Mi suegro cogió mal el desvío. Ni mi suegra ni yo nos dimos cuenta. Él tampoco. Tuvo que dar entonces la vuelta en la explanada donde viran los autobuses. El empleado del cementerio nos estaba esperando junto a la capilla, en ropa de faena, con rostro compungido y varias carpetas en las manos. Yo cogí del brazo a mi suegra, o ella a mí, no me acuerdo, mi suegro metió las manos en los bolsillos y se dedicó a contemplar con detenimiento sus zapatos. Yo ofrecí mi mano al empleado, quien me dio el pésame, con la fórmula más larga, la que por el medio ya asientes y das las gracias para que no se complique, pero él llegó hasta el final, sin soltar mi mano y haciendo una ligera, pero firme, inclinación de cabeza, como los militares. Pensé. No sé por qué. Nos dijo que nos guiaría hasta la zona del fondo, la que aún estaba vacía, para que pudieramos elegir el lugar, y se adelantó unos pasos a nosotros. „Nothing runs faster as a deer“, en letras negras sobre el fondo verde de su cazadora de faena. Lo leí y sonreí. Por primera vez en semanas. Y pensé en los guepardos. También corren rápido. Al menos cuando persiguen ciervos. Pero donde hay quepardos no hay ciervos. O si. Mi suegra se paró de repente, apretando contra su boca el pañuelo de papel que llevaba sujetando con fuerza en su puño toda la mañana, mi suegro también se paró, el empleado lo hizo un par de pasos más tarde. Nos quedamos todos quietos, observando a mi suegra, en silencio, dándole tiempo, sin medirlo. Cuando se repuso continuamos, y el empleado nos presentó el campo abierto ante nosotros haciendo un gesto desvaido con una mano, para después alejarse unos pasos caminando hacia atrás con la cabeza baja y las manos recogidas ante su vientre, como se ve hacer a los sirvientes en las peliculas inglesas. Pensé. No sé. Mi suegro se adentró en el campo entonces, ahora mirando al frente, hacia los montes, con las manos entrelazadas a la espalda, mi suegra soltó mi brazo y le siguió, como siempre, con los brazos caidos, sin rumbo fijo. Yo no me moví. No pude. Ni miré a mi alrededor. Les dejé buscar a ellos. Un lugar en campo abierto, un lugar que ninguno de nosotros quería buscar, ni sabía cómo. Lo recorrieron por separado, mi suegro mirando hacia los montes, ella de forma herrática. Un lugar. Yo opté por mirar al cielo gris. Aquí. La voz de mi suegro me hizo bajar. Señaló un punto en la lejanía, mi suegra asentía dándole la razón, sin saber a qué, girando sobre si misma. Aquí. Yo también le di la razón. Allí. Así verá la puesta de sol. Me di cuenta de que aún tenía corazón cuando sentí el pellizco. Seguía en su sitio. Allí. Esta vez miré al empleado, se dirigía a mi suegro con una carpeta abierta. „Nothing runs faster as a deer“.