familia, que estaba jugando con él; ante la tardanza de la niña alguien envió al hermano mediano, que también cayó desvanecido al interior nada más acercarse, lo mismo le ocurrió al mayor, y, uno a uno, al resto de los miembros, en la desesperación de tratar de salvarse unos a otros. Esa noche una tormenta de nieve y hielo azotó la zona. La tapa se cerró sobre los McAllister. Y nació el misterio.

Hasta hoy. El hermano de la Sra. McAllister todavía no sabe qué va a hacer con la casa. Por lo de pronto, ahora al menos hay una tumba con sus nombres y sabemos que están allí. A lo mejor ahora hay fantasmas. Aunque Peyton siga diciendo que no existen.

Yo le hice caso a Sawyer, y acepté la proposición del Instituto. Me di cuenta de que había sido la decisión adecuada nada más llegar. Somos un „Consejo de Sabios“ un tanto peculiar. No tenemos superpoderes, ni batimos records olímpicos, tampoco somos genios locos. Simplemente, cuando tu vas, nosotros ya hemos estado allí.

Jessi

El que vino con la idea fue papá. Que todo nos iba a ir bien de una vez, que no nos íbamos a tener que preocupar por nada, que nos daban vivienda, que había mucho chollo y que era llegar y llenar, que Ellos nos ayudarían. Y mamá quiso saber quiénes era Ellos, y papá la llevó a dónde él había estado, y ella regresó convencida de la idea, y trajeron una tartera enorme con carne guisada, y patatas asadas, y pan de barra de esa que cruje rico, y Fanta. El Micki miró en el mapa dónde quedaba la ciudad a la que nos iríamos, y dijo que allí tenía que haber mucha nieve. Ninguno de nosotros había visto nunca la nieve. Y nos reímos. Mamá organizó una especie de mercadillo para vender las cosas que no nos podíamos llevar en el coche. Una maleta para cada uno, y cuatro cajas. Más no cabía. Los muebles que habían sido de la abuela los dejamos en el garaje de la Consu. Los tapó con una lona negra. Y Micki dijo que parecían de una película de miedo. Y la Consu le dijo que el que metía miedo era él con aquellos pelos. Salimos por la noche, para no despedirnos de nadie, dijo mamá, yo ya me había despedido de todas, y había llorado mucho y esas cosas. Así que no me importó. El Micki también se despidió de la Nuri. Y ella lloró mucho. El Micki sólo se cerró en banda y no nos dirigió la palabra en muchas horas. Tardamos cuatro amaneceres en llegar. No había nieve, pero sí mucho frío. Nos recibieron cuatro de Ellos. Dos hombres y dos mujeres. La que iba a ser nuestra casa era un sexto piso en un bloque de diez. El nuestro estaba rodeado de otros bloques, que formaban placitas entre ellos. Eran placitas sin árboles ni hierba. Como todo el paisaje alrededor. Plano y gris. Ellos nos acompañaron a dar un primer paseo para conocer el lugar. Veinte bloques de diez pisos, dos supermecados, una farmacia, una guardería y dos paradas de autobús. Una en cada dirección. Nada más. Al principio todo fue muy rápido. Todos los días sucedían cosas. Mamá y papá comenzaron a trabajar inmediatamente en la Fábrica. Yo le llamo Fábrica. Pero era un conglomerado de edificios y naves en los que se producía algo que nunca supe realmente qué era. Un autobús los recogía todos los días, según turno, y los devolvía cuando éste se acababa. Al Micki y a mí nos inscribieron en un complejo escolar que estaba a media hora en bus de los bloques. Nos sentíamos como se deben de sentir los extraterrestres cuando encuentran a los humanos. No entendíamos una palabra. Pero sólo al principio. Las clases de apoyo para aprender el idioma nos ayudaron a romper el hielo. Los fines de semana íbamos a las Reuniones de Ellos. Allí coincidíamos con otra gente como nosotros. Escuchábamos las charlas. Y cocinábamos juntos. Esa era la parte divertida. Sólo esa. Las chicas teníamos asignada una especie de Consejera, que se reunía con nosotras en una de las salas, nos teníamos que sentar en el suelo formando un círculo, y ella nos íba haciendo preguntas sobre muchas cosas. Siempre había que contestar. No nos podíamos reír. Eso era lo que me costaba más. Después tenía una conversación con cada una de nosotras a solas. Nos decía „lo que teníamos que hacer“. Yo siempre asentía y prometía que lo haría. Así acababa antes y podía ir a comer. Con el Micki era lo mismo, pero sólo chicos, y un Consejero. Aprovechábamos esos momentos para estar juntos porque con los turnos de papá y mamá era imposible. Cuando acababa la reunión hacíamos excursiones con el coche, para conocer mejor la zona. Mamá llegó a la conclusión de que en realidad no había nada interesante que conocer, ya que todos los núcleos urbanos eran idénticos al nuestro. La única ciudad, propiamente dicha, con calles, semáforos, plazas y tiendas quedaba a sesenta kilómetros. Sólo pudimos ir dos veces. Después vinieron a por el coche. Que si papá y mamá se arreglaban bien con el autobús de empresa y nosotros con el de línea. Que el supermercado estaba a dos calles. Que nos recogerían en una camioneta para ir a los reuniones. Que así ahorraríamos en gasolina. Que era lo mejor para salvaguardar el medioambiente. Papá no dijo nada. Mamá seguía sin entender una palabra, o muy pocas, y no pudo protestar. El Micki y yo les vimos alejarse con el coche desde la ventana de la cocina. Después todo se volvió más gris, como el paisaje. Todos los días eran iguales. Y las semanas. Y los meses. Llegó la nieve. Mucha nieve, tanta, que el Micki y papá se unieron a un grupo de gente que liberaba de ella las aceras con palas. La calefacción no llegaba bien al piso seis desde la caldera, así que teníamos que ir muy abrigados por casa. Mamá compró varias mantas muy abrigosas en el supermercado. Una de ella tenía de motivo un lince. Papá se la dio al Micki, porque así era él, le dijo. Y nos reimos. Pasó el tiempo. Años. Nada cambiaba. Siempre igual. Ellos regulaban el orden de nuestra vida, nosotros la vivíamos. Porque era lo que había que hacer. Hasta que el Micki llegó un día diciendo que su tutor del instituto le había dicho que él podía optar a una beca para hacer un Grado en la Escuela Politécnica que había en la ciudad. Papá dijo que muy bien pero que se lo tendría que consultar a Ellos, y el Micki le contestó que no había había nada que consultar, que sólo había dos becas y una era suya, que sólo tenía que decir que sí y ya estaba, y mamá dijo que ya se vería, que a ver qué decían, y papá dijo que Ellos siempre decidían bien, que mirase cómo nos íba, y el Micki se fue dando un portazo, y mamá quiso ir detrás , pero papá no la dejó, que ya volvería cuando le apretase el hambre. Y el Micki volvió tarde, cuando los dos ya estaban en el turno, y me dijo que a él le daba igual lo que dijesen Ellos, que él quería hacer ese Grado por sus cojones, que para eso se había dejado los ojos para conseguirlo, y yo le dije que le entendía pero qué se hacía entonces, y nos quedamos en silencio. Como siempre que no sabíamos qué hacer. Esa semana nos separaron nada más llegar a la Reunión. Mi Consejera me dio una charla a mí sola, que tuve la impresión que duró horas y horas, echándome en cara cosas que yo no sabía ni que había hecho, y repitiéndome hasta la saciedad „lo que tenía que hacer“, y me entraron ganas de llorar, pero sólo me dio un vaso de agua. No me permitieron comer con el resto. Después supe que ninguno de nosotros pudo comer. Nos llevaron de vuelta a casa a nosotros solos. El Micki hizo como que subía, pero después se marchó sin decir una palabra, mamá estaba rara, como si le diese todo igual, papá volvió a repetir que ya volvería cuando le apretase el hambre. Ellos comenzaron a venir a casa todos los días, y una de esas veces, coincidió que estábamos los cuatro, y el Consejero le dijo al Micki que lo de hacer el Grado no entraba dentro de los planes que Ellos tenían para él y que si insistía o tan siquiera intentaba openerse a la decisión tomada corría el peligro, ya no sólo de ser repudiado del Grupo, sino también de ser devuelto a donde había salido sin más derecho después que el de poder respirar. O algo así. Y papá les dijo que por supuesto, y Micki no dijo nada, y yo tampoco, mamá, que seguía rara, se sentó en el sofá y no hizo nada más. Se fueron no sin antes recordarnos la próxima Reunión, y papá los acompañó a la puerta, y el Micki se fue al cuarto y se cerró por dentro, y mamá no hizo cena porque se quedó sentada en el sofá, y papá se fue al turno, y yo sólo tenía ganas de llorar. Entonces apareció el Max. Yo ya lo conocía de verlo con el Micki por el instituto, y el Micki me dijo que le acompañara a su casa, y yo fui. Max y su familia vivían en un pueblo hacia el otro lado. Yo no sabía que había pueblos así. Con casas normales adosadas y jardín. En la casa de Max hacía calor bonito, de ese que te envuelve y no necesitas mantas, y que salía del suelo. El Micki y yo nos quedamos como tontos mirándonos los pies cuando lo descubrimos al sacarnos los zapatos en la entrada. Y por primera vez en mucho tiempo nos reímos, así, sin más. El Max nos presentó a su padre, que se llamaba Fred, y que nos invitó a quedarnos a comer. El Max y Fred vivían solos porque la madre de Max faltó pronto. El Max le explicó a su padre lo que Micki le había contado, porque el Micki no se atrevía a hacerlo, y Fred se puso muy serio y quiso escuchar nuestra historia, y el Micki se la contó, y Fred le dijo que todo lo que nos habían dicho Ellos era mentira, que nadie nos podía expulsar del país así como así, y que él era libre de decidir qué quería estudiar y dónde, le dijo que el Micki ya tenía la edad necesaria para tomar sus própias decisiones, y que él sabía lo que le estaba diciendo porque él era policía, y que no teníamos que tener miedo de nada. Y nosotros le dijimos que teníamos miedo a lo que Ellos pudieran hacer si no les obedecíamos. Fred quiso saber quiénes eran Ellos. Y Micki le explicó lo que sabía. Que no era mucho. Ellos eran Ellos. No había más. Fred dijo que lo mejor era que no volviesemos a casa, y que nos quedásemos allí, pero el Micki dijo que él quería recoger un par de cosas y yo también, porque sólo teníamos lo puesto, y después volveríamos. Regresamos a casa con el bus, porque Fred dijo que era mejor que nadie sospechase nada, y que él ahora ya estaba sobreaviso, y que no tuviéramos miedo. En casa no había nadie, supusimos que tenían turno, yo estaba tan nerviosa que no sabía qué se suponía que tenía que hacer, el Micki fue directo al aparador del salón a buscar nuestros pasaportes, pero allí no estaban, yo busqué en el cajón de la mesilla de noche de la habitación de nuestros padres, pero tampoco estaban allí. En eso estábamos cuando apareció mamá. Venía con mucha prisa, y sin decir una palabra se fue directa a su armario y sacó dos bolsas de deporte, nos las entregó, y nos apremió a que la siguiéramos, venga rápido, venga, venga, el Micki quiso saber qué a dónde íbamos, que él no se iba a ninguna parte más, y ella que calla la boca, y yo que se me dio por llorar otra vez, y ella que suénate y calla la boca, venga, venga, y bajamos por las escaleras para no esperar el ascensor, y salimos de edificio, y mamá salió corriendo hacia una camioneta de reparto de la Fábrica, correr, correr, venga, venga, y se puso al volante, y yo no sabía que mamá supiese conducir, y el Micki tampoco, pero qué haces, y ella que calla la boca, y la camioneta echó a correr como por propulsión, y mamá sólo decía, venga, venga, y cada vez íba más rápido, y yo pensé que nos matábamos, y Micki le gritaba que qué coño pasaba, y ella que calla la boca carajo, venga, venga, y la mirada fija al frente, que parecía una loca, y con la misma velocidad que supongo que tienen las balas llegamos al pueblo de Max, y derrapamos en la glorieta, y nos metimos por prohibido, y con otro derrape paramos delante de la casa de Max, y mamá salió de la camioneta, y nosotros también, y yo sólo quería vomitar, y Micki quiso decirle algo, pero ella le entregó su bolsa y le acarició la cara, y a mi me entregó la mía con un sobre y también me acarició, y sin más regresó corriendo a la camioneta y desapareció tan rápido como habíamos llegado. Yo vomité. El Micki la llamaba llorando, a gritos, como si así le fuera a oír. Y no me acuerdo de más. Según parece me desmayé. Fred nos dijo que en la carta mamá le había encargado de nuestro cuidado, y especialmente del mío, porque yo aún no era mayor de edad, y le había dado las señas de la Consu. Tres días después Fred y otros policías fueron a la que había sido nuestra casa, pero papá y mamá ya no estaban allí, ahora había otra gente que no sabía de lo que les estaban hablando, en la fábrica les dijeron que papá había solicitado el traslado pero no encontraron a dónde. El lugar donde se celebraban las Reuniones estaba vacío. Como si nunca hubieran existido. Sólo nosotros continuábamos allí.

El Micki comenzó su Grado y lo acabó. Yo también hice uno. El Max pasó de ser el Max, a ser mi Max, porque sin él nada para mi tendría sentido, y se hizo policía como Fred, que nos cuidó al Micki y a mí como si fuéramos suyos. Mandamos un camión de mudanzas a lo de la Consu a buscar los muebles, que aún estaban bajo la lona, y fueron los primeros que pusimos en nuestra casa. El Micki también puso casa. Cerca de la nuestra. Con calefacción que sale del suelo. Y a veces nos quedamos como tontos, mirándonos los pies. Y nos reímos.

Y si recordé todo aquello, fue por culpa del ganso congelado. No del ganso mismo, sino del congelador en el que estaba metido en el super. Porque no me acababa de decidir si coger uno o sólo los muslos, cuando le vi. Justo delante de mi. Mirándome fíjamente, como mira aquel al que has hecho algo imperdonable. El Consejero. Ellos. Otra vez. Y me quedé clavada, incapaz de decir palabra. Y él me agarró el brazo con fuerza, y me dijo que me iba a ir con él y que si decía una palabra…Pero no pudo decir más. No contaba con mi Max. Que lo apartó de mi de un empujón, y le dijo que ya estaba tardando en marcharse de allí, y que no se le ocurriese volver, y que tenía que tener muy presente, que él, mi Max, tenía permiso de armas, y por primera vez vi el miedo en el rostro siempre impenetrable de el Consejero, y casi se cae, y se marchó corriendo. Tampoco contó con las cámaras de videovigilancia del super, y del aparcamiento, y de la autopista. Ahora sólo hay que tirar del ovillo, dijo Fred. El Micki dice que él ya se ha hecho a la idea de que papá y mamá ya no están. Yo no. Yo esperaré hasta que no haya ovillo del que tirar. Mientras aún esté aquí.

Nivel 3

  • Parece que ya despierta…
  • Tú crees?
  • Se ha movido, y ha como medio parpadeado…
  • Bueno, muchos hacen así y después siguen dormidos..
  • Mira, ves?..
  • Tienes razón, vamos a ayudarle un poco…
  • Tú crees?
  • A veces funciona..
  • Ojos abiertos, buena señal..
  • Hola, te daría los Buenos Días, pero nunca sé en qué día vivo…
  • Venimos en son de Paz…
  • Y eso?
  • Siempre quise decir esa frase, y justo cuadra..
  • Pues sí..en fin..no..no…espera..
  • Espera…
  • No intentes nada, todavía no…así..mejor así..
  • Buena señal..
  • No adelantemos acontecimientos, eso nunca es bueno….por qué está aquí?
  • Decisión Equivocada…
  • Tengo que hablar con Nivel 1, „Decisión Equivocada“…no ayuda a nada..
  • Tienes razón…como“Encuentro Súbito“, vete tú a saber…
  • En fin…no sale de su asombro…tú tranquilo, amigo, somos Nivel 3 no tengas miedo..
  • Nos entiende..
  • Perfecto…veamos, Ámbito1 en orden, Ámbito2 también, Ámbito3 ecos de dolor….origen?
  • Nivel 2 mandó esto…
  • Entonces todo en orden, desaparecerá en breve….qué gracioso, frunce el ceño…ahora no puedes hablar, amigo, un poco de paciencia…
  • Solicito traslado?
  • Tú qué dices….Dejá-Vu o no?
  • Siempre es agradable recibir postales…
  • Pues sea…listo…hasta nunca, amigo..
  • Que no te asuste el ruido…el cambio de segmento es lo que tiene…
  • ByeBye…
  • El siguiente ya está en traslado..
  • Causa?
  • Desfase Métrico
  • Definitivamente tengo que hablar con Nivel1

La Rampa

Una mujer sube la cuesta. Va por la acera. Con ella va su hijo de dos años, que va agarrado a cochecito de bebé que ella empuja, en el capacho duerme su otro hijo. Tiene seis semanas. Se acaban de bajar del autobús, por la mañana nevó, y ahora no se ha atrevido a recorrer la distancia desde su casa a pie. Hace demasiado frío. Y hay placas de hielo. Tiene miedo a resbalar. Mejor con el bus. Ya no nieva. Pero el viento se ha quedado, helado y húmedo. Alcanzan el pie de la escalera que conduce a la pasarela que sobrevuela la carretera y que da acceso a la escuela. Cada tarde, desde que tiene que recoger de la escuela a su otro hijo, el mayor, se ve frente a la misma diatriba. Debe elegir entre sacar al bebé del capacho, coger al de dos años de la mano, y aventurarse los tres tramos escaleras arriba, dejando el cochecito atrás, escondido tras una de las columnas, sin tener garantía de encontrarlo de nuevo a la vuelta, o esperar a que pase alguien y que esta persona la ayude a subir con el carrito y al de dos años sin que todos rolen escaleras abajo. Siempre opta por la segunda opción. Siempre pasa alguien. Y ese alguien llega. Ella también tiene que recoger a su hijo. Entre las dos suben el carrito, mientras vigilan que el de dos años no tropiece. Para la vuelta se ofrecerá otra persona. Siempre se ofrece alguien.

Como Gerd. Gerd es el vecino de Adeline. A Adeline le gusta andar a caballo. Anda a caballo desde los cuatro años. Ahora tiene nueve. Y lo hace muy bien, o al menos es lo que dice su profesor de equitación. Según parece, Adeline se mantiene con suma elegancia sobre la silla de montar. Pero no cuando el caballo se asusta y la arroja al suelo. En esos momentos, no. La pierna de Adeline está ahora rota por tres sitios y fija de arriba a abajo en una escayola multicolor jalonada de tornillos y varillas. Adeline no está enferma, solo tiene la pierna „Kaputt“, como le gusta decir a su hermano. Hoy Adeline tiene su presentación de Ciencias Naturales. No está especialmente nerviosa. Si hay algún animal que Adeline adore, además de a los caballos, son las tortugas. Y sobre ellas va a tener que hablar durante cinco minutos. El problema radica en llegar hasta la escuela. Mamá se cogió una semana libre, pero fue de todo punto imposible que ella sola llevase en brazos a Adeline todos los tramos de escaleras que dan acceso a la pasarela, tampoco bajar con ella en brazos la escalinata de acceso al edificio por la parte de atrás. Es que ya tiene un peso, dijo mamá. Así que le tocó a papá. Y ahí es donde entró Gerd. Cada mañana, ambos hombres, antes de ir al trabajo, cargan uno la niña y otro la silla de ruedas escaleras arriba, cruzan la pasarela, y suben la escalera de entrada al módulo. Alli hacen los hombre una pausa. Después sólo queda un último tramo de escalones, ya dentro del módulo, para alcanzar el patio. Allí es donde Adeline se sienta en la silla. Su clase colinda con el patio. Por la tarde la recoge Hagen, un hombre que viene contratado por el seguro. Él aparca en la parte de atrás de la escuela, porque le resulta más cómodo. Siempre habrá alguien que le ayude a subir la escalinata con Adeline y su silla. Adeline recibió hoy un diez y un sticker con una estrellita de purpurina azul por su presentación de las tortugas. Pegó el sticker a la escayola. Brilla con los cambios de luz….

  • No sé tú qué dices, pero yo creo que la presentación de los hechos me quedó muy lograda…
  • Adeline ya anda con muletas…
  • Pero no puede subir escaleras…
  • Y andar lento, muy lento, le dijeron…todavía la cargan..
  • Pues a eso voy…y lo del cochecito…te juro que cuando no pasa nadie me despido de él por si no lo vuelvo a ver…
  • Y entonces ahora cómo empiezas tu petición….
  • Pues mira, yo pensé en esta frase „Este país es conocido mundialmente por tres cosas: Su cerveza, sus futbol y sus ingenieros. Uno de estos últimos bien puede construirnos una rampa….“
  • O dos…
  • O dos…

Cracovia

Me mandó un Whatsapp a media mañana. Necesito verte, me urgía, necesito tu ayuda. Y le dije que sí. Por supuesto. Me dijo que se pasaría inmediatamente, ya que estaba por la zona. Me sorprendió un poco, la verdad, ya que yo a ella no la trato tanto, a quien yo trato es a su hemana. Pero yo soy una persona que siempre está dispuesta a ayudar. Ese es mi problema. En fin. Llegó enseguida, me dio la impresión de que había enviado el mensaje desde la puerta y luego esperó a llamar al timbre. Venía muy apurada, como aquel que necesita hacer un trámite y sabe que llega tarde. A la pregunta de si quería tomar un café, me pidió té y decidimos tomar uno rojo con vainilla que tengo para semejantes ocasiones. Nos sentamos una frente a otra a la mesa del comedor, abrí una cajita de galletas de mantequilla y la puse en el medio. Tú dirás, le dije, dispuesta a ayudarle en lo que fuera que necesitara, ella suspiró, se apartó la melena de los hombros con las manos, y me miró como lo haría un jefe de estado a su ministro de defensa antes de pulsar el botón de Defcon4.

  • Necesito hacerme polaca- Me dijo con gravedad. Yo me quedé en blanco. No en blanco nuclear, sino que en mi cabeza se formó un conglomerado de ideas inconexas sin principio ni fin. Y opté por no decir nada. Ella asintió con la cabeza, como dándome la razón a aquello que yo nunca había dicho- Sí. No hay otra opción. Necesito la nacionalidad polaca ya, es que si no…a ver, siendo polaca las cosas son mucho más fáciles y no tengo que dar tanta vuelta para conseguirlas, entiendes?Todo es una cuestión de tiempo- Y tomó un trago de su té, yo la imité, todavía tratando de dilucidar cuál era mi papel- Mi tía siempre me decía que para cumplir los sueños hay que perseguirlos sin pausa, y eso es lo que estoy haciendo, perseguir sin pausa mi sueño, lo que pasa es que las trabas son demasiadas…
  • Por?- Me atreví a preguntar, por decir algo. No sé. Ella suspiró y extendió las manos sobre la mesa.
  • Porque la vida, mi vida, es así, llena de curvas y baches, como las carretera que lleva hasta aquí que también podían arreglarla todo sea dicho de paso…y yo necesito ser polaca para que todas esas curvas se vuelvan rectas y no tener que caerme para poder volver a levantarme, porque ese es mi problema, me falta el equilibrio, y eso sólo lo voy a conseguir haciendo por fin lo que necesito para conseguir la felicidad plena..y tú dirás, y quién puede decir que es feliz en estos días de incertidumbre, verdad?, pues mucha gente, amiga mía, mucha gente, y yo quiero ser parte de esa gente feliz, viva la gente que es feliz y que hay dónde quiera que vas, por todas partes, y para eso es de suma importancia que yo salte en paracaidas sobre Cracovia…- Y a mi me vinieron a la cabeza todos los acontecimientos históricos que se relacionan con Polonia, y los polacos, y las invasiones, el Pasillo de Dantzig, pianistas, jinetes, frentes del Este, persecuciones, y un violín, un sólo violín, y todas las lágrimas, los mineros y su Solidaridad, aquel compañero que se apellidaba Karpinski, y lo bonita que debe ser Cracovia, también desde el aire, supongo. No sé. – Y esa es la única razón, y buena es, o no?
  • Posiblemente- Respondí yo. Por responder algo. Yo seguía escuchando el violín. Tomé un trago largo de té.
  • Yo aterrizo con el paracaidas en algún lugar de Cracovia, y la gente se acercará a mí…y yo tendré que hablarles, en qué? En polaco, por supuesto, y si tengo la nacionalidad polaca muchísimo mejor, entiendes? Porque si uno sabe el idioma del país ya gana puntos, pero si además muestras el pasaporte, todo lo demás pasa a un segundo plano, teniendo en cuenta que el fin justifica los medios por el bien de la gente, qué gente? La gente que es feliz…- Y yo me fui. Me fui lejos. Me fui a las verbenas de verano, a bucear olas, a días sin reloj y comidas a deshoras, a lo que pudo ser y no fue, pero fue al fin y al cabo, y fue maravilloso, y todas las risas compartidas, como los pisos, con más gente que habitaciones, y donde comen seis comen doce, si tú me dices ven lo dejo todo y vas tú y le dices ven y lo dejáis todo, y de mesa un atlas sobre una caja de cartón, y el Somme en coche es infinito y verde, y el corazón is all over the place, hasta el final, tal como decía la Houston, sólo que a tí no te sale tan bien. La mejor película de Kevin Costner es „No hay salida“, por mucho que después bailara con lobos, se podrá bailar con lobos? Si los amaestras supongo. Los Huskys tienen los ojos de diferente color, de tener perro yo me decidiría por un perro pastor ovejero, al parecer sólo les falta hablar. Qué susto, no? que te hable de pronto el perro. Estoy convencida que mi problema de base fue no haber escogido Hogar en BUP, ahí está el quiz…- Y por eso necesito que hables con Augusto- Y yo salí como de una nube de las que antes había en las discotecas, y ante mi vi AUGUSTO en letras luminosas de colores con purpurina, y supe que no tenía nada que ver con nada de romanos, ni con Algueró, ni con payasos, ni con el padre de Matilde, entonces con qué?.
  • Quién?- Y se lo pregunté con toda la sinceridad que pude reunir, ella asintió con la cabeza.
  • Ya supuse que no tendrías el teléfono, pero tenía que intentarlo…cómo se llama a la embajada polaca?- De haber sido esta la última pregunta antes de ganar el millón en „Quiere ser millonario?“, después me habrían tenido que buscar en la Polinesia.
  • Llamando a la embajada polaca- Contesté, ella volvió a asentir con la cabeza, suspiró y se incorporó al tiempo que se colgaba el bolso.
  • Pues eso, que ya te iré diciendo como va la cosa…muchísimas gracias- La acompañé hasta la puerta y se fue. Después me senté en el sofá. Y ya está. Tú me acabas de despertar.

La mujer del martillo

Toma de declaración de la Sra. Dña. María P. En La Coruña, a 20 de Mayo de 1952, en presencia del Sr. Inspector José Antonio B. y el Sr. Subinspector Pedro M.

De verdad que no necesito nada, estoy estupendamente. Sí, todos los datos que he dado son ciertos, si no aquí tengo mi cédula de identidad si quieren verla, que está en regla. Cómo dice?..quieren ustedes que les explique el porqué de la situación, el porqué de la situación…pues a ver por dónde empiezo. Yo conocí a ese individuo..sí al Sr. Rodríguez, yo conocí a ese individuo en el año 42, después de Navidad. Mi hija le había conocido a su vez unos pocos meses antes y se decidió a presentárnoslo a mi marido,en paz descanse, y a mí. Nos pareció un chico estupendo, responsable y estudioso..qué?..Derecho, él cursaba estudios de Derecho..y, bueno, como son las cosas, mi hija y él comenzaron un noviazgo formal como hay tantos. Él fue acabando la carrera, y se decidió por preparar oposiciones al Cuerpo Jurídico Militar, al tiempo que las preparaba ya iba tomando forma la idea de preparar la boda. Se presentó a su tiempo y las aprobó a la primera, pueden imaginarse la alegría que sentimos todos, y en especial mi hija, que ya tenía el ajuar. Salieron las plazas, y a él le tocó Cartagena. Cartagena. Más lejos no le pudo tocar. Pero en fin, así fueron las cosas. Mi marido, en Gloria esté, pensó que sería buena idea si él y ese hombre hicieran un viaje a Cartagena antes de la boda, para montar la vivienda del matrimonio y el despacho de él. Fue entonces cuando mi hija se vio en cinta, pero dado que era una cuestión de poco tiempo que se casara, no lo vimos como un problema. En fin, allá se fueron los dos hasta Cartagena. De lo bueno lo mejor para su hija, faltaría más. Mi marido regresó nada más arreglar el asunto, el otro, con la excusa de tener que formalizar todavía unas cosas, se quedó allí. Pasaron días, y semanas, y no recibíamos noticias de cuando volvía. Intentamos llamar a las señas que teníamos en Cartagena, pero fue inútil. Como ya les dije, la boda estaba ya apalabrada y el día marcado. Al mes y medio, mi hija recibió una carta de ese hombre, en la que le decía que no tenía intención de casarse con ella. Se pueden imaginar el disgusto que recibimos…mi marido, con el fin de calmar las cosas, viajó de nuevo a Cartagena para hablar con él y hacerle entrar en razón. Pero ni le recibió. No fue capaz ni de dirigirle una palabra. Mi marido regresó enfermo, enfermo de pena y desesperación. Decidimos que mi hija pasase el embarazo en casa de unos parientes, lejos de todo lo que se pudiera hablar. Pasó el embarazo en la cama, y mi nieta nació prematura. Mi marido murió poco después, la disfrutó poco. Mi hija pudo emplearse en la gestoría de unos conocidos, y así poder sacar adelante a mi nieta, y ayudar en casa. De eso hace seis años.

Hoy por la mañana, cuando cruzaba la Plaza de Pontevedra, le vi. De paseo con un amigo, todo risas. Así que entré en la ferretería que hay en la esquina, y compré un martillo. Del golpe en la cabeza le derribé. Cómo dice? Con intención de matarle? Sí, tenía , tengo y tendré intención de matarle, de eso no le quepa ni la menor duda…como él mató a mi marido, casi a mi nieta y enterró en vida a mi hija y a la postre a mí. Sí, quise matarle. Pero no murió, sólo espero que cada vez que le duela la cabeza, se acuerde de mi. (Alguien entra. Entrega un papel) Qué pasa?…Que no presenta cargos? Sólo faltaría…entonces me puedo ir? Creo que mi hija está ahí fuera…Cómo dice? Estoy estupendamente. Hacía muchos años que no sentía tanta calma, fíjese que hasta me quiero reír…me puedo ir, entonces?…Pues nada, un placer.

*Basado en hechos reales.

K.

Hoy encontré a K. Mejor dicho, él me encontró a mí, ya que llamó mi nombre por la calle. Al volverme le reconocí enseguida, sigue teniendo la misma sonrisa. K. vino caminando desde el Kurdistán-Irakí y una serie de maniobras burocráticas le sentaron en mi clase. K. no paraba quieto, acostumbraba a abrir todas las ventanas de la clase, que estaba en un sexto piso, desde el que había vistas a las montañas y se asomaba, a veces demasiado,a ver el aire libre. Yo le pedí a H., un gigante de ébano, que se quedase a su lado para vigilarle. Se hicieron intimos. K. aprendió alemán hablando con todo aquel que quiso escucharle, llevaba siempre una libreta consigo, y si no se podía explicar, dibujaba lo que quería pedirle a su interlocutor. En esas libretas escribía su historia, y todo lo que le pasaba, una especie de diario para no olvidar. Una vez le regalaron una chaqueta de abrigo para combatir el frío polar que aquel invierno nos invadió, le quedaba demasiado grande, pero a él no le importó, no se la quitaba nunca. K. me contaba de sus montañas, sus canciones y de su pueblo, muy pequeño, pero que logramos encontrar en un atlas. Siempre estaba de camino a algún sitio. Siempre llegaba tarde, pero todas las mañanas me traía un café y me lo entregaba con casi una reverencia. Él se convirtió en mediador entre todos los frentes que había en aquella clase, compuesta por jóvenes, a los que yo aún llamo „mis niños“, provenientes de tantas zonas de conflicto como países,que no tenían una lengua común. Hoy encontré a K. Sigue teniendo la misma risa. Está estudiando para convertirse en Terapeuta Ocupacional, tiene una novia tan guapa como simpática y es feliz. Yo entonces estaba un poco loco, me confesó, y nos reímos los tres. Nos dimos los teléfonos. Me alegrará mucho verle otra vez. H. es Maestro Electricista y orgulloso padre de cuatro hijos.

Cuando pienso en todos ellos, me emociono, ya que, aunque hoy se hayan convertido todos en „hombres de bien“, siempre serán „mis niños“.

*Mis recuerdos sobre aquella clase también están plasmados en “El Curso”.

Tara

Hoy ha venido Brittany. No viene nunca, ya que vive fuera del país. Pero el problema con la pared se ha complicado, y el jefe de obra quería hablar con ella. Él todavía no está. Brittany apareció de repente, desde detrás de la mata de malvas, y casi me asustó, sólo casi, ya que antes había escuchado pasos que se acercaban por el sendero de baldosas que lleva al jardín desde la entrada. Pensé que sería la vecina, dijo que se pasaría. Ha venido en coche, un BMW tan grande que no lo salta un torero, literalmente, porque por mucho tonelaje que tenga un toro con toda su corpulencia, ese coche lo supera. Brittany se mueve y habla muy rápido, yo la comparo con un colibrí al que se le hubiera suministrado cafeína, y mantiene sus enormes ojos azules siempre muy abiertos, como si alguien en algún momento le hubiera dado un susto y todavía no se hubiera recuperado de la impresión. Me dice que habría que sacar las malas hierbas de entre las baldosas, que es muy fácil, y saca una para demostrármelo, yo le explico sin perder la calma que Gunther cortó la hierba y la maleza hace un mes, pero que ese jardín es como esas selvas asiáticas en las que la maleza crece a medida que la vas cortando. Sólo hay que tirar, y ya sale, me contesta, y parpadea dos veces, espera que yo arranque al menos una hierba. Pero no lo hago. Le dedico mi sonrisa japonesa y no me muevo. Como buen colibrí, se aleja hacia la escalera de acceso al sótano desde el jardín. Suspira y entrelaza los dedos de las manos al ver la escalera, me mira ensoñada, casi en trance, y me dice que ellos siempre tenían macetas con petunias a ambos lados de la escalera, en todos los escalones, una alegría daba verlas, yo le digo que me puedo imaginar la alegría que sentían ellos al ver las petunias, pero que seguro que no es comparable con la mía cada vez que la bajo aferrada al pasamanos y logro llegar a su fin sin resbalar en el musgo y las grietas que la jalonan. Ella asiente, y me dice que las macetas siempre eran portuguesas. Qué bien.

Llega el jefe de obra, un tal Schimanski, que la saluda llamándola Sra. Schmitt. Yo estoy convencida de que sus padres le pusieron Brittany para dar color al Schmitt. Tiene un hermano. Él tiene un nombre de esos que suenan como un tren de mercancías, pero con sólo una vocal. Se llevan mal. Ella dice que él es un gangster.

Sólo le vi una vez. Pasó por delante de la casa en su Mercedes, muy lentamente y mirándome desafiante desde dentro. Tan pendiente estaba de ser desafiante, que casi atropella a Sr.Holper, que casualmente pasaba por allí. Por mirar tanto pa ti, metín un zoco na merda, que diría mi abuela.

Schimanski le tira los tejos a Brittany. Y ella los recoge gustosa y se los tira de vuelta. Por un momento estoy tentada a ofrecerles una de las habitaciones. Pero no digo nada. Ellos que son blancos que se entiendan, que dirían en Dominicana. Entiendo que habría que tirar el muro, y otras muchas cosas que Brittany no está dispuesta a hacer. Pero tiene que hacerlas. Schimanski la convence. De eso no me cupo nunca la menor duda.

Damos juntos la vuelta a la casa, para inspeccionar otros posibles desperfectos. Brittany recuerda las pérgolas de rosas y los arbustos en forma de mariposa, Schimanski intenta hacerse una una idea, al menos, yo voy atenta a no tropezar con los restos de la acera rota. Pasamos por delante de unas argollas clavadas en uno de los muros, y Brittany gime al tiempo que se lleva las manos al pecho. Schimanski se apura a asistirla, yo sólo veo tres argollas negras algo oxidadas. Brittany sonríe embelesada, y nos dice que allí sujetaba ella a sus caballos, Schimanski le pregunta por los nombres, Mimí, Piti y Balú. Schimanski se rie al decir que la novia de su hermano también se llama Mimí, yo no acabo de comprender cómo se le puede poner a un caballo el nombre de un oso.

El resto del paseo de inspección, Brittany nos deleita con la narración de la película que ya sólo existe en su cabeza de cómo era su casa y el jardín cuando la familia todavía residía allí. Schimanski juega sus cartas, yo llego a la conclusión que ya no es Brittany quien nos acompaña, sino Scarlet O´Hara, quien por fin, ha podido regresar a Tara. Tara. Les dejo alejarse solos hacia lo que un día fue un estanque. Qué pasará con estos dos?. Francamente, queridos, me importa un bledo.

Controversia

Yo me posiciono siempre en el centro del QUE. El QUE como suplemento verídico de la sustancia que sostiene la índole, de forma que las esferas de lo conocido se circunscriben fuera de la intolerancia colectiva. Ojo, esto no tiene que ver con la ignominia del lenguaje, eso no, ese aspecto corrige de alguna manera la visión paleontológica de la supremacía mesopotámica que ya nombraba Harrys. A tenor de lo dicho, los lugares de las casualidades aprendidos gracias a los aparatos de verificación, atenúan la beligerancia consentida entre iguales. Por supuesto, mi posición impera en detrimento de la alquimia milenaria de reductos plantígrados, no siempre cartesianos. Ni que decir tiene, mi modo de ver se distancia de la óptica gravitacional orbital palaciega existente en la línea del horizonte, teológicamente ilegítimo. Si mi gusto gustara del gusto que gusta tu gusto, tu gusto gustaría del gusto que gusta mi gusto, pero como no es así, empíricamente ambos nos distanciamos de la esencia del alma partida en los orígenes del Blues. Con esto no quiero decir, que yo en los espacios sonoros no reviva y me convierta en un ser tridimensional que aporta y suma a la semblanza colectiva, querría que quedase claro. El ámbito político de la situación encumbra la misma pretensión, no hay duda. Naturalmente la luz del sol, nihiliza la sombra, y confunde el aire, lo que nos convierte en tránsfugas en la noche de los tiempos de atolondre, como diría MacMillan. Creo haber contestado a su pregunta, en todo caso, los emblemas oníricos vienen a ser los mismos.

(Bebió medio vaso de agua, nos dio las Buenas Tardes y se fue. Desconozco lo que pensaron en aquel momento mis colegas también presentes en la rueda de prensa, pero si algo me quedó claro es que mi empanada favorita es la de zamburiñas)