587 formas de llevar un abrigo”. Cuando me lo pasó Genaro pensé que se trataría de una novela. Pero no. En el libro se detallan, literalmente, 587 formas de llevar un abrigo, además de una sucinta explicación de qué es un abrigo y para qué sirve, que ocupa las trescientas páginas restantes. Le dije a Genaro que me leería sólo las cien primeras, pero me dijo que arriba le querían dar preferencia, ya que tenía que salir para las rebajas. A la vez estoy tratando con Cayetana, “ Caye. Mi vida en la Frontrow”. Luís y yo vamos a las reuniones con sendos cafés solos dobles y bien dormidos. Yo creo que sentarse en el andén, en un banco, a ver pasar los trenes es mucho más divertido. Pero no se lo digo a nadie. Ni a Luís. Él es el que la acompaña de vez en cuando, para que se pueda hacer una idea, según ella. El otro día me confesó que, la última vez, entre que apagaron las luces y después pusieron a Andrea Bocelli, se quedó frito. Se despertó con los aplausos. Nadie se había dado cuenta.

Genaro ha colgado en la web de la editorial el cartel de completo. No vamos a admitir más manuscritos, ni en papel ni por correo electrónico. No quiere que le pase otra vez lo del año pasado con el archivo, cuando, al volcar una estantería con el peso, tuvieron que venir los bomberos a rescatar a los dos que, de casualidad, se encontraban dentro. Según él, vamos sobrados con lo que ya tenemos.

Sobre mi mesa, además del libro de los abrigos, y las experiencias de Caye, me esperan otras cuatro obras. “Que te folle un pez”, sobre un hombre y una mujer que tienen una relación amor odio mientras recorren el mundo en un velero, “La princesa mentida” sobre una chica que se casa con un jeque árabe y se lleva mal con sus suegras, “Hasta aquí llegué” que narra las experiencia de dos escaladores vascos en los Alpes y “ Siéntete flor” un libro de autoayuda a través de las plantas. Ya los he leido todos. No me compraría ninguno.

Hace un par de días, a pesar del cartel de “completo”, nos llegó un manuscrito. La de recepción me lo dio a mí porque justo pasaba por allí, si no, estoy seguro de que hubiera acabado en la maquina de destrucción de papel. Se titulaba “Todo va bien”. Lo empecé por curiosidad y no lo solté hasta que llegué a la última hoja, con el corazón encogido y una tremendas ganas de llorar. Luís hasta me preguntó si me había pasado algo, cuando entré en la cocina a tomar un vaso de agua. Me tuve que tomar dos. Le expliqué, y se lo pasé. Él optó por llamar a su padre. No se hablaban desde hacía tres años. Después, se fue sin dar explicaciones de a dónde. Se lo quise pasar a Genaro, pero no me dio ni la opción. Que le enviase una amable negativa. Envié el correo con la cabeza, pero no con el corazón. A vuelta de correo me llegó la contestación:

Estimados Señores,

Les agradezco que hayan dado tan pronta respuesta a mi propuesta. También querría felicitarles por tener tantos manuscritos a leer y estimar. Eso sólo puede significar que hay gente que todavía escribe, persevera en la idea de que su obra sea publicada y tienen la suerte de que su manuscrito sea aceptado por un agente o una editorial con tal fin.

Me imagino tamaña tarea como asistir como participante al Festival del Queso Rodante que tiene lugar en Gloucester (Inglaterra) (Link). Por favor, no piensen que les estoy comparando con un queso, y menos rodante. Sólo es una comparación, o metáfora, o llámenlo como quieran. El caso es que, lograr que un manuscrito llegue a ser leído por alguien fuera del ámbito familiar, y que además esa persona sea un agente literario, o trabaje en el mundo editorial, es, al menos, tan raro como alcanzar el queso al que me refería antes.

Me despido pues, dejándoles tiempo para seguir leyendo otras cosas.

Reciban un cordial saludo,

Adela M.”

La llamé al momento. Nos encontramos en Gloucester.