-Malia, ponte la ropa buena, que hoy tienes que ir a la Casa Grande…

-A cuál?

-A la de Zárate, mañana celebran y reciben gente, y hoy hay faena para dar y regalar..

-Viene usted conmigo?

-Yo tengo que planchar la ropa de la Virgen y los manteles del altar, después me cuentas…

-Contar? El qué?

-En la Casa Grande siempre pasan cosas…

Malia, cuyo nombre era Amalia, pero ella respondía sólo a Malia, se puso su ropa buena, y los zapatos de hebilla que reservaba para ir a la misa, luego su madre le peinó la melena en una trenza y se la fijó con brillantina, ya que tenía el pelo muy liso y se le desprendía con facilidad.

Antes de que Malia pudiera llegar al final de su calle, la alcanzó Samuel el del Carro con su carro, el mismo que un día sería utilizado para montar una infranqueable barricada y a través del espacio que dejaban dos de sus varas Antoñito el de los Rieles alcanzaría de un tiro la campana de la iglesia. Pero eso Samuel no lo podía saber. Hoy lo llevaba cargado con tres barriles de vino, y, adivinando que Malia y él tenían el mismo destino, la invitó a subirse al pescante, invitación que Malia aceptó con gusto, ya que así no tendría que hacer el largo camino andando bajo el ya incipiente calor.

Una vez llegados a la propiedad, Samuel paró el carro en la zona de las bodegas. Malia tenía que ir la la zona de cocinas, así que tras despedirse de Samuel, acortó camino a través del patio de las cuadras. Allí se cruzó con Cleto, uno de los mozos que ayudaba con las bestias, y que ahora llevaba una cesta repleta de huevos en sus manos, las mismas sobre las que observaría el brillo único de una pulsera que iba llamada a ser maldita por las desgracias que había acarreado su posesión, hasta que él quiso robarla y sin embargo la consiguió sin más, y con ella la solución a todos sus problemas. Pero eso sucedería después. Mucho después. Ahora Cleto contaba sólo doce años y acarreaba un cesto repleto de huevos. Al ver a Malia soltó una carcajada.

-Hola Malia. Es que te has perdido o qué?

-Muy gracioso, vengo a ayudar…

-Ahí dentro las tienes a todas…- Y señaló la entrada a la cocina con la cabeza.

-Gracias..- Cleto se encogió de hombros como respuesta y continuó camino.

Malia alcanzó la puerta de la cocina, y nadie se dio cuenta de su presencia ya que todas y cada una de las personas que en aquel momento se encontraban en aquella enorme superficie que era la cocina de la Casa Grande de Zárate, estaban ocupadas en alguna actividad o se movían de un lado a otro tratando de no molestarse unas a otras, todo ello sin ahorrar en voces, órdenes, contraórdenes, maldiciones, redioses y retaílas de distinta índole.

Malia buscó desde la puerta a su prima Carmencha. Carmencha desventraba un conejo sobre la mesa de la cocina, hundiendo sus manos en el animal y abarcando con ellas todo lo que hubiera en su interior. De la misma forma que removería las entrañas de Lady Abton-Lewis para girar en ellas a Reginald Timotheus Carmine, después quinto Lord Abton-Lewis, y así aquella pudiera parirle, y Lady Abton-Lewis decidió ponerle Carmine de tercer nombre, desterrando Magnus, en señal de agradecimiento hacia Carmencha a quien la unió un vínculo más fuerte que cualquier amistad por el resto de sus vidas y a quien una tarde de lluvia de un mes de marzo presentó al Comandante Thornton. Pero eso sucedería más tarde. Mucho más tarde. La futura Lady Abton-Lewis celebraría aún en breve su puesta de largo, el Comandante Thornton todavía no era ni oficial y Carmencha, aquella mañana, tenía seis conejos más por desventrar.

-Ya estoy aquí- Se presentó Malia, a lo que Carmencha respondió asintiendo con la cabeza sin mirarla, para después secarse el sudor de la frente con un antebrazo.

-Ya..yo estoy con esto, ahí la Jacoba te dirá..- Y le señaló con la cabeza algún lugar tras ella, Malia sin más se dirigió a Jacoba.

Jacoba en ese momento cortaba con ayuda de unas enormes tijeras, y con milimétrica exactitud, cordón de bramante que después sería utilizado con los rollos de carne mechada. Lo hacía con la misma exactitud con la que enderezaría la pierna de Gracián tras caerse éste del caballo y nadie se atrevía a mirar aquello, y Jacoba le colocaría los huesos otra vez en su sitio como se lo había visto hacer siempre a su padre con las bestias, y Gracián llegaría a escalar el Techo de Mundo. Pero eso Jacoba no podía saberlo en ese momento. Porque eso sucedería mucho después. Y Gracián aún tenía que nacer.

-Bien que vienes…ya ves qué apuro hay, lo primero que vas a hacer es ir al corral y coger uno de los gallos, el más grande veas y traérmelo…fíjate tú qué necesidad con todo lo que hay, pero la Señora lo quiere „al vino“ mañana, así que viento y no te entretengas…- Se lo ordenó sin apartar la vista del cordón y accionando las enormes tijeras, que hicieron un chasquido metálico al cortarlo. Malia asintió, y sin perder un minuto se alejó hacia la puerta por la que había entrado- No! No vayas por ahí..vete por aquí que llegas antes- Y Jacoba le señaló una puerta lateral- Y vuelve por el mismo camino…venga…viento!- Malia corrió hasta la puerta y casi como una exhalación desapareció tras ella.

Esa puerta llevaba a unas escaleras, que Malia descendió y por las que se cruzó con dos hombres que subían discutiendo entre si sobre la mejor manera de destejar un tejado, mientras ellos mismos transportaban una silla en cada brazo. Sólo pararon de discutir para darle a Malia un fugaz Buenos Días, y después continuar con su debate. Una vez alcanzó la base de la escalera, Malia salió a una patio más pequeño que el de las bestias. Lo cruzó guiándose por los cacareos que escuchó provenían del fondo. El corral, repleto de gallinas que pululaban de una lado a otro, estaba vallado, y tenía como acceso una puerta de malla metálica cerrada con pestillo. Iba a abrirla, cuando una voz se lo impidió.

-No! No la abras, si no salen todas corriendo y después no quieren volver a entrar- Quien así advertía era Felipe, el hijo del encargado de los corrales, que se acercaba a ella portando dos cubos con pan viejo en migas. Los portaba con la misma facilidad con la que una vez se desharía del cuerpo del que había sido el ruín asesino de su padre, arrojándolo a una tumba sin nombre y cubriéndolo con la tierra del olvido, hasta que fuera descubierto muchos años después por motivo de la construcción de un aparcamiento subterráneo, pero para aquel entonces Felipe también habría sido enterrado, con gran duelo y tristeza, en su panteón del Rosehill Cemetery de Chicago, Illinois, y nunca le habrían de faltar flores frescas. Pero eso Felipe no lo sabía todavía. Eso sucedería mucho después. Ahora se acercaba a Malia transportando con pasmosa facilidad dos cubos de pan viejo.

-Cuántas quieres?- Se interesó, dejando los cubos ante la puerta de malla.

-La Jacoba quiere un gallo- Aclaró Malia.

-Pues espera aquí que te lo busco- Y tras abrir el pestillo de la portezuela, se deslizó dentro del corral cerrándola tras si y desapareciendo por el fondo. Volvió casi de inmediato, portando entre sus brazos de remo un digno ejemplar, que no parecía estar muy de acuerdo con la mudanza y trataba de zafarse sin conseguirlo.- Aquí tienes, el más grande, reservado para las ocasiones, vas a tener que sujetarlo muy fuerte, si no se te escapará- Advirtió Felipe, antes de pasárselo a Malia, quien recibió el gallo en una especie de abrazo en el que lo estrechó contra si.

-Gracias Felipe, dale un saludo a tu hermana..- Felipe sonrió.

-Se lo daré..- En eso, un grupo de hombres portando cada uno varias sillas se dispusieron a entrar por la puerta por la que ella había accedido al patio antes.

-Uy…eso va para largo, es mejor que utilices esa otra puerta..- Aconsejó Felipe señalándole otra puerta lateral, Malia dudó un momento, indecisa.

-A dónde voy a dar?- Quiso saber, Felipe pensó un instante y después chasqueó los dedos.

-Según entras, subes las escaleras y tuerces a la izquierda, luego a la derecha y sigues el pasillo, vuelves a torces a la izquierda y después bajas por unas escaleras que vas a encontrar a la derecha y ya llegas a la cocina..- Explicó Felipe moviendo sus manos en el aire al tiempo que daba las indicaciones. Malia asintió sonriendo, convencida de que se acordaría de todo. Felipe le abrió la puerta para que no tuviera que soltar al gallo, que se revolvía sin parar, y se despidieron.

Malia subió las escaleras, como le había dicho Felipe, pero en lugar de torcer a la izquierda, torció a la derecha, encontrándose en un pasillo larguísimo, repleto de puertas. Cuando había alcanzado aproximadamente la mitad del pasillo, el gallo aprovechó que Malia había aflojado levemente la fuerza de su abrazo, y se revolvió sobre si mismo con gran aspaviento de alas y golpes de pico, que Malia esquivó a duras penas dejándolo libre sin querer, y el gallo, viéndose liberado, se escapó corriendo a gran velocidad por el pasillo, desapareciendo por el codo al final del mismo. Malia le siguió corriendo, y alcanzó a verle desaparecer en una habitación que tenía la puerta abierta y de la que provenía una voz masculina que no parecía de este mundo, que cantaba el „Ave María“ de Schubert. Malia se acercó casi sin atreverse a la puerta, y, al asomarse, descubrió a Lorenzo el de los Cubos que, subido en lo alto de una escalera, cantaba mientras colocaba la barra de unas cortinas, con aquella voz suya, que le llevaría una vez a ser el único tenor en recibir diez minutos de reloj de ovaciones en pie en el Teatro Real, la misma voz con la que su hijo haría vibrar el Madison Square Garden y su nieto el Wembley-Stadion. Pero eso Lorenzo todavía no lo podía saber. Ahora ensayaba el „Ave María“ que tenía que cantar al día siguiente en misa de doce, con Migia de Bermúdez y Lina la de Arriba como único público, quienes le miraban con la boca abierta sin atinar al moverse, mientras sostenían las cortinas en los brazos. Ninguno de los tres se percató de la presencia de Malia, quien tras cerciorarse de que el gallo no estaba allí continuó su búsqueda por el pasillo.

-No me dejes Alfonso, por Dios..

-Ya te dije que me iría, y me voy Lores…

-No te puedes ir, no hoy..

-Me voy, Lores, ya está decidido…

-Vete mañana, después de la fiesta, qué dirá la gente si no estás cuando diga que estoy en estado…

-En estado..?Otra vez? Pero..Lores…cómo?..

-Pasa la fiesta, doy la noticia y te vas…

-Lores, entonces sí que no me puedo ir…es que no lo entiendes?

-Lo que sí entiendo es que no me puedes dejar Alfonso…

-Déjame Lores, déjame…

-Alfonso a dónde vas?…Alfonso por Dios…

Quienes así discutían mientras iban de una habitación a la de enfrente, en lo que parecía un perfectamente orquestada persecución, eran Dolores de Zárate la hija mayor de los Zárate, llamada familiarmente Lores, y su marido Alfonso. Lores de Zárate había decidido una vez ser infeliz con Alfonso y no feliz con otra persona, y eso siempre había sido así, era así y seguiría siendo así hasta que la muerte les separó, muchos años y ocho hijos después. Y, de alguna manera ellos lo sabían. Que eran infelices. Que llegarían a tener ocho hijos todavía no, ya que Lores de Zárate ni siquiera estaba todavía embarazada de su cuarto hijo. Y eso ella sí que lo sabía. Alfonso no. Y por eso le perseguía de cuarto en cuarto sin descanso, y sin percatarse de la presencia de Malia, quien se había escondido en un recodo en sombra. Cuando Lores y Alfonso se encerraron por fin en una habitación a continuar con su discusión, Malia escuchó el posible aleteo del gallo, que provenía de unas alacenas de ropa a la vuelta del pasillo. A paso rápido Malia recorrió el espacio entre su escondite y las alacenas, y abrió una de ellas de vez con el fin de sorprender al gallo. Pero a quien sorprendió fue a Gero el del Pintor y a Bautista el de los Llanos abrazados y rodeados de toda la ropa blanca por planchar de los Zárate, y que al verla, se separaron abruptamente, casi empujándose el uno al otro, como nunca tendrían que hacer de nuevo en Quebec, donde regentarían conjuntamente una lavandería y se abrazarían cuando les diera la gana. Pero eso ellos todavía no lo podían saber. Ni Malia tampoco, quien por un instante se preguntó por qué esos dos buscarían un sitio así para darse un abrazo, y sobre todo, a sus ojos, por qué motivo. Pero no se paró a preguntárselo, ya que volvió a cerrar la puerta de la alacena, y continuó con la búsqueda del gallo, al que ya maldecía para si y deseaba la peor de las suertes, mientras trataba de colocarse bien el pelo, que ya empezaba a deslizársele de la trenza.

Adrián de Zárate, llamado familiarmente, Aidán, había rendido en la Capital con éxito los exámenes para Notarías que su padre tanto había ansiado, y había llegado a la Casa Grande a primera hora de la mañana, después de un tortuoso viaje en el que había tenido que cambiar tres veces de tren, recorrido un trecho en carro y por último atravesado un monte a caballo. No había conseguido sentarse a descansar desde que había puesto pie en la casa, que había encontrado envuelta en una especie de zafarrancho. Aidán de Zárate se tumbó en el sofá de la salita azul del segundo piso dispuesto a descansar cinco minutos. Sólo cinco minutos. Ese era exáctamente el espacio de tiempo que, calculaba, necesitaba para reponerse del viaje. Cerró los ojos. Y Malia entró en tromba en su vida.

-Y tú qué haces aquí?

-Ay Señorito! Por favor perdóneme…es que se me ha escapado el gallo…

-El gallo…

-Si Señorito…lo levaba a la cocina y se me revolvió, y salió volando y yo corrí y casi me caí y ahora no sé donde está y perdóneme Señorito que no lo he hecho a propósito…

-No te preocupes, no se lo diré a nadie…pero por aquí no ha pasado…

-La Señá Jacoba me va a correr a palos…dónde estará Dios Mío…

-Vamos a ver, tranquilízate, dónde dices que se te escapó?

-En el pasillo…

-Pues vete al pasillo…

-Ya fui y ya volví y nada…- Escuchan el cacarear del gallo muy cerca. Ambos se acercan a la ventana. El gallo está sobre el muro de la alberca. Ellos se miran.

-Ahí tienes tu gallo…- Malia suspiró casi llorando, sin saber qué hacer, él suspiró también como el que se arma de paciencia- Pues que no se diga que un de Zárate no sabe atrapar un gallo..- Y sin más se dirigió a la puerta, ella le siguió llevándose las manos a la boca.Le siguió por pasillos y escaleras, hasta que alcanzaron la puerta de salida al Fondo, llamado así porque se encontraba precisamente, allí, en el fondo de la propiedad.

Aidán se acercó despacio a la alberca, sobre el muro de la cual, caminaba el gallo, todavía ajeno a sus intenciones, y se encaramó con cuidado para atraparlo. Al querer atrapar el gallo, Aidán perdió pie y cayó a la alberca provocando al chapuzarse una explosión de agua que mojó también a Malia, quien no pudo reprimir un grito de espanto. Justo en el momento en que Aidán había conseguido incorporarse dentro de la alberca cuyo volumen de agua le llegaba a la mitad del pecho, Clarugenia y Ulogio que, por motivos que más tarde vendrían a cuento, se encontraban cerca, detrás de un muro, aparecieron corriendo, alertados por el grito de Malia y el repentino chapoteo.

-Ay Señorito! Qué le ha pasado a usted!- Exclamó Clarugenia llevándose las manos a la cabeza, Ulogio soltó un silbido y se quitó el sombrero de paja, como siempre hacía delante de los Señores, aunque acabasen de caer dentro de una alberca. Aidán se enjugó el rostro con las palmas de las manos y escupio un poco de agua. Malia había optado por taparse la boca con la mano y no parpadear.

-El calor…Hace un calor terrible…- Acertó a contestar, Clarugenia y Ulogio se miraron un instante, con la misma expresión con la que se mirarían cuando su hijo les dijo que él lo que quería era estudiar Ingeniería de Minas y horadar túneles en montañas, extremo que se cumpliría y su nombre se leería después en las placas conmemorativas. Pero eso ellos todavía no lo podían saber. Ellos seguían sin entender qué hacía el Señorito Aidán en la alberca del fondo.

Ulogio le ayudó a salir y Clarugenia se fue corriendo hacia la casa a buscar algún paño con el que se pudiera secar. Aidán le agradeció la ayuda a Ulogio, quien tras ponerse de nuevo su sombrero regresó a lo que estuviera haciendo tras el muro, y Aidán se acercó a Malia.Y la miró. La miró, y a ella le pareció que ella fuera la única persona existente en el mundo en aquel momento, y que Aidán diera en mirarla. A ella sola. Porque sólo serían ellos dos en el mundo. La miró como la volvería a mirar el día que trajo al mundo a su primer hijo. Pero eso ella todavía no lo sabía, y aunque Aidán ya lo intuía, en aquel momento sólo la miró. Como si fueran sólo ellos en el mundo.

-Creo que lo mejor es que busquemos otro gallo..- Propuso él, ella suspiró rindiendose a la evidencia.

-Mejor será, sí…- Dijo. Y se alejaron caminando despacio hacia la casa, juntos, como siempre lo estarían a partir de ese momento. Aunque ellos todavía no podían saberlo.

Mientras esto sucedía, el gallo había volado cortas distancias, como suelen hacer los gallos, y corrido a gran velocidad, como también suelen hacer ese tipo de aves, y había alcanzado el Camino del Fondo, llamado así por encontrarse justamente allí, en el fondo de la propiedad, por el que avanzaba Ginés el del Toldero, camino de la Casa Grande con el fin de preguntar si hubiera faena para él y así ganarse unos cuartos. Cuando el gallo se cruzó en su camino, primero miró en derredor en busca de la persona a la que debía pertenecer tal ejemplar, pero no vio a nadie ni escuchó nada, sólo el canto de las cigarras. Y sin pensarlo dos veces agarró con las dos manos el saco que siempre llevaba consigo, y atrapó de una vez al gallo dentro. Apretándolo contra si y cerrándole el pico con la mano para no delatarse, se lo llevó a casa. Su mujer y él comerían caliente por primera vez en tanto tiempo que no se pararon a recordar cuánto y lo harían durante dos semanas enteras. Y ella, a resultas de semejante regalía, por fin conseguiría empreñar y su hijo llegaría a ser un médico muy importante en la historia del país. Pero ellos, en aquel momento, no lo podían saber. Sólo se preocuparon de esconder el gallo.

Y cayó la tarde, y el calor refrescó con una ligera brisa. Y se abrieron ventanas y portones para dejarla entrar y que se quedara a pasar la noche. Y la noche trajo el día, y aquel día después de la misa y tras los consabidos cinco chupinazos en honor a la patrona, la bomba de palenque rompería todos los cristales de la casa de los Sainz.

Pero eso todavía no lo podía saber nadie.