Principio y Final

Estábamos todos dentro. De eso me acuerdo. Porque al salir de clase para la pausa, no se podía dar un paso por la gente que había en el pasillo. Supongo que llovía o hacía frío. O ambas cosas. July me dijo de bajar al hall. Y bajamos. July era rubia, de ojos claros, con pelo muy rizo y pecosa, yo también tenía el pelo rizo, pero era su opuesto. Quizás por eso nos hicimos amigas. Había nacido en Londres, donde sus padres habían emigrado y todavía residían. Ella cursaba conmigo primero de BUP. Nunca me explicó el porqué, ni yo se lo pregunté. Esas cosas, entonces, carecían de total importancia.

El hall estaba repleto de gente. Ni ella ni yo teníamos hambre, así que no nos dirigimos a la cafetería, deambulamos un rato entre la multitud y después nos acercamos a la zona del mural. Era un mural del “Guernika” que ocupaba toda una pared, a lo largo de la cual había un banco. Para nuestra sorpresa todavía había sitio, justo en el centro. Y nos sentamos.

Les descubrimos antes que ellos a nosotras. Eran cuatro. De COU. Desde mi perspectiva de primero de BUP, eran cuatro hombres hechos y derechos, altos, fornidos y con aquel atractivo que desprende lo inalcanzable. Dos ya fumaban, sin querer hacerse los interesantes, simplemente lo eran, al menos a mis ojos, con sus cazadoras de cuero y sus plumíferos JHayber en rojo y azul. Hablaban y reían sin hacernos caso. Ni nosotras lo pedíamos, de hecho, teníamos nuestra propia conversación. No me acuerdo sobre qué. Pero era nuestra.

-Y tú cómo te llamas?

La pregunta vino de la nada. Y allí se quedó. Al no saber nosotras a quién iba dirigida.

-eh! Tú cómo te llamas?

Esta vez July y yo alzamos la vista. El de la cazadora de cuero, se lo preguntaba a July, mostrando gran interés.

-Yo?…July-

-Julia

-No, Julia no….July

-July

-Sí

Y entonces. Sin más. Los cuatro a la vez comenzaron a cantar, dando palmas.

-“ERES TÚ MI RAZÓN MI VERDAAAD, Y POR ESO TE QUIERO CANTAAAR,MI CANCIÓN ES SENCILLA Y SINCERAA NADA MÁAAS…OHOH JULY TE QUIERO CANTAAAR, TÚ HAS SIDO PRINCIPIO Y FINAAAL, EL PRINCIPIO DE MI NUEVA VIDA…EL FINAL DE MI SOLEDAAAD…OHOH JULY…!…

Repitieron la secuencia otra vez, demostrando unas inusitadas dotes vocales a capela, y lo coronaron todo con una tanda de aplausos a si mismos entre risas. Y sonó el timbre. Y con la desbandada, se perdieron en la multitud. July y yo nos quedamos sentadas. July me miró con los ojos muy abiertos, y la expresión de aquel que descubre que le ha tocado la lotería. Yo no sabía que decirle.

-Tú oíste?

-Sí…

-Desde luego….

-Ya..

-Habrá que subir…

-Habrá…

Al año siguiente July regresó a Londres. Nunca supe porqué, ni ella pudo explicármelo. El de la cazadora de cuero, se casó mucho después con Laura la de C.

Pero esa ya sería otra canción.

*“OhOh July” Los Diablos (1972)

Grada Norte

Sven H. Con motivo del Campeonato Alevín de Fútbol que tendrá lugar durante los próximos fines de semana, he formado este grupo para poder coordinar mejor la logística. Bienvenidos a GRADA NORTE!.

Sylvia T. En el recinto en el que se celebra no hay gradas.

Sven H. Me pareció un nombre bonito. Suena grande.

Tilo T. BANCADA POTENTE

Silke B. Tilo, céntrate.

Sylvia T. Ni tampoco hay bancos.

Sven H. Ahora no puedo cambiarlo…queda así.

Silke B. A mí me paso lo mismo. GRADA NORTE sea.

Oswald B. Podemos llevar bancos y mesas plegables.

Frank S. Oeoeoeoeoe!! 🙂

Tilo T. Yo puedo decorar con banderolas de colores.

Sven H. Yo me ocupo de los postes y la tela para las pancartas.

Silke B. Es un partido de fútbol, no una manifestación.

Sylvia T. “Ánimo. Estamos aquí”

Tilo T. “Arriba. Siempre arriba”

Frank S. Booooombaa Olavava Olavavava!!

Beate S. Y dónde enchufamos la máquina de pancakes?

Sylvia T. Hay que hacer pancakes? Cuántos?

Mareike B. Yo llevo patatas fritas de bolsa.

Sven B. Pan qué?

Silke B. Pancartas, Beate, Pancartas!

Mareike B. Y Gusanitos.

– – – – – – –

Sven H. Ya os he enviado los horarios de los partidos. Los nuestros están en los grupos A, B y C. Necesito a alguien que se encargue de llevar los uniformes. Juntos llegamos! 🙂

Oswald B. Yo puedo llevar los uniformes. Dime a dónde.

Silke B. De paseo, si te parece Ossi… 😉

Tilo T. Yo puedo llevar a tres de cualquier grupo, con o sin uniforme. También las pancartas.

Anne H. Yo puedo hacer varios viajes, con cinco. Voy a llevar sandwiches. Falta el agua.

Tilo T. Yo llevo el agua. Sin gas. Sven H. a dónde vamos todos juntos?

Mareike B. Y Brezel.

Beate S. Van a cortar el gas? Cuándo?

Sven H. Es un slogan, como “No pasarán” “ Si quieres, puedes”. En total somos ocho coches. Yo llevo las mesas y los bancos. Siete. Son catorce niños. Alguien bueno en mates? 😉

Mareike B. Yo voy andando.

Frank S. “EEEOOO EEEEEOOOO Daylight come and I want go hoooome”

Silke B. La mejor opción es reunirnos con los coches delante del Ayuntamiento y repartir niños y comida. También Bananas, Frank S. ;). Después vamos en caravana hasta el campo. Yo puedo recoger a Mareike.

Beate S. Y quién alquila la caravana? Yo no tengo carnet de eso.

Sylvia T. Yo llevo las banderolas,tres sillas plegables, el botiquín, dos termos con café, tazas, vasos y platos de plástico, dos bizcochos, una ensalada de pasta, mantas, las mudas, paragüas y tijeras. Sitio para un niño (menudo).

Tilo T. Sylvia T. for President! 🙂

Mareike B. Yo voy andando y ya van vestidos con el uniforme. Llevo patatas fritas de bolsa.

Sven H. Falta cordón y cinta aislante.

Tilo T. Lo lees mal y montamos la película 🙂 🙂

Silke B. Centrémonos.

Roswitha R. No creo que talar los árboles sea la solución. Pensad en todos los pajaritos que se quedan sin casa!

Anne H. En ese recinto tampoco hay árboles.

Mareike B. Y gusanitos.

Beate H. No creo que se puedan llevar hachas.

Roswitha R. Uuuups…me confundí de grupo 🙂

Oswald B. Los nuestros…de qué color van? Tengo más camisetas azules que pantalones rojos. Yo puedo llevar seis y una pancarta.

Sylvia T. Seis qué?

Beate S. A quién hay que aislar?. Yo llevo un machete.

Mareike B. Y Brezel.

– – – – – –

Anne H. Muchas Gracias a tod@s por vuestra ayuda! Sven os manda un saludo!

Sylvia T. Que se mejore! También es mala pata!

Silke B. “Mal dedo”, Silvia T.

Tilo T. Es que la mesa se plegó sola. Así Claks!

Oswald B. Hemos colocado todas las cosas en nuestro patio. Pasad a recogerlas cuando queráis.

Frank S. Yo ya repartí a los niños que quedaban. Devolví los bancos. Doblé las pancartas. Y tiré la basura.

Anne H. Frank S. Misión Cumplida 😉

Mareike B. Es de alguien un machete?

Silke B. Yo lavo los uniformes y ducho niños. Propios y ajenos 😉

Tilo T. Tenemos los puntos! Yo llevo la cerveza!

Frank S. A dónde?

Oswald B. Ya encargué pizzas. Aún hay ensalada y sandwiches.

Sven H. Os quiero.

Silke B. Nadine W. si me lees, he encontrado a tu hija.

Beate S. A quién hay que poner puntos?

Anne H. Yo llevo música.

Mareike B. Yo tengo cacahuetes.

Tilo T. “It´s coming home, it´s coming home”!!

Frank S. Quién?

Anne H. Big in Japan 😉

Beate S. Quién viene de Japón? Yo puedo ir a buscarlo.

Mareike B. Y limones.

El malo de la película

-Entonces me acompañas…

-Sí, pero depende de cuánto dure, quedé con Lolo para ayudarle con la cocina…

-Osea que te vienes…

-Sí, ya te dije que sí…pero…

-A las doce en la puerta, te envío la dirección por aquí…

-Pero cuánto dura…?

-Gracias Alvar!…eres un sol!…- Y colgó.

Alvar también colgó y miró la hora. Las diez. Aún podía ir a correr su hora, volver, ducharse y llegar a tiempo a dónde fuese que Analía quería que le acompañase. Y así hizo. Cuando volvía de su habitual recorrido, le llegó el mensaje con la dirección, y al ver dónde era, hubo de aumentar el ritmo para no llegar con retraso.

En realidad no era una puerta, era el portalón de acceso a una nave situada entre otras naves idénticas y numeradas en un polígono industrial a las afueras de la ciudad. El autobús le había dejado a veinte minutos, y el último trecho casi lo había tenido que hacer corriendo, sin saber muy bien porqué, pero si había algo que no soportaba era llegar tarde, aunque la cita no fuese suya.

-Estoy bien?- Analía dio una vuelta sobre si misma, llevaba una falda larga negra y una camisola gris, la melena castaña se la había recogido en un moño, los pies en unas bailarinas negras, no llevaba ni los labios pintados, lo que le hacía tener un aspecto un tanto gris.

-Pareces una seglar…no sé…tú sabrás…

-Es que es de lo que se trata, es un drama…

-De monjas…

-No lo sé, pero mandan venir así…

-Y ahora qué hacemos?

-Entrar…supongo que ya habrá más gente…- Alvar accionó la manilla del portalón, y haciendo un amago de reverencia, le dejó pasar primero, Analía le respondió con una circunspecta genuflexión, pareja a su aspecto.

El interior de la nave había sido reconvertido en un enorme espacio de modernas dimensiones,dividido en dos alturas,en hierro fundido, madera y paneles acristalados. Tal como había predicho Analía, una pequeña multitud de mujeres ataviadas con ropas similares a las de ella y con el mismo peinado, estaban ya reunidas ante una puerta con el número 5 en rojo.

-Y yo mientras…qué hago?- Preguntó Alvar mirando a su alrededor, Analía se encogió de hombros mientras releía unos papeles en voz baja.

-Si cruzas esa puerta de ahí encontrarás una sala con sillones y cojines gigantes….

-Cojines gigantes?…café tienen?- Analía le miró, de pronto sumamente triste.

-“ Y si no te vuelvo a ver, recuerda que te quise….”- Alvar rio y asintió convencido.

-Ya…pues te espero ahí dentro entonces….y si tanto me quieres, cuando acabes me buscas- Analía parpadeó varias veces con ojos vidriosos y asintió, para después alejarse hacia la puerta 5.

La puerta que le había dicho Analía estaba cerrada, así que decidió buscar otra sala que estuviese abierta. Recorrió un ancho y muy largo pasillo de paredes de cristal azul hasta que hubo de torcer a su izquierda y tomar otro más corto, éste recubierto de metal imitando óxido donde por fin encontró una puerta, esta vez deslizante, de madera negra,y que pudo abrir. Accedió entonces a una sala iluminada por una gigantesca claraboya, el suelo era de cemento industrial y estaba ocupada de dos sofás verdes y cuatro butacones rojos, de cómodo aspecto, que rodeaban varias mesas bajas de madera que imitaban palés. Sobre éstas había botellines de agua, vasos, y unas carpetas azules. Alvar se sentó en uno de los sofás, y se sirvió un vaso de agua, reparó entonces en las carpetas azules y, cogiendo una, la abrió. Contenía dos hojas, con lo que parecía un diálogo, en inglés, entre un tal Grish y un tal Silas. Se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que no leía en inglés, tanto como el que hacía que había acabado Filología, sonrió, aquel era un buen comienzo. Iba a leerlo ya por tercera vez, cuando una puerta lateral, que no había visto, se abrió.

-Se te habrá hecho eterno….- La voz de la chica buscaba la disculpa en el tono, al tiempo que dejaba caer los brazos casi teatralmente, en vaqueros y camiseta con el pelo azul medio recogido con dos hebillas de purpurina y unas gafas de pasta rojas, a Alvar le recordó a una muñeca Manga, iba a explicarle el motivo de su presencia en aquella sala, pero no le dio tiempo- Te habrá dado tiempo a leerlo….seguro…dime que sí…- Rogó la chica mientras le miraba suplicante, Alvar se incorporó y asintió, incapaz de hacer otra cosa. Ella sonrió y se colocó bien las gafas- Perfecto, ven, ya te están esperando…antes…tú eres…

-Alvar…

-Alvar?

-Alvar Quintero López

-Alvar Quintero….y por qué no estás en mi lista?- Se lo preguntó sin mirarle mientras le guiaba por un pasillo de paredes de piedra verde amatista, Alvar iba a aclarárselo, pero ella se volvió de pronto con el dedo índice de su mano derecha extendido hacia el techo.

-Por la Q…nunca la coge el puto sistema…tú ven…- Caminaron todavía un par de metros, hasta alcanzar una puerta corredera de acero rojo, que la chica deslizó sin dificultad, dándole paso a una enorme estancia iluminada por infinidad de focos que pendían del techo y tomada por un ejército de gente que pululaba entre cámaras, máquinas y cables. Alvar estuvo tentado a dar la vuelta, y salir corriendo, pero llevado por la curiosidad de hasta dónde le llevaría la situación que se había creado, decidió seguirla sorteando cables y aparatos, hasta un grupo de gente que contemplaba un monitor.

-Aquí os traigo al último….no me miréis a mí, revisad el sistema y poned una camarita en la puta sala….así no hay quién trabaje…en fin, Alvar Quintero…- Y le señaló con la mano, como quien presenta el premio final en un concurso, Alvar levantó una mano a su vez sin atreverse siquiera a saludar.

-Jorge Cadenabe- Repitió uno de los hombres, adelantándose al resto para ofrecerle la suya, que Alvar estrechó agradecido, el resto se presentó de viva voz, y Alvar no se quedó con ningún nombre.- Ven, te explico.

Cadenabe le guió hasta una especie de escenario sobre el que había un cajón de madera.

-Verás…Alvar..era..tú nombre?, sí?..verás Alvar…tú situación es la siguiente…Grish es uno de tus hombres de confianza, pero te ha traicionado colaborando con el FBI, tú lo has descubierto y le traen ante ti para que se explique…

-Y yo estoy furioso…o cómo?

-Eso ya lo decides tú….si has leido el dialogo ya te habrás puesto en situación…- Alvar carraspeó y asintió, sin decidirse a contestar, Cadenabe sonrió y suspiró- Listo?

-Sí…supongo…- Logró articular Alvar, Cadenabe llamó a un chico, que se presentó como Javi, y le daría la réplica de Grish- Sólo una cosa….Sr. Cadenabe…yo, entonces, para entendernos, soy el malo…-Cadenabe rio y asintió.

-Exacto, Alvar, tú eres el malo de la película…- Alvar también le sonrió, y mientras uno de los técnicos colocaba bien unos focos, y Javi se convertía en Grish, volvió a leer su parte del dialogo, repitiéndolo en voz baja, como creía que lo hubiera hecho la única persona realmente mala que había conocido en su vida.

Una vez estuvo todo listo, Cadenabe ordenó silencio, y la luz de los focos se adecuó a las dos figuras sobre el improvisado escenario. Alvar Quintero, entonces, dejó de ser quien era, para convertirse en Silas y su propia interpretación de la maldad.

Después, el silencio se hizo tangible. Cuando levantó la vista, Cadenabe y su equipo, la chica del pelo azul, y un número importante de técnicos le miraban en silencio, incapaces de moverse, y con el miedo lacrado en la expresión de sus rostros. Nada se movía. Ni siquiera el silencio.

-Que alguien…me traiga un vaso de algo..- La voz de Javi, casi una exhalación, aún sentado sobre el cajón, rompió el sortilegio. Alvar hizo con su mano visera, para ver mejor, y sonrió.

-Ya está?…O lo hacemos otra vez?…o cómo?…

Veinticuatro horas después, ya tenía agente y un billete de avión a Los Ángeles. Si bien el director y el productor de la película habían visto su prueba de casting en video, querían comprobar que era real, y, de serlo, vivirlo en primera persona. Alvar se lo tomó con calma, como todo lo que hacía. Le había aclarado a Cadenabe quién era y la verdadera razón de su presencia en aquel lugar, pero aquel no le había dado importancia, reduciéndolo a una anécdota que, según dijo, daría mucho juego, él se preguntó para qué, pero no le dio más vueltas. Analía le hizo prometer que le mandaría videos por Whatsapp desde que aterrizara en LAX, y le ayudó a hacerse una cuenta en Instagram, cosa que el que ahora era su agente, un tal Juan Luís, recibió con alegría, ya que, según él, eso haría las cosas más fáciles. Alvar no le preguntó por qué, hasta entonces no había tenído una cuenta y había tenido una existencia feliz. Como foto de portada puso una en la que se tapaba medio rostro con una mano, y la otra mitad, según Juan Luís, te obligaba a tragar saliba dos veces. Analía y él le habían mirado escépticos. Se la había hecho él mismo, después de la ducha y antes de afeitarse. Nada fuera de lo común.

El lugar donde iba a tener que hacer la prueba, era seis veces más grande que el primero, y la cantidad de gente que pululaba alrededor le pareció más una manifestación de técnicos que otra cosa. Conocía al director por la prensa, e incluso le parecía haber visto una película suya, pero no se atrevió a decirselo, por miedo a que no fuese él, y quedar mal nada más empezar. El productor ni le sonaba. Esta vez la réplica de Grish se la iba a dar el actor que interpretaría el papel,un tal Scott, un hombre más o menos de su edad, que llegó acompañado de un pequeño batallón de gente, su mujer y un bebé, y que, en correcto español, se alegró mucho de conocerle.

Un hombre con cascos y guantes ordenó silencio. Alguien atenuó la luz. Silas recibe a Grish. Esta vez, el silencio que reinó al final, resultó tan aplastante, que el productor hubo de incorporarse de su asiento para, tras alcanzar una papelera, vomitar. Scott escondió el rostro entre sus manos, y se abandonó a un sentido, sincero y reparador llanto. El director, con la mirada fija en Alvar, parpadeaba lento, como el que piensa en algo, sin llegar a saber el qué. Alvar, buscó a Juan Luís en la multitud y le guiño un ojo, éste se enjugó los suyos con el embés de una mano, y trató de, al menos, devolverle un gesto amable, sin conseguirlo.

-Como te lo den, no va a haber quien me pare…

-Sales corriendo…o cómo?

-Del grito que doy…

-Y si no me lo dan, no pasa nada….ya estar aquí, yo, tú ya viste quién me felicitó en la entrada….a mí, ÉL…eso ya es mi Oscar…

-Yo no fui capaz ni de decirle Hola…seré boba…

-Me colocas bien la corbata?….

-Te llaman la “personificación de la maldad”…..y con este traje eres la “personificación de la elegancia”…

-No exageres….

-Una cosa…

-Dime…

-Quiero siempre preguntártela y nunca encuentro el momento…

-Tú dirás…

-Tú….en quién pensaste para dar vida a Silas?

-En alguien lleno de maldad…

-Ya…pero quién?

-En Arús, el bedel de mi colegio.

Espumoso Dorée

Hoy soñé contigo. Llegaste a mi casa y te sentaste en una de las sillas del salón. Venías a tratar la venta de mi casa. Querrías comprarla. Yo no sabía que mi casa estuviera en venta. Sabía que más pronto que tarde tendría que mudarme, pero mi casera nunca me había hablado de querer venderla. No te lo dije. Acepté el hecho sin más. Entonces se nos unió otra persona. Alguien le debió abrir la puerta. Un chico rubio con el pelo en visera y gafas de pasta, con el que coincido siempre en el autobús. Él también quería comprar la casa. Os pregunté si queríais tomar algo. Decís vino. En un aparador enorme, en una habitación con apenas luz, como toda la casa, encontré toda clase de vasos, tazas, y copas, infinidad de copas, pero ninguna de vino. Pero tienen que estar ahí. Pienso. Seis al menos. Pero no estaban. Al fondo descubro unas de tallo largo, tipo globo. Al sacarlas tintinea el resto del contenido del estante. Busco vino y no lo encuentro. Todo el vino que compro y nunca bebo debe estar en algún sitio. Recorrí una casa en penumbra y con muchos pasillos y aparadores repletos de cosas. Pero no encontré el vino. Regresé al salón, y tú estabas ya siviendo las copas con algo. Te pregunté dónde lo habías encontrado. Me contestaste un tanto molesto que sólo era Espumoso Dorée, pero que serviría. Me pregunté cuándo había comprado yo tal cosa. Dorée. Se no unió entonces la mujer del chico rubio. Que nos explicó que sus hijos ya iban a la guardería solos y que eso era necesario para su desarrollo espiritual. El chico rubio abrió una ventana, y me descubrió que mi casa era un chalet adosado, la otra casa tiene sólo una ventana, desde la que nos observaba una mujer aterrorizada. El chico rubio dijo que él querría inspeccionar la otra parte. La otra parte estaba llena de escaleras y era muy estrecha. No encontramos a la mujer. Ahora en mi casa había más gente. Todos bebían vino. Una chica de melena roja quería arreglar una persiana. Tú le ayudas. Yo os digo que no está rota, que es eléctrica. Pero vosotros no me hacéis caso. La mujer del chico rubio me explica que comprar una casa es lo mínimo que ha de hacerse en esta vida. Su marido me dice que ahora es el momento. Y todos se van. No sé por qué. Y nos quedamos solos tu yo. Tú me preguntaste en cuánto quedaba el precio. Yo no tengo ni idea. Me cuentas que tendrías que tirar tabiques, levantar suelos y pintar, además de cambiar los marcos de las ventanas y alzar una planta más. Yo te digo que me parece muy bien. Este es el momento, me dijiste, y tomaste el último trago de tu copa. Luego te levantaste, me abrazaste como despedida, y te fuiste. No me entristeció tu partida. Ni tampoco me alegró. Porque no te conozco.

El Rey de la Gravilla

El teléfono era de baquelita roja. Y estaba colgado de la pared del recibidor. El auricular tenía un cable tan largo, que podíamos llevarlo sin problemas por todo el apartamento mientras hablábamos. No sonaba como el resto de los teléfonos. Era lo más parecido a una alarma de incendios, que siempre nos cogía desprevenidos. El apartamento era pequeño. Un dormitorio, una sala, una cocina y un baño completo, que cabía en el espacio equivalente al de una cabina telefónica. La ventana del salón se abría a un balcón minúsculo, desde donde, si alguien se asomara descolgando medio cuerpo por la barandilla y girando la cabeza hacia la derecha, se podía ver el Castillo. Tal como nos lo había demostrado nuestro casero, cuando lo habíamos ido a ver por primera vez.

Por aquel entonces, Leander ya había acabado la carrera de derecho, y visitaba los cursos obligatorios de pasantía. Yo había hecho lo propio con la mía de Historia del Arte combinada con Filología Románica, por la rama de Francés, y todavía no sabía qué hacer de mi vida. Adentrarme en el tortuoso mundo de los doctorados, o decantarme por la rama de magisterio. Mientras no me decidía, impartía clases de pintura al óleo en la Volkshochschule (Universidad Popular) y ayudaba un par de horas a las semana en la biblioteca pública. Nuestra vida discurría en el limbo de aquellos que ni son ya estudiantes, ni todavía han entrado de lleno en el mundo laboral adulto. Además era verano. Con lo cual, la sensación de vivir en vacaciones se hacía más patente.

Aquella mañana yo me había decidido por fin a planchar mis pantalones de lino. Tenía tres. En beig, azul añil y rojo. Una oferta tres por uno que no había podido dejar escapar. Leander había comprado una tabla de planchar casi tan grande como nuestra sala, y yo la había colocado ante la ventana abierta al balcón, por una parte, porque así conseguía un poco de corriente que amainase el calor reinante, por otra para distraerme con lo que pudiese pasar en la calle, muy transitada por aquellos que se decidían por subir a pie al Castillo. Estaba tratando de decidirme si añadir un poco de colonia al agua de la plancha, cuando sonó el teléfono. Del susto arrojé la botella de agua de lavanda contra el sofá, como quien arroja una bomba de mano. Y todo se llenó de olor a lavanda. Pero eso a mí no me importó. Yo sólo corrí a coger el teléfono y lograr el cese de aquel ruido atronador que era su timbre.

-Pippa!

-….

-No te acuerdas de mi?!

-Pues no sé…

-Soy Malte!

-Malte?

-Si! Malte, tu Malte…

-Ya…qué quieres Malte?

-Pues verás, estoy por casualidad en la ciudad y pensé…pues mira, voy a llamar a Pippa para ver cómo está….

-Y cómo has sabido mi teléfono?

-Estás en la guía….

-Ya…

-Si eso nos pasamos esta tarde, para una cervecita…

-Nos pasamos?Malte…

-Ach, Pippa….me alegrará verte, a tí y a…a..

-Leander?

-Eso, Leander….a las cinco?

-Malte…

-Chau!

Malte Henle nunca había sabido escuchar. Habíamos salido cerca de un año, cuando ambos habíamos llegado a la ciudad para empezar nuestras respectivas carreras. Él había empezado Políticas con Historia, para dejarlo después por Geología con Biología, pasando por Sociología y Pedagogía, y por último Antropología y Estudios Americanos. Además de no saber, ni querer, escuchar, Malte era vago. En todos los sentidos. Incluso para llevar una relación. Cuando lo dejé, ni se había preocupado por preguntarme el motivo. Hubiese supuesto pronunciar demasiadas palabras. No le había vuelto a ver desde entonces. Que se hubiese tomado la molestia de buscar mi teléfono, y demostrase tanto interés en concertar una cita, me resultó más que sospechoso. Pero la gente cambia, pensé, y, a lo mejor, Malte, había aprendido a llevar conversaciones con más personas que consigo mismo.

-Y dices que viene con más gente?

-“Nos pasamos”dijo….

-Bueno, el pack es de seis birras….si son más bajo a por otro…

-Tenemos zumo…

-Qué bien huele a lavanda…..que el olor de los arbustos de la cuesta llegue hasta aquí….y tan…envolvente….

-Ya, es que…-

Pero no me dio tiempo a explicarle a Leander más, ya que sonó el timbre del telefonillo del portal.

Malte seguía igual, pero con el pelo algo más largo y había ganado un poco de peso, con la camisa blanca, los vaqueros y los mocasines, me pareció por un momento un cantante melódico salido de las revistas del corazón, ella era rubia, el pelo largo acababa en una suerte de tirabuzones, y enmarcaba una cara alargada con una nariz a juego, medio disimulada por una gran cantidad de maquillaje, el suyo era un estilo ibicenco profuso en volantes blancos y flecos, coronado por unas sandalias doradas de cuña muy altas.

-Ella es Jenny, mi esposa

-Hola, un placer conoceros….un apartamento….encantador, he de decir…y cómo huele a lavanda….encantador…

-De los arbustos supongo…-Anotó Leander, yo iba a decir algo,pero opté por no dar explicaciones

-Encantador…

Los dos se sentaron en el sofá de la sala, y nosotros ocupamos dos sillas frente a ellos, sin saber muy bien cómo comenzar una conversación. Malte fue quien tomó la iniciativa, adelantándose en el sofá.

-Nosotros, desde que nos casamos, vivimos en Sankt Leon-Rot, el padre de Jenny es Gottlieb Grebmüller…- Y nos miró como dando por sentado que conocíamos al Sr. Grebmüller, Leander y yo nos miramos escépticos.- Gottlieb Grebmüller?…claro que le conocéis mi suegro es “El Rey de la Gravilla”…- Jenny asintió con una orgullosa sonrisa en su rectilíneo rostro y se apartó uno de sus mechones, yo a mi vez sonreí a Leander quien tomó un trago de su cerveza como toda expresión de sentimiento hacia aquel hecho.- Y…bueno…no me voy a andar por las ramas. No hay cosa que más desee Gottlieb, y a la postre nosotros, qué duda cabe, que tener nietos….ya lo intentamos desde antes de la boda….y de eso hace ya dos años….y todavía no ha sido posible…en fin, a lo que que iba…el asunto es el siguiente…soy consciente de las dificultades que estáis pasando..- Leander y yo nos miramos de nuevo, pero él no nos dejó hablar- …una vida así es difícil, nos consta…y por eso queríamos plantearos una solución lucrativa a ambos problemas….tú y yo Pippa estuvimos una vez juntos…como recordarás…y dónde hubo fuego siempre quedan cenizas, lógicamente…o rescoldos…o bueno…en fin, que donde hubo algo aún puede arder una llama a la esperanza…y…entonces, haciendo uso de esa llama, engendraríamos un hijo….que, una vez trajeses al mundo nos entregarías…..no gratis, por supuesto, esas cosas tienen su precio….y podríamos llegar a un acuerdo que nos beneficiara a todos- Se hizo el silencio. Leander y yo no nos movimos un ápice. No podíamos. Supongo. Y de pronto, nuestro teléfono atronó el momento, provocando que todos diesemos un respingo a la vez en nuestros asientos. Leander se incorporó a coger la llamada, le oí atenderla en algún lugar, y Malte y su mujer también se incorporaron con intención de marcharse.

-Pues ya queda dicho….os lo pensáis…y cuando estés dispuesta nos lo dices….

-Ya…

-Encantador….y la lavanda….no tengo palabras ….

-Ya…- Les acompañé hasta la puerta, y sin muchas despedidas, se fueron. Leander ya había colgado el auricular sobre el teléfono en la pared y tamborileaba los dedos sobre él, yo aún aferraba la manilla de la puerta. Nos miramos un instante.

-Tú querías ir hoy a IKEA, no?- Preguntó Leander

-Sí..

-Pues está hecho, era Meike, nos presta el coche.

Hoy, a la vuelta del Instituto, todos lo semáforos me tocaron en rojo. En uno de ellos, el lateral de un camión rodó hasta la altura de mi ventanilla “ Grebmüller y Herederos. El Rey de la Gravilla”, y me acordé de aquel día de hace veinticinco años. Y del olor a lavanda.

Cuando llegue a casa, tengo que recordarle a Leander que tenemos que ir a IKEA.

La luz de los días

A Musa le gustaba llegar cuando todavía no había nadie. Las extensas parcelas de cesped vacías, las piscinas con la superficie del agua intacta, algún jardinero aquí o allá, y quizás Reinhardt tomando alguna prueba de agua en las piletas de arriba. Nadie más. A aquellas horas de la mañana, todavía no parecía verano. La brisa era fresca, y la hierba estaba mojada. A veces el cielo aún era gris. El azul aparecía más tarde. Llegaba en bicicleta, el trayecto desde su casa hasta la piscina era sólo de media hora, si encontraba los semáforos a su favor, se reducía a quince minutos.

Nadar le había salvado la vida, y después había hecho de eso su trabajo. Era socorrista diplomado y trabajaba para el Ayuntamiento en las piscinas municipales. En invierno en la cubierta del centro, en verano rotaba entre las tres al aire libre. Hoy le tocaba la que colindaba con el zoo, la más grande de todas.

Rike empezaba hoy más tarde, si no habrían venido juntos. Como todo lo que hacían. Él la llamaba Amor, así, con mayúsculas, ella a él Musi. Se habían conocido mientras ambos preparaban las pruebas de acceso para las plazas de socorrista, y no se habían vuelto a separar. Habían aprobado a la primera y conseguido plaza al mismo tiempo. La suerte pasa a veces una vez en la vida, y a su modo de ver, esto justo le había ocurrido a él al conocer a Rike. Ella le había confesado que, en lo que primero en que se había fijado en él, era en su nariz, aerodinámicamente curva, en perfecta conjunción con su rostro, él se había fijado en su pelo, rubio y liso, que temblaba cuando ella caminaba, y en su sonrisa, la luz de sus días. Cuando le decía eso, ella reía, y aún le parecía que la quería más. Omi, la abuela de Rike, cuando iban de visita le pasaba siempre un billete a escondidas, para que le compres algo a tu tesoro, le decía, y le guiñaba un ojo, y él le daba un beso. Los padres le presentaban ya como su yerno. Si la suerte era un tren, él lo había cogido a tiempo.

Al llegar, consultó en el panel de turnos dónde debía empezar su día. Normalmente rotaban los servicios, de forma que aquellos que atendían la piscina infantil en el primer turno, después atendían la de adultos, y viceversa, y un tercer grupo atendía la venta de helados,para después ocuparse de las piscinas.

Él primero se ocuparía de la piscina infantil, con Klaus. Después, hacia el mediodía, de la venta de helados, con Rike. Era sábado, así que iba a tener muchas cosas a las que atender. Pero él se lo tomaba con calma, la mejor manera de abordar las cosas. La piscina infantil no estuvo muy visitada aquella mañana, cuatro bebés y dos niños pequeños con manguitos, acompañados todos de sus madres. A las doce, sin embargo, con la llegada de la primera horda de bañistas, se llenó, teniendo que llamar a una compañera, para cubrir las necesidades por completo. Sin más incidencias que recordar a un par de padres que estaba prohibido saltar desde el borde, a la una se dirigió a vender helados.

Eran cinco. El cabecilla caminaba unos pasos por delante del resto, dejando claro su posición dentro del grupo. Llevaba un bañador de flores chillonas, el pelo negro y abundante engominado, aún para venir a la piscina, pulcramente peinado con raya al lado, camina con los brazos ligeramente separados del cuerpo, para parecer más ancho de lo que ya es. Diga lo que diga, el grupo le ríe la gracia, piropean a las chicas al pasar, en su idioma, ellas no les entienden, y ellos se ríen, se empujan en juegos, aún siendo hombres adultos. Llegan al mostrador de venta de helados y esperan su turno, el cabecilla, siempre delante. Musa repartía distraido el dinero suelto de la venta anterior en el cajetín de la caja registradora, al alzar la vista, le descubrió ante él. Y regresó. Regresó al encargo de su madre. Llena las tres garrafas de agua, y lleva a Ibrahim contigo. Pero Ibrahim no quiere ir con él. Está ayudando a su padre a arreglar la moto. La dichosa moto. Ve tú, nosotros vamos después. Antes de salir del patio, aún llega a escuchar el arranque de la moto. Ibrahim y su padre ríen. La dichosa moto. En la fuente de abajo hay demasiada gente, así que va a la de arriba. Sube el cerro corriendo. Ya no le cuesta. Primero escucha las ráfagas de ametralladora. Después los morteros. Y los gritos. Aquellos gritos. Él se tira al suelo, tras el muro de la fuente. El suelo tiembla, y el aire se llena de humo y arena. Él se hace un ovillo. Después el silencio. Órdenes y gritos. Ruegos por piedad. Se atreve a asormarse desde su escondite. Han reunido a los supervivientes ante una de las casas. Distingue a su padre y a Ibrahim entre ellos. Piedad. Gritos. Los hombres armados comandados por uno que porta un enorme revolver, apuntan con los rifles, y a la orden del hombre del revolver disparan en ráfagas. Las personas frente al muro caen abatidas casi a la vez. El pelotón grita victorioso. El hombre del revolver, se acerca a los recién fusilados y los remata de un tiro en la cabeza. Luego se vuelve hacia el pelotón y, levantando el revolver en el aire, grita alentándolos, riendo y jaleando su acción, mostrando su perfecta dentadura, sus ojos brillando al sol.

Los mismos ojos, y la misma sonrisa, que Musa ahora tenía ante si.

Incapaz de moverse, parpadeó lento, como queriendo borrar la imagen, sin conseguirlo, el otro se volvió a medias hacia el grupo que le acompañaba y comentó algo, y el grupo se rio, luego volvió a Musa y le dijo algo en su idioma. El idioma que él creía que ambos compartían, pero Musa no reaccionó,incapaz de apartar su mirada de la de él. El grupo volvió a reir y el cabecilla tintineó las monedas contra el mostrador, repitiendo la frase que ya había dicho antes. Pero Musa decididió no entenderle. Y se encogió de hombros, negando con la cabeza, y dirigiéndose a él en la lengua que ahora era suya. El otro le señaló entonces los helados que quería en el tablón de muestrario, y él se los entregó, el vuelto se lo dejó sobre el mostrador. No les dedicó ni una despedida. Les observó alejarse y perderse en la multitud que ya se había hecho con el recinto, aún incapaz de moverse. Musi. Musi. Tierra llamado a Musi. La voz de Rike junto a él, le devolvió al presente, como al sonámbulo al que se despierta de repente. Rike. Amor. Dónde estabas?le preguna ella.Y ríe. Él la quiso imitar, pero no pudo. Sólo logró toser. Manfred te necesita en la grande de abajo, ya me quedo yo aquí, después Mara nos invita a su grill y ya vamos desde aquí….Musa asintió sin saber muy bien a qué. Le acarició la cabeza y le dio un beso en la frente antes de irse. Rike. Luz de sus días.

Los localizó nada más llegar a la piscina grande de la parte de abajo del recinto. Jugaban a empujarse unos a otros en el borde de la parte profunda. Unos se empujaban a otros y, aquel que alcanzara el borde, ha de evitar caer al agua. Musa se sentó en su silla alta de vigilante, sin perderles de vista. El cabecilla era el que más empujaba, pero él mismo nunca alcanzaba el borde. Musa le observó desembarazarse de los abrazos que buscan tirarle al agua, su miedo maquillado de carcajadas, la violencia innecesaria de sus manos, las patadas para liberarse si alguno llegara a lograr acercarle al borde. No sabe nadar. La conclusión le llegó justo en el momento en el que dos de los hombres del grupo, lograron, gracias a una llave parecida a las usadas en lucha libre, arrojar al cabecilla y a los otros tres al agua. Musa les vio desaparecer bajo la superficie. Su corazón iba tan rápido que podía sentirlo en la garganta. Cuando el agua volvió a la calma, primero emergió uno, después un segundo. Y el agua permaneció inmóvil. Musa saltó entonces de su silla, y de tres zancadas, alcanzó el borde de la piscina, desde donde se lanzó de cabeza. Le alcanzó a medio camino hacia el fondo, y rodeándole con un brazo por la parte alta del pecho, le izó hacia la superficie. Manfred le ayudó a sacarle del agua, y Musa le puso de lado. Y sin más, se fue corriendo. Atravesó la distancia entre la pileta en la que se encontraban, y las puertas de acceso salvando escaleras y gente, como si no pesara. Sin oir nada. Ni a nadie. Y abandonó el recinto. Sin parar de correr. Descalzo. Empapado. Y cogió velocidad. Y abrió los brazos en cruz al viento y abrió los ojos contra el sol. Y por un momento voló. Y pudo por fin respirar hondo. Y distinguir el color del sol. Descubrir el azul del cielo y alegrarse por los latidos de su corazón. Y escuchó una voz. Llamándole. Tratando de alcanzarle. Y Musa dejó de volar. Y cuando ella le alcanzó, la abrazó como si fuese la primera vez en mucho tiempo. Y se enredó en su pelo. En su abrazo. Musi. Dónde ibas, Musi?. Y él rio. Como si lo hiciera por primera vez en mucho tiempo. Y ella también. La luz de sus días.

Fiodorowsky

Chicago Meatpackers Riverside. Frankfurt/Main. Noviembre. Miércoles, 13:16.

-Puedes sentarte tranquilamente dentro, calentito, a gusto….pues no, tú siempre a lo complicado….fuera y bajo cero..

-Estamos a un grado…

-No cambies de tema….si me abrazo a la estufa de pie me quemo, claro….joder qué frío…ya pedí un café tipo bañera…

-Siéntate, toma mi manta si quieres…

-Pues sí, mira, no te digo que no….a ver, qué me quieres?

-Estás seguro de que no quieres comer nada? Te arrepentirás….

-Mi estómago ahora mismo es un canto de hielo….primero el café, después on verá que dicen los franceses…

-Tengo un encargo…

-Tú dirás…

-Quieren los Fiodorowsky- El otro se desembaraza de la manta, se incorpora y hace amago de marcharse.

-Alquilo un coche anodino, me vengo hasta aquí, aparco tan lejos que casi me vi tentado a llamar un Uber, me estoy acatarrando….para que tú me digas semejante barbaridad…a usted le vaya bien Don Pombo…o como dicen en mi pueblo…que te den- Y se alejó hacia la puerta de la terraza, su interlocutor, sin inmutarse, cortó un trozo de su chuletón y, tras obrservarlo brevemente, se lo llevó despacio a la boca. El otro se quedó parado ante la puerta de la terraza, con la manilla en la mano.- Quién y por cuánto?.

-Siéntate y te explico….de verdad no quieres nada?

-Una como la tuya…no pinta mal…y otra manta…

-No te arrepentirás…

-Algún día me tatuaré esa frase….por dónde empezamos…

-Por el equipo

Julio Calleja Linares

Cada día el pasillo le parecía fuese más largo que el día anterior. Y que el otro. Desde la salida de los ascensores, hasta la habitación tenía ocho habitaciones de tiempo para dar forma a su personaje. Se peinaba el cabello con las manos, enderezaba los hombros, articulaba un par de muecas que querían ser una imitación de sonrisa radiante, se frotaba los ojos con las palmas de las manos, respiraba hondo. Aspirar por la boca, relajar por la nariz. Cuando alcanzaba la puerta, antes de deslizarla, daba un par de saltitos en el sitio. Como los futbolistas antes de entrar en el terreno de juego. Aspirar por la boca, relajar por la nariz. Y deslizaba la puerta. Irradiando su papel.

-Buenos Días! Cómo está hoy mi reina de la belleza?!- Lines giró los ojos grises hacia él, mientras su cabeza permanecía inmovil contra el colchón, su rostro formó algo parecido a una sonrisa. Yacía sobre una cama ergonómica de hospital en una posición totalmente horizontal, alguien le había colocado las manos, presas en sendas férulas, sobre el vientre. Le siguió con la mirada hasta que él llegó a su lado, e intentó decirle algo, pero no lo consiguió. Cerró los ojos fuertemente y los clavó,con lo que quería ser una expresión furiosa, en el techo,un instante, para girarlos de nuevo hacia él, moviendo los labios. Julio sonrió y le acarició la cabeza, ya le había crecido algo el pelo, que ahora le nacía castaño oscuro.- Sí, te he traido el video….hemos conseguido que salgan los tres y que hablen ordenadamente….qué?….me ayudó tu padre poniendo orden….sí tu padre…qué?….Javi? Javi ganó una medalla de oro en natación el otro día…video?…lo tiene tu madre, creo, yo estaba en Los Ángeles…Pedro ya come, sí, mucho mejor, no te preocupes….qué?…Valentín?…bien, todo perfecto- Se pasó la mano por el rostro y miró fugazmente hacia la ventana, carraspeó y volvió a sonreir, ella giró los ojos hacia el techo y parpadeó dos veces, él le volvió a acariciar la cabeza. En eso se abrió la puerta de la habitación, y entró el Dr. Moreno, acompañado de dos enfermeras, que arrastraban un carrito con medicamentos.

-Hombre, Julio!Buenos Días! Te han dejado en tierra?- Saludó el médico ofreciéndole la mano, que Julio estrechó al tiempo que asentía a la broma, sin perder su flamante sonrisa.- Pues qué bien que te encuentro, vamos a dejar a estas tres señoritas un momento a solas, y te explico…- Continuó el Dr.Moreno, y se dirigió a la puerta, Julio le siguió, no sin antes echar una última mirada a Lines, quien a su vez, trataba de mirarle a él entre el trajín de las enfermeras a su alrededor.

-Antes de nada, no te preocupes, todo bien…que ya te veo cara de preocupación…- Comenzó el Dr. Moreno, Julio se mesó el cabello y quiso sonreir, esta vez de verdad, pero no lo consiguió- Sólo es decirte que, en tres meses, aproximadamente te la puedes llevar ya a casa….

-A casa….- Julio le miró sin entender lo que quería decir.

-Sí, mira, ya respira por si misma, ni rastro de infecciones…que, bueno, pueden volver, pero las que tenía ya no están, los fisios son optimistas y en unos días ya empieza con la logopedia….- Julio carraspeó, y buscó apoyarse en la pared con una mano, el Dr. Moreno irradiaba optimismo a su lado.

-Pero entonces…..la fisioterapia y la logopedia….cuando se vaya para casa…mandáis a alguien o cómo funciona?

-Hasta un punto….no sabría decirte cuál, en el caso de Lines, desafortunadamente, no hay mucho más que hacer, suena duro, y lo es, no quiero ni puedo mentirte, después tendrás que hacerte cargo tú de todo…

-De todo…

-Además de la fisioterapia y la logopedia, Lines está recibiendo la visita de un psiquiatra para superar el trance que le toca vivir, puedes hablar con él para continuar después…supongo que no habrá problema, y, va a necesitar atención especializada veinticuatro horas….y cuando digo especializada es de un profesional de la enfermería…con experiencia en estos casos, claro….

-Y eso también lo pago yo, quiero decir….no enviáis a nadie….porque ya hablé con el seguro y me dijeron que ellos se hacen cargo de un tanto por ciento…y no de todos los cuidados…

-Lo dicho, nosotros vamos un tiempo….ya te dirán cuánto, después te toca a tí….- Julio se pasó la mano por el rostro, como para despejar las ideas, sin conseguirlo, el Dr. Moreno le dio una palmada en el hombro.

-Ahora empieza todo…

-Ya…una cosa….va ser posible que se siente en una silla?- El Dr.Moreno levantó las cejas y metió las manos en los bolsillos de la bata.

-Por el momento no….., pero cuando sea posible tendrá que ser una a la medida de sus necesidades y eléctrica, por supuesto, si quieres te podemos pasar un par de catálogos para que vayas echando un vistazo….

-Catálogos?

-Hay muchos tipos….el fisio te puede dar buen consejo….

-Ya…y cuándo dices que podrá ir a casa?

-Tres meses….o a lo mejor antes, si sigue evolucionado tan bien….otra cosa…los críos bien?

-Sí, gracias, todo perfecto- El Dr. Moreno volvió a darle una palmada en el hombro, y le invitó con un gesto a regresar a la habitación, Julio asintió, aunque su cabeza parecía estar ocupada con otras cosas.

Hizo compañía a Lines hasta cerca del mediodía, mostrándole videos de los niños y contándole anécdotas de sus últimos vuelos. Lines parpadeaba o hacía girar los ojos para expresar su parecer, a veces parecía querer sonreir, y le buscaba con su inmensa mirada gris, él interpretaba lo que ella quería decirle y mantenía consigo mismo una suerte de conversación. Aprovechó la llegada del fisioterapeuta para marcharse, y se despidió de ella con un suave beso en los labios. Lo único que no había cambiado desde el accidente.

Hacía seis meses, Lines se había visto envuelta en un choque en cadena en la autopista, que había sobrevivido con heridas de extrema gravedad y que le había causado cuadriplejia. Sólo era capaz de mover por si misma los músculos de la cara y girar los ojos, hasta hacía poco había necesitado respirador, ahora respiraba por si misma y gracias a un logopeda podría volver a hablar. Julio trabajaba como piloto para Lufthansa, había recalado ahí tras la quiebra de la compañía en la que había trabajado antes, hacía un año. Las cosas les habían empezado a ir bien a partir de entonces, y cuando creían que la vida no les podía sonreir más, un camión había perdido el remolque mientras circulaba, y éste se había llevado por delante a Lines y a otros diez coches más.

Cuando llegó a casa, su suegra salió a recibirle al jardín secándose las manos con un paño de cocina, desde hacía seis meses ella y su suegro casi se habían instalado en su casa, para hacerse cargo de los niños cuando él no estaba, alternándose con su hermana, su cuñado y el hermano de Lines con su mujer en turnos rotados, que incluían las visitas a Lines y toda la logística que la situación requería, habida cuenta que él volaba a tiempo completo y eso incluía vuelos transoceánicos.

-Cómo la encontraste?- Le preguntó tras darle dos besos, su mirada,entre tierna y triste, se le representó a Julio como la de aquel que espera que el otro le anuncie que se ha obrado un milagro, él escogió la sonrisa más convincente de las de su repertorio y le guiñó un ojo.

-Guapísima, Mayte, como siempre, tiene a quién salir- Piropeó, Mayte meneó la cabeza e hizo como que le daba con el paño.

-Valentín sigue sin comerme….sólo cereales con leche, a piñón fijo…

-Bueno…algo es algo…mejor que nada como antes…

-Es que dice que él quiere esperar a mamá…- Y ambos perdieron al mismo tiempo el suelo bajo los pies, pero no les dio tiempo a buscar siquiera consuelo el uno en el otro, ya que Valentín salió de la casa corriendo hacia ellos.

-Papáaa Papáaaa!!- Atronó con toda la potencia que sus pulmones de tres años le permitían, y se lanzó cuan kamikaze a los brazos de Julio, quien giró dos veces sobre si mismo al recibirle, soltando una carcajada.

-Yo vuelvo a las patatas…que aún se me van a quemar….- Anunció Mayte entonces, tras pasarse el paño por los ojos, y volvió a desaparecer dentro de la casa, de la que provenían los ecos de un programa de televisión infantil.

-Yo no quieyo patatas…

-Qué quieres entonces?

-Sereales

-Bueno, pues come cereales….- El niño escondió la cabeza en el cuello de su padre y se lo rodeó con sus bracitos, Julio observó entonces su casa. Un chalet adosado de tres plantas, del que aún no habían pagado toda la hipoteca, cuando Lines volviese a casa tendrían que deshacer el salón y habilitar allí la cama de ella y todo lo que sus cuidados conllevaban, eso significaba que el salón pasaría entonces a ser el comedor, éste desaparecería y se comería en la cocina, cosa que por otra parte, ya hacían, de todas formas, y habría que reformar los baños. Los baños. Ya los habían renovado hacía un año, sólo sería cuestión de sacar las mamparas, anchear marcos y poner puertas correderas, en el bajo, porque no tenían sitio para un ascensor.Tenía que buscar una enfermera y una fisio, o mejor una persona que fuese las dos cosas.Y rampas. Había que poner rampas. El vecino de al lado no iba a poner impedimento a tanta obra, ya que desde el principio le había ofrecido su más sincera ayuda en todo lo que necesitara, y había cumplido su palabra.Tres meses. Todo eso en tres meses. Javi y Pedro salieron entonces en tromba, imitando los gritos que antes había dado su hermano y casi le hacen perder el equilibrio al abrazarse a sus piernas, mientras se quitaban la palabra el uno a otro para contarle algo, a su parecer, muy importante, a su padre, quien observaba la casa sin apenas parpadear.

Fue entonces cuando le sonó el móvil.

La persona se identificó como Radar.

Santiago Concheiro Neira

Lo único que diferenciaba a Xan de Bento era una ceja más larga que otra. Xan la tenía. Cosa que, Bento, no. El pelo castaño con el mismo corte, los ojos negros, nariz respingona y mofletes sonrosados, siempre ocupados masticando algo. Tenían los mismos gestos y se movían casi al mismo tiempo, lo que a veces podía hacer pensar que era un sólo niño de cuatro años moviéndose muy rápido. No les vestían iguales, y mucha de su ropa tenía sus nombres bordados, para hacer la identificación más fácil a personas ajenas. El problema venía a la hora de suministrar medicamentos, cuando sólo Bento lo tenía que tomar, habían optado por mezclar el medicamento con miel. Xan odiaba la miel. Bento, cuando nadie le veía, era capaz de comerse un tarro a cucharadas. Pero los dos se morían por el jarabe con sabor a fresa.

-Pero vamos a ver….tu tienes tos?- Preguntó Santiago con la cucharada ya preparada para dársela a Xan, Bento hizo que tosía, Santiago chasqueó la lengua- No cuela…- Y le dio la cucharada a Xan, quien se volvió a acostar en su cama, ya que aún tenía un poco de fiebre, Bento le imitó, vestido, sobre la suya- Quieres también el pijama, entonces?- A Bento se le iluminó la carita, y Xan dio varias palmadas.

-Ahí los dejé enfrascados en una profunda conversación…- Explicó Santiago a Sola, su mujer, que, sentada a la mesa de la cocina, sonrió mientras le daba una papilla de verduras a otros dos gemelos, de dos años, sentados en sendas tronas, procurando darles las cucharadas casi a la vez, ya que el mínimo retraso acababa en llanto, Santiago le cogió una cuchara y, sentándose junto a ella,la ayudó en la labor. Yago y Breixo no eran idénticos, uno tenía el pelo castaño oscuro y los ojos marrones , el otro era pelirrojo con ojos verdes. Habían llegado a la conclusión de que había salido al bisabuelo de Sola, que había sido también pelirrojo. Con ojos negros. Pero ahora, lo que les preocupaba no eran los parecidos- Entonces…qué te dijo,sí o no…

-Estar estoy, hasta ahí llegamos todos, si es uno o dos la semana que viene…

-Entonces nos dicen que son tres….-Sola soltó una carcajada, Breixo la imitó acompañándolo de unas palmas, Santiago fingió otra- Ya, una gracia loca….

-Pero seguro que son dos…

-No, ya, por descontado….

-Yo cuando me levanto por la mañana y ya estoy baldada…..son dos…

-No adelantemos acontecimientos, una semana de reflexión aún tenemos…- Sola rio y le dio una colleja suave, Yago entonces hizo lo mismo con Breixo, quien no se lo tomó tan bien- Apañamos….

Santiago trabajaba como piloto de helicópteros, en las épocas de incendios forestales pilotaba los de extinción, el resto del año se ocupaba del transporte de heridos, y de personalidades. Cuando a la mañana siguiente llegó a la base de helicópteros, Ramudo, su jefe, le mandó llamar a su despacho, donde ya le estaba esperando con una carpeta en la mano.

-Si me vas a despedir, que sea rápido y sin dolor, no estoy para mucho rollo- Le dijo Santiago al ver la cara de consecuencias de Ramudo, quien sonrió y negó con la cabeza.

-Si te despiden, me voy contigo….si tu me dices ven, lo dejo todo macho..- Bromeó haciendo un gesto con las manos que quería abarcar todo el despacho, Santiago rio y se sentó en una de las sillas.

-Tú dirás…

-Te quieren los de “La Unidad”…

-Como candidato….o cómo…pues los veo mal…

-No hombre…para que les lleves de aquí para allá en campaña….

-En exclusiva?

-De momento sólo las semanas de campaña, después se vería…

-Pero no pagan extra…

-Ti soñas (Tu sueñas)….lo estipulado y muchas gracias…

-Ya…pues por mi sí…..en el último operativo, cuando salgo de la nube de humo y me encuentro con la puta antena de alta tensión, dije, alá vamos…menos mal que pude remontar….que no significa que no quiera volver eh?…cuidadito…pero una temporada llevando gente de Pinto a Chinto no me viene mal…..más ahora…

-No

-Si

-Y eso?

-Nunca subestimes el poder de un antibiótico.

A final de la semana, Sola y él fueron a la revisión ginecológica acordada. Él tuvo que pedir el día, pero siempre la acompañaba,si bien nunca distinguía lo que Sola y el médico veían en la imágenes de la pantalla de la máquina de ecografías, le parecía fascinante poder ver lo que se fraguaba a través de aquella ventanita.

-Pues vamos allá….

-Qué nervios..

-Pero si ya eres veterana, mujer…verdad Santi?

-Decana, diría yo…- Sola rio, y le cogió una mano, sin perder de vista la pantalla, la Dra. Rial posó el mango ecográfico en el bajo vientre y presionó levemente a lo largo, varias veces.

-Ve-la-aí- tes (Ahí tienes)…uno …y dos….juntitos…y aquí tenemos…los latidos…- Sola apretó la mano de Santiago y con la otra se enjugó las lágrimas- No llores, mujer, están bien….el corazón también….espera que apago el eco…

-Qué eco?- Preguntó Santiago, ocupado en dar a Sola un pañuelo de papel, la Dra. Rial parpadeó varias veces y recorrió el vientre otra vez, presionando un poco más en el lateral.

-Eso…digo yo…por qué tengo eco?….- Y por un momento se quedó muy quieta, con la mirada fija en la pantalla.

-Qué pasa?

-No es eco, es el tercero….llevas tres- Sola soltó una especie de grito ahogado y se tapó la cara con las manos, a Santi, las piernas, de una vez, se le volvieron de goma, y buscó sentarse en un taburete, el corazón le iba a mil.

-Cómo tres?….a mí me da algo…- Acertó a decir, pasándose las manos por el cabello, negro y crespo, la Dra. Rial accionó un zoom y unas flechitas de colores.

-Dos gemelos univitelinos, aquí….y uno…solo, mellizo….aquí…con latido y saltando, veis?….- Y no pudo evitar la risa, Sola quiso imitarla, pero sólo pudo continuar llorando.

-No tendrás…un vaso de agua?- Preguntó Santiago con apenas un hilo de voz.

Cuando salieron de la consulta, a Santiago le dio la impresión de ir caminando sobre nubes de algodón de azucar y veía el mundo como a través de una malla, por un momento entendió a los sordos. Sola se movía como lo haría un astronauta por el espacio, aferrada con un brazo al de Santiago, mientras mantenía la otra mano sobre el vientre, temiendo, absurdamente, que éste se desplomase.

-Tengo la solución, ven- Sola le recibió ya con el bolso en bandolera y la chaqueta puesta, ya llevaba un enorme mono pre-mamá que no ocultaba un más que prominente vientre, si bien todavía estaba de cuatro meses.

-A dónde?

-Tú ven….- La madre de Sola le saludó desde el pasillo, con Breixo en brazos.- ya se queda mamá hasta que volvamos….-

El trayecto en coche, no duró más de diez minutos, ya que el lugar al que quería llegar Sola estaba a las afueras del pueblo, donde ya empezaban las tierras de labranza y los campos. Le mandó torcer en un camino que no estaba asfaltado, y a unos cien metros le ordenó parar. Delante de un cierre de hierro oxidado, que en otro tiempo había sido blanco.

-Taráaaa!- Sola le señaló la casa tras el cierre con gesto teatral, Santiago se quedó parado, sin saber qué decir.- Ven, que tengo las llaves…

-Las llaves?

-Es de los de Tucho….me las dio Dalia…

-Ya- Y Sola abrió la cancela, adentrándose despacio en la propiedad, Santiago la siguió. Era una casona de piedra de dos pisos, con tejado a cuatro aguas y balcón al frente, que alguna vez había estado pintada de azul, del que sólo quedaban algunos restos desconchados. Sola abrió la puerta y ambos entraron.

-Una casa de turismo-rural. Una parte la habilitamos para nosotros, y la otra para los huéspedes. Con comida o no, eso aún lo tengo que pensar…pero turistas no nos van a faltar. Así matamos dos pájaros de un tiro… porque ganamos sitio y yo trabajo, al principio no ganaremos mucho, pero rentúa fijo…- Hacía tanto tiempo que no veía a Sola tan entusiamada por una idea, así que Santiago sonrió y asintió dándole la razón, si bien su cabeza se estaba atorando a preguntas a las que ella, seguramente, no tenía respuesta. Sola había estudiado hostelería, y había trabajado en varios hoteles, hasta que se quedó embarazada de los segundos gemelos, y se había quedado en casa. No iba a ser él quien le robase el brillo que ahora descubría en sus ojos, mientras le explicaba todo tipo de planes al tiempo que recorrían el caserón, que, por otra parte, estaba muy bien conservado.- Y los de Tucho la quieren vender…y pronto, entonces yo pensé…es la mía…

-Vender?

-Si, todavía no entré en precios….nos hacen precio fijo, porque hay que meter mucha mano y ellos tienen prisa….- Santiago asintió y salió a la galería que se abría a la huerta. Él no iba ser quien le dijese que no era posible. La abrazó fuerte y miró por un momento al techo.-Dentro de poco…no me alcanzas…como sigan así…- Rio ella contra él, Santiago también buscó reirse y casi lo consiguió.

Cuando iban a salir de la casa, le sonó el móvil.

La persona se identificó como Radar.

María del Carmen Soto Valencia

-Joaquín, ponte las zapatillas, anda…

-Ya las tengo puestas…

-No, mi amor, esos son los calcetines…

-Ay…ves?….qué bonitos, verdad….de qué color son?

-Son azules, mi amor, venga, ponte las zapatillas….

-Qué zapatillas?

-Estas, Joaquín, las que están junto a tus pies…

-Ay…ves?…qué bonitas?…y por qué?

-Porque si no te acatarras, mi amor….

-Y tú como te llamas?

-Soy Mamen, mi amor, Mamen…

-Pues muy bien, mira…qué bonitos…

-Espera, que ya te las pongo yo….- Mamen se agachó entonces y le calzó las zapatillas, él la miró y sonrió, al tiempo que levantaba las pobladas cejas blancas, se llevó por un momento una mano a la cabeza, de pelo blanco ahora húmedo y medio revuelto.

-Qué pasa?

-Nada, mi amor, no pasa nada, sólo te las pongo para que no te acatarres…- En eso, una chica joven, en vaqueros y camiseta azul, entró en el cuarto, llevaba el pelo caoba en una cola de caballo y una bolsa de aseo en las manos.

-Y usted quién es?

-Soy Nerea, papá, y vengo a dejarte muy guapo….

-Esta señora tan amable me ha puesto las zapatillas….- Nerea casi rio, pero optó por sonreir.

-Mamá, te tienes que ir….

-Sin mi no salen…así que…

-Como quieras, vuelves hoy o mañana?

-Hoy tarde….pero como somos tan puntuales siempre…será “muy tarde”- Nerea ahora sí que rio.

-Qué va!- Mamen hizo un gesto desvaido con la mano siguiéndole la broma.

-Viene hoy Juanjo?

-Para la comida y el paseo, y ya se queda hasta que vuelvas….

-Habría que pensar en hacerle un estatua ecuestre al muchacho…- Nerea le dio un beso y negó con la cabeza para no llamarla exagerada con palabras.

-Viva Perón!- Gritó entonces Joaquín, ambas mujeres le miraron sorprendidas.

-Bueno…al menos ha cambiado de mandatario…- Comentó Nerea, Mamen se permitió el eco de lo que había sido su risa.

-Me voy, mi amor, esta noche vuelvo, si?- Y le dio un beso a Joaquín en la cabeza, Joaquín alzó la mirada hacia ella y parapadeó.

-Pues me parece de perlas…- Dijo alzando las cejas y guiñando levemente los ojos- Mira…a que son bonitas?…de qué color son?

Mamen se puso los zapatos salón y el abrigo del uniforme, y tras asegurarse de que lo tenía todo en su bolsa de mano, se fue sin hacer ruido al cerrar la puerta. Definitivamente, iba con retraso, así que paró un taxi para que la llevase al aeropuerto Adolfo Suárez-Barajas. Cuando llegó a la puerta desde la que debería salir el vuelo del que era sobrecargo, los pasajeros ya estaban en desordenado orden para embarcar, pero no había ni rastro de personal de tierra que se hiciera cargo del embarque. Fiel a su costumbre, decidió que aquel no era su problema, y haciendo uso de su tarjeta magnética abrió la puerta de acceso a la rampa que llevaba al avión. Todavía lo estaban limpiando, y el comandante, sentado en la cabina, se estaba tomando un sandwich que alguien le había traido de Rodilla.

-Hombre, Mamen!…qué maravilla!…mis ruegos han sido escuchados!- Exclamó al verla, medio tapándose la boca para no escupir migas, Mamen sonrió y se apoyó en la puerta de entrada.

-Qué exagerado eres Ginés….- Ginés hizo girar los ojos y negó con la cabeza.

-El mérito a quien lo tiene, los vuelos contigo no son vuelos, son spas volantes….- Ahora sí que Mamen rio, ni muy alto, ni muy bajo, lo justo para demostrar que le había hecho gracia el comentario.

Una hora después, comenzó el embarque, que se prolongó media hora más que de costumbre, ya que el resto de la tripulación venía, a su vez, con retraso de un vuelo desde Sevilla. Ellos volaban a París. Un vuelo de dos horas, permanecerían en París el tiempo de embarque de vuelta y regresarían cayendo la noche. Un plan sencillo, de fácil factura. Si no hubiese sido por la huelga de los trabajadores del servicio de limpieza de los aeropuertos franceses. A Mamen, se le ocurrió pensar que los franceses, fuese lo que fuese, lo hacían, o todos a la vez, o ninguno. Y en este caso, habían estado de acuerdo todos en levantarse en huelga. Esto provocó que el vuelo de regreso a Madrid acabase por cancelarse, y ella, junto con el resto de la tripulación se viesen obligados a hacer noche en uno de los hoteles del aeropuerto, que si bien eran Cinco Estrellas, visto uno, vistos todos, y ella lo que quería era volver lo más pronto posible a casa. No. Lo que ella quería era quedarse en tierra. Desde que a Joaquín le habían diagnosticado con Alzheimer hacía tres años, lo había solicitado varias veces, pero no había tenido éxito. En su compañía el personal de tierra y el de cabina, no tenían nada que ver burocráticamente, y no era posible un cambio de bando. Una vez “cabina” siempre “cabina”, le había dicho el jefe de personal. Lo ideal para ella sería, de seguir en cabina, pasar a volar sólo el cincuenta por ciento, y en vuelos nacionales, así podría hacerse cargo de Joaquín más tiempo y no sentirse culpable por dejarlo a cargo de su hija y su novio, un chico maravilloso, con el que Nerea llevaba toda la vida y que quería a Joaquín como si fuese su padre, pero Mamen no podía dejar de sentirse culpable por no poder cuidarlo ella. Porque ella también le quería. Mucho. Además estaba el problema del sueldo, ya que si volaba menos, eso repercutiría en sus ganancias, y no se lo podía permitir. Miró su planning en su móvil. Al día siguiente, sin pasar por casa, enlazaría con un vuelo a Nueva York, donde esperaba no hubiese ni nieve ni huelgas, no harían pernocta, y volverían tras el cambio del pasaje. Después tendría tres días libres. Decidió llamar a Nerea, para comunicarle que no podría volver esa noche.

-Hola, mi vida….estoy en París…

-Ay pobre!…por aquí todo bien…bueno, todo bien no…a ver…- Mamen se incorporó de la butaca donde estaba sentada.

-Qué pasó!…no me asustes…

-Es que papá se cayó en el parque…- Mamen se llevó la mano a la cabeza, pero no logró articular palabra- iba entre Juanjo y yo, cogido de Juanjo…y de repente quiso perseguir una paloma…así, sin más…y claro….trastabilló…y allá se fue…

-Se rompió algo? Cómo está? Le llevásteis a la clínica?…..

-Tranquila….sólo se torció un tobillo….y sí, le llevamos a la clínica, y él feliz…bueno ya sabes…él dice que le mordió un perro…

-Ya….le hicieron radiografías…

-Sí…sólo una torcedura, no hay esguince….

-Y yo sigo a Nueva York…no estoy ahí hasta Dios sabe cuándo….

-Tranquila, él está bien….Juanjo va a traer una silla para que no pise….

-Una silla?

-Sí, de ruedas…sabías que se pueden alquilar?…sólo hasta que pueda pisar…..

-Muy bien, mi vida….queréis algo de Nueva York?- Y moduló la voz como solía hacer cuando hablaba por el interfono de los aviones, para que Nerea no notase que estaba llorando.

-Pues… si eso “Cronuts”…que al parecer están buenísimos…- Rio Nerea, la voz de Juanjo al fondo dijo algo que la hizo reir aún más- y limonada, dice Juanjo- Mamen, sonrió entre lágrimas, que se secó con el embés de la mano y asintió.

-Hecho…

-Te vamos a dejar que empieza “Paquita Salas” y queremos reirnos un rato…

-Hasta la vuelta

-Feliz Vuelo!- Exclamaron los otros dos al teléfono, y la comunicación se cortó.

Mamen se dejó caer al suelo, resbalando por la pared. Y pudo por fin romper el dique, y llorar a gusto.

El timbre de su móvil la despertó, y cogió la llamada sin siquiera mirar qué hora era.

La persona que la llamaba, se identificó como Radar.

Cristina Linden Carrasco

-Las prendas rebajadas no pueden ser devueltas, lo siento..

-Pero es que ni me la he puesto, me confundí de talla…

-De verdad que lo siento, pero incluso está ahí escrito en ese cartel “LAS PRENDAS REBAJADAS NO SE PODRÁN DEVOLVER”, no me lo estoy inventando…

-Ya…

-Aún hay tallas y sigue rebajada….

-Tú crees…?

-La otra la regalas…

-Bueno…también es verdad…gracias…

-A tí….-Y la chica se va.

-Linden, el que te haya puesto en la caja, no pudo tener mejor idea…

-Somos la filial más segura del país, nadie birla nada….quizás porque según me ven al entrar, con la misma, se dan la vuelta….

-Lo dicho, muy buena idea, sí señor…

-Me alegra verte, Radar….no pienso preguntarte “qué puedo hacer por ti?” porque, como ves, lo he dejado…- Él la miró hasta que ella levantó la mirada de lo que estaba haciendo, y se la sostuvo, ella se mordió un labio e hizo un mohín con la boca, luego se asegura de que están solos.- Bueno, vale…pero sólo como entrenamiento…en plan Robin Hood, sabes?….y únicamente el metálico y a los que le sobra, y se lo paso al que no tiene tanto….según voy…en fin…

-Eres clavada a tu padre….

-Pero las manos son de mi madre….- Y le guiñó uno de sus ojos azules, ocultos tras unas gafas de pasta.

-Desde cuándo llevas gafas?

-Con algo me tengo que disfrazar….

-Tengo algo…- Ella dudó un instante, luego miró hacia un lado y echó un soplido, por último llamó a una compañera.

-Mery, por favor, vuelvo ahora…te quedas un rato?- La otra chica asintió, y ella rodeó el mostrador de caja, dirigiéndose hacia el fondo de la tienda. Radar la siguió despacio.

-Tú dirás…- Le había guiado hasta los expositores de ropa interior masculina, Radar cogió unos calzonzillos que tenían los cuernos de un arce en rojo en la bragueta, y la miró con un claro gesto de escepticismo, ella se los sacó de la mano y volvió a ponerlos en su sitio.

-Quieren los Fiodorowsky….- Linden parpadeó varias veces y luego cruzó los brazos contra el pecho.

-Si en algo me parezco a mi padre, es en mi carencia absoluta del sentido del humor, Radar….

-Y si te hago una propuesta, que no puedes rechazar?…

-Lo dices porque te das un aire a Pacino o no se te ocurre otra frase mejor?- Radar le entregó lo que parecía una tarjeta de visita muy fina, ella la leyó, y acto seguido se sacó las gafas para leer mejor, luego le miró con los ojos muy abiertos- ….No puede ser…

-“La Tabernera del Puerto”…Plácido Domingo en el Real…memorable…

-Radar….

-Linden….

-Cuándo…

-Todo a su tiempo…

-Quién?

-Tres eran tres….- Linden hizo de nuevo un mohín con la boca y enderezó un poco la postura, al tiempo que enarcaba un ceja.

-Qué han dicho?

-Vos sois la primera mylady…- Linden miró un instante a su alrededor, para asegurarse de que estaban solos.

-Por qué siempre me convences?

-Porque eres clavada a tu padre, el mejor carterista que haya habido nunca…y no digo “ habrá”, porque ahora tu llevas su cetro, lo quieras o no….además, como él, sabes alemán…

-Me encanta tu manera de salir por la tangente….eso qué tiene que ver…

-Todo a su tiempo, Linden….- Ella observó un instante la fina tarjeta que él le había entregado, y quiso devolvérsela, él sonrió y negó con la cabeza.

-Y qué hago con ella?

-Comértela.

Dora Rincón López

-Bruno, no puedes abrir la cajita de Núria si ella no quiere que la abras….

-Pero es que los lápices son míos….

-No!, son míos que los encontré yo….

-Vamos a ver….dónde estaban los lápices?

-Por ahí tiraus..

-Entonces eran los de Bruno, que tiene que aprender a recoger sus cosas….

-Pero ahora son míos Seño….

-No, tú los metiste en tú caja, que no es lo mismo….y ahora, Bruno, con tu permiso, como ha de hacerse, la va abrir y coger sus lápices, de acuerdo?….

-Quién habló que la casa honró!- Dora se volvió de golpe al escuchar la frase, y al descubrir a Radar tras ella dejó caer, sin querer, un puñado de plastidecores que tenía en la mano.

-Ala Seño!….ahora los recoges tú!- Y los dos niños, entre risas, se alejaron corriendo hacia el fondo del pasillo.

-No sabía que te gustaban los niños….

-Yo tampoco hasta que los traté…fíjate…- Y se agachó a recoger los plastidecores- Sea lo que sea, la respuesta es NO.

-Tú siempre tan positiva….

-Estoy retirada, jubilada, apartada del servicio activo, olvidada de la mano de Dios…llámalo como quieras, Radar. NO.- E incorporándose, se alejó por el pasillo, Radar la siguió despacio.- Porque vamos a ver….cómo has dado conmigo?- Y se volvió señalándole con un plastidecor verde.

-Cómo me llaman, Dora?

-Radar

-Pues ahí tienes tu respuesta…- Ella dudó un instante y meneó la cabeza, llevaba el cabello, negro,en un moño muy tirante, sujeto por multitud de orquillas de colores. Sus ojos color miel midieron por un instante los de Radar, quien sonrió a medias, fiel a su costumbre. Ella relajó su actitud entonces y ladeó la cabeza.

-Ven, ahora tengo pausa…- Y con un gesto le indicó una de las puertas del pasillo.

-Ya no tengo ni material….sólo decirte que, cuando me olvido las llaves dentro de casa…llamo a un cerrajero…ni un mísero Dietrich conservo…

-Dora….

-Bueno, uno…pequeño, pero es que tiene valor sentimental….y ya sabes que yo con los sentimientos soy muy mía…- Radar alzó las cejas, pero se abstuvo de dar su opinión.- Qué quieres de mi, Radar….

-Fiodorowsky- Dora se quedó muy quieta, con la taza del té que se había servido, a medio camino entre la mesa y su boca.

-Quién?

-Se dice el pecado, pero no el pecador…

-Cómo?

-Volando

-Cuándo?

-Aún estamos con la Carta de Ajuste…..

-Alguien más?

-Física y Química…- Dora levantó las cejas y sopló el té, para beber después un pequeño trago, pero se mantuvo en silencio.

-No preguntas “Cuánto”?

-Estoy retirada, Radar, crees que podría estarlo si tuviese que preguntártelo?- Radar hubo de darle la razón con un gesto, luego tamborileó los dedos sobre la encimera.

-De verdad que ya no tienes tu material?- Dora dejó la taza sobre la encimera y se llevó las manos al moño, del que extrajo lo que parecían tres instrumentos quirúgicos metálicos en colores azul, verde y rosa. Radar sonrió a medias.- Nunca dejarás de sorpenderme…

-Ni yo de intentarlo.

Regina Calabuch Pérez

-Entonces mezcláis el líquido azul con el líquido rojo….Sabrina deja a Raquel en paz…..y comprobáis que no se mezclan…Jesús no pinches a Kevin….

-Pues a mí se me han mezclado…

-Eso es, Samuel, porque has mezclado el azul y el verde….qué colores he dicho?…

-Azul y rojo

-Pues coje otra pipeta y mézclalos….Pilar dejar de girar con la silla….los que lo hayáis mezclado bien, añadís el líquido amarillo…Kevin deja a Raquel en paz….y veréis que se forman burbujas….Mariana no salpiques a Gerardo…- En eso sonó el timbre, y todo el grupo, a una, se incorporó de los taburetes en los que habían estado sentados y abandonó el aula en tromba, sin despedirse.

-Un día saltáis por los aires- La profesora, con bata blanca, volcó el contenido de su pipeta en un contenedor plástico, y levantó la vista hacia Radar, que se apoyaba en una de las mesas del laboratorio. Sonrió al reconocerle y se quitó las gafas protectoras.

-Como mucho un rebufo sin consecuencias…..no me dedico a las voladuras…

-Tú también me vas a decir que estás retirada?- Ella se le acercó con las manos en los bolsillos de la bata, con un gesto que quería denotar leve esceticismo en su pecoso rostro.

-Depende de para qué….

-Quieren los Fiodorowsky…

-Ir a la luna en metro, ganar LeManns con un seiscientos, querer los Fiodorowsky….entra dentro de lo posible, sí-Ironizó con tranquilidad, sentándose en un taburete frente a él.- Cómo?

-Volando

-De todos los medios de transporte, ha de ser volar??…tendré que volver a terapia….- Y crispó el gesto, un tanto enervada, luego se metió dos mechones de su media melena castaña tras las orejas y entrelazó los dedos de las manos sobre la mesa.- Cuándo?

-Seguiremos informando…

-Como siempre?

-Las Tres Gracias….

-Por qué volando?

-Porque es la manera más rápida y segura de llegar a un destino, Calabuch.- Ella suspiró y miró un instante hacia la ventana.

-Pero si sale mal, es una ratonera…

-Ha salido alguna vez algo mal?

-Espero que esta no sea la primera…- Radar le pasó una tarjeta muy fina, como de visita, ella alzó las cejas y la cogió delicadamente entre sus dedos. Sonrió cómplice.- Tú siempre tan detallista.

-La ocasión lo merece.

Roswitha Riethmüller

Roswitha Riethmüller odiaba los vuelos con escalas. Frankfurt/Main-Estambul-Bangkok, el mismo vuelo continuaba Sidney-Los Angeles- MéxicoDF. En cada escala, nueva tripulación. Nunca la misma combinación. Cálculo de probabilidades. El programa de ordenador lo hacía por ella, pero de todas formas, el quién, cuándo y dónde último lo debía dar ella. Y siempre había “peros”, que ella pegaba en post-its en los bordes de las pantallas de los dos ordenadores con los que operaba, para no olvidarse. Ella era “Planning”. Bueno, ella y Hubertus Meng. Pero eso ahora no tenía importancia. Ella tenía una misión. Crear un avión fantasma. Un avión pantalla, tras el cual nada existiera. Ni el número de vuelo, ni la tripulación. Sólo el pasaje y el destino.El piloto pertenecía a la compañía. Hasta ahí era fácil. Después tendría que crear identidades falsas para el resto de la tripulación. Se había decidido por Otto Schroeder para el colpiloto, Ana Müller para la sobrecargo, Schmidt, Sanders y Schneider para las tres azafatas. Una vez en destino, Madrid, el piloto enlazaría con un vuelo a Toronto, y la sobrecargo, que pertenecía a otra compañía, seguiría viaje, ya bajo su verdadera identidad, a Estocolmo. Después, enviaría el avión a Hangares, para una limpieza a fondo. Para no dejar ni huella.

Una vez todo empezase a rodar, sería cuestión de evitar que Meng se diese cuenta,y, de ser así, retrasar tener que darle alguna explicación hasta que todo hubiera pasado. Cuanto más tarde, mejor.

Lo que no haría ella por su Maus (ratón).

Cuando lo tuvo todo listo, le llamó por teléfono.

-Hola Schatzi (Tesorito)

– Hola Maus

– Todo listo?

-Sólo tengo que darle al “Enter”…

-Pues que empieze el Show…

-Maus?

-Dime Schatzi..

-Me quieres?

-De aquí a la eternidad..

-Ach, Maus!

-Besito, Schatzi…

-Besis, Mausi…

Y Roswitha Riethmüller pulsó la tecla de “Enter”.

Estimad@s Tod@s,

No me gusta andarme por las ramas. Por lo tanto, allá vamos.

Modus Operandi:

  • Linden, Rincón y Calabuch viajarán a Alemania en coche, tren y autobús, respectivamente, para evitar registros de movimiento. Partirán cada una con un día de diferencia. Todos los pagos se harán en metálico y destruirán los recibos. Una vez en territorio alemán, harán uso de trenes de cercanías hasta el Aeropuerto de Frankfurt. El Dia F (Lo he llamado así, por lo que nos ocupa), se les suministrarán uniformes de la compañía Lufthansa, que encontrarán en el armario de mantenimiento de los lavabos de señora de la Terminal 1(zona A, llave adjunta).

  • Calleja llegará a Frankfurt proveniente de Varsovia.

  • Concheiro viajará a Frankfurt desde Estrasburgo, a donde llegará con un vuelo de bajo coste. De Estrasburgo a Frankfurt se trasladará en trenes de cercanías. Pagos en metalico. Destrucción de recibos.

  • Mamen Soto llegará a Frankfurt proveniente de Roma…”

Julio y Santiago caminaban por debajo del avión. Julio iluminaba con una pequeña linterna, de vez en cuando, algún punto de la gigantesca panza y Santiago le imitaba, sin saber muy bien qué tenía que mirar.

-A mí me va a dar algo…- Musitó Santiago, tratando de respirar hondo, estaba ataviado con el uniforme de piloto de Lufthansa y ya se llamaba Otto Schröder, según una plaquita en su pechera. Llevaba puesta la gorra y una gafas oscuras de considerable tamaño, que ayudaban a ocultar casi totalmente su rostro, Julio le miró y levantó las cejas.

-Tú respira hondo por la boca y suelta por la nariz, hondo por la boca, lento por la nariz….yo lo combino con saltos…y ayuda…

-Saltos….yo soy más de cantar…

-Y qué cantas?..

-Depende….Cantos Gregorianos o el “A Pleno Pulmón”…

-“A Pleno Pulmón”?

-No la conoces?….La usaban antes en la mili para correr durante la instrucción… va?

-Va

-1,2,3…RESPIRAR/tuchúntuchún/A PLENO PULMÓN/tuchúntuchún/LA BRISA MARINA QUE SUBE Y QUE BAJA DEL FONDO DEL MAR/tuchúntuchún….va?-Y saltaba al ritmo aspirando y exhalando, Julio le imitaba con los ojos cerrados

-Tuchúntuchún…va…- Y ambos soltaron una carcajada, sin dejar de brincar y cantar.

Gunther Reiff, mecanico de aviones que se encontraba subido a una escalera en el otro lado del aparato, los observó un buen rato en silencio,casi sin parpadear, había oído de las nuevas técnicas antistress que la empresa quería introducir en el día a día de sus trabajadores, pensó que, en la pausa, él también lo haría. Sólo tendría que mirar qué mantra era “Tuchúntuchún”.

David Breitenfeld viaja acompañado de sus dos hijos, Judah y Gideon. Ocuparán los asientos 20 ABC. David Breitenfeld ocupará el del medio. Acostumbra a llevar los diamantes en el bolsillo interior izquierdo de la pechera de su chaqueta. Los tres Fiodorowsky están guardados en un estuche negro de piel, forrado en raso azul cielo. En los carros de comida y bebida estarán almacenados los doscientos botellines de agua con el calmante somnífero. Cincuenta más de los necesarios. Se ofrecerá el agua ya servida, en vasos de plástico. Está demostrado que si se ofrece agua ya servida, ésta es bebida sin mayores preguntas. Tras servir el agua y la comida, el calmante somnífero adormilará al pasaje, pero no lo dormirá por completo. Su efecto tiene una duración de cuarenta minutos. Calabuch será la encargada de llevar cuenta del tiempo. Mamen bajará la temperatura de la cabina, para propiciar la entrega de mantas. Será entonces cuando Linden tendrá que hacerse con el estuche y sustituirlo por el falso, mientras finge arropar a David Breitenfeld….”

-Qué pena que no podamos hacernos un selfie juntas con este uniforme….estamos cañón- Comentó Dora recorriendo su talle con las manos e imitando una pose de modelo, Linden sonrió y negó con la cabeza mientras contaba para si los botellines almacenados dentro de uno de los carros, Callabuch se apoyó con los brazos extendidos contra uno de los paneles y emitió una especie de sonido agónico.

-Dos horas y veinte minutos dos horas y veinte minutos dos horas y veinte minutos….

-Después te bebes tú sola uno entero y ya está….- Susurró Linden acariciándole un brazo, Calabuch volvió a emitir otro sonido agónico como respuesta sin alzar la cabeza. En eso se les unió Mamen en el reducido habitáculo de cola del avión, traía un carro con periódicos.

-Gratis. Todo gratis. Esto es una maravilla- Musitó introduciéndolo en el hueco del panel del que lo había extraido antes. Luego las miró alternativamente, y las otras mujeres a ella.- Preparadas,chicas?

-Listas…- Dijeron Linden y Dora a coro, Calabuch, entre ellas, respiró hondo y asintió con la cabeza. Mamen se ajustó la chaqueta del uniforme, carraspeó, les guiñó un ojo y volvió a alejarse por el pasillo del avión hacia el otro lado ,donde se encontraba ya el otro carro, seguida de Calabuch.

El reparto de la comida y el agua transcurrió sin mayor problema, todos los pasajeros aceptaron gustosos los vasos de agua, también los tres Breitenfeld, quienes incluso solicitaron los botellines, decorados para la ocasión con una pegatina de un sol sonriente. Atendidos ya todos los pasajeros, y cuando retrocedían con los carros, Judah Breitenfeld decidió levantarse de su asiento. Linden se acercó a él, y, en alemán, le preguntó qué deseaba. Judah Breitenfeld era un hombre corpulento, de pelo castaño rizo y que lucía una barba muy cuidada, a su lado, Linden, parecía un habitante de Liliput, él le contestó que querría ir al baño a refrescarse ya que les estaba entrando modorra y quería leer el periódico, Linden le explicó que no iba a ser posible, ya que los carros aún estaban en el pasillo, pero él se mantuvo en su posición, su hermano intervino para decirle que se sentase de una vez, pero el agua debía haber vuelto más terco a Judah Breitenfeld de lo que ya era, e insistió en aguardar que acabasen con el transporte de los carros, Linden sentía como el sudor le corría por la espalda, y su boca se secaba en busca de argumentos. Entonces Mamen recorrió el pasillo, solemne y elegante hasta donde ellos se encontraban. Se decidió por el inglés.

-Qué problema hay?

-El Señor desea ir al baño, pero ya le he explicado que los carros aún están por medio y…

-Señor, por favor, tal como ya le ha explicado mi compañera, como ve, por ahora no es posible, vuelva a sentarse y en cuanto lo sea podrá acceder al baño…

-Yo sólo quiero refrescarme un poco, no me explico…he dormido bien, pero de todas formas un poco de agua fresca…a lo mejor me ayuda….

-En breve será posible, pero….

-Espero aquí, y ya está….

-Judah…siéntate de una vez….

-Espero aquí, qué problema hay….nadie puede impedírmelo…-Mamen enderezó su postura entonces y se ajustó mejor la chaqueta del uniforme, Linden, que ya sentía la camisa pegada a su espalda, tragó saliba al observar su gesto tenaz.

-Señor, quién lleva aquí el uniforme, usted o yo?- Y le señaló con el dedo índice de su mano derecha, perfectamente manicurado en rojo, Judah Breitenfeld parpadeó lento y asintió. Linden pudo volver a respirar y pensó que, en cuanto tuviera ocasión, haría esa frase suya

-Usted, claramente…

-Pues vuelva a ocupar su asiento, por favor- Y el gesto de Mamen no varió, ni para bien ni para mal, Judah Breitenfeld se volvió a sentar, discupándose con un gesto de las manos, mientras su padre y su hermano le recriminaban su actitud. Mamen miró a Linden un instante y volvió sobre sus pasos hacia su carro.

Una vez guardados los carros, Mamen bajó la temperatura de la cabina. Sin esperar a que los pasajeros comenzasen a quejarse Linden y Dora comenzaron a repartir mantas. Al llegar a la fila 19, Dora se entretuvo con un niño, para dejar actuar a Linden en la 20. Linden ayudó a los Breitenfeld a extender las mantas, haciendo especial atención a extender bien la manta del padre, además, mientras lo hacía, llamó la atención a Gideon Breitenfeld sobre el maletín metálico que llevaba bajo el asiento, recordándole las normas de seguridad, según las cuales ese tipo de maletines debían ir en el portaequipajes, Gideon se disculpó e iba a cogerlo para entregárselo, pero Linden se le adelantó, inclinándose hacia él, al tiempo que se apoyaba en el reposabrazos de David Breitenfeld. Una vez tuvo el maletín en sus manos, lo introdujo en el portaequipajes del asiento contiguo, bajo la excusa de que el del 20 ya estaba demasiado lleno. Judah Breitenfeld dormía profundamente, su padre trataba aún de leer un libro, Gideon apoyó la cabeza en el asiento y cerró los ojos. Al pasar junto a Dora, Linden le guiñó un ojo casi imperceptiblemente, mientras recorría el pasillo hacia la cola del avión.

Un diamante no vale nada sin sus certificados de procedencia. Los Breitenfeld transportan estos papeles en un maletín metálico con cerradura cifrada del que no se separan. Tras haber subido el maletín al portaequipajes, Dora se ocupará de abrirlo, sustraer los papeles , sustituirlos por los falsos y volver a cerrarlo. El problema reside en el “Click” que esto producirá, y que podría captar la atención de los Breitenfeld. Esto conlleva una acción coordinada entre Dora, Julio y Mamen….”

Dora, todavía con un brazado de mantas entre los brazos, abrió el portaequipajes de la fila 19, y miró hacia Mamen, quien se disponía a cerrar las cortinas que separaban primera clase de la de turista, y a su vez la miró a ella, antes de desparecer tras ellas. La voz de Julio Calleja, a un volumen un poco más alto del habitual, se hizo paso a traves de los altavoces.

-Estimados Pasajeros, les habla el Comandante Julio Calleja Linares, a su izquierda pueden ustedes admirar la ciudad de Marsella..- Y en ese momento, comenzó a sonar la Marsellesa interpretada por el coro y orquesta de la London Simphony Orquestra, al tiempo que Julio contaba la historia y anécdotas de la ciudad, además de dar una lista pormenorizada de sus lugares de interés turístico y de las personalidades francesas que habían tenido la suerte de nacer allí. La voz de Linden, de nuevo con la Marsellesa de fondo, y esta vez en alemán, volvió a repetir la misma retaíla. Aquellos pasajeros que no dormían, dormitaban o miraban distraidos por las ventanillas tratando de adivinar Marsella entre las nubes, y que, casualmente miraron a su alrededor, sólo pudieron apreciar como Dora se arreglaba imperceptiblemente el moño, antes de acomodar las mantas dobladas en el portaequipajes de la fila 19 y lo volvía a cerrar, para alejarse después hacia la zona de cola.

Entre los pasajeros viajan diez monjas de la Orden Benedictina y cuatro curas. Una vez se haya aterrizado,y aprovechando el desorden habitual, Linden, Dora y Calabuch se vestirán sobre el uniforme un hábito benedictino, que encontrarán en el portaequipajes de la fila 40, y abandonarán la aeronave después que las monjas benedictinas verdaderas lo hayan hecho. Santiago, tras despedir junto a Julio y Mamen al pasaje en la puerta delantera, se vestirá de cura y abandonará igualmente la aeronave, reuniéndose con las otras tres ya en la terminal. El sábado se celebra en Madrid el Encuentro Internacional de Congregraciones Cristianas, al que se espera asistan numeroso personal eclesiástico, la presencia de monjas, monjes y curas no sorprenderá, pues, por su número, y pasaréis inadvertidos. Una vez reunidos, os dirigiréis al primer Duty-Free que se encuentra enfrente de la puerta de la que habréis desembarcado. En un expositor exterior, habrá estuches de piel para gafas en multitud de formas, tamaños y colores. Linden colocará el estuche con los Fiodorowsky, mientras hace que mira estuches, en el tercer estante, junto a un estuche rojo de charol. Después continuaréis camino hacia Salidas, sin mirar atrás. En el exterior, un taxi os hará luces, Linden, Dora, que porta los papeles, y Calabuch se montarán en él, tras dejar los papeles en su maletero. Santiago cogerá el inmediatamente posterior….”

Tras dejar el estuche en el lugar adecuado, Linden, Dora, Calabuch y Santiago, recorrieron, ni a paso rápido ni demasiado despacio, el pasillo que les llevaría a Salidas. Santiago, con sotana y gafas oscuras, ellas arrebujadas en su hábito benedictino. En silencio y sin mirarse. Cuando ya veían el letrero que anunciaba la situación de la puerta de Salidas, se percataron de la presencia de un nutrido grupo de gente, entre los que había guardias civiles, policías nacionales y personal del aeropuerto, que parecían tratar de ayudar a una persona que se encontraba tirada en el suelo, rodeada de familiares vociferantes. Ellos siguieron de largo, sin darse por enterados, cuando unos gritos les alcanzaron de lleno.

-Padree!! Padree!!- Gritó alguien que parecía verdaderamente desesperado, desde algún lugar del grupo. Santiago se quedó clavado en el sitio, y miró a Linden que caminaba junto a él, preso del pánico tras las gafas oscuras.

-A mí me va a dar algo….qué hago…- Musitó, Linden parpadeó dos veces mientras sentía cómo toda su sangre se concentraba en sus pies, Dora entrelazó los dedos y bajó la cabeza, Calabuch, que se había tomado un botellín de agua, observaba la escena como si no fuera con ella, tratando de ponerse bien la cofia.

-Ave María llena eres de Gracia el Señor es Contigo Bendita….- Farfulló Linden, y antes de que pudiera continuar dos personas del grupo corrieron hacia Santiago, y casi le arrastraron hacia la persona que estaba tirada en el suelo, Santiago se arrodilló junto al hombre,y, temblando él mismo, recogió su temblorosa mano entre las suyas.

-Se muere Padre!!Ay que se me muere!!- Gritaba una mujer junto a él, Santiago comenzó a rezar el Padrenuestro con lo que más era un hilo de voz que otra cosa, dos de los guardias civiles presentes se fijaron entonces en la presencia de las tres Benedictinas y las saludaron con una educada inclinación de cabeza, Linden optó por taparse el rostro con las manos y recitar el Credo, Dora la imitó con la Bienaventuranzas, Calabuch, que no encontraba la forma de que le quedase bien la toca, la dio por imposible y cerrando los ojos comenzó a recitar la única canción de misa que le vino a su nublada cabeza “Sube hasta el cielo y lo verás”. Un equipo médico de la Cruz Roja se abrió paso entonces entre la multitud, y Santiago pudo por fin apartarse del hombre, repartiendo palabras de consuelo a todos los presentes, antes de volver junto a las tres Benedictinas.

– Me voy a caer…- Susurró cuando llegó junto a ellas.

-Tú camina….y vamos…normal, eso, normal…- Susurró Linden sin apartarse las manos del rostro.

A paso lento, pero seguro, alcanzaron la puerta de salidas. Una vez en el exterior, un taxi les hizo luces y las tres monjas se dirigieron a él, Dora abrió el maletero y depositó un atillo en él, para después desaparecer en el interior del vehículo tras las otras dos. Santiago hizo lo mismo en el inmediatamente posterior. Y ambos coches se perdieron en el tráfico.

Llegados a este punto, el plan llega a su fin. De él no ha de quedar prueba alguna, ni siquiera esta carta. Como habéis podido observar está impresa en pan de hostia, así que os invito a comerla y no dejar ni rastro.

Un placer. Radar”

Torre Teltschilk. Wilhelmsfeld/Rhein-Neckar-Kreis.

-Bueno! Pues ya está! Todos remunerados, los Fiodorowsky entregados, Breitenfeld ni lo ha notado todavía, no hay nadie como Radar para estas cosas….mira, hasta he traido champán…cuarenta metros hacia arriba…tú buscas los sitios a posta, admítelo, para hacerme a vida imposible…..pero no importa, brindemos…me gusta cuando los planes salen bien….

-No sé de qué me estás hablando…..y esa frase no es tuya…

-Cómo que no sabes de qué estoy hablando….te afecta la altura o qué?

-A mi no me afecta nada, amigo mío, deberías saberlo….mira qué maravilla…allí al fondo los Bosques del Palatinado…

-Bosques del Palatinado…dice…

-Tengo algo en mente…

-Sorpréndeme.

Primera Fila

587 formas de llevar un abrigo”. Cuando me lo pasó Genaro pensé que se trataría de una novela. Pero no. En el libro se detallan, literalmente, 587 formas de llevar un abrigo, además de una sucinta explicación de qué es un abrigo y para qué sirve, que ocupa las trescientas páginas restantes. Le dije a Genaro que me leería sólo las cien primeras, pero me dijo que arriba le querían dar preferencia, ya que tenía que salir para las rebajas. A la vez estoy tratando con Cayetana, “ Caye. Mi vida en la Frontrow”. Luís y yo vamos a las reuniones con sendos cafés solos dobles y bien dormidos. Yo creo que sentarse en el andén, en un banco, a ver pasar los trenes es mucho más divertido. Pero no se lo digo a nadie. Ni a Luís. Él es el que la acompaña de vez en cuando, para que se pueda hacer una idea, según ella. El otro día me confesó que, la última vez, entre que apagaron las luces y después pusieron a Andrea Bocelli, se quedó frito. Se despertó con los aplausos. Nadie se había dado cuenta.

Genaro ha colgado en la web de la editorial el cartel de completo. No vamos a admitir más manuscritos, ni en papel ni por correo electrónico. No quiere que le pase otra vez lo del año pasado con el archivo, cuando, al volcar una estantería con el peso, tuvieron que venir los bomberos a rescatar a los dos que, de casualidad, se encontraban dentro. Según él, vamos sobrados con lo que ya tenemos.

Sobre mi mesa, además del libro de los abrigos, y las experiencias de Caye, me esperan otras cuatro obras. “Que te folle un pez”, sobre un hombre y una mujer que tienen una relación amor odio mientras recorren el mundo en un velero, “La princesa mentida” sobre una chica que se casa con un jeque árabe y se lleva mal con sus suegras, “Hasta aquí llegué” que narra las experiencia de dos escaladores vascos en los Alpes y “ Siéntete flor” un libro de autoayuda a través de las plantas. Ya los he leido todos. No me compraría ninguno.

Hace un par de días, a pesar del cartel de “completo”, nos llegó un manuscrito. La de recepción me lo dio a mí porque justo pasaba por allí, si no, estoy seguro de que hubiera acabado en la maquina de destrucción de papel. Se titulaba “Todo va bien”. Lo empecé por curiosidad y no lo solté hasta que llegué a la última hoja, con el corazón encogido y una tremendas ganas de llorar. Luís hasta me preguntó si me había pasado algo, cuando entré en la cocina a tomar un vaso de agua. Me tuve que tomar dos. Le expliqué, y se lo pasé. Él optó por llamar a su padre. No se hablaban desde hacía tres años. Después, se fue sin dar explicaciones de a dónde. Se lo quise pasar a Genaro, pero no me dio ni la opción. Que le enviase una amable negativa. Envié el correo con la cabeza, pero no con el corazón. A vuelta de correo me llegó la contestación:

Estimados Señores,

Les agradezco que hayan dado tan pronta respuesta a mi propuesta. También querría felicitarles por tener tantos manuscritos a leer y estimar. Eso sólo puede significar que hay gente que todavía escribe, persevera en la idea de que su obra sea publicada y tienen la suerte de que su manuscrito sea aceptado por un agente o una editorial con tal fin.

Me imagino tamaña tarea como asistir como participante al Festival del Queso Rodante que tiene lugar en Gloucester (Inglaterra) (Link). Por favor, no piensen que les estoy comparando con un queso, y menos rodante. Sólo es una comparación, o metáfora, o llámenlo como quieran. El caso es que, lograr que un manuscrito llegue a ser leído por alguien fuera del ámbito familiar, y que además esa persona sea un agente literario, o trabaje en el mundo editorial, es, al menos, tan raro como alcanzar el queso al que me refería antes.

Me despido pues, dejándoles tiempo para seguir leyendo otras cosas.

Reciban un cordial saludo,

Adela M.”

La llamé al momento. Nos encontramos en Gloucester.

Una casa en Boston

Mi tíoabuelo Bernabé desapareció la noche del 18 de Julio de 1936. En un primer momento lo achacaron al desorden reinante, pensaron que se habría refugiado en la casa de algún conocido. Pero según fueron pasando los días, esa hipótesis se dejó de lado, para abrazar la peor de las posibles. Mi abuelo y mi bisabuelo se recorrieron morgues oficiales y morgues improvisadas, escrutaron cadáveres que encontraban a su paso por las calles, lo buscaron entre los fusilados, llegaron a visitar dos cárceles. Pero Bernabé no apareció. Permaneció en el recuerdo de la familia en una foto enmarcada en plata,encima de una mesa en el salón de la casa de mis bisabuelos. En blanco y negro, un hombre joven, sentado de medio lado, el pelo abundante peinado hacia atrás, mirando con atractiva seriedad hacia algún punto en el horizonte.

Hasta las once de la mañana de un jueves de octubre. Yo trabajaba entonces en la sección de sucesos en el periódico, y me habían asignado la cobertura de un incidente en una zapatería. Cuando sonó el teléfono, estaba tratando de convencer a Leónidas, el colega que ocupaba la mesa frente a la mía, de que tirarle al dependiente un zapato no se puede considerar un suceso, él me recordó que no había sido sólo uno, sino todos los pares del expositor y no sólo al dependiente, sino contra todos los clientes que se encontraban en el establecimiento en ese momento. Le recordé que nadie había resultado herido, y que la mujer causante del incidente no había sido siquiera arrestada, lo que convertía ,a mi modo de ver, el caso, en un “episodio curioso”. Leónidas estaba pensando en cómo rebatir mi idea, cuando hube de atender la llamada.

-Bernabé Suárez, Sucesos….

-Buenos Días, Sr. Suárez, mi nombre es Aniceto Campoamor, le llamo desde mi notaría, Notaría Campoamor, porque necesitaría que se pasase por aquí…

-Notaría Campoamor? De qué se trata…algo que ver con uno de mis casos?

-No, Sr. Suárez, es algo privado, que desearía no tratar por teléfono…cuándo tendría usted tiempo para pasarse por aquí?

-Esta misma tarde, si le viene a usted bien….me deja usted muy intrigado..

-No se preocupe Sr. Suárez, muchas gracias y hasta esta tarde.

-Leónidas?

-Sigo opinando que es un “Suceso sin precedentes”….

-Como quieras, pero…tú sabes dónde queda la Notaría Campoamor?

La Notaría Campoamor ocupaba el quinto piso de un edificio que había vivido mejores tiempos, y carecía de ascensor. Entonces faltaban todavía un par de años para el cambio de milenio, pero ya había una fiebre por modernizarlo todo o pasarlo a su versión digital, me alegré de que todavía existiesen lugares como aquel. Si bien llegué a la puerta del establecimiento sin resuello y hube de apoyarme por un instante en la pared del rellano. Me abrió la puerta una mujer menuda,con un rostro que me recordó al de un roedor, de pelo blanco recogido en un complicado moño, encasquetada en un traje chaqueta azul cielo, y que me miró por encima de unas enormes gafas de pasta, sujetas por una cadenita de plástico rosa.

-Bernabé Suarez?- Me lo preguntó antes de darme siquiera la oportunidad de explicarme, luego se apartó y me ofreció paso- Pase a la sala, por favor, el Sr. Campoamor le atenderá enseguida -Las sillas de la salita eran de madera, y estaban alineadas a lo largo de las paredes, en el centro de la habitación había una mesa baja de madera, con revistas y periódicos, la ventana, que daba a un patio interior, tenía visillos beig con dibujos de gruyas. Apenas me había sentado, cuando la mujer regresó.- Acompáñeme, por favor.

La seguí a través de un pasillo estrecho, que formaba meandros a lo largo del recorrido, dejando atrás innumerables puertas caoba oscura, hasta llegar a una en la que el corredor terminaba, formando una especie de recibidor en el que también habia dos sillas, idénticas a las de la sala de espera.

Aniceto Campoamor era un hombre muy alto y delgado, de pelo entrecano y expresión sonriente en sus tranquilos ojos azules, me sorprendió que no llevara traje, todos los notarios con lo que había tenido que ver hasta ese momento lo habían llevado, pero no Campoamor. Se acercó a mi con el andar desgarbado de las personas altas, en vaqueros y camisa de cuadros verdes, para ofrecerme su huesuda mano, que estrechó la mía con la presión justa.

-Muchas gracias por venir…

-La verdad es que me mata la curiosidad…

-Siéntese, por favor, trataré de ser breve…- Y ocupó su silla al otro lado de la mesa de despacho, sobre la que había una serie de sobres.- Antes de nada, he de aclararle que este cometido mio es serio y totalmente legal, y que yo sólo me limito a cumplir las instrucciones que se me han dado- Supongo que debió observar mi expresión de sorpresa con una dosis de miedo, porque me sonrió tranquilo y cogió un sobre entre sus largos dedos.- La persona que ha depositado en mi su confianza, me ha dado instrucciones muy precisas, que paso a explicarle: Ante mi tengo cinco sobres cerrados, cada uno de ellos con un número escrito, del uno al cinco. En el primero de los sobres encontrará usted una misiva en la que mi representado le explicará los detalles. No me está premitido entregarle todos los sobres juntos, hoy le entregaré el primero, y, una vez haya realizado las labores que en él se le indican, le entregaré el siguiente, y así sucesivamente. En el caso de que usted decida, antes de que yo le entregue este primer sobre, no hacerse cargo, podrá usted desentenderse, tras firmar esta declaración jurada.

-Y de qué se trata? Exactamente?

-Como ya le he dicho, en este primer sobre encontrará la explicación, no estoy autorizado a desvelarle más….- Lo único que se me ocurrió fue encogerme de hombros y extender mi mano derecha para que me entregase el sobre, Campoamor levantó las cejas un instante- Está usted seguro?

-Como de ninguna otra cosa en mi vida- Campoamor me entregó entonces un sobre blanco, rectangular, con el número 1 en negro en el centro.

-Las intrucciones dicen, que usted ha de leer el contenido con tranquilidad, sólo me permito advertirle de una cosa, y me salto el protocolo, y es que el tiempo no juega a su favor, sólo eso, hasta ahí puedo leer, que decían en el concurso aquel- Y sonrió, entrelazando de nuevo los dedos de las manos- como ya le he dicho, después regresa usted a por el resto.- Yo observé el sobre un momento y lo metí dentro de la bolsa que siempre llevaba conmigo, luego me incorporé y Campoamor me imitó, ofreciéndome la mano, que yo estreché.-Mucha suerte, y aquí estoy para lo que necesite.

-Me pongo a ello en cuanto pueda, espero no defraudar…

-No lo hará, Sr. Suárez, estoy seguro….

En cuanto salí de la notaría, paré un taxi para que me llevara hasta mi casa. No había tenido tanta curiosidad por nada desde la primera vez que había alzado el vuelo en un ala delta. No me paré ni a colgar la trenka. Y por fin pude abrir el sobre.

Estimado Bernabé,

Cuando leas esta carta yo ya habré muerto. Otra vez. Pero en esta ocasión de verdad. Mi nombre es el tuyo, también compartimos apellido, el primero, el de mi padre y el del tuyo, hijo de mi hermano Gregorio. Si estás leyendo esta carta, el chico de Campoamor te ha explicado bien las instrucciones. Tú serás a partir de este momento mis ojos y mis manos en esta mi última aventura. Al final de una vida, se han de cerrar todo aquellos capítulos que siguen inconclusos. En mi caso son cinco.

Antes de empezar, te contaré quién fui yo una vez.

En 1936 yo tenía veintidós años, ninguna preocupación y la vida por delante. O al menos eso creía. Estudiaba derecho, porque era lo que se suponía que tenia que estudiar un hombre de mi posición. Porque yo tenía una posición. Pertenecía a la familia Suárez, estandarte de la Alta Sociedad de aquel Madrid. Y digo aquel, porque, asumo, ya no existe. Mis días transcurrían sin mayor percance o problema salientable, que el dinero no pudiera subsanar. La vida que todo joven desea. Pero no yo. Por eso mantenía otra. Una doble vida. Que transcurría paralela a la oficial, pero siempre en la sombra. O mejor dicho, en la penumbra. En esa semioscuridad del teatro. Las bambalinas, las luces, la tramoya, las tablas,y la fiebre siempre alta del vodevil. Y de la música. Yo era pianista en un teatro de vodevil.

La música lo era todo para mi. Lo seguirá siendo hasta el final. Y en aquel ambiente me movía como pez en el agua. No lo creerás, pero quien me introdujo en él fue el padre de Campoamor, rubio y largo como un día sin pan, que decían las chicas, quien también se sentía atraido por ese mundo, si bien por otros motivos, que no tenían nada que ver con la música. Eran tiempos revueltos, aquellos,de consignas y discusiones políticas, de ideas encontradas. Y yo bebía de ellas. Defendiendo la que siempre ha sido mi posición. De la que entonces aún se podía hablar y después ya no. Y allí conocí a la inigualable Filomena Palomares, quien, una tarde de julio, me prestó quinientas pesetas. Prometí que se las devolvería algún día. Y ese día ha llegado.

Adjunto a esta primera carta, encontrarás un sobre con un billete. La inigualable Filomena Palomares reside ahora en el Hogar Torrehermosa, también adjuntas, las señas.”

-No creo que vaya a entenderte nada, pero puedes intentarlo, la edad, ya sabes…-La enfermera me lo explicaba mientras avanzábamos por el pasillo de linóleo azul, los cuadros de las paredes eran abstractos, de colores chillones, por un momento pensé que, de tener que verlos todos los días acabaría por darles la vuelta.

La habitación de Filomena Palomares era la última del pasillo, un habitáculo de medianas dimensiones, decorado con una cama hospitalaria cubierta con un edredón verde agua, un armario blanco empotrado y una mesa camilla con un mantel del mismo color que el edredón, junto a una ventana que daba a un jardín. Al menos. Recuerdo que pensé. Al menos poder ver un jardín y no un muro. Y allí estaba sentada Filomena en una silla de ruedas, con la mirada perdida en los árboles. Tenía el pelo blanco corto, y, para la edad que supuse ya contaba, un rostro libre de arrugas, de enormes ojos y nariz recta. Ataviada con un chándal, una manta cubría sus piernas, sobre su regazo descansaban sus manos, nerviudas y desfiguradas por el reuma. Me fijé en que portaba numerosos anillos y varias pulseras en cada muñeca, y me pregunté cómo serían capaces de ponérselas y sacárselas, habida cuenta del estado de sus dedos. La voz de la enfermera me sacó de mis pensamientos.

-Aquí la tienes, recién peinada y arreglada para el día, fresca y guapa como una flor, verdad Filomena?…No se sorprenda si no te habla o no te mira, la edad, ya sabes…pero oir oye, ver es otra cosa…verdad Filomena?- Y le acarició la cabeza, sin tener que forzar la sonrisa, lo que me demostró que le tenía verdadero afecto. Filomena no se inmutó, continuó mirando hacia fuera, sin que pareciese ser consciente de nuestra presencia.- Puedes llevarla al jardín, o ir a la galería de atrás, como quieras….avísanos cuando te vayas- Tras explicarme esto, la enfermera abandonó el cuarto, cerrando la puerta tras si.

Me quedé de pie en el centro de la habitación, sin saber muy bien qué hacer o decir.

-Se ha ido ya esa cotorra?- Me asusté, Filomena continuaba mirando hacia fuera, su voz era clara y cristalina, con el tono que da la edad. Contesté afirmativamente y volvió su rostro , clavando en mi sus suspicaces ojos negros- Tu eres nieto de Bernabé – Dictaminó al tiempo que elevaba una ceja y levantaba la barbilla, no pude evitar sonreir y asentí, para después acercarme a la mesa camilla, aún con la trenka en los brazos.

-Era mi tío-abuelo, yo soy nieto de Gregorio- Expliqué, ella pareció pensar un instante y asintió.

-Siéntate hombre, no te quedes ahí de jueves..- Invitó señalándome una silla frente a ella.- Eres su viva estampa….- Para ser sincero, nunca nadie me lo había dicho, así que volví a sonreir y me encogí de hombros- Tú dirás en qué puedo ayudarte, pollo- Yo suspiré, y dejé mi parka sobre el respaldo de mi silla.

-Pues verá usted…

-Trátame de tú, que áun soy una chavala….

-Gracias…pues…a ver…..hace unos días el Sr. Campoamor me llamó a su despacho…

-El Niceto? – Se sorprendió

-Su hijo, también se llama Aniceto- Ella asintió y me animó con un tintineante gesto a que continuara.

-Pues eso…que Aniceto Campoamor, hijo, me llamó a su despacho, y…bueno, resumiendo, me dio una carta de mi tio abuelo en la que me encargaba de hacerte entrega de algo- Expliqué, ella parpadeó varias veces y se colocó mejor una pulsera.

-A mí?- Yo saqué de mi bolsa el sobre donde estaba el billete, sobre el que estaba escrito su nombre con cuidada caligrafía, y se lo entregué, ella lo cogió con suma delicadeza. Acarició las letras de su nombre con las curvas puntas de sus dedos, y una sonrisa se atrevió a aparecer sus labios- Bernabé…- Susurró, luego despegó el sobre, y extrajo su contenido. Un billete de quinientas pesetas. Primero soltó un amago de carcajada, y luego se llevó una mano a la boca. Me miró, con sus expresivos ojos muy abiertos.- Tú fumas?- Yo contesté que no, entonces ella buscó algo entre los pliegues de su bata. Un cigarrillo negro y un mechero aparecieron después entre los dedos de su mano derecha.- Esto hay que celebrarlo….abre esa ventana de ahí, – me indicó haciendo un gesto con la cabeza, yo obedecí, y volví a sentarme- Y si entran…es tuyo,que lo sepas- me advirtió, para, con increíble facilidad, a pesar de sus torturados dedos, dar lumbre al cigarrillo. Expulsó el humo despacio hacia el techo, y después me miró enarcando una ceja.- Bueno…quieres que te cuente o no- reí, tenía que admitir que me hubiera defraudado lo contrario. Y me contó.

-Ahora las descubren. A todas. Por la calle, dicen. Entonces no. La de tablas que tuve que zapatear yo, hasta que tuve siquiera la opción de pertenecer al “cuerpo de baile”. Porque eso era lo que René nos decía que eramos, el “cuerpo de baile”. Cuerpos si que teníamos. Te diré. Lo de bailar, ahora, bailar, bailar, era otra cosa. Yo era vicetiple, lo de bedete llegó después. Vicetiple era yo. Fifí “La Tremenda”. Puedes reirte, no me importa. Yo también me río, ves?. “La Tremenda” porque no me veas ahora, pero yo tenía un cuerpazo, y una delantera, que ni la del Madrid de Di Stéfano. Hasta tienes su risa. Aquello se llenaba todas las noches, porque no había otra cosa. De hombres y de mujeres, no creas. De todo había. Entonces el “cuerpo de baile” salía, al ritmo, llevábamos una especie de falda, mas corta por delante que por detrás, con volantes, como las del can-cán, pero no tan cortita….se nos veían sólo las pantorrillas, fíjate tú que corta, y una parte de arriba acorsetada de escote generoso. A las que teníamos exceso de equipaje, por así decirlo, nos lo subía y centraba, las otras hacían sus apaños con algodones y gasas. Nosotras, como dije, entrabamos al ritmo, chinda-chunda-chinda-chunda, nos cogíamos del brazo hasta formar una hilera que llenaba todo el escenario, que por otra parte tampoco era el del Real y teníamos que apretarnos, y entonces avanzábamos cantando “Si vas a París papá/cuidado con los apaches/si en juerga de taxis vas/procura salvar los baches…” ,y al decir “baches” dábamos un pequeño saltito y todo lo acorsetado y sin acorsetar temblaba. Y aquello se caía. Fíjate tú. Sólo con eso. Con un simple saltito. En fin. Bernabé era el pianista de la orquesta. Orquesta. Suena enorme. Eran un pianista, un clarinete, percusión, trompeta y un contrabajo…o un violón…no me acuerdo, pero metía miedo de grande. A él lo había traído el Niceto, hombre más alto nunca vi, que le gustaban más las chicas que los pirulís, y ellas se lo rifaban te diré, porque lo que tenía de alto, lo tenía de simpático….si soy sincera de notario, nunca le vi…pero…en fin. A tu tío, como tenía el apellido que tenía,al principio le tomamos por un niño bien, que quisiera divertirse un rato….pero no. Bernabé era de otra madera. A veces me quedaba embobada, escuchándole tocar el piano, cuando todo estaba vacío. Nunca volví a escuchar algo así. Nos hicimos muy amigos. Él me contaba sus cosas y yo las mías. Amigos de verdad. Sin segundas. Yo ya estaba con “El niño de la Tramoya”…no te rías, había intentado ser novillero allá en su pueblo, pero lo volteó una vaquilla y nunca más quiso ni olerlas, y trabajaba de tramoyista, por eso le llamaba así. Mi Juan Carlos. Bernabé estaba con Sara. Pero a lo que íbamos. Al día de autos….primera vez que digo tal cosa….fíjate. Madrid era un desastre. Un verdadero desastre. Estaba todo muy revuelto y pasaban muchas cosas. Lo único que continuaba igual eran las funciones, la gente aún quería divertirse.

Sé que fue un viernes por la tarde, porque había quedado en mi casa con la Juana para que la ayudase a remendar el corpiño o algo así…en fin, que estando en eso, apareció Bernabé apuradísimo, él era un hombre muy tranquilo…por lo general, me pidió un aparte…fíjate tú qué difícil, con mis padres, mis hermanos, un primo que estaba de milicias y la Juana y su corpiño de marras…en un piso que era poco más que esta habitación…no te lo creerás pero es cierto….y éramos felices…en fin, que Bernabé quiso un aparte, y el único aparte posible era el retrete del descansillo….y allí nos metimos. Sí, hijo sí, el retrete estaba en el descansillo….como lo oyes… Necesitaba dinero. Me reí. Él. Un Suárez. Pidiendome a mi, “La Tremenda”, parné. No le pregunté para qué….mi banco era mi sostén, tenía un falso dobladillo en el izquierdo. Le dí todo lo que tenía. Quinientas pesetas, en billetes de cien. Es mucho, me dijo al contarlo. Si lo necesitas, es tuyo. Me abrazó, recogió mis manos en las suyas. Algún día te lo devolveré. Me volví a reir. Y se fue. Nunca más le volví a ver. Al día siguiente a esas horas ya estábamos en guerra. Juan Carlos iba al frente por el día y por la noche hacía la tramoya….qué sin vivir!, tu no lo sabes bien….no saber si vive o muere…..y yo salía a bailar buscando las ganas dónde no las tenía…y entonces veía subir los sacos de cambio de fondo, y las volvía a tener…porque eso significaba que estaba de vuelta….Después de la guerra se dedicó a la construcción, y nos fue bien, muy bien…el decía que ahora el único frente que tenía que mirar era el mio…el muy ladrón…mi Juan Carlos…tuvimos dos chiquillos. La parejita, que decían…..a mi no me dicen nada, pero yo creo que esta ala la donó mi churumbel, no sé por qué me da…mi hija salió a mí en lo de “Tremenda”, pero de vicetiple lo mínimo….en fin…pues me vienen muy bien estas quinientas, fíjate. Ahora sólo tengo que pensar…cómo coso yo un falso dobladillo en el izquierdo.

Me fui prometiendo volver, y tarareando “Si vas a París papa”. Leónidas, al escucharla, me recordó que en París no había apaches, a lo que yo le respondí que, sin embargo, había muchos baches. Regresé a la notaría Campoamor aquella misma tarde, impaciente por recibir el sobre número dos.

-Muchos recuerdos de parte de Filomena…

-De “La Tremenda”?- Se atrevió a bromear Campoamor

-Tremenda sigue siendo…

-Me alegra.- Campoamor abrió uno de los cajones de su mesa y sacó un sobre.- El número dos- Y me lo entregó, para entrelazar después los dedos de sus manos y apoyar sonriendo los codos sobre el escritorio.

-El número dos.

De nuevo volví a parar un taxi. Y otra vez abrí el sobre nada más llegué a mi casa. Impaciente por saber, a dónde me llevaría el encargo esta vez.

A Virtudes Ledesma y a mí nos prometieron. Y digo “nos prometieron”, porque yo nunca sentí nada por ella y me consta que ella tampoco por mi. Sin embargo, oficialmente, éramos novios desde hacía tres años y ya habíamos celebrado la pedida de mano. Yo le regalé una pulsera de oro blanco con diamantes, ella a mí un alfiler de corbata de oro en forma de flecha, con un rubí. Virtudes era una chica muy callada, si bien cuando trabábamos conversación la tenía amena e incluso a veces nos reíamos, nuestra relación no se basaba en el dialogo. Nuestra relación no se basaba en nada. Íbamos al teatro, a la ópera, asistíamos a los bailes de sociedad, meriendas, al hipódromo. De haber llegado a casarnos, nuestra vida posterior hubiera sido la misma, con la única salvedad de residir bajo el mismo techo y juntarnos sólo lo absolutamente necesario con el fin de la procreación. Virtudes era una chica guapa, muy rubia, de ojos azules, melena sedosa, con buena figura y modales de princesa. Supongo que cualquier otro hubiera caído rendido a sus encantos, para mi, sin embargo, unos días sin verla, se me representaban vacaciones. La última vez que la vi, fue delante de su portal. Prometí volver en seguida. Espero hacerlo aún a tiempo. Adjunto a esta carta, además de las señas, hay un sobre que contiene algo que le pertenece.”

-La Señora le recibirá en un momento, pase, por favor- La mujer uniformada en blanco y gris, me guió por un amplio recibidor y un pasillo, para darme después paso a un salón inundado de luz, que se abría a tres balcones. No me había resultado complicado dar con la dirección, ya que el edificio se encontraba a dos calles de la casa de mis abuelos, en el Barrio de Salamanca. Una de las mesas que adornaban la estancia, lucía repleta de marcos de fotos en todos los tamaños y gamas de color, desde el blanco y negro, a las más antiguas casi ocres,pasando por las más recientes en color. Uno de los marcos más grandes, en plata con grabados de hojas, guardaba una foto de boda de estudio en blanco y negro, con un novio vestido de uniforme militar de gala y una novia cuyo aspecto me confirmó la existencia de las hadas. Unos pasos a mi espalda me hicieron volverme.

-Si no estuviera segura de que estoy en mis cabales, diría que estoy viendo visiones- La voz de Virtudes Ledesma, correspondía con su aspecto, delicada y armoniosa. Era una mujer alta, con el pelo en una media melena blanca con reflejos rubios, que enmarcaba un rostro que había sido angelical , ahora un tanto ajado por la edad, pero sin perder el encanto. Se apoyaba en un bastón y se acercó a mí midiendo sus pasos- Tú tienes que ser de los Suárez…

-Soy el nieto de Gregorio…- Ella sonrió y me ofreció la mejilla, en la que le di dos besos, luego se dirigió a una de las butacas y se sentó con cuidado, animándome con un gesto a hacer lo mismo en una frente a ella.-

-Micaela trae café ahora mismo…..pues qué alegría, años que no veo a tu abuela, viviendo casi al lado..- La chica uniformada volvió a aparecer, empujando un carro con un servicio de café y un plato de pastas, a mi me sirvió uno con leche, a Virtudes uno solo.- Por la tensión y porque no me gusta la leche…- Me lo aclaró como quien cuenta un secreto que nadie debería saber, ni siquiera Micaela, que, tras servirnos abandonó sijilosamente el salón.- Tú dirás….te miro y sigo sin creérmelo, de verdad…ver para creer- Yo me reí y ella alzó las cejas tras la taza.

-Verá usted..

-Usted? Tan mayor me ves?- Preguntó haciéndose la sorprendida y dejando la taza en el aire.

-Pues verás, Virtudes, Aniceto Campoamor se puso en contacto conmigo…

-Niceto? Qué raro, no?

-El hijo…

-Ah, sigue tal alto?- Y rio divertida, yo asentí, Campoamor era un hombre realmente alto.

-Como decía, se puso en contacto conmigo, mi tío abuelo Bernabé dejó encargado que te devolviese algo- Expliqué al tiempo que sacaba el sobre de dentro de mi bolsa, ella levantó las cejas más que sorprendida.

-A mí? Pues no sé qué le pude yo haber prestado….- Yo le entregué el sobre y ella lo despegó con sumo cuidado. De su interior extrajo un alfiler de corbata de oro con un rubí. Abrió mucho la boca y se llevó la mano a la sien.

-Dios Bendito!….por favor, asegúrame que no me he caido y estoy alucinando cosas sin sentido…que todo es posible…- Yo negué con la cabeza y ella sostuvo el alfiler por un instante ante si.- El dichoso alfiler…- Me miró y suspiró, luego pareció pensar un instante y volvió a sonreir un tanto misteriosa.- Creo que a ti puedo contartelo…si no a quién? No?

-Por mi encantado…

-Toma una pasta, están buenísimas…. en fin. Y ahora…por dónde empiezo?. Nuestro noviazgo era una pantomima. Es una de esas cosas que me alegro que ya no se den, ves?. No sé por qué regla de tres teníamos que ser novios, pero lo éramos y no contentos con eso, nos prometimos. O mejor dicho, me prometieron, porque yo no estaba por la labor…pero yo calladita, decía a todo que sí. Mamá trajo un día el alfiler, y me dijo que ese iba a ser el regalo de pedida para Bernabé…si algo no usaba Bernabé eran corbatas, él era más de pajaritas, y así se lo dije…pero ya estaba comprado y no había más que hablar. Y luego estaba el rubí. En fin…que a mi no me gustaba el alfiler, bueno, lo que a mi no me gustaba era lo que significaba. El comienzo de la cuenta atrás para mi matrimonio con Bernabé. Me vuelvo a aburrir sólo de recordarlo…no me entiendas mal, Bernabé no era en absoluto aburrido, más bien lo contrario, pero yo creo que siento más por este carrito que lo que sentía por él. Además, ni coincidíamos en los gustos…mira, a él le encantaba ir a la ópera, yo tenía que hacer esfuerzos sobrehumanos para no dormirme. Tocaba muy bien el piano, y sabía mucho de música, yo oído el justo para oirte, y canto muy mal. Luego estaban los paseos, aquellos paseos eternos con mamá y papá, o con sus padres, buscando conversación. Un aburrimiento. A mi lo que me gustaban eran los toros e ir al futbol…no te rías, aquí donde me ves…pero cómo se lo iba a decir a mis padres, a los toros se iba cuando había que ir, pero una vez, o dos, por decir que habíamos ido….por mi hubiera ido siempre que hubiera habido ocasión, y soy “colchonera”. Y muy orgullosa. Y no me digas que porque me gusta sufrir….porque lo estamos haciendo muy bien…..es que hasta te ríes igual….ver para creer. Quedar con Bernabé…y hacer cábalas de cómo no dormirme, era uno. El dieciocho de julio cayó en sábado, hacía un día espléndido, y cómo no, tocaba paseo….vino a buscarme a media mañana, no sé por qué fuimos solos, y él tenía como prisa….no sé, dimos un par de vueltas por aquí, nada fuera de lo común…eso sí, había mucha gente por la calle, de eso sí que me acuerdo, ves?…y que le pregunté qué se estaría celebrando que no nos habíamos enterado, llegamos a mi portal y él se acordó de que tenía que decirle algo a su padre…me dijo que le daría el recado y que volvería en seguida. Esa fue la última vez que le vi. Esa noche estabamos oficialmente en guerra unos contra otros. Que desapareciese fue lo mejor que me pudo pasar. Todos se preocuparon y le buscaron por todas partes, supongo que esperaron de mi que fuese una Magdalena y me hundiese en un pozo de tristeza….pero no. Porque sabía que Bernabé estaba bien. No sé por qué…pero tenía ese pálpito…y tú no has hecho más que confirmármelo. Durante la guerra conocí al que después sería mi marido, Hugo…vino a explicarnos…cómo era? “Formas de evacuación y salvamento” o algo así…pero sólo evacuó mi mente y salvó mi corazón….ríete pero es cierto…..llegó a Coronel. Tuvimos seis…tras, tras..uno después de otro, cuatro chicos y dos chicas, ya no sé los bisnietos que tengo, la última vez casi no cupimos en la foto….está por ahí. Sabes una cosa? Todavía tengo la pulsera, que era divina y sigue siendo…lo que voy a hacer es ponerme el alfiler sujetando el pañuelo que siempre llevo, y voy con la moda….porque todo vuelve. Todo. Incluso los que piensas que no lo harían nunca más.

Campoamor me recibió ya con el tercer sobre en la mano, apoyado en su mesa de despacho cuan largo era, le conté de Virtudes y su aficción al futbol colchonero, él sonrió y sacando su cartera del bolsillo, extrajo un carnet de socio. Me guiñó un ojo, y me entregó el sobre.

-Número tres…

-Este viene con esta caja, cuidado que rompe- Me advirtió, al tiempo que me alcanzaba una bolsa de plástico blanca, que contenía una caja de cartón.

-Qué es?

-Cada cosa a su tiempo, Sr. Suarez.

Por no romper la tradición que yo mismo había empezado, paré un taxi para volver a casa. Y allí, conocer los detalles de mi nueva misión.

No muy lejos de la casa de mis padres, había una tienda de ultramarinos “Ultramarinos Carreira. Productos de Ultramar”. Los únicos productos que se podían considerar de “ultramar” que allí se vendían era el bacalao noruego y los arenques en salmuera, pero por lo demás era un ultramarinos muy bien surtido, que cubría las necesidades de la vecindad que ocupaba. El propietario era un gallego de Padrón, Venancio Carreira, hombre simpático y amable donde los hubiera. Su hijo Ovidio, era el encargado de servir los pedidos a los domicilios. Era un chico un poco más joven que yo, corpulento y fuerte, tan simpático como su padre, al que le gustaban los chistes malos y tenía una risa atronadora. Además tocaba la mandolina, y sabía afinar pianos, con lo cual en algún lugar debía de haber estado escrito que él y yo no haríamos amigos. Madrid iba de mal en peor, por todas partes había manifestaciones, altercados e incidentes violentos. La tarde del diecisiete de julio, mi amigo Amos (ya habrá tiempo de hablar de él),que trabajaba en el consulado general de Estados Unidos, me llamó por teléfono, para confirmarme lo que llevaba semanas temiendo. Era cuestión de horas que la situación desembocase en un golpe de estado. Me contó que al día siguiente por la tarde, él abandonaría el país, y me invitó a hacerlo con él. Yo pensé en mis padres, en mi hermano, y en Sara. Sara. Le dije que si me iba, sería con ella. No puso impedimento. Me impuso discreción y me dio las intrucciones de cómo llegar al lugar del encuentro. Un lugar del que nunca había oído hablar, lejos de Madrid. Corrí a casa de Filomena. Sabía que ella tenía siempre metálico consigo. Después busqué a Sara en el teatro. Pero no la encontré. Nosotros teníamos coche. Incluso un chófer. Pero cogerlo levantaría sospechas y preguntas que no necesitaba. De vuelta a casa, ensimismado en las maquinaciones de mi huida, pasé por delante del ultramarinos. Ovidio me llamó desde el callejón al que daba la trastienda, apoyado en una flamante camioneta. Te mentiría si te dijese que vi a Ovidio. Yo sólo vi, en aquel momento, la camioneta.Y no lo pensé dos veces. Él me quiso explicar algo, pero yo lo cogí del brazo y le hice entrar en la camioneta. Le expliqué, sin entrar en demasiados detalles, lo que necesitaba de él al día siguiente. Y para mi sorpresa, aceptó. Sin necesidad de cómos o porqués. Quedamos de encontrarnos en ese mismo sitio, al día siguiente a las cinco , ya que, tras leer las instrucciones del lugar que me había dicho Amos, calculó que, al menos, necesitaríamos una hora o más hasta allí.

Decidí ir en busca de Sara. Recorrí todos los talleres de costura en los que, recordaba me había dicho, a veces ayudaba. Di con ella en el último. Le conté mi plan, y el punto de encuentro. Me dijo que sí. Que allí estaría. Yo no trabajaba esa noche en el teatro, así que quedamos de vernos, al día siguiente, a la hora acordada. Recuerdo que me abrazó muy fuerte, y me dio un beso.

Al día siguiente, dieciocho de julio, Ovidio y yo nos encontramos como habíamos quedado. Como excusa, le había dicho a su padre, que iba a recoger unas cebollas que tenían encargadas. A las seis ya comenzamos a oir tracas, como de petardos. Son tiros, me dijo él. Y me apremió a irnos. Sara. Allí estaré,me había dicho. El ruido. Recuerdo el ruido. De pronto había mucho ruido. A las seis y cuarto, Ovidio me agarró del brazo. Ya no viene, y tú te tienes que ir, me dijo. En la parte de atrás de la camioneta, había colocado un enorme cesto, me dijo que era mejor que me escondiese allí. Y así hice. Me tapó con un montón de sacos, y lo cerró sobre mi.

Perdí la noción del tiempo. Noté que nos pararon un par de veces, pero el viaje continuó después sin más problemas.

Cuando volvió a abrir la tapa, y me liberó de los sacos, anochecía. Estábamos en medio de un páramo, en lo que que yo di en identificar como “ninguna parte”, a poca distancia distinguí un aeroplano,ya en marcha, y a Amos, haciéndome señas con los brazos junto a él. Me despedí de Ovidio con un fuerte abrazo. No sé cómo podré agradecértelo nunca, le dije. Cuando vuelvas, tráeme una botella de Chivas Regal, me dijo. Hecho, prometí. Y me alejé hacia donde me esperaba Amos.

Junto a esta carta, encontrarás una caja de cartón. Debes entregársela,bajo las señas indicadas, a su legítimo propietario.”

-Hace dos años que no conoce a nadie. Está fuerte como un roble, y nos agota caminando, no creas, pero para él somos auténticos desconocidos….a veces nos trata de usted- Venancio Carreira, el hijo de Ovidio, me recibió al día siguiente a primera hora de la tarde, en su casa de las afueras de Madrid- siempre me contaba la historia cuando era niño, para él supuso toda una aventura, ven, está en la sala viendo el telediario…..”el parte” como él lo llama, es lo único que le gusta ver- Me guió hasta la sala, situada al fondo de la casa. Ovidio estaba sentado en un butacón frente al televisor, donde un locutor decía en aquel momento las noticias, él observaba concentrado las imágenes, ayudado de unas gafas, aún sentado, seguía siendo un hombre corpulento.- Papá?, mira, tienes visita- Anunció Venancio, Ovidio apartó la vista del televisor y su mirada vagó lenta hasta nosotros, tras parpadear dos veces, se quitó las gafas.

-Bernabé! Hombre! Volviste, macho! – Exclamó, al tiempo que se incorporaba sin dificultad alguna, Venancio y yo nos miramos sin dar crédito y sin poder articular palabra- Ven aqui!Déjame darte un abrazo, hombre!- Y me vi engullido por un abrazo proporcional al tamaño de su persona, su hijo hubo de intervenir para que no me rompiese las costillas.

-Papá, ven, ya está…ven- Ovidio me soltó al fin, y me miró con una sonrisa exultante, que iluminaba su rotundo rostro, Venancio le guió otra vez hasta el butacón y apagó la televisión, invitándome tomar asiento en otra butaca.

-Ves? Hombre de poca Fe….te dije que volvería…- Replicó Ovidio señalándome, pero dirigiéndose a su hijo, quien asintió aún sin salir del todo de su asombro.

-Ovidio….te he traido algo- Acerté a decir, Ovidio parpadeó un par de veces, pero permaneció en silencio, yo miré a Venancio, buscando su aprobación y éste me la dio con un gesto de sus cejas. Extraje entonces la caja de cartón de mi bolsa, y la abrí. Dentro había una botella de Chivas Regal de treinta años. Venancio soltó un silbido, Ovidio dio una palmada y soltó una carcajada que atronó la sala.

-La primera vez que vi despegar un bicho de esos, allá…dónde era?…lejísimos…..en unas eras….y bruuuuumbrummmm ziiiisch allá voló- E hizo con su mano un movimiento que quiso imitar el depegue de un avión- Neno…trae vasos! Volviste, Bernabé….ves? Qué te dije….hombre de poca Fe?…- Y quiso coger la botella, pero su hijo se adelantó- trae vasos…neno!- Venancio le acarició un hombro, y me guiñó un ojo sin que él se diese cuenta.

-Voy…sólo faltaría!- Exclamó, luego se dirigió a una aparador donde había vasos y botellas.

-A la vuelta, a mitad de camino…me confiscaron la camioneta, macho…un poco más y se chafa el plan….- Yo asentí, incapaz de hacer otra cosa al observar la sincera emoción en sus ojos, Venancio regresó con tres vasos de whisky mediados con un liquido ambar, que nos entregó. Ovidio fue el primero en alzarlo.

-Por todos los que no volvieron! Ea!- Exclamó, y el nudo en mi garganta se acabó de romper, como también observé en el hijo, y ambos acudimos a tomar un sorbo del mosto de nuestros vasos, Ovidio se tomó el suyo de un trago y después soltó un suspiro satisfecho.- Volviste, Bernabé..ves? Qué te dije, hombre de poca Fe?

La fugaz clarividencia de Ovidio me acompañó días, y después volví a retomar mis visitas a Campoamor. En esta ocasión sobre su mesa, además del sobre, había un precioso ramo de flores compuesto de tulipanes en tonos naranja y tallos de verde, en perfecta combinación.

-Muchas Gracias, Sr. Campoamor, no tenía usted porqué..- Bromeé a la vista del ramo, Campoamor sonrió con su amabilidad habitual y cogió el sobre.- Ovidio me creyó mi tío….fue..no sé como explicarlo…

-Esos momentos son como estrellas fugaces, Sr. Suárez, hay que disfrutarlos en el preciso instante en que suceden…

-No hubiera podido describirlo mejor….

-Número cuatro?

-Número cuatro

A veces pienso que el taxi que siempre paraba, era el mismo, pero la verdad es que nunca me fijé.

Conocí a Sara Bejerano cuando comencé a trabajar en el teatro. Ella era la que se encargaba del atrezzo y su mantenimiento, ya que era modista. O como ella solía decir, “costurera”. Me enamoré de ella sin remedio, y ella de mi. Llevar una doble vida no es fácil. Durante el día vivía según unos cánones completamente impuestos, por la noche cómo yo quería y con quién quería.Y esa persona era Sara. No era muy alta, y siempre llevaba el pelo suelto, una melena caoba, con la que ella jugaba a su antojo, en todo el tiempo que estuvimos juntos, sólo le conocí un abrigo, de lana roja, que había hecho ella misma, como todo lo que vestía. Yo le decía que tenía ojos de ardilla, por lo vivos que eran, y ella me respondía que debía postular para ser galán de película, por las tonterías que se me ocurría decir a las chicas. Sara era hija única, y vivía con su madre, una mujer viuda, enlutada y siempre triste, que, a veces, la acompañaba al teatro. Yo nunca me hubiera casado con Virtudes. Yo quería casarme con Sara Bejerano. Cuando la situación en Madrid comenzó a complicarse, se lo planteé. Nos casaríamos y le presentaría a mis padres los hechos consumados, en el amplio sentido de la palabra. Y ella estaba de acuerdo, incluso comenzó a hacer bozetos de cómo querría que fuese su traje de novia. Sara. Cuando Amos me confirmó lo que yo ya temía, y me planteó la huida, la busqué y le dije que nuestro momento había llegado. A veces aún siento su último abrazo, y aquel beso. También el último. Allí estaré, me dijo, y me acarició el rostro. Allí estaré. Sara. Pero no acudió a la cita.

Quise suponer que no quiso abandonar a su madre. Quise suponer que le dio miedo dar el paso. Quise suponer muchas cosas, pero la única cierta es que Sara se quedó mi corazón en empeño y nunca lo recuperé.

Sara no sobrevivió la guerra. Murió en un bombardeo. Uno de tantos. No sé dónde está enterrada, supongo que en una fosa común, en algún lugar. Pero sí sé dónde está la tumba de su madre. Adjunto a esta carta, encontrarás un ramo de tulipanes, la flor favorita de Sara, y los datos necesarios para dar con la tumba.”

La tumba de Dña. María del Carmen Sánchez Portón, se reducía a una pequeña placa de piedra,con su nombre grabado, sobre la tierra de un cementerio situado entre dos pueblos de la sierra.Deposité el ramo sobre ella, y miré a mi alrededor. Yo era el único visitante. 1895-1940. Sólo contaba con cuarenta y cinco años. Respiré hondo. Y me encaminé a la salida.

Encontré a Campoamor llenado una caja de embalar con libros que recogía de las estanterías de su despacho, en el que ya se apilaban tres más. La estancia, antes un tanto abigarrada, estaba ahora un poco desangelada.

-Se muda usted?

-Este es mi último caso, cedo el mando a mi hijo, ya va siendo hora…

-Aniceto…-Campoamor sonrió y asintió.

-Si, la cuarta generación ya…

-Es también tan alto?- Quise saber, Campoamor no pudo evitar reirse.

-Un palmo más que yo….tiene unas oficinas nuevas, con ascensor y toda la pesca, estas las mantedremos….como recuerdo, supongo…- Explicó haciendo un gesto desvaído con la mano.

-Dígame que el quinto no me lleva también a un cementerio- Fingí rogar, alcanzándole un libro de la estantería, él negó con la cabeza, sin perder la sonrisa.

-No puedo adelantarle nada, Sr. Suárez….pero con este sobre termina mi cometido, y como la ocasión lo requiere, me he permitido una libertad- De una zancada, acanzó el extremo opuesto del despacho y abrió la puerta de uno de los armarios, tras la que se escondía una pequeña nevera, de la que extrajo una botella de cava. Yo no pude evitar mostrar mi sorpresa.

-Cosas de mi padre….en esa estantería están las copas- Me indicó, al tiempo que, con ayuda de una bayeta liberaba la botella del corcho, que cedió sin liberar apenas espuma, le pregunté cómo lo lograba, él me guiñó un ojo- Práctica, amigo mío, mucha práctica.-Y llenó las dos copas con el cava- Antes de coger la suya me ofreció la mano- A propósito, yo soy Niceto, me parece absurdo brindar tratándonos de usted- Yo reí y se la estreché.

-Bernabé, encantado- Y cogimos nuestras copas.

-Por las cosas por venir- Sugirió él

-Y que todas sean buenas- Añadí yo.

El taxista casi tuvo que despertarme cuando llegó a la dirección que le había dado. Sin proponérnoslo, Aniceto Campoamor y yo, nos habíamos acabado la botella entre los dos.Muy a mi pesar, hube de dejar la lectura del quinto sobre para el día siguiente.

Amos Prescott se relajaba bailando claqué. Tenía una tabla en su oficina, y cuando lo creía necesario, se calzaba los zapatos de baile y comenzaba a bailar sobre ella, improvisando la melodía con el tiptap de las suelas. A veces, se subía al escenario y acompañaba a las coristas levantando las piernas con ellas al compás, o se sentaba conmigo a cuatro manos al piano. Cuando llegaba al teatro se transformaba en el motor de la fiesta, y la vivía con todo su ser, para después, ya al alba, marcharse a casa, darse una ducha, tomarse un café solo, y llegar puntual a su trabajo, como asistente en el consulado general de Estados Unidos en Madrid. Amos Prescott era homosexual, y estaba enamorado de mi. Él mismo me lo confesó, para añadir después que ya tenía asumido que no iba a ser nunca correspondido y que entendería si a partir de aquel momento le dejase de hablar. Amos Prescott es mi mejor amigo. En lo meses que precedieron al comienzo de la guerra, le había manifestado muchas veces que, en el caso hipotético de que todo desembocase en un conflicto bélico, no quería empuñar un arma, ni mucho menos usarla para matar a nadie en defensa de ninguna idea. No tenía madera de héroe ni alma de mártir. Yo sólo quería poder vivir algún día de mi música, con Sara. En paz. Por eso me avisó del golpe de estado, cuando nadie lo sabía aún. Amos se movía en muchos círculos, y sabía muchas cosas, que no siempre podía contarme.

Te ahorraré nuestro periplo hasta que llegamos a Estados Unidos, cerca de un mes después. Nos asentamos en Boston, dónde conseguí trabajo en un conservatorio como profesor de piano, Amos continuó trabajando para el gobierno,en diferentes posiciones. En el conservatorio conocí a Meredith Mulligan, que era profesora de arpa. Nos casamos poco después, y yo adopté su apellido, pasándome a llamar a partir de entonces Bernabé Mulligan. Tuvimos un hijo, al que llamamos como mi padre, Sebastian. Amos fue su padrino y lo quería como suyo. La vida puede dar giros irónicos en ocasiones. Yo huí de una guerra por no querer luchar en ella. Y una guerra, la de Vietnam, nos arrebató a Sebastian. Amos fue en persona a encargarse de la repatriación del cuerpo. Meredith nunca consiguió recuperarse, yo me refugié en mi música y en mis clases. Cuando Meredith murió, volvimos a quedarnos solos, Amos y yo. Fue entonces, cuando se me ocurrió este plan y, haciendo uso de los contactos que Amos aún tenía de sus años en el Gobierno, pudimos trazarlo y dar contigo.

Cuando leas esto yo también me habré ido. Ahora sólo queda él.

Junto con esta carta te adjunto un billete abierto de avión y los datos de contacto de Amos. Es necesario que vayas a Boston. Él estará esperándote”

Amos Prescott era la única persona en la zona de salida de pasajeros, que no sostenía un cartel con un nombre. No era un hombre muy alto, llevaba un abrigo de lana azul y tenía el pelo canoso que enmarcaba una facciones algo marcadas, suavizadas por sus enormes ojos negros. Cuando me vio aparecer, sonrió.

-Ahora si que puedo creer en la clonación humana- Saludó, antes de darme un abrazo, yo me reí.

Cogimos un taxi, en el exterior de la terminal, que pronto se perdió en el tráfico de la autopista.

-Yo ya no conduzco, mis ojos no ven como antes

-No tienes ni un poco de acento…- Él me sonrió y enarcó las cejas.

-Llevo más años hablando español que inglés…además me gusta más

-A dónde vamos?

-A tu casa- Le miré sin saber qué decir- En Beacon Hills- Y volvió a sonreirme tranquilo.

Poco después, el taxi paró en la calle que Amos le había dicho al conductor.

Yo saqué mi maleta del maletero y me fijé entonces en el edificio ante el que estábamos, una casa unifamiliar de tres plantas a la que se accedía por una escalera de cuatro peldaños. Amos me indicó con un gesto que subiese los escalones, y, sin perder la sonrisa, me entregó la llave.

La giré entonces en la cerradura. La puerta se abrió con suma facilidad.

Échame a mí la culpa.

Nos presentó Moncho. No me acuerdo dónde. Pero había más gente, tú estabas con unas amigas. Te pedí el teléfono y te llamé al día siguiente. No tuvimos un noviazgo largo. Tú me dijiste que no querías ser una novia eterna, y yo no tenía nada en contra de ponerlo todo por escrito. Yo empecé en el banco y tú te quedaste en casa mientras no encontrabas algo. Eso dijiste. Pero eso no cambió. Moncho y Carmela tuvieron a Daniel al poco tiempo. Ricardo y Teresa a Silvia. Poco a poco nuestro círculo de amigos nos fue rodeando de niños, y, sin querer, a ejercer una especie de presión silenciosa. Porque nosotros no teníamos. No venían. Y no era por no intentarlo. Ese no era el problema. A tí no parecía importarte, ya vendrán, les decías. Ya vendrán. Pasaron tres años y seguían sin venir. Y a mí comenzó a importarme. Porque veía a los otros con sus niños, y no podía evitar sentir una inmensa envidia. Y te lo dije. A tí seguía sin importarte, pero aceptaste mi propuesta de consultar un médico. Tú lo buscaste. El Dr. Moyano, en la capital. Te pregunté por qué no íbamos al tuyo, y me dijiste que aquel era mejor. Y yo te creí. Recuerdo que tuve que pedir un día en el banco. Nos hicieron pruebas de todo tipo. Sólo les faltó la de Rayos X. El Dr. Moyano nos dijo que en un mes tendrían los resultados y que ya nos llamarían para concertar otra cita. En esa época Ignacio y yo abrimos la gestoría. Por las mañanas el banco, por las tardes la gestoría. Un sábado por la mañana, me presentaste una carta. Había llegado el día anterior, pero no quisiste abrirla sin mi. La culpa era mía. Mi porcentaje de infertilidad era total. Por eso no venían. Recuerdo la pena súbita que sentí. Tú me abrazaste, y me dijiste que a tí eso no te importaba. Que me querías. Sobre todas las cosas. Y que lo importante era que nos teníamos el uno al otro. No necesitábamos nada ni a nadie más. Y lo hicimos, como para confirmarlo. Nos comenzó a ir muy bien. Los contactos correctos, el momento indicado. Nos hicimos grandes. Comenzamos a aparecer en la foto. Tú quisiste que nos mudáramos a una villa. Yo te dije que iba a ser demasiado grande para los dos solos. Tú argumentaste que así podríamos recibir gente sin molestar a los vecinos. Te propuse adoptar, en aquel momento era relativamente sencillo. Nos teníamos el uno al otro, me dijiste, no necesitábamos a nadie más. Treinta años. De regalo te llevé a París. Treinta años.

La conocí porque comenzó a trabajar en Contabilidad. Divorciada. Ni joven ni mayor. En mi misma onda. Conectamos enseguida. Y sucedió. Comenzamos a vernos. Sin pensar en nada más. Sin mirar a los lados antes de cruzar, como se suele decir. Hace dos días vino a mi despacho a primera hora. Y me presentó un predictor positivo. No supe cómo reaccionar. Opté por explicarle mi problema. Y ella me explicó su ciclos. Ahora sé que el cuerpo femenino es lo más parecido a un ingenio de relojería. Incluidos los retrasos. El silencio puede pesar. Y en él nos sentamos ella y yo, para tratar de comprender lo que estaba pasando. Después busqué el teléfono del Dr. Moyano. Ya está jubilado, pero sigue acudiendo diariamente a su consulta. Ahora es una clínica. Aceptó gustoso recibirnos. Le expliqué lo que había pasado y él lo escuchó todo. Hasta el final. Luego se incorporó y abrió un armario, que estaba repleto de carpetas. Nuestro caso ocupaba la número cuatro. Me entregó los resultados de nuestras pruebas. Nunca habíamos pasado a recogerlas. Ambos diez de diez. Todo correcto. Via libre. Él entonces había asumido que nuestras dudas se habían resuelto por si mismas, a la vista de los datos. Me dio una copia. Nos deseó lo mejor.

He hablado con Ignacio. Siempre le había considerado un hermano. Él sólo me lo confirmó. Tenemos contactos lejos. Y allí nos iremos. Los tres.

Sólo he pasado a recoger mi pasaporte y escribirte esta nota. Ignacio enviará a alguien a por el resto de mis cosas.

No encabecé esta carta con una demostración de sentimiento hacia ti, porque ya no te quiero. No la acabaré midiendo el tiempo hasta nuestro reencuentro.

Porque no te quiero volver a ver.