Qué no daría él por cantar así. Abrir la boca y soltar semejante voz. Pero no. Él no podría nunca. Hombre, cantar, lo que se dice cantar, sí. Cualquiera puede cantar. Pero así no. Sólo muy pocos. Si intentara llegar a la nota, la gente pensaría que le estaba dando algo. Él, al cantar, pareciera que está tratando de juntar vacas en el prado. Se lo había dicho una vez su abuelo. Y tenía razón. Por eso él sólo tararea. Pero únicamente cuando está solo, ya que es consciente de que hay gente que eso le enerva. Y luego está lo que dice. A él siempre le lleva lejos. Mar adentro. Donde uno puede estar a solas con el mar. Sin tiempos ni espacios. Mirando las olas pasar. No como ahora. Metido en un coche, esperando a que se dilucide un atasco en una ciudad de interior. Le lleva a aquellos días. A aquel verano. El verano de los surferos. Surfistas. Pero ellos entonces les llamaban surferos, aunque ni siquiera lo fuesen en realidad. Lo que hacían era Windsurf. En todo caso hubieran sido Windsurfistas. Pero para ellos eran los surferos. Bueno, para ellos no, para Candamio, el jefe del Servicio de Salvamento de la playa que le había tocado a él. Para que no te aburras te hemos apuntado en Salvamento, le había dicho su madre, y cualquiera le chistaba entonces a su madre. Y allí se fue él, dispuesto a salvar gente sin tener idea de cómo. En su playa no había surferos. Salían de la playa de enfrente, y ellos les veían bailar entre las dos playas al ritmo del viento y las olas. En su playa nunca pasaba nada más allá de una picadura de avispa, así que ellos tenían todo el tiempo del mundo para observarlos. Ellos. Ellos eran, Garita, al que llamaban así porque ya había hecho la mili y se la había pasado metido en una, Tiritas, que había venido ya con el nombre puesto, y él mismo al que dieron en llamar “Jaselhof”, porque no se le había ocurrido mejor idea que aparecer el primer día con un bañador rojo. Ellos eran los encargados de abrir y cerrar la playa. Acto que consistía en anunciarlo por megafonía y que nadie se diese por enterado. Si había tantos surferos era por el viento. Siempre hacía viento. Hasta que un día, de repente, no hubo. Sin más. Durante bastante tiempo. Que debió de ser mucho, porque él se había bañado dos veces para aliviar el calor. Entonces habían aparecido dos guardias civiles y le habían dicho a Candamio que tenían que salir a un rescate con la Zodiac. Y todos le habían mirado a él, a Jaselhof. Como si estar estudiando Económicas le otorgase el don de ser experto en rescates. Al no haber viento, dos surferos se habían quedado varados en el agua entre las dos playas, sus amigos, al ver que no regresaban habían llamado a la guardia civil desde una cabina y ellos ahora tenían que ir a buscarles. Habían salido Tiritas y él. Tiritas puso la lancha a todo dar y él tuvo que ir todo el trayecto aferrado a las cuerdas tratando se no caer al agua. Él sigue convencido de que aquel motor tenía que estar trucado. En total tuvieron que hacer tres viajes de ida y vuelta. En el primero trasladaron a los surferos a la playa. Y en los otros dos remolcaron las tablas y las velas. Él había contado la hazaña en casa y su padre le había llamado héroe. Y todo hubiera quedado en eso. Pero no. Al día siguiente sucedió exactamente lo mismo. Incluso la pareja de la guardia civil fue la misma. Pero esta vez no eran dos surferos. Era una surfera. En esta ocasión se ahorraron un viaje porque a la vuelta remolcaron la tabla con la vela. Él había contado otra vez lo ocurrido en casa, pero ya no había causado tanta impresión. Lo que sí le causó impresión a él fue tener que rescatar a esa misma chica tres días seguidos. Se llamaba Andrea y no se cansaba de repetir que ella no lo hacía a propósito. Él le había dicho que aunque lo hiciera a propósito él no se lo iba a tener nunca en cuenta. Y ella se había reído. Él también. No había tenido que rescatarla más. Ella cruzaba con la tabla a primera hora y cuando la playa se daba por cerrada, la cargaban en el coche de él y la llevaba a casa. A veces se alejaban mar adentro apoyados en la tabla, y, allá lejos, sin tiempos ni espacios, miraban las olas pasar. Aquel verano. Lo que puede traer una canción. Lo que sea que ha causado el atasco ya no está, y el camión que va delante de él por fin avanza. Definitivamente va a convencer a Andrea de comprar dos SUP (*Stand-up-Paddling) para con el buen tiempo ir a algún pantano.O mejor escaparse a alguna cala en algún lugar. Sonríe. Vuelve a poner la canción en el dispositivo del coche. Y si tiene que volver a rescatarla, no se lo tendrá en cuenta.