Cápsula

-Hemos encontrado una cápsula

-Una cápsula..

-Si, una cápsula, ahí, la ve?

-Pues…

-Es algo normal, suele pasar…que se formen cápsulas…

-Y cómo ha llegado ahi?…quiero decir…

-No llegó ahí desde ningún sitio….se formó, suele pasar..

-…

-Es una operación sencilla, con anestesia general y todo el titingó….pero simple

-Qué es el titingó?…

-Todo lo que conlleva una cirugía, lo normal, nada de qué preocuparse…

-Pero no es mortal..

-El qué?

-La cápsula esa…- El médico hizo girar el bolígrafo que tenía entre los dedos y guiñó levemente los ojos.

-No…lo que sí tiene que hacer es beber mucha agua, dos litros al día mínimo, sin gas, eso sí…

-Por qué sin gas?- El médico levantó las cejas y miró hacia la ventana al tiempo que hacía girar el bolígrafo entre los dedos otra vez, volvió a él y parpadeó varias veces.

-Mejor sin gas, así no hincha…

-La cápsula…

-No, usted…

-Ya

-Pida cita fuera para preparar el preoperatorio, y no se preocupe, lo dicho, nada fuera de lo normal…- Luis María se incorporó para irse y tras estrecharle la mano se dispuso a salir de la consulta- ah…y procure no hacer movimientos bruscos o caerse, la tenemos localizada, pero nunca se sabe…- Luis María asintió y abandonó la consulta, cerrando la puerta tras si.

Una cápsula, pensó mientras caminaba hacia casa, cómo se me ha podido formar una cápsula, y sobre todo, de qué, porque esas cápsulas serán de algo, digo yo, algo mio de dentro, porque yo no me tragué ninguna cosa de ese tamaño jamás, ni canicas de pequeño, como hacía mi hermano, que beba agua, dos litros nada más ni nada menos, con lo poco que bebo yo, con dos vasos me llega para todo el día, pero qué se le va a hacer, y cómo me la extirparán?, porque esa es otra, a lo mejor me la destruyen con láser, o me la aspiran con esas aspiradoras que tienen ellos, mira que si me meten a los encargados de hacerla desaparecer en un submarino minúsculo y me los inyectan, como en aquella película….recuerdo que se perdían, si eso ocurriera con los míos, cómo iban entonces a dar a tiempo con la cápsula, porque lo de que sean tan minúsculos tiene una duración limitada y entonces volverían a su tamaño original, pero dentro de mi, qué horror, entonces ni cápsula ni nada, allí los rescataban en una lágrima, eso iba a ser imposible conmigo, porque no lloro, nunca, me emociono un poco, pero llorar lo que se dice llorar, Luis María, tú no lloras, ni siquiera con aquella de aquel perro, que esperaba al dueño que se había muerto, en la estación, Encarna se puso a morir, yo ni plin, supongo que me pondrían colírios o algo, otra cosa es cómo iban a abrirse camino hasta mis ojos, y cómo iban los de fuera a saber por cuál ojo iban a salir, bueno, hoy en día estarían conectados, y se mandarían mensajes, como hacen los astronautas, o la cápsula explota antes, por eso lo del gas, porque si yo hincho, ella también, por lógica, y entonces qué?, si bebo tanta agua y va y explota, apaga y vámonos, como para que no me pille en casa, y cómo lo explico, es que tengo una cápsula, me confunden con lo que no soy, no me dejan explicarme, supongo que me pondré además a sudar frío, porque a tí, Luis María, en tales situaciones, se te da por sudar frío, y entre eso y la inundación interna, apaga y vámonos, y a ver como se lo explico yo a Encarna, con lo agobiada que es, es capaz de acompañarles en el submarino.

Todavía sumido en esas divagaciones, Luis María sacó las llaves del bolsillo de su cazadora y abrió la puerta de su casa. Encarna, su mujer, salió de la cocina al pasillo a recibirle, en delantal, y blandiendo una espumadera.

-Menos mal que llegas que ya estaba a punto de subir por las paredes que ni el espiderman ese no sabes lo que le ha vuelto a ocurrir a tu hijo porque es tu hijo yo lo parí pero es tuyo pues a tu hijo se le ha vuelto a romper la pantalla del móvil otra vez no le bastaba con una que ahora van dos y va y me dice que si le doy dinero para otro el muy carota que hace nada que le compramos este y ahora quiere otro pues que le ponga cinta celo o tiritas o que se comunique por tam-tam o que use las cabinas como hacíamos nosotros y estamos aquí que no nos pasó nada que cinco duros daban para una conversación larga ya ya me dice ya ya y luego está tu hija que salió a mi madre en eso y necesita otra vez ceñidores porque lo suyo no es espetera son “Los cañones de Navarone” como mi madre no la veas ahora yo la Plana Mayor que te voy a contar que no sepas y voy a ir con ella de expedición porque ir con tu hija es ir de expedición acabo como Cabeza de Vaca cuando vio por fin el otro lado pero con la diferencia de que yo tengo que volver atrás porque allí no es ya sabes como es ella de original en sus actos. Y acabo de freir las patatas, ahora voy con los huevos, tu quieres uno o dos?

-Uno

Isla Margarita

Mi vestido era de organdí azul cielo. En un principio iba a llevar un lazo gris perla en la cintura,con una voluminosa lazada detrás, pero mamá acabó cediendo a mi idea de que con la lazada iba a parecer una niña con moño-coca y un vestido largo, así que el lazo gris perla se quedó, pero sin lazada. No recuerdo de qué color eran los zapatos. Pero no eran blancos. De blanco sólo puede ir tu hermana. Tenían hebilla. De eso sí me acuerdo.

El vestido de mi hermana parecía como de una de esas damas de los grabados de la Edad Media, con cola y el cuello subía en un capuchón blanco muy tieso bajo el que emergía la cabeza de Consuelo, con un moño alto y tirante que, a mi modo de ver, le achinaba la expresión. Pero yo no dije nada. El que sí había dicho algo había sido mi hermano José Enrique. Según él, había sido un acierto no celebrar la boda en la capilla de los Padres Capuchinos, ya que así no confundiríamos a Consuelo con uno de ellos llegado el momento. Consuelo se había puesto a llorar. Y mamá había reprendido a mi hermano. Papá se había limitado a quitarle importancia. José Enrique se había reído. Yo también. Porque todo lo que había dicho o hecho hasta entonces mi hermano, siempre me había hecho gracia.

El vestido de mamá era azul cobalto, de una tela tan tiesa que no le permitía casi moverse, coronado por una mantilla española negra clavada tras una especie de tupé „Arriba España“ y su inseparable collar de perlas, que se arreglaba incesantemente, como siempre que estaba nerviosa.

Una vez Consuelo estuviera vestida, el tío Nemesio nos llevaría a mamá, José Enrique, la tía Carmela y a mí en el coche hasta la iglesia, papá se quedaría con Consuelo hasta el momento de hacer su aparición estelar, como había dicho mi abuela. Cuando nos íbamos, mamá me envió a buscar a José Enrique a su cuarto, pero no estaba allí. Habrá ido ya a pie, dictaminó papá. Por los nervios, dilucidó mamá.

Cuando llegamos, Hipólito, el novio, ya estaba allí, saludando a los invitados que iban llegando. Mamá me susurró que con él podría hacerse una guitarra, y me acuerdo que me reí.

En el bullicio de los saludos en la escalinata de la iglesia, mamá me preguntó si no me acordaba de Conrado, y él me dio dos besos. Conrado era el mejor amigo de Hipólito. Habían ido juntos a estudiar ingeniería a Madrid, y yo le recordaba de verle a veces con Hipólito, pero nunca había hablado con él. Desde la perspectiva de mis recién estrenados dieciocho años, mi futuro cuñado y sus amigos con veinticinco se movían en una órbita distinta a la mía. A Conrado le gustó mi vestido, y me puse colorada, él sonrió. En eso estábamos cuando apareció Fuensanta, cuñada de Hipólito, que estaba casada con su hermano Maximino. Había llegado sola en un taxi, llevaba en brazos a su hijo pequeño Rodrigo y de la mano al mayor, Alfonso.

-Y Maximino?- Lo preguntó nada más alcanzar el primer peldaño de la escalinata, después de haberle buscado entre los presentes, alguien se le acercó y le cogió a Rodrigo de los brazos. Nadie supo darle razón. Su suegra quiso saber por qué no habían venido juntos, y Fuensanta explicó que él había salido con la excusa de despejar un poco la cabeza y no había regresado, y que por eso ella había tenido que venir en taxi. Su suegra se había colocado bien la mantilla sobre los hombros, pero se abstuvo de decir nada, fingiendo buscar algo en la distancia.

Cuando entramos en la iglesia, nos dirigimos al que sería nuestro banco, y mamá echó otra vez de menos a José Enrique. Conrado, que seguía con nosotras, le confirmó que no estaba tras echar un vistazo rápido a los bancos ya casi totalmente ocupados. Mamá se arregló entonces el collar de perlas, a punto de perder los nervios y le buscó también con angustia en la multitud. Pues habrá vuelto a casa, supuso, buscando la voz, se habrá puesto malo o algo, y buscó sentarse. Conrado consultó el reloj, faltaba media hora para que llegase mi hermana. Mamá le miró desde el fondo de su angustia y luego me miró a mí.

-Conrado, acompaña, por favor, a la niña a casa, y mira si está allí- Y su voz casi se había quebrado en el ruego, Conrado asintió y se acercó a unos de sus amigos, al que explicó algo que no pude oir y éste le entregó las llaves de su coche. Recuerdo que yo no sabía lo que tenía que hacer, y Conrado me ofreció su brazo y salimos muy rápido de la iglesia. El coche de su amigo estaba aparcado casi enfrente, y Conrado salió disparado con él hacia nuestra casa. No hablamos nada en el trayecto, él atento al denso tráfico del sábado, yo sin atreverme a mover un músculo al verme por primera vez sola, con un hombre casi desconocido, en un habitáculo tan reducido. Tras aparcar, casi a la carrera, fuimos hasta mi casa. El lento subir del ascensor hasta nuestro piso, se nos hizo eterno, y a mí, con los nervios, se me calleron la llaves, dos veces, al intentar abrir la puerta, teniendo finalmente que hacerlo él. Consuelo y papá ya se habían marchado. Mi casa, envuelta en el desorden típico de los prolegómenos de una boda, estaba desierta. Llamamos a José Enrique, varias veces, yo fui hasta su habitación, a la cocina, y al cuarto de la plancha, donde también teníamos el botiquín, por si acaso le hubiese dado algo allí. Sin éxito. Entonces, al regresar al recibidor por el pasillo, vi a Conrado entrar en el despacho de papá, y le seguí. Tras comprobar que mi hermano tampoco estaba allí, íbamos a irnos, cuando Conrado se percató de un sobre blanco sobre la impoluta mesa de despacho de papá. No estaba dirigido a nadie. Conrado lo abrió y extrajo una hoja de papel doblada en cuatro. Su rostro se descompuso. Y después perdió el color. Buscó apoyarse un instante en la mesa, y se recompuso, tras carraspear. Yo le miraba sin entender nada. Le pregunté qué ocurría y quise saber qué ponía la carta.

-Esto no se lo puedo hacer a Hipólito- Dijo entonces, negando con la cabeza- es su día y el de Consuelo- Yo seguía sin entender nada, y me estaba comenzando a asustar, de repente a nuestro alrededor la casa se había convertido en una tumba de silencio.Conrado metió la carta otra vez en el sobre, y éste en un bolsillo interior de la chaqueta de su traje, luego se volvió hacia mi y me sujetó con suavidad los brazos.- Maripaz, esto no ha ocurrido nunca, de acuerdo?, nosotros no encontramos nada, Luis Enrique no estaba en casa. Nada. No vimos nada- Yo asentí, sin saber a qué, y él me dio un beso en la frente- Bien. Y ahora tenemos que llegar a tiempo a una boda.

No recuerdo el viaje de vuelta, pero sí que llegamos justo para ver entrar a Consuelo con papá. Entramos por un lateral, yo me coloqué junto al tío Nemesio, Conrado junto a Fuensanta, no sin antes mentirle la más bonita de sus sonrisas a mi madre al tiempo que hacía un gesto desvaído con la mano, que, de alguna forma, la tranquilizó, porque, respiró hondo sin arreglarse el collar de perlas y se concentró en ver llegar a su hija mayor al altar, donde ya la esperaba un emocionado Hipólito.

Conrado salió junto a mí en todas las fotos que se hicieron ese día, cogidos del brazo, los dos únicos rostros serios en un mar de sonrisas.

El tío Nemesio nos llevó a mamá y a mí a casa cerca de la medianoche, al entrar, mamá, automáticamente, llamó a José Enrique, pero sólo le contestó el silencio. No se arregló el collar, sólo negó con la cabeza y me pidió que cogiese dos aspirinas del botiquín. Una para ella y otra para mi. A mí no me dolía la cabeza. Simplemente no sabía cómo pensar. Ni qué.

Nos despertó el insistente timbre de la puerta a las ocho de la mañana. Papá salió a abrir, malponiéndose el batín, jurando por lo bajo contra aquel que osaba molestar a esas horas de un domingo-trasboda, yo le seguí por el pasillo, sin bata ni zapatillas. Era Fuensanta. Envuelta en un convulso llanto, vestida de cualquier manera, aferrada al brazo de su padre, quien no tenía mejor aspecto. No hizo falta que preguntásemos qué había pasado. Fuensanta lo gritó nada más entrar, cerrando los puños en lo alto, su rostro en una mueca de desesperación. Maximino se había ido con José Enrique. Recuerdo que papá y yo, por un instante fugaz, no supimos reaccionar, como si una especie de maleficio nos hubiera convertido en estatuas allí mismo, del que nos liberó un nuevo grito, esta vez de Ernesto, el padre de Fuensanta, quien se había llevado la mano al pecho.Entonces, Mamá llegó corriendo, en camisón, preguntando si era algo con José Enrique. Y todo se hundió en un pozo de llantos y gritos. Yo no grité. Ni lloré. Me alejé sin que nadie se diera cuenta, y me deslicé dentro de la habitación de mi hermano, el cuarto de un hombre soltero de veintidós años, y me acerqué al mapamundi que él había colgado de la pared junto a su escritorio, contra una placa de corcho. Durante meses había ido pinchando chinchetas azules sobre todos los lugares que él querría visitar algún día, y me había ido explicando el porqué de cada chincheta. Ahora, sin embargo, había una chincheta nueva, roja y más grande. Estaba clavada sobre Isla Margarita, ante las costas de Venezuela. Acaricié la chincheta y, sin querer, los ojos se me llenaron de lágrimas. Alguien me llamó entonces, desde algún lugar, y salí del cuarto sin ser vista.

Conrado y yo nos casamos un año después. De una boda sale otra, dicen, y a nosotros nos unió aquella. Jamás volvimos a saber ni de José Enrique ni de Maximino. Yo nunca les juzgué. Su felicidad trajo la mía y nunca pude agradecérselo.

Encontré la carta que entonces no pude leer, mientras buscaba un alfiler de corbata, en una caja. Fue por eso que viajé cincuenta y cuatro años en el tiempo. Si no me apuro vamos a llegar tarde a la boda del nieto de Fuensanta y Maximino. Yo no voy de organdí, ni llevo mantilla, sigo fiel a mi moño-coca, hoy adornado con un tocado que me compró mi hija.

Voy a convencer a Conrado de ir de viaje a Isla Margarita.

Aún conservo la chincheta.

No todo se quedó allí.

*HEILIGKREUZSTEINACH. (Khaled)

Tombe la neige
Tu ne viendras pas ce soir
Tombe la neige
Tout est blanc de désespoir
Triste certitude
Le froid et l’absence
Cet odieux silence
Blanche solitude „

                 Adamo

Feldwebel Schröder había llamado para decir que llegarían con retraso. Habían decidido subir por la Peterstalerstrasse y había demasiada nieve, él le había dicho que podía tomar el autobús a Bammental y después el tren a Heidelberg, podrían encontrarse en la estación. Pero Schröder había declinado la idea, les resultaría muy complicado volver atrás, y además, primaba la discreción. Colgó el teléfono sin dejar de observar el caer de la nieve. La nieve en Alemania era triste. Caía en cortinas, y durante la noche lo había cubierto todo de un denso manto blanco, que no dejaba distinguir nada del paisaje que normalmente veía desde la ventana de su habitación.

La nieve en su país también era blanca, pero nunca le había provocado tristeza. El frío también era distinto. Como todo desde que le habían traido allí, hacía ya seis meses. Nadie le había preguntado su opinión.

De resultas de la explosión se le había incrustado una esquirla en un brazo, una herida leve, en comparación con las que habían sufrido los otros. Los otros. Se acordaba a menudo de ellos. Sólo había vuelto a ver a Juan, en el hospital, habían podido salvarle la pierna, pero quedaría cojo. Él le había dicho que así se parecería al „Dr House“ y Juan había apuntado que él trataría der ser menos cruel. Se habían reido. Hacía mucho tiempo que no se reía. No tenía motivos.

Su alemán era fluido, y hacía las cosas un poco más fáciles. En total sabía seis idiomas. Y al fin y al cabo eso le había salvado la vida, en contra de la opinión de su tío, quien estaba convencido de que por eso les matarían a todos. Ahora su tío vivía en Suecia. Y él allí. Schröder le había anunciado que le trasladarían a Karlsruhe en cuanto se arreglase la burocracia. No estaba seguro de querer mudarse. Pero nadie le preguntaría su opinión.

Un grupo de niños avanzaba trabajosamente por la nieve, camino de la escuela. Se lanzaban bolas de nieve unos a otros y sus gritos rompían la campana de silencio de los albores del día. Les siguió con la mirada hasta que desaparecieron al final de la calle. En uno de los bordes del cristal se habían formado estrellas de hielo, una suerte de encaje que recorrió con el dedo. Sonrió. Era un principio.

 

*CLICK (Juan Cano)

Ahora ligaba más. No sabía si era por los bastones que usaba, o por la manera de andar que no disimulaba su cojera. El hecho era que sin proponérselo, acumulaba ya una serie de aventuras que acababan como habían empezado. Sin demasiados contratiempos.

Se había hecho médico porque siempre le había interesado el funcionamiento de las cosas. Por eso era internista. El cuerpo humano era una máquina imperfecta, siempre en funcionamiento, que necesitaba revisiones periódicas. Él no era más que el mecánico.

A su nueva condición de hombre atado a un bastón se había ido adaptando poco a poco. Hasta que apareció el click. De repente. Un día al levantarse de la cama lo había oído. Casi imperceptible, pero ahí. Un click metálico, como de interruptor de la luz. Que se repetía a cada paso que daba. Trató de ignorarlo. De vivir con él. Como había aprendido a hacerlo con el mapa orográfico de cicatrices que jalonaban su pierna, o con tener que pensar dos veces a dónde quería dirigirse antes de ponerse en movimiento, ya que para él conllevaba un importante volumen de logística postural el simple hecho de cambiar de dirección el paso. Pero había sido incapaz. El click se le había metido en la cabeza y aunque no se moviera, lo oía.

Primero se lo había consultado a su amigo Claudio, traumatólogo. Pero éste no había escuchado click alguno. Caminó ante él varias veces, con y sin ropa. Pero sin éxito. Puede que sea un ruido fantasma, había acabado por decir Claudio, a lo que él le había respondido que su pierna aún estaba presente, y que por lo tanto no podía haber fantasma alguno, ni siquiera de un ruido. El otro le había mirado escéptico, y recomendado una crema rica en aloe. Después se lo había preguntado a su fisioterapeuta, y ella se limitó a darle una tabla de ejercicios de cadera, ya que podía no ser un click. Sino una especie de pinchamiento indoloro.

Llegó a dormir con tapones especiales en los oídos, para no escucharlo, y al menos pegar ojo. Pero sólo había conseguido tener pesadillas. Y hacer que lo recuerdos volvieran. Una y otra vez.

La solución le vino de la mano de Larry Kowalski. Solían hablarse a través de video-llamada de vez en cuando, y ponerse al día. Cuando le había comentado su problema con el click, Larry no soltó una carcajada, ni hizo bromas, ni añadió “Playmobil” a su definición del ruido, ni lo tomó por loco. Escuchó atentamente su descripción de cómo era y cuándo se producía, y dictaminó que seguramente uno de los clavos no ajustaba bien. Le invitó a visitarle y de paso su ortopeda podría echarle un vistazo. A Juan le había faltado tiempo para comprar el pasaje.

Larry vivía con su familia en Montecito, a una hora larga de Los Ángeles, en una casa de planta baja que había adaptado a sus necesidades. Juan había podido conservar su pierna, a Larry le faltaban las dos, pero se desplazaba a una velocidad asombrosa sobre dos prótesis biónicas de última generación.

Al Dr.Hidalgo la onda expansiva de una bomba le había dejado sin cara. Ahora usaba unas máscaras de silicona opaca que se adaptaban a lo que habían sido sus facciones, dejando libres solo la boca y los ojos, que siempre miraban vivos y negros a su interlocutor. Él tampoco hizo comentario gracioso alguno a cerca del ruido. Le hizo caminar sin pantalones varias veces ante él, al tiempo que alternativamente miraba al trasluz la radiografía de la especie de mecano que era su pierna, que Juan le había traído. Le hizo luego tumbar en una camilla ergonómica, y le untó la zona alta del muslo con un gel muy frío, para facilitar la ecografía.

-42- Sentenció después de pasar varias veces el puño ecográfico por el mismo lugar- Es es clavo 42, se ha aflojado un poco- Explicó, y Juan respiró tranquilo.

– Pues va a ser entonces verdad que la respuesta a todas las preguntas es 42…- Se le ocurrió decir, en referencia a “Guía del Autoestopista Galáctico”, uno de sus libros favoritos. Y esta vez se rieron los tres.

Sólo necesitó anestesia local, y quedarse por precaución una noche en el hospital. Después el click había desaparecido.

Tras una semana disfrutando de la hospitalidad familiar de los Kowalski, regresó a su día a día, despidiéndose de Larry con un hasta muy pronto, ya que ambos acudirían al encuentro planeado por su amiga común Gencha. La última vez que había hablado con ella, le había comentado en qué andaba ocupada ahora, y le había dado la idea de qué llevarle de regalo: Una genuina versión digital de la Enciclopedia Larousse. Porque allí se podía encontrar mucha información sobre todas las cosas necesarias e innecesarias de este mundo, como mapas orográficos, dónde se encontraba Afganistán, qué extensión puede llegar a tener una onda expansiva, qué es Biónico y la definición de la palabra Click. Chasquido.

*Fire in the hole! (Larry Kowalski)

Larry Kowalski tenía prisa. En otro tiempo hubiera avanzado por los pasillos del supermercado a la carrera, a la vez que llenaba su carro con las cosas escritas en su lista de compra. Ahora se limitaba a dar zancadas tan grandes como se lo permitían las prótesis. Eran biónicas de titanio y fibra de carbono, y podía usarlas con zapatillas de deporte. A la hora de elegir el modelo, le habían dado la posibilidad de utilizar unas que imitaban la piel humana en la textura, como de plástico duro, pero Blue le había dicho al verlas que con ellas iba a parecer una Barbie, y él no era una Barbie. Ni siquiera se parecía a un Ken. Ty se había mostrado entusiasmado con este modelo, ya que le hacían parecerse a un super-robot protagonista de su serie favorita, y le convertían automáticamente en superhéroe. Lindsay se había emocionado al poder volver a alzar la cabeza para hablarle, y de comprar otra vez las ofertas de calcetines. Él había tardado un tiempo en dominar aquellos anexos a su cuerpo y moverlos a su voluntad, pero ahora ya formaban parte de él. A veces sentía un eco de dolor-fantasma, pero desaparecía rápido. Sólo había perdido un centímetro de su estatura original, él antes medía un metro noventa y uno, ahora uno noventa. Y ahora tenía prisa.

Después de llevar la compra a casa, tenía que encontrarse con Clark, el colega que le sustituiría como entrenador del equipo de baloncesto local el tiempo que iba a estar fuera, para explicarle un par de cosas sobre los próximos partidos, tras lo cual tenía que recoger a Blue de hockey, a Ty de judo y por último a Lindsay de la oficina. Ya tenía las maletas hechas, sólo le faltaba meter el regalo y quería que lo hiciese Lindsay, ya que era obra suya, él sólo había colaborado en un par de detalles, además de ser la mujer de su vida, era un prodigio en la factura de edredones de patchwork. Este le había llevado los últimos dos años. Había hecho también una versión pequeña que él quería enmarcar. Para verlo todos los días. Y, en él, leer su historia, explicada cuadrado a cuadrado de tela y pespunte a pespunte, como un libro abierto.

Se había decidido por un servicio de shuttle para ir al aeropuerto, el vuelo a Boston salía muy temprano y debía salir de Montecito en mitad de la noche, Lindsay le despidió en la puerta, él lo había hecho antes de los niños todavía profundamente dormidos.

En Boston se quedaría un día, para ir a visitar a West, le debía una desde hacía casi un año. Sabía lo que iba a pasar. Pero se la debía. Después continuaría rumbo a España. En el semáforo de un cruce antes de entrar en la autopista, llamó su atención un coche que se situó junto a su ventanilla. Era un Hummer color metalizado. Y se acordó de Ramona. Su Humvee. Y aquella mañana volvió, como hacía a veces, y él no la espantaba, la recorría una y otra vez, tratando de encontrar el momento justo en el que las cosas podrían haber sido de otra manera si él hubiera hecho algo de distinta forma. Doug y él habían desayunado solos, el resto se había marchado el día anterior, después de que hubiera sucedido todo. Doug y él se habían quedado con un pequeño retén, y se marcharían tras el desayuno a dar su versión de los hechos al mando. Después les habían concedido un permiso especial y podrían pasar dos días en Abu-Dhabi para reponerse del shock. Doug no había parado de hacer planes durante todo el desayuno de lo que podían hacer en Abu-Dhabi, él apenas había podido probar bocado, como tampoco había podido dormir. Doug en cambio dio buena cuenta del desayuno, y aún se comió un par de cosas del suyo, sin parar de hacer bromas. Doug se había empeñado en conducir, ya que de esa manera Larry podría relajarse viendo el paisaje y dejar de pensar un rato, todo iba a ir bien, eran cosas que pasaban, no era culpa de nadie, tú déjame hablar a mí , le había dicho, no te rompas la cabeza.

-Eso sí, después pagas las birras-

Eso era de lo último de lo que se acordaba. Después no había nada. Cuando abrió los ojos le cegó la luz de una linterna y una voz de mujer le preguntaba si podía oirle. Y de nuevo la nada. Ramona había pisado una mina. Doug había muerto en el acto. Él supo lo de sus piernas en cuanto pudo estar despierto el tiempo suficiente. Y se desesperó. Se enfadó con el mundo. Se negó a comer y a hablar. Hasta que llegó a la conclusión de que con esa actitud no arreglaba nada, y que la única manera de solucionar un problema era aceptarlo. Y lo aceptó. No había sido fácil. Pero ya no pensaba en ello. Sólo a veces. Cuando todo aquello volvía. Desde muy lejos. Había buscado el contacto con cada uno de los que se habían visto afectados por su acción, y ellos le respondieron ofreciéndole una amistad que nunca había esperado. Gencha había tardado un poco más. Él lo había respetado. Todo llevaba su tiempo.

Cada vez que visitaba a West, albergaba la esperanza de encontrarle flirteando con las enfermeras, bailando al ritmo de lo que sonara en la radio o atronando las sala con sus carcajadas. Pero no. Debía visitarle en una sala especial, vacía de muebles, alejado de él un mínimo de ocho metros, bajo la atenta mirada de dos enfermeros que flanqueaban a su amigo, serio y tenso, ataviado con un chandal marrón y zapatillas sin cordones, el pelo muy corto y con la mirada, antaño jovial, fresca y azul, ahora fija y tenaz clavada en él.

-Hola West..

-Tienes que decirles que me dejen ir, Larry, tengo muchas cosas que hacer….

-Se lo diré, West..

-Tengo cosas que hacer, en serio, un montón…necesito irme ya…

-Lo haré..

-No me dejan hacer puzzles, y a mi encantan los jodidos puzzles Larry, pero no me dejan…puedes decirles que me dejen? A tí te van a hacer caso…

-Por supuesto, siempre te gustaron los puzzles….me acuerdo…

-Rose va a venir….me lo prometió…

-Lo sé…

-Va a venir, y entonces haremos las cosas que tengo que hacer…y no me dejan…puedes decirles que me dejen ir, Larry?…son verdaderamente urgentes….

-Se lo diré, West..

-Mira mis manos Larry, ahora sólo puedo pintar con ellas, sin pinceles…..toda la pared si quiero…

-Ya lo he visto, West…un mural precioso…

-Rose va a venir…y vamos a hacer cosas…porque tengo muchas cosas que hacer, sabes?

-Claro que lo sé, West

-Puedes decírselo a ellos? A tí seguro que te hacen caso.

Cuando West hubo abandonado la sala, buscó apoyarse en la pared y trató de volver a respirar normal fijando la vista en el techo. Apenas lo había hecho en su presencia. La única manera que conocía de no llamar a las lágrimas.

Agradeció la brisa cuando abandonó el edificio del Hospital de Veteranos, y volvió a poder respirar hondo. Él había dejado allí sus piernas. West la razón. No sabría decir qué era peor. Optó por apartar la idea de su cabeza y se dirigió sin prisa al coche que había alquilado. Porque ya no tenía prisa. Lo importante ahora era llegar.

*Norge (Cayo Bellver)

Iba a tener que sacar la lente. El trocito de lo que fuera se había adherido por dentro y arruinaría las fotos. Le dio pereza y dejó la cámara que quería usar a un lado sobre una mesa, decidiéndose por otra limpia. Para algunas cosas se había vuelto verdaderamente vago, sólo las hacía cuando no quedaba otro remedio. Ni un minuto antes. Y esta era una de esas ocasiones. Había otra cosa que llevaba días retrasando, y no le quedaba otra que hacer, y era ir al trastero a buscar la caja de las fotos. Se había mentido a si mismo durante mucho tiempo, diciendo que no sabía a dónde habían ido a parar, si bien lo sabía perfectamente. Una huida hacia delante como cualquier otra que no hacía daño a nadie. Sólo a él, a veces, pero se le pasaba rápido. Como la desazón que sentía al despertar por las mañanas y tener aún el impulso de recoger su indómito pelo en un moño alto, sus manos se crispaban en el aire entonces y acababa entrelazando los dedos. Todas la mañanas el mismo teatro. Como si la zona de su cerebro donde ese gesto cotidiano se encontraba almacenado bajo “costumbre mañanera”, todavía la tuviera en catálogo y se negara a retirarla de la circulación neuronal. Su cuero cabelludo ahora era liso, y estaba salpicado de manchas marrones de diferentes tamaños que parecían pecas que se extendían también por parte de su rostro, carente de cejas. Había podido conservar las pestañas,cortas, pero aún las tenía. Y la vista. Al menos. Sólo le molestaba la luz. Y llevaba siempre gafas oscuras. Hiciese sol o no. El resto de su cuerpo era un mapamundi de injertos de piel, zonas quemadas y cicatrices, que había aprendido a aceptar. Como al cansancio. Su médico le había dicho que era debido a que su piel no respiraba bien, y eso era la causa de sus repentinos ataques de agotamiento, que le llevaban a tumbarse donde quiera que se encontrara, y caer en un profundo sueño. Pero ahora no estaba cansado. Sólo vago. Respiró hondo y repasó las fotos que había realizado en el visor de pantalla, sus siempre pálidos labios ensayaron un rictus de escepticismo, lo mejor sería que fuese a buscar la dichosa caja al trastero.

Antes de entrar se puso una mascarilla y las gafas oscuras. Casi le da la risa. Quien le viera pensaría que quería entrar a robar su propio trastero. Herminia, la mujer que le ayudaba con las labores de la casa, y él, lo habían ordenado hacía un tiempo, así que sabía en qué estantería debía buscar. La encontró rápido. De plástico blanco opaco y tapa roja. Se acordaba porque Herminia había dicho que le recordaba un tupper gigante. No pesaba demasiado. Sin embargo, en cuanto llegó al piso, buscó tumbarse en la chaiselonge que había situado junto a dos de los ventanales del salón, cerró los ojos y respiró varias veces hondo. La caja estaba junto a él, en el suelo. Ahora sólo faltaba abrirla y seleccionar las fotos. Y desde ninguna parte, el sueño le atrapó, y le arrastró a sus profundidades.

-Cayo?! Cayo?- La voz de Herminia le arrancó de las tenazas del sueño, la descubrió inclinada sobre él, la viva imagen de la preocupación, que desapareció cuando él le sonrió, aún medio dormido.- Estás bien?

-Perfectamente, gracias…me quedé dormido- Trató de explicarse, acariciándose los ojos con las palmas de las manos.

-Haberme dicho que querías ir al trastero….ya te la bajaba yo…ya sabes que no estás para “Romances de Valentía”- le regañó Herminia refiriendose a la caja junto a él, él levantó lo que habían sido sus cejas y ensayó un gesto culpable, ella le acarició un brazo y rio.- Te hago tu zumo?- Él asintió gustoso, estaba convencido de que Herminia sabía de una pócima mágica con la que hacía sus zumos y éstos le regalaban de nuevo energía con sabor a frutas tropicales. Abrió sin incorporarse la tapa de la caja y sacó al azar una carpeta abultada azul. La abrió y de ella salió Venezuela. Gencha entrevistando a unos líderes indígenas en medio de la selva, encaramada al capó de un coche en medio de un atasco en Caracas, y brindando con él con dos cervezas heladas en un ranchito en alguna parte, el pelo rubio de él recogido en una pañoleta de colores imposibles, barba de tres días, la piel dorada por el sol, y los ojos verdes brillantes. Suspiró e hizo regresar Venezuela a su sobre, que dejó a un lado. El siguiente era de plástico y de él salió un terremoto, Gencha con heridos, muertos, junto a edificios en ruinas, él con un niño llorando en brazos corriendo hacia algún lugar. Meneó la cabeza y metió el terremoto otra vez en su sobre. Supuso lo que contenía la carpeta marrón y ni la abrió. Sacó la siguiente. Gencha y él en la redacción del periódico, en aeropuertos, trenes, autobuses y camiones, hoteles de cinco estrellas y tiendas de campaña, huyendo de fuego amigo, cenando con el enemigo y riendo con colegas en algún lugar de los Balcanes ante incontables botellas de vodka.Y llegó la caja lila. Cerró un instante los ojos. Estepa marrón y beis, burkas y hombres pashtú, carreteras sin fin, fusiles y té negro, silencio, no hables, no te muevas. Juan, Khaled, Gencha y él, delante del todo terreno, sonrisas tranquilas, los brazos de unos en los hombros de los otros. Cuando todavía eran ellos. La última foto. Lo último que recuerda. Haberse subido a ese todoterreno. Entre ese momento y abrir los ojos sin saber dónde estaba, todo estaba borrado. Mejor. Solía decir Herminia. Para qué quieres acordarte de haberte convertido en antorcha. Si al menos hubiera sido olímpica, solía añadir él. Y conseguían reir. Miró hacia la ventana, había comenzado a llover. A lo mejor más tarde salía a dar la vuelta a la manzana. Herminia le trajo entonces un vaso enorme de zumo de color indefinible junto con dos pildoras rojas, el primer sorbo le transportó a Belice, no supo por qué, Herminia le acarició el brazo otra vez y tarareando aquella canción que él nunca sabía identificar se alejó de nuevo hacia la cocina. Iba a seguir saboreando las playas de Belice, cuando sonó el teléfono en algún lugar. Ni hizo ademán de buscarlo. Herminia lo hizo por él.

-Un tal Ventura- Y se lo entregó, él aún alcanzó a tomar un trago largo de Belice, luego perdió su mirada mate en la lluvia.

-Dime Ventura- Saludó sin demasiado ánimo.

-Cayo! Por fin te localizo! A qué andas?!

-Aquí, entrenando para el Ironman- Ironizó tomando otro trago del zumo, Ventura rio al otro lado del teléfono.

-Siempre el mismo, Bellver, tengo algo para ti..

-Sorpréndeme…

-Isaksen quiere que seas tu quien fotografíe la boda de su hija..

-Y quién es Isaksen?

-El rey del acero noruego..- Cayo parpadeó dos veces con lentitud.

-Y por qué yo?

-Pero qué humilde eres…por qué va a ser? Porque eres el mejor, Bellver, sé de un par de nombres de alta costura que sólo te quieren a tí….como Isaksen ahora…

-Cuándo…y cuánto?

-Eso quería oír…en mayo, el cuánto lo pones tú…

-Eso quería oir yo…..-El otro volvió a reír

-Confirmo, entonces?

-Noruega tiene que ser muy bonita en esa época del año…

-Te mando todo por Email y nos vemos para concretar…

-Cuando quieras…aquí estaré…

-Cuídate, Bellver!

-Lo intentaré…

Y colgó el teléfono sin apartar su mirada de la pesada lluvia. De repente le dio una pereza terrible ir a Noruega. Pero siempre le habían gustado las bodas, porque igual de quién sean, uno se lo pasa bien. Bellver, sin ti, Noruega no funciona. Y le dio la risa. Después tendría que llamar a Gencha para decirle que había encontrado la caja, la llevaría con él cuando subiese al encuentro,y recordarían  sus luces y sombras juntos.

Se acabó el zumo y suspiró. Si reunía alguna vez el ánimo suficiente, regresaría a Belice.

*…….de Brabante .Hor. 8 L. (Gencha)

Desde que habían llegado no había parado de llover. Ni de día ni de noche. El viento ya le había roto dos paraguas, totalmente, es decir, sin saber de dónde salía, una racha le alcanzó por detrás y le volvió el paraguas del revés, tuvo suerte de no meterse una varilla en un ojo. Le daría la razón a Manel y se compraría un chubasquero de esos amarillos que utilizaban los marineros, o mejor dejaría que lo comprase él. Seguro que sabía dónde. Manel sabía muchas cosas, pero no lo decía, es una de las cosas que le gustaban de él. Eso y sus manos. Desde la casa hasta el ayuntamiento eran diez minutos, a la tienda de Marisa cinco, correos y el bar compartían edificio y colindaban con la tienda, todas las mañanas Sito les traía el pan y semanalmente una caja de leche entera. Los fines de semana una empanada. Este tocaba la de zamburiñas. Manel se había propuesto que ella las probase todas, hasta ahora no le había hecho ascos a ninguna. En realidad no le había hecho ascos a nada desde que había puesto pie allí, lo empezaba a notar en los pantalones, en algunos ya no necesitaba cinturón. Pero no le importaba, le gustaba lo que el espejo le devolvía por las mañanas.

-En Vivero no dan abasto- Por un momento no supo a qué se refería, Marisa siempre daba por supuesto que la gente sabía de qué estaba hablando, supuso que tenía que ver con la lluvia y asintió, había oído hablar del lugar. Marisa puso sobre el mostrador los tres periódicos que sabía compraba siempre, ella cogió una especie de revista impresa en papel reciclado de la que había un montón junto a la caja, “Heraldo Montañés”.- Son las cosas de por aquí, es gratis.- La miró sorprendida de que aún hubiera cosas gratis, Marisa sonrió y asintió corroborando su opinión.

Salió y decidió dar un paseo, la lluvia había dado una corta tregua y le iría bien caminar. Rodeó la iglesia, tan pequeña y antigua como el lugar pero pulcramente restaurada, y torció a la derecha. Hacía unos días había torcido a la izquierda y había ido a parar a unos campos labrados, donde el camino se perdía serpenteante entre otras propiedades. Se cruzó con un paisano que llevaba una vaca y que le dio los buenos días, ella le correspondió, su propia voz le sonó rara. Todavía no se había acostumbrado a escucharla así. Como con auriculares.

Se apartó algo invisible del rostro, para desechar la imagen, y se fijó en el paisaje y en todos sus tonos de verde. Dedos de niebla se deslizaban entre los arboles y las casas dispersas, repartidas entre campos de labranza y baldíos, con lindes de piedra. Manel le había explicado que esas piedras recibían el nombre de “marco” y no se podían mover, que incluso podían darse muertes si eso llegase a ocurrir. Se paró a observarlas. Se preguntaba cuántos siglos llevarían allí, inmóviles, casi sagradas, cuando sintió la vibración de su móvil en el bolsillo. Isidro “Por dónde andas???” en Whatsapp. Lo volvió a guardar sin contestar. Ni ella misma lo sabía.

Encontró a Manel en la parte de atrás de la casona, tenía que acostumbrarse a llamarla por su nombre, Pazo, en esa zona no había casonas. Con las manos en las caderas y achinando los ojos miraba hacia el alero del tejado del que caían gotas desde el musgo que atesoraba sobre sus tejas, sin apartar la vista del espectáculo goteante extendió su mano izquierda hacia ella, estaba convencida de que poseía vista tipo “gran angular” como los superhéroes o agentes especiales de las películas, quizás por eso él también lo era. Agente. Si te digo de qué tipo, tendría que matarte, le había dicho una vez y entonces, en la situación en la que se encontraban, le había creído. Le cogió la mano y le rodeó la cadera,mirando ella también hacia el alero sin saber qué debía buscar.

-Tenemos una gotera arriba, supongo que por ahí…- Y le señaló algún punto del mullido musgo bajo el que se adivinaban las tejas, ella asintió y sonrió.

-No te veo arreglando goteras….- Otra vez los auriculares, tenía que preguntarle a su otorrino si era normal, Manel le besó la cabeza y le devolvió la sonrisa, en la que ella podría vivir.

-Tengo el teléfono de uno que seguro que lo hace mejor que yo, hay que hacerlo antes de que empiece a llover- y la guió de la mano al interior de la casa, ella miró hacia el cielo y se encogió de hombros, a lo mejor lo que había caído del cielo todo ese tiempo no era lluvia, y ella no se había dado cuenta.

Mientras él hablaba por teléfono en una de las habitaciones del fondo, ella comenzó a hacer el café, hoy Sito había dejado un enorme bollo de pan redondo con un especie de moño coronándolo, y un paquete rectangular de mantequilla en papel blanco satinado, la hacía su mujer con la leche de sus vacas, estaba tentada a pedirle que le permitiese estar presente cuando la elaborase, pero todavía no había encontrado el momento adecuado, ni estaba segura de querer, ni estaba segura de otras muchas cosas. No pudo oir que el café ya había subido, pero sí olerlo. Tenía que preguntarle al otorrino si era normal.

-“Heraldo Montañés”, me parece rarísimo que se llame así, aquí no hay “Heraldos”- Comentó Manel mientras hojeaba la revista de papel reciclado, ante él en un plato dos rebanadas del bollo con queso y membrillo, y un tazón de café con leche, ella a su vez dos rebanadas del mismo pan con mantequilla y una taza de café con leche con todas las natas que pudo encontrar. Si seguían así, tendrían que apuntarse a un programa de Weight Watchers, sonrió al pensarlo y mojó uno de las rebanadas en el mar de natas.

-Lo cogí en Marisa, es gratuito- Manel asintió y tomó un bocado de su rebanada sin dejar de hojearlo.

-Lo hace Justo, el marido de Felicitas, debe utilizar la máquina de imprenta de su suegro, la de leyendas que hay sobre esa máquina…-Ella abrió mucho los ojos animándole a contar, él sonrió y bebió un sorbo grande de café, pero continuó en silencio, ella ladeó la cabeza y fingió gesto de pena, él pareció apiadarse y miró hacia la ventana haciendo memoria, luego volvió a ella para que pudiera leerle los labios, si bien los audífonos funcionaban, se habían acostumbrado a hacerlo así- Durante la guerra y después con Franco imprimían pasquines, pero no de cualquier forma, las consignas estaban escondidas en crucigramas, si los resolvías correctamente leías el mensaje, jamás les cogieron….

-Nadie de los otros se molestó nunca en leerlos?- Manel se encogió de hombros, y tomó un sorbo.

-Supongo que si, pero no en el orden adecuado- Ella asintió y mordió su rebanada, una mariposa comenzó a revolotear en su estomago y le arrancó lo que una vez había sido su risa, su risa, aún estaba allí. Como las mariposas. Por ahora sólo una. Pero algo era algo. Manel le devolvió la sonrisa y le acarició la mejilla a través de la mesa.- Cuándo dijo que llegaba Cayo?

-Dijo que por la tarde, pero con Cayo nunca se sabe….

Cayo llegó casi al mediodía conduciendo su propio coche, un volvo negro pequeño. Se había deshecho de su furgoneta, ahora trabajaba en su estudio y no necesitaba transportar equipos. Gencha le abrió el portalón, que hizo su habitual quejido de buque a punto de hundirse. Todavía no se acostumbraba al aspecto que tenía ahora su amigo, en su cabeza conservaba su imagen con largos y fuertes mechones rubios recogidos en pañuelos imposibles, y sus atuendos que le hacían parecer un artista del Circo del Sol, como solían bromear. Lo único que se había conservado intacto era su sonrisa, grande y franca, que le regaló nada más salir del coche, ya parapetado tras sus ahora perennes gafas oscuras. La ausencia total de cabello permitía admirar la perfección de su cráneo, salpicado de lo que parecían diminutas pecas que se extendían hacia su amplia frente ganando en número en su rostro, como si alguien le hubiera salpicado a capricho con un pincel con pintura. Cayo antes no tenía pecas. Ni ella era sorda. Antes. Sin querer se le llenaron los ojos de lágrimas, que maquilló abriendo los brazos de para en par y recibiendo con su mejor sonrisa a su antiguo compañero de andanzas.

-Quiero patentar el verde ese de ahí, justo el que se ve según enfilas la casa esa de tejado azul, detrás- Se lo decía mientras admiraban el paisaje desde la galería, Manel fingió un gesto de contrición y negó con la cabeza.

-Lo siento, ya lo patenté yo hace dos años- Cayo chasqueó la lengua en señal de fastidio y Gencha le cogió del brazo, apretándoselo levemente.- Si hubiera una casa como esta por aquí, me lo decís…así podría ver ese verde todos los días- Y se llevó a la boca la taza de café para beber un trago.

-Haberlas haylas, si me entero de una te lo digo- Manel se apoyó en el quicio de la ventana-Estás seguro de querer vivir aquí? Lejos de la civilización?- Y había un tono de ironía en su voz, que arrancó a Gencha un amago de risa y un gesto escéptico a Cayo.

-Yo ya no pertenezco a la civilización, salgo sólo lo imprescindible y muevo mis cosas on-line, podría hacerlo desde cualquier sitio- Y paseó su mirada de pestañas cortas hacia él, libre de gafas oscuras, todavía verde, antaño perspicaz y rápida, ahora tranquila y mate.

-Puedes quedarte el tiempo que quieras, por habitaciones que no sea- Ofreció Manel extendiendo los brazos, como queriendo abarcar la casa con ellos, Cayo sonrió y negó con la cabeza.

-Sólo os incordiaré dos días.

Por la tarde Manel se fue a hablar con la persona que debía arreglarles el tejado, Gencha y Cayo decidieron ir a dar un paseo aprovechando que no llovía. Recorrieron el pueblo, y lo abandonaron hacia los campos, Cayo, siempre con una cámara a mano, captaba cada poco momentos de color o aspectos del paisaje. Se detuvieron en el puente de piedra, sobre el río que cruzaba la zona, uno de tantos puentes romanos que había sido restaurado, justo antes que la iglesia.

-Es realmente un lugar muy tranquilo…- Comentó Cayo apoyándose en el muro del puente y observando el cauce, que bajaba muy alto, formando pequeños torbellinos cuando chocaba contra los pilares.

-A veces creo que no tengo conectados los audífonos….pero no, silencio puro- Cayo le hizo una foto sin avisar, era una cámara digital tan pequeña que le cabía en la palma de la mano, Gencha sonrió e hizo que posaba como una modelo para que le hiciese otra.

-Estás segura que quieres hacer lo de Larry?- Se lo preguntó después de observar el vuelo de unos cuervos y fotografiarlo, controlaba la calidad de la toma en la pequeña pantalla, mirando sobre las gafas. Ella se apoyó en el muro y suspiró.

-Todos perdimos, Cayo. Algo de nosotros se quedó allí, tardé en reconocerlo, pero ahora estoy segura. Él respetó mi distancia, yo le busqué cuando estuve preparada, y se lo agradezco….

-Álvaro con su pierna de Robocop, tú como Bethoven, Larry es un transformer, yo el Increible Hombre Lagarto….el único que se salva un poco es Khaled,…Khaled y sus silencios- Gencha sonrió y se pasó las manos por el cabello cerrando los ojos contra el cielo.

-Nos invitó a su boda, pero yo no me atreví todavía a volar….fue Manel por mi, su mujer es sargento…que no “un” sargento- Cayo se rio, y miró hacia los montes del fondo.

-Me han pedido que escriba un libro sobre lo que pasó…

-A mi también…Roberto Gracia?

-Sí…pero yo no soy de escribir, nunca se me dio bien…eso es cosa tuya..-Ella le miró de reojo y amagó una sonrisa.- No me mires así…empieza tu, yo voy buscando las fotos de entonces…tanto quise esconderlas que no tengo ni idea de dónde están- Gencha amagó de nuevo su risa, al menos, había habido un tiempo sin ella, su risa, había regresado hacía poco, a trazos, sin dolor, y la usaba de nuevo a pequeñas dosis.

-Pero tu vienes para la reunión…

-Por supuesto….los cinco fantásticos no son nada sin el Increíble Hombre Lagarto- Y hace un teatral gesto con sus brazos, ella buscó su abrazo y todavía bromeando se alejaron por el puente de regreso a casa.

Justo Almeyda repartía comida en los comederos de sus perros de caza mientras éstos saltaban y ladraban dando brincos a su alrededor, cuando Gencha entró en el patio tres de los perros se acercaron a ella moviendo el rabo e intentaron auparse a sus piernas, ella acercó sus manos a los hocicos,y ellos le lamieron los dedos peleándose entre ellos, Justo profirió entonces un potente silbido y los tres corrieron hacia él.

-No hacen nada….no tengas miedo- Informó mientras vaciaba el último de los sacos, los perros se arremolinaron entonces alrededor de los comederos moviendo los rabos y disputándose sitio.

-Qué raza son?….son preciosos…

-Son Beagle…quieres uno?- Bromeó Justo, un hombre ancho y grande de poblada barba, que se abrigaba con un barbour verde y botas de agua altas, llevaba una gorra de pana marrón que cubría su pelo cano. Gencha se encogió de hombros, le gustaban los perros y sabía que en casa de Manel siempre había habido uno, pero no supo qué contestar.

-Ya te diremos…

-Sin problema, tengo tres hembras preñadas, habrá dónde elegir…

-Justo, tu eres el que edita el Heraldo Montañés, verdad?

-El mismo…también vienes por lo del nombre?- Gencha le miró sin saber a qué se refería, Justo le indicó que le siguiese hacia la casa.

-Ven que te hago un café, Felicitas se fue con mi suegra al médico- Explicó, la pasó a una cocina amplia y luminosa, que conservaba la campana de una lareira, bajo la cual todavía había una cocina bilbaína de hierro fundido sobre la que lucía un enorme tiesto con un frondoso helecho.- Es que la gente no está de acuerdo con lo de “Heraldo Montañés”, dicen que esto no está en la montaña y lo del heraldo les suena a antiguo.-Se lo explicaba mientras buscaba el bote del café en una de las alacenas, Gencha sopesó lo que había dicho y hubo de darles la razón a los detractores, optó sin embargo por no decir nada- Siéntate donde quieras…- Ella se sentó a la mesa, de madera maciza y mármol y se desabrochó el abrigo.

-No sabía lo del nombre…yo en realidad venía a proponerte algo…-Él se volvió a medias mientras rellenaba la cafetera con el polvo del café y la animó a continuar- Manel me contó lo de los crucigramas de tu suegro…-Justo rio, tenía una risa tan grande como su persona, colocó la cafetera sobre la vitrocerámica, y luego se volvió, apoyándose en la encimera con los brazos cruzados.

-Aún los guardo, son dignos de museo…- Gencha no pudo evitar dar una palmada y amagó su risa. Mariposas. Un par de ellas. Otra vez revoloteando en su estomago. Carraspeó.

-He pensado que quizás sería una buena idea volver a incluir crucigramas….con o sin mensaje, claro..- Justo se mesó la barba.

-Por mi encantado, quieres hacerlos tu?…podría hacerlos yo, pero no se me dan bien, soy más de Sudokus…

-Una cosa no quita la otra, se podría poner un crucigrama y un Sudoku…para todos los gustos….-El café anunció que ya había subido y Justo lo apartó de la zona de calor, luego cogió dos tazas y dos platos que colocó sobre la mesa, además de una bandeja con Torta de Guitiriz, Gencha abrió mucho los ojos, Justo rio atronando la cocina.

-Hay que celebrarlo, no?, pues qué mejor que con torta… y luego está el nombre, no sabes el rollo que se traen, todos los días me viene alguno con la murga…- Le sirvió café y Gencha le indicó que con leche pero sin azucar, él mismo se sirvió un café solo.

-Se podría hacer por votación, dar dos opciones, y la que más adeptos tenga es la que se queda- Propuso ella, Justo cortó un trozo considerable de torta y se la sirvió, ella quiso protestar, pero él negó con la cabeza.

-Estás en mala edad…- Bromeó, sirviéndose él mismo otro trozo- Y cómo quieres hacerlo?

-Se pueden bajar plantillas de internet, que se adaptan a las definiciones, supongo que incluso habrá programas, pero con las plantillas será suficiente…

-Contratada, torta la que quieras…- Y volvió a hacer rugir su risa de gigante, Gencha encontró otra vez la suya. Aún pequeña. Pero ahí.

En la siguiente edición del “Heraldo Montañés” se les dio la posibilidad a los lectores de elegir entre dos posibilidades “La Voz de Aquí” y “Hoja de Vencindad”, para facilitar la votación incluyeron un cupón con dos casillas y las correspondientes denominaciones que la gente dejaría en Marisa y ellos se encargarían de recoger. Por arrolladora mayoría “La Voz de Aquí” resultó ganadora. Además comenzaron a incluir un crucigrama y un sudoku por revista, y pronto hubieron de añadir un apéndice especial al efecto. Gencha dedicaba gran parte de su tiempo a buscar términos y tratar que cuadrasen, Manel le ayudaba proponiéndole combinaciones raras como “Avalancha” cruzada en vertical por la CH con “Remolacha”, y definiciones “Plural de maní”, “Guerrero Níbio”,“Dícese del que cae” o bromeaba con el nombre de ella “……de Brabante”.

Y la lluvia y el frío dieron paso a una primavera corta, que desembocó en un verano prematuramente caluroso, que Manel quiso aprovechar para arreglar el tejado y dejar cortar la maleza de la parte de atrás antes de que llegasen los invitados que iban a quedarse en el Pazo. Gencha por su parte, debido al enorme éxito, se había tenido que poner en contacto con un experto en crucigramas, con el que intercambiaba información a través de Skype, y ya se sabía de memoria todos los ríos del mundo con sus afluentes.

Una mañana algo la despertó, todavía sin los audífonos, al abrir los ojos vio a Manel bailar consigo mismo todavía en pijama ante la ventana abierta. Aún encerrada en su silencio absoluto, no entendió nada. Y se acordó. Aquello volvió. Porque tampoco entonces había entendido nada.

Cuando el camión se les había cruzado en la carretera delante de la furgoneta en la que se dirigían a la aldea que debían visitar, por un momento pensó que el conductor habría perdido el control, pero al ver bajarse a los hombres armados con fusiles dando salvas al aire y profiriendo gritos en una lengua indescifrable, supo que iba a morir. Les habían alineado a lo largo del borde de la carretera, haciéndoles poner las manos en la nuca. Khaled no cesaba de dar explicaciones con la cabeza gacha y mostrando sus manos vacías en todo momento, Cayo temblaba como una hoja manteniendo la mirada clavada en el suelo, y Juan, sin mirarles, les mostraba su pase de médico, repitiendo la palabra “Doctor”, cada vez que Khaled le indicaba que lo hiciese. Eran cinco, a cara descubierta, se gritaban entre si y les gritaban a ellos, estaban muy nerviosos. Ella había cerrado los ojos y preparado para morir. Otra vez. Allí, en aquella inmensa nada bicolor beig y marrón. Pero no los mataron. Valían más vivos. Les habían puesto un saco sobre la cabeza y hecho subir a un camión. Llegó un momento en que perdió la noción del tiempo, y no supo si habían sido días o semanas las que habían pasado, siempre de escondite en escondite, de camión en camión, con sacos en la cabeza. Les daban agua y pan seco. Lo que suponía que ellos comían también. A la cueva habían llegado de noche, lo sabía porque al quitarle el saco, había mirado hacia un lado y todo estaba oscuro. Dentro también. No era muy honda. Les hicieron sentar contra la pared del fondo. Cayo a su izquierda, a su derecha Juan y después Khaled, con las piernas encogidas y tratando de hacerse lo más pequeños posible. Apenas hablaban entre si. Juan les preguntaba de vez en cuando si todo estaba OK. Ellos asentían. Mejor el silencio, les había advertido Khaled. Y ellos le habían hecho caso.

Gritos. De repente gritos y salvas de ametralladora y fusil. Humo. Y después nada. Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fue el rostro de Manel, inclinado sobre ella. No le oía. Sólo le veía mover los labios. Ella no le oía. Ni a él ni nada. No sentía dolor. No sentía nada. Le pareció que estuviera dentro de un sarcófago cerrado al vacío, al que algo insuflaba aire y éste pasaba directamente a sus pulmones sin que ella pudiera hacer nada en contra.

Aquel rostro amable y tranquilo le explicaba algo, moviendo los labios con lentitud. Pero ella no le oía. Ni a él ni nada. Y no entendía nada. Y todo se volvió niebla. Y se perdió en la oscuridad.

Supo lo que había pasado después. Mucho después. Manel se lo había escrito en una hoja. “Os arrojaron una granada”. Le contó de la suerte que había corrido Larry Kowalski, el hombre que la había lanzado. Y ella trató de entender. Desde su nada. Su cabeza estaba metida dentro de una especie de casco de vendas y gasas, del que salían tubos y vías, así como de su nariz y su boca. Él le había dejado verse en un espejo, si hubiera podido reírse lo hubiera hecho a gusto. El espejo le devolvió la imagen de un globo blanco de gasa, en el que se escondía su cara, aún hinchada, con abrasiones y sin cejas. Era lo más parecido a un marciano. Pero no había podido reírse. A veces el dolor volvía. Y entonces ella hubiera preferido que le hubieran descerrajado un tiro en aquella carretera, cuando habían tenido ocasión.

Sólo pudo ver a Cayo a través del cristal de cuidados intensivos de la unidad de Grandes Quemados del hospital militar alemán al que habían sido trasladados en cuanto fueron transportables. Fue incapaz de distinguirle entre gasas y máquinas.

Juan no podía moverse de la cama donde yacía, con la pierna colgada de una suerte de ingenio ortopédico. Ella le visitaba en silla de ruedas, todavía hecha un marciano. Manel les había hecho una foto, ambos haciendo el gesto de la victoria. Ella seguía sin oír a nadie, ni nada. Tampoco podía hablar. Manel le había traido una tablet y se comunicaban a través de ella. Todos los días, durante tres meses, él no había faltado a su visita ni una sola vez. Le explicó quién era y para quién trabajaba, pero nunca cuál había sido su cometido. Si te lo digo, tendría que matarte. Y ella le creyó.

Estaban juntos desde entonces. Hacía ya cuatro años, a través de las curas infernales, los dolores más allá de lo soportable, las pesadillas, los ataques de rabia contra todo y todos, condenada a un silencio que nunca había querido, encerrada en si misma, en su desesperación, sin poder siquiera expresarlo sin que eso le provocase un dolor que acribillase su cabeza como un enjambre de clavos. Y él había seguido allí. Sin moverse un ápice. Y ella supo que le quería. Lo único claro en su insondable océano de silencio.

Y le observaba ahora, moverse al ritmo de algo que ella no podía oír, y él reía y hacía que bailaba consigo mismo, la mano derecha sobre el pecho, la izquierda extendida en el aire, fingiendo concentración. Ven, le decían sus labios, ven. Le veía reír. Y ella supo que le quería. Como todas las veces. Alcanzó sus audífonos y se los colocó en los oídos. Y con el efecto de un tren que abandonase un tunel, le llegaron las gaitas, tambores y flautines, al ritmo de los cuales Manel seguía bailando junto a la ventana, él extendió una mano y la acercó a si, es la Alborada, le dijo al oído, para darle un sonoro beso después, lo que provocó que una de los componentes del grupo soltase un aturuxo y los músicos entonasen el “Bailaches Carolina”. Manel soltó entonces una carcajada y la levantó en volandas. Y ella pudo oir su propia risa. Y le quería.

La Playa

La playa se extendía ante ellos, y parecía no tener fin. Aún era temprano, y estaba casi desierta a excepción de un par de personas paseando perros y bañistas madrugadores.

Caminan por la orilla, sus pies se hunden en la arena, las olas les salpican con suavidad.

Khaled se para, a observar el mar aún gris metálico, con vetas plateadas, en eterno movimiento, y se acuerda de los paisajes que dejó atrás, que esa inmensidad, de alguna forma, le devuelve, y cierra los ojos contra el sol. Larry, se le une, los pies de sus prótesis se hunden en la arena y las olas los bañan en cada venida, buscó en su cabeza la sensación, las guardaba como tesoros, que rescataba en contadas ocasiones, y esta la merecía. Sonrió. Casi sintió el frío del agua y el cosquilleo de la arena moviéndose contra sus plantas bajo su peso. Miró hacia el sol. Siempre el mismo y sin embargo distinto. Gencha le coge el brazo, y descubre el ligero crujido de la espuma en sus oídos, al tiempo que ésta visita sus pies. Cayo le pasa el brazo por los hombros, y se sube las gafas a la frente, encarando la luz con los ojos cerrados, Juan, junto a él, da un descanso a su bastón y se apoya a su vez en su hombro, imitándole en el gesto.

Manel les observa un instante, cada uno superviviente de su propia batalla, unidos ahora ante un mar común. Que les une y consuela.

Porque no todo se había quedado allí.

Aprovecho la ocasión para desearos a tod@s una Muy Feliz Navidad y una Buena Entrada en el Nuevo Año!. Un saludo!

X34

No hacía falta que se dijesen nada, él solía aparecer en la puerta del archivo y ella dejaba de hacer lo que estuviera haciendo y le seguía. Subían entonces en un ascensor del que él tenía la llave hasta la última planta del edificio, dónde se encontraban las suites reservadas para cuando los altos ejecutivos de la empresa tuvieran que trasnochar en ella. Tampoco se dirigían la palabra entonces, cada uno concentrado en cómo las luces de los pisos se iban iluminando a medida que subían. Una vez en el último piso, él pulsaba la contraseña en el cuadro de mandos y entraban en una especie de hall de marmol blanco y mahagony al que daban las tres suites ,presidido por una mesa, sobre la que siempre había flores frescas en un inmenso y delicado jarrón de porcelana china. Él entonces abría la puerta a una de ellas con una tarjeta, y la dejaba pasar a ella primero.

Ella solía desnudarse en el baño, y dejar la ropa doblada y colgada en uno de los armarios, cuando salía, él ya la esperaba en la cama.Besos largos, caricias como juego previo.Después era sexo. Todo el que querían y cómo querían. Sin preguntas ni explicaciones.Al final, después de varios rounds, tras haber deshecho completamente la cama, él la buscaba en un beso largo y lento, que, ella, no quería que acabase, y él le regalaba una sonrisa en aquel rostro que ella sabía de memoria, y ella la secundaba acariciándoselo suavemente con los dedos. Tampoco había palabras entonces. Él abandonaba la cama entonces, y se iba a la ducha, ella se quedaba arrebujada entre las sábanas, observando el inmenso paisaje de rascacielos que se podía ver desde la cama, imaginándose que si alguien en esa inmensidad les hubiese observado con un catalejo, hubiese llegado a la conclusión de que eran dos amantes clandestinos dando rienda suelta a su pasión. Él regresaba al cuarto ya vestido, impecable en un nuevo traje, y llamaba su atención con un carraspeo, ella solía incorporarse levemente y le sonreía como despedida, moviendo los dedos en el aire, él normalmente asentía, se ajustaba bien las mangas del traje, y se iba de la suite. Ella podía tomarse el tiempo que quisiese en volver al archivo. Pero normalmente, se levantaba y también se daba una ducha. Después, volvía a ponerse la ropa que había traido y abandonaba la suite a su vez.

Todo había empezado hacía dos años. Por casualidad. Él había bajado al archivo a buscar unas actas que necesitaba, ella se había extrañado de que fuese él y no una secretaria o un asistente quien se ocupase de semejante tarea, pero no había dicho nada, nunca le había visto antes, en realidad, ella no solía tener contacto con nadie que trabajase en el edificio, sólo con Sally, su compañera del archivo, que normalmente se pasaba el día escaneando documentos y archivando lápices de memoria, ella se ocupaba del orden de las actas y lomos de sentencias encuadernadas en cuero negro. Tras acabar su jornada, salían por una puerta lateral, que daba al jardín que rodeaba el edificio, con lo cual, ni siquiera entonces tenía contacto con nadie que no fuese secretaria o asistente de alguien. Aquel día sin embargo, él había aparecido de repente ante ella, que en ese momento se disponía a desempaquetar un nuevo envío de lápices de memoria.

-Buenos Días- Ella continuó en su labor de desempaquetar los lápices.

-Buenos Días, en qué puedo ayudarte?- Saludó sin mirarle, abriendo una nueva caja.

-Necesito el acta Clarkson X34- Ella levantó la vista de la mesa entonces, y por un instante su mente se vació, acertó a sonreir levemente y se incorporó.

-Clarkson?

-Sí, la X34- Repitió él, su rostro de agradables facciones le devolvía también a su vez una leve sonrisa, ella carraspeó.

-Pues…estará en la C…claro- Tras decirlo se sintió tan estúpida que sintió como se sonrojaba hasta las orejas, él sonrió sin hacer comentario al respecto y asintió en silencio. Se alejaron entonces hacia las estanterías y tras localizar la C, avanzaron lentamente hasta encontrar la fila donde podría encontrarse el acta Clarkson, R,S, T, U,U2 ella no pudo evitar reirse.

-Lo siento…-Se disculpó, sin poder evitar volver a soltar una carcajada, él también rio.

-A lo mejor ahí se guardan las partituras…- Anotó, y ambos rieron entonces.-Te gusta U2?-Ella asintió.

-Y a tí?

-Siempre que puedo voy a los conciertos…-Ella se encogió de hombros

-Yo tengo algún CD…o en Spotify…- Explicó haciendo un desleído gesto con las manos, y se hizo un silencio entre ambos, en el que ambos se miraron y el tiempo pareció detenerse. Y sucedió. Él la buscó sin más, ella le secundó y él recogió el rostro de ella entre sus manos mientras ella se aferraba a las solapas de su hasta entonces impecable traje, las manos de él, sin darle tregua, se deslizaron por debajo de su blusa y las de ella,buscaron descamisarle y abarcar su espalda, mientras él se hacía ya con su cuello.

-Cómo te llamas?-Preguntó el para morderle los labios después sin darle tiempo a contestar.

-May- Susurró ella, mientras el parecía querer devorar su cuello y sus manos hacía tiempo que habían logrado desabrochar el sujetador y parecían haberle encontrado gusto a lo que este albergaba.

-May..-Repitó él deslizando entonces sus manos por dentro del pantalón de ella, provocando que ella contuviese la respiración, él sonrió contra sus labios entonces y fue ella quien le buscó ya casi sin aliento

-Trevor..-Susurró él mientras era ella quien se entretenía en el cuello de él.

-Trevor…-Repitió ella, y deslizó entonces su mano por dentro del pantalón de él, quien gimió contra ella y la buscó otra vez en un beso.

Sally primero le vio salir a él de la zona de estanterías, con un acta bajo el brazo, tratando de ponerse bien la corbata , se extrañó de que llevase el pelo tan despeinado, normalmente los ejecutivos que trabajaban en la casa parecían competir a quién se peinaba mejor, también de la sonrisa que le había dispensado al verla, como relajada y jovial, como si se alegrara de verla, aunque ella no le había visto nunca.

-Se lleva usted el acta?- Él asintió y continuó camino hacia la puerta de salida del archivo sin darle más explicaciones, a ella le pareció oirle reír antes de que la puerta volviese a cerrarse tras él.

Después salió May, llevando varias actas en las manos y pareció no darse cuenta de su presencia.

-May?- May la miró con una sonrisa beatífica.

-Qué acta se llevó ese?- May dudó un instante y soltó una carcajada.

-Una Clarkson..- Contestó, tras carraspear varias veces, y continuó su camino hacia el fondo del archivo, Sally negó con la cabeza y regresó al despacho a hacer que trabajaba.

Esa tarde, cuando May abandonó el archivo, le encontró ya esperándola.

-Hey..

-Hey…-Él se acercó a ella midiendo sus pasos.

-No era el acta correcta?-Bromeó ella, él sonrió y la buscó a medias

-Correctísima- Susurró, ella no pudo evitar reirse.

Desde entonces no se habían vuelto a separar. Se habían casado un año después y habían buscado convertirse en padres casi inmediatamente, pero todavía no habían tenido éxito. Se habían hecho con una maquinita que les delataba con exactitud qué días eran fértiles y cuáles no. Los días que aparecían verde en el visor, Trevor pasaba a buscarla a media mañana y subían a las suites a incrementar la posibilidad de embarazo. Como socio, no necesitaba permiso especial.

No necesitaban hablar. Sus cuerpos siempre lo habían hecho por ellos.

Percivalia

-Mañana se llevan la campana- Cristóbal lo dijo mientras anotaba algo en la tablet, Lucas miró entonces hacia la torre casi intacta de lo que había sido la iglesia, y se encogió de hombros.

-No creo que se caiga

-La van a restaurar, al parecer…y después a lo mejor la iglesia,ya se verá..

-Guillerma me dijo que ellos van a Cervejera a misa, los otros seis no…no creo que compense.

-Ya, pero la campana la restauran fijo, me pregunto cómo la bajarán…- Lucas miró otra vez hacia la torre haciendo visera con la mano, e iba a decirle que seguramente con un camión grúa y un forzudo, cuando un claxon le interrumpió. Era César, el cartero, en su coche de reparto.

-Qué! Se cae o no se cae?!- Exclamó riendo al tiempo que salía del vehículo y señalaba la torre, Lucas sonrió encogiéndose de hombros y Cristóbal negó con la cabeza.

-Hoy ya no…a lo mejor mañana- Bromeó haciendo que miraba la hora.

-Que sepáis que tenéis una nueva paisana…- Cristóbal y Lucas se miraron sin entender lo que que quería decir.- Ahí detrás, en la casa de la viuda de Cervera, al lado de lo que era la tahona….

-Por ahí pasé yo hace un rato y seguía todo igual, cerrado a cal y canto..-Comentó Cristóbal mostrándole con un gesto las casas que les rodeaban, todas tapiadas, algunas más ruinosas que otras.

-Pues ya se está instalando…

Los tres hombres se dirigieron entonces a la casa que César había dicho, en la perpendicular a la plaza dónde estaba la iglesia, y éste les señaló el Volkswagen Golf azul aparcado delante de una casona grande algo separada del resto, de la que alguien ya había abierto de par en par contras, ventanas y la puerta principal.

-Hola?!- Medio gritó Lucas hacia el interior al tiempo que llamaba con los nudillos contra el marco de la puerta. Una mujer joven ,en vaqueros y camiseta, salió al zaguán desde uno de los cuartos laterales llevando en las manos una jarra con flores lilas, llevaba el pelo trigueño en una cola de caballo y les miró a los tres con una mezcla de miedo y sorpresa.- Hola Buenas, bienvenida..-Ella pareció respirar tranquila y les regaló por fin su sonrisa, acercándose a tenderles la mano.

-Hola, yo soy Mila, Mila Gómez,esta era la casa de mi tía…perdonad es que pensé que no iba a haber nadie…- Se disculpó ofrenciéndoles entrar al zaguán, todavía invadido por una casi imperceptible nube de polvo, los tres se presentaron a su vez y ella les hizo pasar a lo que había sido la cocina, una estancia amplia de suelos de baldosa y alacenas de formica beis, sobre cuya mesa había varias cajas de supermercado con compra.

-Te vas a instalar aquí entonces?-Se interesó Cristóbal, al tiempo que, por deformación profesional, inspeccionaba con la mirada el techo, ella se encogió de hombros y dejó el jarrón sobre una encimera.

-Un tiempo, todavía no sé cuánto…

-Nosotros trabajamos para Patrimonio, en la reconstrucción de todo esto..-Explicó Lucas, ella levantó las cejas.

-Queda todavía gente? Creía que mi tía había sido la última en irse…

-Quedan ocho, en cuatro casas, en la parte de arriba…

-Ya no tenían pensado irse, y ahora están encantados con el plan…

-Para hacer hoteles?-Aventuró ella entre dudosa y escéptica, los hombres rieron la ocurrencia.

-No, casas asequibles para familias jóvenes, en total cien-Explicó Lucas, ella pareció sorprenderse gratamente.

-Pues qué buena idea….tranquilo es..

-Eso por descontado- Anotó César que hasta ese momento no había dicho palabra.

-Yo he „ocupado“ una a dos calles de aquí…si quieres llamarlas calles…mientras dura el proyecto- Explicó Lucas

-Yo voy y vengo…si bien llevo las obras, los pueblos fantasma no son lo mío- Bromeó Cristóbal mientras inspeccionaba la campana extractora.

-Yo os invitaría a algo…si supiera dónde lo tengo-

-No te preocupes, ya habrá ocasión..- Anotó Lucas

-Mañana podemos venir y ver si es factible que la habites…parece que sí, pero nunca se sabe…-Cristóbal dio un par de golpecitos al marco de la puerta de la cocina.

-Si necesitaras echar algo al correo yo vengo todos los días sobre esta hora…-Se atrevió César, ella sonrió, Lucas observó que su tensión inicial había desaparecido.

Tras haberse despedido de ella, los tres se dirigieron de nuevo a lo que había sido la plaza del pueblo.

-Bueno, pues ahora ya tenemos un muy buen incentivo para venir hasta aquí…-Comentó César, los otros dos le miraron y los tres rieron descreidamente la ocurrencia.

Al día siguiente a media mañana, Lucas y Cristóbal cumplieron su promesa y llamaron de nuevo a la puerta de la nueva vecina. Esta vez Mila preparó café y les acompañó en su recorrido por la casona, de dos plantas, con incontables habitaciones, muchas de ellas sin ventana, abierta hacia atrás a un patio de tierra pisada cerrado por un muro bajo. Cristóbal determinó que era habitable, y no corría riesgo alguno de derrumbarse, si bien en un futuro iba a necesitar un tejado nuevo.

-Y tú a qué te dedicas?-Quiso saber Lucas, removiendo su café, se habían sentado en un banco corrido de piedra que adornaba la fachada que daba al patio, Cristóbal había tenido que irse a Cervejera a buscar unos planos.

-Yo trabajo de química, en el laboratorio de „RIB56“, la empresa de cosmética..

-Y te has cogido vacaciones

-Algo así, un tiempo, digamos…demasiadas horas extras- Y llevándose su taza a la boca bebió un trago largo de su café.

-Tu tía dónde está?

-Ahora mismo en Alicante, me la pasó en herencia en vida….y tú?, también eres ingeniero?

-No, arquitecto y aparejador y albañil y pintor, doy a todo..-Mila rio

-Faena no va a faltar…

-Aún estamos en las primeras fases del proyecto…después vendrán las cuadrillas y todo el follón…

-Y ya no será un pueblo fantasma..

-Volverá a ser Templete de Arriba…

-Ah, que hay también un Templete de Abajo?

-No, le debió de gustar a alguien

-Y tu casa la has „ocupado“ de verdad?

-No, me la han cedido mientras esté aquí…pero le estoy cogiendo cariño, no creas, después si quieres vamos…

La casa de Lucas era más pequeña que la de Mila, y estaba adosada a lo que había sido la escuela. Era de planta baja, y repartía sus espacios en una amplia cocina que daba al frente y dos estancias más, que él utilizaba como dormitorio y sala de trabajo que también hacía las veces de salón.

-Todo muy ecléctico, como puedes ver…

-Muy Feng-Shui…-A los dos les dio la risa

-Muchos muebles no tengo, es verdad, la cocina ya estaba y el resto lo he ido comprando a medida que lo he ido necesitando..

-Esto qué es?- Mila le señaló unas bolas de cuero, que colgaban de unas tiras del mismo material y que pendían de un clavo en la pared.

-Boleadoras argentinas…me las trajo mi cuñado de un viaje por la Pampa, por si alguna vez las pudiera necesitar, fíjate tú qué tontería…

-Agún caballo que se desboque, despistado…

-Exacto…y voy yo y acierto…

-Nunca se sabe..

A partir de ese momento Templete de Arriba volvió a recobrar un poco de la vida que había tenido antes, los otros ocho habitantes de los que el más joven acababa de cumplir setenta años, se alegraron de contar con Mila, a la que recordaban de niña, como nueva vecina, Lucas y Cristóbal hicieron con ella enseguida camarilla y dieron en llamarse el „Club de las once“ ya que a esa hora de la mañana se reunían en la casa de ella a tomar café y hacer una pausa en sus cálculos y medidas.

-Esta flor cómo se llama? Nunca la había visto antes- Preguntó un día Lucas, refiriéndose a dos macetas con una planta de tallos largos y flores lilas, que adornaba el alfeizar de la ventana de la cocina de Mila, era sábado, y ella le había pedido si podía ayudarla en la tamaña tarea de vaciar el desván.

-La he bautizado „Percivalia“…

-Bautizado? Tú tampoco sabías el nombre?

-La encontré minúscula entre unos riscos en el Pirineo, la pasada Semana Santa, me la llevé de recuerdo y se puso así, busqué los siete buscares, pero no encontré el nombre…

-Y por qué Percivalia?

-Porque mi libro favorito es „Percival“,y como en él hay mucha mágia, pues la llamé así…

-También es mágica, o qué?- Mila le miró un instante y parpadeó varias veces, sin saber qué contestar, optó por sonreír, con lo que a él le pareció un rictus nervioso.

-Sacos de basura, necesitamos sacos de basura….Jacoba me dijo que tenía unos para ocho kilos, voy en un momento,vale?- Cambió de tema dando una palmada, él asintió y optó por no indagar más. Mientras ella se iba a buscar los sacos él se decidió a subir al desván para ir haciéndose una idea de lo que tendrían que hacer, iba a abrir la puerta que conducía a él, cuando escuchó los aldabonazos. La puerta principal tenía una aldaba de hierro fundido, pero nadie hasta ahora la había usado por lo que pensó sería Mila, que quisiera probar el sonido. Cuando abrió la puerta, se encontró con una aparición hecha persona en forma de mujer muy joven de larga melena blanca, que enmarcaba un precioso rostro de princesa de cuento iluminado por dos dulces ojos azules y vestía una especie de vestido túnica en tonos lilas, antes de que él pudiera decir nada, a la aparición se le sumó un hombre muy alto, que a él le pareció identico al del antiguo anuncio de Marlboro, sólo que en blazer, camisa blanca y chinos, lo que le llevó a pensar que la idea de usar el pueblo como escenario de anuncios publicitarios se había hecho real y aquella gente los iba a protagonizar. Pero no.

-Hola, Buenos Días, está Mila?- La voz de ella correspondía con su aspecto, le hizo recordar la última vez que había visto „La Cenicienta“, no supo por qué. Acertó a negar con la cabeza, incapaz de apartar sus ojos de los de ella.

-Si el coche está, es que sí…- La voz del hombre le sacó de sus pensamientos,y logró encontrar la suya.-

-Por supuesto…perdonad, pasad por favor…- Y les dio paso al zaguán, en el que los tres se quedaron en un impass, sin saber muy bien qué hacer, él optó por hacerles pasar a la estancia que Mila había decidido iba a ser el salón, y que provisionalmente estaba ocupada por un sofá y una televisión como todo mueble.- Mila se ha ido a buscar una cosa, vuelve en seguida….sentaos por favor, os puedo ofrecer algo?- La mujer le regaló la más bonita de las sonrisas que hubiera visto nunca y negó con la cabeza, sentándose en el sofá, el hombre permaneció de pie, con las manos en los bolsillos.

-Nos perdimos dos veces- Anotó mientras observaba el techo de vigas de madera.

-Eso te pasa,Emiliano, por no querer utilizar el navegador ese…

-Me revienta los nervios, Puri, preguntando también se llega a todas partes, no?..

-Tarde, sí, pero se llega…

-No empieces…

-Callemos…

-Eso…-

Lucas asistía a la conversación habiéndose decantado por el silencio, cuando Mila apareció en la puerta del salón. Al ver a los recién llegados, dejó caer al suelo los sacos que llevaba en los brazos y su rostro no pudo esconder la más rotunda sorpresa.

-Hola, mi vida…-Saludó Puri incorporándose de su asiento, Mila logró articular una leve sonrisa.

-Cómo me habéis encontrado?

-Mi vida, te conozco desde que ni siquiera eras una idea en la mente de tu madre….no podías estar en otro sitio-Argumentó Puri acercándose a ella y dándole un abrazo, que Mila secundó, ya más tranquila, Emiliano imitó a su mujer, y los tres miraron entonces a Lucas, que los contemplaba a su vez sin decir una palabra.

-Creo que es mejor que se lo expliques- Sentenció Emiliano al tiempo que se mesaba el cabello.

-Todo tiene que ver con Percivalia- Comenzó a explicar Mila,había preparado café y se habían acomodado alrededor de la mesa de la cocina, Lucas la escuchaba sin perder querer perderse detalle de lo que iba a contarle- La planté en una maceta pequeña y la puse en la cocina, sin muchas esperanzas de que sobreviviera, la verdad, pero para mi sorpresa, a los dos días había doblado su tamaño y el número de tallos, las flores también eran más grandes y desprendían un olor exquisito, la tuve que cambiar de maceta. Me fijé entonces en las flores, que rezumaban una especie de miel blanca, me llevé unas cuantas al laboratorio y tras llegar a la conclusión de que no era venenosa, se me ocurrió crear una crema con esa miel como ingrediente principal ya que sólo el olor invitaba a usarla. Dio para dos botes grandes…

-Y justo ese día me encontró en la escalera…- Comentó Puri, Mila sonrió y asintió.

-Y le di uno, yo me quedé el otro.

-A nuestras edades no tenemos tantos miramientos con las cremas, y la utilizamos como hidratante de cuerpo y de cara…tanto él como yo…además olía tan bien…

-Daba buen humor…- Anotó Emiliano sirviéndose otro café.

-Para hacer un resumen, en cuestión de días nuestro cuerpo y nuestro rostro rejuvenecieron, desaparecieron las arrugas, las manchas, las imperfecciones…incluso las cicatrices que pudiéramos tener…

-A las dos semanas volvimos a tener el aspecto que teníamos con veinticinco años….

-A nuestros hijos les dijimos al principio que nos habíamos puesto Botox…y nos creyeron..

-Yo les dije que a lo mejor, si dejaban de usarla, el efecto desaparecería,y volverían a ser los de antes….- Explicó Mila

-Pero no, estamos estancados en la veintena, y creo que se va quedar ahí, …opté por dejarme el pelo blanco, por aparentar un poco más mayor….pero lo hace peor…aún llamo más la atención…

-Siempre llamaste la atención, mi amor, te los llevabas de calle…- Bromeó Emiliano cogiéndole la mano y dedicándole la más amorosa de las miradas, ella le correspondió con un beso en el aire.

-Pero te elegí a tí….

-El mes que viene hará cincuenta años…

-Y él no se queda corto, el otro día le armé una escena de celos porque le vi reirse con la panadera…-Emiliano negó con la cabeza, buscando paciencia en el techo.

-Qué interés puedo tener yo en esa chica…vamos a ver…si puede ser mi nieta..- Mila ahogó la risa, Puri arqueó una ceja y le miró de reojo sin decir nada más.

-Pero..entonces…cuántos años tenéis…los tres?- Se atrevió a preguntar Lucas.

-Yo acabo de cumplir setenta y dos, Emiliano tiene setenta y cuatro…- Puntualizó Puri, Mila se apartó un mechón de delante de la cara y sonrió casi tímida.

-Yo tengo treinta y cinco….sólo la usé una vez de crema de cuerpo…y… bueno, sólo surtió efecto ahí, no en la cara…

-No le hagas caso, siempre tuvo tipazo..- Aclaró Emiliano, Puri le dedicó una profunda mirada, y él volvió a buscar la paciencia en el techo.

-Para que lo entienda….esa planta hace rejuvenecer los tejidos, pero por dentro seguís teniendo la misma edad?- Intentó entender Lucas mirándolos alternativamente.

-Hombre…yo sigo siendo yo, en la cabeza, como era antes….pero buena pregunta….cómo estamos por dentro…entonces?- Preguntó Puri, y Emiliano y ella miraron espectantes a Mila, quien se encogió de hombros.

-Ni idea…..os sentís como antes o no?- Preguntó, Emiliano dirigió a Puri una mirada casi de horror.

-Ay cari que vas a tener que usar la pildora otra vez…- Puri abrió mucho los ojos y soltó una especie de chillido.

-No puede ser!- Y se tapó la cara con las manos, apoyando los codos en la mesa.

-Nos habremos vuelto inmortales?-La pregunta de Emiliano quedó prendida en el silencio que se instaló entre ellos.

-Seguro que piensas que nos hemos escapado de la unidad de agudos de algún psiquiátrico…- Dijo Mila dirigiéndose a Lucas, quien les miraba sin ser capaz de decir nada congruente.

-Hombre…-Alcanzó a decir, haciendo un gesto con las manos, como queriendo explicar lo que él intentaba asimilar.

Puri y Emiliano les explicaron que habían decidido mudarse, ya que les era imposible continuar con el paripé, se mudarían a un lugar en el que nadie les conociese y donde pudieran comenzar una nueva vida todavía no habían decidido  dónde, en algún momento se lo explicarían a sus hijos. Se marcharon prometiendo comunicarles su nuevo paradero y decirles si se daba algún otro cambio en su aspecto, se despidieron de ellos con un cariñoso abrazo. Esta vez quiso conducir ella, y programó el navegador, Emiliano se limitó a buscar la paciencia en algún lugar de la inmesa meseta que les rodeaba.

-Mi jefe lo descubrió- Y la voz de ella le sonó a Lucas como si estuviese declarandose culpable de un crimen.

-Y te escapaste…

-Mira lo que les pasó a Puri y Emiliano, no tengo ni idea de qué otras propiedades puede tener…pero a él no le importa…sólo ve el dinero..

-Y qué vas a hacer?

-Por el momento nada, después ya veré

Lucas acompañó ese lunes a Cristóbal a Cervejera para entregar unos informes en el ayuntamiento y hacer algunas compras, fueron en el coche que Patrimonio les había puesto a disposición para los desplazamientos, mientras Cristóbal iba a solucionar los papeles él entró en el ultramarinos.

-Hombre Lucas! Qué bien que vienes, tengo ya los botes antipolilla que me pidió Mila, si quieres se los llevas ya…ah, y dile que un tipo vino preguntando por ella..- Explicó el dependiente del ultramarinos mientras colocaba los botes antipolilla sobre el mostrador, Lucas dejó de buscar lo que estaba buscando.

-Qué tipo?

-Un tipo alto, bien plantado, de traje,blandiendo un mercedes….le envié para allá..- Cuando alzó la vista de los botes, Lucas ya había desaparecido.

Se dirigió a donde habían aparcado el coche, pero ya no estaba, seguramente Cristóbal había tenido que ir a otro ayuntamiento a hacer otras cosas, como ya le había dicho, giró sobre si mismo en busca de alguien que le pudiese ayudar y vio a Cesar cargar su camioneta con el correo de ese día, recorrió la distancia hasta él a la carrera.

-Hombre Lucas!…

-Necesito que me ayudes…

-Tú dirás…

-César, tu te acuerdas de aquella película de un autobús que iba a toda leche y no se podían pisar los frenos?

Cuando abrió la puerta y le vio, Mila supo que estaba todo perdido. Le dejó pasar sin decir una palabra.

-Tú te vienes ahora mismo conmigo, tú y la plantita, vamos al laboratorio, me dices la fórmula, yo llamo a los japoneses y todos contentos, sin necesidad de tener que darte golpes, ni amordazarte ni prometerte la muerte….no me gusta el teatro- Explicó él, acariciando con los dedos las flores de la planta, ahora ya en tres macetas- Te robo agua…qué cantidad de polvo levanta esa carretera…- Y se sirvió dos vasos grandes de agua de una jarra junto al fregadero, Mila se calló comentarle que se acababa de beber el agua de un ramo de „Percivalia“que había puesto allí a remojo y ahora colgaba bocabajo de las alacenas para secar. Él metió una de las macetas en una bolsa y la agarró a ella del brazo para salir de la casa.

Lucas les divisó desde el fondo de la calle, César había llevado la camioneta a todo lo que podía dar, sin pararse a preguntarle el por qué, y él había corrido entonces a su casa, y cogido las boleadoras. Sin perder un minuto, las hizo girar con fuerza en el aire, y cogiendo impuso las lanzó casi perdiendo el equilibrio al hacerlo. El tiro llegó a su objetivo, y el hombre que llevaba a Mila cayó al suelo junto a ella, quien soltó un grito de susto.

-Ay que lo has matao!- Gritó casi llorando ella cuando Lucas se acercó, él le tomó el pulso y negó con la cabeza.

-No, sólo está noqueado- Aclaró, Mila se abrazó a él y él la secundó.

-Buen regalo el de tu cuñado-

-Sin duda…

Ella le ayudó a transportar a su jefe hasta el interior de la casa, decidieron encerrarlo en la antigua despensa, ya que carecía de ventanas. Daban la llave, cuando César apareció en la puerta de entrada a la casa, casi sin aliento.

-Pero qué te pasaba?!Para qué tanta prisa?!….pero oye…qué subidón!menos mal que aún no han puesto los radares…sino…- Y les miraba a ambos con una radiante expresión de satisfacción en el rostro.

-El del catastro- Acertó a contestar Lucas, Mila asintió vehementemente con la cabeza al tiempo que se apoyaba contra la puerta que acababan de cerrar.

-Catastro..

-Sí…no sabes cómo se ponen si no hay nadie para recibirles cuando vienen..- Explicó Lucas acompañando sus palabras con un creíble gesto de agobio, César levantó las cejas y pareció hacerse cargo.

-Entonces el cochazo ese de ahí abajo es de él…

-Sí…supongo que ahora estará por arriba preguntando y tal…

-Pues sí que deben de ganar bien en el catastro…- Supuso César rascándose la nuca, Lucas logró sonreír apenas, Mila se tapó la mano con la boca y fingió toser.

Los tres abandonaron entonces la casa, César hizo su reparto diario, y ellos dos, para hacer tiempo subieron hasta el castillo en ruinas que velaba en lo alto del pueblo.

-Estoy tan nerviosa que me tiemblan las piernas- Confesó ella sentándose sobre una piedra, él se mesó el cabello con las manos y expulsó aire con un sonoro soplido, en aras de encontrar él de nuevo también la tranquilidad.

-Pues anda que yo…

-Cuando se despierte, le doy la fórmula, la planta y que se vaya en paz…esto me supera.

-Tienes razón, y que sea feliz…o lo intente…y después qué?

-Qué es un pueblo sin farmacia?…no sería mala idea- Lucas se sentó junto a ella.

-Ah, es que también eres farmacéutica?- Preguntó sorprendido, ella sonrió.

-Yo también doy a todo-Y le cogió del brazo.

Volvieron al pueblo despacio, recuperando la calma, mientras Lucas le iba explicando los planes que había para cada calle. Llegaron a casa de Mila dispuestos a hacer lo que habían pensado y abrieron la puerta de la despensa. Lucas dio la luz.

-Y dónde está?- Mila entró tras él, la estancia estaba vacía.

-Cómo que no está?….si no hay ventanas y la puerta estaba bien cerrada- Se extrañó. Fue entonces cuando escucharon el maullido. Ambos se miraron un instante sin entender lo que estaba pasando, y el maullido se hizo más alto, hasta convertirse en un claro llanto de bebé. Los dos a la vez dieron un salto hacia atrás acompañado de un grito. Fue Mila la que se atrevió a acercarse con pasos inseguros al fondo de la estancia, a un desordenado montículo de lo que había creído serían sacos. Resultó ser ropa. Al separar dos de las piezas para saber qué escondían, le descubrió. Se llevó la mano a la boca y se giró hacia Lucas con los ojos anegados en lágrimas. Era un bebé recién nacido, que lloraba dejando claro que tenía sanos los pulmones. Lucas se acercó con las manos en la cabeza.

-Dime que no es verdad

-No puedo, lo es..

-Pero..pero..qué..

-El agua, se bebió agua con Percivalia, dos vasos grandes…

-Osea…es él…pero…

-Ahora es un bebé- Mila envolvió a la criatura en la camisa, lo estrechó contra ella y lo acunó, pero sin conseguir que el llanto cesase.

-Y él por supuesto sabe que…

-Supongo que por eso llora tanto…

-Y qué hacemos?- Mila miró al bebé, que a su vez la miraba a ella con el ceño fruncido, brocado de llanto, y sonrió acariciándole la minúscula cabecita.

-Tengo una idea

Le entregó el bebé y abandonó corriendo la estancia. Volvió pocos minutos después, con las manos enguantadas y una manta todavía en su funda que había encontrado en la que había sido la habitación de su tía. Tras sacarla de la funda, la extendió sobre el suelo, y cogiendo al bebé con sumo cuidado lo depositó en el centro de ella, para luego envolverlo de forma que después sólo se le veía la carita, arrugada de lágrimas.

-Le dejaremos en el portal de la iglesia, los de arriba aún están en Cervejera en el Hogar del Jubilado y en Labores, lo sé por Guillerma, no habrá problema. No nos verá nadie. Después llamamos a la Guardia Civil..o la policía…no sé…y ya está.

-El coche…qué hacemos con el coche?..ya sé, lo escondo en uno de los cobertizos, tengo suficientes cadenas y candados, nadie sabrá que está ahí…-Explicó, ella asintió y abrigó un poco más al bebé, que parecía haberse quedado dormido.

Y llevaron a cabo su plan. Dejaron al niño en los escalones de la iglesia, de forma que era imposible no verlo u oirlo si alguien pasara por delante, y llamaron a la Guardia Civil. Cuarenta minutos más tarde, el habitual silencio se vio roto por sirenas y luces, pertenecientes a coches de la Guardia Civil, Policía Nacional, una ambulancia medicalizada, agentes de Protección de Menores y el cura de Cervejera al que también casi hubo que atender. Ellos contaron que volviendo del castillo habían escuchado un llanto y que se habían encontrado con el bebé, lo habían cogido en brazos para calmarle, y que del resto no habían tocado nada. Y les creyeron. Un médico se llevó entonces a la criatura, que gritaba y braceaba sin consuelo. Uno de los presentes comentó emocionado que el chico quería dejar claro que estaba vivo, Mila y Lucas se limitaron a asentir, seguir al médico con la mirada y verle desparecer en la ambulancia.

-Una cosa está clara, va a ser un niño difícil y un adolescente complicado…- Sentenció Lucas. Habían vuelto a subir al castillo, desde el que observaban el ir y venir de los coches patrulla y de los equipos de prensa que ya se hacían eco de la noticia, ellos, tras declarar, habían decidido desaparecer. Mila le miró y sonrió.

-Hasta que le crean va a pasar la tira de tiempo….si no lo toman por loco-Lucas rio también. Se quedaron en silencio un instante, sentados uno junto al otro observando los juegos de luces en la caida de la tarde.

-No pienso tener nada contigo-Casi susurró él.

-Ni yo contigo

-Eso sólo pasa en las novelitas o en las películas…ella llega y se ven,y veinte minutos después ya están juntos…eso no pasa…

-Raro que pase…

-Hombre…una alegría al cuerpo sí que podíamos darla…-Ella se ríe por fin, y cogiéndole del brazo, apoya la cabeza en su hombro- en serio…por aquí debió ser deporte nacional en otros tiempos…porque otra cosa..- Y él extiende los brazos como para mostrarle la anchura de la meseta castellana, ella continúa riendo su ocurrencia.

-Deporte Nacional?

-Muy sano…y recomendable…

-Como el yoga..

-No deja de ser una variante

-Lucas?

-Dime

-Quieres guardar conmigo este secreto para siempre?

-Por los siglos de los siglos?

-Hasta el fin de los tiempos..

-Y tú? Quieres ser mi adorada dama?

-Como gustéis…

Observaron el sol perderse poco a poco en el horizonte regalando una penumbra, que, en su avance hizo desaparecer la luz, y dio paso a la oscuridad que tendió un inmenso manto perlado de estrellas sobre ellos,y su secreto.

Estalactitas

-Dónde está el „Haiga“?

-Me ha llamado Morente, que no tienen..

-Cómo que no tienen „Haigas“?

-No, sólo les queda un Chevrolet, que si lo quieres…

-Pero qué Chevrolet iba a haber en España en el cuarenta…vamos a ver…!

-A mi no me digas nada…

-Llama a Morente y me dices…

-„Tú no tienes alma, lo que tienes es una estala..estalaag…“mira, no soy capaz, esta palabra hay que cambiarla…

-Cambiarla?

-Es que se me traba, y no soy capaz….queda mejor por ejemplo „Tú no tienes alma, tienes un enorme agujero negro“…

-No, eso no puede ser…

-Por?Los agujeros negros son insondables…

-Ya, pero entonces no lo sabían y no es congruente….

-Y puede tener doble sentido…

-Doble sentido de qué? Cómo sois!…

-Si Luís lo dice, será…el guión es suyo..

-Luís, tiene que haber algo tan frío como una cosa de esas…

-Y a tí qué te pasa?

-Yo me muero en el minuto sesenta y tres, en un tranvía no?, no podrías matarme ya?

-Cómo sabes que es en el sesenta y tres?

-Se me dan bien las matemáticas….pero no cambies de tema, a mí me están esperando en Chicago para empezar con la otra película….y no me puedo retrasar…

-Ya, pero es que todavía no tenemos ni el tranvía…cómo quieres que te mate sin tranvía?

-Y dónde está?

-Ni idea…todavía lo están pintando creo…

-Dónde?…es que ya es la segunda vez que Steven me llama y no sabes cómo se puede llegar a poner…..tienes que matarme ya…

-„Aaaalgo me mi, aaaalgo de mi, algo de mi se va muriendoooo“!!!

-No es coña Roberto…claro, como tú sólo sales en los „flash-backs“….

-„Quieeeero viviiir,quieeeero viviiiir“…

-Los campesinos llevaban chalecos o no?

-Cómo quieres que lo sepa? La de atrezzo eres tú…

-Ya, pero si no los llevaban , después tenemos doscientos chalecos de pana…

-De pana…

-Supongo que eran de pana….ay ya la lié…tengo que llamar a Marita…

-„Tu no tienes alma, tienes un cráter“

-Luís?

-No, suena fatal y no va…

-Qué hay más horrible que un cráter?

-Hay cráteres preciosos…

-Morente tiene una moto side-car…

-Pero vamos a ver, aquí está muy claro „Los cuatro se suben al coche y éste se aleja en la bruma“!….

-No te pongas así….qué tiquismiquis…

-Pues si no me matas…me cambias por Roberto y los „Flash-backs“ los rodamos todos juntos…hoy…

-Le sacas dos cabezas y eres rubio Germán…..además tienes mejor culo…

-Bueno di tú que la escena de desnudo es medio a oscuras…y hay tintes…

-Y alzas…

-Dónde dices que tienen el tranvía?

-„Tú no tienes alma, tienes una sala de espera“

-De espera de qué….practica estalagmita…y ya está

-Estalactita

-Ves?

-Por Dios!

-Pues no llevaban chaleco…camisola y gracias…y ahora qué hago con los chalecos de pana?

-Llama a Gunilla…ella siempre tiene tipos con chaleco….

-Ya la llamé….la de ahora es de romanos…

-Pues no sé…a mí qué me dices…habla con Marita…

-Y no encontramos los revólveres

-Qué revólveres?

-Morente tiene un Rolls

-….

-Hombre di tú que…

-Pues sea!….ya no eran ricos…eran riquísimos…

-Ya hablé con los del tranvía….lo traen esta noche…

-Esta noche?

-Y me matas a primera hora de la mañana, luego me tiro a …quién me tiro?…en fin…y huyo todo el rato…

-Pero tú….

-Qué ha sido eso?!

-Ya habrán encontrado los revólveres….

-Qué revólveres?

-„Tú no tienes alma, tienes….no sé…es que….“ (Rompe a llorar amargamente)

-Eso es…..quiero eso

-….

-Tú llora así…..

-„Y en su sitio habrá un vacíoooo grande y mudo cooomo el albaaa“!!

-Roberto!Te quieres callar?!

-„Te vas…pero te quedas…porque formas parte de miiii“!

-Sí, me quiero ir…pasa algo?…me tienen que matar…ya!

-SILENCIO!! SE RUEDA!!

La Encina

-Total, como vives solo, no te importa- Y se lo decía como si fuera un decreto, algo de lo que no cabía duda, una decisión unilateral sin posibilidad de ser rebatida. Ignacio Figueroa les miró alternativamente al tiempo que se sacaba el dispositivo de auriculares de los oidos, con la débil esperanza de haber entendido mal lo que acababa de escuchar por entre las voces de su grabadora digital.

-Una grúa- Repitió encontrando su voz, se dio cuenta de repente de que llevaba toda la tarde sin hablar con nadie, ni en el despacho ni en casa. Carraspeó y pensó en beber algo, pero entonces tendría que ofrecerles a ellos, y no tenía ánimos para confraternizar con nadie a esas horas. Amelia asintió con la cabeza y le pareció que Aitor sonreía en su poblada barba. Por mucho que se esforzó no encontró palabra alguna en su cabeza, sólo sed, así que se limitó a carraspear.

-Si me das tu Whatsapp te mando las fotos de los modelos que hay y elegimos la que te venga mejor- Continuó entonces Amelia, apartándose el cabello tras las orejas y guiñando brevemente los ojos, Aitor sacó entonces su móvil del bolsillo de la camisa al mismo tiempo que se ponía unas gafas bifocales, e Ignacio Figueroa acertó a articular algo que a él le pareció una escueta respuesta afirmativa, y que provocó que sus vecinos le regalasen las más ámplias de sus sonrisas. Intercambiados números de teléfono y mensajes de confirmación, Amelia y Aitor le volvieron a dejar solo, deshaciéndose en frases de agradecimiento, y él sacándole importancia a lo que acababa de acceder, sin saber a ciencia cierta de qué se trataba. Sólo que se trataba de una grúa. Se sirvió un vaso grande agua y se lo bebió entero. Miró el reloj, todavía no eran las diez, pero de repente sintió un cansancio infinito. Camino de su cuarto se descalzó y se sacó la chaqueta del traje que después colgó junto con la camisa en el burro destinado a la ropa de lavandería. Camiseta blanca, pantalón largo de pijama, se le estaba acabando la pasta de dientes, la tendría que comprar en Frankfurt, preguntándose cómo se diría pasta de dientes en alemán se metió en la cama y apagó la luz.

Se encontró con Ignacio Sepúlveda en la puerta de embarque. Desde que habían comenzado a trabajar en el mismo equipo, en la oficina habían dado en llamarles “Los Nachos”, si bien ninguno de los dos se interesaba especialmente por la cultura mexicana o por ese plato de su gastronomía en particular. Formaban un buen binomio y se entendían sin apenas tener que hablar, lo que aligeraba mucho el ritmo de trabajo. Cuando casi llegando a destino, la voz enlatada de la sobrecargo desveló la temperatura reinante en la ciudad y la presencia de nieve, Sepúlveda soltó una sonora queja que conjuntó con un gesto de absoluta desgana.

-Otra vez no, joder, miré ayer y ponía que iba a estar despejado y cuatro grados…nada de nieve…

-Di tú que salimos y nos metemos en un taxi que nos deja en la puerta…

-Me acatarro fijo…fijo, y eso que Laura me dijo “Lleva el plumas que seguro que nieva”,…..qué mal…odio la nieve…

-Ya- Sepúlveda se rió a medias y recogió la mesita del asiento posterior.

-Tú no?

-Yo más la lluvia, fíjate, puestos a elegir

Sepúlveda se compró un chaleco acolchado para poner por debajo del abrigo y un chal de lana en una de las tiendas del aeropuerto, él un neceser con dos tipos de pasta de dientes, dos modelos de cepillo, enjuage bucal e hilo dental. Zahnpasta. En algún momento tendría que ponerse a aprender alemán. Antes de llegar a los taxis, ya había desechado la idea.

El vuelo de vuelta, esa misma tarde, salió con mucho retraso debido a la nevada que había acabado por colapsar la ciudad. Se sentaron a comer algo en un bistro de la terminal, a la espera de que les comunicaran si finalmente salía su vuelo o no. Fue entonces cuando comenzaron a llegarle los Whatsapps de Amelia.

-Y yo qué sé…- Acabó por decir después de abrir cinco fotos con cinco modelos distintos de grúas.

-Qué pasa?- Figueroa se lo preguntó mientras trataba de raspar la mayonesa del bocadillo que le habían servido- Esta gente no sabe hacer bocadillos normales? A qué viene poner tanta mayonesa…?

-Es que tengo que elegir una grúa…-Figueroa cesó en su labor, y le miró pensando que había oído mal, él trató de hacer un resumen- Es que mis vecinos quieren construir un porche acristalado y necesitan socavar enrededor de una encina centenaria y como según ellos “vivo solo”…pues….me han pedido si pueden hacerlo desde mi jardín…

-Bueno, eso es verdad…

-El qué?

-Que vives solo…tampoco es que pares mucho por casa, no?

-Ya, pero bueno…yo no tengo ni idea de grúas…

-A ver?…..esta es chula- Ignacio le miró sin saber qué argumentar, y silenció el móvil para poder comer su bocadillo de crema de atún tranquilo.

-Qué es eso?

-Tengo hambre, lo trago sin pensar.

-Ya me dirás cómo lo haces.

Amelia le envió un Whatsapp días más tarde para decirle el día y la hora en que el hombre de la grúa iría a su casa. Decidió entonces que ese lunes haría home-office, si bien él no tenía ni idea de obras ni de grúas, quería estar presente si algo con una de las dos cosas salía mal. Amelia llamó al portalón a las nueve de la mañana, venía acompañada de un hombre joven, que supuso de su misma edad, en uniforme de faena, tenía el pelo muy corto negro y un pendiente de aro en la oreja derecha.

-Pues la descargamos y todo es empezar- Sentenció el hombre después de recorrer dos veces el seto y comprobar un par de cosas, ante su atenta mirada y la de Amelia que parecía estar muy nerviosa, él sin embargo no encontró motivo para estarlo.

-Voy a hacer café…queréis?- Preguntó, Amelia negó con la cabeza y con un gesto muy rápido de la mano, él pensó que si él tuviera ese estado nervioso tampoco aceptaría un café, el hombre de la grúa sin embargo se lo aceptó- Con leche, solo…?

-Solo y sin azucar, gracias- Se lo dijo mientras medía algo entre el seto y unas piedras.

La grúa era lo más parecido a un tanque mediano pero en color naranja, con un brazo extensible acabado en pala, y una cabina que a él le pareció minúscula en la que sin embargo el hombre cupo sin mayores dificultades.

-Yo me llamo Eutemio- Se presentó cuando le trajo el café, él volvió a estrecharle la mano y le dijo el suyo-

-Cuánto tiempo crees que vas a necesitar?

-Dos semanas…por lo bajo, porque el seto se las trae, no contaron con las raices…-Ignacio se encogió de hombros y sonrió.

-Yo ni flores, tómate el que necesites…-Eutemio se lo agradeció levantando la taza haciendo como que brindaba, y él le correspondió.

Al rato llamaron al portón dos hombres con picos y palas que dijeron venir a encargarse del seto, Eutemio les recibió con familiaridad desde la otra parte, donde medía distancias entre éste y la encina. Nacho optó por empezar a hacer algo productivo con su día y entró a trabajar en su ordenador, si bien la voces y ruidos del exterior no le dejaron concentrarse.

-Yo me voy al trabajo normalmente a las ocho y media…qué horario tienes?…lo digo para dejarte entrar…o pasas por el seto por Amelia…como quieras- Eutemio se rascó la nuca y sopesó las posibilidades.

-Paso por Amelia, y así no estás pendiente, de todas formas voy a estar de acá pa llá todo el rato…- Nacho miró hacia donde sus colegas se afanaban a extraer el seto.

-Y qué hacen con él entonces?- Eutemio se encogió de hombros.

-Ni idea…tenemos orden de dejarlo en el fondo-Nacho le miró intrigado, preguntándose qué fondo.

-A mi no me mires… yo ni flores, como dices tú- Y se volvió a acariciar la nuca.

El viernes Ignacio fue a casa de su amigo Eusebio, que celebraba su cumpleaños, le compró un altavoz-multimedia que hablaba y al que se le podían pedir cosas. Eusebio lo programó y en seguida supieron qué tiempo iba a hacer en todas las regiones del país en las siguientes veinticuatro horas. Después de picar algo, todos los asistentes se habían sentado a ver una serie de ciencia-ficción en Netflix y él se quedó dormido en el segundo capítulo.

El sábado tocó comida familiar en casa de sus padres. Su hermana Victoria estaba planeando su pedida y no se decidía entre una pulsera o un anillo, para Ernesto, su futuro marido, ya habían elegido un reloj del que Ignacio se atrevió a apuntar que le serviría en su próximo viaje a Marte, Victoria había levantado la vista del catálogo de anillos que le habían dado en la joyería y no pareció encontrarle la gracia, él optó por no decir una palabra más. Su padre le pasó un catálogo de coches de alta gama y otro de autobuses, a ellos dos les tocaba calcular ,y dedicir, cuántos y cuáles iban a necesitar para el transporte de los invitados desde la iglesia al lugar de la celebración , y posteriormente de regreso al final de la fiesta, porque sobre todo primaba la seguridad, él le dio la razón, y abrió el catálogo de autobuses al azar. Se acordó de las grúas. Todos los autobuses le parecieron iguales.

Cuando llegó a casa, se encontró con una dotación de bomberos y varias unidades de policía, además de numerosos vecinos y curiosos que se arremolinaban ante su portalón, tratando de ver algo que debía haber ocurrido en su ausencia. El corazón le dio un vuelco.

-Un socavón como un mundo- Aitor extendió los brazos a lo ancho para tratar de que se hiciese una idea, los bomberos habían colocado focos en los bordes del socavón que ahora separaba ambas propiedades y que se había llevado consigo los muebles de jardín y parte del terrazo que rodeaba la casa, al fondo se podían distinguir aún los restos de algún seto.

-Pero…por qué? Quiero decir…la grúa ni ha empezado…- Intentó entender, Aitor se encogió de hombros.

-Porque sí. Estas cosas pasan porque sí, Nacho….- Nacho asintió y se atrevió a mirar al fondo del gigantesco socavón.

-Y qué pasa ahora?

-A Amelia le dio un ataque de nervios, la pobre, le dieron algo para dormir….el lunes vienen los del ayuntamiento y los ecologistas…

-Ecologistas…

-Por la encina, para ver si ha sufrido….

-Ya….

-Si tu también estuvieras te lo agradecería, por las cosas legales me refiero…

-Por supuesto, sin problema…

El lunes por la mañana su jardín y el contiguo se vieron invadidos por los técnicos del ayuntamiento, los representantes de la junta vecinal, los integrantes del grupo ecologista encargado de la protección de la encinas, los bomberos y dos reporteros de la gazeta municipal. Eutemio y él optaron por sentarse a tomar un café a observar la multitud.

-Pues menos mal que no me cogió a mí por banda…

-Ya te digo…

-A Moncha le da algo…

-Quién es Moncha?

-Mi novia, nos casamos dentro de un mes

-Hombre! Enhorabuena!- Y le dió una palmada en el hombro- Ya hicístéis la pedida?

-Qué pedida?

-La cena con los padres, el reloj y la pulsera…

-Llevamos juntos media vida y conviviendo la otra media….qué voy a pedir qué?…..ya me basta con la boda…

-Y luego están los autobuses…

-Qué autobuses?….si alguno quiere ir hasta allí en autobús..pues que vaya, supongo que alguno pasará, no sé- Ignacio se limitó a tomar un trago de su café- Mi problema es el traje…

-Por?

-A Moncha se lo regala su tía, que le hace ilusión y esas cosas, pero yo todavía no tengo traje….creo que acabaré alquilando uno…

-De eso ni hablar…cómo vas a ir a tu boda con un traje alquilado…..si me permites, te lo regalo yo…-Eutemio le miró con los ojos muy abiertos, Nacho asintió para dar credibilidad a sus palabras.

-No es broma…te lo regalo yo, si quieres, si no, pues no, y tan amigos, pero ahí te queda….

-Tú te vienes

-Perdona?

-Digo que mi madre se ha empeñado en que venga mi primo Hipólito el de Alicante, que no lo puedo ver ni en pintura al óleo, pues yo me empeño en que vengas tú…ahí te queda…- Nacho rio y le ofreció la mano, Eutemio se la estrechó sellando el trato con la más franca de sus sonrisas.

Dos días después le acompañó a Miguel, su sastre, a que le tomara las medidas y elegir el género. Aconsejado por Nacho y Miguel, Eutemio se decidió por un traje en lana fina gris, con chaleco,que pudiera usar después en otras ocasiones, allí le hicieron también la camisa, eligió corbata y zapatos. Después Eutemio le invitó a comer, al menos, dijo, y le llevó a una casa de comidas especializada en cordero, para rematarlo todo con café, copa y puro.

-Tu te tienes que venir con nosotros por ahí…en plan “Nacho Libre”

-“Nacho libre”?

-Tu te vienes…y lo descubres

Aitor le envió más tarde una foto por Whatsapp de lo que parecía una vasija rota medio enterrada, por un momento pensó que era un chiste, pero después reconoció el socavón. La habían encontrado los bomberos, y ahora estaban pendientes de la llegada de los técnicos de Patrimonio y de los arqueólogos. Le pedía si podía estar en casa al día siguiente para asistirle. Nacho pensó que ahora sólo faltaba que se cayese la encina. Pero no se lo dijo. Bastante tenían ya con el crater.

La ceremonia religiosa se celebraba en una iglesia de la que nunca había oído hablar, en una parte de la ciudad dónde nunca había puesto pie. Optó por ir en taxi. Cuando llegó, Eutemio ya estaba allí, flamante en su traje nuevo, le presentó a varios amigos suyos, también acicalados para la ocasión y tan nerviosos como el novio, unos fumaban, otros hacían bromas entre sí.

El ocupó un banco cercano al altar, ya que Eutemio le había pedido que fuese testigo, y en algún momento tendría que acercarse a firmar. Le gustó el vestido de la novia, sin colas ni velos, precioso en su sencillez, prefirió no pensar en el de su hermana, y observar el encuentro de los futuros esposos. Su momento favorito de las bodas. La ceremonia no fue larga, ni tediosa, ni hubo responsos interminables, ni coros, sólo alguien leyó la Carta a los Corintios y el cura repasó brevemente la vida de los contrayentes hasta ese momento. A la hora de firmar, Nacho se acercó a la zona del altar.

-Siempre lloro en las bodas- La descubrió junto a él, y no pudo entender por qué no la había visto antes, con aquel vestido lila ajustando sus buenas razones, la melena negra y lisa en catarata por la espalda y aquel parpadeo lento, que le hizo pensar en el Efecto Mariposa, ya que no le cupo la menor duda de que algún lugar del mundo se había visto sorprendido por un tifón.

-Yo soy Nacho- Ella le dio dos besos y lo cogió del brazo.

-Yo soy Beli, ahora nos toca a nosotros- Y le guió hasta la mesa donde estaba el libro de firmas. Después alguien decidió por él en qué coche tenía que ir al “Organza”, el local donde se celebraría el combite y la fiesta posterior, y no les tocó ir en el mismo. Cordero asado con patatas, capón de Villalba, sopa de verdura y garbanzos, vino que bajaba solo, tarta helada, tarta de los novios, infinidad de cafés y copas. Los novios repartieron los puros. Acto seguido todo el convite se levantó como un solo hombre y se abrió el baile.

La vio acercarse a él y se acordó del Libro de la Selva. Pero no del nombre de la pantera. Fue incapaz de moverse. Ella afianzó sus dos buenas razones contra él y deslizó su mano por dentro de su camisa ya desabrochada. Tú ven aquí Tarzán, y la melena dijo el resto. Ella se convirtió en un rompecabezas, y él supo que tenía la pieza. Después el whisky, los tiros de tequila, las coronitas heladas y ríos de espumoso de color rosa sirvieron de lanzadera a coreografías imposibles, congas garrafales, himnos a coro, al compás del chachachá como el sol por la mañana fueron libres, carcajadas, risas de altavoz, karaokes, que se besen, te lo juro compañero que me hagas la vida agradable si decides vivirla conmigo, jotas mañas, bailes kosakos, testigos convertidos en go-gos, madrinas bailando Reguetón, Chocolateros a tres bandas, olvida mi nombre mi cara mi casa porque como yo te amo nadie te amará, cigarrillos en cadena, sudor y lágrimas, no pasa nada la liga está cortada, seré tu amante bandido si te doy un beso ya estás a mis pies, y camareros reencarnados en Tony Manero. Tras lo cual ,y ya de día, aún enredado con el rompecabezas, se vio empujado al interior de un taxi junto con otras cinco personas entonando el “Que Viva España” sin saber a dónde se dirigía. Un frenazo le hizo saber que habían llegado a algún sitio.

-“Nacho Libre”!!-Gritó alguien a voz en cuello.

-Que se baje!!-Corearon los otros rompiendo en carcajadas después, ella le aferró el pelo por la nuca y le dejó muy claro que aquello no iba a acabar allí, y él se lo corroboró antes de salir del coche, del que alguien cerró la puerta y se alejó vociferando “Si me quieres escribir” entre carcajadas.

Él se volvió y se descubrió delante del portalón de su casa. Sin la chaqueta del traje, la camisa sin parte de los botones y manchada sin remedio, los pantalones torcidos, los zapatos mojados de algo que no supo identificar, el pelo en una maraña revuelta y ella todavía en todo su ser. Y supo que eso era lo que él quería hacer el resto de su vida. Quería tomarle la palabra a Eutemio y ser “Nacho Libre”, y salir por peteneras. Y a él le gustaban las buenas razones, y los vestidos apretaos, y las melenas, y los rompecabezas. Mucho.

Y aquel iba a ser el primer día de su vida. Porque sí.

Leaf

LEAF

La despertó una bocina, de lo que supuso un camión. Cuando abrió los ojos supo dónde estaba, la noche anterior había bebido, pero no tanto como para no acordarse, levantó levemente el edredón que la cubría y confirmó lo que suponía, estaba desnuda. Oía a alguien respirar a su lado, pero no se atrevía a volverse. Las cortinas de la ventana eran oscuras, y estaban echadas, lo que regalaba una agradable oscuridad, se volvió con cuidado, pero el hombre estaba bocabajo, casi totalmente tapado con el edredón y con la cabeza girada hacia el lado contrario al suyo. Con sumo sigilo salió de lo que le pareció una cama enorme y alta, ya que casi se cae al tratar de poner los pies en el suelo. De puntillas comenzó a recoger del suelo la ropa suya que fue encontrando, la interior, y los leggins que estaban empapados y apestaban a cerveza, se acordó entonces del incidente, y casi le da la risa. Sin saber qué hacer, decidió ir en busca del baño.No tuvo que buscar mucho, estaba anexo. Entró y cerró la puerta con cuidado. En ese baño cabría todo su apartamento, pensó cuando fue consciente de su amplitud, bañada de luz por un lucernario abovedado en el techo, justo sobre la ducha, que carecía de plato y se separaba de la zona del lavabo y vater con una mampara fija de cristal. Decidió aprovechar la ocasión. No iba a tener otra oportunidad de hacerlo en una de esas características. La cebolla tenía forma de plato y en lugar de dos mandos, como en la mayoría de las duchas, se encontró con seis botones. Pulsó el que tenía un punto rojo y fue calibrando la temperatura pulsando con suavidad el botón azul. En un metido de la pared encontró un gel de ducha unisex que olía a lavanda. Tocó con suavidad otro de los botones, y de uno de los laterales salió un chorro casi a presión, no pudo evitar soltar un chillido del susto, todavía riendo rozó el otro y sucedió lo mismo desde el otro lado. Optó por acariciarlos a la vez, y el efecto fue el de una ducha masaje. Pensó que podría quedarse horas allí dentro. Pero después de aclararse la espuma del pelo, volvió a acariciar los botones para cerrar el agua. Encontró toallas en una estantería, se envolvió con una azul y con otra verde se hizo un turbante en el pelo. Cuando salió del baño observó que la cama estaba vacía, por un momento se puso nerviosa. Sólo había hecho una cosa así una vez antes, y se había ido antes de volver a ver al tipo. Casi sin atreverse, salió de la habitación al pasillo. Escuchó ruidos al fondo, y casi de puntillas los siguió.

-Buenos Días…..estás bien? Te oí gritar..- Se lo preguntó aún de espaldas mientras parecía poner en funcionamiento una máquina de café electrónica, era un hombre alto de pelo castaño claro algo largo, se había puesto una camiseta azul y unos pantalones vaqueros, estaba descalzo, cuando se volvió se acordó de por qué había accedido a irse con él a cualquier sitio. Aún con claras muestras de sueño en el rostro, éste mantenía sus facciones donde debían estar, tenía unos ojos bonitos, aunque no supo averiguar el color, por más que lo intentó ella no encontró una palabra congruente que decir. Él pareció darse cuenta y sonrió, al tiempo que le mostraba una de las sillas ante la mesa de la cocina.- No te quedes ahí…siéntate, te gusta el café? O prefieres té?- Ella asintió como toda contestación y se sentó a la mesa, donde ya había dos platos y una cesta con bollos dulces, él ocupó la silla frente a ella. Por unos instantes se mantuvieron en silencio, hasta que a ambos les dio la risa- Esto es ridículo…..estoy seguro que me dijiste tu nombre…

-Leaf, me llamo Leaf…

-Leaf?…de Leaf

-Si, Leaf de Leaf…- Y asintió sonriendo, ya estaba acostumbrada a esa reacción a su nombre, él asintió también.

-Yo soy Jasper… de Jasper- Ella rio casi sin atreverse, se acordaba de haberse reido mucho la noche anterior, aunque no recordaba exáctamente de qué, él se incorporó al escuchar la máquina haciendo ruidos- Cómo lo quieres?

-Con leche y azucar, gracias…- El abrió una alacena y sacó dos tazas, volvió con dos cafés con leche.

-No te había visto por Beast antes…

-Es que no voy nunca…es decir… a mi amiga Florence le regalaron pases por su cumpleaños y ayer decidió ir…tú vas mucho?

-Pues si…la verdad- Y le ofreció un bollo dulce, que ella cogió, tenía un hambre de lobo, pero le resultaba incómodo comentárselo, él cogió otro y le dio un buen bocado-No sé tú…pero estoy muerto de hambre…..te gustan estos bollos?…..no soy buen cocinero- Admitió guiñándole un ojo, ella sonrió y se mordió la lengua para no comentarle que tenía otras cualidades, no quería resultar soez.

-Están muy buenos…de qué son?

-De canela…..- Ella asintió y se llevó a la boca la taza de café, podía no ser buen cocinero, pero hacía muy buen café, y así se lo dijo, él rio, tenía una risa franca.

-No es mérito mio…la máquina es buena..- Admitió, ella se quitó el turbante y se colocó bien la melena húmeda con los dedos de una mano, sin dejar de sujetar la toalla con la otra, él la observaba sin decidirse a llevarse la taza a la boca, al darse cuenta, ella sonrió nerviosa y se ajustó la toalla, él le dedicó una media sonrisa que recordaba haberle visto la noche anterior y que volvió a confirmarle su presencia en aquella casa, él ladeó levemente la cabeza, ella levantó las cejas.- Te va a coger el frio….- ella se concentró en buscar en su cabeza algo coherente para contestar, pero sólo le salió una especie de risa absurda, él se incorporó y rodeando la mesa le tendió la mano, ella se la cogió sin estar muy segura de ser eso lo que tenía que hacer.- Ven, creo que tengo algo que te servirá….porque creo que tu ropa está empapada de cerveza como la mía…- Le siguió hasta el cuarto, allí él abrió el armario y de una de las baldas sacó un contenedor trasparente y lo puso sobre la cama, – Veamos…- Y comenzó a colocar prendas de ropa femenina sobre el edredón.

-Y todo esto se lo dejaron olvidado otras tías?- Preguntó ella sin poder esconder su sorpresa, él negó con la cabeza.

-No, cuando no estoy le dejo las llaves a mi hermana, y mi amigo Pete también tiene copia…la gente se olvida de cosas y yo las almaceno- Y colocó sobre el edredón varias camisetas y varios pantalones, además de ropa interior.- voi-la…mejor que en las rebajas- Ella sonrió, y ambos se quedaron mirándose en un impass.

-Leaf de Leaf, creo que no hay punto de tu cuerpo que no haya visto ya….pero si quieres me voy…- Ella se apuró a negar con la cabeza, y luego le pareció precipitado y notó como su rostro cambiaba de color, acabó por sentarse en la cama, como rindiéndose al ridículo que le parecía estar haciendo, él rio , se sentó junto a ella y la rodeó con un brazo atrayéndola hacia sí- hey…- y la hizo mirarle levantandole la barbilla con la mano- Te va a coger el frío- y le rozó los labios, para incorporarse después.

Ella eligió un mono vaquero que le quedaba un poco grande, y una camiseta roja de manga larga, él mientras tanto entró en el baño a darse una ducha, una vez vestida ella le esperó mirando por la ventana, brillaba el sol, pero todavía no calentaba lo suficiente, entonces cayó en la cuenta de que no recordaba dónde había dejado su abrigo.

-Podemos ir a dar una vuelta si quieres, los sábados siempre hay mercadillos por ahí..- Su voz la sacó de sus pensamientos, que habían vagado desde su abrigo perdido, hasta qué le iba a contar a Florence, pasando por cómo iba acabar todo aquello, se volvió casi de un respingo, él volvió a reir mientras se ponía el pantalón, luego se acercó a ella despacio- hey, Leaf de Leaf, no te voy a comer….todavía- Y la buscó asegurándose de que ella estaba de acuerdo, ella se puso de puntillas y le secundó, olvidandose de su abrigo, de Florence y de todo lo que pudiese encontrarse a su alrededor.

-A mi antes me gustaba correr, pero desde hace un tiempo tengo problemas con los pies…

-Con los pies?

-Tengo unos dolores indescriptibles, como si me los estuvieron serrando, se suele decir que los hombres no lloran, pero doy fe que sí..

-Y por qué?

-No lo sé, empezaron de repente, ya lo he intentado todo, yoga, pilates, he ido al neurólogo, a un fisio que me dejó peor, al ortopeda….sólo me falta ir a Lourdes

-Has probado la osteopatía?

-Algo leí, pero no me atreví…

-Yo fui después de caerme de la bici..

-Autsch

-Un idiota abrió la puerta del coche y allá voló Leaf, no me rompí nada, pero tenía dolores en todo el cuerpo, la osteópata me dio la vida..

-Pues tendré que ir, dame el teléfono..

-Espera, a ver, es este…

-Qué bien, gracias, además está cerca….

-La verdad es que vives muy céntrico…

-Pero me quiero mudar…

-Por???

-El baño es demasiado grande, y la ducha? Tú misma te asustaste hoy…para qué quiero yo una cosa así?…

-Pues me la das a mi…se pueden trasplantar duchas?

-Te gusta mi ducha?

-Pues si, mucho

-Pues nada, ya no me mudo….

-Tonto

-Leaf de Leaf?

-Yo

-Si no como algo ahora mismo me caigo…

-Ay no! Que no puedo contigo

-Ahí hacen unas hamburguesas de muerte….no serás vegana?

-Ostento el título de campeona mundial en deglute de hamburguesas..

-Perdona, ese título me corresponde a mi…

-Retira eso ahora mismo…Jasper de Jasper

-Leaf de Leaf?

-Así me llamo

-Qué haces mañana?

-….

-Me refiero….te puedes plantear volver a usar mi ducha indefinidamente?

-Y tú? Es tu ducha…

-Ya te dije que es muy grande para mi solo

-….

-Me acompañas al osteópata?

-Si claro

-Cuándo puedes?

-Mejor los jueves, salgo antes…

-Dónde trabajas?

-En la biblioteca pública, soy bibliotecaria allí…

-Hace años que no voy a una….me puedes hacer la tarjeta? Hay aún tarjetas?

-También hay app…pero no funciona bien..

-Pues una tarjeta, necesitas foto?

-No…pero si me quieres dar una por mi encantada

-Te acepto en Instagram y listo…

-No tengo

-Eso se arregla ahora mismo, dame…

-Qué haces?

-Ponerte en mi mapa

-Qué mapa?

-El mío…yo me entiendo

-Ya

-Voi-la…leafdeleaf4

-4?

-Tienes cuatro lunares…

-Si?Dónde?

-Dónde sólo yo puedo verlos…

-….

-Me puedo comer tus patatas?

-….

-Leaf?

-Mm?

-Las patatas…

-Qué les pasa?

-Me las voy a comer..

-….

-Leaf?

-Claro, no hay problema…son demasiadas para mi..

-Y a qué hora sales normalmente?

-A las seis, seis y media… y tu?

-Eso también querría saberlo yo….

-Pero tendréis un horario…

-Tener lo tenemos….ahora seguirlo es otra cosa…

-Lo importante es tener trabajo

-Gran verdad

-Jasper…

-Dime Subcampeona de deglute de hamburguesas?

-Perdona?

-Es un hecho….

-Porque ya no puedo más…si no te retaba otra vez…

-Lo dicho…campeón absoluto…qué querías decirme?

-Ya no me acuerdo…

-Podemos volver dando una vuelta por el parque

-Volver a dónde?

-A casa, Leaf, a dónde va a ser?

 

JASPER

En cuanto la vio lo supo. Había oído que podía ser posible, y había leído alguna vez al respecto, pero nunca lo había creido. Hasta que la vio. No le cupo la menor duda. De repente todo a su alrededor dejó de existir, y su único y principal objetivo fue hacerse con ella. Se había alegrado al observar que ella y su amiga tenían pases VIP, sin ellos nunca hubieran podido acceder al Biest un viernes a esas horas. Ellas se quedaron abajo, Pete y los otros insistieron en ir al lounge de Karina al piso de arriba, según parece tenía algo que celebrar, él hubiera preferido quedarse por abajo, pero les siguió. Desde arriba, la buscó en la multitud, ella y su amiga se habían quedado en uno de los laterales tras pedir un cocktail, supuso que el de consumición. Después de un tiempo, convenció a Pete de bajar a bailar un rato, si bien Pete no era buen bailarín, y él hacía tiempo que no lo hacía, pero el otro accedió. Buscó un lugar cerca de ella, que bailaba con su amiga, sin ser siquiera consciente de la existencia de él, su amiga sin embargo les miró alguna vez un tanto curiosa, pero sin atreverse a entablar conversación, cosa de todo punto imposible de todas formas habida cuenta del volumen de la música y los gritos de la gente. Y entonces ocurrió. De la nada surgió un tipo con tres jarras de cerveza, tropezó con algo y al caer se las echó por encima a ellos dos y al resto de los allí presentes. Si alguna vez le volviera a ver, le daría las gracias. Sin su inestimable ayuda, nunca se hubiera dado la oportunidad. Todo se llenó de cerveza, gritos y caos. Cuando en el tumulto una avalancha de gente amenazó con arrojarlos al suelo, él la había agarrado y arrastrado hacia un lado, protegiéndola contra él, ya que dos habían comenzado a pelearse y vasos volaban por el aire. Sin soltarla un instante la había acompañado a uno de los lounge, donde un empleado les había dado toallas, deshaciéndose en disculpas. Ella estaba más confundida qúe asustada, y no sabía muy bien lo que tenía que hacer, él había conseguido hacela reir haciendo bromas sobre el aspecto de ambos. Cuando ella le dijo que quería irse a casa, decidió que era el momento de usar todas sus armas para no perderla. Y así hizo. A tres calles del Biest, tras tantear un poco el terreno, la buscó y ella accedió, llegados a un punto de no retorno le propuso ir a su apartamento y paró un taxi que casualmente pasaba por allí. Después le había dado la impresión de haber rozado el cielo con los dedos.

Le había despertado un chillido, proveniente de algún lugar, y se incorporó de vez al no verla junto a él en la cama, le tranquilizó un poco oir la ducha y su risa, supuso que había descubierto los chorros laterales, él personalmente hubiese preferido una ducha más normal, pero había comprado el apartamento con esa ya instalada. Se levantó, se vistió con lo primero que encontró en su armario y se apuró a la cocina a encender la máquina de café, se alegró de haber comprado unos bollos dulces de canela el día anterior en algún lugar de paso hacia casa. Los estaba poniendo en un plato hondo, cuando la oyó llegar. Y allí estaba, envuelta en una toalla azul y con la cabeza en un turbante verde, mirándole con sus enormes ojos miel, aferrada al borde de la toalla, sin decir una palabra. Él se confirmó a si mismo que ella era la persona con la que quería pasar el resto de su vida, y se lo hubiera dicho en ese mismo momento, pero optó por esperar un tiempo prudencial. Lo último que necesitaba era que le tomara por loco. Su nombre. Se lo había dicho, pero no se acordaba. Leaf. La persona que había decidido ponerselo había estado muy atinada. Leaf. En un momento se quitó el turbante y su melena rojiza cayó húmeda en cascada sobre sus hombros, mientras trataba de arreglársela con los dedos. Leaf. Podría pasarse horas mirándola y no cansarse, ella a su vez parecía nerviosa y la estaba comenzando a coger el frío. Le ofreció ponerse las cosas que su hermana y sus amigas se dejaban olvidadas siempre que venían a la ciudad, ella pensó que era la ropa de otras chicas que también hubieran pasado la noche en su casa. Optó por no decirle que ella era la primera y única que la había pisado. A las otras siempre las había llevado a un hotel. De cinco estrellas. Pero un hotel. Pero no a Leaf. Está tan nerviosa que se tiene que sentar en la cama. Se pone de todos los colores. El ya la sabe de memoria. Qué problema hay?. Leaf. Se van de paseo sin rumbo, la coge de la mano. Saltan de un tema a otro, le cuenta de sus pies, y ella le da la dirección de un osteópata. Es el único médico que le falta por visitar. Le propone ir juntos. Le hace una cuenta en Instagram. Ella intenta entender algo que se le escapa. Pero él no se lo explica. Aún no. Porque él ya no puede concebir sus días sin ella. Leaf. Su Leaf.

 

FLORENCE

Florence les observa bailar en una de las pasarelas, saltando y levantando los brazos, ya descamisados, alguien les pasa copas, le gusta como se mueve él, sabe que tiene buen cuerpo y lo mueve como quiere, rie y canta la canción a gritos levantando la copa, le ofrecen un pitillo, hasta para fumar tiene clase. En un momento le descubre mirando hacia ella, clavándola con una mirada que ella adivina a través de las luces y el humo, mientras toma un trago de su copa, pero no es ella quien le interesa, Leaf baila junto a ella, ajena a sus observaciones. Por un instante siente un chasquido en el corazón, pero se le pasa en seguida, Leaf se alegra por una canción y comienza a saltar al ritmo. Cuando le vuelve a ver, ya están junto a ellas, él no pierde a Leaf ni por un segundo de su radio de visión. Florence piensa que en el reino animal, él sería lo más parecido a un depredador. Leaf baila ajena y feliz. Cuando estalla el caos, la pierde en la marea de gente, sólo alcanzó verle a él protejerla contra si de los vasos que alguien lanzaba por el aire, y supo que ya tenía su presa.

López / Líbero

LÓPEZ

Odio esta casa, murmuraba,odio esta casa, una y otra vez como quien recita una oración bajito para si, mientras apuraba sus pies descalzos por el amplio pasillo del segundo piso, dónde habrán puesto la dichosa falda, tanta habitación, tanta habitación, y yo en bragas buscando mi falda, odio esta casa, y eso que les digo dejadme la ropa encima de mi cama, que yo ya la arreglo, pues no, han de colgarla donde yo no la encuentre.

Y abre una puerta, aquí tampoco,y apura un poco más el paso, de puntillas, sesenta metros. Sesenta metros cuadrados mal contados, y cuatro personas. Y cabíamos perfectamente. Tanta habitación. Otra habitación. Aquí tiene que estar…..Ante ella una pared de armario de caoba, manillas doradas. Lo abre de una vez, las puertas se pliegan a los lados, como lo haría la cortina de un teatro. Faldas. Aparta un brazado, cuidadosamente unas cuantas, remira dos, y allí estaba. La falda azul. La tiende sobre un centro de capitoné verde. Y ahora la blusa beij, eso, beij…que si beis o beich, yo digo beij, que es como se lo escuché a uno en la tele. Se vuelve hacia otra pared de armario caoba,manillas doradas. Blusas y chaquetas. Las de seda en plástico protector. Se quita la camisa y se queda en sujetador. Demasiado pecho para tan poca persona, le había dicho una vez su tía, y tenía razón.“Ceñidores Marisol“, siempre los compraba allí, a veces sólo llamaba por teléfono y enviaba a una a recoger el encargo. Reductor Doble L. No entendía como algunas se ponían. Una vez se probó un biquini. Le dio la risa, el suyo le había dicho al verla, que ella así no iba a ningún sitio, que iba a haber muertos.

A ver. Blusa beij, falda azul, medias no, zapatos. Sale de la habitación, recorre unos metros, abre otra puerta, paredes de estantería tipo exposición, los de tacón ocupan los tres primeros cuerpos de la izquierda, „una mujer bajita con tacones altos, siempre será una mujer bajita con tacones altos“había oído una vez, por eso los suyos eran de medio tacón, azules, con las uñas al aire.

Ni se molesta en peinarse, una cola tirante de caballo con una goma. Y otra vez el pasillo en dirección contraria. Tanto pasillo. Y escaleras. Una casa tan grande y nadie había pensado en un ascensor.

Cuando tenga dinero te compro un Jaguar“ le había dicho un día, los dos tiritando de frío en la marquesina de la parada del autobús, dando saltitos, para sentir los pies,“un bocadillo de calamares, amor,eso me basta“ le había contestado ella sin sentir los labios. Y allí estaba el dichoso Jaguar. Plateado e imponente, delante de la puerta principal. Asientos de cuero gris metálico, con sus iniciales bordadas en hilo de seda gris perla, acabado en madera.

Ahora al palco Vip. Allá arriba. Desde donde sólo se distingue un rectángulo verde, y personas vestidas de dos colores indefinidos que corren de un lado a otro, detrás de algo que se sabe que es una pelota. Pero que no se ve. Al menos ella no la ve.

Cuando ella vino al mundo, madre casi muere, a padre le dijeron que posiblemente no pasara la noche, y que la criatura estaba muy débil, que no sabían qué podía pasar. Y padre se sentó junto a la cama de madre y no se movió.

Una monja vestida de azul celeste le dio a la tía Hilaria un papel con muchas letras negras, y un bolígrafo. Póngale nombre y apellidos, el resto lo cubro yo. En su desesperación le puso el nombre María del Patrocinio Huertas Fernández, al menos si moría llevaba el nombre de su abuela. Pero no murieron. Ni ella ni madre. Y como a madre nunca le había gustado el nombre de Patrocinio, todos la llamaban Patri.

Usted es lo más parecido a un campo de piedras“ le había dicho aquel especialista, de bata blanca y gafas de montura negra, al tiempo que con las manos parecía querer alisar un vasto pedregal en el aire. Fran se había quedado en silencio, mirando al frente, sin cambiar de postura. Ella se levantó y se fue. Le habían llamado muchas cosas en su vida, pero nunca campo de piedras.

Le rompo los morros y se come las gafas, le había propuesto Fran en el parking, y ella sabía que lo haría, él siempre hace todo lo que ella dice. Pero ella sólo quería llorar. Llévame a casa, quiero gritar en paz, y se encerró en una de las habitaciones que dan atrás y se desesperó. Déjame sola. Y la dejó sola. Él se quedó sentado tras la puerta. En su propia desesperación. Ya no hablan de eso, para qué, nos tenemos el uno al otro leona, ella lo sabe y le abraza, amor, le llama, y encuentra la calma.

Cuando se pone así, después pasa de mirarse al espejo, y se sienta a comer pipas a la isla de la cocina. Y entonces él según entra, vuelve a irse. Cuando es él, ella ni le busca cuando escucha a Rocío Dúrcal a todo volumen en algún lugar de la casa. Ella es más de Julio Iglesias.

Supo que existía cuando tenía diez años, él había repetido curso y se lo sentaron al lado, ante la ausencia de i, jotas y kas que dijo la señorita Adelaida, motivo que en el momento no entendió, a ver por qué me ponen a éste y no me dejan con Lore.

Lore es Bermúdez, Fran es López. Por eso.

Le preguntó si quería ser su novia un día en el recreo de las doce. Ella dijo que si. Y ya no se habían vuelto a separar más. Comentó que Robusto estaba buscando chicos para formar un equipo de fútbol de la parroquia, y que entrenarían por las tardes, si era un problema, madre metió baza azuzando que el problema sería que no fuese a jugar. Nadie llamaba a Robusto “padre”, porque a él no le gustaba. Decía que Padre no hay más que uno, y el no lo era de nadie. Y sin embargo lo fue para Fran.

Al poco ya jugaba solo. No necesitaba a los otros diez. Ya había tres Fran. Y un Chisco. Le quedó López.

Ellos van de traje y corbata. Ellas como si asistiesen a una boda. Los menos de sport, que es de lo que se trata. La vas a querer del tiempo o con hielos,- Tomás se lo pregunta mientras trajina tras una de las barras, hoy la quiere con hielos, y grande. Besos en el aire y sonrisas falsas, qué gran actriz perdió este país, solía decirle su madre. Se acerca a los ventanales. Rectángulo verde, figuritas que se mueven detrás de varios balones, o al menos eso parece. Tendría que ir al oculista.

2-0. Él conduce de vuelta. Le comenta que le han ofrecido ser Director Deportivo de un equipo de fútbol en Nueva York. Ella levanta las cejas y le mira esperando una respuesta, el se encoge de hombros y dice que ya lo pensará. Ahora sólo tengo hambre , leona, te hace un bocata de calamares?-ella sonríe y le da una colleja suave, el enciende la música. “Hey, no vayas presumiendo por ahí. Diciendo que no puedo estar sin ti. Tu qué sabes de mi?”. El imita Iglesias. Se dicen uno al otro Hey.

Ella había leído una vez que Rita Heyworth había dicho que “los hombres se van a la cama con Rita Heyworth y se despiertan con Rita Cansino”, que era su verdadero nombre. Lo mismo le había pasado a Inka. Inka Sorensen. Renduelles había hecho todo lo que había estado en su mano para conquistar a la modelo de modelos, y ahora se despertaba con una sueca oronda y feliz, madre de sus tres hijos. Patri era madrina de uno de los niños, Patricio.

Inka la llama hecha un mar de dudas. Ha decidido cambiar la decoración del salón, por cuarta vez en seis meses, y quiere que ella le acompañe a elegir la nueva. No tiene otra cosa que hacer. Y ella tampoco. Ir a comprar muebles le aburre sobremanera. Sobre todo si no son para ella, pero por Inka hace de tripas corazón, la última vez compró la decoración en gamas de color arena y ahora la encuentra aburrida. Cuando llegan ya les están esperando, y les ofrecen café y varios catálogos para consultar, ella se queda con el de cómodas chinas, por elegir uno. Ya tiene tres.

Le suena el móvil en el momento en que les presentan el muestrario de colores para las tapicerías. Inka no se decide, no sabe si comprar el sofá de dos plazas o de tres, ella compraría el de tres, pero Inka prefiere quizás dos butacones y uno de dos plazas. Todo en blanco. Se abstiene de recordarle que el blanco es mala elección con tres niños en casa. A lo mejor los niños de Inka no manchan cosas, o tiene una o varias chicas que se ocupan de lavar los desperfectos. Una y otra vez. Sin descanso. Se acuerda de madre y de las niñas Rodríguez-Noriega. Y de las manos manchadas de fuet. Sacude imperceptiblemente la cabeza para desechar el recuerdo y se fija en el número que insiste en llamarla. Siente un pellizco en el pecho y se aleja hacia la zona de estanterías para atender la llamada. Busca sentarse en una silla plegable, y se acaricia la frente con los dedos mientras cierra los ojos, asiente con monosílabos.

Cuando vuelve junto a Inka, ésta la nota cansada, pero ella lo achaca al tiempo cambiante.

Al final Inka se decide por el de tres plazas y dos butacas. En la misma tienda se hace con tres lámparas de pie, dos alfombras y una cantidad ingente de visillos . Esta vez todo va en azul. Azul cielo.

-Se fue en paz, no sufrió

-Te ocupas tú del funeral?

-Si, lo dejó todo preparado, ya sabes cómo era…

-Ya llamo yo al resto

-Nos vemos allí

Llega a casa pasadas las cinco, y lo primero que hace es tomarse una aspirina efervescente, comprar muebles le levanta dolor de cabeza, a veces se pregunta si no tendrá alguna alergia. Fran la encuentra en la cocina pelando patatas, ha dado la tarde libre a Dorina, hoy hay tortilla. Deja el cuchillo sobre la isla, y se acerca a él.

Antes de que pueda decir nada le coge la mano y le hace sentar en un taburete. –Me ha llamado Lore.- El parece adivinar lo que va a decir y apoya un codo en la encimera , tapándose la boca con la mano- Robusto se ha ido en paz- y se lo dice con toda la suavidad que puede reunir sin soltarle la mano, el mira al techo un instante y respira hondo- Lore dice que no sufrió- Los ojos de él vagan por un instante por la cocina y buscan los de ella, que comparten tristeza, los cierra y al hacerlo le vence el llanto, ella le abraza- Ya lo esperaba, y aún así….sin él no estaríamos aquí leona,sin él no estaríamos aquí- y se le rompe la voz, hundiendo su rostro en el hombro de ella, quien intenta consolarle abandonándose ella misma a las lágrimas.

Dorina le abrió la puerta antes de que llegase a llamar al timbre, siempre se asegura de a quién le abre el portón, para no llevarse sorpresas desagradables, como la vez que se le coló una periodista con equipo de cámaras incluido. Marcos Segovia la saluda con un gesto desvaído de la mano, y a paso vivo se dirige a la cocina, vive a tres casas de distancia, sabe ya el camino, y que, a esas horas de la mañana allí se encontraría a su compañero de equipo. A veces se pregunta si saldrán alguna vez de la cocina, teniendo una casa tan grande, siempre les encuentra allí.

-Te has caído de la cama?- Fran se lo pregunta mientras mete unos panecillos en el horno, ya huele a café, y sobre la mesa están dispuestos dos servicios de desayuno. Patri busca algo en la nevera. Segovia se acerca a la isla y se apoya sin contestar, Fran le mira un instante, su gesto tenso, sus ojos claros llenos de un miedo inexplicable – Y ahora qué te pasa?- Segovia se pasa la mano por el cabello, y trata de respirar hondo- No voy a ir a entrenar – Fran elige cuatro naranjas y las lanza al aire como un malabarista – Porque es miércoles – Afirma irónico apoyándolas sobre una tabla y alcanzando un cuchillo, Segovia levanta las cejas, el miedo todavía en sus ojos, busca algo, pero no sabe qué – No puedo Fran, no puedo, hoy es imposible – Fran parte las naranjas con calma – Te has tomado las pastillas? – Segovia le lanza una mirada rápida, está inquieto, araña el borde de la isla con una uña – No me hacen falta – Fran se acerca al exprimidor y coge dos vasos de cristal de una alacena – Amor, el zumo grande o pequeño? – Patri responde que pequeño mientras prepara otro servicio de desayuno – Las tienes encima? – Segovia afirma con la cabeza y se aparta algo de una oreja mientras observa a Patri colocar una taza sobre un plato -No me hacen falta, yo controlo lo que me pasa, yo puedo… sabes? Si quiero….yo controlo – Fran exprime la mitad de una naranja, y luego la otra – Ya sabemos que controlas Marcos, pero si las tomas controlarás aún mejor – Se lo dice sin mirarle, atento a la cantidad de zumo que va llenando el vaso. Marcos frunce el ceño y guiña los ojos, todavía parece buscar algo – Tu crees? Ayer fallé dos corners Fran, yo nunca fallo corners Fran, nunca – Fran asiente y coloca otro vaso ante el exprimidor- Cuántos goles en propia puerta llevo ,amor?- Patri hace memoria y contesta que diez – Pues eso, diez, y eso es muchísimo peor que fallar un corner Marcos, o no? – Segovia asiente rascándose la nuca, una especie de mueca quiere imitar una sonrisa, se fija en los vasos de zumo – Me haces uno? – Fran coge otras tres naranjas, vuelve a hacer malabarismos, una se le cae, y rueda hasta los pies de Segovia, que se la devuelve – Ves?, No siempre todo sale bien – Comenta volviendo al exprimidor, Segovia saca una carterita del bolsillo del pantalón – Ya no quería levantarme macho, me costó un huevo – Explica al tiempo que extrae dos pastillas de un blister, Fran le pone el zumo, y él se toma los comprimidos, Patri le acaricia un brazo de paso hacia una alacena – Tengo donuts de chocolate – le susurra fingiendo confidencia, Segovia ensaya otra mueca, bebe el resto del zumo e intenta respirar hondo, no muy seguro se dirige a la mesa ya preparada con el desayuno – Siéntate, ya vamos juntos, té de frutas?- Segovia asiente, ocupa una silla hundiendo sus manos en su cabello y cerrando los ojos, por un instante consigue respirar hondo, Patri le pasa un paquete de donuts de chocolate, y él le dedica una franca media sonrisa.

Desayunan en animada charla. Segovia se come todos los donuts de chocolate , y sus ojos ya no buscan nada, bebe su té a pequeños sorbos.

Se van juntos. Segovia le pide si hoy pueden ir en el Grand Cherokee, le gusta el efecto dolby de la música en el. Elige “Munford & Sons” y mueve la cabeza al ritmo con los ojos cerrados. Fran conduce despacio, dándole tiempo a ordenar su alma y espantar sus demonios.

So leave that click in my head/ and I will remember the words that you said/left a clouded mind and a heavy heart/ but I´m sure we can see a new start”

Vivi aparece por el jardín a eso de las diez. En rosa y con bolso. Una de las pocas cosas que tienen en común entre ellas es que son incapaces de salir de casa sin bolso. Incluso para ir de visita a casa de la vecina. Le dice que se aburre, con esa forma suya de decir las cosas, como si hubiera cometido un error lamentable y tratase de disculparse. Patri le recuerda que tiene siete hijos. Siete. Y que a su modo de ver es imposible que pueda aburrirse. Vivi se sienta en uno de los sofás del porche y suspira, mirando hacia el fondo del jardín, luego la mira a ella, que se escruta las puntas de su cola de caballo preguntándose si será tiempo de cortarlas o no. No quiere admitir que también se aburre. -Los peques no están. Creo que se los han llevado de excursión con el colegio a alguna parte, y Carlos se ha ido a jugar al golf, tan temprano, fíjate tu qué ganas, no?, a mi no me gusta, eso de andar por el campo dándole a la bolita..-Y traza pequeñas ondulaciones en el aire con un dedo como queriendo marcar hoyos, Patri arquea una ceja – Te recuerdo que el mío se ha ido a jugar al fútbol.- Vivi asiente como haciéndose cargo y se ríen. Patri le comenta que tenía pensado ir al Centro Comercial a ver cosas, y Vivi se apunta. Ella siempre se apunta. Dice que con ella siempre se lo pasa bien. Patri la llama “La Duquesa”. Porque lo es. Vivi en realidad se llama Violante María Bradford- Jones y Rodríguez de Simancas, y es duquesa. Duquesa de Bradford. Y su vecina colindante por la derecha. Tiene siete hijos que van de los dieciséis a los siete años, y un marido, Carlos, que juega al golf hasta por su propio jardín. En confidencia, Vivi le contó que ella sabía que en un principio el se había casado con ella por su dinero, pero no le importó, y ahora no sabía vivir sin ella. A Patri le constaba, ya que a veces le oía llamarla a cada rato por la casa, y había llegado a la conclusión de que si Fran hiciera lo mismo, le acabaría dando un berrido.

Es rubia y lleva el pelo como la de “Los ángeles de Charly”, es una de las pocas personas a las que le queda bien, y si le da el sol se llena de pecas. Como sus hijos. Los asuntos legales de Fran los lleva un primo suyo, también Bradford- Jones y otra tanda de apellidos ingleses,al que Fran llama Johnson, incapaz de acordarse nunca de la combinación.

Se hacen compañía y a veces se aburren juntas. Como buenas vecinas.

Deciden ir en el coche de Vivi.- Al menos hacer algo, digo yo- Y lo dice como si Patri le hubiera echado algo en cara, aunque sólo se lo echa a si misma, como ex alumna de la London School of Economics con méritos.

Pasan a su propiedad por el jardín, antes había una valla, la han sustituido por un seto alto, una suerte de zona franca que les permite tener acceso de una propiedad a otra, pero sin perder independencia. El jardín de Vivi podría ser portada de “Casa y Jardín”, en comparación el de Patri es la selva amazónica, a Patri se le ocurre que en cualquier momento la descubrirá en la portada apoyada en uno de sus setos en forma de mariposa. Le da la risa boba y Vivi se vuelve, curiosa. Pero no le dice nada.

En el garaje de la Duquesa de Bradford podrían aparcar todos los coches de la urbanización y aún sobrarían plazas. A Patri se le representa un hangar, sólo que en vez de aviones hay una decena de coches de diferentes marcas y tamaños aparcados en perfecta simetría. Se decide por un BMW 1 azul cobalto.- Así aprovecho y compro gomas de borrar, cien o así- Y hace un gesto con la mano sabiendo que exagera.- No sé si se las comen o qué hacen, pero la Nanny me ha dicho que necesitan gomas, las venderán en cajas?.- Y se lo pregunta a Patri , pero preguntándoselo a sí misma, Patri se acuerda del olor de las gomas nuevas. Como a vainilla.

A esa hora todavía no encuentran demasiado tráfico. Vivi le cuenta que su hijo mayor quiere aprender a tocar la batería,y ella da gracias que sólo quiera eso, imagínate que se le diese por saltar de puentes o peor, de aviones con trajes de esos, menea la cabeza y hace otra vez su gesto con la mano como quien separa un visillo invisible, le han dicho que si saca buenas notas en junio se lo conceden, levanta el dedo índice derecho y lo mueve en el aire, pero en el conservatorio, que no quiere ella que se dedique a aporrear tambores. Patri la mira escéptica, no se imagina a Miguel aporreando tambores. Ni tocando la batería. Con su raya al lado y sus gafas de concha.

Vivi se asusta al oir el grito de Patri y casi da un volantazo hacia el carril de la izquierda.-Para!!-Chilla y se desabrocha el cinturón, Vivi grita también pero sin saber por qué- Para!!- Y Vivi se aparta al arcén ante la lógica protesta de los vehículos que la siguen, antes de que pueda preguntar nada Patri ya está fuera del coche. La sigue sin ponerse el chaleco reflector, ni mirar si viene coches, escuchándola todavía gritar en algún lugar.

Cuando acierta a saberse segura en el arcén, la descubre caminando rápido hacia ella con algo en sus brazos, cree que es un perro, ve mal de lejos, tiene que ir al oculista. Patri está muy colorada, y respira tan agitada, que Vivi piensa por un instante que se va a desmayar, es entonces cuando distingue lo que lleva en brazos. No es un perro. Es una criatura – Madre Santísima, Madre Santísima- Repite entrelazando los dedos de las manos, de repente le tiemblan las piernas, sólo de pensar lo que pudo ser y no fue, Patri también tiembla, como una hoja. La criatura es casi un bebé, está sucia, mal cubierta con un vestidito harapiento y descalza, tiene el pelo oscuro en melena enredada y sus enormes ojos negros viajan de la una a la otra en silencio, aferrada a la camiseta de Patri. Las dos mujeres se miran sin saber qué hacer.

Hay que llamar a la policía – Se le ocurre a Vivi, y hace amago de volver al coche, pero Patri la detiene – No. Llévanos a casa – Vivi quiere protestar, pero accede y le abre la puerta de atrás del coche. Vuelven atrás en silencio, sólo roto por las palmas y balbuceos de la criatura, todavía en brazos de Patri, quien la abraza sin dejar de mirarla, como para asegurarse de que es real.

La niña se sienta en el suelo del baño y acaricia las baldosas con las manitas,balbucea algo ininteligible y da palmadas, les sonríe mostrándoles sus pocos dientes por entre la suciedad que cubre su carita, sus ojos grandes y negros van de la una a la otra mientras da palmas y acaricia el suelo una y otra vez. Las dos la miran en silencio.

-Hay que llamar a la policía, seguro que alguien la tiene que estar echando de menos- Vivi está nerviosa, gesticula demasiado y respira rápido, Patri no aparta sus ojos de la criatura,y no se mueve.-Nada de policía. Sé quien la echa de menos, es mejor que lo hagamos nosotras- Explica quedamente,Vivi no puede disimular su horror abriendo mucho sus ojos azules- Hacer nosotras el qué?-Patri se dirige a la bañera y abre el agua caliente, la mira mientras se saca el reloj- Primero la vamos a bañar y lavar el pelo, y la ropita, hay que lavar la ropita también, la vamos a devolver muy guapa- Vivi la escucha y asiente mientras entrelaza y separa los dedos de las manos varias veces, como siempre que piensa mucho y rápido- Tu lavadora es también secadora como la mía, no?, bien, voy a casa en un minuto, aún tengo cosas de las niñas en el almacén del sótano y sé dónde, dos años le echo, como mucho,ya anda y tiene dientes, año y medio largo, zapatos mejor zapatillas, no tardo nada- y se va del baño casi corriendo.

Patri se sienta en el suelo junto a la niña y esta le sonríe, le devuelve la sonrisa y la sienta en su regazo con mucho cuidado, como si temiera se fuera a romper, le aparta con suavidad el pelito de la cara,- Mi vida,cosa bonita, seguro que debajo de todo esto eres la niña más guapa del mundo, ven, me ayudas a sacarte el vestido? Si?Manos arriiiba que esto es un atraco,muy bieen, muy bieen, arriiiba mi niña morenita, arriba, ven, a ver que tenemos aqui en el pañal, ay ay, si ,ay ay, ven, túmbate aquí, un globo dos globos tres globos, la luna es un globo que se me escapó – y da una palmada y la niña se ríe, imitándola haciendo girar sus manitas en el aire-otra vez?Si? Un globo dos globos tres globos, luna es una globo que se me escapó,chas, muy bien!, un globo dos globos tres globos, la tierra es un globo dónde viiiivo, quién?, yo- y le hace cosquillas en la barriguita, la niña da palmas y repite algo parecido a „globo“ entre risas.

Vivi vuelve cuando la niña ya está dentro de la bañera en medio de una montaña de espuma rosa, se ha cambiado de ropa,ahora lleva un pantalón vaquero y una camiseta blanca con zapatillas de deporte azules, en los brazos una caja de cartón mediana que situa sobre el vater, para después arrodillarse a su lado junto a la bañera. Patri repasa el pelito de la niña con un peine, tiene el pelo tan negro como los ojos en melena lisa hasta los hombros y la piel cetrina, da palmadas contra la espuma y juega con una esponja.

-Y quién dices que la echa de menos?-Preguntó Vivi acariciándole un bracito, Patri pasa cuidadosamente el peine de nuevo por la cabeza de la niña antes de contestar- Podemos devolverla mañana, mira qué bien se lo pasa- y sopla una montañita de espuma de la palma de su mano provocando la algarabía de la criatura que intenta hacer lo mismo, Vivi la mira y su mirada se torna casi triste sin perder la dulzura, posa la mano en su hombro y se lo acaricia- Lo sé Patri, pero tenemos que devolverla, quién quiera que la haya perdido,está desesperado buscándola- y su voz parecía querer convencer a una niña de devolver una muñeca que no le perteneciese, Patri se vuelve hacia ella y Vivi aprecia las lágrimas en sus ojos, la abraza en silencio acariciándole la cabeza, Patri apoya la frente en su hombro dejando fluir el llanto.

-Tiene hambre, lo mejor es darle leche, soy una fan de la leche, alimenta y harta, yo soy lo más parecido a una vaca lechera,chica, hubiese servido para ama de cría- y se lo comenta envolviendo a la criatura en un toallón, ha comenzado a llorar, se la pasa Patri y alcanza un paquete de chupetes sin abrir de dentro de la caja de cartón que ha traido, lo abre con asombrosa rapidez y le pone uno a la criatura, que para de llorar- El mejor invento después de la lavadora, la frase no es mía, es de mi prima, y eso que ella sólo tiene tres, así que imagínate nosotros, los comprábamos al por mayor -Patri acuna levemente a la niña en los brazos, que se frota los ojos y se aferra a su camiseta- Tenéis leche?O también tenéis eso de la lactosa? Vamos a la cocina, algo encontraremos- Y Patri la sigue, aferrando su carga contra si.

Al entrar en la cocina Vivi lanza un chillido, parados delante de la nevera están Fran y su amigo Borja tomándose un Aquarius, los cuatro se miran en silencio y sin moverse, como si alguien hubiese detenido el tiempo de forma caprichosa, a Patri se le forma un nudo en la garganta, cuando sus ojos coinciden con los de Fran.- Mejor que no sepáis nada- Sentencia Vivi y la hace volver sobre sus pasos, Patri la obedece lanzándole una última mirada de auxilio a Fran, que no la entiende. Pero no las sigue.

De la caja Vivi extrae un pañal, y varios vestiditos en gamas de color del verde agua al rosa palo, pasando por azul y gris perla, con nido de abeja en el pecho, con enaguas, sin enaguas, con lacitos y estampados con flores, todos con sus braguitas o pololos a juego. Y cofias. Los extiende sobre la cama, mientras Patri sigue abaneando a la criatura que casi duerme en sus brazos.- No creo que le tengamos que poner la cofia.- Apunta Patri besando la cabecita de la niña, Vivi se encoge de hombros y elige un vestido azul con bordados de pajaritos en el pecho, cuello ribeteado y lazo a la espalda- Este lo puso Casilda sólo una vez, a Soledad no le sirvió nunca, es ancha como mi padre-Comentó arreglando el lazo de la espalda, Patri asintió pero sin escucharla, estaba más pendiente de no despertar a la niña, que ya dormía con la cabecita contra su pecho.

La visten con sumo cuidado para no despertarla, Patri le peina con dos coletas a ambos lados de la cabeza. No parece la misma niña.

-Y ahora me tienes que decir quién la echa de menos- Susurró Vivi al tiempo que le abrochaba las zapatillas a la criatura, que respiraba tranquila haciendo una especie de ronroneo al soltar el aire, Patri se sentó sobre la cama – Hay un poblado de chabolas entre la circunvalación y la nacional, a veces les veo cruzar o andar por los arcenes. Seguro que es suya- Vivi asiente y se sienta también- Y cómo hacemos?-Patri no aparta sus ojos de la niña, acariciándole la cabecita con suavidad- Tenemos que ir en un coche normal – Vivi no la entiende en un principio, luego levanta un dedo y asiente- lo dejaremos en el acceso y entraremos andando. Les diremos que obramos de buena fe. – la mira con un halo de tristeza- Y es la verdad.-Vivi le coge una mano y se la aprieta, luego carraspea y se incorpora.- Defíneme „coche normal“.

Berta, una de las chicas que trabaja en casa de Vivi tiene un Ford Fiesta rojo, Vivi se lo pide prestado sin darle demasiadas explicaciones y Berta le da las llaves sin entender para qué puede querer la Señora su Fiesta, teniendo su propio parque móvil. Desde una de las ventanas distingue a Patri con algo en los brazos envuelto en una manta, y decide no indagar más, confirmando su opinión de que el dinero puede llevar a la gente a hacer cosas raras.

Para acceder al poblado tuvieron que tomar una salida de la circunvalación, una pista de tierra, casi un desmonte de barro y piedras. Aparcaron junto a un murete de lo que había sido una casa, de la que sólo quedaban restos dispersos de dos paredes. Patri aferró a la niña contra si, mientras avanzaban por la pista embarrada. Vivi llevaba en la mano una bolsa con la ropita que la criatura había llevado antes, dos mudas completas, incluidas cofias, y chupetes.

Se cruzaron con dos chicos que se detuvieron a mirarlas con intensa curiosidad, y optaron por seguirlas a corta distancia.

Avanzaban despacio, como quien camina sobre un campo minado, Vivi miraba a su alrededor aferrándose a la bolsa atenazada por los nervios y el aspecto del lugar, más parecido a un paisaje bélico que a una zona donde pudiera vivir nadie. Patri escrutaba las primeras chabolas que aparecían a lo lejos, y a los grupos de gente que se movían entre ellas, la niña se había despertado pero seguía arrebujada contra ella en la manta, aferrando su camiseta con sus manitas.

Llegaron a un campo abierto, sembrado de muebles y restos de enseres, lo suficientemente cerca para que la gente que se encontraba fuera de las construcciones de lata y madera notaran su presencia.

Vivi miró a Patri entonces, y le agarró un antebrazo con suavidad.

-Patri, quiero que sepas que te quiero mucho. No te lo he dicho nunca, pero mi vida es más rica desde que te conozco- Y su voz sonó como a última confesión, con calma dentro de su contenida tensión, Patri asintió prohibiéndose el llanto.

-Yo también, Vivi….eres mi comadre, que lo sepas- Vivi respiró hondo, y dirigió su mirada al frente, encarando lo que fuera a suceder.

Varias mujeres comenzaron a gritar. Se llevaban las manos a la cabeza, se exasperaban y desesperaban al tiempo que avanzaban hacia ellas,profiriendo voces en su lengua de siglos, los brazos desnudos levantados hacia el cielo, corrían perdiendo las zapatillas que cubrían sus pies, sin importarles las piedras. Los hombres venían lentos, con la calma del que sabe que va a llegar.

-La chabí! La chabí! Ay que ha palmao la chabí! Amor de Dios!- Y unos gritos se confundían con los otros, y extendían sus brazos hacia ellas rotas en llantos que parecían aullidos. Patri negó lentamente con la cabeza y con sumo cuidado libró a la niña de la manta, levantándola con las manos de forma que todos pudieron verla, en su vestidito azul con lazo atrás y pololos a juego, los dos chichos con gomas de purpurina, el chupete con cadenita de seguridad, que escupió para gritar a su vez “mama” y extender sus bracitos hacia delante.

Y se hizo el silencio. Como cuando el mar se recoge para formar una ola mayor, o el segundo antes del trueno en la tormenta.

Tenía los mismos ojos que su hija,ahora muy abiertos y clavados en los de Patri, a los que acuden las lágrimas en torrente sin que pueda hacer nada por evitarlo, mientras sostiene a la niña en alto. Se acercaba descalza, vestida de un negro que resaltaba su piel morena.

Sin apartar su mirada de la de ella, cogió a su hija en brazos y al tiempo le agarró a Patri la mano, llevándosela a los labios y besándosela. Una bendición fluyó de su boca, extensa como la historia de su pueblo y con la calma del que sabe lo que tiene que decir . Los ojos de ambas eran ahora torrente, y Patri escondió la manos de ella en las suyas .

Las otras mujeres las rodearon, y emitieron gritos de alegría, llamando a otros habitantes del poblado a unirse a la algarabía. Vivi, que había observado la escena en silencio alcanza a entregarle a una de las mujeres la bolsa y esta rió sin titubeos, y ella la secundó dando rienda suelta a su alivio, sin saber decidirse por las lágrimas.

Las guiaron entonces entre cantos hasta la construcción de mayor tamaño, y comparten con ellas su techo y su pan.

-Hoy mismo voy a hablar con el alcalde, esto no puede ser, esta gente no puede vivir así, y si él no quiere, voy más arriba, y mañana vengo con Miguel a traer cosas, que toque la batería si quiere, pero también que vea, que vea como vive esta gente, a ver por qué los que se van a la India se van hasta allí, si tienen esto aquí ,y tendrán servicios sociales digo yo, o tampoco hacen nada? ya sólo el acceso, como para que pase algo cualquier día…- Vivi había comenzado a planear lo que haría a partir del momento en que volvió a sentarse al volante,y no había parado de hablar y preparar su estrategia para los días siguientes, Patri, sentada a su lado, sin poder todavía para de llorar, la miraba y asentía sin saber muy bien a qué, pensando que Vivi ya había encontrado algo en lo que ocupar productivamente su tiempo.

Se despidieron en el seto, abrazándose en silencio, cada una volvió a su casa sin mirar atrás, como por acuerdo tácito. Patri llegó como pudo a su habitación, sin atender lo que Dorina intentó decirle, y se tumbó vestida sobre la cama, dejándose llevar por un llanto mezcla de agotamiento, tristeza y alivio, pero no a partes iguales.

Cuando ya casi la iba a vencer el sueño, sintió a Fran a su lado. No tenía mejor aspecto.

-Hay días en la vida- Musitó el tapándose los ojos con las palmas de las manos, ella se sonó la nariz con el pañuelo de papel que apretaba en una de sus manos y asintió con la cabeza- Tengo que llamar a Johnson- Ella le miró de reojo,y volvió al artesonado del techo-Algo gordo?- Se lo preguntó secándose las lágrimas otra vez, el resopló y tardó en responder, sin apartar las manos de los ojos- Fotos con gente en sitios, cosas de esas- Ella no entendió lo que quería decir pero permaneció en silencio por un momento-El funeral es el sábado, quieren que digas algo- El giró la cabeza hacia ella frunciendo el ceño- Decir yo algo?- Volvió a resoplar y se tapó los ojos con un brazo- Kinski es la de los discursos, yo nunca sé que decir- Ella pareció sonreír y se volvió a secar las lágrimas- Está muy ocupada con Fierro- El soltó una amago de carcajada- Ya era hora…es un varas- Ella cerró los ojos y buscó su mano, entrelazando sus dedos con los de él- Qué quería Borjilla?- El emitió un quejido de dolor falso y casi la hizo reír- Pregúntame otra cosa- Atajó él negando con la cabeza- También viene Mara- El sonrió levemente sin apartar el brazo de los ojos-Has visto LA foto?-La voz de ella se rompe, el tragó saliva con dificultad- David, David -Ella le apretó la mano – cállate, ya me duelen los ojos, cállate…-la voz de ella casi un susurro. Se quedaron así un rato, en silencio, sin moverse. – Voy a decir que sí a lo de Nueva York- Sentenció él al cabo de un rato volviendo el rosto hacia ella, ella hizo lo mismo y levantó las cejas como respuesta- Estoy cansado leona, muy cansado, Director Deportivo suena bien y el pecunio es bueno…te vienes?- y se lo preguntó de la misma forma que le hubiese preguntado si daba una vuelta con el en su Vespino, o si hacía pellas. Ella acercó su rostro al de él y se lo acarició, él le besó la frente- Quién te ha hecho llorar?, la duquesa esa?- Susurró secando las lágrimas de sus mejillas con un dedo, ella negó con la cabeza y le besó los labios- Contigo al fin del mundo- El le recorrió la nariz con un dedo y la atrajo hacia si- Y más allá.

LÍBERO

Lo jodido de llevar encima diez mil pavos que no son tuyos, es que a medida que avanzas te da la impresión de que todo aquel con el que te cruzas lo sabe. Y si además, al tío al que tenías que habérselos entregado le acaban de meter en un furgón en un ataúd de plástico gris, y el que te los dio llevaba un pasamontañas y no dijo una sola palabra, aceleras el paso hasta casi alcanzar la carrera. Sin saber a dónde.

Me llamo Borja Álvarez del Castillo, y aunque tengo nombre de niño bien me crié en la calle. Iba para futbolista, pero no di la talla. No me amargué, lo acepté sin más. Fran lo hizo mejor. Ahora está ahí arriba, pero sigue siendo el mismo. Conmigo tiene que seguir siendo el mismo, sólo nos faltó haber compartido un útero. El resto lo hicimos juntos. Voy a contarle el papelón. Me va a dar dos que me va a poner la cara del revés. No se las voy a devolver. Me las merezco. Se encargó de buscarme algo fijo y más o menos bien pagado, y ahora salgo por peteneras. Algo pensaremos.

Fran hoy no entrena con el resto, lo hace con Isidro, su técnico de fitness. Les encuentro en el campo de atrás, dando zancadas y saltando con los brazos en alto, una y otra vez, ninguno de los dos parece estar contento con el resultado. Yo ya ni sería capaz de dar esas tres zancadas. Pero Fran si. Me sorprendo a veces a mi mismo admirándole en su hacer, como si fuera un superhéroe. Mi superhéroe. Me descubre y me saluda con la mano, repite otras dos tandas y le comenta algo al técnico, quien asiente y parece explicarle algo moviendo las manos en el aire formado figuras con los dedos. Fran le da la razón secándose el sudor con una toalla y se acerca a mi, relajando su rostro en esa sonrisa tan suya, de bendito canalla.

-Borja! Qué te trae por aquí?!-Bromea, a sabiendas que ese es mi puesto de trabajo, responsable de utillería del complejo de entrenamiento del equipo. Intento no parecer nervioso, pero lo nota enseguida, como si me oliese-Qué te pasa?- Y se para, clavándome con la mirada, sudoroso y aún con la respiración alterada, su mano en mi hombro. Y yo no sé por dónde empezar. Y él lo vuelve a notar.- Algo con Lucía?-Se preocupa, él y Patri son los padrinos, yo niego con la cabeza y respira aliviado- Me ducho y me cuentas- Y se va a las duchas tirando la toalla a uno de los cubos.

No me da una del revés. Pero hace el amago. Va y viene un momento con las manos en las caderas. Estamos en el parking, desierto a esas horas. Me mira como de lado y aún espero una del revés. Pero no llega.

– Eres…eres….mira…ya no sé lo que eres. Imbécil. No eso es poco. Gilipollas…tampoco, eres..eres un “Cabeza de Redoblante”…que no sé lo que es, pero Robusto te lo llamaba y supongo que estará ahora a la altura….Joder! Quítate de ahí que….- Y vuelve el amago, pero no me la da, se pasa la mano por el pelo negro, fuerte y húmedo de la ducha- Y dónde lo tienes?- Yo señalo mi pechera y niega con la cabeza- Creo que voy a hiperventilar- Lo digo apoyándome en mis rodillas, tengo unas ganas terribles de llorar, me hace incorporar, me sujeta por los hombros y me abraza. La ganas se van. Como siempre.

– Vamos a casa. Tenemos que pensar- Y lo dice en plural. Como si nuestros dos cerebros juntos fuesen capaces de encontrar una salida factible a tal situación.

Hoy ha traido el Grand Cherokee. Tiene un contrato de publicidad y cada poco le dan un modelo nuevo, el de hoy es negro y más grande que el anterior. Me acuerdo cuando nos movíamos en una Vespino trucada que hacía un ruido como de ametralladora con el tubo de escape, se lo recuerdo y nos reímos. Me da una colleja.- Te voy a dar yo ametralladora.

Tardamos apenas media hora en llegar a su urbanización , los guardas de la entrada le saludan por su apellido, y le comentan algo del Osasuna, el asiente sonriendo y avanza con el coche. Sólo nosotros le llamamos Fran. Para el resto es López. Como si fuera una marca patentada. – Osasuna. Le voy a dar yo Osasuna- Dice entre dientes, y hace un gesto con la mano para no darme explicaciones. Y yo lo entiendo.

Su casa parece una de esas que aparecen en las series norteamericanas. Pero es de verdad. Patri nos envidia nuestro piso de tres habitaciones, cocina, dos cuartos de baño y trastero. Él se adapta en cualquier sitio, en peores lugares nos tocó dormir. Vuelvo a tener ganas de llorar. No sé por qué. Carraspeo y me fijo en un BMW aparcado de cualquier manera ante la imponente puerta principal. Él también se fija.- Será alguien de Patri- Y se encoge de hombros, abriendo el garaje con el mando a distancia, dentro, aparcados hay otros dos modelos Grand-Cherokee, el Jaguar y un BMW. Nosotros tenemos un Skoda.

Me guía hasta la cocina, en la que fácilmente cabría todo mi piso y el salón del vecino del 4c. Abre la nevera y me lanza un Aquarius, le digo que lo que necesito es un chute de Whisky, asiente, pero levanta el dedo índice de la mano derecha- Después “Cabeza de Redoblante”. Después. Tenemos que pensar- Y se toma un trago de su Aquarius, y se me da por pensar sea una pócima mágica que hará que se le ocurra algo de forma súbita. Me da la risa boba. A él no.

Oímos llorar a una criatura. Un sonido totalmente fuera de contexto en esa casa. Al menos hasta dónde yo sé. Una mujer rubia con pantalones vaqueros y camiseta blanca irrumpe en la cocina. Y se asusta. Da un grito. Patri la sigue, comentando algo , con una criatura envuelta en una toalla, que ya ha parado de llorar y se aferra a su pelo. Los cuatro nos miramos en un impass.

– Mejor que no sepáis nada- Zanja la mujer rubia y las dos vuelven a irse con la criatura por donde vinieron. Patri nos lanza una mirada una tanto angustiada y Fran quiere seguirla, pero yo le detengo.- Mejor que no sepamos nada, créeme.- Haciéndole volver a lo nuestro. El menea la cabeza- Joder qué día- Susurra, y se acaba el Aquarius.

Nos vamos a uno de los sótanos, que tiene habilitado como gimnasio, ya que sabe positivamente que Patri no nos irá a buscar allí. La sauna nos sirve como centro de operaciones, no la usa por culpa de sus bajadas de tensión, pero eso sólo lo sabemos Patri y yo. López no padece los males de los mortales.

-Y todo esto cuándo pasó?

-Hoy a las siete

-A las siete?De la mañana? Y ya estaba tieso?

-No sé si tieso, pero allí había policía de todos los colores y Chicho estaba en el suelo y…

-Y cómo sabes que era Chicho?

-Porque tenía la cara vuelta hacia aquí, osea hacia dónde yo iba, o estaba, y era Chicho…

-Y quién lo tumbó?

-Y yo qué sé, sólo me faltaba saberlo….tienes cada cosa…

-Hoy a las siete…hoy a las siete…son las…qué hora es?

-Las doce y media

-Osea que estará todavía en el depósito, no creo que le hayan hecho todavía la autopsia o lo que sea que hagan después con el fiambre…

-Se me está revolviendo el estómago

-Como si fuera el primer fiambre que ves

-Fran…por Dios

-Y por la Virgen María….no te giñe!

-Y entonces que hacemos?

-Ir al Depósito

De repente mi cabeza se vacía. Como por magia de embudo. Y me cuesta respirar.

-Ahora focus

-eh?

-Eso es lo que me dice siempre Isidro para que me concentre. Focus.

Mi cabeza sigue vacía.

-Nosotros vamos al Depósito de Cadáveres, y le metemos el sobre a Chicho en el pantalón o donde sea….el forense se lo da a la policía, y los otros se enteran fijo.

-Qué otros?

-Los otros- Y señala con la mano hacia algún lugar por encima de nuestras cabezas.

A mi me da la risa boba. A él no.

-Borjilla. Focus.

-Y cómo se supone que le metemos el sobre, Superlópez?

Ahora le da a él la risa boba. Mira al techo de madera de la sauna en busca de inspiración.

-Tu lo has dicho. Superlópez. Yo te serviré de parapeto…todavía tengo que pensar qué coño se me pierde a mi en el Anatómico Forense a la una de la tarde de un miércoles. Pero después de tanto anuncio, creo que tengo tablas.- Se levanta y da una palmada. Yo no soy tan rápido.- Andando que es gerundio.

-Me mareo

-Ahora no. Después. “Cabeza de Redoblante”. Después.

La última vez que fui al Anatómico Forense fue para reconocer a Puri. Y juré no volver. Me pregunto si mantienen todo el edificio sin calefacción para ahorrar, o para que no se note la diferencia de temperatura con la zona de cámaras. Y todo es gris, y hay pasillos por todas partes. Me quiero ir, pero Fran me retiene por el brazo señalándome con el dedo índice de su mano derecha. Tiene más de Robusto que lo que él piensa.

-Tú acuérdate de la vez que le sacaste mil duros de la cartera al Fitipaldi, pero ahora al revés- Yo ni me acordaba de aquello, busco el valor, pero no lo vuelvo a encontrar.

-Y tú qué haces?

-Tú te pones las gafas y estás muy triste, por….cómo se llamaba?De verdad, quiero decir..

-Calixto Torres…creo

-Calixto?…joder..en fin…que te has enterado de su muerte y querrías verle porque estabais muy unidos y tal…

-Y me creen.- Yo soy una persona de por mi muy escéptica.

-Eso déjamelo a mi.

Los del mostrador de información se incorporan a la vez al descubrirnos ante ellos, no por mi, sino por Fran, quien elige su mejor sonrisa, la del anuncio de seguros de vida, para darles los buenos días. Yo lloro de verdad detrás de las gafas oscuras. Me tranquiliza un poco. Se hacen un selfie con él y le explican por dónde tenemos que ir. Me dan el pésame como de paso.

El hombre de la bata blanca y gafas bifocales nos mira grave por encima de los lentes y sonríe al reconocerle. Le comenta algo del pase de Óscar el otro día, Fran le da la razón y le echa la culpa a Toledo, el hombre asiente y los dos están de acuerdo que fue injusta la expulsión de Latas. Yo empiezo a sudar frío. No sé por qué . Yo nunca sudo. El hombre de las bifocales me da el pésame y me confirma que Calixto todavía no ha pasado a mesa. Lo que sea que eso signifique. Si soy familiar. Fran le explica que deseamos discreción ya que la familia está reñida y que yo soy de la otra parte. El hombre de las bifocales asiente y expulsa por la boca un soplido sonoro, si le contara las cosas que ve él por allí. Nos hacemos cargo. Nos cuenta una anécdota. Él la encuentra graciosísima. Fran también. Pero yo sé que no. Le pide un autógrafo para su hijo, Fran se hace otro selfie con él y le firma un papel con cariño para Guille. Le ruega de nuevo discreción. El hombre hace como si se sellara los labios. Y nos pide que le sigamos. Me siento como a punto de saltar de un avión sin paracaídas. Lloro sin consuelo.

La sala es aséptica y gris. La pared de la derecha está ocupada por las cámaras. Me tiemblan las piernas. Fran apoya su mano en mi hombro. Creo que me voy a caer. El hombre consulta una lista y coteja las cámaras. Es la B52. Se me ocurre que suena a grupo de música. No sé por qué. Voy a necesitar un whisky doble. Y la abre, para deslizar después la mesa rodante. Fran se acerca al hombre y le susurra algo al oído, este duda un momento. Fran insiste en susurrarle algo y entonces el hombre asiente. Ambos se alejan hasta la puerta y abandonan la sala.

Retiro la sábana. Y allí está Chicho, dormido y gris. Aún está vestido, no distingo qué le puede haber matado. Sin perder tiempo le introduzco el sobre por dentro de la pechera y lo vuelvo a cubrir. Y lloro de alivio. Y vuelvo a poder respirar. Fran y el hombre de la bifocales vuelven a entrar. El hombre vuelve a esconder a Chicho en su cámara. Y el mundo parece volver a girar.

-Se puede saber qué te pasa?- Lore me lo pregunta mientras intenta calmar a la criatura, haciéndola subir y bajar en sus brazos, yo creo que así la marea más, y se lo digo, me la pasa perdiendo la paciencia. Le pongo el chupete y lo escupe. Me da la impresión de que tiene fiebre. Noto su exasperación y busco un termómetro. Lo vi por última vez en la repisa del baño. Pero ahora no está. Por supuesto. La criatura no para de llorar. Escuché una vez por la radio que en esos momentos hay que fabricar su propia burbuja de calma. Yo ni lo intento. El termómetro está en el cajón de los tampones. Me pregunto por qué. 39 y medio. Le doy Dalsy sin decir nada. No quiero que piense que le reprocho nada. Le cambio el pañal y le saco el pijama. Se duerme nada más la tumbo en la cuna.

La descubro en el umbral, abrazada a si misma. La abrazo yo y ella me secunda, buscando mi cercanía. Nuestra burbuja.

Y llegó el sábado. Y después que pasó todo, allí volvían a estar. En el mismo banco, ellos en el respaldo, ellas en el asiento. Vestidos de adultos, pero comportándose como los chicos que una vez habían sido. Escupiendo cáscaras de pipas, riendo a gritos, chinchándose unos a otros, una le arregla algo en el pelo a la otra ,ellos compiten a quién escupe más lejos- Si me cae en la cabeza te enteras- Y si hago así te caes-Uno casi pierde el equilibrio del respaldo- Parad ya- Saca el pie de ahí- Me voy a chivar- No me tires del pelo- Gané yo me debes una birra- No, la mía llegó más lejos- Define lejos- Ya habló el “esperto”- Mediapunta!- Parad ya- No sé si cortármelo- Cortarte el qué?- A ti qué te importa- Si hago así te caes- Toma colleja- Déjale en paz!- Tu no le defiendas- Yo soy más de pijamas- Creo que va a llover- Y yo creo en tu madre en bragas- No te lo cortes..- A lo mejor en capas- Cortarte el qué?-Pero bueno!- Se te ve el calzoncillo- Pues no mires- Saca el pie de ahí- Te estoy diciendo- Eso- AlabimAlabamAlabimbombam!- Y eso a qué viene ahora?- Si hago así te caes- Pásame más pipas.

Kinski

En realidad se llama Virginia, pero todos la llamamos Kinski. Una vez estando sentados todos en un banco del parque comiendo pipas, llegó Luispe acompañado de un tipo que no conocíamos de nada y que de buenas a primeras le espetó a Virginia que se parecía mucho a una actriz de una película que había visto, y que se llamaba Kinski. Nosotros seguimos tomando pipas. Y nos reímos un rato del nombre. Pero desde entonces la llamamos así.

Sólo sus hermanos la llaman Virginia, y ella reacciona tarde, como si hubiese guardado su nombre en una caja y olvidado en un desván. Llegó después de dos chicos morenos y no muy altos, con bastantes años de diferencia, un bebé rubio de ojos verdes, que se convirtió en una chica espigada de pelo trigueño y rasgos teutones. Al parecer era parecida a una bisabuela. Mi abuela añadía por bajines que era parecida a la bisabuela del capitán aquel que llevaba a limpiar el uniforme a la lavandería de sus padres en tiempos. Y mi madre carraspeaba, y le hacía señas con los ojos, y mi abuela remataba anotando con sorna que el uniforme siempre había estado impoluto.

Pero Kinski no sabía nada de esas historias, o no quería saber. Ella andaba a lo suyo, participando en nuestra vida, pero tratando de hacer la suya al margen. Fue la única de todos nosotros que no repitió nunca un curso, pero jamás la tachamos de sabionda. Parecía que sin hacer nada en especial aprendiese rápida y eficazmente.

No hablaba mucho, y le encantaba comer. Pero no engordaba, siempre llevaba un trozo de algo en la mano.

A la hora de elegir a qué dedicarse en la vida, se inclinó por derecho, para orgullo de su padre y decepción mía, ya que eso significaba que no nos íbamos a poder ver tan a menudo. Cuando aprobó la oposición a juez, nos enteramos por el periódico al ser ella la juez más joven del país.

Yo soy infiltrado. A veces pienso que debería dedicarme a la interpretación. Cada vez soy una persona distinta, en un contexto diferente, otra ciudad, otro acento, otro nombre. Soy todos y nadie. El mío es Zacarías Fierro.

Hasta hace seis meses fui un eslabón en una red intrincada y opaca. Es la única manera que tengo para definirla. Opaca. Me pasé dos años recorriendo el Mediterráneo en barcos veleros, con gente guapa y manejando mucho dinero.

El sueño de cualquier otro. Pero no el mío. De todo lo que tuve que aprender para mi papel me quedo con las palabras “Spinaker, Génova y Gennaker”. No sé. Me gusta como suenan. De lo que me ocupaba , con el qué, cómo, quién, y dónde. El resto intentaré olvidarlo. Las cicatrices me lo recuerdan. Y el viento. Si es bueno.

Cuando la vi entrar en la habitación no la reconocí en seguida. Tenía el pelo de otra forma y el traje que llevaba no la favorecía. Su nombre me la devolvió inmediatamente a su contexto, pero no dije nada. No reaccionó al mío. Venía acompañada de dos secretarios, dos números del cuerpo y mi enlace.

Volví a contar todo lo que hacía días contaba. Como un mono de repetición. Dejó su tarjeta en la mesilla. Pero la suya personal. No la del juzgado. Kinski.

La llamé al día siguiente. Y se disculpó por no haberse hecho conocida. Le dije que eso lo hacía yo todo el tiempo. Y nos reímos.

A Eloy Domínguez Lérez se le dio por desparecido. Y volví a ser yo. Pasé un mes en el hospital y ella se instaló en un apartamento del servicio mientras duraron las diligencias previas. El juez local se las había pasado gustoso. Demasiado opaco. Demasiado grande. No podíamos tener contacto para no entorpecer nada. En el mes que estuve en la isla, me hizo llegar varias veces, a través de una enfermera, un menú completo de un sitio de comida casera que ella conocía y dos paquetes de pipas. No creía en los viajes en el tiempo. Ahora si. Sólo se necesita un paquete de pipas.

No pude despedirme de ella. Órdenes. Y me fui al Pirineo. Lo último que necesitaban mis cicatrices era sol y yo ya tenía bastantes millas náuticas a mis espaldas. La operación siguió sin mi, pero a un callejón sin salida. Todo se volvió más indivisible. La madeja se enredó más. Nunca se pudo saber quién había tirado la cerilla. Durante un tiempo tuve pesadillas, que yo ardía, o la habitación. Después ya no.

Y la volví a encontrar. Al otro lado de la mesa de novedades de una librería. Con su aire desangelado y tranquilo, leyendo no muy convencida el argumento de un libro, su boca en un rictus escéptico. La llamé y levantó la vista despacio, aún metida en el argumento del libro. Su rostro se iluminó al verme, y dejó el libro en el montón equivocado. Yo no compré el mío.

Comimos juntos y nos dimos los números. Y volví a tener dieciséis años y dudas filosóficas ante el teclado de mi teléfono. La llamé un jueves para ir al “Día del espectador” y aceptó sin dudar. He llegado a pasar diez horas sentado en un coche esperando a que alguien saliese de un edificio, las horas que pasaron entre mi llamada y la hora de nuestra cita fueron en comparación una cadena perpetua sin opción a revisión. Fuimos a ver una de unos que burlaban a la policía con juegos de magia, los dos llegamos a la conclusión de que nuestros trabajos serían más interesantes si nos viésemos en semejantes tesituras.

Volver a tener dieciséis años debe ser muy parecido a pasar un mono. Incluso me planteé volver a fumar. Ella seguía manteniendo la misma serenidad de siempre, discreta rozando la timidez. Mi serenidad volvía en el momento en el que ella salía de su portal los jueves a las siete y veinte de la tarde.

Nos vimos todas las películas candidatas a los Oscars, las de Cannes, y los Goya, además de varias independientes suecas. Después solíamos tomar algo, de mesa y mantel o de tapas. Llegué a saber de memoria los menús de restaurantes y taperías en un perímetro de cinco kilómetros alrededor de los cines que solíamos frecuentar.

De jueves a jueves nos mandábamos mensajes o nos llamábamos, al principio con una frecuencia de cuarenta y ocho horas, para ir degradando de veinticuatro a doce, hasta llamarme ella por la mañana a las diez y media, y yo a ella por la tarde a las seis menos cuarto, hora a la que sabía que su secretaria abandonaba el juzgado.

Entonces una noche, a la salida de “Lo Imposible”, se paró en frente de mi y me besó. Escondió mi rostro entre sus manos y sonriendo me dijo que ella tampoco podía vivir sin mi.

Desde entonces estamos infiltrados uno en la vida del otro. Yo la llamo Kinski, ella a mi Fierro. Eso no va a cambiar. Vamos cada jueves al cine, nos apuntamos a cursos de cocina, nos perdemos sin mapas o navegador por ciudades, caminamos sin prisa, y hacemos viajes en el tiempo. Con bolsas de pipas.