El Rey de la Gravilla

El teléfono era de baquelita roja. Y estaba colgado de la pared del recibidor. El auricular tenía un cable tan largo, que podíamos llevarlo sin problemas por todo el apartamento mientras hablábamos. No sonaba como el resto de los teléfonos. Era lo más parecido a una alarma de incendios, que siempre nos cogía desprevenidos. El apartamento era pequeño. Un dormitorio, una sala, una cocina y un baño completo, que cabía en el espacio equivalente al de una cabina telefónica. La ventana del salón se abría a un balcón minúsculo, desde donde, si alguien se asomara descolgando medio cuerpo por la barandilla y girando la cabeza hacia la derecha, se podía ver el Castillo. Tal como nos lo había demostrado nuestro casero, cuando lo habíamos ido a ver por primera vez.

Por aquel entonces, Leander ya había acabado la carrera de derecho, y visitaba los cursos obligatorios de pasantía. Yo había hecho lo propio con la mía de Historia del Arte combinada con Filología Románica, por la rama de Francés, y todavía no sabía qué hacer de mi vida. Adentrarme en el tortuoso mundo de los doctorados, o decantarme por la rama de magisterio. Mientras no me decidía, impartía clases de pintura al óleo en la Volkshochschule (Universidad Popular) y ayudaba un par de horas a las semana en la biblioteca pública. Nuestra vida discurría en el limbo de aquellos que ni son ya estudiantes, ni todavía han entrado de lleno en el mundo laboral adulto. Además era verano. Con lo cual, la sensación de vivir en vacaciones se hacía más patente.

Aquella mañana yo me había decidido por fin a planchar mis pantalones de lino. Tenía tres. En beig, azul añil y rojo. Una oferta tres por uno que no había podido dejar escapar. Leander había comprado una tabla de planchar casi tan grande como nuestra sala, y yo la había colocado ante la ventana abierta al balcón, por una parte, porque así conseguía un poco de corriente que amainase el calor reinante, por otra para distraerme con lo que pudiese pasar en la calle, muy transitada por aquellos que se decidían por subir a pie al Castillo. Estaba tratando de decidirme si añadir un poco de colonia al agua de la plancha, cuando sonó el teléfono. Del susto arrojé la botella de agua de lavanda contra el sofá, como quien arroja una bomba de mano. Y todo se llenó de olor a lavanda. Pero eso a mí no me importó. Yo sólo corrí a coger el teléfono y lograr el cese de aquel ruido atronador que era su timbre.

-Pippa!

-….

-No te acuerdas de mi?!

-Pues no sé…

-Soy Malte!

-Malte?

-Si! Malte, tu Malte…

-Ya…qué quieres Malte?

-Pues verás, estoy por casualidad en la ciudad y pensé…pues mira, voy a llamar a Pippa para ver cómo está….

-Y cómo has sabido mi teléfono?

-Estás en la guía….

-Ya…

-Si eso nos pasamos esta tarde, para una cervecita…

-Nos pasamos?Malte…

-Ach, Pippa….me alegrará verte, a tí y a…a..

-Leander?

-Eso, Leander….a las cinco?

-Malte…

-Chau!

Malte Henle nunca había sabido escuchar. Habíamos salido cerca de un año, cuando ambos habíamos llegado a la ciudad para empezar nuestras respectivas carreras. Él había empezado Políticas con Historia, para dejarlo después por Geología con Biología, pasando por Sociología y Pedagogía, y por último Antropología y Estudios Americanos. Además de no saber, ni querer, escuchar, Malte era vago. En todos los sentidos. Incluso para llevar una relación. Cuando lo dejé, ni se había preocupado por preguntarme el motivo. Hubiese supuesto pronunciar demasiadas palabras. No le había vuelto a ver desde entonces. Que se hubiese tomado la molestia de buscar mi teléfono, y demostrase tanto interés en concertar una cita, me resultó más que sospechoso. Pero la gente cambia, pensé, y, a lo mejor, Malte, había aprendido a llevar conversaciones con más personas que consigo mismo.

-Y dices que viene con más gente?

-“Nos pasamos”dijo….

-Bueno, el pack es de seis birras….si son más bajo a por otro…

-Tenemos zumo…

-Qué bien huele a lavanda…..que el olor de los arbustos de la cuesta llegue hasta aquí….y tan…envolvente….

-Ya, es que…-

Pero no me dio tiempo a explicarle a Leander más, ya que sonó el timbre del telefonillo del portal.

Malte seguía igual, pero con el pelo algo más largo y había ganado un poco de peso, con la camisa blanca, los vaqueros y los mocasines, me pareció por un momento un cantante melódico salido de las revistas del corazón, ella era rubia, el pelo largo acababa en una suerte de tirabuzones, y enmarcaba una cara alargada con una nariz a juego, medio disimulada por una gran cantidad de maquillaje, el suyo era un estilo ibicenco profuso en volantes blancos y flecos, coronado por unas sandalias doradas de cuña muy altas.

-Ella es Jenny, mi esposa

-Hola, un placer conoceros….un apartamento….encantador, he de decir…y cómo huele a lavanda….encantador…

-De los arbustos supongo…-Anotó Leander, yo iba a decir algo,pero opté por no dar explicaciones

-Encantador…

Los dos se sentaron en el sofá de la sala, y nosotros ocupamos dos sillas frente a ellos, sin saber muy bien cómo comenzar una conversación. Malte fue quien tomó la iniciativa, adelantándose en el sofá.

-Nosotros, desde que nos casamos, vivimos en Sankt Leon-Rot, el padre de Jenny es Gottlieb Grebmüller…- Y nos miró como dando por sentado que conocíamos al Sr. Grebmüller, Leander y yo nos miramos escépticos.- Gottlieb Grebmüller?…claro que le conocéis mi suegro es “El Rey de la Gravilla”…- Jenny asintió con una orgullosa sonrisa en su rectilíneo rostro y se apartó uno de sus mechones, yo a mi vez sonreí a Leander quien tomó un trago de su cerveza como toda expresión de sentimiento hacia aquel hecho.- Y…bueno…no me voy a andar por las ramas. No hay cosa que más desee Gottlieb, y a la postre nosotros, qué duda cabe, que tener nietos….ya lo intentamos desde antes de la boda….y de eso hace ya dos años….y todavía no ha sido posible…en fin, a lo que que iba…el asunto es el siguiente…soy consciente de las dificultades que estáis pasando..- Leander y yo nos miramos de nuevo, pero él no nos dejó hablar- …una vida así es difícil, nos consta…y por eso queríamos plantearos una solución lucrativa a ambos problemas….tú y yo Pippa estuvimos una vez juntos…como recordarás…y dónde hubo fuego siempre quedan cenizas, lógicamente…o rescoldos…o bueno…en fin, que donde hubo algo aún puede arder una llama a la esperanza…y…entonces, haciendo uso de esa llama, engendraríamos un hijo….que, una vez trajeses al mundo nos entregarías…..no gratis, por supuesto, esas cosas tienen su precio….y podríamos llegar a un acuerdo que nos beneficiara a todos- Se hizo el silencio. Leander y yo no nos movimos un ápice. No podíamos. Supongo. Y de pronto, nuestro teléfono atronó el momento, provocando que todos diesemos un respingo a la vez en nuestros asientos. Leander se incorporó a coger la llamada, le oí atenderla en algún lugar, y Malte y su mujer también se incorporaron con intención de marcharse.

-Pues ya queda dicho….os lo pensáis…y cuando estés dispuesta nos lo dices….

-Ya…

-Encantador….y la lavanda….no tengo palabras ….

-Ya…- Les acompañé hasta la puerta, y sin muchas despedidas, se fueron. Leander ya había colgado el auricular sobre el teléfono en la pared y tamborileaba los dedos sobre él, yo aún aferraba la manilla de la puerta. Nos miramos un instante.

-Tú querías ir hoy a IKEA, no?- Preguntó Leander

-Sí..

-Pues está hecho, era Meike, nos presta el coche.

Hoy, a la vuelta del Instituto, todos lo semáforos me tocaron en rojo. En uno de ellos, el lateral de un camión rodó hasta la altura de mi ventanilla “ Grebmüller y Herederos. El Rey de la Gravilla”, y me acordé de aquel día de hace veinticinco años. Y del olor a lavanda.

Cuando llegue a casa, tengo que recordarle a Leander que tenemos que ir a IKEA.

La luz de los días

A Musa le gustaba llegar cuando todavía no había nadie. Las extensas parcelas de cesped vacías, las piscinas con la superficie del agua intacta, algún jardinero aquí o allá, y quizás Reinhardt tomando alguna prueba de agua en las piletas de arriba. Nadie más. A aquellas horas de la mañana, todavía no parecía verano. La brisa era fresca, y la hierba estaba mojada. A veces el cielo aún era gris. El azul aparecía más tarde. Llegaba en bicicleta, el trayecto desde su casa hasta la piscina era sólo de media hora, si encontraba los semáforos a su favor, se reducía a quince minutos.

Nadar le había salvado la vida, y después había hecho de eso su trabajo. Era socorrista diplomado y trabajaba para el Ayuntamiento en las piscinas municipales. En invierno en la cubierta del centro, en verano rotaba entre las tres al aire libre. Hoy le tocaba la que colindaba con el zoo, la más grande de todas.

Rike empezaba hoy más tarde, si no habrían venido juntos. Como todo lo que hacían. Él la llamaba Amor, así, con mayúsculas, ella a él Musi. Se habían conocido mientras ambos preparaban las pruebas de acceso para las plazas de socorrista, y no se habían vuelto a separar. Habían aprobado a la primera y conseguido plaza al mismo tiempo. La suerte pasa a veces una vez en la vida, y a su modo de ver, esto justo le había ocurrido a él al conocer a Rike. Ella le había confesado que, en lo que primero en que se había fijado en él, era en su nariz, aerodinámicamente curva, en perfecta conjunción con su rostro, él se había fijado en su pelo, rubio y liso, que temblaba cuando ella caminaba, y en su sonrisa, la luz de sus días. Cuando le decía eso, ella reía, y aún le parecía que la quería más. Omi, la abuela de Rike, cuando iban de visita le pasaba siempre un billete a escondidas, para que le compres algo a tu tesoro, le decía, y le guiñaba un ojo, y él le daba un beso. Los padres le presentaban ya como su yerno. Si la suerte era un tren, él lo había cogido a tiempo.

Al llegar, consultó en el panel de turnos dónde debía empezar su día. Normalmente rotaban los servicios, de forma que aquellos que atendían la piscina infantil en el primer turno, después atendían la de adultos, y viceversa, y un tercer grupo atendía la venta de helados,para después ocuparse de las piscinas.

Él primero se ocuparía de la piscina infantil, con Klaus. Después, hacia el mediodía, de la venta de helados, con Rike. Era sábado, así que iba a tener muchas cosas a las que atender. Pero él se lo tomaba con calma, la mejor manera de abordar las cosas. La piscina infantil no estuvo muy visitada aquella mañana, cuatro bebés y dos niños pequeños con manguitos, acompañados todos de sus madres. A las doce, sin embargo, con la llegada de la primera horda de bañistas, se llenó, teniendo que llamar a una compañera, para cubrir las necesidades por completo. Sin más incidencias que recordar a un par de padres que estaba prohibido saltar desde el borde, a la una se dirigió a vender helados.

Eran cinco. El cabecilla caminaba unos pasos por delante del resto, dejando claro su posición dentro del grupo. Llevaba un bañador de flores chillonas, el pelo negro y abundante engominado, aún para venir a la piscina, pulcramente peinado con raya al lado, camina con los brazos ligeramente separados del cuerpo, para parecer más ancho de lo que ya es. Diga lo que diga, el grupo le ríe la gracia, piropean a las chicas al pasar, en su idioma, ellas no les entienden, y ellos se ríen, se empujan en juegos, aún siendo hombres adultos. Llegan al mostrador de venta de helados y esperan su turno, el cabecilla, siempre delante. Musa repartía distraido el dinero suelto de la venta anterior en el cajetín de la caja registradora, al alzar la vista, le descubrió ante él. Y regresó. Regresó al encargo de su madre. Llena las tres garrafas de agua, y lleva a Ibrahim contigo. Pero Ibrahim no quiere ir con él. Está ayudando a su padre a arreglar la moto. La dichosa moto. Ve tú, nosotros vamos después. Antes de salir del patio, aún llega a escuchar el arranque de la moto. Ibrahim y su padre ríen. La dichosa moto. En la fuente de abajo hay demasiada gente, así que va a la de arriba. Sube el cerro corriendo. Ya no le cuesta. Primero escucha las ráfagas de ametralladora. Después los morteros. Y los gritos. Aquellos gritos. Él se tira al suelo, tras el muro de la fuente. El suelo tiembla, y el aire se llena de humo y arena. Él se hace un ovillo. Después el silencio. Órdenes y gritos. Ruegos por piedad. Se atreve a asormarse desde su escondite. Han reunido a los supervivientes ante una de las casas. Distingue a su padre y a Ibrahim entre ellos. Piedad. Gritos. Los hombres armados comandados por uno que porta un enorme revolver, apuntan con los rifles, y a la orden del hombre del revolver disparan en ráfagas. Las personas frente al muro caen abatidas casi a la vez. El pelotón grita victorioso. El hombre del revolver, se acerca a los recién fusilados y los remata de un tiro en la cabeza. Luego se vuelve hacia el pelotón y, levantando el revolver en el aire, grita alentándolos, riendo y jaleando su acción, mostrando su perfecta dentadura, sus ojos brillando al sol.

Los mismos ojos, y la misma sonrisa, que Musa ahora tenía ante si.

Incapaz de moverse, parpadeó lento, como queriendo borrar la imagen, sin conseguirlo, el otro se volvió a medias hacia el grupo que le acompañaba y comentó algo, y el grupo se rio, luego volvió a Musa y le dijo algo en su idioma. El idioma que él creía que ambos compartían, pero Musa no reaccionó,incapaz de apartar su mirada de la de él. El grupo volvió a reir y el cabecilla tintineó las monedas contra el mostrador, repitiendo la frase que ya había dicho antes. Pero Musa decididió no entenderle. Y se encogió de hombros, negando con la cabeza, y dirigiéndose a él en la lengua que ahora era suya. El otro le señaló entonces los helados que quería en el tablón de muestrario, y él se los entregó, el vuelto se lo dejó sobre el mostrador. No les dedicó ni una despedida. Les observó alejarse y perderse en la multitud que ya se había hecho con el recinto, aún incapaz de moverse. Musi. Musi. Tierra llamado a Musi. La voz de Rike junto a él, le devolvió al presente, como al sonámbulo al que se despierta de repente. Rike. Amor. Dónde estabas?le preguna ella.Y ríe. Él la quiso imitar, pero no pudo. Sólo logró toser. Manfred te necesita en la grande de abajo, ya me quedo yo aquí, después Mara nos invita a su grill y ya vamos desde aquí….Musa asintió sin saber muy bien a qué. Le acarició la cabeza y le dio un beso en la frente antes de irse. Rike. Luz de sus días.

Los localizó nada más llegar a la piscina grande de la parte de abajo del recinto. Jugaban a empujarse unos a otros en el borde de la parte profunda. Unos se empujaban a otros y, aquel que alcanzara el borde, ha de evitar caer al agua. Musa se sentó en su silla alta de vigilante, sin perderles de vista. El cabecilla era el que más empujaba, pero él mismo nunca alcanzaba el borde. Musa le observó desembarazarse de los abrazos que buscan tirarle al agua, su miedo maquillado de carcajadas, la violencia innecesaria de sus manos, las patadas para liberarse si alguno llegara a lograr acercarle al borde. No sabe nadar. La conclusión le llegó justo en el momento en el que dos de los hombres del grupo, lograron, gracias a una llave parecida a las usadas en lucha libre, arrojar al cabecilla y a los otros tres al agua. Musa les vio desaparecer bajo la superficie. Su corazón iba tan rápido que podía sentirlo en la garganta. Cuando el agua volvió a la calma, primero emergió uno, después un segundo. Y el agua permaneció inmóvil. Musa saltó entonces de su silla, y de tres zancadas, alcanzó el borde de la piscina, desde donde se lanzó de cabeza. Le alcanzó a medio camino hacia el fondo, y rodeándole con un brazo por la parte alta del pecho, le izó hacia la superficie. Manfred le ayudó a sacarle del agua, y Musa le puso de lado. Y sin más, se fue corriendo. Atravesó la distancia entre la pileta en la que se encontraban, y las puertas de acceso salvando escaleras y gente, como si no pesara. Sin oir nada. Ni a nadie. Y abandonó el recinto. Sin parar de correr. Descalzo. Empapado. Y cogió velocidad. Y abrió los brazos en cruz al viento y abrió los ojos contra el sol. Y por un momento voló. Y pudo por fin respirar hondo. Y distinguir el color del sol. Descubrir el azul del cielo y alegrarse por los latidos de su corazón. Y escuchó una voz. Llamándole. Tratando de alcanzarle. Y Musa dejó de volar. Y cuando ella le alcanzó, la abrazó como si fuese la primera vez en mucho tiempo. Y se enredó en su pelo. En su abrazo. Musi. Dónde ibas, Musi?. Y él rio. Como si lo hiciera por primera vez en mucho tiempo. Y ella también. La luz de sus días.

Fiodorowsky

Chicago Meatpackers Riverside. Frankfurt/Main. Noviembre. Miércoles, 13:16.

-Puedes sentarte tranquilamente dentro, calentito, a gusto….pues no, tú siempre a lo complicado….fuera y bajo cero..

-Estamos a un grado…

-No cambies de tema….si me abrazo a la estufa de pie me quemo, claro….joder qué frío…ya pedí un café tipo bañera…

-Siéntate, toma mi manta si quieres…

-Pues sí, mira, no te digo que no….a ver, qué me quieres?

-Estás seguro de que no quieres comer nada? Te arrepentirás….

-Mi estómago ahora mismo es un canto de hielo….primero el café, después on verá que dicen los franceses…

-Tengo un encargo…

-Tú dirás…

-Quieren los Fiodorowsky- El otro se desembaraza de la manta, se incorpora y hace amago de marcharse.

-Alquilo un coche anodino, me vengo hasta aquí, aparco tan lejos que casi me vi tentado a llamar un Uber, me estoy acatarrando….para que tú me digas semejante barbaridad…a usted le vaya bien Don Pombo…o como dicen en mi pueblo…que te den- Y se alejó hacia la puerta de la terraza, su interlocutor, sin inmutarse, cortó un trozo de su chuletón y, tras obrservarlo brevemente, se lo llevó despacio a la boca. El otro se quedó parado ante la puerta de la terraza, con la manilla en la mano.- Quién y por cuánto?.

-Siéntate y te explico….de verdad no quieres nada?

-Una como la tuya…no pinta mal…y otra manta…

-No te arrepentirás…

-Algún día me tatuaré esa frase….por dónde empezamos…

-Por el equipo

Julio Calleja Linares

Cada día el pasillo le parecía fuese más largo que el día anterior. Y que el otro. Desde la salida de los ascensores, hasta la habitación tenía ocho habitaciones de tiempo para dar forma a su personaje. Se peinaba el cabello con las manos, enderezaba los hombros, articulaba un par de muecas que querían ser una imitación de sonrisa radiante, se frotaba los ojos con las palmas de las manos, respiraba hondo. Aspirar por la boca, relajar por la nariz. Cuando alcanzaba la puerta, antes de deslizarla, daba un par de saltitos en el sitio. Como los futbolistas antes de entrar en el terreno de juego. Aspirar por la boca, relajar por la nariz. Y deslizaba la puerta. Irradiando su papel.

-Buenos Días! Cómo está hoy mi reina de la belleza?!- Lines giró los ojos grises hacia él, mientras su cabeza permanecía inmovil contra el colchón, su rostro formó algo parecido a una sonrisa. Yacía sobre una cama ergonómica de hospital en una posición totalmente horizontal, alguien le había colocado las manos, presas en sendas férulas, sobre el vientre. Le siguió con la mirada hasta que él llegó a su lado, e intentó decirle algo, pero no lo consiguió. Cerró los ojos fuertemente y los clavó,con lo que quería ser una expresión furiosa, en el techo,un instante, para girarlos de nuevo hacia él, moviendo los labios. Julio sonrió y le acarició la cabeza, ya le había crecido algo el pelo, que ahora le nacía castaño oscuro.- Sí, te he traido el video….hemos conseguido que salgan los tres y que hablen ordenadamente….qué?….me ayudó tu padre poniendo orden….sí tu padre…qué?….Javi? Javi ganó una medalla de oro en natación el otro día…video?…lo tiene tu madre, creo, yo estaba en Los Ángeles…Pedro ya come, sí, mucho mejor, no te preocupes….qué?…Valentín?…bien, todo perfecto- Se pasó la mano por el rostro y miró fugazmente hacia la ventana, carraspeó y volvió a sonreir, ella giró los ojos hacia el techo y parpadeó dos veces, él le volvió a acariciar la cabeza. En eso se abrió la puerta de la habitación, y entró el Dr. Moreno, acompañado de dos enfermeras, que arrastraban un carrito con medicamentos.

-Hombre, Julio!Buenos Días! Te han dejado en tierra?- Saludó el médico ofreciéndole la mano, que Julio estrechó al tiempo que asentía a la broma, sin perder su flamante sonrisa.- Pues qué bien que te encuentro, vamos a dejar a estas tres señoritas un momento a solas, y te explico…- Continuó el Dr.Moreno, y se dirigió a la puerta, Julio le siguió, no sin antes echar una última mirada a Lines, quien a su vez, trataba de mirarle a él entre el trajín de las enfermeras a su alrededor.

-Antes de nada, no te preocupes, todo bien…que ya te veo cara de preocupación…- Comenzó el Dr. Moreno, Julio se mesó el cabello y quiso sonreir, esta vez de verdad, pero no lo consiguió- Sólo es decirte que, en tres meses, aproximadamente te la puedes llevar ya a casa….

-A casa….- Julio le miró sin entender lo que quería decir.

-Sí, mira, ya respira por si misma, ni rastro de infecciones…que, bueno, pueden volver, pero las que tenía ya no están, los fisios son optimistas y en unos días ya empieza con la logopedia….- Julio carraspeó, y buscó apoyarse en la pared con una mano, el Dr. Moreno irradiaba optimismo a su lado.

-Pero entonces…..la fisioterapia y la logopedia….cuando se vaya para casa…mandáis a alguien o cómo funciona?

-Hasta un punto….no sabría decirte cuál, en el caso de Lines, desafortunadamente, no hay mucho más que hacer, suena duro, y lo es, no quiero ni puedo mentirte, después tendrás que hacerte cargo tú de todo…

-De todo…

-Además de la fisioterapia y la logopedia, Lines está recibiendo la visita de un psiquiatra para superar el trance que le toca vivir, puedes hablar con él para continuar después…supongo que no habrá problema, y, va a necesitar atención especializada veinticuatro horas….y cuando digo especializada es de un profesional de la enfermería…con experiencia en estos casos, claro….

-Y eso también lo pago yo, quiero decir….no enviáis a nadie….porque ya hablé con el seguro y me dijeron que ellos se hacen cargo de un tanto por ciento…y no de todos los cuidados…

-Lo dicho, nosotros vamos un tiempo….ya te dirán cuánto, después te toca a tí….- Julio se pasó la mano por el rostro, como para despejar las ideas, sin conseguirlo, el Dr. Moreno le dio una palmada en el hombro.

-Ahora empieza todo…

-Ya…una cosa….va ser posible que se siente en una silla?- El Dr.Moreno levantó las cejas y metió las manos en los bolsillos de la bata.

-Por el momento no….., pero cuando sea posible tendrá que ser una a la medida de sus necesidades y eléctrica, por supuesto, si quieres te podemos pasar un par de catálogos para que vayas echando un vistazo….

-Catálogos?

-Hay muchos tipos….el fisio te puede dar buen consejo….

-Ya…y cuándo dices que podrá ir a casa?

-Tres meses….o a lo mejor antes, si sigue evolucionado tan bien….otra cosa…los críos bien?

-Sí, gracias, todo perfecto- El Dr. Moreno volvió a darle una palmada en el hombro, y le invitó con un gesto a regresar a la habitación, Julio asintió, aunque su cabeza parecía estar ocupada con otras cosas.

Hizo compañía a Lines hasta cerca del mediodía, mostrándole videos de los niños y contándole anécdotas de sus últimos vuelos. Lines parpadeaba o hacía girar los ojos para expresar su parecer, a veces parecía querer sonreir, y le buscaba con su inmensa mirada gris, él interpretaba lo que ella quería decirle y mantenía consigo mismo una suerte de conversación. Aprovechó la llegada del fisioterapeuta para marcharse, y se despidió de ella con un suave beso en los labios. Lo único que no había cambiado desde el accidente.

Hacía seis meses, Lines se había visto envuelta en un choque en cadena en la autopista, que había sobrevivido con heridas de extrema gravedad y que le había causado cuadriplejia. Sólo era capaz de mover por si misma los músculos de la cara y girar los ojos, hasta hacía poco había necesitado respirador, ahora respiraba por si misma y gracias a un logopeda podría volver a hablar. Julio trabajaba como piloto para Lufthansa, había recalado ahí tras la quiebra de la compañía en la que había trabajado antes, hacía un año. Las cosas les habían empezado a ir bien a partir de entonces, y cuando creían que la vida no les podía sonreir más, un camión había perdido el remolque mientras circulaba, y éste se había llevado por delante a Lines y a otros diez coches más.

Cuando llegó a casa, su suegra salió a recibirle al jardín secándose las manos con un paño de cocina, desde hacía seis meses ella y su suegro casi se habían instalado en su casa, para hacerse cargo de los niños cuando él no estaba, alternándose con su hermana, su cuñado y el hermano de Lines con su mujer en turnos rotados, que incluían las visitas a Lines y toda la logística que la situación requería, habida cuenta que él volaba a tiempo completo y eso incluía vuelos transoceánicos.

-Cómo la encontraste?- Le preguntó tras darle dos besos, su mirada,entre tierna y triste, se le representó a Julio como la de aquel que espera que el otro le anuncie que se ha obrado un milagro, él escogió la sonrisa más convincente de las de su repertorio y le guiñó un ojo.

-Guapísima, Mayte, como siempre, tiene a quién salir- Piropeó, Mayte meneó la cabeza e hizo como que le daba con el paño.

-Valentín sigue sin comerme….sólo cereales con leche, a piñón fijo…

-Bueno…algo es algo…mejor que nada como antes…

-Es que dice que él quiere esperar a mamá…- Y ambos perdieron al mismo tiempo el suelo bajo los pies, pero no les dio tiempo a buscar siquiera consuelo el uno en el otro, ya que Valentín salió de la casa corriendo hacia ellos.

-Papáaa Papáaaa!!- Atronó con toda la potencia que sus pulmones de tres años le permitían, y se lanzó cuan kamikaze a los brazos de Julio, quien giró dos veces sobre si mismo al recibirle, soltando una carcajada.

-Yo vuelvo a las patatas…que aún se me van a quemar….- Anunció Mayte entonces, tras pasarse el paño por los ojos, y volvió a desaparecer dentro de la casa, de la que provenían los ecos de un programa de televisión infantil.

-Yo no quieyo patatas…

-Qué quieres entonces?

-Sereales

-Bueno, pues come cereales….- El niño escondió la cabeza en el cuello de su padre y se lo rodeó con sus bracitos, Julio observó entonces su casa. Un chalet adosado de tres plantas, del que aún no habían pagado toda la hipoteca, cuando Lines volviese a casa tendrían que deshacer el salón y habilitar allí la cama de ella y todo lo que sus cuidados conllevaban, eso significaba que el salón pasaría entonces a ser el comedor, éste desaparecería y se comería en la cocina, cosa que por otra parte, ya hacían, de todas formas, y habría que reformar los baños. Los baños. Ya los habían renovado hacía un año, sólo sería cuestión de sacar las mamparas, anchear marcos y poner puertas correderas, en el bajo, porque no tenían sitio para un ascensor.Tenía que buscar una enfermera y una fisio, o mejor una persona que fuese las dos cosas.Y rampas. Había que poner rampas. El vecino de al lado no iba a poner impedimento a tanta obra, ya que desde el principio le había ofrecido su más sincera ayuda en todo lo que necesitara, y había cumplido su palabra.Tres meses. Todo eso en tres meses. Javi y Pedro salieron entonces en tromba, imitando los gritos que antes había dado su hermano y casi le hacen perder el equilibrio al abrazarse a sus piernas, mientras se quitaban la palabra el uno a otro para contarle algo, a su parecer, muy importante, a su padre, quien observaba la casa sin apenas parpadear.

Fue entonces cuando le sonó el móvil.

La persona se identificó como Radar.

Santiago Concheiro Neira

Lo único que diferenciaba a Xan de Bento era una ceja más larga que otra. Xan la tenía. Cosa que, Bento, no. El pelo castaño con el mismo corte, los ojos negros, nariz respingona y mofletes sonrosados, siempre ocupados masticando algo. Tenían los mismos gestos y se movían casi al mismo tiempo, lo que a veces podía hacer pensar que era un sólo niño de cuatro años moviéndose muy rápido. No les vestían iguales, y mucha de su ropa tenía sus nombres bordados, para hacer la identificación más fácil a personas ajenas. El problema venía a la hora de suministrar medicamentos, cuando sólo Bento lo tenía que tomar, habían optado por mezclar el medicamento con miel. Xan odiaba la miel. Bento, cuando nadie le veía, era capaz de comerse un tarro a cucharadas. Pero los dos se morían por el jarabe con sabor a fresa.

-Pero vamos a ver….tu tienes tos?- Preguntó Santiago con la cucharada ya preparada para dársela a Xan, Bento hizo que tosía, Santiago chasqueó la lengua- No cuela…- Y le dio la cucharada a Xan, quien se volvió a acostar en su cama, ya que aún tenía un poco de fiebre, Bento le imitó, vestido, sobre la suya- Quieres también el pijama, entonces?- A Bento se le iluminó la carita, y Xan dio varias palmadas.

-Ahí los dejé enfrascados en una profunda conversación…- Explicó Santiago a Sola, su mujer, que, sentada a la mesa de la cocina, sonrió mientras le daba una papilla de verduras a otros dos gemelos, de dos años, sentados en sendas tronas, procurando darles las cucharadas casi a la vez, ya que el mínimo retraso acababa en llanto, Santiago le cogió una cuchara y, sentándose junto a ella,la ayudó en la labor. Yago y Breixo no eran idénticos, uno tenía el pelo castaño oscuro y los ojos marrones , el otro era pelirrojo con ojos verdes. Habían llegado a la conclusión de que había salido al bisabuelo de Sola, que había sido también pelirrojo. Con ojos negros. Pero ahora, lo que les preocupaba no eran los parecidos- Entonces…qué te dijo,sí o no…

-Estar estoy, hasta ahí llegamos todos, si es uno o dos la semana que viene…

-Entonces nos dicen que son tres….-Sola soltó una carcajada, Breixo la imitó acompañándolo de unas palmas, Santiago fingió otra- Ya, una gracia loca….

-Pero seguro que son dos…

-No, ya, por descontado….

-Yo cuando me levanto por la mañana y ya estoy baldada…..son dos…

-No adelantemos acontecimientos, una semana de reflexión aún tenemos…- Sola rio y le dio una colleja suave, Yago entonces hizo lo mismo con Breixo, quien no se lo tomó tan bien- Apañamos….

Santiago trabajaba como piloto de helicópteros, en las épocas de incendios forestales pilotaba los de extinción, el resto del año se ocupaba del transporte de heridos, y de personalidades. Cuando a la mañana siguiente llegó a la base de helicópteros, Ramudo, su jefe, le mandó llamar a su despacho, donde ya le estaba esperando con una carpeta en la mano.

-Si me vas a despedir, que sea rápido y sin dolor, no estoy para mucho rollo- Le dijo Santiago al ver la cara de consecuencias de Ramudo, quien sonrió y negó con la cabeza.

-Si te despiden, me voy contigo….si tu me dices ven, lo dejo todo macho..- Bromeó haciendo un gesto con las manos que quería abarcar todo el despacho, Santiago rio y se sentó en una de las sillas.

-Tú dirás…

-Te quieren los de “La Unidad”…

-Como candidato….o cómo…pues los veo mal…

-No hombre…para que les lleves de aquí para allá en campaña….

-En exclusiva?

-De momento sólo las semanas de campaña, después se vería…

-Pero no pagan extra…

-Ti soñas (Tu sueñas)….lo estipulado y muchas gracias…

-Ya…pues por mi sí…..en el último operativo, cuando salgo de la nube de humo y me encuentro con la puta antena de alta tensión, dije, alá vamos…menos mal que pude remontar….que no significa que no quiera volver eh?…cuidadito…pero una temporada llevando gente de Pinto a Chinto no me viene mal…..más ahora…

-No

-Si

-Y eso?

-Nunca subestimes el poder de un antibiótico.

A final de la semana, Sola y él fueron a la revisión ginecológica acordada. Él tuvo que pedir el día, pero siempre la acompañaba,si bien nunca distinguía lo que Sola y el médico veían en la imágenes de la pantalla de la máquina de ecografías, le parecía fascinante poder ver lo que se fraguaba a través de aquella ventanita.

-Pues vamos allá….

-Qué nervios..

-Pero si ya eres veterana, mujer…verdad Santi?

-Decana, diría yo…- Sola rio, y le cogió una mano, sin perder de vista la pantalla, la Dra. Rial posó el mango ecográfico en el bajo vientre y presionó levemente a lo largo, varias veces.

-Ve-la-aí- tes (Ahí tienes)…uno …y dos….juntitos…y aquí tenemos…los latidos…- Sola apretó la mano de Santiago y con la otra se enjugó las lágrimas- No llores, mujer, están bien….el corazón también….espera que apago el eco…

-Qué eco?- Preguntó Santiago, ocupado en dar a Sola un pañuelo de papel, la Dra. Rial parpadeó varias veces y recorrió el vientre otra vez, presionando un poco más en el lateral.

-Eso…digo yo…por qué tengo eco?….- Y por un momento se quedó muy quieta, con la mirada fija en la pantalla.

-Qué pasa?

-No es eco, es el tercero….llevas tres- Sola soltó una especie de grito ahogado y se tapó la cara con las manos, a Santi, las piernas, de una vez, se le volvieron de goma, y buscó sentarse en un taburete, el corazón le iba a mil.

-Cómo tres?….a mí me da algo…- Acertó a decir, pasándose las manos por el cabello, negro y crespo, la Dra. Rial accionó un zoom y unas flechitas de colores.

-Dos gemelos univitelinos, aquí….y uno…solo, mellizo….aquí…con latido y saltando, veis?….- Y no pudo evitar la risa, Sola quiso imitarla, pero sólo pudo continuar llorando.

-No tendrás…un vaso de agua?- Preguntó Santiago con apenas un hilo de voz.

Cuando salieron de la consulta, a Santiago le dio la impresión de ir caminando sobre nubes de algodón de azucar y veía el mundo como a través de una malla, por un momento entendió a los sordos. Sola se movía como lo haría un astronauta por el espacio, aferrada con un brazo al de Santiago, mientras mantenía la otra mano sobre el vientre, temiendo, absurdamente, que éste se desplomase.

-Tengo la solución, ven- Sola le recibió ya con el bolso en bandolera y la chaqueta puesta, ya llevaba un enorme mono pre-mamá que no ocultaba un más que prominente vientre, si bien todavía estaba de cuatro meses.

-A dónde?

-Tú ven….- La madre de Sola le saludó desde el pasillo, con Breixo en brazos.- ya se queda mamá hasta que volvamos….-

El trayecto en coche, no duró más de diez minutos, ya que el lugar al que quería llegar Sola estaba a las afueras del pueblo, donde ya empezaban las tierras de labranza y los campos. Le mandó torcer en un camino que no estaba asfaltado, y a unos cien metros le ordenó parar. Delante de un cierre de hierro oxidado, que en otro tiempo había sido blanco.

-Taráaaa!- Sola le señaló la casa tras el cierre con gesto teatral, Santiago se quedó parado, sin saber qué decir.- Ven, que tengo las llaves…

-Las llaves?

-Es de los de Tucho….me las dio Dalia…

-Ya- Y Sola abrió la cancela, adentrándose despacio en la propiedad, Santiago la siguió. Era una casona de piedra de dos pisos, con tejado a cuatro aguas y balcón al frente, que alguna vez había estado pintada de azul, del que sólo quedaban algunos restos desconchados. Sola abrió la puerta y ambos entraron.

-Una casa de turismo-rural. Una parte la habilitamos para nosotros, y la otra para los huéspedes. Con comida o no, eso aún lo tengo que pensar…pero turistas no nos van a faltar. Así matamos dos pájaros de un tiro… porque ganamos sitio y yo trabajo, al principio no ganaremos mucho, pero rentúa fijo…- Hacía tanto tiempo que no veía a Sola tan entusiamada por una idea, así que Santiago sonrió y asintió dándole la razón, si bien su cabeza se estaba atorando a preguntas a las que ella, seguramente, no tenía respuesta. Sola había estudiado hostelería, y había trabajado en varios hoteles, hasta que se quedó embarazada de los segundos gemelos, y se había quedado en casa. No iba a ser él quien le robase el brillo que ahora descubría en sus ojos, mientras le explicaba todo tipo de planes al tiempo que recorrían el caserón, que, por otra parte, estaba muy bien conservado.- Y los de Tucho la quieren vender…y pronto, entonces yo pensé…es la mía…

-Vender?

-Si, todavía no entré en precios….nos hacen precio fijo, porque hay que meter mucha mano y ellos tienen prisa….- Santiago asintió y salió a la galería que se abría a la huerta. Él no iba ser quien le dijese que no era posible. La abrazó fuerte y miró por un momento al techo.-Dentro de poco…no me alcanzas…como sigan así…- Rio ella contra él, Santiago también buscó reirse y casi lo consiguió.

Cuando iban a salir de la casa, le sonó el móvil.

La persona se identificó como Radar.

María del Carmen Soto Valencia

-Joaquín, ponte las zapatillas, anda…

-Ya las tengo puestas…

-No, mi amor, esos son los calcetines…

-Ay…ves?….qué bonitos, verdad….de qué color son?

-Son azules, mi amor, venga, ponte las zapatillas….

-Qué zapatillas?

-Estas, Joaquín, las que están junto a tus pies…

-Ay…ves?…qué bonitas?…y por qué?

-Porque si no te acatarras, mi amor….

-Y tú como te llamas?

-Soy Mamen, mi amor, Mamen…

-Pues muy bien, mira…qué bonitos…

-Espera, que ya te las pongo yo….- Mamen se agachó entonces y le calzó las zapatillas, él la miró y sonrió, al tiempo que levantaba las pobladas cejas blancas, se llevó por un momento una mano a la cabeza, de pelo blanco ahora húmedo y medio revuelto.

-Qué pasa?

-Nada, mi amor, no pasa nada, sólo te las pongo para que no te acatarres…- En eso, una chica joven, en vaqueros y camiseta azul, entró en el cuarto, llevaba el pelo caoba en una cola de caballo y una bolsa de aseo en las manos.

-Y usted quién es?

-Soy Nerea, papá, y vengo a dejarte muy guapo….

-Esta señora tan amable me ha puesto las zapatillas….- Nerea casi rio, pero optó por sonreir.

-Mamá, te tienes que ir….

-Sin mi no salen…así que…

-Como quieras, vuelves hoy o mañana?

-Hoy tarde….pero como somos tan puntuales siempre…será “muy tarde”- Nerea ahora sí que rio.

-Qué va!- Mamen hizo un gesto desvaido con la mano siguiéndole la broma.

-Viene hoy Juanjo?

-Para la comida y el paseo, y ya se queda hasta que vuelvas….

-Habría que pensar en hacerle un estatua ecuestre al muchacho…- Nerea le dio un beso y negó con la cabeza para no llamarla exagerada con palabras.

-Viva Perón!- Gritó entonces Joaquín, ambas mujeres le miraron sorprendidas.

-Bueno…al menos ha cambiado de mandatario…- Comentó Nerea, Mamen se permitió el eco de lo que había sido su risa.

-Me voy, mi amor, esta noche vuelvo, si?- Y le dio un beso a Joaquín en la cabeza, Joaquín alzó la mirada hacia ella y parapadeó.

-Pues me parece de perlas…- Dijo alzando las cejas y guiñando levemente los ojos- Mira…a que son bonitas?…de qué color son?

Mamen se puso los zapatos salón y el abrigo del uniforme, y tras asegurarse de que lo tenía todo en su bolsa de mano, se fue sin hacer ruido al cerrar la puerta. Definitivamente, iba con retraso, así que paró un taxi para que la llevase al aeropuerto Adolfo Suárez-Barajas. Cuando llegó a la puerta desde la que debería salir el vuelo del que era sobrecargo, los pasajeros ya estaban en desordenado orden para embarcar, pero no había ni rastro de personal de tierra que se hiciera cargo del embarque. Fiel a su costumbre, decidió que aquel no era su problema, y haciendo uso de su tarjeta magnética abrió la puerta de acceso a la rampa que llevaba al avión. Todavía lo estaban limpiando, y el comandante, sentado en la cabina, se estaba tomando un sandwich que alguien le había traido de Rodilla.

-Hombre, Mamen!…qué maravilla!…mis ruegos han sido escuchados!- Exclamó al verla, medio tapándose la boca para no escupir migas, Mamen sonrió y se apoyó en la puerta de entrada.

-Qué exagerado eres Ginés….- Ginés hizo girar los ojos y negó con la cabeza.

-El mérito a quien lo tiene, los vuelos contigo no son vuelos, son spas volantes….- Ahora sí que Mamen rio, ni muy alto, ni muy bajo, lo justo para demostrar que le había hecho gracia el comentario.

Una hora después, comenzó el embarque, que se prolongó media hora más que de costumbre, ya que el resto de la tripulación venía, a su vez, con retraso de un vuelo desde Sevilla. Ellos volaban a París. Un vuelo de dos horas, permanecerían en París el tiempo de embarque de vuelta y regresarían cayendo la noche. Un plan sencillo, de fácil factura. Si no hubiese sido por la huelga de los trabajadores del servicio de limpieza de los aeropuertos franceses. A Mamen, se le ocurrió pensar que los franceses, fuese lo que fuese, lo hacían, o todos a la vez, o ninguno. Y en este caso, habían estado de acuerdo todos en levantarse en huelga. Esto provocó que el vuelo de regreso a Madrid acabase por cancelarse, y ella, junto con el resto de la tripulación se viesen obligados a hacer noche en uno de los hoteles del aeropuerto, que si bien eran Cinco Estrellas, visto uno, vistos todos, y ella lo que quería era volver lo más pronto posible a casa. No. Lo que ella quería era quedarse en tierra. Desde que a Joaquín le habían diagnosticado con Alzheimer hacía tres años, lo había solicitado varias veces, pero no había tenido éxito. En su compañía el personal de tierra y el de cabina, no tenían nada que ver burocráticamente, y no era posible un cambio de bando. Una vez “cabina” siempre “cabina”, le había dicho el jefe de personal. Lo ideal para ella sería, de seguir en cabina, pasar a volar sólo el cincuenta por ciento, y en vuelos nacionales, así podría hacerse cargo de Joaquín más tiempo y no sentirse culpable por dejarlo a cargo de su hija y su novio, un chico maravilloso, con el que Nerea llevaba toda la vida y que quería a Joaquín como si fuese su padre, pero Mamen no podía dejar de sentirse culpable por no poder cuidarlo ella. Porque ella también le quería. Mucho. Además estaba el problema del sueldo, ya que si volaba menos, eso repercutiría en sus ganancias, y no se lo podía permitir. Miró su planning en su móvil. Al día siguiente, sin pasar por casa, enlazaría con un vuelo a Nueva York, donde esperaba no hubiese ni nieve ni huelgas, no harían pernocta, y volverían tras el cambio del pasaje. Después tendría tres días libres. Decidió llamar a Nerea, para comunicarle que no podría volver esa noche.

-Hola, mi vida….estoy en París…

-Ay pobre!…por aquí todo bien…bueno, todo bien no…a ver…- Mamen se incorporó de la butaca donde estaba sentada.

-Qué pasó!…no me asustes…

-Es que papá se cayó en el parque…- Mamen se llevó la mano a la cabeza, pero no logró articular palabra- iba entre Juanjo y yo, cogido de Juanjo…y de repente quiso perseguir una paloma…así, sin más…y claro….trastabilló…y allá se fue…

-Se rompió algo? Cómo está? Le llevásteis a la clínica?…..

-Tranquila….sólo se torció un tobillo….y sí, le llevamos a la clínica, y él feliz…bueno ya sabes…él dice que le mordió un perro…

-Ya….le hicieron radiografías…

-Sí…sólo una torcedura, no hay esguince….

-Y yo sigo a Nueva York…no estoy ahí hasta Dios sabe cuándo….

-Tranquila, él está bien….Juanjo va a traer una silla para que no pise….

-Una silla?

-Sí, de ruedas…sabías que se pueden alquilar?…sólo hasta que pueda pisar…..

-Muy bien, mi vida….queréis algo de Nueva York?- Y moduló la voz como solía hacer cuando hablaba por el interfono de los aviones, para que Nerea no notase que estaba llorando.

-Pues… si eso “Cronuts”…que al parecer están buenísimos…- Rio Nerea, la voz de Juanjo al fondo dijo algo que la hizo reir aún más- y limonada, dice Juanjo- Mamen, sonrió entre lágrimas, que se secó con el embés de la mano y asintió.

-Hecho…

-Te vamos a dejar que empieza “Paquita Salas” y queremos reirnos un rato…

-Hasta la vuelta

-Feliz Vuelo!- Exclamaron los otros dos al teléfono, y la comunicación se cortó.

Mamen se dejó caer al suelo, resbalando por la pared. Y pudo por fin romper el dique, y llorar a gusto.

El timbre de su móvil la despertó, y cogió la llamada sin siquiera mirar qué hora era.

La persona que la llamaba, se identificó como Radar.

Cristina Linden Carrasco

-Las prendas rebajadas no pueden ser devueltas, lo siento..

-Pero es que ni me la he puesto, me confundí de talla…

-De verdad que lo siento, pero incluso está ahí escrito en ese cartel “LAS PRENDAS REBAJADAS NO SE PODRÁN DEVOLVER”, no me lo estoy inventando…

-Ya…

-Aún hay tallas y sigue rebajada….

-Tú crees…?

-La otra la regalas…

-Bueno…también es verdad…gracias…

-A tí….-Y la chica se va.

-Linden, el que te haya puesto en la caja, no pudo tener mejor idea…

-Somos la filial más segura del país, nadie birla nada….quizás porque según me ven al entrar, con la misma, se dan la vuelta….

-Lo dicho, muy buena idea, sí señor…

-Me alegra verte, Radar….no pienso preguntarte “qué puedo hacer por ti?” porque, como ves, lo he dejado…- Él la miró hasta que ella levantó la mirada de lo que estaba haciendo, y se la sostuvo, ella se mordió un labio e hizo un mohín con la boca, luego se asegura de que están solos.- Bueno, vale…pero sólo como entrenamiento…en plan Robin Hood, sabes?….y únicamente el metálico y a los que le sobra, y se lo paso al que no tiene tanto….según voy…en fin…

-Eres clavada a tu padre….

-Pero las manos son de mi madre….- Y le guiñó uno de sus ojos azules, ocultos tras unas gafas de pasta.

-Desde cuándo llevas gafas?

-Con algo me tengo que disfrazar….

-Tengo algo…- Ella dudó un instante, luego miró hacia un lado y echó un soplido, por último llamó a una compañera.

-Mery, por favor, vuelvo ahora…te quedas un rato?- La otra chica asintió, y ella rodeó el mostrador de caja, dirigiéndose hacia el fondo de la tienda. Radar la siguió despacio.

-Tú dirás…- Le había guiado hasta los expositores de ropa interior masculina, Radar cogió unos calzonzillos que tenían los cuernos de un arce en rojo en la bragueta, y la miró con un claro gesto de escepticismo, ella se los sacó de la mano y volvió a ponerlos en su sitio.

-Quieren los Fiodorowsky….- Linden parpadeó varias veces y luego cruzó los brazos contra el pecho.

-Si en algo me parezco a mi padre, es en mi carencia absoluta del sentido del humor, Radar….

-Y si te hago una propuesta, que no puedes rechazar?…

-Lo dices porque te das un aire a Pacino o no se te ocurre otra frase mejor?- Radar le entregó lo que parecía una tarjeta de visita muy fina, ella la leyó, y acto seguido se sacó las gafas para leer mejor, luego le miró con los ojos muy abiertos- ….No puede ser…

-“La Tabernera del Puerto”…Plácido Domingo en el Real…memorable…

-Radar….

-Linden….

-Cuándo…

-Todo a su tiempo…

-Quién?

-Tres eran tres….- Linden hizo de nuevo un mohín con la boca y enderezó un poco la postura, al tiempo que enarcaba un ceja.

-Qué han dicho?

-Vos sois la primera mylady…- Linden miró un instante a su alrededor, para asegurarse de que estaban solos.

-Por qué siempre me convences?

-Porque eres clavada a tu padre, el mejor carterista que haya habido nunca…y no digo “ habrá”, porque ahora tu llevas su cetro, lo quieras o no….además, como él, sabes alemán…

-Me encanta tu manera de salir por la tangente….eso qué tiene que ver…

-Todo a su tiempo, Linden….- Ella observó un instante la fina tarjeta que él le había entregado, y quiso devolvérsela, él sonrió y negó con la cabeza.

-Y qué hago con ella?

-Comértela.

Dora Rincón López

-Bruno, no puedes abrir la cajita de Núria si ella no quiere que la abras….

-Pero es que los lápices son míos….

-No!, son míos que los encontré yo….

-Vamos a ver….dónde estaban los lápices?

-Por ahí tiraus..

-Entonces eran los de Bruno, que tiene que aprender a recoger sus cosas….

-Pero ahora son míos Seño….

-No, tú los metiste en tú caja, que no es lo mismo….y ahora, Bruno, con tu permiso, como ha de hacerse, la va abrir y coger sus lápices, de acuerdo?….

-Quién habló que la casa honró!- Dora se volvió de golpe al escuchar la frase, y al descubrir a Radar tras ella dejó caer, sin querer, un puñado de plastidecores que tenía en la mano.

-Ala Seño!….ahora los recoges tú!- Y los dos niños, entre risas, se alejaron corriendo hacia el fondo del pasillo.

-No sabía que te gustaban los niños….

-Yo tampoco hasta que los traté…fíjate…- Y se agachó a recoger los plastidecores- Sea lo que sea, la respuesta es NO.

-Tú siempre tan positiva….

-Estoy retirada, jubilada, apartada del servicio activo, olvidada de la mano de Dios…llámalo como quieras, Radar. NO.- E incorporándose, se alejó por el pasillo, Radar la siguió despacio.- Porque vamos a ver….cómo has dado conmigo?- Y se volvió señalándole con un plastidecor verde.

-Cómo me llaman, Dora?

-Radar

-Pues ahí tienes tu respuesta…- Ella dudó un instante y meneó la cabeza, llevaba el cabello, negro,en un moño muy tirante, sujeto por multitud de orquillas de colores. Sus ojos color miel midieron por un instante los de Radar, quien sonrió a medias, fiel a su costumbre. Ella relajó su actitud entonces y ladeó la cabeza.

-Ven, ahora tengo pausa…- Y con un gesto le indicó una de las puertas del pasillo.

-Ya no tengo ni material….sólo decirte que, cuando me olvido las llaves dentro de casa…llamo a un cerrajero…ni un mísero Dietrich conservo…

-Dora….

-Bueno, uno…pequeño, pero es que tiene valor sentimental….y ya sabes que yo con los sentimientos soy muy mía…- Radar alzó las cejas, pero se abstuvo de dar su opinión.- Qué quieres de mi, Radar….

-Fiodorowsky- Dora se quedó muy quieta, con la taza del té que se había servido, a medio camino entre la mesa y su boca.

-Quién?

-Se dice el pecado, pero no el pecador…

-Cómo?

-Volando

-Cuándo?

-Aún estamos con la Carta de Ajuste…..

-Alguien más?

-Física y Química…- Dora levantó las cejas y sopló el té, para beber después un pequeño trago, pero se mantuvo en silencio.

-No preguntas “Cuánto”?

-Estoy retirada, Radar, crees que podría estarlo si tuviese que preguntártelo?- Radar hubo de darle la razón con un gesto, luego tamborileó los dedos sobre la encimera.

-De verdad que ya no tienes tu material?- Dora dejó la taza sobre la encimera y se llevó las manos al moño, del que extrajo lo que parecían tres instrumentos quirúgicos metálicos en colores azul, verde y rosa. Radar sonrió a medias.- Nunca dejarás de sorpenderme…

-Ni yo de intentarlo.

Regina Calabuch Pérez

-Entonces mezcláis el líquido azul con el líquido rojo….Sabrina deja a Raquel en paz…..y comprobáis que no se mezclan…Jesús no pinches a Kevin….

-Pues a mí se me han mezclado…

-Eso es, Samuel, porque has mezclado el azul y el verde….qué colores he dicho?…

-Azul y rojo

-Pues coje otra pipeta y mézclalos….Pilar dejar de girar con la silla….los que lo hayáis mezclado bien, añadís el líquido amarillo…Kevin deja a Raquel en paz….y veréis que se forman burbujas….Mariana no salpiques a Gerardo…- En eso sonó el timbre, y todo el grupo, a una, se incorporó de los taburetes en los que habían estado sentados y abandonó el aula en tromba, sin despedirse.

-Un día saltáis por los aires- La profesora, con bata blanca, volcó el contenido de su pipeta en un contenedor plástico, y levantó la vista hacia Radar, que se apoyaba en una de las mesas del laboratorio. Sonrió al reconocerle y se quitó las gafas protectoras.

-Como mucho un rebufo sin consecuencias…..no me dedico a las voladuras…

-Tú también me vas a decir que estás retirada?- Ella se le acercó con las manos en los bolsillos de la bata, con un gesto que quería denotar leve esceticismo en su pecoso rostro.

-Depende de para qué….

-Quieren los Fiodorowsky…

-Ir a la luna en metro, ganar LeManns con un seiscientos, querer los Fiodorowsky….entra dentro de lo posible, sí-Ironizó con tranquilidad, sentándose en un taburete frente a él.- Cómo?

-Volando

-De todos los medios de transporte, ha de ser volar??…tendré que volver a terapia….- Y crispó el gesto, un tanto enervada, luego se metió dos mechones de su media melena castaña tras las orejas y entrelazó los dedos de las manos sobre la mesa.- Cuándo?

-Seguiremos informando…

-Como siempre?

-Las Tres Gracias….

-Por qué volando?

-Porque es la manera más rápida y segura de llegar a un destino, Calabuch.- Ella suspiró y miró un instante hacia la ventana.

-Pero si sale mal, es una ratonera…

-Ha salido alguna vez algo mal?

-Espero que esta no sea la primera…- Radar le pasó una tarjeta muy fina, como de visita, ella alzó las cejas y la cogió delicadamente entre sus dedos. Sonrió cómplice.- Tú siempre tan detallista.

-La ocasión lo merece.

Roswitha Riethmüller

Roswitha Riethmüller odiaba los vuelos con escalas. Frankfurt/Main-Estambul-Bangkok, el mismo vuelo continuaba Sidney-Los Angeles- MéxicoDF. En cada escala, nueva tripulación. Nunca la misma combinación. Cálculo de probabilidades. El programa de ordenador lo hacía por ella, pero de todas formas, el quién, cuándo y dónde último lo debía dar ella. Y siempre había “peros”, que ella pegaba en post-its en los bordes de las pantallas de los dos ordenadores con los que operaba, para no olvidarse. Ella era “Planning”. Bueno, ella y Hubertus Meng. Pero eso ahora no tenía importancia. Ella tenía una misión. Crear un avión fantasma. Un avión pantalla, tras el cual nada existiera. Ni el número de vuelo, ni la tripulación. Sólo el pasaje y el destino.El piloto pertenecía a la compañía. Hasta ahí era fácil. Después tendría que crear identidades falsas para el resto de la tripulación. Se había decidido por Otto Schroeder para el colpiloto, Ana Müller para la sobrecargo, Schmidt, Sanders y Schneider para las tres azafatas. Una vez en destino, Madrid, el piloto enlazaría con un vuelo a Toronto, y la sobrecargo, que pertenecía a otra compañía, seguiría viaje, ya bajo su verdadera identidad, a Estocolmo. Después, enviaría el avión a Hangares, para una limpieza a fondo. Para no dejar ni huella.

Una vez todo empezase a rodar, sería cuestión de evitar que Meng se diese cuenta,y, de ser así, retrasar tener que darle alguna explicación hasta que todo hubiera pasado. Cuanto más tarde, mejor.

Lo que no haría ella por su Maus (ratón).

Cuando lo tuvo todo listo, le llamó por teléfono.

-Hola Schatzi (Tesorito)

– Hola Maus

– Todo listo?

-Sólo tengo que darle al “Enter”…

-Pues que empieze el Show…

-Maus?

-Dime Schatzi..

-Me quieres?

-De aquí a la eternidad..

-Ach, Maus!

-Besito, Schatzi…

-Besis, Mausi…

Y Roswitha Riethmüller pulsó la tecla de “Enter”.

Estimad@s Tod@s,

No me gusta andarme por las ramas. Por lo tanto, allá vamos.

Modus Operandi:

  • Linden, Rincón y Calabuch viajarán a Alemania en coche, tren y autobús, respectivamente, para evitar registros de movimiento. Partirán cada una con un día de diferencia. Todos los pagos se harán en metálico y destruirán los recibos. Una vez en territorio alemán, harán uso de trenes de cercanías hasta el Aeropuerto de Frankfurt. El Dia F (Lo he llamado así, por lo que nos ocupa), se les suministrarán uniformes de la compañía Lufthansa, que encontrarán en el armario de mantenimiento de los lavabos de señora de la Terminal 1(zona A, llave adjunta).

  • Calleja llegará a Frankfurt proveniente de Varsovia.

  • Concheiro viajará a Frankfurt desde Estrasburgo, a donde llegará con un vuelo de bajo coste. De Estrasburgo a Frankfurt se trasladará en trenes de cercanías. Pagos en metalico. Destrucción de recibos.

  • Mamen Soto llegará a Frankfurt proveniente de Roma…”

Julio y Santiago caminaban por debajo del avión. Julio iluminaba con una pequeña linterna, de vez en cuando, algún punto de la gigantesca panza y Santiago le imitaba, sin saber muy bien qué tenía que mirar.

-A mí me va a dar algo…- Musitó Santiago, tratando de respirar hondo, estaba ataviado con el uniforme de piloto de Lufthansa y ya se llamaba Otto Schröder, según una plaquita en su pechera. Llevaba puesta la gorra y una gafas oscuras de considerable tamaño, que ayudaban a ocultar casi totalmente su rostro, Julio le miró y levantó las cejas.

-Tú respira hondo por la boca y suelta por la nariz, hondo por la boca, lento por la nariz….yo lo combino con saltos…y ayuda…

-Saltos….yo soy más de cantar…

-Y qué cantas?..

-Depende….Cantos Gregorianos o el “A Pleno Pulmón”…

-“A Pleno Pulmón”?

-No la conoces?….La usaban antes en la mili para correr durante la instrucción… va?

-Va

-1,2,3…RESPIRAR/tuchúntuchún/A PLENO PULMÓN/tuchúntuchún/LA BRISA MARINA QUE SUBE Y QUE BAJA DEL FONDO DEL MAR/tuchúntuchún….va?-Y saltaba al ritmo aspirando y exhalando, Julio le imitaba con los ojos cerrados

-Tuchúntuchún…va…- Y ambos soltaron una carcajada, sin dejar de brincar y cantar.

Gunther Reiff, mecanico de aviones que se encontraba subido a una escalera en el otro lado del aparato, los observó un buen rato en silencio,casi sin parpadear, había oído de las nuevas técnicas antistress que la empresa quería introducir en el día a día de sus trabajadores, pensó que, en la pausa, él también lo haría. Sólo tendría que mirar qué mantra era “Tuchúntuchún”.

David Breitenfeld viaja acompañado de sus dos hijos, Judah y Gideon. Ocuparán los asientos 20 ABC. David Breitenfeld ocupará el del medio. Acostumbra a llevar los diamantes en el bolsillo interior izquierdo de la pechera de su chaqueta. Los tres Fiodorowsky están guardados en un estuche negro de piel, forrado en raso azul cielo. En los carros de comida y bebida estarán almacenados los doscientos botellines de agua con el calmante somnífero. Cincuenta más de los necesarios. Se ofrecerá el agua ya servida, en vasos de plástico. Está demostrado que si se ofrece agua ya servida, ésta es bebida sin mayores preguntas. Tras servir el agua y la comida, el calmante somnífero adormilará al pasaje, pero no lo dormirá por completo. Su efecto tiene una duración de cuarenta minutos. Calabuch será la encargada de llevar cuenta del tiempo. Mamen bajará la temperatura de la cabina, para propiciar la entrega de mantas. Será entonces cuando Linden tendrá que hacerse con el estuche y sustituirlo por el falso, mientras finge arropar a David Breitenfeld….”

-Qué pena que no podamos hacernos un selfie juntas con este uniforme….estamos cañón- Comentó Dora recorriendo su talle con las manos e imitando una pose de modelo, Linden sonrió y negó con la cabeza mientras contaba para si los botellines almacenados dentro de uno de los carros, Callabuch se apoyó con los brazos extendidos contra uno de los paneles y emitió una especie de sonido agónico.

-Dos horas y veinte minutos dos horas y veinte minutos dos horas y veinte minutos….

-Después te bebes tú sola uno entero y ya está….- Susurró Linden acariciándole un brazo, Calabuch volvió a emitir otro sonido agónico como respuesta sin alzar la cabeza. En eso se les unió Mamen en el reducido habitáculo de cola del avión, traía un carro con periódicos.

-Gratis. Todo gratis. Esto es una maravilla- Musitó introduciéndolo en el hueco del panel del que lo había extraido antes. Luego las miró alternativamente, y las otras mujeres a ella.- Preparadas,chicas?

-Listas…- Dijeron Linden y Dora a coro, Calabuch, entre ellas, respiró hondo y asintió con la cabeza. Mamen se ajustó la chaqueta del uniforme, carraspeó, les guiñó un ojo y volvió a alejarse por el pasillo del avión hacia el otro lado ,donde se encontraba ya el otro carro, seguida de Calabuch.

El reparto de la comida y el agua transcurrió sin mayor problema, todos los pasajeros aceptaron gustosos los vasos de agua, también los tres Breitenfeld, quienes incluso solicitaron los botellines, decorados para la ocasión con una pegatina de un sol sonriente. Atendidos ya todos los pasajeros, y cuando retrocedían con los carros, Judah Breitenfeld decidió levantarse de su asiento. Linden se acercó a él, y, en alemán, le preguntó qué deseaba. Judah Breitenfeld era un hombre corpulento, de pelo castaño rizo y que lucía una barba muy cuidada, a su lado, Linden, parecía un habitante de Liliput, él le contestó que querría ir al baño a refrescarse ya que les estaba entrando modorra y quería leer el periódico, Linden le explicó que no iba a ser posible, ya que los carros aún estaban en el pasillo, pero él se mantuvo en su posición, su hermano intervino para decirle que se sentase de una vez, pero el agua debía haber vuelto más terco a Judah Breitenfeld de lo que ya era, e insistió en aguardar que acabasen con el transporte de los carros, Linden sentía como el sudor le corría por la espalda, y su boca se secaba en busca de argumentos. Entonces Mamen recorrió el pasillo, solemne y elegante hasta donde ellos se encontraban. Se decidió por el inglés.

-Qué problema hay?

-El Señor desea ir al baño, pero ya le he explicado que los carros aún están por medio y…

-Señor, por favor, tal como ya le ha explicado mi compañera, como ve, por ahora no es posible, vuelva a sentarse y en cuanto lo sea podrá acceder al baño…

-Yo sólo quiero refrescarme un poco, no me explico…he dormido bien, pero de todas formas un poco de agua fresca…a lo mejor me ayuda….

-En breve será posible, pero….

-Espero aquí, y ya está….

-Judah…siéntate de una vez….

-Espero aquí, qué problema hay….nadie puede impedírmelo…-Mamen enderezó su postura entonces y se ajustó mejor la chaqueta del uniforme, Linden, que ya sentía la camisa pegada a su espalda, tragó saliba al observar su gesto tenaz.

-Señor, quién lleva aquí el uniforme, usted o yo?- Y le señaló con el dedo índice de su mano derecha, perfectamente manicurado en rojo, Judah Breitenfeld parpadeó lento y asintió. Linden pudo volver a respirar y pensó que, en cuanto tuviera ocasión, haría esa frase suya

-Usted, claramente…

-Pues vuelva a ocupar su asiento, por favor- Y el gesto de Mamen no varió, ni para bien ni para mal, Judah Breitenfeld se volvió a sentar, discupándose con un gesto de las manos, mientras su padre y su hermano le recriminaban su actitud. Mamen miró a Linden un instante y volvió sobre sus pasos hacia su carro.

Una vez guardados los carros, Mamen bajó la temperatura de la cabina. Sin esperar a que los pasajeros comenzasen a quejarse Linden y Dora comenzaron a repartir mantas. Al llegar a la fila 19, Dora se entretuvo con un niño, para dejar actuar a Linden en la 20. Linden ayudó a los Breitenfeld a extender las mantas, haciendo especial atención a extender bien la manta del padre, además, mientras lo hacía, llamó la atención a Gideon Breitenfeld sobre el maletín metálico que llevaba bajo el asiento, recordándole las normas de seguridad, según las cuales ese tipo de maletines debían ir en el portaequipajes, Gideon se disculpó e iba a cogerlo para entregárselo, pero Linden se le adelantó, inclinándose hacia él, al tiempo que se apoyaba en el reposabrazos de David Breitenfeld. Una vez tuvo el maletín en sus manos, lo introdujo en el portaequipajes del asiento contiguo, bajo la excusa de que el del 20 ya estaba demasiado lleno. Judah Breitenfeld dormía profundamente, su padre trataba aún de leer un libro, Gideon apoyó la cabeza en el asiento y cerró los ojos. Al pasar junto a Dora, Linden le guiñó un ojo casi imperceptiblemente, mientras recorría el pasillo hacia la cola del avión.

Un diamante no vale nada sin sus certificados de procedencia. Los Breitenfeld transportan estos papeles en un maletín metálico con cerradura cifrada del que no se separan. Tras haber subido el maletín al portaequipajes, Dora se ocupará de abrirlo, sustraer los papeles , sustituirlos por los falsos y volver a cerrarlo. El problema reside en el “Click” que esto producirá, y que podría captar la atención de los Breitenfeld. Esto conlleva una acción coordinada entre Dora, Julio y Mamen….”

Dora, todavía con un brazado de mantas entre los brazos, abrió el portaequipajes de la fila 19, y miró hacia Mamen, quien se disponía a cerrar las cortinas que separaban primera clase de la de turista, y a su vez la miró a ella, antes de desparecer tras ellas. La voz de Julio Calleja, a un volumen un poco más alto del habitual, se hizo paso a traves de los altavoces.

-Estimados Pasajeros, les habla el Comandante Julio Calleja Linares, a su izquierda pueden ustedes admirar la ciudad de Marsella..- Y en ese momento, comenzó a sonar la Marsellesa interpretada por el coro y orquesta de la London Simphony Orquestra, al tiempo que Julio contaba la historia y anécdotas de la ciudad, además de dar una lista pormenorizada de sus lugares de interés turístico y de las personalidades francesas que habían tenido la suerte de nacer allí. La voz de Linden, de nuevo con la Marsellesa de fondo, y esta vez en alemán, volvió a repetir la misma retaíla. Aquellos pasajeros que no dormían, dormitaban o miraban distraidos por las ventanillas tratando de adivinar Marsella entre las nubes, y que, casualmente miraron a su alrededor, sólo pudieron apreciar como Dora se arreglaba imperceptiblemente el moño, antes de acomodar las mantas dobladas en el portaequipajes de la fila 19 y lo volvía a cerrar, para alejarse después hacia la zona de cola.

Entre los pasajeros viajan diez monjas de la Orden Benedictina y cuatro curas. Una vez se haya aterrizado,y aprovechando el desorden habitual, Linden, Dora y Calabuch se vestirán sobre el uniforme un hábito benedictino, que encontrarán en el portaequipajes de la fila 40, y abandonarán la aeronave después que las monjas benedictinas verdaderas lo hayan hecho. Santiago, tras despedir junto a Julio y Mamen al pasaje en la puerta delantera, se vestirá de cura y abandonará igualmente la aeronave, reuniéndose con las otras tres ya en la terminal. El sábado se celebra en Madrid el Encuentro Internacional de Congregraciones Cristianas, al que se espera asistan numeroso personal eclesiástico, la presencia de monjas, monjes y curas no sorprenderá, pues, por su número, y pasaréis inadvertidos. Una vez reunidos, os dirigiréis al primer Duty-Free que se encuentra enfrente de la puerta de la que habréis desembarcado. En un expositor exterior, habrá estuches de piel para gafas en multitud de formas, tamaños y colores. Linden colocará el estuche con los Fiodorowsky, mientras hace que mira estuches, en el tercer estante, junto a un estuche rojo de charol. Después continuaréis camino hacia Salidas, sin mirar atrás. En el exterior, un taxi os hará luces, Linden, Dora, que porta los papeles, y Calabuch se montarán en él, tras dejar los papeles en su maletero. Santiago cogerá el inmediatamente posterior….”

Tras dejar el estuche en el lugar adecuado, Linden, Dora, Calabuch y Santiago, recorrieron, ni a paso rápido ni demasiado despacio, el pasillo que les llevaría a Salidas. Santiago, con sotana y gafas oscuras, ellas arrebujadas en su hábito benedictino. En silencio y sin mirarse. Cuando ya veían el letrero que anunciaba la situación de la puerta de Salidas, se percataron de la presencia de un nutrido grupo de gente, entre los que había guardias civiles, policías nacionales y personal del aeropuerto, que parecían tratar de ayudar a una persona que se encontraba tirada en el suelo, rodeada de familiares vociferantes. Ellos siguieron de largo, sin darse por enterados, cuando unos gritos les alcanzaron de lleno.

-Padree!! Padree!!- Gritó alguien que parecía verdaderamente desesperado, desde algún lugar del grupo. Santiago se quedó clavado en el sitio, y miró a Linden que caminaba junto a él, preso del pánico tras las gafas oscuras.

-A mí me va a dar algo….qué hago…- Musitó, Linden parpadeó dos veces mientras sentía cómo toda su sangre se concentraba en sus pies, Dora entrelazó los dedos y bajó la cabeza, Calabuch, que se había tomado un botellín de agua, observaba la escena como si no fuera con ella, tratando de ponerse bien la cofia.

-Ave María llena eres de Gracia el Señor es Contigo Bendita….- Farfulló Linden, y antes de que pudiera continuar dos personas del grupo corrieron hacia Santiago, y casi le arrastraron hacia la persona que estaba tirada en el suelo, Santiago se arrodilló junto al hombre,y, temblando él mismo, recogió su temblorosa mano entre las suyas.

-Se muere Padre!!Ay que se me muere!!- Gritaba una mujer junto a él, Santiago comenzó a rezar el Padrenuestro con lo que más era un hilo de voz que otra cosa, dos de los guardias civiles presentes se fijaron entonces en la presencia de las tres Benedictinas y las saludaron con una educada inclinación de cabeza, Linden optó por taparse el rostro con las manos y recitar el Credo, Dora la imitó con la Bienaventuranzas, Calabuch, que no encontraba la forma de que le quedase bien la toca, la dio por imposible y cerrando los ojos comenzó a recitar la única canción de misa que le vino a su nublada cabeza “Sube hasta el cielo y lo verás”. Un equipo médico de la Cruz Roja se abrió paso entonces entre la multitud, y Santiago pudo por fin apartarse del hombre, repartiendo palabras de consuelo a todos los presentes, antes de volver junto a las tres Benedictinas.

– Me voy a caer…- Susurró cuando llegó junto a ellas.

-Tú camina….y vamos…normal, eso, normal…- Susurró Linden sin apartarse las manos del rostro.

A paso lento, pero seguro, alcanzaron la puerta de salidas. Una vez en el exterior, un taxi les hizo luces y las tres monjas se dirigieron a él, Dora abrió el maletero y depositó un atillo en él, para después desaparecer en el interior del vehículo tras las otras dos. Santiago hizo lo mismo en el inmediatamente posterior. Y ambos coches se perdieron en el tráfico.

Llegados a este punto, el plan llega a su fin. De él no ha de quedar prueba alguna, ni siquiera esta carta. Como habéis podido observar está impresa en pan de hostia, así que os invito a comerla y no dejar ni rastro.

Un placer. Radar”

Torre Teltschilk. Wilhelmsfeld/Rhein-Neckar-Kreis.

-Bueno! Pues ya está! Todos remunerados, los Fiodorowsky entregados, Breitenfeld ni lo ha notado todavía, no hay nadie como Radar para estas cosas….mira, hasta he traido champán…cuarenta metros hacia arriba…tú buscas los sitios a posta, admítelo, para hacerme a vida imposible…..pero no importa, brindemos…me gusta cuando los planes salen bien….

-No sé de qué me estás hablando…..y esa frase no es tuya…

-Cómo que no sabes de qué estoy hablando….te afecta la altura o qué?

-A mi no me afecta nada, amigo mío, deberías saberlo….mira qué maravilla…allí al fondo los Bosques del Palatinado…

-Bosques del Palatinado…dice…

-Tengo algo en mente…

-Sorpréndeme.

Primera Fila

587 formas de llevar un abrigo”. Cuando me lo pasó Genaro pensé que se trataría de una novela. Pero no. En el libro se detallan, literalmente, 587 formas de llevar un abrigo, además de una sucinta explicación de qué es un abrigo y para qué sirve, que ocupa las trescientas páginas restantes. Le dije a Genaro que me leería sólo las cien primeras, pero me dijo que arriba le querían dar preferencia, ya que tenía que salir para las rebajas. A la vez estoy tratando con Cayetana, “ Caye. Mi vida en la Frontrow”. Luís y yo vamos a las reuniones con sendos cafés solos dobles y bien dormidos. Yo creo que sentarse en el andén, en un banco, a ver pasar los trenes es mucho más divertido. Pero no se lo digo a nadie. Ni a Luís. Él es el que la acompaña de vez en cuando, para que se pueda hacer una idea, según ella. El otro día me confesó que, la última vez, entre que apagaron las luces y después pusieron a Andrea Bocelli, se quedó frito. Se despertó con los aplausos. Nadie se había dado cuenta.

Genaro ha colgado en la web de la editorial el cartel de completo. No vamos a admitir más manuscritos, ni en papel ni por correo electrónico. No quiere que le pase otra vez lo del año pasado con el archivo, cuando, al volcar una estantería con el peso, tuvieron que venir los bomberos a rescatar a los dos que, de casualidad, se encontraban dentro. Según él, vamos sobrados con lo que ya tenemos.

Sobre mi mesa, además del libro de los abrigos, y las experiencias de Caye, me esperan otras cuatro obras. “Que te folle un pez”, sobre un hombre y una mujer que tienen una relación amor odio mientras recorren el mundo en un velero, “La princesa mentida” sobre una chica que se casa con un jeque árabe y se lleva mal con sus suegras, “Hasta aquí llegué” que narra las experiencia de dos escaladores vascos en los Alpes y “ Siéntete flor” un libro de autoayuda a través de las plantas. Ya los he leido todos. No me compraría ninguno.

Hace un par de días, a pesar del cartel de “completo”, nos llegó un manuscrito. La de recepción me lo dio a mí porque justo pasaba por allí, si no, estoy seguro de que hubiera acabado en la maquina de destrucción de papel. Se titulaba “Todo va bien”. Lo empecé por curiosidad y no lo solté hasta que llegué a la última hoja, con el corazón encogido y una tremendas ganas de llorar. Luís hasta me preguntó si me había pasado algo, cuando entré en la cocina a tomar un vaso de agua. Me tuve que tomar dos. Le expliqué, y se lo pasé. Él optó por llamar a su padre. No se hablaban desde hacía tres años. Después, se fue sin dar explicaciones de a dónde. Se lo quise pasar a Genaro, pero no me dio ni la opción. Que le enviase una amable negativa. Envié el correo con la cabeza, pero no con el corazón. A vuelta de correo me llegó la contestación:

Estimados Señores,

Les agradezco que hayan dado tan pronta respuesta a mi propuesta. También querría felicitarles por tener tantos manuscritos a leer y estimar. Eso sólo puede significar que hay gente que todavía escribe, persevera en la idea de que su obra sea publicada y tienen la suerte de que su manuscrito sea aceptado por un agente o una editorial con tal fin.

Me imagino tamaña tarea como asistir como participante al Festival del Queso Rodante que tiene lugar en Gloucester (Inglaterra) (Link). Por favor, no piensen que les estoy comparando con un queso, y menos rodante. Sólo es una comparación, o metáfora, o llámenlo como quieran. El caso es que, lograr que un manuscrito llegue a ser leído por alguien fuera del ámbito familiar, y que además esa persona sea un agente literario, o trabaje en el mundo editorial, es, al menos, tan raro como alcanzar el queso al que me refería antes.

Me despido pues, dejándoles tiempo para seguir leyendo otras cosas.

Reciban un cordial saludo,

Adela M.”

La llamé al momento. Nos encontramos en Gloucester.

Una casa en Boston

Mi tíoabuelo Bernabé desapareció la noche del 18 de Julio de 1936. En un primer momento lo achacaron al desorden reinante, pensaron que se habría refugiado en la casa de algún conocido. Pero según fueron pasando los días, esa hipótesis se dejó de lado, para abrazar la peor de las posibles. Mi abuelo y mi bisabuelo se recorrieron morgues oficiales y morgues improvisadas, escrutaron cadáveres que encontraban a su paso por las calles, lo buscaron entre los fusilados, llegaron a visitar dos cárceles. Pero Bernabé no apareció. Permaneció en el recuerdo de la familia en una foto enmarcada en plata,encima de una mesa en el salón de la casa de mis bisabuelos. En blanco y negro, un hombre joven, sentado de medio lado, el pelo abundante peinado hacia atrás, mirando con atractiva seriedad hacia algún punto en el horizonte.

Hasta las once de la mañana de un jueves de octubre. Yo trabajaba entonces en la sección de sucesos en el periódico, y me habían asignado la cobertura de un incidente en una zapatería. Cuando sonó el teléfono, estaba tratando de convencer a Leónidas, el colega que ocupaba la mesa frente a la mía, de que tirarle al dependiente un zapato no se puede considerar un suceso, él me recordó que no había sido sólo uno, sino todos los pares del expositor y no sólo al dependiente, sino contra todos los clientes que se encontraban en el establecimiento en ese momento. Le recordé que nadie había resultado herido, y que la mujer causante del incidente no había sido siquiera arrestada, lo que convertía ,a mi modo de ver, el caso, en un “episodio curioso”. Leónidas estaba pensando en cómo rebatir mi idea, cuando hube de atender la llamada.

-Bernabé Suárez, Sucesos….

-Buenos Días, Sr. Suárez, mi nombre es Aniceto Campoamor, le llamo desde mi notaría, Notaría Campoamor, porque necesitaría que se pasase por aquí…

-Notaría Campoamor? De qué se trata…algo que ver con uno de mis casos?

-No, Sr. Suárez, es algo privado, que desearía no tratar por teléfono…cuándo tendría usted tiempo para pasarse por aquí?

-Esta misma tarde, si le viene a usted bien….me deja usted muy intrigado..

-No se preocupe Sr. Suárez, muchas gracias y hasta esta tarde.

-Leónidas?

-Sigo opinando que es un “Suceso sin precedentes”….

-Como quieras, pero…tú sabes dónde queda la Notaría Campoamor?

La Notaría Campoamor ocupaba el quinto piso de un edificio que había vivido mejores tiempos, y carecía de ascensor. Entonces faltaban todavía un par de años para el cambio de milenio, pero ya había una fiebre por modernizarlo todo o pasarlo a su versión digital, me alegré de que todavía existiesen lugares como aquel. Si bien llegué a la puerta del establecimiento sin resuello y hube de apoyarme por un instante en la pared del rellano. Me abrió la puerta una mujer menuda,con un rostro que me recordó al de un roedor, de pelo blanco recogido en un complicado moño, encasquetada en un traje chaqueta azul cielo, y que me miró por encima de unas enormes gafas de pasta, sujetas por una cadenita de plástico rosa.

-Bernabé Suarez?- Me lo preguntó antes de darme siquiera la oportunidad de explicarme, luego se apartó y me ofreció paso- Pase a la sala, por favor, el Sr. Campoamor le atenderá enseguida -Las sillas de la salita eran de madera, y estaban alineadas a lo largo de las paredes, en el centro de la habitación había una mesa baja de madera, con revistas y periódicos, la ventana, que daba a un patio interior, tenía visillos beig con dibujos de gruyas. Apenas me había sentado, cuando la mujer regresó.- Acompáñeme, por favor.

La seguí a través de un pasillo estrecho, que formaba meandros a lo largo del recorrido, dejando atrás innumerables puertas caoba oscura, hasta llegar a una en la que el corredor terminaba, formando una especie de recibidor en el que también habia dos sillas, idénticas a las de la sala de espera.

Aniceto Campoamor era un hombre muy alto y delgado, de pelo entrecano y expresión sonriente en sus tranquilos ojos azules, me sorprendió que no llevara traje, todos los notarios con lo que había tenido que ver hasta ese momento lo habían llevado, pero no Campoamor. Se acercó a mi con el andar desgarbado de las personas altas, en vaqueros y camisa de cuadros verdes, para ofrecerme su huesuda mano, que estrechó la mía con la presión justa.

-Muchas gracias por venir…

-La verdad es que me mata la curiosidad…

-Siéntese, por favor, trataré de ser breve…- Y ocupó su silla al otro lado de la mesa de despacho, sobre la que había una serie de sobres.- Antes de nada, he de aclararle que este cometido mio es serio y totalmente legal, y que yo sólo me limito a cumplir las instrucciones que se me han dado- Supongo que debió observar mi expresión de sorpresa con una dosis de miedo, porque me sonrió tranquilo y cogió un sobre entre sus largos dedos.- La persona que ha depositado en mi su confianza, me ha dado instrucciones muy precisas, que paso a explicarle: Ante mi tengo cinco sobres cerrados, cada uno de ellos con un número escrito, del uno al cinco. En el primero de los sobres encontrará usted una misiva en la que mi representado le explicará los detalles. No me está premitido entregarle todos los sobres juntos, hoy le entregaré el primero, y, una vez haya realizado las labores que en él se le indican, le entregaré el siguiente, y así sucesivamente. En el caso de que usted decida, antes de que yo le entregue este primer sobre, no hacerse cargo, podrá usted desentenderse, tras firmar esta declaración jurada.

-Y de qué se trata? Exactamente?

-Como ya le he dicho, en este primer sobre encontrará la explicación, no estoy autorizado a desvelarle más….- Lo único que se me ocurrió fue encogerme de hombros y extender mi mano derecha para que me entregase el sobre, Campoamor levantó las cejas un instante- Está usted seguro?

-Como de ninguna otra cosa en mi vida- Campoamor me entregó entonces un sobre blanco, rectangular, con el número 1 en negro en el centro.

-Las intrucciones dicen, que usted ha de leer el contenido con tranquilidad, sólo me permito advertirle de una cosa, y me salto el protocolo, y es que el tiempo no juega a su favor, sólo eso, hasta ahí puedo leer, que decían en el concurso aquel- Y sonrió, entrelazando de nuevo los dedos de las manos- como ya le he dicho, después regresa usted a por el resto.- Yo observé el sobre un momento y lo metí dentro de la bolsa que siempre llevaba conmigo, luego me incorporé y Campoamor me imitó, ofreciéndome la mano, que yo estreché.-Mucha suerte, y aquí estoy para lo que necesite.

-Me pongo a ello en cuanto pueda, espero no defraudar…

-No lo hará, Sr. Suárez, estoy seguro….

En cuanto salí de la notaría, paré un taxi para que me llevara hasta mi casa. No había tenido tanta curiosidad por nada desde la primera vez que había alzado el vuelo en un ala delta. No me paré ni a colgar la trenka. Y por fin pude abrir el sobre.

Estimado Bernabé,

Cuando leas esta carta yo ya habré muerto. Otra vez. Pero en esta ocasión de verdad. Mi nombre es el tuyo, también compartimos apellido, el primero, el de mi padre y el del tuyo, hijo de mi hermano Gregorio. Si estás leyendo esta carta, el chico de Campoamor te ha explicado bien las instrucciones. Tú serás a partir de este momento mis ojos y mis manos en esta mi última aventura. Al final de una vida, se han de cerrar todo aquellos capítulos que siguen inconclusos. En mi caso son cinco.

Antes de empezar, te contaré quién fui yo una vez.

En 1936 yo tenía veintidós años, ninguna preocupación y la vida por delante. O al menos eso creía. Estudiaba derecho, porque era lo que se suponía que tenia que estudiar un hombre de mi posición. Porque yo tenía una posición. Pertenecía a la familia Suárez, estandarte de la Alta Sociedad de aquel Madrid. Y digo aquel, porque, asumo, ya no existe. Mis días transcurrían sin mayor percance o problema salientable, que el dinero no pudiera subsanar. La vida que todo joven desea. Pero no yo. Por eso mantenía otra. Una doble vida. Que transcurría paralela a la oficial, pero siempre en la sombra. O mejor dicho, en la penumbra. En esa semioscuridad del teatro. Las bambalinas, las luces, la tramoya, las tablas,y la fiebre siempre alta del vodevil. Y de la música. Yo era pianista en un teatro de vodevil.

La música lo era todo para mi. Lo seguirá siendo hasta el final. Y en aquel ambiente me movía como pez en el agua. No lo creerás, pero quien me introdujo en él fue el padre de Campoamor, rubio y largo como un día sin pan, que decían las chicas, quien también se sentía atraido por ese mundo, si bien por otros motivos, que no tenían nada que ver con la música. Eran tiempos revueltos, aquellos,de consignas y discusiones políticas, de ideas encontradas. Y yo bebía de ellas. Defendiendo la que siempre ha sido mi posición. De la que entonces aún se podía hablar y después ya no. Y allí conocí a la inigualable Filomena Palomares, quien, una tarde de julio, me prestó quinientas pesetas. Prometí que se las devolvería algún día. Y ese día ha llegado.

Adjunto a esta primera carta, encontrarás un sobre con un billete. La inigualable Filomena Palomares reside ahora en el Hogar Torrehermosa, también adjuntas, las señas.”

-No creo que vaya a entenderte nada, pero puedes intentarlo, la edad, ya sabes…-La enfermera me lo explicaba mientras avanzábamos por el pasillo de linóleo azul, los cuadros de las paredes eran abstractos, de colores chillones, por un momento pensé que, de tener que verlos todos los días acabaría por darles la vuelta.

La habitación de Filomena Palomares era la última del pasillo, un habitáculo de medianas dimensiones, decorado con una cama hospitalaria cubierta con un edredón verde agua, un armario blanco empotrado y una mesa camilla con un mantel del mismo color que el edredón, junto a una ventana que daba a un jardín. Al menos. Recuerdo que pensé. Al menos poder ver un jardín y no un muro. Y allí estaba sentada Filomena en una silla de ruedas, con la mirada perdida en los árboles. Tenía el pelo blanco corto, y, para la edad que supuse ya contaba, un rostro libre de arrugas, de enormes ojos y nariz recta. Ataviada con un chándal, una manta cubría sus piernas, sobre su regazo descansaban sus manos, nerviudas y desfiguradas por el reuma. Me fijé en que portaba numerosos anillos y varias pulseras en cada muñeca, y me pregunté cómo serían capaces de ponérselas y sacárselas, habida cuenta del estado de sus dedos. La voz de la enfermera me sacó de mis pensamientos.

-Aquí la tienes, recién peinada y arreglada para el día, fresca y guapa como una flor, verdad Filomena?…No se sorprenda si no te habla o no te mira, la edad, ya sabes…pero oir oye, ver es otra cosa…verdad Filomena?- Y le acarició la cabeza, sin tener que forzar la sonrisa, lo que me demostró que le tenía verdadero afecto. Filomena no se inmutó, continuó mirando hacia fuera, sin que pareciese ser consciente de nuestra presencia.- Puedes llevarla al jardín, o ir a la galería de atrás, como quieras….avísanos cuando te vayas- Tras explicarme esto, la enfermera abandonó el cuarto, cerrando la puerta tras si.

Me quedé de pie en el centro de la habitación, sin saber muy bien qué hacer o decir.

-Se ha ido ya esa cotorra?- Me asusté, Filomena continuaba mirando hacia fuera, su voz era clara y cristalina, con el tono que da la edad. Contesté afirmativamente y volvió su rostro , clavando en mi sus suspicaces ojos negros- Tu eres nieto de Bernabé – Dictaminó al tiempo que elevaba una ceja y levantaba la barbilla, no pude evitar sonreir y asentí, para después acercarme a la mesa camilla, aún con la trenka en los brazos.

-Era mi tío-abuelo, yo soy nieto de Gregorio- Expliqué, ella pareció pensar un instante y asintió.

-Siéntate hombre, no te quedes ahí de jueves..- Invitó señalándome una silla frente a ella.- Eres su viva estampa….- Para ser sincero, nunca nadie me lo había dicho, así que volví a sonreir y me encogí de hombros- Tú dirás en qué puedo ayudarte, pollo- Yo suspiré, y dejé mi parka sobre el respaldo de mi silla.

-Pues verá usted…

-Trátame de tú, que áun soy una chavala….

-Gracias…pues…a ver…..hace unos días el Sr. Campoamor me llamó a su despacho…

-El Niceto? – Se sorprendió

-Su hijo, también se llama Aniceto- Ella asintió y me animó con un tintineante gesto a que continuara.

-Pues eso…que Aniceto Campoamor, hijo, me llamó a su despacho, y…bueno, resumiendo, me dio una carta de mi tio abuelo en la que me encargaba de hacerte entrega de algo- Expliqué, ella parpadeó varias veces y se colocó mejor una pulsera.

-A mí?- Yo saqué de mi bolsa el sobre donde estaba el billete, sobre el que estaba escrito su nombre con cuidada caligrafía, y se lo entregué, ella lo cogió con suma delicadeza. Acarició las letras de su nombre con las curvas puntas de sus dedos, y una sonrisa se atrevió a aparecer sus labios- Bernabé…- Susurró, luego despegó el sobre, y extrajo su contenido. Un billete de quinientas pesetas. Primero soltó un amago de carcajada, y luego se llevó una mano a la boca. Me miró, con sus expresivos ojos muy abiertos.- Tú fumas?- Yo contesté que no, entonces ella buscó algo entre los pliegues de su bata. Un cigarrillo negro y un mechero aparecieron después entre los dedos de su mano derecha.- Esto hay que celebrarlo….abre esa ventana de ahí, – me indicó haciendo un gesto con la cabeza, yo obedecí, y volví a sentarme- Y si entran…es tuyo,que lo sepas- me advirtió, para, con increíble facilidad, a pesar de sus torturados dedos, dar lumbre al cigarrillo. Expulsó el humo despacio hacia el techo, y después me miró enarcando una ceja.- Bueno…quieres que te cuente o no- reí, tenía que admitir que me hubiera defraudado lo contrario. Y me contó.

-Ahora las descubren. A todas. Por la calle, dicen. Entonces no. La de tablas que tuve que zapatear yo, hasta que tuve siquiera la opción de pertenecer al “cuerpo de baile”. Porque eso era lo que René nos decía que eramos, el “cuerpo de baile”. Cuerpos si que teníamos. Te diré. Lo de bailar, ahora, bailar, bailar, era otra cosa. Yo era vicetiple, lo de bedete llegó después. Vicetiple era yo. Fifí “La Tremenda”. Puedes reirte, no me importa. Yo también me río, ves?. “La Tremenda” porque no me veas ahora, pero yo tenía un cuerpazo, y una delantera, que ni la del Madrid de Di Stéfano. Hasta tienes su risa. Aquello se llenaba todas las noches, porque no había otra cosa. De hombres y de mujeres, no creas. De todo había. Entonces el “cuerpo de baile” salía, al ritmo, llevábamos una especie de falda, mas corta por delante que por detrás, con volantes, como las del can-cán, pero no tan cortita….se nos veían sólo las pantorrillas, fíjate tú que corta, y una parte de arriba acorsetada de escote generoso. A las que teníamos exceso de equipaje, por así decirlo, nos lo subía y centraba, las otras hacían sus apaños con algodones y gasas. Nosotras, como dije, entrabamos al ritmo, chinda-chunda-chinda-chunda, nos cogíamos del brazo hasta formar una hilera que llenaba todo el escenario, que por otra parte tampoco era el del Real y teníamos que apretarnos, y entonces avanzábamos cantando “Si vas a París papá/cuidado con los apaches/si en juerga de taxis vas/procura salvar los baches…” ,y al decir “baches” dábamos un pequeño saltito y todo lo acorsetado y sin acorsetar temblaba. Y aquello se caía. Fíjate tú. Sólo con eso. Con un simple saltito. En fin. Bernabé era el pianista de la orquesta. Orquesta. Suena enorme. Eran un pianista, un clarinete, percusión, trompeta y un contrabajo…o un violón…no me acuerdo, pero metía miedo de grande. A él lo había traído el Niceto, hombre más alto nunca vi, que le gustaban más las chicas que los pirulís, y ellas se lo rifaban te diré, porque lo que tenía de alto, lo tenía de simpático….si soy sincera de notario, nunca le vi…pero…en fin. A tu tío, como tenía el apellido que tenía,al principio le tomamos por un niño bien, que quisiera divertirse un rato….pero no. Bernabé era de otra madera. A veces me quedaba embobada, escuchándole tocar el piano, cuando todo estaba vacío. Nunca volví a escuchar algo así. Nos hicimos muy amigos. Él me contaba sus cosas y yo las mías. Amigos de verdad. Sin segundas. Yo ya estaba con “El niño de la Tramoya”…no te rías, había intentado ser novillero allá en su pueblo, pero lo volteó una vaquilla y nunca más quiso ni olerlas, y trabajaba de tramoyista, por eso le llamaba así. Mi Juan Carlos. Bernabé estaba con Sara. Pero a lo que íbamos. Al día de autos….primera vez que digo tal cosa….fíjate. Madrid era un desastre. Un verdadero desastre. Estaba todo muy revuelto y pasaban muchas cosas. Lo único que continuaba igual eran las funciones, la gente aún quería divertirse.

Sé que fue un viernes por la tarde, porque había quedado en mi casa con la Juana para que la ayudase a remendar el corpiño o algo así…en fin, que estando en eso, apareció Bernabé apuradísimo, él era un hombre muy tranquilo…por lo general, me pidió un aparte…fíjate tú qué difícil, con mis padres, mis hermanos, un primo que estaba de milicias y la Juana y su corpiño de marras…en un piso que era poco más que esta habitación…no te lo creerás pero es cierto….y éramos felices…en fin, que Bernabé quiso un aparte, y el único aparte posible era el retrete del descansillo….y allí nos metimos. Sí, hijo sí, el retrete estaba en el descansillo….como lo oyes… Necesitaba dinero. Me reí. Él. Un Suárez. Pidiendome a mi, “La Tremenda”, parné. No le pregunté para qué….mi banco era mi sostén, tenía un falso dobladillo en el izquierdo. Le dí todo lo que tenía. Quinientas pesetas, en billetes de cien. Es mucho, me dijo al contarlo. Si lo necesitas, es tuyo. Me abrazó, recogió mis manos en las suyas. Algún día te lo devolveré. Me volví a reir. Y se fue. Nunca más le volví a ver. Al día siguiente a esas horas ya estábamos en guerra. Juan Carlos iba al frente por el día y por la noche hacía la tramoya….qué sin vivir!, tu no lo sabes bien….no saber si vive o muere…..y yo salía a bailar buscando las ganas dónde no las tenía…y entonces veía subir los sacos de cambio de fondo, y las volvía a tener…porque eso significaba que estaba de vuelta….Después de la guerra se dedicó a la construcción, y nos fue bien, muy bien…el decía que ahora el único frente que tenía que mirar era el mio…el muy ladrón…mi Juan Carlos…tuvimos dos chiquillos. La parejita, que decían…..a mi no me dicen nada, pero yo creo que esta ala la donó mi churumbel, no sé por qué me da…mi hija salió a mí en lo de “Tremenda”, pero de vicetiple lo mínimo….en fin…pues me vienen muy bien estas quinientas, fíjate. Ahora sólo tengo que pensar…cómo coso yo un falso dobladillo en el izquierdo.

Me fui prometiendo volver, y tarareando “Si vas a París papa”. Leónidas, al escucharla, me recordó que en París no había apaches, a lo que yo le respondí que, sin embargo, había muchos baches. Regresé a la notaría Campoamor aquella misma tarde, impaciente por recibir el sobre número dos.

-Muchos recuerdos de parte de Filomena…

-De “La Tremenda”?- Se atrevió a bromear Campoamor

-Tremenda sigue siendo…

-Me alegra.- Campoamor abrió uno de los cajones de su mesa y sacó un sobre.- El número dos- Y me lo entregó, para entrelazar después los dedos de sus manos y apoyar sonriendo los codos sobre el escritorio.

-El número dos.

De nuevo volví a parar un taxi. Y otra vez abrí el sobre nada más llegué a mi casa. Impaciente por saber, a dónde me llevaría el encargo esta vez.

A Virtudes Ledesma y a mí nos prometieron. Y digo “nos prometieron”, porque yo nunca sentí nada por ella y me consta que ella tampoco por mi. Sin embargo, oficialmente, éramos novios desde hacía tres años y ya habíamos celebrado la pedida de mano. Yo le regalé una pulsera de oro blanco con diamantes, ella a mí un alfiler de corbata de oro en forma de flecha, con un rubí. Virtudes era una chica muy callada, si bien cuando trabábamos conversación la tenía amena e incluso a veces nos reíamos, nuestra relación no se basaba en el dialogo. Nuestra relación no se basaba en nada. Íbamos al teatro, a la ópera, asistíamos a los bailes de sociedad, meriendas, al hipódromo. De haber llegado a casarnos, nuestra vida posterior hubiera sido la misma, con la única salvedad de residir bajo el mismo techo y juntarnos sólo lo absolutamente necesario con el fin de la procreación. Virtudes era una chica guapa, muy rubia, de ojos azules, melena sedosa, con buena figura y modales de princesa. Supongo que cualquier otro hubiera caído rendido a sus encantos, para mi, sin embargo, unos días sin verla, se me representaban vacaciones. La última vez que la vi, fue delante de su portal. Prometí volver en seguida. Espero hacerlo aún a tiempo. Adjunto a esta carta, además de las señas, hay un sobre que contiene algo que le pertenece.”

-La Señora le recibirá en un momento, pase, por favor- La mujer uniformada en blanco y gris, me guió por un amplio recibidor y un pasillo, para darme después paso a un salón inundado de luz, que se abría a tres balcones. No me había resultado complicado dar con la dirección, ya que el edificio se encontraba a dos calles de la casa de mis abuelos, en el Barrio de Salamanca. Una de las mesas que adornaban la estancia, lucía repleta de marcos de fotos en todos los tamaños y gamas de color, desde el blanco y negro, a las más antiguas casi ocres,pasando por las más recientes en color. Uno de los marcos más grandes, en plata con grabados de hojas, guardaba una foto de boda de estudio en blanco y negro, con un novio vestido de uniforme militar de gala y una novia cuyo aspecto me confirmó la existencia de las hadas. Unos pasos a mi espalda me hicieron volverme.

-Si no estuviera segura de que estoy en mis cabales, diría que estoy viendo visiones- La voz de Virtudes Ledesma, correspondía con su aspecto, delicada y armoniosa. Era una mujer alta, con el pelo en una media melena blanca con reflejos rubios, que enmarcaba un rostro que había sido angelical , ahora un tanto ajado por la edad, pero sin perder el encanto. Se apoyaba en un bastón y se acercó a mí midiendo sus pasos- Tú tienes que ser de los Suárez…

-Soy el nieto de Gregorio…- Ella sonrió y me ofreció la mejilla, en la que le di dos besos, luego se dirigió a una de las butacas y se sentó con cuidado, animándome con un gesto a hacer lo mismo en una frente a ella.-

-Micaela trae café ahora mismo…..pues qué alegría, años que no veo a tu abuela, viviendo casi al lado..- La chica uniformada volvió a aparecer, empujando un carro con un servicio de café y un plato de pastas, a mi me sirvió uno con leche, a Virtudes uno solo.- Por la tensión y porque no me gusta la leche…- Me lo aclaró como quien cuenta un secreto que nadie debería saber, ni siquiera Micaela, que, tras servirnos abandonó sijilosamente el salón.- Tú dirás….te miro y sigo sin creérmelo, de verdad…ver para creer- Yo me reí y ella alzó las cejas tras la taza.

-Verá usted..

-Usted? Tan mayor me ves?- Preguntó haciéndose la sorprendida y dejando la taza en el aire.

-Pues verás, Virtudes, Aniceto Campoamor se puso en contacto conmigo…

-Niceto? Qué raro, no?

-El hijo…

-Ah, sigue tal alto?- Y rio divertida, yo asentí, Campoamor era un hombre realmente alto.

-Como decía, se puso en contacto conmigo, mi tío abuelo Bernabé dejó encargado que te devolviese algo- Expliqué al tiempo que sacaba el sobre de dentro de mi bolsa, ella levantó las cejas más que sorprendida.

-A mí? Pues no sé qué le pude yo haber prestado….- Yo le entregué el sobre y ella lo despegó con sumo cuidado. De su interior extrajo un alfiler de corbata de oro con un rubí. Abrió mucho la boca y se llevó la mano a la sien.

-Dios Bendito!….por favor, asegúrame que no me he caido y estoy alucinando cosas sin sentido…que todo es posible…- Yo negué con la cabeza y ella sostuvo el alfiler por un instante ante si.- El dichoso alfiler…- Me miró y suspiró, luego pareció pensar un instante y volvió a sonreir un tanto misteriosa.- Creo que a ti puedo contartelo…si no a quién? No?

-Por mi encantado…

-Toma una pasta, están buenísimas…. en fin. Y ahora…por dónde empiezo?. Nuestro noviazgo era una pantomima. Es una de esas cosas que me alegro que ya no se den, ves?. No sé por qué regla de tres teníamos que ser novios, pero lo éramos y no contentos con eso, nos prometimos. O mejor dicho, me prometieron, porque yo no estaba por la labor…pero yo calladita, decía a todo que sí. Mamá trajo un día el alfiler, y me dijo que ese iba a ser el regalo de pedida para Bernabé…si algo no usaba Bernabé eran corbatas, él era más de pajaritas, y así se lo dije…pero ya estaba comprado y no había más que hablar. Y luego estaba el rubí. En fin…que a mi no me gustaba el alfiler, bueno, lo que a mi no me gustaba era lo que significaba. El comienzo de la cuenta atrás para mi matrimonio con Bernabé. Me vuelvo a aburrir sólo de recordarlo…no me entiendas mal, Bernabé no era en absoluto aburrido, más bien lo contrario, pero yo creo que siento más por este carrito que lo que sentía por él. Además, ni coincidíamos en los gustos…mira, a él le encantaba ir a la ópera, yo tenía que hacer esfuerzos sobrehumanos para no dormirme. Tocaba muy bien el piano, y sabía mucho de música, yo oído el justo para oirte, y canto muy mal. Luego estaban los paseos, aquellos paseos eternos con mamá y papá, o con sus padres, buscando conversación. Un aburrimiento. A mi lo que me gustaban eran los toros e ir al futbol…no te rías, aquí donde me ves…pero cómo se lo iba a decir a mis padres, a los toros se iba cuando había que ir, pero una vez, o dos, por decir que habíamos ido….por mi hubiera ido siempre que hubiera habido ocasión, y soy “colchonera”. Y muy orgullosa. Y no me digas que porque me gusta sufrir….porque lo estamos haciendo muy bien…..es que hasta te ríes igual….ver para creer. Quedar con Bernabé…y hacer cábalas de cómo no dormirme, era uno. El dieciocho de julio cayó en sábado, hacía un día espléndido, y cómo no, tocaba paseo….vino a buscarme a media mañana, no sé por qué fuimos solos, y él tenía como prisa….no sé, dimos un par de vueltas por aquí, nada fuera de lo común…eso sí, había mucha gente por la calle, de eso sí que me acuerdo, ves?…y que le pregunté qué se estaría celebrando que no nos habíamos enterado, llegamos a mi portal y él se acordó de que tenía que decirle algo a su padre…me dijo que le daría el recado y que volvería en seguida. Esa fue la última vez que le vi. Esa noche estabamos oficialmente en guerra unos contra otros. Que desapareciese fue lo mejor que me pudo pasar. Todos se preocuparon y le buscaron por todas partes, supongo que esperaron de mi que fuese una Magdalena y me hundiese en un pozo de tristeza….pero no. Porque sabía que Bernabé estaba bien. No sé por qué…pero tenía ese pálpito…y tú no has hecho más que confirmármelo. Durante la guerra conocí al que después sería mi marido, Hugo…vino a explicarnos…cómo era? “Formas de evacuación y salvamento” o algo así…pero sólo evacuó mi mente y salvó mi corazón….ríete pero es cierto…..llegó a Coronel. Tuvimos seis…tras, tras..uno después de otro, cuatro chicos y dos chicas, ya no sé los bisnietos que tengo, la última vez casi no cupimos en la foto….está por ahí. Sabes una cosa? Todavía tengo la pulsera, que era divina y sigue siendo…lo que voy a hacer es ponerme el alfiler sujetando el pañuelo que siempre llevo, y voy con la moda….porque todo vuelve. Todo. Incluso los que piensas que no lo harían nunca más.

Campoamor me recibió ya con el tercer sobre en la mano, apoyado en su mesa de despacho cuan largo era, le conté de Virtudes y su aficción al futbol colchonero, él sonrió y sacando su cartera del bolsillo, extrajo un carnet de socio. Me guiñó un ojo, y me entregó el sobre.

-Número tres…

-Este viene con esta caja, cuidado que rompe- Me advirtió, al tiempo que me alcanzaba una bolsa de plástico blanca, que contenía una caja de cartón.

-Qué es?

-Cada cosa a su tiempo, Sr. Suarez.

Por no romper la tradición que yo mismo había empezado, paré un taxi para volver a casa. Y allí, conocer los detalles de mi nueva misión.

No muy lejos de la casa de mis padres, había una tienda de ultramarinos “Ultramarinos Carreira. Productos de Ultramar”. Los únicos productos que se podían considerar de “ultramar” que allí se vendían era el bacalao noruego y los arenques en salmuera, pero por lo demás era un ultramarinos muy bien surtido, que cubría las necesidades de la vecindad que ocupaba. El propietario era un gallego de Padrón, Venancio Carreira, hombre simpático y amable donde los hubiera. Su hijo Ovidio, era el encargado de servir los pedidos a los domicilios. Era un chico un poco más joven que yo, corpulento y fuerte, tan simpático como su padre, al que le gustaban los chistes malos y tenía una risa atronadora. Además tocaba la mandolina, y sabía afinar pianos, con lo cual en algún lugar debía de haber estado escrito que él y yo no haríamos amigos. Madrid iba de mal en peor, por todas partes había manifestaciones, altercados e incidentes violentos. La tarde del diecisiete de julio, mi amigo Amos (ya habrá tiempo de hablar de él),que trabajaba en el consulado general de Estados Unidos, me llamó por teléfono, para confirmarme lo que llevaba semanas temiendo. Era cuestión de horas que la situación desembocase en un golpe de estado. Me contó que al día siguiente por la tarde, él abandonaría el país, y me invitó a hacerlo con él. Yo pensé en mis padres, en mi hermano, y en Sara. Sara. Le dije que si me iba, sería con ella. No puso impedimento. Me impuso discreción y me dio las intrucciones de cómo llegar al lugar del encuentro. Un lugar del que nunca había oído hablar, lejos de Madrid. Corrí a casa de Filomena. Sabía que ella tenía siempre metálico consigo. Después busqué a Sara en el teatro. Pero no la encontré. Nosotros teníamos coche. Incluso un chófer. Pero cogerlo levantaría sospechas y preguntas que no necesitaba. De vuelta a casa, ensimismado en las maquinaciones de mi huida, pasé por delante del ultramarinos. Ovidio me llamó desde el callejón al que daba la trastienda, apoyado en una flamante camioneta. Te mentiría si te dijese que vi a Ovidio. Yo sólo vi, en aquel momento, la camioneta.Y no lo pensé dos veces. Él me quiso explicar algo, pero yo lo cogí del brazo y le hice entrar en la camioneta. Le expliqué, sin entrar en demasiados detalles, lo que necesitaba de él al día siguiente. Y para mi sorpresa, aceptó. Sin necesidad de cómos o porqués. Quedamos de encontrarnos en ese mismo sitio, al día siguiente a las cinco , ya que, tras leer las instrucciones del lugar que me había dicho Amos, calculó que, al menos, necesitaríamos una hora o más hasta allí.

Decidí ir en busca de Sara. Recorrí todos los talleres de costura en los que, recordaba me había dicho, a veces ayudaba. Di con ella en el último. Le conté mi plan, y el punto de encuentro. Me dijo que sí. Que allí estaría. Yo no trabajaba esa noche en el teatro, así que quedamos de vernos, al día siguiente, a la hora acordada. Recuerdo que me abrazó muy fuerte, y me dio un beso.

Al día siguiente, dieciocho de julio, Ovidio y yo nos encontramos como habíamos quedado. Como excusa, le había dicho a su padre, que iba a recoger unas cebollas que tenían encargadas. A las seis ya comenzamos a oir tracas, como de petardos. Son tiros, me dijo él. Y me apremió a irnos. Sara. Allí estaré,me había dicho. El ruido. Recuerdo el ruido. De pronto había mucho ruido. A las seis y cuarto, Ovidio me agarró del brazo. Ya no viene, y tú te tienes que ir, me dijo. En la parte de atrás de la camioneta, había colocado un enorme cesto, me dijo que era mejor que me escondiese allí. Y así hice. Me tapó con un montón de sacos, y lo cerró sobre mi.

Perdí la noción del tiempo. Noté que nos pararon un par de veces, pero el viaje continuó después sin más problemas.

Cuando volvió a abrir la tapa, y me liberó de los sacos, anochecía. Estábamos en medio de un páramo, en lo que que yo di en identificar como “ninguna parte”, a poca distancia distinguí un aeroplano,ya en marcha, y a Amos, haciéndome señas con los brazos junto a él. Me despedí de Ovidio con un fuerte abrazo. No sé cómo podré agradecértelo nunca, le dije. Cuando vuelvas, tráeme una botella de Chivas Regal, me dijo. Hecho, prometí. Y me alejé hacia donde me esperaba Amos.

Junto a esta carta, encontrarás una caja de cartón. Debes entregársela,bajo las señas indicadas, a su legítimo propietario.”

-Hace dos años que no conoce a nadie. Está fuerte como un roble, y nos agota caminando, no creas, pero para él somos auténticos desconocidos….a veces nos trata de usted- Venancio Carreira, el hijo de Ovidio, me recibió al día siguiente a primera hora de la tarde, en su casa de las afueras de Madrid- siempre me contaba la historia cuando era niño, para él supuso toda una aventura, ven, está en la sala viendo el telediario…..”el parte” como él lo llama, es lo único que le gusta ver- Me guió hasta la sala, situada al fondo de la casa. Ovidio estaba sentado en un butacón frente al televisor, donde un locutor decía en aquel momento las noticias, él observaba concentrado las imágenes, ayudado de unas gafas, aún sentado, seguía siendo un hombre corpulento.- Papá?, mira, tienes visita- Anunció Venancio, Ovidio apartó la vista del televisor y su mirada vagó lenta hasta nosotros, tras parpadear dos veces, se quitó las gafas.

-Bernabé! Hombre! Volviste, macho! – Exclamó, al tiempo que se incorporaba sin dificultad alguna, Venancio y yo nos miramos sin dar crédito y sin poder articular palabra- Ven aqui!Déjame darte un abrazo, hombre!- Y me vi engullido por un abrazo proporcional al tamaño de su persona, su hijo hubo de intervenir para que no me rompiese las costillas.

-Papá, ven, ya está…ven- Ovidio me soltó al fin, y me miró con una sonrisa exultante, que iluminaba su rotundo rostro, Venancio le guió otra vez hasta el butacón y apagó la televisión, invitándome tomar asiento en otra butaca.

-Ves? Hombre de poca Fe….te dije que volvería…- Replicó Ovidio señalándome, pero dirigiéndose a su hijo, quien asintió aún sin salir del todo de su asombro.

-Ovidio….te he traido algo- Acerté a decir, Ovidio parpadeó un par de veces, pero permaneció en silencio, yo miré a Venancio, buscando su aprobación y éste me la dio con un gesto de sus cejas. Extraje entonces la caja de cartón de mi bolsa, y la abrí. Dentro había una botella de Chivas Regal de treinta años. Venancio soltó un silbido, Ovidio dio una palmada y soltó una carcajada que atronó la sala.

-La primera vez que vi despegar un bicho de esos, allá…dónde era?…lejísimos…..en unas eras….y bruuuuumbrummmm ziiiisch allá voló- E hizo con su mano un movimiento que quiso imitar el depegue de un avión- Neno…trae vasos! Volviste, Bernabé….ves? Qué te dije….hombre de poca Fe?…- Y quiso coger la botella, pero su hijo se adelantó- trae vasos…neno!- Venancio le acarició un hombro, y me guiñó un ojo sin que él se diese cuenta.

-Voy…sólo faltaría!- Exclamó, luego se dirigió a una aparador donde había vasos y botellas.

-A la vuelta, a mitad de camino…me confiscaron la camioneta, macho…un poco más y se chafa el plan….- Yo asentí, incapaz de hacer otra cosa al observar la sincera emoción en sus ojos, Venancio regresó con tres vasos de whisky mediados con un liquido ambar, que nos entregó. Ovidio fue el primero en alzarlo.

-Por todos los que no volvieron! Ea!- Exclamó, y el nudo en mi garganta se acabó de romper, como también observé en el hijo, y ambos acudimos a tomar un sorbo del mosto de nuestros vasos, Ovidio se tomó el suyo de un trago y después soltó un suspiro satisfecho.- Volviste, Bernabé..ves? Qué te dije, hombre de poca Fe?

La fugaz clarividencia de Ovidio me acompañó días, y después volví a retomar mis visitas a Campoamor. En esta ocasión sobre su mesa, además del sobre, había un precioso ramo de flores compuesto de tulipanes en tonos naranja y tallos de verde, en perfecta combinación.

-Muchas Gracias, Sr. Campoamor, no tenía usted porqué..- Bromeé a la vista del ramo, Campoamor sonrió con su amabilidad habitual y cogió el sobre.- Ovidio me creyó mi tío….fue..no sé como explicarlo…

-Esos momentos son como estrellas fugaces, Sr. Suárez, hay que disfrutarlos en el preciso instante en que suceden…

-No hubiera podido describirlo mejor….

-Número cuatro?

-Número cuatro

A veces pienso que el taxi que siempre paraba, era el mismo, pero la verdad es que nunca me fijé.

Conocí a Sara Bejerano cuando comencé a trabajar en el teatro. Ella era la que se encargaba del atrezzo y su mantenimiento, ya que era modista. O como ella solía decir, “costurera”. Me enamoré de ella sin remedio, y ella de mi. Llevar una doble vida no es fácil. Durante el día vivía según unos cánones completamente impuestos, por la noche cómo yo quería y con quién quería.Y esa persona era Sara. No era muy alta, y siempre llevaba el pelo suelto, una melena caoba, con la que ella jugaba a su antojo, en todo el tiempo que estuvimos juntos, sólo le conocí un abrigo, de lana roja, que había hecho ella misma, como todo lo que vestía. Yo le decía que tenía ojos de ardilla, por lo vivos que eran, y ella me respondía que debía postular para ser galán de película, por las tonterías que se me ocurría decir a las chicas. Sara era hija única, y vivía con su madre, una mujer viuda, enlutada y siempre triste, que, a veces, la acompañaba al teatro. Yo nunca me hubiera casado con Virtudes. Yo quería casarme con Sara Bejerano. Cuando la situación en Madrid comenzó a complicarse, se lo planteé. Nos casaríamos y le presentaría a mis padres los hechos consumados, en el amplio sentido de la palabra. Y ella estaba de acuerdo, incluso comenzó a hacer bozetos de cómo querría que fuese su traje de novia. Sara. Cuando Amos me confirmó lo que yo ya temía, y me planteó la huida, la busqué y le dije que nuestro momento había llegado. A veces aún siento su último abrazo, y aquel beso. También el último. Allí estaré, me dijo, y me acarició el rostro. Allí estaré. Sara. Pero no acudió a la cita.

Quise suponer que no quiso abandonar a su madre. Quise suponer que le dio miedo dar el paso. Quise suponer muchas cosas, pero la única cierta es que Sara se quedó mi corazón en empeño y nunca lo recuperé.

Sara no sobrevivió la guerra. Murió en un bombardeo. Uno de tantos. No sé dónde está enterrada, supongo que en una fosa común, en algún lugar. Pero sí sé dónde está la tumba de su madre. Adjunto a esta carta, encontrarás un ramo de tulipanes, la flor favorita de Sara, y los datos necesarios para dar con la tumba.”

La tumba de Dña. María del Carmen Sánchez Portón, se reducía a una pequeña placa de piedra,con su nombre grabado, sobre la tierra de un cementerio situado entre dos pueblos de la sierra.Deposité el ramo sobre ella, y miré a mi alrededor. Yo era el único visitante. 1895-1940. Sólo contaba con cuarenta y cinco años. Respiré hondo. Y me encaminé a la salida.

Encontré a Campoamor llenado una caja de embalar con libros que recogía de las estanterías de su despacho, en el que ya se apilaban tres más. La estancia, antes un tanto abigarrada, estaba ahora un poco desangelada.

-Se muda usted?

-Este es mi último caso, cedo el mando a mi hijo, ya va siendo hora…

-Aniceto…-Campoamor sonrió y asintió.

-Si, la cuarta generación ya…

-Es también tan alto?- Quise saber, Campoamor no pudo evitar reirse.

-Un palmo más que yo….tiene unas oficinas nuevas, con ascensor y toda la pesca, estas las mantedremos….como recuerdo, supongo…- Explicó haciendo un gesto desvaído con la mano.

-Dígame que el quinto no me lleva también a un cementerio- Fingí rogar, alcanzándole un libro de la estantería, él negó con la cabeza, sin perder la sonrisa.

-No puedo adelantarle nada, Sr. Suárez….pero con este sobre termina mi cometido, y como la ocasión lo requiere, me he permitido una libertad- De una zancada, acanzó el extremo opuesto del despacho y abrió la puerta de uno de los armarios, tras la que se escondía una pequeña nevera, de la que extrajo una botella de cava. Yo no pude evitar mostrar mi sorpresa.

-Cosas de mi padre….en esa estantería están las copas- Me indicó, al tiempo que, con ayuda de una bayeta liberaba la botella del corcho, que cedió sin liberar apenas espuma, le pregunté cómo lo lograba, él me guiñó un ojo- Práctica, amigo mío, mucha práctica.-Y llenó las dos copas con el cava- Antes de coger la suya me ofreció la mano- A propósito, yo soy Niceto, me parece absurdo brindar tratándonos de usted- Yo reí y se la estreché.

-Bernabé, encantado- Y cogimos nuestras copas.

-Por las cosas por venir- Sugirió él

-Y que todas sean buenas- Añadí yo.

El taxista casi tuvo que despertarme cuando llegó a la dirección que le había dado. Sin proponérnoslo, Aniceto Campoamor y yo, nos habíamos acabado la botella entre los dos.Muy a mi pesar, hube de dejar la lectura del quinto sobre para el día siguiente.

Amos Prescott se relajaba bailando claqué. Tenía una tabla en su oficina, y cuando lo creía necesario, se calzaba los zapatos de baile y comenzaba a bailar sobre ella, improvisando la melodía con el tiptap de las suelas. A veces, se subía al escenario y acompañaba a las coristas levantando las piernas con ellas al compás, o se sentaba conmigo a cuatro manos al piano. Cuando llegaba al teatro se transformaba en el motor de la fiesta, y la vivía con todo su ser, para después, ya al alba, marcharse a casa, darse una ducha, tomarse un café solo, y llegar puntual a su trabajo, como asistente en el consulado general de Estados Unidos en Madrid. Amos Prescott era homosexual, y estaba enamorado de mi. Él mismo me lo confesó, para añadir después que ya tenía asumido que no iba a ser nunca correspondido y que entendería si a partir de aquel momento le dejase de hablar. Amos Prescott es mi mejor amigo. En lo meses que precedieron al comienzo de la guerra, le había manifestado muchas veces que, en el caso hipotético de que todo desembocase en un conflicto bélico, no quería empuñar un arma, ni mucho menos usarla para matar a nadie en defensa de ninguna idea. No tenía madera de héroe ni alma de mártir. Yo sólo quería poder vivir algún día de mi música, con Sara. En paz. Por eso me avisó del golpe de estado, cuando nadie lo sabía aún. Amos se movía en muchos círculos, y sabía muchas cosas, que no siempre podía contarme.

Te ahorraré nuestro periplo hasta que llegamos a Estados Unidos, cerca de un mes después. Nos asentamos en Boston, dónde conseguí trabajo en un conservatorio como profesor de piano, Amos continuó trabajando para el gobierno,en diferentes posiciones. En el conservatorio conocí a Meredith Mulligan, que era profesora de arpa. Nos casamos poco después, y yo adopté su apellido, pasándome a llamar a partir de entonces Bernabé Mulligan. Tuvimos un hijo, al que llamamos como mi padre, Sebastian. Amos fue su padrino y lo quería como suyo. La vida puede dar giros irónicos en ocasiones. Yo huí de una guerra por no querer luchar en ella. Y una guerra, la de Vietnam, nos arrebató a Sebastian. Amos fue en persona a encargarse de la repatriación del cuerpo. Meredith nunca consiguió recuperarse, yo me refugié en mi música y en mis clases. Cuando Meredith murió, volvimos a quedarnos solos, Amos y yo. Fue entonces, cuando se me ocurrió este plan y, haciendo uso de los contactos que Amos aún tenía de sus años en el Gobierno, pudimos trazarlo y dar contigo.

Cuando leas esto yo también me habré ido. Ahora sólo queda él.

Junto con esta carta te adjunto un billete abierto de avión y los datos de contacto de Amos. Es necesario que vayas a Boston. Él estará esperándote”

Amos Prescott era la única persona en la zona de salida de pasajeros, que no sostenía un cartel con un nombre. No era un hombre muy alto, llevaba un abrigo de lana azul y tenía el pelo canoso que enmarcaba una facciones algo marcadas, suavizadas por sus enormes ojos negros. Cuando me vio aparecer, sonrió.

-Ahora si que puedo creer en la clonación humana- Saludó, antes de darme un abrazo, yo me reí.

Cogimos un taxi, en el exterior de la terminal, que pronto se perdió en el tráfico de la autopista.

-Yo ya no conduzco, mis ojos no ven como antes

-No tienes ni un poco de acento…- Él me sonrió y enarcó las cejas.

-Llevo más años hablando español que inglés…además me gusta más

-A dónde vamos?

-A tu casa- Le miré sin saber qué decir- En Beacon Hills- Y volvió a sonreirme tranquilo.

Poco después, el taxi paró en la calle que Amos le había dicho al conductor.

Yo saqué mi maleta del maletero y me fijé entonces en el edificio ante el que estábamos, una casa unifamiliar de tres plantas a la que se accedía por una escalera de cuatro peldaños. Amos me indicó con un gesto que subiese los escalones, y, sin perder la sonrisa, me entregó la llave.

La giré entonces en la cerradura. La puerta se abrió con suma facilidad.

Échame a mí la culpa.

Nos presentó Moncho. No me acuerdo dónde. Pero había más gente, tú estabas con unas amigas. Te pedí el teléfono y te llamé al día siguiente. No tuvimos un noviazgo largo. Tú me dijiste que no querías ser una novia eterna, y yo no tenía nada en contra de ponerlo todo por escrito. Yo empecé en el banco y tú te quedaste en casa mientras no encontrabas algo. Eso dijiste. Pero eso no cambió. Moncho y Carmela tuvieron a Daniel al poco tiempo. Ricardo y Teresa a Silvia. Poco a poco nuestro círculo de amigos nos fue rodeando de niños, y, sin querer, a ejercer una especie de presión silenciosa. Porque nosotros no teníamos. No venían. Y no era por no intentarlo. Ese no era el problema. A tí no parecía importarte, ya vendrán, les decías. Ya vendrán. Pasaron tres años y seguían sin venir. Y a mí comenzó a importarme. Porque veía a los otros con sus niños, y no podía evitar sentir una inmensa envidia. Y te lo dije. A tí seguía sin importarte, pero aceptaste mi propuesta de consultar un médico. Tú lo buscaste. El Dr. Moyano, en la capital. Te pregunté por qué no íbamos al tuyo, y me dijiste que aquel era mejor. Y yo te creí. Recuerdo que tuve que pedir un día en el banco. Nos hicieron pruebas de todo tipo. Sólo les faltó la de Rayos X. El Dr. Moyano nos dijo que en un mes tendrían los resultados y que ya nos llamarían para concertar otra cita. En esa época Ignacio y yo abrimos la gestoría. Por las mañanas el banco, por las tardes la gestoría. Un sábado por la mañana, me presentaste una carta. Había llegado el día anterior, pero no quisiste abrirla sin mi. La culpa era mía. Mi porcentaje de infertilidad era total. Por eso no venían. Recuerdo la pena súbita que sentí. Tú me abrazaste, y me dijiste que a tí eso no te importaba. Que me querías. Sobre todas las cosas. Y que lo importante era que nos teníamos el uno al otro. No necesitábamos nada ni a nadie más. Y lo hicimos, como para confirmarlo. Nos comenzó a ir muy bien. Los contactos correctos, el momento indicado. Nos hicimos grandes. Comenzamos a aparecer en la foto. Tú quisiste que nos mudáramos a una villa. Yo te dije que iba a ser demasiado grande para los dos solos. Tú argumentaste que así podríamos recibir gente sin molestar a los vecinos. Te propuse adoptar, en aquel momento era relativamente sencillo. Nos teníamos el uno al otro, me dijiste, no necesitábamos a nadie más. Treinta años. De regalo te llevé a París. Treinta años.

La conocí porque comenzó a trabajar en Contabilidad. Divorciada. Ni joven ni mayor. En mi misma onda. Conectamos enseguida. Y sucedió. Comenzamos a vernos. Sin pensar en nada más. Sin mirar a los lados antes de cruzar, como se suele decir. Hace dos días vino a mi despacho a primera hora. Y me presentó un predictor positivo. No supe cómo reaccionar. Opté por explicarle mi problema. Y ella me explicó su ciclos. Ahora sé que el cuerpo femenino es lo más parecido a un ingenio de relojería. Incluidos los retrasos. El silencio puede pesar. Y en él nos sentamos ella y yo, para tratar de comprender lo que estaba pasando. Después busqué el teléfono del Dr. Moyano. Ya está jubilado, pero sigue acudiendo diariamente a su consulta. Ahora es una clínica. Aceptó gustoso recibirnos. Le expliqué lo que había pasado y él lo escuchó todo. Hasta el final. Luego se incorporó y abrió un armario, que estaba repleto de carpetas. Nuestro caso ocupaba la número cuatro. Me entregó los resultados de nuestras pruebas. Nunca habíamos pasado a recogerlas. Ambos diez de diez. Todo correcto. Via libre. Él entonces había asumido que nuestras dudas se habían resuelto por si mismas, a la vista de los datos. Me dio una copia. Nos deseó lo mejor.

He hablado con Ignacio. Siempre le había considerado un hermano. Él sólo me lo confirmó. Tenemos contactos lejos. Y allí nos iremos. Los tres.

Sólo he pasado a recoger mi pasaporte y escribirte esta nota. Ignacio enviará a alguien a por el resto de mis cosas.

No encabecé esta carta con una demostración de sentimiento hacia ti, porque ya no te quiero. No la acabaré midiendo el tiempo hasta nuestro reencuentro.

Porque no te quiero volver a ver.

Salta, Candela, Salta! (Dedicada a mi hermana)

13:32 S4 nach Kaiserslautern via Heidelberg fährt von Gleis nummer 2.Regional-Express von Mannhein Hauptbahnhof nach Frankfurt am Main Hauptbahnhof, der ursprünglich um 13:00 Uhr aus Gleis 2 fahren sollte, fährt heute aus Gleis 3. Direkt gegenüber.“

Loli no se movió. Siguió oteando un punto indefinido en la distancia, parpadeando lento, como si tuviera que tomar una decisión de vital importancia, y allí, en aquel punto, estuviese escrita la respuesta. Su hermana Candela también miró hacia allí. Sin encontrar nada especial en el andén de enfrente.

-Qué dijo?- Le preguntó, mientras se colocaba bien la mochilita que llevaba a la espalda.

-Quién?- Loli pareció querer fijar la vista en algo, y guiñó los ojos levemente, todavía ocupada en observar el andén contrario.

-La de megafonía

-Aquí estamos bien…

-No, como miras hacia allí…- Loli la miró entonces, sin saber a qué se refería, y cotejó los billetes que tenía aún en la mano.

-Ya llega ahora- Y los guardó en el bolsillo pequeño de su mochila.

Hizo su entrada entonces el S4 a Kaiserslautern via Heidelberg, apenas dos minutos después, en el andén contiguo, el Regional -Express a Frankfurt/Main. El estrecho andén se había ido llenando poco poco en los diez minutos anteriores a la llegada de ambos trenes, de pasajeros que deseaban tomarlos, con sus maletas, mochilas, bolsas, bicicletas y enseres de todo tipo, que la gente, por algún motivo, decide llevar consigo en un viaje en tren. A esta multitud espectante e impaciente, se le unió la riada de pasajeros que abandonaron los trenes, también arrastrando, cargando y trastabillando sus equipajes, empujándose unos a otros, en su afán de llegar lo antes posible a cualquier sitio. Candela cogió a Loli del brazo, después de que dos japoneses acarreando dos bicicletas casi se la llevasen por delante en su carrera para alcanzar las escaleras y cambiar de andén.

-Mira que si no nos podemos sentar…- Alcanzó a comentar Candela, Loli negó con la cabeza.

-Eso aquí no pasa..- Candela la miró escéptica, al encontrarse ellas en medio de una pequeña multitud, que, eso sí, silenciosa y ordenadamente iba entrando al vagón.

Una vez dentro, Candela siguió a Loli a través de un vagón ya completamente ocupado, a la mitad del segundo, Loli paró en seco y la dejó pasar a un asiento de ventanilla, ocupando rápidamente ella el contiguo.

-Además vamos en la dirección del tren…mira tú que bien- Dijo ofreciéndole una sonrisa triunfante, Candela sonrió también y se quitó la mochila.

Nada más arrancar el tren hizo su aparición la orquesta. Primero aparecieron dos contrabajos, seguidos de dos chelos y un trombón, además de los instrumentos arrastraban maletas,o, a la par que el instrumento, cargaban una mochila. El chico del trombón iba a disculparse con Loli por casi habérselo echado encima, por culpa de un traqueteo del tren, cuando en dirección contraria avanzó un matrimonio con un carrito de bebé,dos maletas, una mochila de montaña y tres niños pequeños, uno de ellos un bebé, que el hombre llevaba en brazos.

-Na toll…

-Einfach zurück…

-Nee, geht nicht…

-Das ist aber lustig!..

-Die Kinder, geben Sie mir die Kinder…

-….Y ahora?

-Coge esto…

-Wären Sie so nett….Daaanke…- Y Loli le pasó a Candela la pesada funda de un violonchelelo, mientras ella acomodaba en su regazo la funda de un violín.

-Wo müssen Sie hin?

-Ein Wagen weiter….der Ulli ist schon da…

-Der Ulli…

-Mein Schwager, der ist früher eingestiegen…

-Esta gente se pone hablar….qué se dicen?- La voz de Candela le llegó a su hermana tras el violonchelo, Loli acomodó mejor el violín.

-Lo mejor es que se suban al reposabrazos…..ves? No te digo yo…. – Tras repartir los instrumentos, las maletas y las mochilas entre distintos pasajeros, los músicos pasaron a encaramarse a los reposabrazos y apoyarse en los portaequipajes del lado contrario, formando una suerte de pérgola humana, bajo la que avanzó la pareja, empujando carrito y portando maletas, seguida de los dos niños. Todo amenizado por las risas de los músicos y los comentarios jocosos de otros pasajeros.

-Y luego dicen que no tienen humor….- Comentó Loli al tiempo que ayudaba a devolver ambos instrumentos a sus dueños, quienes siguieron entonces en su avance por el pasillo, aún entre risas.

-Inventiva no les falta- Anotó Candela, Loli rio y se acomodó mejor en el asiento.

El viaje continuó sin más incidencias por cerca de cuarenta minutos, en los que Loli sacó los bocadillos que les servirían de almuerzo de la mochila, y se entretuvieron contemplando el paisaje y las estaciones que dejaban a su paso.

El revisor, que hasta ese momento no había hecho acto de presencia, pasó casi a la carrera en sentido contrario a la dirección del tren, sujetándose a los cabezales de los asientos. Regresó después seguido de otro colega, igualmente vestido, ambos con gesto preocupado y hablando casi a la vez uno con el otro,al tiempo que recorrían el vagón tan rápido como lo había hecho el primero de ellos antes.

Y el tren paró. Candela miró hacia fuera. Estaban en medio de una nada marrón. Ni siquiera había árboles. Sólo nada. Loli, tan extrañada como ella, se encogió de hombros ante la pregunta de otro de los pasajeros.

Wir bitten dafür um Verständnis. Reisende können den Zug im Fall von Havarien erst verlassen, wenn sicher ist, dass keine Gefährdung vorliegt. Aber als Ausnahmefall MÜSSEN SIE DEN ZUG VERLASSEN. WIR BITTEN UM VERLASSEN DES ZUGES GEEHRTE FAHRGÄSTE. Wiederhole: VERLASSEN SIE DEN ZUG!!“ -La voz enlatada del revisor rompió la calma.

Y el vagón entero, incluida Loli, se levantó a una.

-Qué pasa?- Quiso saber Candela.

-Levanta…

-Pero qué…?

Wir bitten um Verständnis. Ruhe bewahren. Sehre geehrte Fahrgäste, DER ZUG MUSS VERLASSEN WERDEN. SOFORT. WIEDERHOLE. SOFORT VERLASSEN WERDEN!!.RUHE IS DIE DIVISE…“

Hay que salir de aqui…- Dijo Loli poniéndose la mochila y entregándole a Candela la suya, su asiento estaba a mitad del pasillo, ahora ocupado por una aglomeración de gente, que trataba de recuperar sus pertenencias de los portaequipajes, volver a ponerse zapatos, guardar comida en tuppers, doblar periódicos, despertar niños dormidos y no empujarse unos a otros, en un nervioso desorden.

Einmal draußen, meine sehr geehrte Fahrgäste, MÜSSEN SIE, wiederhole, MÜSSEN SIE, die Gleisen überqueren und die SOFORT VERLASSEN. Die Gleisen MÜSSEN verlassen werden, um Ihre Sicherheit zu bewahren. DER ZUG MUSS VERLASSEN WERDEN!.“

-Pero qué pasa, Loli?….-Quiso saber Candela, Loli la cogió de la mano y se abrió paso al pasillo, avanzando en la alterada multitud que empujaba y apremiaba, ya alzando la voz y perdiendo los nervios. Llevadas por la fuerza de la multitud, llegaron al reducido recibidor entre vagones, donde se econtraban las puertas de salida. Alguien había abierto una de ellas. Loli, en el fragor de la masa, soltó de la mano a Candela, perdiéndola ésta en un muro de gente, que la arrastró sin voluntad por el habitáculo. Hasta que alcanzó la puerta. El Regional- Express era un tren alto, de dos pisos, cuyas puertas de acceso, a campo abierto y fuera de una estación, podían llegar a alcanzar del metro y medio a los dos metros de altura. Dependiendo del terreno. A Candela se le representó tener que saltar en paracaidas.

-Salta, Candela,salta!- Escuchó la voz de Loli desde algún sitio, pero no pudo moverse, aferrada a la barra de la puerta.

-Springen Sie doch!- Gritó un hombre tras ella.

-Salta! Candela! Mírame! Salta!

-Mensch! Machen Sie was!

-Was soll ich machen!! Sie schubsen??!

-Doch!

-Spinnshndu!

-Springen Sie doch, Mensch!

-Salta, Candela! Salta!

Y Candela saltó. Soltando al tiempo un grito,como el que cae en un sima sin fondo. Se encontró entonces en la franja de gravilla negra entre las vias. Loli volvió a cogerla de la mano.

-Corre!

VERLASSEN SIE DIE GLEISEN!! ERREICHEN SIE DIE GEGENÜBENLIEGENDE GEBÄUDE!SOFORT!“

Candela miró a su alrededor, tras atravesar las vias y, de la mano de Loli, tratando de correr campo a través. Descubrió entonces una marea humana que, como ella, avanzaba penosamente en su misma dirección. Hombres, mujeres, niños, acarreaban maletas, mochilas, capachos, cochecitos, tromboles, violonchelos, sillas de ruedas, bicicletas, cestas y neveras portátiles en desordenada huída del tren y de las vias. Por un momento se acordó de las películas de guerra, en las que, justo en ese momento, aparecerían los bombarderos.

-Pero qué pasa!- Alcanzó a preguntar, Loli, casi sin aliento, aferrada a su mano, corría como hacía mucho tiempo que no la veía correr.

-Corre, tú corre- Musitó sin volverse

Die klimaanlage funktioniert endgültig nicht!!. Meine Damen und Herren. Bitte erreichen Sie die gegenüberliegende Gebäude!!!“- La voz a través del altavoz del tren les alcanzó a medio trecho entre el tren y una especie de granjas que Candela logró divisar en la distancia.

Sin parar un momento a coger resuello, alcanzaron lo que de lejos parecían granjas, y de cerca eran los edificios de una fábrica de piensos, donde estaban ya aparcados dos autobuses, al pie de los cuales, les hacían señas dos empleados de la empresa de ferrocarriles.

-Y ahora?…

-Tú ven….apura- Loli, sin soltarla de la mano, esforzó el último sprint hasta los autobuses y entró en uno de ellos, ocupando esta vez ella uno de los asientos de ventanilla, donde se dejó caer, tratando de recuperar la respiración, Candela la imitó.

-Pero qué pasaba?- Loli rebuscó en su mochila.

-Nada, el aire acondicionado….quieres agua?

 

  • No traduje las frases en Alemán, para que el lector se haga cargo de la confusión de la protagonista. Gracias.

El Cónsul

Lois Ribadulla fotografió la gaviota, pero salió movida. Se había sentado en una de las terrazas de La Marina a tomar algo, antes de seguir camino. Una caña y una tapa de tortilla. Al sol. Como de vacaciones. Pero sin moverse del sitio. Fotografió otra gaviota, contra el cielo azul, con las alas desplegadas. Ahora sí que había salido bien. La quiso subir a Instagram bajo el hashtag “gaviotaalviento”, pero ya había cerca de doscientas cincuenta mil entradas, “elvientoylagaviota” sólo ciento cincuenta mil, “gaviotavuelavuela” veinte mil. Optó por “quiénfueragaviota”, con sólo cinco mil. Inmediatamente le gustó a Claudia. A veces se preguntaba si le espiaba por satélite desde Ontario. Sonrió, algún día iría a Ontario a preguntárselo.

El hombre apareció de repente junto a él, y casi le asustó. Llevaba un impermeable amarillo como los de faena de los marineros, pantalones vaqueros que habían visto mejores días y los pies en unos náuticos que alguna vez habían sido azules, ahora eran grises. Tenía el pelo rizo claro de canas con reflejos castaños, algo largo y encrespado, su tez estaba curtida por el sol y sus facciones denotaban cansancio. La claridad le hacía guiñar los ojos, y parecía buscar algo en la bolsa de plástico que portaba en la mano, mientras murmuraba algo para si, que Lois no pudo entender. Se sentó en la mesa junto a Lois, y soltó un largo suspiro, dejó la bolsa sobre la mesa y se pasó las manos por el rostro, para tratar de despejarse. Luego miró a Lois, tratando de fijar la vista.

-Buenos Días…

-Buenos Días…

-Me podrías decir en qué hora vivo?

-La una y media…

-Muchas gracias……es que yo no sé….esto es de locos…- Y se pasó la mano por el rostro mientras negaba con la cabeza, Lois sonrió y esperó a que se explicase- Tú vete…tú vete que….tal…y….me voy….y bueno….qué dolor de cabeza…qué dolor de cabeza….

-Necesita usted una aspirina?

-No…o sí….ya no lo sé…la verdad…ya no sé ni lo que necesito…agua, eso….agua sí que…

-Cuando salga el chico…

-Qué chico?

-El camarero

-Ah!…ya…- Se frotó los ojos con las manos, y trató de fijar la vista hacia el puerto, alzó las cejas y negó con la cabeza- ni idea…aunque me mates….yo sin gafas…lo nunca visto…..literalmente…tú vete que no pasa nada….y yo…ahora qué hago…claro…- Se mesó el pelo y volvió a soltar un suspiro agotado, dejó caer los brazos a ambos lados de la silla- pues nada….

-Está usted solo?- Se interesó Lois, para tomar después un trago de su cerveza, el hombre alzó las cejas y formó un gesto de esceptismo en su rectilíneo rostro, ahora marcado por el cansancio y el desánimo.

-No…solo…solo nunca estoy…además están los del Atolón…

-Qué Atolón?

-El Atolón 527…- Lois dejó el vaso de cerveza a medio camino entre la mesa y su boca, sin entender a qué se refería, aquel hombre, a su modo de ver, sufría alguna clase de transtorno. El hombre le miró y se pasó otra vez la mano por el rostro, trató de fijar la vista, pero se dio por vencido y negó con la cabeza- El Atolón 527…yo soy el Cónsul General….no creas..lo heredé….fíjate tú…que piensas….total…qué va a pasar en un Atolón allá…pues sí pasa…fíjate….

-Qué…pasa..en un Atolón?…Vive gente?- Quiso saber Lois, el hombre soltó un suspiro sonoro y movió una mano en el aire.

-Debo tener ahora una cantidad de trabajo atrasado…..por lo del referendum….sabes?….

-Referendum…

-Sí…..tienen derecho a Referendum….y lo van a hacer….por el cuento de las perlas…en fin…que no lo creerás…pero están por todas partes…

-Quién?

-Los ciudadanos del 527….a veces no doy…no doy….se instalan o viajan y pierden cosas….y luego está la élite…

-Qué élite?

-Los de saltos de trampolín…..tenemos dos platas….y también me tengo que ocupar….no de que salten…pero….

-Ya- Lois pensó que aquel hombre, claramente, no regía, pero no parecía peligroso y, aún sin mucho sentido, tenía una conversación agradable. En eso el camarero se acercó a ellos, preguntando si el nuevo cliente deseaba algo.

-Agua, una botella grande de agua….y un café, con leche..a ver si así…- El camarero asintió y volvió a irse, el hombre buscó algo en sus bolsillos, y sacó un puñado arrugado de billetes verdes.

-Dólares!….Y yo por qué tengo dólares?…..aceptan dólares?….

-Le invito yo, no se preocupe…- Se ofreció Lois, el hombre le miró agradablemente sorpendido.

-Gracias,hombre….

-Yo soy Lois

-Yo me llamo, Haakon…

-Haakon?

-Sí, Haakon Liverssen….para servir a Dios y a usted…fíjate tú de qué me voy a acordar….qué dolor de cabeza….por favor- Y se apretó el puente de la nariz con los dedos.

-Noruego?

-Yo…de noruego sólo tengo eso….el nombre…herencias de mi padre…como el Atolón….

-Ya- El camarero trajo la botella de agua y el café, Haakon se sirvió un vaso grande y se lo bebió de una vez, casi acto seguido se sirvió un segundo e hizo lo mismo.

-Supongo que….tanto pensar seca…

-Ya

-Ahora tendrán que venir…

-Quién?

-Ellos

-Ellos quién?

-Esa gente que me dijo que vendría….

-Los del Atolón?- Haakon alzó la vista entonces hacia el cielo y parpadeó varias veces, Lois, sin querer también miró hacia el cielo.

-Qué?…No..hombre…los otros…la gente que quedó de venir a recogerme

-A recogerle…cómo?

-Ay, yo ya eso ya….ellos sabrán que tienen experiencia en estas lides….- Lois iba a decirle algo al respecto, cuando un coche aparcó ante ellos, y de él salieron dos hombres.

-Sr. Liverssen! Por fin damos con usted!- Exclamó uno de ellos haciendo un gesto de alivio con los brazos, Haakon se llevó una mano a la frente y cerró los ojos.

-Le dijimos que se quedase en la habitación….- Apuntó el segundo.

-Pero vamos a ver…..necesitaba sentir tierra bajo los pies….y volver en mi….a todo esto…dónde está mi barco?- Los dos hombres se miraron entre si, como buscando uno la explicación en el otro.

-Pues…suponemos que lo reflotarán…..

-Reflotar han dicho?- Haakon miró entonces a Lois, que había asistido a la conversación sin saber muy bien qué estaba pasando, y éste se encogió de hombros, Haakon se tapó el rostro con una mano y negó con la cabeza- Yo sólo quería dar una vuelta…..una vuelta…una….y te diré las que di….pues nada….qué dolor de cabeza….

-Todo bien, Sr. Liverssen?- Se apuró a preguntar uno de los hombres, Haakon se incorporó y cogió su bolsa de plástico, Lois le imitó-

-Y ahora qué?

-Tenemos que llevarle al hospital, para un chequeo…

-Ya…pues habrá que ir…- Y se volvió hacia Lois, ofreciéndole una cansada sonrisa.

-Muchas Gracias, Lois….y perdona el jaleo que te he dado….no tengo tarjetas, es lo que tienen los naufragios supongo…que el mar se lo lleva todo….barcos,gafas, tarjetas….pero mira…tienen ustedes un bolígrafo?- Uno de los hombres se lo ofreció solícito, y Haakon cogió una servilleta donde escribió una serie de datos, instando a Lois a hacer lo mismo.- Este soy yo, @haakonliverssen527 …he visto que estás en Instagram…..estaré encantado de seguirte…mi dirección y esas cosas- Y se rio cansado- ahora no podría seguir ni a mi sombra….en fin- Guardó la servilleta de Lois y le ofreció la mano, que Lois aceptó gustoso. Después, Haakon siguió a los dos hombres hasta el coche, que se alejó tras incorporarse al tráfico.

Lois volvió a sentarse y leyó lo que Haakon había escrito, su nombre completo, su dirección de Email y postal, y su Instagram. Sonrió. Y guardó la servilleta en la cartera para no perderla. Siempre había oído que las apariencias engañan, pero nunca se había visto ante un ejemplo tan claro. Una voz a su derecha le hizo volverse.

-Tendríaustéuneuro?- Preguntó un chico junto a él, ofreciéndole la palma de la mano, en vaqueros y camisa de cuadros, bambas rojas de cordones, casi sonriéndole. Lois abrió la cartera, y le dio una moneda de dos euros. El chico asintió y se lo agradeció, alejándose por la acera. Lois le siguió con la mirada. Nunca sabría cual era su historia. Acabó la cerveza y la tapa. Más tarde, consultó su cuenta. Tenía un nuevo seguidor. Todo un Cónsul General. De un Atolón. El 527.

Un hombre bueno

Azu no podía hablar. Estaba pálida y los ojos grises se le hundían en las cuencas, invadidas de ojeras. Su pelo castaño claro caía despeinado a ambos lados de su demacrado rostro, lo que provocaba pareciese la viva imagen del desamparo. A pesar del calor reinante, un chal de lana fina rodeaba su cuello, y, casi acurrucada en la silla en la que estaba sentada, se abrigaba con una bata de casa acolchada azul cielo. Ante ella había dispuesto una serie de cuartillas de papel y un bolígrafo, con el que jugaba haciéndolo rodar sobre éstas con el dedo índice de su mano izquierda.

-Y además tienes fiebre- Su prima Alicia ocupaba una silla frente a ella, de alguna manera se parecían, si bien el estado de Azu no daba lugar a comparaciones entre ellas, el ovalo de la cara era el mismo y compartían las mismas facciones finas. Alicia tenía el pelo trigueño, los ojos verdes y su tez algo pecosa brillaba saludable en comparación con la enfermiza palidez de su muda interlocutora. Alicia la miraba interpretando sus gestos, como quien intenta comunicarse con un sordomudo. Azu asintió lentamente con la cabeza a la afirmación que había hecho su prima, mientras escribía “39 1/2” con la zurda. Alicia enarcó una ceja- Ya, entonces…qué hacemos?

Te pones mi uniforme y te presentas allí”- Alicia leyó y la miró abriendo mucho los ojos- Pero van a  saber que no soy tú-Azu tragó saliba con suma dificultad- “ Los compañeros te cubrirán, el gefe no se va a dar cuenta….demasiado curro”- “Gefe” es con jota, Azu- Corrigió Alicia, Azu abrió la boca para protestar algo, pero sólo consiguió que su rostro se mudase en una mueca de dolor, corrige la la falta de todas formas- Ya, y qué tengo que hacer?- Azu se encogió levemente de hombros.- “El mini-bus sale de la Plaza del Ayuntamiento a las ocho, llegáis allí a las nueve menos pico, y hay que poner las bandejas y todo allí encima”- Alicia asintió en silencio y se apartó un mechón inexistente de cabello de delante del rostro- Allí dónde?- Azu buscó inspiración en la ventana- “En las mesas del bufé”- Alicia pareció entender entonces lo que quería decir- Y después?- Azu mordió el bolígrafo- “Tu estás allí de pié y miras el panorama”- Alicia sonrió-Y los cuartos te los dan después. O cómo?- Se lo preguntó haciendo el gesto de acariciar el dedo índice y el pulgar de la mano derecha, Azu guiñó un poco los ojos y afirmó con la cabeza- “Juancho coge el sobre por ti, ya lo hablamos”- Alicia se arregló innecesariamente la cola de caballo, en la que llevaba sujeta su abundante melena- Y va mucho pijo?-Bromeó, Azu hizo rolar los ojos y ensayó sin conseguirla una sonrisa- “Mucha pasta y mucha tontería”- Alicia se rio y le cogió el bolígrafo para escribir “Te doy un beso”, Azu hizo una mueca de dolor y sus manos se elevaron en un gesto desvaído que quería ordenarle que cesase la broma, lo que no impidió que Alicia soltase una carcajada.

El sábado, Alicia se levantó a las seis y media. Tras ducharse, aún envuelta en la toalla, se tomó un café con leche y dos tostadas con mantequilla y mermelada de fresas, había optado por hacerlo antes de vestirse el uniforme que le había dado su prima, para no mancharlo. Después se vistió el pantalón negro y la especie de casaca blanca de cuello mao, tuvo que buscar un cinturón para  ajustar el pantalón a su talla. El conjunto se completaba con una chapita con el nombre de su prima, sujeta con un imperdible sobre el bolsillo a la izquierda de la pechera de la casaca y una pañoleta azul con el emblema del catering en blanco, que debía de llevar anudada al cuello. Tras peinarse el pelo en una cola de caballo, se sujetó los mechones,que a veces se desprendían de los lados, con varias horquillas color cobre claro y se contempló un instante en el espejo del baño. Ensayó su mejor sonrisa varias veces, y alzó una ceja. Lista. Completó su atuendo con una gruesa chaqueta de lana azul, un bolsito mínimo de cuero marrón, y las deportivas blancas de su prima.

Cuando llegó a la todavía desierta plaza del Ayuntamiento, Juancho le hizo señas desde uno de los laterales. Un grupo heterogéneo de personas, todas vestidas con la misma indumentaria, se entretenían charlando entre si unas, fumando otras, mientras esperaban el microbus.

-Cualquiera diría que sois gemelas…Buenas- Saludó Juancho dándole dos besos, Alicia se encogió de hombros y se arrebujó un poco más en su chaqueta, si bien más tarde, con toda seguridad, haría mucho calor, a esas horas de la mañana una brisa traicionera y fría cruzaba la plaza de parte a parte.- Te explico: De aquí a la finca donde se celebra es una hora más o menos, allí tú no te separes de mi y déjame hablar si el jefe pregunta algo, va a estar tan liado que ni se va a enterar. Primero tenemos que poner las cosas sobre las mesas, esa es la parte divertida, te dan un plano y todo de cómo tiene que lucir, no hay pérdida. Después toca esperar a que llegue la gente, esta boda es de “bufé”, no hay que servir platos y toda la jarana, aquí ellos se lo guisan y ellos se lo comen, literalmente- Y le dio la risa, Alicia asintió y metió las manos dentro de los bolsillos de la chaqueta- Tú simplemente estás tras tu mesa y miras el panorama, sonríes, les aconsejas si te lo piden , pero normalmente pasan de ti. Mucha tontería, te aviso, pero tu sonríes y ya está…después de un rato se les va a dar por bailar y todo el rollo, y viene la barra libre. Pero de eso ya no nos encargamos nosotros, para eso vienen los otros que ya se quedan hasta que “el último que apague la luz” como quien dice..- Y volvió a darle la risa, Alicia sonrió levemente, Juancho tenía, a su modo de ver, un increíble buen humor a tan tempranas horas de la mañana.

Alasteir Parker-Wyatt y González de Robles se levantó a las ocho de la mañana. Un sábado. De todos los eventos a los que debía acudir, el que más le enervaba era las bodas de mañana los sábados. Los sábados estaban hechos para dormir hasta tarde, una frase que siempre había dicho su padre y que él había hecho suya, si bien no acostumbraba a madrugar nunca. Angelines ya le había dispuesto el desayuno en la antesala de su dormitorio, en la mesa junto a la ventana. Café con leche, cuatro tostadas, un huevo duro y seis tiras de bacon, además de mantequilla y mermelada de fresa. Cogió la taza sin sentarse, y , descorriendo la cortina, miró hacia el exterior. El cielo estaba impecablemente azul, sin atisbo de nube alguna. Sin necesidad de abrir la ventana, sabía que a esas horas aún había brisa fresca, que después desaparecería, para dar paso al calor sofocante. Suspiró y bebió un trago del café. Tras dar buena cuenta del desayuno, se dirigió al baño. Para la ocasión, Amadora le había preparado un traje azul oscuro con chaleco un tono más claro y camisa a juego, la corbata de seda, con finas vetas azules y lilas, completaba el conjunto, los zapatos eran nuevos, negros y de cordones, los gemelos de plata, en forma de elefante. Los últimos que había añadido a su colección, que ya ocupaba tres gavetas de su vestidor. Pensó que tendría que guardarlos de otra forma. Pero aquel no era el momento. En realidad nunca lo era. Y en cuanto abandonó el vestidor, ya lo había borrado de su mente.

Bajó las escaleras, y al llegar al segundo piso se dirigió a un salón, ya inundado de sol que entraba por cuatro grandes ventanales del suelo al techo. Una mujer de larga melena negra, vestida con un vaporoso kimono de seda con motivos florales, estaba de pie ante uno de los ventanales.

-Aún estás a tiempo de venir, Ebra- Anotó él acercándose a una de las cómodas, la mujer se volvió a medias, para volver a mirar hacia el exterior, sin contestar- Como quieras, no creo que vuelva muy tarde- Informó él cogiendo una pitillera de plata de uno de los cajones, luego se dispuso a irse.

-Teir…la camisa va a juego con tus ojos- La voz de ella cruzó el salón casi como una queja, más que una afirmación, él sonrió a medias y abandonó la estancia.

En la iglesia ocupó uno de los últimos bancos. Así podría salir a fumar sin molestar a nadie,si se hacía muy larga, y, cuando todo acabase, se ahorraba tener que tirar arroz o pétalos, o lo que se les hubiera ocurrido tirar al nuevo matrimonio, y llegaba antes al coche. Condujo sin prisa hasta la finca en la que iba a tener lugar la celebración, la familia tenía cuatro hijas, esta era la última que les quedaba por casar, todas las bodas anteriores habían sido celebradas en el mismo lugar. Para él no había ya lugar para las sorpresas. Un aparcacoches le libró de tener que buscar aparcamiento para su Bentley, antes de despedirse le informó que lo aparcaría en la zona verde y le entregó una ficha, él asintió sin prestarle demasiada atención y se dirigió al portón de entrada.

Alicia, desde su posición tras la mesa del buffet, en el segmento de panecillos y cremas para untar, había ya llegado a la conclusión de que todas las mujeres asistentes debían de haberse puesto en contacto previamente a la boda, para no llevar el mismo vestido cocktail. No había una igual a otra. Y luego estaban los zapatos. Los había de todas formas y tamaños, pero todos con, al menos,diez centímetros de tacón. Ella era más de zapato bajo, y por ahora las deportivas les estaban siendo cómodas, aunque ya comenzaba a acusar las horas de pie. Juancho se acercaba de vez en cuando, todavía envuelto en buen humor, y le daba un poco de conversación, pero ella no tenía ganas de romperse la cabeza con nada en aquel momento, bastante tenía con mantener la sonrisa perennemente colgada de sus labios.

-Sabes si este queso tiene lactosa?- La pregunta de una mujer ante ella, la sacó de sus pensamientos, si le hubiera preguntado por la deuda externa de algún país lejano quizás hubiera tenido más idea, se disponía a decirle algo, cuando otra mujer se acercó a la de la lactosa, dando grititos medio histéricos.

-Ven, Ven, tía! Que ya llegó el Dj….está como un queso tía!- Y agarrándola de un brazo se la llevó de allí, Alicia levantó una ceja y miró hacia el fondo del pabellón de carpa, donde parecía estar montándose un alboroto por la llegada de alguien, pero no supo a averiguar quién.

-Ahora van a empezar el bailongo, ya podemos ir recogiendo velas- Juancho se acercó a ella frotándose las manos, ella le imitó y le siguió hacia la salida de la carpa.

Teir observaba a las dos mujeres desde lejos, llevaban un rato queriendo captar su atención. Una movió la melena y se arregló el cinturón del vestido de cocktail, la otra enderezó los hombros y ensayó una sonrisa equívoca, que él interpretó sin tomar en cuenta. Se preguntó si cambiarían alguna vez de estrategia, o si cejarían en su empeño de tratar de sacarle de su obstracismo hacia ellas.

-Hola moreno- Saludó zalamera la más alta, y, adelantándose a darle dos besos, apoyó sus manos en los antebrazos de él, rozándole las mejillas. Él se anticipó a la otra y la besó en el aire. Ellas miran a su alrededor, distraidamente, como para asegurar su territorio. Él sacó un pitillo de la pitillera, les ofreció, la una aceptó gustosa, la otra lo quiere dejar. Llevaban demasiado perfume y él no entiende cómo pueden conservar el maquillaje con el calor reinante- No se te ve por el club- Anotó la menuda, sus ojos le escrutan sin querer perder un detalle de sus gestos, él expulsó el humo hacia un lado y eligió una excusa de su lista.

-Muy ocupado últimamente, ya sabéis, aquí y allá- Explicó moviendo el cigarrillo en el aire, mientras buscaba a alguien hacia donde huir, hubo sin embargo de rendirse a su destino, y les ofreció una sonrisa casi amable, pero sólo casi, tampoco había que exagerar.

-Ebra no ha venido- Se lo afirman, pero se lo preguntan, a pesar de que su ausencia era obvia, como siempre. Él negó con la cabeza, y tomó una calada, pero no les explicó nada. No hay razón. Se hizo un silencio entonces, en el que los tres miraron hacia algún lado.- Te vas a pasar por Madrid?- Avanzó la alta, tendiendo un puente. Él se encogió levemente de hombros, a veces se pasa por Madrid, pero no piensa desvelarles cuándo.

-De vez en cuando, tú también?- Ella se retocó la flor que llevaba junto a la oreja, dejando ver sus desmesurados pendientes, le sonrió de nuevo equivocamente y le arregló la pechera, de por si impecable, él quiso apartarse, pero optó por tomar una calada y expulsar el humo hacia arriba.

-Creo que aún tienes mi teléfono, no?- Él asintió, y saludó a alguien invisible en la distancia. Se disculpó.

-Ya nos vemos entonces- Y se alejó hacia la zona del bar, aún sintiendo sus miradas a su espalda. La voz de su primo Teo le sacó del hilo de sus pensamientos, encaminados a abandonar ya la fiesta.

-Impresentable- Le insultó plantándose delante de él, como el Capitán América o cualquier superhéroe capaz de aparecer de pronto ante una persona como por arte de mágia. Él casi se asustó. Pero se alegró de verle. Siempre se alegra de verle, aunque no se lo demuestre.

-Tratante de mulas- Le responde, Teo arqueó una de sus cejas tras sus gafas de concha, y fingió un gesto de contricción, para luego quitarle el pitillo y robarle una calada, se lo devolvió mirando a su alrededor, como cuando eran chicos- Elvira está dentro, quieres uno?- E hizo ademán de ofrecerle la pitillera. Teo negó con las manos mirando hacia la carpa, y Teir sonrió para si. Teo es asmático, y tiene facultativamente prohibido fumar, ni por activa ni por pasiva. Su mujer, Elvira, le vigilaba como un cancerbero. Como antes había hecho su madre. Pero Teo siempre le robaba caladas a su primo, sabiéndole su aliado en todas las batallas.

-Vamos a traer dos yeguas de allá,tienes que venir a verlas- Le anunció, señalándole con el dedo índice de la mano derecha. Si había algo que irritara a Alasteir Parker- Wyatt era que le dijesen lo que tenía que hacer. Le daba la impresión de ser tratado como un niño pequeño. Miró a su primo un instante, y optó por alejarse de él sin decir nada, no tenía ganas de discutir. Teo le siguió pertinaz, como siempre, como de chicos- El jueves a las tres, te paso a buscar- Dio por sentado siguiéndole el paso, Teir se paró y quiso decirle algo, pero Teo dio una palmada y sonrió triunfante, sólo que Teir no sabía qué premio acababa de entregar- Dos y cuarto entonces….las Hernández- Prieto están por ti….qué envidia….y si te vas espérame que yo también me voy, caballero sin espada….- E hizo un gesto marcial de su mano contra su frente, para luego darle una palmada en el hombro y alejarse acomodándose la chaqueta del traje. Teir le siguió un momento con la mirada. Definitivamente se quería ir.

Eran ocho. Arturo, uno de los organizadores de la boda, les había indicado que debían esperar el microbus de regreso al pueblo en uno de los laterales de la finca, junto al muro. Llevaban allí ya cerca de una hora, la tarde había empezado ya a caer, y no todavía no había rastro del microbus. Juancho había intentado localizar a Alfredo, el encargado de la empresa de catering y su jefe, pero al parecer estaba fuera de cobertura.

-Sin cobertura le iba a dejar yo….

-Me parece rarísimo, normalmente esto no pasa….

-Dale otro toque a ver….

-A lo mejor por Instagram…

-Me matan los pies, la próxima vez me muevo un poco más…

-Es que no tengo red…

-Qué red…

-Y mañana el bautizo, no, si voy sobrao este fin de semana…

-Vamos a esperar- Alicia había optado por sentarse en una piedra que sobresalía del muro, y asistía a la conversación sin tomar parte, desde algún lugar llegó el eco de música y los gritos de los invitados.

-El que pincha…es verdad que es Dj Jones?

-Dj Jones?….pero cuánto dinero tiene esta gente?- Antes de que nadie pudiese contestar, vieron acercarse a Alfredo. Venía corriendo, y parecía muy contrariado.

-Gente! Los del autobús…los del autobús han llamado, que ni para delante ni pa trás….que no arranca!…- El desánimo se abrió paso entre el pequeño grupo, ya que eso suponía que tendrían que llamar taxis, y aunque Alfredo les prometió que les devolvería el dinero después, no todos estaban conformes. Estando en medio de la discusión, sobre quién llamaba al taxi, y cuánto dinero ponía quién, un Bentley Bentayga negro con lunas tintadas y un Range Rover azul de alta gama se detuvieron junto a ellos. Y se hizo el silencio. El primero de ellos bajó la ventanilla del copiloto.

-Me han comentado algo de un autobús estropeado, son ustedes los afectados?- Preguntó una voz de hombre desde el interior, ninguno de ellos pudo distinguir de quién se trataba, la luz del día comenzaba ya a bajar y el hombre sólo era una sombra al volante, Alfredo se asomó a la ventanilla para explicarle la situación, tras lo cual los seguros de las puertas se abrieron automáticamente. De segundo coche salió otro hombre, en mangas de camisa y si corbata, que se acercó al primero. Tras una corta conversación, rodeó el vehículo y se acercó al grupo, era un hombre de mediana edad, con el pelo negro muy corto y gafas de concha.

-Yo puedo llevar a cuatro de ustedes en mi automóvil, en este pueden ir los otros cuatro…y el problema estaría solucionado- Explicó señalándoles el Range Rover, todos estuvieron de acuerdo, y decidieron entre ellos quién irían con quién, al tiempo que Alfredo se deshacía en agradecimientos.

A Alicia le tocó ir en el asiento del copiloto del primer coche, detrás se sentaron dos compañeros más y Juancho, quien al entrar no pudo evitar soltar un silvido al descubrir el lujoso y amplio interior.

-Muchas Gracias, Señor, nos ha sacado usted de un gran problema- Agradeció uno de los chicos, al tiempo que se ajustaba el cinturón de seguridad, el conductor del coche le miró fugazmente por el espejo retrovisor.

-Encantado de poder ayudar- Contestó sin darle mayor importancia, Alicia se quitó la pañoleta, y se ajustó también el cinturón.

-El asiento, bien?- Le preguntó el hombre antes de arrancar, ella le miró y sonrió levemente como respuesta, el le correspondió y se incorporó después a la carretera.

El trayecto transcurrió en silencio, sólo roto en algún momento por la radio, que el conductor del coche encendía de vez en cuando para escuchar la situación del tráfico. Poco antes de abandonar la autovía para dirigirse a la carretera de acceso al pueblo, se interesó por los respectivos domicilios, si bien le ofrecieron que les dejase en la plaza del Ayuntamiento, él insistió en llevarles, ya que, según su opinión, un favor se hace completo o no se hace. A lo cual, hubieron de darle la razón.

El primero en bajar fue Juancho, los otros dos se bajaron juntos, ya que eran vecinos. Alicia se quedó sola entonces, por un momento pensó en bajarse ella también, pero después lo pensó mejor. Para una vez que alguien la acercaba en un coche como ese a algún sitio, tenía que aprovecharla.

– Esta señorita nos dirá la ruta…si quiere…veamos- Indicó el hombre al volante al tiempo que deslizaba sus dedos por la pantalla del navegador- Camino del Río 54?- Alicia asintió afirmativamente y él pulsó un último botón- Allá vamos pues…- Y la voz femenina del navegador dio la primera instrucción- Trabajas desde hace mucho es esto del catering?- Preguntó él, Alicia se decidió a mirarle por fin, le recordaba a alguien, pero no sabía a quién, tenía el pelo castaño oscuro y los ojos claros, y una expresión seria, le pareció que casi triste, pero lo achacó al cansancio propio de todo aquel que acaba de asistir a una boda.

-Yo no trabajo en esto, sustituí a mi prima Azu, que está enferma, esta es mi primera boda en mucho tiempo…

-Pues yo tengo invitaciones a bodas cada fin de semana hasta octubre, hay uno en que incluso tengo dos, además de bautizos,cumpleaños, pedidas de mano…juntas de accionistas…

-Juntas de accionistas?- Y casi le dio la risa, él también sonrió a medias y la miró fugazmente.

-Son insufribles….en serio….de una boda te escabulles mejor- Y a ella le dio la risa, él se decidió a sonreir.- Yo me llamo Teir…bueno, Alasteir…pero nadie me llama así nunca, y tú?.

-Alicia, Alicia Gómez Reino..

-Alicia Gómez Reino….bonito nombre

-Gracias..

-No hay de qué, las cosas como son…- E hizo un gesto explicativo con su mano derecha, fingiendo seriedad, y ella rio otra vez, nunca le habían dicho tal cosa. La voz de mujer del navegador indicó que faltaban cincuenta metros para llegar a destino. Ya habían casi abandonado el pueblo, y se adentraban en unas calles de casas bajas y aceras casi inexistentes, carentes de alumbrado publico y con tramos sin asfaltar,

-Aquí es

-Espera que doy las largas, para que veas algo más…

-Gracias, y que te sea leve con tus juntas…- Él sonrió y meneó negativamente la cabeza, como dándolo por imposible, ella volvió a reir y salió del coche. Él esperó a verla desaparecer tras la puerta de una de las casas bajas y se alejó calle abajo.

El martes Teir se despertó a las nueve. Amadora descorrió las cortinas del cuarto y abrió las ventanas de par en par, su método particular para despertarle desde que era niño, no contenta con eso le retiró las mantas de la cama y las arrojó al suelo.

-El almuerzo ya está , niño, ducha y puerta, que tienes muchas cosas que hacer- Sentenció , Teir protestó algo ininteligible desde debajo de la almohada bajo la que había escondido la cabeza- Y no me hables en inglés, que sabes que no te entiendo- y desapareció en el baño, donde abrió el agua de la ducha.

Bajó las escaleras, recién duchado ,vestido,desayunado y no de muy buen humor, media hora después. En el segundo piso, le salió al paso Ebra, peinándose su larga melena con un cepillo, descalza y envuelta en una bata de seda azul que tenía como motivo mariposas verdes.

-Buenos Días…te has caido de la cama?- Preguntó irónica clavando en él su intensa mirada verde, él le quiso dirigir una mirada a la altura, pero, incapaz, negó con la cabeza y soltó un buche de aire, mientras continuaba bajando las escaleras.

-Cálzate, Ebra…te vas a enfriar…

-Andar descalzo es bueno…no sé para qué…pero es bueno…lo leí en el Telva!…- Le aclaró ella a través del hueco de la escalera, sin dejar de peinarse sus largos mechones.

-Niña, no grites, que no es de recibo…- Acarició la voz de Amadora ya junto a ella, Ebra, se volvió y ladeó la cabeza, pero permaneció en silencio- Ven, que te hago la trenza, que ya pareces El Último Mohicano…

-Daniel Day Lewis y Madeleine Stowe…una película preciosa..

-Ya, tú ven- Y ,del brazo, bajaron juntas las escaleras.

Teir, entretanto, ya estaba en el garaje, a punto de salir con el coche. Tenía que ir a la capital a una junta de accionistas y a la comida posterior, maldecía para si mientras acomodaba un portadocumentos sobre el asiento del copiloto, cuando algo llamó su atención en el suelo. Era una pañoleta azul, con un monograma en blanco, por un momento no supo cómo podía haber llegado aquello a su coche. Entonces se acordó de Alicia. Se le tenía que haber caído cuando la había llevado a casa. Dobló la pañoleta y la colocó sobre el portadocumentos. Luego se mesó el cabello aún húmedo.

-Alicia Gómez Reino- Musitó para si. Sin saber por qué sonrió. Accionó el contacto y acarició la pantalla del navegador con un dedo, para acceder a la dirección.- Alicia Gómez Reino.

-Comprar un lavavajillas sería una estupenda idea- Paco González Reino, primo de Alicia y hermano de Azu, estaba sentado a la mesa de la cocina tomando un café solo, de pie junto a las alacenas,su compadre Moisés, que pasaba más tiempo en aquella casa que en la suya propia,le miró sin dar crédito.

-Y quién lo agencia? Tú?- Preguntó irónico, al tiempo que liaba un cigarrillo, tenía el pelo pelirrojo, muy rizo, y los bucles le caían por delante del rostro. Paco se encogió de hombros y tomó otro sorbo de café, luego guiñó levemente sus ojos azules y alzó las cejas.

-A lo mejor..de segunda mano- Ideó, Moisés meneó negativamente la cabeza y ligó el papel del cigarrillo con la lengua.

-Siempre salen malos…por algo las gente los da- Paco hubo de darle la razón y meneó la cabeza, aún tratando de encontrar una solución.

Entonces sonó el timbre de la puerta, ambos se miraron, y Moisés se escabulló hacia las habitaciones de atrás. Todos los conocidos de la gente de la casa sabían que la puerta estaba siempre abierta, ya que la cerradura estaba estropeada. Todo aquel que llamaba al timbre significaba algún problema. Paco se incorporó entonces cuan largo era y se dispuso a enfrentar el problema, fuese cual fuese, con la taza de café en la mano.

-Buenos Días, qué se le ofrece?- Saludó al ver a Teir, quien en ese momento daba al seguro de su coche con el mando a distancia, al haberse dado cuenta, poco a poco, de a dónde había ido a parar. Luego se volvió,todavía un tanto confundido, hacia Paco,.

-Buenos Días, mi nombre es Teir Parker…y…- Comenzó, sin saber muy bien cómo continuar, con la pañoleta en una mano y las llaves del coche en la otra. Paco tomó un sorbo de su café y asintió con la cabeza.

-Supongo que usted viene de parte del casero, por lo de la parte de atrás- Supuso Paco, dándole paso, Teir carraspeó y casi sin atreverse entró en el reducido y oscuro recibidor, presidido por un enorme cuadro de un ciervo que saltaba una valla, Paco, al notar la expresión de Teir al verlo, lo señaló con un vago gesto de la mano.

-Este no es nuestro, ya estaba aquí- Explicó, Teir parpadeó varias veces y volvió a carraspear, sin saber qué comentar al respecto, Paco le indicó que le siguiese al interior.

-No…yo, en realidad,venía…- Comenzó otra vez Teir, que tropezó entonces con dos pares de botas de goma de caña alta, Paco levantó las cejas contrariado.

-Son las botas de Berta, de cuando iba a las salinas, quedó de venir a buscarlas y ahí siguen…si le interesan…- Ofreció señalándolas, Teir declinó el ofrecimiento amablemente y Paco le dejó entrar primero en la cocina.- He hecho café, no está mal, creo que es etíope, o algo así, quiere una taza?- Ofreció cogiendo ya la cafetera italiana, Teir pensó que, otro café no le iría mal si después quería aguantar despierto una eterna junta de accionistas, así que aceptó la invitación gustoso- Siéntese por ahí, esa azul cojea mucho, el resto van- Invitó señalándole las sillas que rodeaban la mesa de la cocina, Teir optó por quedarse de pie, había tenido que agacharse para pasar por debajo del dintel de la puerta, al igual que Paco, y la estancia era tan reducida, y tan llena de cosas, que no salía de su asombro de todo lo que aquella cocina contenía en tan poco espacio.- Lo quiere solo?- Teir asintió con la cabeza, mientras observaba las alacenas, llegando a la conclusión de que en realidad no eran alacenas de cocina, sino pequeñas mesillas de noche de madera, bien cuadradas unas contra otras- Es usted del Ayuntamiento?- Preguntó Paco, tratando de localizar a Teir en alguno de los problemas que podían llamar a la puerta, Teir guardó las llaves del coche en el bolsillo de su americana y le agradeció la taza de café humeante.

-No, yo he venido a devolver algo a su propietaria- Explicó al fin, tomando un sorbo, tuvo que admitir que estaba realmente bueno.

-Su propietaria?….créame, ninguno de nosotros posee nada en especial, está seguro de que no se ha confundido de calle?- Preguntó irónico Paco volviéndose a sentar en la silla de antes, Teir se estaba preguntando lo mismo, pero su sistema de navegación era el más caro del mercado, no había lugar a dudas. Iba a explicarle el motivo de su visita, cuando escucharon abrirse la puerta de la calle. La persona que entró también tropezó con las botas de Berta.

-Pero bueno! Estas botas un día desaparecen…- Casi maldijo la voz de Alicia, quien apareció después en la puerta de la cocina, su cola de caballo casi deshecha, con una blusa verde agua y vaqueros gastados, su mínimo bolso de cuero en bandolera, parecía tener un largo camino tras si, habida cuenta de su expresión de cansancio. Sus ojos no pudieron abrirse más de sorpresa al descubrir a Teir en la cocina, éste sonrió al verla.

-Et voilá- Dijo señalándosela a Paco con la taza, Paco guiñó levemente los ojos y bebió un sorbo de café, tratando de entender lo que estaba pasando, Alicia no salía de su asombro y miró a Paco buscando una explicación, éste optó por alzar las cejas y mantenerse al margen- Yo soy Teir, el que te trajo la otra noche, y tú eres Alicia Gómez Reino- Y se adelantó a darle dos besos, que ella correspondió con una atónita sonrisa, Paco se acomodó en su asiento, como quien se dispone a ver por fin el final de una película de suspense. Teir le mostró a Alicia la pañoleta y ella dio una palmada al reconocerla.

-Concho!Pensé que la había perdido!, muchas gracias!- Agradeció tomándola de sus manos, Teir no pudo evitar reir, y cayó en la cuenta de que hacía mucho tiempo que no lo hacía.

-Perdona el retraso…la descubrí hoy- Se disculpó, ella hizo un gesto con su mano, quitándole importancia.

-Está bueno el café? Creo que hay galletas en alguna parte- Indicó ella tratando de corresponder de alguna manera, Paco le señalo una de las alacenas y ella sacó de ella un paquete empezado de galletas de nata, Teir observaba sus movimientos en silencio, incapaz de desterrar la sonrisa.- Por favor, siéntate, la azul cojea…- Invitó liberando un poco la pequeña mesa, Teir se sentó entonces junto a Paco, quien seguía intentando encontrar el posible universo paralelo en el que aquellos dos podían haber coincidido, Alicia colocó las galletas en un plato y lo puso sobre la mesa, luego se volvió para preparar otra cafetera.

-Pues qué bien…- Acertó a decir, poniéndola sobre el fuego. – Y cómo diste con esto otra vez?

-Mi navy, este fue el último destino- Explicó Teir, Paco le miró y parpadeó lento, para luego concentrarse otra vez en su café- Desde entonces no volví a coger el coche…pero hoy tengo una cita en la capital…y por eso…

-Con el médico?

-No, junta de accionistas, nada de particular- Paco y Alicia le miraron en silencio, cada uno sacando sus própias conclusiones, hasta que la cafetera anunció que el café ya estaba listo.

-De quién va a ser el coche sino? Es del Gumer fijo…

-Pues ha debido robar un banco, o dos, o algo así…porque el que tenía era un corsa, y viejo….

-O eso o algo del Moisés….

-Y viene a buscarle el ministro de justicia en persona….pues ya le vale….

-Ay!…estas botas…si veo a la Berta se las tiro, así, ves? Tras!

-Quién abrió ya el café etíope? Que lo tenía para…- Azu y su madre Camelia se quedaron clavadas en el umbral de la puerta de la cocina. Camelia cogió de la mano a su hija y se llevó la mano al pecho, al ver a Teir sentado en su cocina, quien se incorporó automáticamente al verlas.

-Teir Parker…mi tía Camelia y mi prima Azu..- Presentó Alicia, Teir les ofreció la mano y ellas se la estrecharon, sin todavía poder articular palabra.

-Nada me gustaría más que quedarme, pero me tengo que ir, muchas gracias por el café….etíope dijísteis?, realmente riquísimo- Comentó Teir, el grupo murmuró algo indistinto y Alicia se dispuso a acompañarle a la puerta.

-Gracias otra vez..- Musitó ya en la calle, sin saber qué hacer con las manos, Teir sacó las llaves del coche de la americana y abrió el seguro sin volverse.

-Gracias por el café y las galletas….dónde las comprásteis?- Se interesó, de repente sus ganas de asistir a la junta de accionistas eran mínimas, si por el fuera se quedaría toda la mañana allí tomando café y comiendo galletas de nata, se mesó el cabello para intentar apartar la idea, sin conseguirlo del todo.

-En el super, 1,20 € un pack de tres- Y por un instante se quedaron en silencio, ella se apartó un mechón inexistente de delante del rostro, y él hizo amago de ir hacia el coche.

-Pues nada, hasta luego- Se despidió él yendo hacia el coche como quien aún quiere decir algo, pero no sabe qué.

-Cuidado en la carretera…- Anotó ella, él se volvió y sonrió.

-Lo tendré, gracias Alicia- Y metiéndose en el coche, tras arrancar se marchó calle abajo, no sin antes dar un golpe de claxon como despedida.

Alicia volvió a entrar en la casa, y se encontró a toda su familia, incluido Moisés, reunida en la cocina. A su entrada, su tía volvió a cogerle la mano a Azu y se llevó la mano al pecho.

-Pero niña…tú qué hiciste?

Ginebra Parker-Wyatt y González de Robles entró midiendo sus pasos en el salón de la planta baja. Éste se extendía en tres amplias estancias acristaladas, que se abrían a una de las terrazas, protegida del sol por toldos de lino ocre. Las tres estancias estaban decoradas en tonos y estilos combinados, que iban del marrón al beij claro, traducidos en sofás, sillones, butacas ,sillas y mesas bajas, que se repartían con mano maestra, de forma que al entrar daba la impresión de atravesar un paisaje de dunas. Teir estaba sentado en un butacón al fondo, en la zona marrón, junto a la ventana. No la había visto entrar, así que se sorprendió un poco al oir su voz.

-Alasteir?- Preguntó, sólo le llamaba así cuando le quería pedir una favor grande, Teir le respondió con un sonido ininteligible sin levantar sus ojos de los papeles que le ocupaban- Tienes algo que hacer hoy?- Teir la miró entonces, estaba impecablemente vestida con un traje pantalón de lino azul y deportivas del mismo color. Amadora le había peinado una trenza que le alcanzaba la media espalda. Teir le mostró los papeles que tenía en la mano.

-Estoy muy ocupado, Ebra, no lo ves?- Dijo queriendo resultar convincente, sin conseguirlo. Ebra se sentó frente a él en un reposapiés y permaneció en silencio sin apartar sus enormes ojos verdes de él. Teir parapadeó varias veces y miró hacia la ventana, suspiró, no tenía uno de sus mejores días, y lo último que necesitaba era una discusión con su hermana, que, igual cómo, no llevaría a ninguna parte.- Qué quieres, Ginebra María del Perpétuo Socorro?- Claudicó, dejando los papeles a un lado, Ebra pareció alegrarse de ser por fin centro de su atención.

-Tengo cita en el fisio, y necesito que me lleves- Explicó arreglándose un poco la blusa.

-Aún mantenemos a Paulo, que te lleve él….

-Pero es que hoy quiero que me lleves tú.- Teir miró al techo buscando paciencia y se incorporó, ella le imitó y le arregló el cuello de la camisa, para después acariciarle la cara. Teir sonrió a medias y se alejó entonces hacia una de las puertas, atravesando la zona beij.

-Diez minutos- Le oyó decir antes de que abandonara el salón. Ebra se colocó mejor tres cadenitas que llevaba al cuello y ensayó algo parecido a una sonrisa. Luego volvió a sentarse en el reposapiés a esperar.

La carretera discurría entre los olivares, se extendían hasta donde alcanzaba la vista,rudos, y en perfectas hileras. “Qué vamos a hacer con esto”, la voz de Ebra rompió el silencio en el coche, y, por un instante, él,no supo a qué se refería, ni se molestó en mirar, quiere responderle que mandará talarlos ,donará la madera para leña y aplanará los terrernos con bulldozers. Pero guardó silencio. Se limitó a encogerse de hombros y poner la radio. No tenía un buen día. Ella tampoco.

La dejó delante de la puerta de la consulta del fisioterapeuta, antes de salir del coche ella le dice que pase a recogerla en dos horas, el trato era llevar nada de recoger, pero ella se alejó antes de que pudiera protestar. No le compensaba volver a la casa, así que decidió acercarse a la tienda donde tenían la lista de boda los Remirez- de las Cuevas, tenían plazas de aparcamiento para clientes y se ahorraba dar vueltas. Titina le recibió como si no le hubiera visto en años, si bien había visitado la tienda hacia dos semanas por el mismo motivo, pero para otra boda.

-Tienen unos candiles preciosos y muy bien de precio- Él se preguntó para qué necesitaría nadie un candil, pero asintió y la siguió por la tienda sin mirar los muebles y todo tipo de objetos decorativos que casi la abarrotan, por encima del hilo musical hizo su aparición el ruido de una aspiradora, Titina se disculpó- Perdona, pero es que prefiero estar yo cuando vienen a limpiar, la anterior no paraba de romperme cosas y no era plan- se arregló un poco el pelo, ya de por si arreglado, y le sonrió, el intentó localizar la aspiradora, pero los muebles se lo impidieron- Este buzón es ideal- Es una caja rectangular de madera azul con tapa en su parte superior y la palabra Post labrada en rojo , el la examinó escéptico,Titina lo volvió a poner donde estaba y continuó su periplo por la tienda explicandole cosas. Y allí estaba la aspiradora. En la zona de aparadores y cómodas, aspirando con cuidado entre dos mesitas de te. La chica estaba de espaldas, el pelo trigueño en una cola de caballo, pantalones vaqueros y camiseta azul, no notó su presencia, estaba a lo suyo. Titina quiso explicarle algo, pero el ruido lo hace imposible y se acercó enervada a la chica- Alicia, Alicia!..por Dios!, tengo una lista, haz el favor de pasar el plumero por la porcelana anda-casi le rogó acariciandose una sien, como si el ruido le fuese a provocar dolor de cabeza, la chica asintió y se volvió. Entonces Teir la reconoció. Alicia Gómez Reino.

-Hey, tú aqui?-Se descubre a si mismo preguntándoselo al tiempo que se acerca, Alicia le miró y sonrió, hace un gesto explicativo con las manos- Trabajo aqui-y extendió sus brazos a los lados como quien abre un cortinaje, Titina les miraba a ambos sin saber en qué contexto aunarlos. Por un momento se quedan los tres en silencio. Titina rio un tanto forzada dando una especie de palmada y le tomó del brazo- Ven, los mosaicos están aqui detrás- Teir se soltó con delicadeza – Creí que trabajabas en catering- Alicia negó con la cabeza al tiempo que recogía el cable de la aspiradora- Sustituí a mi prima, estaba pachucha, lo mio es esto…-explica señalando la aspiradora con un gesto con los ojos. Los tiene verdes. Teir asintió y notó la ligera crispación de Titina- Creo que me llevaré un jarrón- concedió, Titina levanta las cejas y esconde un mechón de pelo tras una oreja- Ahora te busco algo- Y se aleja tras mirar de forma sesgada a Alicia quien seguía en su labor de recoger el cable. Él iba a comentarle algo, pero Titina apareció ante él con un pesado candelabro con infinidad de brazos.

-Estos candelabros de plata de ocho brazos, por ejemplo, con peana de marmol rosa- Y se lo entregó para que pudiera apreciar a qué se refería- Quinientos la pieza, nada mal.- Alicia, a la espalda de Titina, miró entonces a Teir abriendo mucho los ojos, queriendo así desaconsejarle semejante compra, y le señaló disimuladamente, haciendo como que pasaba un paño, una caja-joyero de madera rojiza y brillante, que, como único adorno tenía una bonita cerradura de plata con una llave de la que colgaba un bordón dorado.Teir entendió lo que quería decirle y dejó el candelabro a un lado.

-Muy bonito, pero…quizás esta caja- Decidió cogiéndola de encima de la mesa, Titina arqueó una ceja y se colocó bien las pulseras.

-Como quieras…no es mucho…

-Lo importante es el gesto, no?…pues ya está…- Terminó Teir entregándosela, Titina maquilló una leve sonrisa y se alejó con la caja. Teir aprovechó para acercarse a Alicia.

-Muchas gracias….al final siempre acabo comprando jarrones- Admitió casi disculpándose, ella sonrió y se apartó un mechón invisible de delante del rostro, guardándolo tras una oreja..

-“Una caja así viste una mesa”, no es mía, lo leí en algún sitio- Delató sin apenas alzar la voz y pendiente del posible regreso de Titina, él también miró en la dirección por la que se había alejado.

-Para la próxima encomienda, te pido consejo- Anunció, ella rio y se tapó la boca para no llamar la atención, él asintió fingiendo seriedad- En serio, no se hable más- En eso regresó Titina, con una tarjeta para adjuntar al regalo. Alicia hizo como que recogía el cable de la aspiradora.

-Alicia, arriba habría que deshacer cajas, Carmen ya está en ello….si pudieses ayudarla- Comentó Titina, sin dedicarle siquiera una mirada, Alicia contestó que sin problema, y se alejó con la aspiradora en la mano. Teir la siguió con la mirada, e iba a decirle algo, pero Titina reclamó su atención.- He de insistirte en que es poco….pero tú verás.

Él cogió el bolígrafo que le ofrecía, y, apoyando la tarjeta sobre una cómoda, escribió la frase que siempre rezaba en sus tarjetas de regalo. “Os desean lo mejor, Teir y Ebra Parker-Wyatt G.d.R.”

-Buenas tardes, Beautiful, te puedo acercar a algún sitio?

Alicia soltó una especie de chillido y se apartó automáticamente de un salto del borde de la acera por la que caminaba hacia casa, cuando alzó la vista y descubrió a Teir al volante del coche del que provenía la voz, no pudo sino reirse. Él abrió la puerta del copiloto para dejarla entrar.

-Si me dices que me estás siguiendo, me bajo y llamo a la Guardia Civil… -Anunció ella antes de ponerse el cinturón, él sonrió y dudó un instante.

-Yo sólo pasaba por aquí….- Argumentó levántando las manos abiertas en el aire, como muestra de su inocencia, ella le miró y arqueó una ceja, para después concederle también una sonrisa y apartarse una mechón invisible de delante del rostro.

-Tengo otra encomienda..

-Qué raro!

-Una comunión, gemelos..

-Niños o Niñas?

-Niñas…

-Si les compras dos casas de la Barbie, le da un disgusto a la madre..- Él rio y le señaló la guantera.

-En la guantera está la lista…

-Ah! Hasta tienen lista…acabáramos!- Y ella hizo un falso gesto de sorpresa, antes de abrir la guantera, él negó con la cabeza y le volvió a dar la risa. Había olvidado dónde la había guardado, y ahora la volvía a encontrar. Alicia Gómez Reino, pensó.- “Estancia de dos semanas de campamento en Irlanda..”, “Dos juegos completos de desayuno de Villeroy & Boch”….parece la lista de regalos de los premios Nescafé….

-Tal cual…

-Pues casi me inclino por las casas de las Barbies, fíjate…

-Pues sea….y eso dónde se compra?

-En Sánchez Juguetes, tú dale que yo te guío…- Él volvió a reir, y se incorporó a la carretera.

Comenzó entonces una colaboración eficaz y bien orquestada. Las celebraciones a las que Teir estaba invitado y para las que necesitaba regalo estaban planeadas con meses de antelación, con lo cual hicieron una lista de prioridad temporal, que iban trabajando a medida que iban comprando el presente correspondiente. En un principio quedaban una vez a la semana, pero después la frecuencia fue aumentando hasta encontrarse casi todos los días, Teir le mandaba un mensaje por Whatsapp para saber dónde tenía que pasar a recogerla, según dónde ella estuviese trabajando o no, y juntos iban a los negocios donde estuviera la lista, excepto a Titina, donde iba él solo y ya con la pieza escogida de antemano.

-Hoy no te viene a recoger Kennedy?- Preguntó su tía Camelia, Alicia y Azu sentadas junto a ella a la sombra de la parte de atrás de la casa, hojeaban un catálogo de muebles de jardín, Alicia la miró y sonrió.

-No, hoy no….y por qué le llama Kennedy, tía?

-Porque se le da un aire….sólo que en alto, el Kennedy otro no era alto- Puntualizó Camelia levantando el dedo índice de la mano derecha, Alicia rio y pasó otra hoja.- Vive en la casa grande del alto del olivar?-Alicia asintió con la cabeza, y Camelia se santiguó dos veces besando después la cruz de oro que llevaba al cuello en una cadena, Alicia la miró sin esconder su sorpresa.

-Ay tía…y por qué se santigua usted?-Indagó, Camelia levantó las cejas, pero guardó silencio.

-No nos deje así, madre…qué pasa?- Insistió Azu, pero Camelia , que tenía una revista de crucigramas en el regazo, se puso las gafas y volvió a ellos.

Alicia cerró el catálogo y se volvió en la silla hacia ella, para insistir, pero le sonó el móvil.Sonrió al ver el número y deslizando el dedo sobre la pantalla entró en la casa para contestar.

-Digamelo, madre, ahora que no está….qué pasa?- Camelia guiñó los ojos para leer mejor algo.

-“Dícese del que sufre”….”sufridor” de toda la vida…por mucho que en la radio digan “sufriente”…- Y dio por terminada el turno de preguntas, Azu negó con la cabeza. En eso, Alicia regresó arreglándose la cola de caballo y ya con el bolso en bandolera.

-Pues al final sí…..que no fue a la capital- Explicó.

-Viene hasta aquí?- Ella asintió, y las dos mujeres se incorporaron casi a la vez, ella rio.- Es que nunca nos lo perdemos, verdad, madre?.

El Bentley negro paró delante de la casa apenas veinte minutos después, Teir se bajó y le abrió a Alicia la puerta del copiloto, dándole paso al coche con una leve reverencia imitando a un lacayo, ella soltó una carcajada y se subió, antes de rodear el coche para volver a subir, Teir se despidió con la mano de las dos personas que observaban la escena desde el interior de la casa, a través de la ventana de la cocina, luego el coche desapareció calle abajo.

-Y esto cómo acaba, madre?

-Como tenga que acabar.

Las dos semanas que siguieron, no hubo compras, ya que Teir tuvo que ausentarse a arreglar asuntos a Madrid y Valencia. Alicia, repartió su tiempo entre los trabajos de limpieza de locales y ayudar en el cuidado de su primo Juanlu, quien, tras un accidente de trabajo, yacía en la cama sin poder moverse. Su mujer, Flori, para solventar su ya de por si precaria situación económica, había comenzado a trabajar de interna en una casa en el pueblo vecino, y la famila, a turnos, se ocupaba del cuidado de Juanlu y de los dos hijos.

-Si lo giras hacia ahí, yo lo aguanto por aquí, a la de tres y yo estiro- Explicaba Paco, él y Alicia estaban en los lados opuestos a la cama dónde se encontraba Juanlu, le acababan de lavar y cambiar el pijama, ahora se disponían a mudar las sábanas, Alicia se separó un mechón rebelde que le caía por delate de la cara con un soplido y asintió- A la de tres? Venga va….con cuidado- Ella entonces giró a Juanlu, que gimió quedo y Paco estiró la sábana mientras le sujetaba la espalda con la otra mano, luego volvieron a acostarle con suma lentitud, lo que no evitó que Juanlu se quejara otra vez- Listo, limpio como una patena- Sentenció Paco, limpiándose el sudor con un kleenex, Alicia recogió la ropa del suelo y salió del cuarto para poner la lavadora, Paco entreabrió la ventana y corrió la cortina, para tamizar el sol.Luego la siguió.

-Después vuelvo y la cuelgo, que en nada se seca- Dijo Alicia, mientras metía la ropa en la lavadora, Paco se apoyó en el quicio de la puerta del cuarto de baño.

-Alicia, yo quiero que sepas que por mi no hay problema- Ella le miró y se apartó el pelo de delante de la cara, sin saber a qué se refería, él alzó las cejas- “el inglés” me refiero, la gente va diciendo cosas, que ni les van ni les vienen…y yo quiero que tú lo sepas, que por mi aquí paz y después gloria…- Ella se recogió los mechones tras las orejas, y frunció algo el ceño.

-Primero que no es “inglés”, y segundo que ayudar a elegir regalos no es nada malo…pero gracias Paco, ya sé lo que me quieres decir…- Paco sonrió y sacó una cajetilla de tabaco blanda del bolsillo del pantalón.

-Las que tú tienes, salgo al vicio y hacemos la cocina?- Ella cerró la puerta de la lavadora y dio una vuelta a la rosca del programa, luego pulsó la tecla para que comenzase a lavar. Acto seguido, dio una palmada y le sonrió, Paco le correspondió con un beso en el aire y ambos salieron del cuarto de baño.

Después de arreglar la cocina, se sentaron a la sombra a esperar la llegada de Azu, quien tomaría el relevo. Alicia se fue en cuanto su prima llegó, Titina le había pedido a Alicia si podía ayudarles a desembalar cajas y no quería llegar tarde.

-Hola Beautiful- Su voz desde la oscuridad la asustó al salir del negocio, ya de noche, y ella se llevó la mano a la boca para reprimir mal un grito, le adivinó apoyado contra la pared.

-Y a tí qué se te ha perdido a estas horas aquí?- Preguntó a media voz, acercándose a él, y mirando al tiempo a su alrededor, la calle estaba desierta. Él le tomó una mano y la atrajo hacia si con suavidad. Sin darle tiempo a reaccionar, la buscó.

-Esto- Dijo, como respuesta a su pregunta,mientras escondía el rostro de ella entre las manos, ella acertó a sonreir y se las acarició, buscándole entonces a su vez.

– Siempre pensé que érais seres especiales, que no teníais que ver con la gente de este planeta – Musitó ella, casi hablándole a la penumbra, envuelta en una fina manta que cubría su denudez, medio acurrucada en una de la butacas junto a la terraza, Teir descalzo y sólo vestido con los vaqueros, se sentó junto a ella en la otra butaca al tiempo que le entregaba una cerveza helada.

-Pues no, también vamos al vater por la mañana y nos duelen los pies- Aclaró recostándose en la butaca y tomando un trago de la cerveza, ella le miró y rio, con su risa de catarata, que contagió en él una franca sonrisa.

-Y también os gusta hacerlo a horas intempestivas…

-Si, pero sólo con rubias pecosas…- Y otra catarata cruzó la penumbra.

-Y este es tu picadero…o qué?- Comentó ella tras un largo trago, él alzó las cejas un instante y, cerrando los ojos, se pasó la botella helada por la frente.

-No…los compramos sobre plano, una inversión como otra, en total cuatro, este es el único amueblado- Explicó, concentrado en sentir como su frente se enfriaba por momentos.

-Te duele la cabeza?

-No, es la manera más rápida de resfrescar las ideas- Alicia sonrió y le imitó, descubriendo la peculiar sensación. Permanecieron un rato así, pasándose las cervezas por la frente, en silencio.

-Si nos ve alguien…nos toman por una secta- La voz de ella rompió la oscuridad que se había apoderado del salón, Teir soltó una carcajada, hacía tanto tiempo que no lo hacía que después hubo de toser y beber lo que quedaba de la cerveza.

-Beautiful?

-Dime, Kennedy…

-Nos tenemos que ir…

La dejó en la puerta de su casa casa entrada la noche. Él acaricia el volante con la palma de la mano derecha. Ella le pregunta si pasa algo. El niega con la cabeza, sus ojos en algún punto de la oscuridad. Se decide a mirarla y ella a él. Silencio. No necesitan explicarse nada. A ella le da la risa. Él vuelve a menear la cabeza. Sonríe. Y apoya la cabeza sobre el volante, como dándose por vencido. Ella ríe y le acaricia la espalda. Hasta mañana. Él le da un último beso. Hasta por la tarde. Ella salió entonces del coche, y él esperó a verla desaparecer en la casa, antes de seguir camino.

-Pues sí que estaba sucia la tienda…- La voz de Azu la recibió desde la puerta de la cocina, ella sonrió y se apartó un mechón invisible de delante de la cara- Espera…espera una momento, déjame que te vea, niña…-Y cogiéndola de la mano, la hizo entrar en la cocina, dando la luz. Ninguna de las dos pudo contener la risa.-Tú has salido hoy por la Puerta Grande- Alicia quiso soltar una carcajada, pero se tapó la boca, Azu hizo lo mismo.-

-Tanto se nota?- Preguntó Alicia, sin saber muy bien qué hacer con las manos.

-Te tiene camelada, no lo puedes negar…- Azu le dio un azote cariñoso, y Alicia rio escondiendo la boca, para no despertar a nadie, luego ambas salieron de la cocina hacia su cuarto.- y él….dio la vuelta al ruedo?

-A hombros!- Y entonces si que no pudieron callar la risa, y al ver encenderse la luz bajo la puerta de su tía, se apuraron a entrar en su habitación.

-Y tú?….de dónde vienes?- Preguntó la voz de Ebra desde la oscuridad del salón principal, Teir dio la luz del recibidor y dejó las llaves sobre la cómoda, mientras se dirigía hacia las escaleras.

-De por ahí….con Miguel y estos…- Mintió como explicación, subiendo ya las escaleras, Ebra salió al recibidor entonces, el kimono hoy era rojo con gruyas amarillas, estaba descalza, como de costumbre y su larga melena negra caía en cascada sobre sus hombros. Cruzó los brazos y le siguió un trecho escaleras arriba, guiñando los ojos inquisitivamente.

-En Londres?- Preguntó irónica, a sabiendas de que el tal Miguel se encontraba en la capital inglesa, él cesó un instante en su ascensión, pero continuó sin volverse.

-Ebra….- Advirtió cuando ya alcanzaba el segundo tramo de la escalera, de peldaños alfombrados en verde.

-Ebra, qué?!….Si yo me fuera a ir por ahí una noche…te avisaría…no?- Su voz retumbó en todas las paredes, Teir se frotó los ojos con las palmas de las manos y se volvió.

-Tú nunca te vas una noche, Ebra, y si así fuese, y no me llamases…no te haría una escena, Buenas Noches- Y a buen paso la dejó tras de si, desapareciendo en sus dependencias del tercer piso. Ebra le siguió con la mirada, y esperó un instante a verle aparecer de nuevo, para disculparse, como normalmente solía ocurrir. Pero Teir no regresó. Ella bajó entonces la escalinata de nuevo, lentamente, y sacando un peine de uno de los bolsillos del kimono comenzó a peinarse uno de los largos mechones mientras dirigía sus pasos de nuevo al salón.

-“Una escena” dice….el tiempo que hace que no hago yo “escenas”…

Lo primero que hacía Teir nada más despertarse era llamar a Alicia. Normalmente pasaba a buscarla hacia el mediodía, así que Alicia había acabado por acudir a sus labores de limpieza en las primeras horas de la mañana, para poder estar con él el resto del día. Iban a la capital a resolver los encargos correspondientes y después regresaban al apartamento, lejos de miradas curiosas y comentarios que ya empezaban a inundar el pueblo, algunos más benignos que otros, pero que todavía no habían llegado a más y ellos procuraban no alimentar, llevando su relación de la forma más discreta posible.

-Me tengo que ir…- Alicia se levantó de la butaca junto a la terraza, y se arregló la blusa, dispuesta ya a colgarse el bolso, habían pasado toda la mañana eligiendo una vajilla en la capital, y después se habían traido un menú chino para comer en el apartamento. Teir, recostado en la butaca vecina, la miró contrariado.

-A dónde? No tenías hoy el día libre?- Alicia se calzó las zapatillas de deporte y se arregló la cola de caballo.

-A casa de mi primo Juanlu, desde lo de la obra no se puede mover y, como Flori no está en toda la semana, nos turnamos entre todos…. hoy me toca a mí- Se lo explica sin darle importancia, como a todas las cosas buenas o malas que le pudieran pasar. Teir se incorporó en su asiento y tardó un instante en reaccionar. Parpadeó. Alicia sonrió para si, sabe que cuando Teir no entiende algo parpadea varias veces, como si hacerlo aclarase sus dudas.

-Lo de la obra? Qué obra?- Alicia intentó resumir toda la historia en su cabeza, y abrió las manos en el aire, buscando como empezar al tiempo que buscaba las palabras en algún lugar de la lejanía. Suspiró al fin y dejó caer los brazos, dándose por vencida, sin llegar siquiera a intentarlo. Teir la miró, y alzó las cejas, dejándole tiempo.

-Trabaja en la construción?- Preguntó finalmente, Alicia asintió y, lentamente, se volvió a sentar.

-Él andaba a las obras, y hace un año se cayó por el hueco de un ascensor…bueno, me explico, por donde tendría que haber estado el ascensor, cinco pisos….- Y dejó caer la palma de su mano sobre su rodilla, en caida libre, como lo había hecho su primo. El ruido de la palmada sobre la piel, disgustó a Teir, quien torció el gesto, al imaginarse la escena.

-Pero esas cosas las hace el seguro, lo de mandar una persona que ayude y eso…por qué tienes que ir tú?- Quiso saber, sacando su pitillera del bolsillo, para encender luego un pitillo, que movió en el aire con un gesto desvaido al tiempo que expulsaba el humo- Y, además, supongo que habrá tenido una indemnización- Su mirada encontró la de Alicia, errante por las montañas que se distinguían a lo lejos, con los ojos un poco guiñados, como tratando de distinguir algo impreciso en la distancia. Negó lentamente con la cabeza, para luego inclinarla y arreglarse la bastilla de la falda con la punta de los dedos.

-Cómo que no…?Sean cuales fueran las circunstancias, estuviese o no allí el ascensor, se trata de un accidente laboral claro- Explicó Teir, moviendo el pitillo a la vez que hablaba y expulsando el humo hacia arriba, Alicia se encogió de hombros y entrelazó las manos contra la rodilla, mirándole de soslayo.

-Le dijeron que nones- Su frase quedó suspendida en el aire por un momento, en el que Teir la miró sin comprender, mientras parecía recorrer de memoria todos los artículos legales que aún tenía atesorados en algún lugar de su cabeza.Tomó otra calada y soltó el humo despacio. Alicia le miró casi sin atreverse, la mirada de él estaba clavada en algún lugar de la terraza. Sin parpadear.

-Estaba en nómina?- Ella respondió afirmativamente con la cabeza.

-Bueno, me explico….creo que estaba en una de esas empresas que mandan gente a otra empresa y….- Teir tomó ora calada del cigarrillo y asintió sin dejarla terminar.

-Una subcontrata- Aclaró y apagó el cigarrillo contra un cenicero en el suelo, Alicia se encogió de hombros. Teir se levantó de la butaca y le ofreció la mano, ella se la cogió y él la ayudó a incorporarse.- Cómo dices que se llama tu primo?- Alicia le miró sin saber a dónde quería llegar.

-Hola,soy yo, necesito un pasante

-Para?

-Para qué voy a necesitar un pasante………..?Para bailar un tango?

-Podía ser, tengo una ahora, la hija de Silvestre Aguilar el que se casó con la pequeña de…

-No me importa quién es, sólo que trabaje rápido.

-Qué tienes entonces?

-Te envío a Paulo, mañana a las ocho.

-La dejarás desayunar…

-A las ocho

Y le colgó el teléfono a su primo Teo sin despedirse, para continuar con la labor de separar los papeles en distintas pilas encima de la mesa del comedor. Contratos, subcontratos, pólizas, circulares, cartas, recibos, recetas, volantes , atestados e informes médicos, además de tres montones de tarjetas telefónicas prepago, billetes de autobús, facturas de productos de higiene y fotos. Cuando lo tuvo todo organizado, abrió uno de los aparadores y fue sacando piezas de una colección de dragones de porcelana china, que fue colocando sobre los distintos montones a modo de pisapapeles. Luego sacó un pitillo de la pitillera y, tras encenderlo, expulsó el aire despacio recorriendo la mesa con la mirada. Volvió a coger el móvil.

-Hola Satur, soy Teir……….., ya, bien, te llamo por el siguiente tema:Tu sigues haciendo peritajes?

 

-Déjale en paz- La voz cargada de insulto y desfachatez, hizo que Alicia se volviese, pero no le dio el gusto de alterarse, se limitó a alzar una ceja y enderezar los hombros, la mujer la miró aviesamente, con un gesto de desprecio tenaz- Te crees que le importas? No eres más que un pasatiempo, cuando se canse te dejará, como tiene que ser. Él tiene ya bastante con lo suyo, como para perder el tiempo contigo. Este es un primer aviso, no me hagas darte un segundo- Y la señaló con un dedo largo y delgado del que pendían varios anillos, Alicia no cambió un ápice su expresión ni se molestó en hacer uso de su voz, pero le mantuvo la mirada hasta que la otra no tuvo otra opción sino apartar la suya,y, con un golpe de su profusamente enlacada melena se alejó, castigando las baldosas del hall de entrada del edificio de oficinas en el que se encontraban en la capital para entregar documentos del caso de Juanlu. Alicia la siguió con la mirada, hasta que desapareció por la puerta, pensando en todas las cosas que podía haberle dicho, cuando la voz de Teir interrumpió su retaíla mental.

-No te preocupes por ella, Beautiful, su marido tiene otro desde hace años, y está amargada, yo también lo estaría…la verdad- Comentó mientras ordenaba una serie de papeles de colores, Alicia sonrió levemente, todavía ordenando sus ideas- Creo que voy a mandar a Marta, porque hay que volver….tú sabías que todavía hay que entregar cosas por triplicado y en persona?

-Pues claro, tú en qué mundo vives?- Él casi le dio la razón con un gesto y le ofreció su brazo.

-Y ahora a comer…no tienes hambre? Una hora esperando….yo no me explico- Ella le miró incrédula y negó con la cabeza dándole por imposible.

-A ti te pasa algo y no me lo quieres decir…- Comentó él ya en el coche de vuelta, ella continuó mirando por la ventanilla.

-A mí? No….qué me va a pasar?- Preguntó sin dejar de mirar el paisaje.

-Si has dicho cinco palabras desde que salimos del restaurante ya son muchas- Ella se aparató un mechón invisible de la cara y cruzó los brazos en silencio- Beautiful….?

-La tipa esa…me dijo que “ya tenías bastante con lo tuyo”….mira Kennedy, si es que estás casado o algo así….me bajo aquí mismo, sabes?….yo…- Las facciones de Teir se endurecieron por un instante, luego la miró fugazmente.

-Nadie te ha contado aún nada de “lo mío”?- Ella negó con la cabeza casi asustada.

-Pues entonces, te lo cuento yo.

-Mis padres, mi mujer Carmen, su hermana Laura, su marido Guillermo con sus hijos Álvaro y Manuel, mi hermano Oliver, su mujer Paula con sus hijos Carlota y Ben, y mi cuñado Pedro con sus hijos Juan y Jacobo. Ebra fue la única del grupo que sobrevivió…yo, tenía que hacer unas llamadas, iba a subir más tarde, lo último que me dijo Carmen fue “No te olvides los guantes”…lo guantes…Y les vi irse hacia los telesillas, tirándose bolas de nieve y riendo. En las películas se oye un estruendo, o vibran cosas….allí no. Cuando bajé a recepción había una mujer gritando fuera de si….aún tengo sus gritos en la cabeza,…y el personal del hotel corría de un lado a otro, como pollos sin cabeza. Preguntas qué pasa y te dicen que un accidente. No te preocupas. Entonces un señor inglés, lívido como una sábana te dice la palabra que lo explica todo. Avalancha. Me quedé clavado. Como en una campana de vacío. Sin poder moverme. Y acto seguido piensas que ellos seguro que no estaban allí, ellos seguro que no. Pero sí. Nos llaman “esa gente”, como si fueramos de otro planeta, como dijiste tú. Pero no tienen ni idea.Y “esa gente”soy yo. Que qué llevaban puesto. Alguna característica especial?. Y tú no te acuerdas si el pantalón de esquí de tu sobrino pequeño era verde o lila. O si tu madre llevaba gafas. Si el reloj de tu mujer era Tissot o Longines, si tu hermano tenía un lunar en la palma de la mano…No te los dejan ver. Sólo polaroids de cosas. De dedos con anillos y cascos rotos. Catorce cadáveres. Catorce autopsias. Y regresas en un avión con catorce ataudes. Ebra estuvo en coma mucho tiempo, rota, tiene clavos por todo el cuerpo. La nieve se llevó a sesenta. Sólo sobrevivieron cuatro. De alguna forma…Ebra se quedó allí también…Pasó dos años enteros sin decir una palabra. Deshice casas. Vendí coches. Compré guardamuebles. Doné ropa. Mis suegros convirtieron la que había sido mi casa en una especie de mausoleo…así que me mudé aquí. Era la casa matriz de mi padre. Nunca la habíamos usado, así que no nos recuerda a nada ni a nadie. Y allí estamos Ebra y yo desde entonces, con la buena de Amadora. Ellos se van….y nos dejan con sus recuerdos. Siempre están ahí. Aunque los quieras olvidar…..No es fácil convivir con fantasmas.- Se lo explicó con calma, estaban sentados en un banco en un alto del olivar, desde el que se divisaba el imponente paisaje de árboles y el pueblo, casi escondido en un rincón del valle, Alicia le había cogido una mano y se secaba las lágrimas de las mejillas con la otra, incapaz de cesar el llanto, él la atrajo hacia si y le besó la cabeza, ella apoyó la cabeza en su hombro cerrando los ojos.

-Y tú?- Preguntó él después de un rato en silencio, ella le miró y volvió otra vez a cerrar los ojos.

-A mí….me dejó por otra…- Dijo recogiéndose un mechón tras la oreja, él alzó la cejas sorprendido, acariciándole la cabeza.

-Imposible…en serio?- Ella le miró otra vez y asintió sonriendo levemente, callando que la otra venía en bolsitas de gramo a gramo, y una de aquellas bolsitas había sido la de más, de alguna forma ella también era viuda, pero su duelo ya se había ido hacía mucho tiempo, sólo le había quedado el recuerdo de algo que había sido y después no fue, aquel tiempo de muerte lenta. Sacudió la cabeza por un instante y entrelazó sus dedos con los de él. Él le levantó la barbilla con suavidad y le secó las últimas lágrimas con la palma de la mano.

-Ven, vamos, te voy a presentar “lo mío”.

Encontraron a Amadora tratando con la cocinera la cena en la cocina, amplia y bañada en la luz del porche al que daba, al verles entrar la cocinera se fue. Teir presentó a las dos mujeres, y luego se marchó a buscar a Ebra. Amadora llevaba un vestido mandilón negro y unas zapatillas planas del mismo color, el pelo cano lo recogía en un moño mínimo en la nuca. En cuanto se quedaron solas, Amadora la observó desde el extramo de la cocina, con las manos entrelazadas contra el vientre, sin apartar un ápice la mirada. Alicia, cabizbaja, se separó un par de mechones invisibles y respiró hondo ensayando una sonrisa, al alzar la vista se encontró con la sonrisa de Amadora, leve, pero amable.

-Tú eres la de Antonio el de los Cuencos- Dictaminó sin más, Alicia suspiró otra vez, ahora de alivio, y sonrió ante el recuerdo de su abuelo.

-Falta desde hace dos años…- Comentó con el respeto debido, Amadora asintió y se colocó bien una de las ebillas, tenía unas manos anchas y fuertes , pero bien cuidadas. Se acercó a ella despacio, hasta tenerla ante si, y le cogió una mano con suavidad, sus ojos negros, pequeños y audaces escrutaron los de Alicia, sin mudar el gesto.

-Escondió a mi padre….y nos dio su pan- Su voz queda deshizo algo en la garganta de Alicia, quien se llevó las manos a la mejilla, Amadora le recogió un mechón tras la oreja casi como una caricia- Tienes sus ojos- Y asintió como confirmándose algo a si misma, las voces de Ebra y Teir en el pasillo hicieron que se apartara, no sin antes apretarle levemente la mano, sin apartar sus ojos de ella, transmitiendole algo que sólo ellas entendieron y sellaron con lágrimas que no llegaron a derramar.

– Hola Alicia…yo soy Ebra- Hoy la bata era de seda amarilla con nenúfares verdes y azules, la melena en cascada, los pies descalzos, ladeó levemente la cabeza y pareció querer sonreir, luego se acercó a ella y la cogió del brazo- Ven, que te enseño nuestro casoplón….que este es un soso…- Y abandonó con ella la cocina, Amadora y Teir se miraron sin ocultar su asombro de ser testigos de volver a ver a Ebra mostrar interés por algo, y se dispusieron a seguirlas.

Un vehículo especial para transporte de minusválidos aparcó delante de la casa de Juanlu y Flori a la hora acordada. Tres hombres le sacaron de la casa en una silla de ruedas adaptada, y la rampa del coche hizo el resto. Flori se había puesto el vestido de flores que había llevado a la boda de su hermana, y una de sus sobrinas le había dejado unos zapatos salón que casaban con los pétalos azules del vestido, Azu le había hecho el pelo y las uñas. Escogió una cartera de mano, para después decantarse por un bolso charol, que dejó sobre la cama para elegir un bolso grande gris, Alicia acabó por entregarle un bolso cuadrado negro de piel, y, cogiéndola del brazo la guió fuera de la casa. Ella misma se había decidido por un camisero y sandalias blancas. Teir les abrió la puerta de su coche, y la comitiva se puso en camino al despacho de su primo Teo, que también era el suyo, donde iba a tener lugar la reunión con “la otra parte”, como habían acabado por definirlos.

El encuentro entre las partes iba a tener lugar en la sala de reuniones más grande de las que contaba el despacho, presidida por una larga mesa de caoba rodeada de doce sillas. Tras las debidas presentaciones, Teir se sitiuó en su lado de la mesa junto a Marta, la chica que le había servido de pasante durante la preparación del caso y Juanlu en su silla de ruedas, los cuatro letrados de la parte contraria se acomodaron frente a ellos. Alicia, Flori y Teo se sentaron en tres butacas a cierta distancia, de forma que podían presenciarlo todo como si estuvieran sentados en un teatro.

Lo que sucedió durante la hora siguiente, se podría describir como una opera en tres actos. En el primer acto, Teir, con el aplomo y minuciosidad de un experto narrador de historias, detalló los hechos que les ocupaban sin olvidar dato alguno, y blindó su versión de forma que la otra parte sólo pudo asentir visiblemente incómoda. En el segundo acto se fraguó un ataque masivo, contundente y por varios frentes, como el arranque de las sinfonías, sin alzar un momento la voz ni perder la calma mientras con batuta maestra les robaba los argumentos que habían pensado esgrimir en su defensa,antes siquiera de que pudieran hacer uso de ellos. En el tercero, un invisible ejército avanzó a paso seguro, desmontando todo halo de argumento, defensa o protesta a su paso, y sin tomar prisioneros, hasta que no quedó nada más que admitir, sino el triunfo de su verdad. En ese momento, Teo, se hubiera incorporado de su asiento y aplaudido mientras gritaba la bravura de la acción, como haría cualquier espectador extasiado ante un final sublime, pero se limitó a sonreir más que feliz y a dar una única palmada; Alicia sintió de pronto que su corazón no le cabía en el pecho y por un momento fue incapaz de moverse, ya que temió que, si lo hiciera, le saldría por boca, así que se la tapó con la mano; Flori,llegado ese momento, sólo pudo hundir el rostro entre sus manos, y romper por fin a llorar.

-Perroflauta- Le alcanzó junto al buffet de golosinas, Teir se dirigía hacia el exterior a fumar. Le había prometido al padre de la novia que se quedaría al discurso de los postres, pero después se iría. Teo le tiró de la levita del chaqué, él por un momento no supo si enervarse o imitarle.

-AmanteBandido- Le soltó buscando la pitillera, Teo le miró un tanto confundido, la última vez que se le hubiera podido tachar de algo semejante quedaba casi veinticinco años atrás, Carolina Revuelta Ortiz, ella tenía entonces diecisiete años y había contado con su total consentimiento, se preguntó cómo Teir podía saberlo. Teir sacó un pitillo y,sin ofrecerle, salió a la terraza.

-Deberías plantearte volver por el despacho, qué pena no haberlo grabado….nos alegraste el día….sin contar la nueva cartera de clientes que nos ha traido el caso- Teo se apoyó en la balaustrada y cruzó los brazos, mirándole un tanto espectante, Teir soltó el humo despacio y se encogió de hombros.

-Sabía que Juanlu tenía razón. Otros no tienen tanta- Sentenció mientras observaba a los niños de arras jugando a pillar por el jardín, uno se resbaló entonces en la hierba y todos estallaron en risas, Teir también sonrió levemente, Teo iba a decirle algo, pero él se le adelantó- Sé lo que vas a preguntar, Alicia está conmigo. Nada más que añadir.- Teo, que no había llegado ni a abrir la boca, se pasó la mano por el cabello ralo y rio, Teir le pasó el pitillo- Elvira está al fondo- Anotó sin mirarle, Teo echó un rápido vistazo al interior de la sala y apuró una calada, expulsando el humo hacia arriba.

-Parece una chica seria- Teir le volvió a coger el pitillo y asintió en silencio.

Y compartieron silencio y pitillo. El llanto de un niño de arras les hizo volver a la realidad. Para sorpresa de Teo, fue Teir el primero en reaccionar y bajar la escalinata de dos en dos para acercarse a la criatura que lloraba sin consuelo tirada sobre uno de los caminos de grabilla. Teo le observó cogerle en brazos e inspeccionar la lastimada rodilla, algo debió de decirle al niño, porque paró de llorar y rodeó su cuello con sus bracitos mientras lo acercaba a la casa. Hacía unos meses ni se hubiera inmutado. Algo había cambiado en su primo, y se alegró de volver a tenerle. Como antes.

Tras los discursos, como había prometido, Teir se fue de la boda. Había quedado con Alicia de pasar a buscarla por la tarde, pero antes quería pasar por casa a cambiarse el chaqué, del que ya se quitó la levita y el chaleco antes de entrar en el coche.

-La Ebra se ha ido- Amadora no esperó a que entrase en la casa, salió a recibirlo casi corriendo en la medida que le permitían las piernas, el nerviosismo en su voz se traducía en su gesto, una mezcla de preocupación y profunda pena. Teir no cerró la puerta del coche, se mesó el pelo con las manos y miró al cielo, tratando de mantener la calma- Se llevó el coche, niño, Virgen Santísima!…cuando quise ver ya iba lanzada por ahí abajo- Se explicaba al borde de las lágrimas, señalando hacia algún lugar en la distancia, Teir se borró el sudor de la frente con una manga y le cogió las manos a Amadora con delicadeza.

-Llama al Dr. Bohórquez…yo la busco- Y volviendo a meterse en el coche, se marchó de nuevo, dejando a Amadora con las manos entrelazadas contra el pecho.

La Repleta” es una maciza construcción blanca en forma de U que se eleva como única nota de color en el paisaje marrón y beig, en parte está rodeada por un muro blanco y en etapas por empalizadas. Cuando Teir llegó, el portón de acceso a la propiedad por su lado norte está abierto de par en par, confirmando sus sospechas. La calzada que llevaba a la plaza en semicírculo que se abría ante la puerta principal de la casa, ha sido invadida por las malas hierbas y tierra que lleva y trae el viento. Con algún desconchado, la fachada del edificio se yergue blanca e imponente,aún con los postigos cerrados,ante el visitante.

Un Audi está aparcado en el centro de la plaza. Cuando sale de su coche le recibe el silencio. Incómodo y con su peso específico. No hay brisa, y el sol cae a plomo. Cerró la puerta del coche y se atrevió a afrontar la casa. Por un instante la angustia vuelve. Respiró hondo y se frotó los ojos con las palmas de las manos, obligándose a dirigir sus pasos hacia ella.

La puerta sólo estaba echada, el silencio del exterior se extendía hacia el interior. Como un amusoleo de paredes blancas y ralas, con suelos de cerámica de gres ocre. Lentamente cruzó el amplio recibidor, para subir la antaño majestuosa escalera bifurcada con pasamanos de madera labrada, que aún conserva su alfombra roja. Se detuvo en la bifurcación a la derecha, y se apoyó un instante en el pasamanos para secarse el sudor de la frente con la otra manga, la camisa ya se le ha pegado a la espalda y siente que le cuesta respirar. Respiró hondo y encaró el resto de los alfombrados peldaños. En la planta principal se paró a escuchar, un suave ronroneo lejano rompía el silencio pertinaz, dirigió sus pasos por un ancho pasillo que rodeaba el balcón a la escalera y abriendo una puerta de dos hojas, avanzó por una amplia estancia de suelos de madera y vigas artesanadas. El suelo cruge bajo sus pies, en la penumbra de los postigos echados. En el otro lado abre otra puerta de doble hoja y avanza por otro largo pasillo de suelos ocre y paredes blancas desnudas. Se detuvo a escuchar. El ronroneo es ahora más cercano. Se obligó a continuar, y tras borrarse de nuevo el sudor con la manga, se mesó el cabello. Se detuvo en un pequeño recibidor con tres puertas. Logró distinguir de dónde provenía el ronroneo y se decidió por la puerta a su izquierda.

Ebra estaba sentada en el suelo dándole la espalda, abrazada a si misma y meciéndose de lado a lado, parecía repetir una y otra vez la misma frase, como si fuera una oración que sólo ella pudiera entender. Teir se quedó en el umbral, incapaz de dar un paso más. Ella había abierto los postigos de las ventanas y la luz inundaba la amplia estancia, vacía como las otras.

-Mira lo que hago mamá mira loque hago mamá mira lo que hago mamá mira lo que hago mamá…- El llanto no interrumpe su cantinela, Teir miró hacia algún lugar, tratando de contener el suyo y se frotó los ojos con las palmas de las manos. La llama, casi en susurro, pero ella no le escucha, sigue meciéndose y repitiendo su oración. La vuelve a llamar, esta vez alza un poco más la voz, pero con cuidado, como si se fuera a romper. Ella se detiene un instante y ladea la cabeza, para continuar en su movimiento, pero ahora en silencio. Teir avanzó un paso y buscó ponerse en cuclillas.

-Ven conmigo Ebra- Su voz en un ruego, Ebra se detuvo de nuevo, y se volvió a medias, él no podía ver su rostro.

-Has tirado…sus cosas, has …tirado sus cosas….ya no me queda nada de ellos…cómo has podido?- Le echó en cara rota en llanto, casi sin articular las palabras, gime, y se encoge como presa de un dolor, Teir negó con la cabeza y acarició el suelo con los dedos.

-No es verdad…Ebra, todo está guardado, aún lo tienes si lo quieres- Se lo dice con cuidado, buscando las palabras, midiendo su propio dolor, Ebra gime de nuevo y vuelve a encogerse.

-Mira lo que hago mamá….hacían ángeles sobre la nieve…sobre la nieve mira lo que hago mamá…ángeles sobre la nieve…hacían ángeles…- Y lo repite meciéndose de nuevo de lado a lado, Teir se incorporó y se acercó a ella, sentándose a su lado. El rostro de ella es una máscara de llanto, arrasado y ausente, Teir la rodea con un brazo y la atrae hacia si con cuidado, ella se deja abrazar, pero no le mira.

-Quieres tener sus cosas?- Le preguntó besándole la cabeza, Ebra asintió y cerrando los ojos con fuerza dejó libre un gemido casi animal, al tiempo que se encogía contra él. Teir escondió la cabeza de ella bajo su mano y se la acarició, cerrando los ojos a su vez.

Alicia estaba ya pagando la compra en el supermercado del pueblo con Azu, cuando recibió el mensaje de Whatsapp. Sin dar explicación alguna a su prima, salió casi corriendo del establecimiento, Azu cogio las dos bolsas que habían comprado y la siguió asustada.

-Pero qué pasa?…no me asustes….- Advirtió, Alicia deslizó un dedo por la pantalla del móvil para hacer una llamada, pero antes de que pudiera hablar con nadie , el coche de Teir apareció ante ellas y mal aparcó en la acera de enfrente- Pero…qué pasa?…- Alicia cruzó la calle, con el corazón en la garganta, Teir salió del coche y buscó su abrazo, ella le miró un instante y le acarició el rostro, viva imagen del cansancio y la tristeza- Todo bien?- Le pregunta casi en susurro, él asiente sin hablar, y,sin soltarla, tarda en responder- Ven- Susurra casi sin voz, y vuelve a coche, ella lo rodeó y abrió la puerta del copiloto. El coche desapareció entonces a gran velocidad calle arriba. Azu, que había observado la escena, miró a su alrededor sin saber muy bien qué hacer, y cogiendo las bolsas decidió poner rumbo a casa.

Teir conducía en silencio, con la mano iquierda, mientras mantenía cogida la de Alicia con la derecha. Alicia no apartaba su mirada de él, como quien observa una bomba de relojería, tratandode adivinar qué puede haber pasado.

-Está bien?- Se atreve a preguntar, él niega con la cabeza.

-Ella…nunca va estar bien…- Concede, casi diciendolo para si.

-A dónde vamos?

-A visitar fantasmas.

El guardamuebles se encontraba en una nave industrial a pocos kilometros del pueblo. El encargado les salió al paso en cuanto Teir aparcó el coche delante del edificio, con ayuda de dos operarios ya había localizado las cajas que Teir quería recuperar. Eran seis. Tres cajas de cartón con una E pintada y tres contenedores grandes de plastico, uno con la letra P y los otros dos con una J. Entre todos cargaron el coche con las cajas que cupieron, el encargado les seguiría en el suyo con el resto.

Ebra dormía cuando llegaron a la casa, entre los dos hombres dejaron las cajas en el salón del segundo piso, para que pudiera verlas cuando despertara. Después Teir, acompañado de Alicia, se retiró al tercer piso, a darse una ducha, y, tratar por fin de encontrar algo de calma.

-Mi primo Henry se casa el sábado doce- Se lo dijo mientras encendía un pitillo, era el cuarto del día, claramente estaba bajando el ritmo, Alicia, que hojeaba un catálogo de armarios chinos sentada en el sofá, no le mira, algo había llamado su atención.

-Veinte mil pavos por un armario rojo, que no digo que no sea bonito, pero bueno, en aquel otro sitio al que fuimos costaban muchísimo menos….- Y pasó la hoja, Teir expulsa el humo despacio.

-Quiero que vengas conmigo

-A dónde?- Compara escéptica armarios en diferentes hojas, Teir sonrió para si.

-A la boda de Henry- Alicia levantó la vista de los armarios, la dejó vagar un momento por la mesa de centro y la alzó incrédula, como si hubiera escuchado mal. Silencio. Teir le sostuvo la mirada. Y ella supo que no bromeaba.

-Contigo juntos?- En su voz casi la risa, Teir toma una nueva calada y expulsa el humo hacia arriba, como ella sabe que hace cuando algo le apremia y no sabe como solucionarlo.

-Es ridículo continuar así. Estamos juntos y punto….creo que está más que claro, al menos para mi…y quiero que lo esté también para el resto- No gesticulaba, se explicaba con calma, sin apartar su mirada de ella, percibe su miedo como en ráfagas, él sabe que Alicia nunca se pone nerviosa, pero ahora respiraba más rápido. Ella desvió la mirada hacia algún lugar y volvió a él, pero continúa en silencio.

-Y Ebra?- Su voz casi un susurro, como si hubiera pensado en alto, Teir no contestó, sólo se encogió de hombros, y toma una larga calada, el humo se perdió hacia la terraza, buscando salida por el ventanal abierto.

-Vienes o no?- Alicia se incorporó y se colgó el bolso, no sabe qué hacer con las manos.

-No lo sé..

-Cómo que no lo sabes?

-No lo sé…la gente…

-La gente, la gente….siempre la gente, estoy hasta los cojones de la gente…- Alzó la voz, y casi se exasperó, ella se alejó hacia la puerta- Beautiful…Alicia…ven, perdona, dime si vienes o no…espera..- Su voz casi un ruego, Alicia se volvió, un tanto confundida, aún sin saber qué hacer con sus manos, frunce fugazmente el ceño.

-No lo sé- Y abriendo la puerta se fue, cerrandola con cuidado tras si.

Teir se quedó solo. Miró al techo y respiró hondo. Luego se acercó a la ventana de la terraza, buscando algo sin distinguir nada. Volvió entonces al salón midiendo sus pasos y mirándose los pies. Escuchó el silencio. Su mirada vagó otra vez hacia el exterior. Parpadeó levemente. Sus facciones se relajaron entonces por un momento ante el escarceo de una sonrisa.

Alicia enfrentó los días siguientes como un autómata. Se levantaba temprano, ponía el café, le abría la puerta al perro, ponía la lavadora, tendía lo que se habia lavado por la noche, despertaba a Paco, le llevaba los polvos de la tensión a su tía y le daba el primer aviso a su prima. Ningún mensaje en el móvil. Ni ella mandaba alguno. Intentó hacer la vida que hasta hacía no tantos meses había sido la suya, sin cambios resaltables y en su orden. Sin embargo había un vacío, imposible de llenar con nada, que se llevaba toda su energía, y le regalaba los síntomas de una gripe de verano, sólo quesin fiebre ni dolor de cuerpo.

-El Kennedy….se ha esfumado ya?- Acertó a preguntar su tía una mañana, mientras pelaba patatas sentada a la mesa de la cocina. Alicia, que leía el periódico sin leer, negó con la cabeza para luego incorporarse y abandonar la cocina. Su tía la siguió con la mirada y alzó las cejas, formando un rictus escéptico con la boca.

-Pues será que sí…- Supuso, cogiendo otra patata.

-Me han llamado de arriba, la Ebra quiere que la peine el sábado, porque le gustó cómo la dejé la última vez- Alicia no había visto a su prima Azu tan entusiasmada desde que, con quince años, Jano el de Picos la había llevado a dar una vuelta en moto. Asintió con la cabeza, y continuó sacandolas hojas secas a los geranios de la ventana. Azu se le acercó un poco más.

-Pero a tí qué te pasa? Ni sí, ni no, ni todo lo contrario….pareces un fantasma…te ha hecho algo?- Y la cogió de las manos, que habían comenzado a sacar hojas sin tino.- Alicia, corazón, mírame…- Y Alicia por fin se rindió y la miró con ojos vidriosos.

-Es que no lo sé, Azu, no lo sé…- Azu la miró sin comprender, pero antes de que Alicia pudiese explicarse, una furgoneta de reparto de Mensajería Grenoble, aparcó junto a la casa.

-Alicia Gómez Reino?- Las dos mujeres,aún cogidas de la mano, le miraron extrañadas y le confirmaron que era la dirección que buscaba. El chico abrió la puerta trasera de la furgoneta y sacó dos cajas blancas con lazada roja, con las que se acercó a ellas.

-Envío urgente…si haces el favor…- Y les indicó con los ojos una máquina de acuse de recibo portátil. Azu salió de una vez de su asombro y le cogió las cajas, que, aunque grandes, apenas pesaban, Alicia alcanzó la centralita y firmó con el bolígrafo que pendía del ella- Gracias guapísimas, hasta más ver…- Y a paso vivo, volvió a subirse a la furgoneta y desapareció.

Azu llevó las cajas al interior de la casa, y las posó sobre una de las camas gemelas de su habitación, Alicia se rodeó el vientre con los brazos sin apartar sus ojos de las cajas, de un blanco inmaculado y con un meticuloso lazo rojo. Azu acarició el discreto logo grabado en negro en uno de los vértices y se volvió hacia ella sin poder contener la emoción.

-Blanco y en botella….leche.

Alasteir Parker-Wyatt y González de Robles llevaba cerca de veinte minutos sin apartar la vista del fondo de la plaza. Había intentado matar el tiempo charlando con otros invitados, controlando sus mensajes de Whatsapp, fumando su ya décimo cigarrillo del día y contando los pasos que había desde su posición hasta la puerta de la iglesia. Pero ahora miraba hacia el fondo de la plaza, sin permitirse apenas parpadear. Y entonces la vio. Al fin. Se había puesto el traje y los zapatos que él le había enviado. Su prima le había arreglado el pelo en un moño bajo. Sin saber muy bien qué hacer con ella, llevaba en la mano la cartera a juego con el traje y los zapatos de tacón. Avanzó sin prisa, con la mirada fija en él, hasta que le alcanzó.

-Hola Kennedy

-Buenas, Beautiful…

-Y tú?…Cómo has acertado mi talla?

-Es que yo, entre otras cosas, soy experto en pesos y medidas- Contestó él, arreglándole con delicadeza un detalle de la manga, Alicia se apartó un mechón invisible de la frente e iba a decirle algo, cuando la voz de Ebra la hizo volverse.

-Alicia!- y casi se le cae la cartera de la mano, que finalmente se colocó bajo el brazo, y notó como un calor insólito le subía a la cara y le pareció que muchos mechones se apostaran de una vez sobre su frente, robándole el don de la palabra- Qué bien que has venido…me encanta tu cocktail, ven, que te presento…que este es un soso…- Ebra llevaba el pelo en una media melena medio recogida a un lado con un bonito tocado de plumas y lucía un traje azul cobalto, sin mediar más palabra la cogió del brazo y la guió hacia la iglesia.

Teir las observó perderse en el interior del templo, y, tras ajustarse mejor los gemelos de la camisa, las imitó, alegrándose, por primera vez en mucho tiempo, de asistir a una boda de mañana.

David

Yo nunca sería capaz de tomar al asalto una comisaría, ni de hacer una huelga de hambre, o morir por una causa. David sí. Y por eso tenemos lo nuestro. Nos conocimos en la biblioteca. Los dos queríamos el mismo libro de derecho civil, él estaba matriculado en Agrónomos y yo no acabé de entender por qué tenía interés en el mismo libro que yo, que estudiaba Derecho. Decidimos compartirlo. Y ya no nos volvimos a perder de vista. Es el único que me llama Maravillas. Por mi nombre. Porque le gusta. Una vez me dijo que yo parecía la típica rubia que no come, y yo le contesté que él era lo más parecido a un okupa. Pero funciona.

Acabamos a destiempo, en junio terminé yo, y un septiembre después él. Él consiguió una beca en Agricultura y yo empecé a trabajar en el Centro Comercial, en el departamento de perfumería. La primera vez que me vio en uniforme me preguntó desde qué puerta salía el avión para Bilbao. Lo único que es distinto es que mis tacones son más altos. Y a mí no me gusta volar. Yo lo que quiero es ser notario.

El piso lo encontramos por casualidad. Ni muy grande ni muy pequeño, pero con techos altos y ventanales. A los dueños les urgía la venta, y el banco nos facilitó la hipoteca.

Primero llegó Simón y once meses y una semana después Levi. Fue entonces cuando mi madre entró en nuestras vidas. David empezó a trabajar en una empresa de pozos, yo volví enseguida a vestirme de azafata con tacones altos, y alguien tenía que cuidar a los niños. Que conste que ella se ofreció voluntaria a tamaña empresa. Siempre dice que su día estaba vacío, y los niños se lo llenaron.

En un principio, el proyecto iba a dirigirse desde la central en la capital. Pero después cambiaron de opinión y les comunicaron que tendrían que trasladarse con frecuencia a Sudán, para dirigirlo in situ. A mi no me hizo mucha gracia. Me alegré por la gente, que iba a tener después pozos, pero las noticias que leía sobre la zona no me parecían muy alentadoras. David me tranquilizaba, nos contaba que la gente era muy amable y agradecida, y que la zona problemática estaba muy lejos de donde ellos estaban trabajando. La zona siempre estaba lejos.

Primero me llamó mi primo. Y después un ministro. No sé cual. Mi madre dice que empecé a gritar. No me acuerdo. Y la casa se llenó de gente triste, que me agarraba las manos. Y yo les oía como si estuviese tras un cristal. Alguien me dio un vaso de agua. Y me envolvió una profunda tranquilidad. Y me dormí. Horas o días. No lo sé. Según parece asistí al funeral y al entierro. Nadie supo que, tras las enormes gafas oscuras, seguía durmiendo. Todo está fundido en negro. Con voces mate y lejos. Y esa tranquilidad. Esa paz absoluta.

Ni se enteró. Y me lo dijo mirándome fijamente, como para querer convencerme. La Hermana Celeste. En mi tranquilidad artificial se me ocurrió que tenía nombre de grupo indi. Y me dio por reír. Me cogió la mano y me la acarició. No tenía manos de monja. Tenía las manos de mi tío Crisanto. Albañil. Y otra vez la risa. Ella también sonrió. Al menos. Había traído “las cosas”, como ella las llamó, en un macuto enorme de lona azul.

Cuando se fue me quedé mirándolo sin poder siquiera tocarlo. Mi madre lo cogió y despareció con él por el pasillo.

En algún momento me di cuenta de que David no iba a volver. Que no iba a escuchar el ruido de sus llaves en la puerta, ni vaciar sus botas de arena, verle convertir nuestra bañera en una cubeta para el estudio de las olas del mar, escuchar su risa, verle cargar con los niños a la espalda, oir como le llama Beckenbauer a Fran para luego presumir de ser el único hombre sobre la faz de la tierra capaz de robarle el balón, los domingos sin prisa, o saberme poseedora de su total y sincera atención.

Ellos se van, y los que dejan atrás tenemos que volver a construir nuestra vida, como si un inesperado bombardeo la hubiese hecho saltar en mil pedazos.

Volví a trabajar un mes después, para mover mi cabeza hacia algún lado, y ver gente. Volví a funcionar, una nueva rutina sin esperar su vuelta, una rutina para aceptar su ausencia.

Lo encontré un domingo por la mañana. Buscando una bolsa de deporte y guantes de goma para Levi , el lunes tenía una excursión con el colegio y una bolsa de deporte era la mejor opción para meter todo lo que me habían dicho que debía llevar. Estaba en el armario de los productos de limpieza. En la lista, en rojo, habían escrito “Guantes de goma”, me pregunté qué tendría que hacer mi hijo con guantes de goma en Andorra, pero aún así aparté varios cachibaches para alcanzar la bolsa de guantes y allí lo descubrí. Grande y de lona azul. Empotrado contra la pared del fondo. Cogí los guantes y volví a cerrar la puerta como si hubiese visto una bomba a punto de explotar. Tuve un nudo en la garganta todo el día. No se fue ni con un par de chupitos de orujo.

La mejor manera de solucionar un problema es aceptarlo. Así que, en cuanto los niños estuvieron dormidos y mi madre se marchó, volví a abrir la puerta.

Observándolo ante mi, sentada en el suelo, se me ocurrió que tenía algo de macuto de soldado. Pero en azul. Aflojé la apertura superior, y decidí ir sacando las cosas una a una, sin mirar el contenido total, siendo juez y parte de mi propio sorteo.

Una lata con lo que parecían billetes de autobús, papelitos de colores con garabatos escritos a mano, algunos con letras impresas y a un ridículo precio, le gustaba viajar en los medios de transporte público del lugar donde le tocara trabajar, decía que así se podía hacer una idea de la distancia real entre las poblaciones, mejor que en un jeep o en un camión de la Organización. Veinticuatro papelitos de colores en dos semanas. Dejé la lata en el suelo junto a mí. Un paraguas negro plegable, una linterna, tres cuadernos con informes escritos a mano, y medidas, no solía llevar dispositivo electrónico alguno, ya que solía moverse por zonas donde la electricidad era un artículo de lujo y sin conexión a internet, lo documentaba todo por escrito , y una vez en la central lo pasaba al ordenador, sonreí al tratar de entender su letra ilegible, siempre le decía que debería haber sido médico. El me respondía que no le gustaba la sangre. Y otra vez el nudo. Dos cajas de lápices y una de gomas, tres collares de cuentas de madera de colores, su maquinilla a pilas y una bolsa de cuero marrón. Abrí la cremallera despacio, casi temiendo que algo fuese a salir volando de dentro. Su Canon EOS. Perdí mi batalla contra las lágrimas, pero me las borré con la mano. A través de esa cámara había recorrido África de su mano, de cada viaje traía un reportaje gráfico, una especie de diario con el que me explicaba lo que había hecho. A mi propuesta de publicarlas, había contestado que hacerlo sería como vender el alma de aquellos lugares y de sus gentes, las solía revelar el mismo en el trastero. Sin querer, mi mirada vagó hasta una foto que adornaba nuestro salón,y que él había titulado “Cántaros”, una mujer de espaldas con un enorme cántaro sobre la cabeza, una mano lo sujetaba, la otra en la cadera, en un paisaje ocre y marrón, ella misma vestía de naranja.

Volví a borrar las lágrimas y cogí la cámara entre mis manos, alguien la había limpiado, pero aún había restos de algo. Supuse de qué y mi estomago se dobló, me tapé la boca y respiré hondo, cerrando los ojos. Cuando mi estomago volvió a su posición normal, encontré el valor para examinarla.

Todavía tenía batería, así que pulsé un botón y con un breve pitido encendió su piloto verde. En un arranque de valentía toqué el botón para ver las fotos en la pantalla.

Y allí estaba. LA foto. LA última foto. No pude borrar las lágrimas. Me quedé mirando la pantalla, incapaz de moverme.

Cuando pude forzar en mí alguna reacción, apagué la cámara y la devolví a la bolsa de cuero, apretándola contra mi,mirando al vacío, tratando de hilar siquiera un pensamiento. Hacía meses que no lo hacía. Había dejado a otros hacerlo por mi. Noté como me invadía un cansancio casi mineral.

Una a una volví a meter las cosas dentro del macuto. Todo menos la bolsa de cuero. Guardé ambas cosas en las profundidades de una balda con jerseys de invierno.

La primera persona a la que se me ocurrió podría consultar fue Don Robusto, mi antiguo párroco, aunque para nosotros siempre fue Robusto. A secas. Más allá de toda confesión o voto. Pero la última vez que había ido a visitarle, la edad ya había hecho mella y la enfermedad del olvido no le había permitido reconocerme. Así que hube de buscar otra opción.

Si siempre he querido ser notario, ha sido por Don Sisenando. Cada familia tiene un médico de cabecera. Nosotros teníamos un notario. Recuerdo acompañar a mi madre a hacer algún trámite, el despacho estaba en un segundo piso y la escalera era una suerte de ampliación de la sala de espera, donde la gente aguardaba pacientemente ser atendida, respetando el orden de los peldaños a modo de turno. Pacita era entonces la oficial y salía a intervalos regulares a resolver asuntos menores entre los que esperaban. Y a repartir Chupa-Chups. Para nosotros niños no suponía ir a solucionar papeleo. Nosotros íbamos por los Chupa-Chups.

Pero Pacita se jubiló hace años y ya no se reparten turnos por peldaños. Ni Chupa-Chups. Si bien las riendas de la notaría las lleva ahora su hijo, Don Sisenando conserva su despacho. Y de alguna manera el mando. Cuando yo era una niña, el ya era un hombre muy mayor. Cuando el oficial me abrió la puerta de la estancia, se me ocurrió que aún debía ser posible hacer tratos con fuerzas innombrables para detener el paso del tiempo. Y Don Sisenando había firmado uno años atrás, conservándose tal y como le recordaba.

Sentado a su mesa de caoba maciza, levemente encorvado en su impecable traje azul marino con chaleco del que pendía la leontina dorada de su reloj, y corbata con nudo Windsor. Era portador de unas gafas de miope rectangulares, sin pasta y minúsculas, lo que me había llevado muchas veces a pensar que eran totalmente insuficientes para la amplitud de su mirada azul, con la que observaba a su interlocutor por encima de ellas. Tenía menos pelo, muy blanco y bien cortado. La máquina de escribir había sido sustituida por un moderno ordenador portátil con impresora inalámbrica. Único cambio reseñable en la decoración caoba, maciza y profusa. “Eres igual a tu madre” y me señaló con un dedo indice largo y curvo, al tiempo que se incorporaba sin demasiado trabajo, le di dos besos y el me acarició la cabeza, como entonces, intenté no mirarle para no emocionarme, y casi lo logré. El me ofreció su pañuelo de todas formas.

Me volvió a dar el pésame que ya había recibido de su hijo en su momento, y mirándome por encima de sus minúsculas gafas, entrelazó sus largos y abigarrados dedos para preguntarme en qué me podía servir. Yo aferraba la bolsa de cuero contra mi, como si de un salvavidas se tratase y no sabía muy bien por donde empezar. “Lo mejor es empezar siempre desde el principio” y esa frase en su voz como de hojas secas, borró como por pincel mágico mis dudas y empecé desde el principio.

Me situé junto a él y accioné el botón de encendido de la cámara, para luego pulsar la tecla de visionado de fotos en la pantalla. Y allí estaba otra vez. LA foto. Por primera vez en mi vida vi a Don Sisenando ajustarse las gafas al tiempo que guiñaba imperceptiblemente los ojos. Se hizo un silencio que no supe romper. Su mirada azul multiplicada por diez a través de sus lentes rectangulares se encontró con la mía, que por algún motivo no podía parar de parpadear. “Criatura, vamos a necesitar refuerzos”. Mi abuela me había contado una vez que Don Sisenando había sobrevivido al acoso de Belchite, con lo que tras escuchar tal frase de su boca, no pude más que sentarme a esperar.

Llamó a Hernán, su hijo. Y éste a su primo Amable, abogado que tenía su oficina a dos calles, pero que apareció en el despacho apenas Hernán colgó el teléfono.

Los tres contemplaron LA foto en el visor, al tiempo que intercambiaban comentarios a media voz que yo desde mi asiento no podía oir.

Me explicaron, de forma que yo pudiera entenderlo, las diferentes posibilidades que se daban con respecto a LA foto. Me ofrecieron unos días de plazo para pensar. Pero no los necesité. Me decidí por la única opción que para él hubiera sido posible. No podía ser de otra manera.

Doné la foto al Museo de Arte Moderno. Le dedicaron una sala en exclusiva. Los beneficios de cualquier tipo de reproducción se destinaron a la Fundación Silev, una combinación de los nombre de nuestros hijos, destinada a la construcción de pozos. Sus pozos. Ahora nuestros pozos.

A veces me siento en el banco que han situado frente a ella. Y escucho su voz en mi oido. Casi un susurro. Llamándome. Maravillas. Porque es mi nombre.