*HEILIGKREUZSTEINACH. (Khaled)

Tombe la neige
Tu ne viendras pas ce soir
Tombe la neige
Tout est blanc de désespoir
Triste certitude
Le froid et l’absence
Cet odieux silence
Blanche solitude „

                 Adamo

Feldwebel Schröder había llamado para decir que llegarían con retraso. Habían decidido subir por la Peterstalerstrasse y había demasiada nieve, él le había dicho que podía tomar el autobús a Bammental y después el tren a Heidelberg, podrían encontrarse en la estación. Pero Schröder había declinado la idea, les resultaría muy complicado volver atrás, y además, primaba la discreción. Colgó el teléfono sin dejar de observar el caer de la nieve. La nieve en Alemania era triste. Caía en cortinas, y durante la noche lo había cubierto todo de un denso manto blanco, que no dejaba distinguir nada del paisaje que normalmente veía desde la ventana de su habitación.

La nieve en su país también era blanca, pero nunca le había provocado tristeza. El frío también era distinto. Como todo desde que le habían traido allí, hacía ya seis meses. Nadie le había preguntado su opinión.

De resultas de la explosión se le había incrustado una esquirla en un brazo, una herida leve, en comparación con las que habían sufrido los otros. Los otros. Se acordaba a menudo de ellos. Sólo había vuelto a ver a Juan, en el hospital, habían podido salvarle la pierna, pero quedaría cojo. Él le había dicho que así se parecería al „Dr House“ y Juan había apuntado que él trataría der ser menos cruel. Se habían reido. Hacía mucho tiempo que no se reía. No tenía motivos.

Su alemán era fluido, y hacía las cosas un poco más fáciles. En total sabía seis idiomas. Y al fin y al cabo eso le había salvado la vida, en contra de la opinión de su tío, quien estaba convencido de que por eso les matarían a todos. Ahora su tío vivía en Suecia. Y él allí. Schröder le había anunciado que le trasladarían a Karlsruhe en cuanto se arreglase la burocracia. No estaba seguro de querer mudarse. Pero nadie le preguntaría su opinión.

Un grupo de niños avanzaba trabajosamente por la nieve, camino de la escuela. Se lanzaban bolas de nieve unos a otros y sus gritos rompían la campana de silencio de los albores del día. Les siguió con la mirada hasta que desaparecieron al final de la calle. En uno de los bordes del cristal se habían formado estrellas de hielo, una suerte de encaje que recorrió con el dedo. Sonrió. Era un principio.

 

*CLICK (Juan Cano)

Ahora ligaba más. No sabía si era por los bastones que usaba, o por la manera de andar que no disimulaba su cojera. El hecho era que sin proponérselo, acumulaba ya una serie de aventuras que acababan como habían empezado. Sin demasiados contratiempos.

Se había hecho médico porque siempre le había interesado el funcionamiento de las cosas. Por eso era internista. El cuerpo humano era una máquina imperfecta, siempre en funcionamiento, que necesitaba revisiones periódicas. Él no era más que el mecánico.

A su nueva condición de hombre atado a un bastón se había ido adaptando poco a poco. Hasta que apareció el click. De repente. Un día al levantarse de la cama lo había oído. Casi imperceptible, pero ahí. Un click metálico, como de interruptor de la luz. Que se repetía a cada paso que daba. Trató de ignorarlo. De vivir con él. Como había aprendido a hacerlo con el mapa orográfico de cicatrices que jalonaban su pierna, o con tener que pensar dos veces a dónde quería dirigirse antes de ponerse en movimiento, ya que para él conllevaba un importante volumen de logística postural el simple hecho de cambiar de dirección el paso. Pero había sido incapaz. El click se le había metido en la cabeza y aunque no se moviera, lo oía.

Primero se lo había consultado a su amigo Claudio, traumatólogo. Pero éste no había escuchado click alguno. Caminó ante él varias veces, con y sin ropa. Pero sin éxito. Puede que sea un ruido fantasma, había acabado por decir Claudio, a lo que él le había respondido que su pierna aún estaba presente, y que por lo tanto no podía haber fantasma alguno, ni siquiera de un ruido. El otro le había mirado escéptico, y recomendado una crema rica en aloe. Después se lo había preguntado a su fisioterapeuta, y ella se limitó a darle una tabla de ejercicios de cadera, ya que podía no ser un click. Sino una especie de pinchamiento indoloro.

Llegó a dormir con tapones especiales en los oídos, para no escucharlo, y al menos pegar ojo. Pero sólo había conseguido tener pesadillas. Y hacer que lo recuerdos volvieran. Una y otra vez.

La solución le vino de la mano de Larry Kowalski. Solían hablarse a través de video-llamada de vez en cuando, y ponerse al día. Cuando le había comentado su problema con el click, Larry no soltó una carcajada, ni hizo bromas, ni añadió “Playmobil” a su definición del ruido, ni lo tomó por loco. Escuchó atentamente su descripción de cómo era y cuándo se producía, y dictaminó que seguramente uno de los clavos no ajustaba bien. Le invitó a visitarle y de paso su ortopeda podría echarle un vistazo. A Juan le había faltado tiempo para comprar el pasaje.

Larry vivía con su familia en Montecito, a una hora larga de Los Ángeles, en una casa de planta baja que había adaptado a sus necesidades. Juan había podido conservar su pierna, a Larry le faltaban las dos, pero se desplazaba a una velocidad asombrosa sobre dos prótesis biónicas de última generación.

Al Dr.Hidalgo la onda expansiva de una bomba le había dejado sin cara. Ahora usaba unas máscaras de silicona opaca que se adaptaban a lo que habían sido sus facciones, dejando libres solo la boca y los ojos, que siempre miraban vivos y negros a su interlocutor. Él tampoco hizo comentario gracioso alguno a cerca del ruido. Le hizo caminar sin pantalones varias veces ante él, al tiempo que alternativamente miraba al trasluz la radiografía de la especie de mecano que era su pierna, que Juan le había traído. Le hizo luego tumbar en una camilla ergonómica, y le untó la zona alta del muslo con un gel muy frío, para facilitar la ecografía.

-42- Sentenció después de pasar varias veces el puño ecográfico por el mismo lugar- Es es clavo 42, se ha aflojado un poco- Explicó, y Juan respiró tranquilo.

– Pues va a ser entonces verdad que la respuesta a todas las preguntas es 42…- Se le ocurrió decir, en referencia a “Guía del Autoestopista Galáctico”, uno de sus libros favoritos. Y esta vez se rieron los tres.

Sólo necesitó anestesia local, y quedarse por precaución una noche en el hospital. Después el click había desaparecido.

Tras una semana disfrutando de la hospitalidad familiar de los Kowalski, regresó a su día a día, despidiéndose de Larry con un hasta muy pronto, ya que ambos acudirían al encuentro planeado por su amiga común Gencha. La última vez que había hablado con ella, le había comentado en qué andaba ocupada ahora, y le había dado la idea de qué llevarle de regalo: Una genuina versión digital de la Enciclopedia Larousse. Porque allí se podía encontrar mucha información sobre todas las cosas necesarias e innecesarias de este mundo, como mapas orográficos, dónde se encontraba Afganistán, qué extensión puede llegar a tener una onda expansiva, qué es Biónico y la definición de la palabra Click. Chasquido.

*Fire in the hole! (Larry Kowalski)

Larry Kowalski tenía prisa. En otro tiempo hubiera avanzado por los pasillos del supermercado a la carrera, a la vez que llenaba su carro con las cosas escritas en su lista de compra. Ahora se limitaba a dar zancadas tan grandes como se lo permitían las prótesis. Eran biónicas de titanio y fibra de carbono, y podía usarlas con zapatillas de deporte. A la hora de elegir el modelo, le habían dado la posibilidad de utilizar unas que imitaban la piel humana en la textura, como de plástico duro, pero Blue le había dicho al verlas que con ellas iba a parecer una Barbie, y él no era una Barbie. Ni siquiera se parecía a un Ken. Ty se había mostrado entusiasmado con este modelo, ya que le hacían parecerse a un super-robot protagonista de su serie favorita, y le convertían automáticamente en superhéroe. Lindsay se había emocionado al poder volver a alzar la cabeza para hablarle, y de comprar otra vez las ofertas de calcetines. Él había tardado un tiempo en dominar aquellos anexos a su cuerpo y moverlos a su voluntad, pero ahora ya formaban parte de él. A veces sentía un eco de dolor-fantasma, pero desaparecía rápido. Sólo había perdido un centímetro de su estatura original, él antes medía un metro noventa y uno, ahora uno noventa. Y ahora tenía prisa.

Después de llevar la compra a casa, tenía que encontrarse con Clark, el colega que le sustituiría como entrenador del equipo de baloncesto local el tiempo que iba a estar fuera, para explicarle un par de cosas sobre los próximos partidos, tras lo cual tenía que recoger a Blue de hockey, a Ty de judo y por último a Lindsay de la oficina. Ya tenía las maletas hechas, sólo le faltaba meter el regalo y quería que lo hiciese Lindsay, ya que era obra suya, él sólo había colaborado en un par de detalles, además de ser la mujer de su vida, era un prodigio en la factura de edredones de patchwork. Este le había llevado los últimos dos años. Había hecho también una versión pequeña que él quería enmarcar. Para verlo todos los días. Y, en él, leer su historia, explicada cuadrado a cuadrado de tela y pespunte a pespunte, como un libro abierto.

Se había decidido por un servicio de shuttle para ir al aeropuerto, el vuelo a Boston salía muy temprano y debía salir de Montecito en mitad de la noche, Lindsay le despidió en la puerta, él lo había hecho antes de los niños todavía profundamente dormidos.

En Boston se quedaría un día, para ir a visitar a West, le debía una desde hacía casi un año. Sabía lo que iba a pasar. Pero se la debía. Después continuaría rumbo a España. En el semáforo de un cruce antes de entrar en la autopista, llamó su atención un coche que se situó junto a su ventanilla. Era un Hummer color metalizado. Y se acordó de Ramona. Su Humvee. Y aquella mañana volvió, como hacía a veces, y él no la espantaba, la recorría una y otra vez, tratando de encontrar el momento justo en el que las cosas podrían haber sido de otra manera si él hubiera hecho algo de distinta forma. Doug y él habían desayunado solos, el resto se había marchado el día anterior, después de que hubiera sucedido todo. Doug y él se habían quedado con un pequeño retén, y se marcharían tras el desayuno a dar su versión de los hechos al mando. Después les habían concedido un permiso especial y podrían pasar dos días en Abu-Dhabi para reponerse del shock. Doug no había parado de hacer planes durante todo el desayuno de lo que podían hacer en Abu-Dhabi, él apenas había podido probar bocado, como tampoco había podido dormir. Doug en cambio dio buena cuenta del desayuno, y aún se comió un par de cosas del suyo, sin parar de hacer bromas. Doug se había empeñado en conducir, ya que de esa manera Larry podría relajarse viendo el paisaje y dejar de pensar un rato, todo iba a ir bien, eran cosas que pasaban, no era culpa de nadie, tú déjame hablar a mí , le había dicho, no te rompas la cabeza.

-Eso sí, después pagas las birras-

Eso era de lo último de lo que se acordaba. Después no había nada. Cuando abrió los ojos le cegó la luz de una linterna y una voz de mujer le preguntaba si podía oirle. Y de nuevo la nada. Ramona había pisado una mina. Doug había muerto en el acto. Él supo lo de sus piernas en cuanto pudo estar despierto el tiempo suficiente. Y se desesperó. Se enfadó con el mundo. Se negó a comer y a hablar. Hasta que llegó a la conclusión de que con esa actitud no arreglaba nada, y que la única manera de solucionar un problema era aceptarlo. Y lo aceptó. No había sido fácil. Pero ya no pensaba en ello. Sólo a veces. Cuando todo aquello volvía. Desde muy lejos. Había buscado el contacto con cada uno de los que se habían visto afectados por su acción, y ellos le respondieron ofreciéndole una amistad que nunca había esperado. Gencha había tardado un poco más. Él lo había respetado. Todo llevaba su tiempo.

Cada vez que visitaba a West, albergaba la esperanza de encontrarle flirteando con las enfermeras, bailando al ritmo de lo que sonara en la radio o atronando las sala con sus carcajadas. Pero no. Debía visitarle en una sala especial, vacía de muebles, alejado de él un mínimo de ocho metros, bajo la atenta mirada de dos enfermeros que flanqueaban a su amigo, serio y tenso, ataviado con un chandal marrón y zapatillas sin cordones, el pelo muy corto y con la mirada, antaño jovial, fresca y azul, ahora fija y tenaz clavada en él.

-Hola West..

-Tienes que decirles que me dejen ir, Larry, tengo muchas cosas que hacer….

-Se lo diré, West..

-Tengo cosas que hacer, en serio, un montón…necesito irme ya…

-Lo haré..

-No me dejan hacer puzzles, y a mi encantan los jodidos puzzles Larry, pero no me dejan…puedes decirles que me dejen? A tí te van a hacer caso…

-Por supuesto, siempre te gustaron los puzzles….me acuerdo…

-Rose va a venir….me lo prometió…

-Lo sé…

-Va a venir, y entonces haremos las cosas que tengo que hacer…y no me dejan…puedes decirles que me dejen ir, Larry?…son verdaderamente urgentes….

-Se lo diré, West..

-Mira mis manos Larry, ahora sólo puedo pintar con ellas, sin pinceles…..toda la pared si quiero…

-Ya lo he visto, West…un mural precioso…

-Rose va a venir…y vamos a hacer cosas…porque tengo muchas cosas que hacer, sabes?

-Claro que lo sé, West

-Puedes decírselo a ellos? A tí seguro que te hacen caso.

Cuando West hubo abandonado la sala, buscó apoyarse en la pared y trató de volver a respirar normal fijando la vista en el techo. Apenas lo había hecho en su presencia. La única manera que conocía de no llamar a las lágrimas.

Agradeció la brisa cuando abandonó el edificio del Hospital de Veteranos, y volvió a poder respirar hondo. Él había dejado allí sus piernas. West la razón. No sabría decir qué era peor. Optó por apartar la idea de su cabeza y se dirigió sin prisa al coche que había alquilado. Porque ya no tenía prisa. Lo importante ahora era llegar.

*Norge (Cayo Bellver)

Iba a tener que sacar la lente. El trocito de lo que fuera se había adherido por dentro y arruinaría las fotos. Le dio pereza y dejó la cámara que quería usar a un lado sobre una mesa, decidiéndose por otra limpia. Para algunas cosas se había vuelto verdaderamente vago, sólo las hacía cuando no quedaba otro remedio. Ni un minuto antes. Y esta era una de esas ocasiones. Había otra cosa que llevaba días retrasando, y no le quedaba otra que hacer, y era ir al trastero a buscar la caja de las fotos. Se había mentido a si mismo durante mucho tiempo, diciendo que no sabía a dónde habían ido a parar, si bien lo sabía perfectamente. Una huida hacia delante como cualquier otra que no hacía daño a nadie. Sólo a él, a veces, pero se le pasaba rápido. Como la desazón que sentía al despertar por las mañanas y tener aún el impulso de recoger su indómito pelo en un moño alto, sus manos se crispaban en el aire entonces y acababa entrelazando los dedos. Todas la mañanas el mismo teatro. Como si la zona de su cerebro donde ese gesto cotidiano se encontraba almacenado bajo “costumbre mañanera”, todavía la tuviera en catálogo y se negara a retirarla de la circulación neuronal. Su cuero cabelludo ahora era liso, y estaba salpicado de manchas marrones de diferentes tamaños que parecían pecas que se extendían también por parte de su rostro, carente de cejas. Había podido conservar las pestañas,cortas, pero aún las tenía. Y la vista. Al menos. Sólo le molestaba la luz. Y llevaba siempre gafas oscuras. Hiciese sol o no. El resto de su cuerpo era un mapamundi de injertos de piel, zonas quemadas y cicatrices, que había aprendido a aceptar. Como al cansancio. Su médico le había dicho que era debido a que su piel no respiraba bien, y eso era la causa de sus repentinos ataques de agotamiento, que le llevaban a tumbarse donde quiera que se encontrara, y caer en un profundo sueño. Pero ahora no estaba cansado. Sólo vago. Respiró hondo y repasó las fotos que había realizado en el visor de pantalla, sus siempre pálidos labios ensayaron un rictus de escepticismo, lo mejor sería que fuese a buscar la dichosa caja al trastero.

Antes de entrar se puso una mascarilla y las gafas oscuras. Casi le da la risa. Quien le viera pensaría que quería entrar a robar su propio trastero. Herminia, la mujer que le ayudaba con las labores de la casa, y él, lo habían ordenado hacía un tiempo, así que sabía en qué estantería debía buscar. La encontró rápido. De plástico blanco opaco y tapa roja. Se acordaba porque Herminia había dicho que le recordaba un tupper gigante. No pesaba demasiado. Sin embargo, en cuanto llegó al piso, buscó tumbarse en la chaiselonge que había situado junto a dos de los ventanales del salón, cerró los ojos y respiró varias veces hondo. La caja estaba junto a él, en el suelo. Ahora sólo faltaba abrirla y seleccionar las fotos. Y desde ninguna parte, el sueño le atrapó, y le arrastró a sus profundidades.

-Cayo?! Cayo?- La voz de Herminia le arrancó de las tenazas del sueño, la descubrió inclinada sobre él, la viva imagen de la preocupación, que desapareció cuando él le sonrió, aún medio dormido.- Estás bien?

-Perfectamente, gracias…me quedé dormido- Trató de explicarse, acariciándose los ojos con las palmas de las manos.

-Haberme dicho que querías ir al trastero….ya te la bajaba yo…ya sabes que no estás para “Romances de Valentía”- le regañó Herminia refiriendose a la caja junto a él, él levantó lo que habían sido sus cejas y ensayó un gesto culpable, ella le acarició un brazo y rio.- Te hago tu zumo?- Él asintió gustoso, estaba convencido de que Herminia sabía de una pócima mágica con la que hacía sus zumos y éstos le regalaban de nuevo energía con sabor a frutas tropicales. Abrió sin incorporarse la tapa de la caja y sacó al azar una carpeta abultada azul. La abrió y de ella salió Venezuela. Gencha entrevistando a unos líderes indígenas en medio de la selva, encaramada al capó de un coche en medio de un atasco en Caracas, y brindando con él con dos cervezas heladas en un ranchito en alguna parte, el pelo rubio de él recogido en una pañoleta de colores imposibles, barba de tres días, la piel dorada por el sol, y los ojos verdes brillantes. Suspiró e hizo regresar Venezuela a su sobre, que dejó a un lado. El siguiente era de plástico y de él salió un terremoto, Gencha con heridos, muertos, junto a edificios en ruinas, él con un niño llorando en brazos corriendo hacia algún lugar. Meneó la cabeza y metió el terremoto otra vez en su sobre. Supuso lo que contenía la carpeta marrón y ni la abrió. Sacó la siguiente. Gencha y él en la redacción del periódico, en aeropuertos, trenes, autobuses y camiones, hoteles de cinco estrellas y tiendas de campaña, huyendo de fuego amigo, cenando con el enemigo y riendo con colegas en algún lugar de los Balcanes ante incontables botellas de vodka.Y llegó la caja lila. Cerró un instante los ojos. Estepa marrón y beis, burkas y hombres pashtú, carreteras sin fin, fusiles y té negro, silencio, no hables, no te muevas. Juan, Khaled, Gencha y él, delante del todo terreno, sonrisas tranquilas, los brazos de unos en los hombros de los otros. Cuando todavía eran ellos. La última foto. Lo último que recuerda. Haberse subido a ese todoterreno. Entre ese momento y abrir los ojos sin saber dónde estaba, todo estaba borrado. Mejor. Solía decir Herminia. Para qué quieres acordarte de haberte convertido en antorcha. Si al menos hubiera sido olímpica, solía añadir él. Y conseguían reir. Miró hacia la ventana, había comenzado a llover. A lo mejor más tarde salía a dar la vuelta a la manzana. Herminia le trajo entonces un vaso enorme de zumo de color indefinible junto con dos pildoras rojas, el primer sorbo le transportó a Belice, no supo por qué, Herminia le acarició el brazo otra vez y tarareando aquella canción que él nunca sabía identificar se alejó de nuevo hacia la cocina. Iba a seguir saboreando las playas de Belice, cuando sonó el teléfono en algún lugar. Ni hizo ademán de buscarlo. Herminia lo hizo por él.

-Un tal Ventura- Y se lo entregó, él aún alcanzó a tomar un trago largo de Belice, luego perdió su mirada mate en la lluvia.

-Dime Ventura- Saludó sin demasiado ánimo.

-Cayo! Por fin te localizo! A qué andas?!

-Aquí, entrenando para el Ironman- Ironizó tomando otro trago del zumo, Ventura rio al otro lado del teléfono.

-Siempre el mismo, Bellver, tengo algo para ti..

-Sorpréndeme…

-Isaksen quiere que seas tu quien fotografíe la boda de su hija..

-Y quién es Isaksen?

-El rey del acero noruego..- Cayo parpadeó dos veces con lentitud.

-Y por qué yo?

-Pero qué humilde eres…por qué va a ser? Porque eres el mejor, Bellver, sé de un par de nombres de alta costura que sólo te quieren a tí….como Isaksen ahora…

-Cuándo…y cuánto?

-Eso quería oír…en mayo, el cuánto lo pones tú…

-Eso quería oir yo…..-El otro volvió a reír

-Confirmo, entonces?

-Noruega tiene que ser muy bonita en esa época del año…

-Te mando todo por Email y nos vemos para concretar…

-Cuando quieras…aquí estaré…

-Cuídate, Bellver!

-Lo intentaré…

Y colgó el teléfono sin apartar su mirada de la pesada lluvia. De repente le dio una pereza terrible ir a Noruega. Pero siempre le habían gustado las bodas, porque igual de quién sean, uno se lo pasa bien. Bellver, sin ti, Noruega no funciona. Y le dio la risa. Después tendría que llamar a Gencha para decirle que había encontrado la caja, la llevaría con él cuando subiese al encuentro,y recordarían  sus luces y sombras juntos.

Se acabó el zumo y suspiró. Si reunía alguna vez el ánimo suficiente, regresaría a Belice.

*…….de Brabante .Hor. 8 L. (Gencha)

Desde que habían llegado no había parado de llover. Ni de día ni de noche. El viento ya le había roto dos paraguas, totalmente, es decir, sin saber de dónde salía, una racha le alcanzó por detrás y le volvió el paraguas del revés, tuvo suerte de no meterse una varilla en un ojo. Le daría la razón a Manel y se compraría un chubasquero de esos amarillos que utilizaban los marineros, o mejor dejaría que lo comprase él. Seguro que sabía dónde. Manel sabía muchas cosas, pero no lo decía, es una de las cosas que le gustaban de él. Eso y sus manos. Desde la casa hasta el ayuntamiento eran diez minutos, a la tienda de Marisa cinco, correos y el bar compartían edificio y colindaban con la tienda, todas las mañanas Sito les traía el pan y semanalmente una caja de leche entera. Los fines de semana una empanada. Este tocaba la de zamburiñas. Manel se había propuesto que ella las probase todas, hasta ahora no le había hecho ascos a ninguna. En realidad no le había hecho ascos a nada desde que había puesto pie allí, lo empezaba a notar en los pantalones, en algunos ya no necesitaba cinturón. Pero no le importaba, le gustaba lo que el espejo le devolvía por las mañanas.

-En Vivero no dan abasto- Por un momento no supo a qué se refería, Marisa siempre daba por supuesto que la gente sabía de qué estaba hablando, supuso que tenía que ver con la lluvia y asintió, había oído hablar del lugar. Marisa puso sobre el mostrador los tres periódicos que sabía compraba siempre, ella cogió una especie de revista impresa en papel reciclado de la que había un montón junto a la caja, “Heraldo Montañés”.- Son las cosas de por aquí, es gratis.- La miró sorprendida de que aún hubiera cosas gratis, Marisa sonrió y asintió corroborando su opinión.

Salió y decidió dar un paseo, la lluvia había dado una corta tregua y le iría bien caminar. Rodeó la iglesia, tan pequeña y antigua como el lugar pero pulcramente restaurada, y torció a la derecha. Hacía unos días había torcido a la izquierda y había ido a parar a unos campos labrados, donde el camino se perdía serpenteante entre otras propiedades. Se cruzó con un paisano que llevaba una vaca y que le dio los buenos días, ella le correspondió, su propia voz le sonó rara. Todavía no se había acostumbrado a escucharla así. Como con auriculares.

Se apartó algo invisible del rostro, para desechar la imagen, y se fijó en el paisaje y en todos sus tonos de verde. Dedos de niebla se deslizaban entre los arboles y las casas dispersas, repartidas entre campos de labranza y baldíos, con lindes de piedra. Manel le había explicado que esas piedras recibían el nombre de “marco” y no se podían mover, que incluso podían darse muertes si eso llegase a ocurrir. Se paró a observarlas. Se preguntaba cuántos siglos llevarían allí, inmóviles, casi sagradas, cuando sintió la vibración de su móvil en el bolsillo. Isidro “Por dónde andas???” en Whatsapp. Lo volvió a guardar sin contestar. Ni ella misma lo sabía.

Encontró a Manel en la parte de atrás de la casona, tenía que acostumbrarse a llamarla por su nombre, Pazo, en esa zona no había casonas. Con las manos en las caderas y achinando los ojos miraba hacia el alero del tejado del que caían gotas desde el musgo que atesoraba sobre sus tejas, sin apartar la vista del espectáculo goteante extendió su mano izquierda hacia ella, estaba convencida de que poseía vista tipo “gran angular” como los superhéroes o agentes especiales de las películas, quizás por eso él también lo era. Agente. Si te digo de qué tipo, tendría que matarte, le había dicho una vez y entonces, en la situación en la que se encontraban, le había creído. Le cogió la mano y le rodeó la cadera,mirando ella también hacia el alero sin saber qué debía buscar.

-Tenemos una gotera arriba, supongo que por ahí…- Y le señaló algún punto del mullido musgo bajo el que se adivinaban las tejas, ella asintió y sonrió.

-No te veo arreglando goteras….- Otra vez los auriculares, tenía que preguntarle a su otorrino si era normal, Manel le besó la cabeza y le devolvió la sonrisa, en la que ella podría vivir.

-Tengo el teléfono de uno que seguro que lo hace mejor que yo, hay que hacerlo antes de que empiece a llover- y la guió de la mano al interior de la casa, ella miró hacia el cielo y se encogió de hombros, a lo mejor lo que había caído del cielo todo ese tiempo no era lluvia, y ella no se había dado cuenta.

Mientras él hablaba por teléfono en una de las habitaciones del fondo, ella comenzó a hacer el café, hoy Sito había dejado un enorme bollo de pan redondo con un especie de moño coronándolo, y un paquete rectangular de mantequilla en papel blanco satinado, la hacía su mujer con la leche de sus vacas, estaba tentada a pedirle que le permitiese estar presente cuando la elaborase, pero todavía no había encontrado el momento adecuado, ni estaba segura de querer, ni estaba segura de otras muchas cosas. No pudo oir que el café ya había subido, pero sí olerlo. Tenía que preguntarle al otorrino si era normal.

-“Heraldo Montañés”, me parece rarísimo que se llame así, aquí no hay “Heraldos”- Comentó Manel mientras hojeaba la revista de papel reciclado, ante él en un plato dos rebanadas del bollo con queso y membrillo, y un tazón de café con leche, ella a su vez dos rebanadas del mismo pan con mantequilla y una taza de café con leche con todas las natas que pudo encontrar. Si seguían así, tendrían que apuntarse a un programa de Weight Watchers, sonrió al pensarlo y mojó uno de las rebanadas en el mar de natas.

-Lo cogí en Marisa, es gratuito- Manel asintió y tomó un bocado de su rebanada sin dejar de hojearlo.

-Lo hace Justo, el marido de Felicitas, debe utilizar la máquina de imprenta de su suegro, la de leyendas que hay sobre esa máquina…-Ella abrió mucho los ojos animándole a contar, él sonrió y bebió un sorbo grande de café, pero continuó en silencio, ella ladeó la cabeza y fingió gesto de pena, él pareció apiadarse y miró hacia la ventana haciendo memoria, luego volvió a ella para que pudiera leerle los labios, si bien los audífonos funcionaban, se habían acostumbrado a hacerlo así- Durante la guerra y después con Franco imprimían pasquines, pero no de cualquier forma, las consignas estaban escondidas en crucigramas, si los resolvías correctamente leías el mensaje, jamás les cogieron….

-Nadie de los otros se molestó nunca en leerlos?- Manel se encogió de hombros, y tomó un sorbo.

-Supongo que si, pero no en el orden adecuado- Ella asintió y mordió su rebanada, una mariposa comenzó a revolotear en su estomago y le arrancó lo que una vez había sido su risa, su risa, aún estaba allí. Como las mariposas. Por ahora sólo una. Pero algo era algo. Manel le devolvió la sonrisa y le acarició la mejilla a través de la mesa.- Cuándo dijo que llegaba Cayo?

-Dijo que por la tarde, pero con Cayo nunca se sabe….

Cayo llegó casi al mediodía conduciendo su propio coche, un volvo negro pequeño. Se había deshecho de su furgoneta, ahora trabajaba en su estudio y no necesitaba transportar equipos. Gencha le abrió el portalón, que hizo su habitual quejido de buque a punto de hundirse. Todavía no se acostumbraba al aspecto que tenía ahora su amigo, en su cabeza conservaba su imagen con largos y fuertes mechones rubios recogidos en pañuelos imposibles, y sus atuendos que le hacían parecer un artista del Circo del Sol, como solían bromear. Lo único que se había conservado intacto era su sonrisa, grande y franca, que le regaló nada más salir del coche, ya parapetado tras sus ahora perennes gafas oscuras. La ausencia total de cabello permitía admirar la perfección de su cráneo, salpicado de lo que parecían diminutas pecas que se extendían hacia su amplia frente ganando en número en su rostro, como si alguien le hubiera salpicado a capricho con un pincel con pintura. Cayo antes no tenía pecas. Ni ella era sorda. Antes. Sin querer se le llenaron los ojos de lágrimas, que maquilló abriendo los brazos de para en par y recibiendo con su mejor sonrisa a su antiguo compañero de andanzas.

-Quiero patentar el verde ese de ahí, justo el que se ve según enfilas la casa esa de tejado azul, detrás- Se lo decía mientras admiraban el paisaje desde la galería, Manel fingió un gesto de contrición y negó con la cabeza.

-Lo siento, ya lo patenté yo hace dos años- Cayo chasqueó la lengua en señal de fastidio y Gencha le cogió del brazo, apretándoselo levemente.- Si hubiera una casa como esta por aquí, me lo decís…así podría ver ese verde todos los días- Y se llevó a la boca la taza de café para beber un trago.

-Haberlas haylas, si me entero de una te lo digo- Manel se apoyó en el quicio de la ventana-Estás seguro de querer vivir aquí? Lejos de la civilización?- Y había un tono de ironía en su voz, que arrancó a Gencha un amago de risa y un gesto escéptico a Cayo.

-Yo ya no pertenezco a la civilización, salgo sólo lo imprescindible y muevo mis cosas on-line, podría hacerlo desde cualquier sitio- Y paseó su mirada de pestañas cortas hacia él, libre de gafas oscuras, todavía verde, antaño perspicaz y rápida, ahora tranquila y mate.

-Puedes quedarte el tiempo que quieras, por habitaciones que no sea- Ofreció Manel extendiendo los brazos, como queriendo abarcar la casa con ellos, Cayo sonrió y negó con la cabeza.

-Sólo os incordiaré dos días.

Por la tarde Manel se fue a hablar con la persona que debía arreglarles el tejado, Gencha y Cayo decidieron ir a dar un paseo aprovechando que no llovía. Recorrieron el pueblo, y lo abandonaron hacia los campos, Cayo, siempre con una cámara a mano, captaba cada poco momentos de color o aspectos del paisaje. Se detuvieron en el puente de piedra, sobre el río que cruzaba la zona, uno de tantos puentes romanos que había sido restaurado, justo antes que la iglesia.

-Es realmente un lugar muy tranquilo…- Comentó Cayo apoyándose en el muro del puente y observando el cauce, que bajaba muy alto, formando pequeños torbellinos cuando chocaba contra los pilares.

-A veces creo que no tengo conectados los audífonos….pero no, silencio puro- Cayo le hizo una foto sin avisar, era una cámara digital tan pequeña que le cabía en la palma de la mano, Gencha sonrió e hizo que posaba como una modelo para que le hiciese otra.

-Estás segura que quieres hacer lo de Larry?- Se lo preguntó después de observar el vuelo de unos cuervos y fotografiarlo, controlaba la calidad de la toma en la pequeña pantalla, mirando sobre las gafas. Ella se apoyó en el muro y suspiró.

-Todos perdimos, Cayo. Algo de nosotros se quedó allí, tardé en reconocerlo, pero ahora estoy segura. Él respetó mi distancia, yo le busqué cuando estuve preparada, y se lo agradezco….

-Álvaro con su pierna de Robocop, tú como Bethoven, Larry es un transformer, yo el Increible Hombre Lagarto….el único que se salva un poco es Khaled,…Khaled y sus silencios- Gencha sonrió y se pasó las manos por el cabello cerrando los ojos contra el cielo.

-Nos invitó a su boda, pero yo no me atreví todavía a volar….fue Manel por mi, su mujer es sargento…que no “un” sargento- Cayo se rio, y miró hacia los montes del fondo.

-Me han pedido que escriba un libro sobre lo que pasó…

-A mi también…Roberto Gracia?

-Sí…pero yo no soy de escribir, nunca se me dio bien…eso es cosa tuya..-Ella le miró de reojo y amagó una sonrisa.- No me mires así…empieza tu, yo voy buscando las fotos de entonces…tanto quise esconderlas que no tengo ni idea de dónde están- Gencha amagó de nuevo su risa, al menos, había habido un tiempo sin ella, su risa, había regresado hacía poco, a trazos, sin dolor, y la usaba de nuevo a pequeñas dosis.

-Pero tu vienes para la reunión…

-Por supuesto….los cinco fantásticos no son nada sin el Increíble Hombre Lagarto- Y hace un teatral gesto con sus brazos, ella buscó su abrazo y todavía bromeando se alejaron por el puente de regreso a casa.

Justo Almeyda repartía comida en los comederos de sus perros de caza mientras éstos saltaban y ladraban dando brincos a su alrededor, cuando Gencha entró en el patio tres de los perros se acercaron a ella moviendo el rabo e intentaron auparse a sus piernas, ella acercó sus manos a los hocicos,y ellos le lamieron los dedos peleándose entre ellos, Justo profirió entonces un potente silbido y los tres corrieron hacia él.

-No hacen nada….no tengas miedo- Informó mientras vaciaba el último de los sacos, los perros se arremolinaron entonces alrededor de los comederos moviendo los rabos y disputándose sitio.

-Qué raza son?….son preciosos…

-Son Beagle…quieres uno?- Bromeó Justo, un hombre ancho y grande de poblada barba, que se abrigaba con un barbour verde y botas de agua altas, llevaba una gorra de pana marrón que cubría su pelo cano. Gencha se encogió de hombros, le gustaban los perros y sabía que en casa de Manel siempre había habido uno, pero no supo qué contestar.

-Ya te diremos…

-Sin problema, tengo tres hembras preñadas, habrá dónde elegir…

-Justo, tu eres el que edita el Heraldo Montañés, verdad?

-El mismo…también vienes por lo del nombre?- Gencha le miró sin saber a qué se refería, Justo le indicó que le siguiese hacia la casa.

-Ven que te hago un café, Felicitas se fue con mi suegra al médico- Explicó, la pasó a una cocina amplia y luminosa, que conservaba la campana de una lareira, bajo la cual todavía había una cocina bilbaína de hierro fundido sobre la que lucía un enorme tiesto con un frondoso helecho.- Es que la gente no está de acuerdo con lo de “Heraldo Montañés”, dicen que esto no está en la montaña y lo del heraldo les suena a antiguo.-Se lo explicaba mientras buscaba el bote del café en una de las alacenas, Gencha sopesó lo que había dicho y hubo de darles la razón a los detractores, optó sin embargo por no decir nada- Siéntate donde quieras…- Ella se sentó a la mesa, de madera maciza y mármol y se desabrochó el abrigo.

-No sabía lo del nombre…yo en realidad venía a proponerte algo…-Él se volvió a medias mientras rellenaba la cafetera con el polvo del café y la animó a continuar- Manel me contó lo de los crucigramas de tu suegro…-Justo rio, tenía una risa tan grande como su persona, colocó la cafetera sobre la vitrocerámica, y luego se volvió, apoyándose en la encimera con los brazos cruzados.

-Aún los guardo, son dignos de museo…- Gencha no pudo evitar dar una palmada y amagó su risa. Mariposas. Un par de ellas. Otra vez revoloteando en su estomago. Carraspeó.

-He pensado que quizás sería una buena idea volver a incluir crucigramas….con o sin mensaje, claro..- Justo se mesó la barba.

-Por mi encantado, quieres hacerlos tu?…podría hacerlos yo, pero no se me dan bien, soy más de Sudokus…

-Una cosa no quita la otra, se podría poner un crucigrama y un Sudoku…para todos los gustos….-El café anunció que ya había subido y Justo lo apartó de la zona de calor, luego cogió dos tazas y dos platos que colocó sobre la mesa, además de una bandeja con Torta de Guitiriz, Gencha abrió mucho los ojos, Justo rio atronando la cocina.

-Hay que celebrarlo, no?, pues qué mejor que con torta… y luego está el nombre, no sabes el rollo que se traen, todos los días me viene alguno con la murga…- Le sirvió café y Gencha le indicó que con leche pero sin azucar, él mismo se sirvió un café solo.

-Se podría hacer por votación, dar dos opciones, y la que más adeptos tenga es la que se queda- Propuso ella, Justo cortó un trozo considerable de torta y se la sirvió, ella quiso protestar, pero él negó con la cabeza.

-Estás en mala edad…- Bromeó, sirviéndose él mismo otro trozo- Y cómo quieres hacerlo?

-Se pueden bajar plantillas de internet, que se adaptan a las definiciones, supongo que incluso habrá programas, pero con las plantillas será suficiente…

-Contratada, torta la que quieras…- Y volvió a hacer rugir su risa de gigante, Gencha encontró otra vez la suya. Aún pequeña. Pero ahí.

En la siguiente edición del “Heraldo Montañés” se les dio la posibilidad a los lectores de elegir entre dos posibilidades “La Voz de Aquí” y “Hoja de Vencindad”, para facilitar la votación incluyeron un cupón con dos casillas y las correspondientes denominaciones que la gente dejaría en Marisa y ellos se encargarían de recoger. Por arrolladora mayoría “La Voz de Aquí” resultó ganadora. Además comenzaron a incluir un crucigrama y un sudoku por revista, y pronto hubieron de añadir un apéndice especial al efecto. Gencha dedicaba gran parte de su tiempo a buscar términos y tratar que cuadrasen, Manel le ayudaba proponiéndole combinaciones raras como “Avalancha” cruzada en vertical por la CH con “Remolacha”, y definiciones “Plural de maní”, “Guerrero Níbio”,“Dícese del que cae” o bromeaba con el nombre de ella “……de Brabante”.

Y la lluvia y el frío dieron paso a una primavera corta, que desembocó en un verano prematuramente caluroso, que Manel quiso aprovechar para arreglar el tejado y dejar cortar la maleza de la parte de atrás antes de que llegasen los invitados que iban a quedarse en el Pazo. Gencha por su parte, debido al enorme éxito, se había tenido que poner en contacto con un experto en crucigramas, con el que intercambiaba información a través de Skype, y ya se sabía de memoria todos los ríos del mundo con sus afluentes.

Una mañana algo la despertó, todavía sin los audífonos, al abrir los ojos vio a Manel bailar consigo mismo todavía en pijama ante la ventana abierta. Aún encerrada en su silencio absoluto, no entendió nada. Y se acordó. Aquello volvió. Porque tampoco entonces había entendido nada.

Cuando el camión se les había cruzado en la carretera delante de la furgoneta en la que se dirigían a la aldea que debían visitar, por un momento pensó que el conductor habría perdido el control, pero al ver bajarse a los hombres armados con fusiles dando salvas al aire y profiriendo gritos en una lengua indescifrable, supo que iba a morir. Les habían alineado a lo largo del borde de la carretera, haciéndoles poner las manos en la nuca. Khaled no cesaba de dar explicaciones con la cabeza gacha y mostrando sus manos vacías en todo momento, Cayo temblaba como una hoja manteniendo la mirada clavada en el suelo, y Juan, sin mirarles, les mostraba su pase de médico, repitiendo la palabra “Doctor”, cada vez que Khaled le indicaba que lo hiciese. Eran cinco, a cara descubierta, se gritaban entre si y les gritaban a ellos, estaban muy nerviosos. Ella había cerrado los ojos y preparado para morir. Otra vez. Allí, en aquella inmensa nada bicolor beig y marrón. Pero no los mataron. Valían más vivos. Les habían puesto un saco sobre la cabeza y hecho subir a un camión. Llegó un momento en que perdió la noción del tiempo, y no supo si habían sido días o semanas las que habían pasado, siempre de escondite en escondite, de camión en camión, con sacos en la cabeza. Les daban agua y pan seco. Lo que suponía que ellos comían también. A la cueva habían llegado de noche, lo sabía porque al quitarle el saco, había mirado hacia un lado y todo estaba oscuro. Dentro también. No era muy honda. Les hicieron sentar contra la pared del fondo. Cayo a su izquierda, a su derecha Juan y después Khaled, con las piernas encogidas y tratando de hacerse lo más pequeños posible. Apenas hablaban entre si. Juan les preguntaba de vez en cuando si todo estaba OK. Ellos asentían. Mejor el silencio, les había advertido Khaled. Y ellos le habían hecho caso.

Gritos. De repente gritos y salvas de ametralladora y fusil. Humo. Y después nada. Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fue el rostro de Manel, inclinado sobre ella. No le oía. Sólo le veía mover los labios. Ella no le oía. Ni a él ni nada. No sentía dolor. No sentía nada. Le pareció que estuviera dentro de un sarcófago cerrado al vacío, al que algo insuflaba aire y éste pasaba directamente a sus pulmones sin que ella pudiera hacer nada en contra.

Aquel rostro amable y tranquilo le explicaba algo, moviendo los labios con lentitud. Pero ella no le oía. Ni a él ni nada. Y no entendía nada. Y todo se volvió niebla. Y se perdió en la oscuridad.

Supo lo que había pasado después. Mucho después. Manel se lo había escrito en una hoja. “Os arrojaron una granada”. Le contó de la suerte que había corrido Larry Kowalski, el hombre que la había lanzado. Y ella trató de entender. Desde su nada. Su cabeza estaba metida dentro de una especie de casco de vendas y gasas, del que salían tubos y vías, así como de su nariz y su boca. Él le había dejado verse en un espejo, si hubiera podido reírse lo hubiera hecho a gusto. El espejo le devolvió la imagen de un globo blanco de gasa, en el que se escondía su cara, aún hinchada, con abrasiones y sin cejas. Era lo más parecido a un marciano. Pero no había podido reírse. A veces el dolor volvía. Y entonces ella hubiera preferido que le hubieran descerrajado un tiro en aquella carretera, cuando habían tenido ocasión.

Sólo pudo ver a Cayo a través del cristal de cuidados intensivos de la unidad de Grandes Quemados del hospital militar alemán al que habían sido trasladados en cuanto fueron transportables. Fue incapaz de distinguirle entre gasas y máquinas.

Juan no podía moverse de la cama donde yacía, con la pierna colgada de una suerte de ingenio ortopédico. Ella le visitaba en silla de ruedas, todavía hecha un marciano. Manel les había hecho una foto, ambos haciendo el gesto de la victoria. Ella seguía sin oír a nadie, ni nada. Tampoco podía hablar. Manel le había traido una tablet y se comunicaban a través de ella. Todos los días, durante tres meses, él no había faltado a su visita ni una sola vez. Le explicó quién era y para quién trabajaba, pero nunca cuál había sido su cometido. Si te lo digo, tendría que matarte. Y ella le creyó.

Estaban juntos desde entonces. Hacía ya cuatro años, a través de las curas infernales, los dolores más allá de lo soportable, las pesadillas, los ataques de rabia contra todo y todos, condenada a un silencio que nunca había querido, encerrada en si misma, en su desesperación, sin poder siquiera expresarlo sin que eso le provocase un dolor que acribillase su cabeza como un enjambre de clavos. Y él había seguido allí. Sin moverse un ápice. Y ella supo que le quería. Lo único claro en su insondable océano de silencio.

Y le observaba ahora, moverse al ritmo de algo que ella no podía oír, y él reía y hacía que bailaba consigo mismo, la mano derecha sobre el pecho, la izquierda extendida en el aire, fingiendo concentración. Ven, le decían sus labios, ven. Le veía reír. Y ella supo que le quería. Como todas las veces. Alcanzó sus audífonos y se los colocó en los oídos. Y con el efecto de un tren que abandonase un tunel, le llegaron las gaitas, tambores y flautines, al ritmo de los cuales Manel seguía bailando junto a la ventana, él extendió una mano y la acercó a si, es la Alborada, le dijo al oído, para darle un sonoro beso después, lo que provocó que una de los componentes del grupo soltase un aturuxo y los músicos entonasen el “Bailaches Carolina”. Manel soltó entonces una carcajada y la levantó en volandas. Y ella pudo oir su propia risa. Y le quería.

La Playa

La playa se extendía ante ellos, y parecía no tener fin. Aún era temprano, y estaba casi desierta a excepción de un par de personas paseando perros y bañistas madrugadores.

Caminan por la orilla, sus pies se hunden en la arena, las olas les salpican con suavidad.

Khaled se para, a observar el mar aún gris metálico, con vetas plateadas, en eterno movimiento, y se acuerda de los paisajes que dejó atrás, que esa inmensidad, de alguna forma, le devuelve, y cierra los ojos contra el sol. Larry, se le une, los pies de sus prótesis se hunden en la arena y las olas los bañan en cada venida, buscó en su cabeza la sensación, las guardaba como tesoros, que rescataba en contadas ocasiones, y esta la merecía. Sonrió. Casi sintió el frío del agua y el cosquilleo de la arena moviéndose contra sus plantas bajo su peso. Miró hacia el sol. Siempre el mismo y sin embargo distinto. Gencha le coge el brazo, y descubre el ligero crujido de la espuma en sus oídos, al tiempo que ésta visita sus pies. Cayo le pasa el brazo por los hombros, y se sube las gafas a la frente, encarando la luz con los ojos cerrados, Juan, junto a él, da un descanso a su bastón y se apoya a su vez en su hombro, imitándole en el gesto.

Manel les observa un instante, cada uno superviviente de su propia batalla, unidos ahora ante un mar común. Que les une y consuela.

Porque no todo se había quedado allí.

Aprovecho la ocasión para desearos a tod@s una Muy Feliz Navidad y una Buena Entrada en el Nuevo Año!. Un saludo!