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Alquimista de Historias

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Samuel

21 viernes Ago 2020

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Mi nombre original de pila es Samuel Echeveste Carro. Cuando me lo cambié lo hice por mi segundo, Enrique, y los dos apellidos de mi abuela paterna Valle Chacón. Me resultó fácil. Puse como motivo que ambos apellidos en esa combinación se iban a perder por falta de descendientes, cosa que era cierta, y me lo concedieron. Lo hice todo en Guadalajara, y como dirección un apartado de correos. Hice también el pasaporte. No fue una decisión tomada en un pronto. Lo planeé con tiempo y calma. Por eso salió bien. Para abrir una nueva puerta, hay que cerrar bien la que dejas atrás, y eso es lo que hice.

El principio. Dónde está el principio.

Mi padre, el que me dio el nombre, vivió el tiempo justo para dejar embarazada a mi madre, casarse con ella, y esperar a que yo naciese. Cuatro meses después se mató en un accidente de coche. Mi madre fue desde entonces una viuda inconsolable, y trabajó para mantenernos a flote. Supongo que me quiso mucho, pero no como a mi padre, yo eso lo tuve claro desde siempre. Enfermó cuando yo tenía diecisiete, y se dejó ir. Se fue en seis meses. Y allí estaba yo, solo en el mundo y con un alquiler que pagar, porque familia a la que acudir no tenía.

Lo primero en lo que encontré trabajo fue en la noche. En una discoteca donde también hice de Relaciones, porque decían que sólo con mi físico las entradas se vendían solas, como iba a comisión por mi podían decir lo que quisiesen. Entonces, por pura casualidad, un compañero,que era go-gó, me habló de un casting y me convenció para que le acompañara. Allí nos fuimos los dos, recuerdo que llovía a chuzos. Llegamos completamente empapados, y él me dijo que seguramente con semejante pinta no nos dejarían participar. Pero lo hicieron. Éramos cientos de tíos allí, una barbaridad. En fin.

Alguien repartió una hojita con un pequeño monologo, en el que un chico se presentaba haciendo partícipe a su interlocutor de detalles de su vida.

Me llamaron de los últimos. Recité el monologo y me fui a cenar con mi amigo el go-gó, cómo se llamaba? Ahora no caigo…Mauro o Mario, o algo así.

Al día siguiente ya me estaban llamando. Y ahí nació Charly el Rubio. El chico gay en un entorno demoledor y hostil. Creo que han llegado a decir que fue una serie histórica, o que marcó época. No sé. A mí, personalmente, fue como si me hubieran lanzado a un barreño de agua helada sin avisar.

Fue durante el rodaje, los primeros días, que conocí a Lorenzo, o Lore, como le gustaba que le llamaran. Él era abiertamente gay, ya entonces hablaba de si mismo en femenino, y toda la parafernalia acorde. Era ayudante de producción. Y se enamoró de mi. Mi personaje, Charly, navegaba entre dos aguas sin decidirse hacia dónde tirar, y Lorenzo dio por sentado que yo navegaba en sus aguas.

Tuve la suficiente visión para no desmentírselo, ni a él ni a nadie, ya que me convertí en un referente, y tenía legiones de admiradores y pretendientes. Yo hasta aquel momento sólo había estado con dos chicas, así que tampoco era un experto en el tema. Pero dejé a Charly suplantar a Samuel, en mi propio beneficio.

Después de tres temporadas, y cuando la serie ya era legendaria, se decidieron por acabarla. Lorenzo, en aquel momento hacía sus pinitos como director, sobre todo cortos y videos. No tenía problemas de pasta, porque su família la tenía. Dinero viejo. Dejad al niño que haga lo que quiera. Yo en cambio, cuando se acabase la serie, seguiría siendo Charly el Rubio, y tendría que buscarme las lentejas.

Así que me volví a lanzar al barril de agua helada, y no me hice de rogar por Lore.

Yo ya escribía cosas, más para mi que para nadie, y Lore comenzó a interesarse por mis escritos, porque para Lore todo lo que yo hiciese o no hiciese era importante. Poco a poco fuimos formando el famoso binomio. Yo las ideas y los guiones, él dirigiendo o produciendo.

Yo mismo me puse un plazo. Cinco años. Me preocupé de guardar ceremoniosamente los derechos de cada una de mis colaboraciones. A frases que se hicieron icónicas, les puse mi copyright. Versiones de mis guiones en otros idiomas. Todo lo que te puedas imaginar y sólo fuese mío, lo puse bajo siete candados. Lore lo sabía, me llamaba exagerado. Que quién me iba a querer robar nada, siendo quien era él. Él. Siendo quien era Él. Nunca dio en pensar que yo pudiera ser alguien y volar libre haciendo lo que me diese la gana.

Éramos la pareja ideal. Dirección, producción y guión en dos personas. Y teníamos que mostrárselo a todo el mundo, todo el rato. En las redes, en revistas, en entrevistas. Sobre todo Lore, yo siempre me mantuve en un segundo plano. A mi no me gustan los perros, y teníamos tres, que Lore decía que eran nuestros hijos. Para mi siempre fueron Perro1, Perro2 y Perro3, los paseaba por show, a veces ni eso. Luego estaban las vacaciones. Yo soy más de montaña y frio, pues no, teníamos que ir con toda nuestra camarilla a islas donde hacía un calor horrible, a lucir palmito y mostrar nuestro amor. O su amor. Repito. Como he dicho, yo me di cinco años.

Yola? Sí, ella también venía. Yola estaba en mi misma situación pero en espejo. Estaba de pareja con Lucero Jones, o Lucía Vázquez, como quieras llamarla, por mis mismas razones. Bueno, eso es lo que suponía yo y confirmé después, porque ella en aquel momento portaba banderas y hacía mucho ruido. Nos calamos en seguida. Yo creo que según nos vimos por primera vez, supimos de qué pie cojeábamos. Pero nunca me lié con ella, ni ella me lo propuso. Cada uno de nosotros tenía su plan, y no podíamos echarlo a perder. Sí, yo tenía relaciones con mujeres, pero del tipo que el dinero paga la discreción. Mucho dinero. Y siempre lejos. Lo suficiente.

Lo fui tejiendo poco a poco. Primero me busqué un buen notario, al que di un poder universal para representarme, y comencé el proceso de cambio de nombre. Después le llevé todos los papeles de los proyectos conjuntos, y él dilucidó cual era mi parte de todas las ganacias hasta ese momento y en el futuro. En algún lugar había leido que para que alguien pudiera considerarse un hombre de éxito, tenía que haber ganado su primer millón de dólares antes de cumplir los treinta. Yo podía considerarme uno con creces.

Por último tuve que elegir mi lugar de huida. Me decidí por Canadá. British Columbia. Porque adoro las montañas, y en general el clima. También la mentalidad canadiense. No sé. Di con este pueblo cuando vine a recoger un premio a Vancouver. Yo solo. Lore odiaba volar y además era invierno, y ya te dije lo suyo con el calor.

Después sólo fue cuestión de esperar. Empezamos a tener problemas, más de los que ya teníamos, porque yo no podía fingir más, y él me quería más que nunca. Era horrible. Para los dos. Y desaparecí.

Mi notario le leyó una explicación. Y hasta hoy.

Aquí me hice arquitecto de interiores, quién me lo iba a decir, porque en realidad empecé por una formación de ebanista. Allí conocí a Audrey, mi mujer. No, no tenemos perro, tenemos gato y dos hijas.

No me arrepiento. El hombre es un lobo para el hombre. Y yo fui lobo cuando tuve que serlo.

Nada más.

Un día en la Casa Grande

02 domingo Ago 2020

Posted by Alquimista de Historias in Relatos

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-Malia, ponte la ropa buena, que hoy tienes que ir a la Casa Grande…

-A cuál?

-A la de Zárate, mañana celebran y reciben gente, y hoy hay faena para dar y regalar..

-Viene usted conmigo?

-Yo tengo que planchar la ropa de la Virgen y los manteles del altar, después me cuentas…

-Contar? El qué?

-En la Casa Grande siempre pasan cosas…

Malia, cuyo nombre era Amalia, pero ella respondía sólo a Malia, se puso su ropa buena, y los zapatos de hebilla que reservaba para ir a la misa, luego su madre le peinó la melena en una trenza y se la fijó con brillantina, ya que tenía el pelo muy liso y se le desprendía con facilidad.

Antes de que Malia pudiera llegar al final de su calle, la alcanzó Samuel el del Carro con su carro, el mismo que un día sería utilizado para montar una infranqueable barricada y a través del espacio que dejaban dos de sus varas Antoñito el de los Rieles alcanzaría de un tiro la campana de la iglesia. Pero eso Samuel no lo podía saber. Hoy lo llevaba cargado con tres barriles de vino, y, adivinando que Malia y él tenían el mismo destino, la invitó a subirse al pescante, invitación que Malia aceptó con gusto, ya que así no tendría que hacer el largo camino andando bajo el ya incipiente calor.

Una vez llegados a la propiedad, Samuel paró el carro en la zona de las bodegas. Malia tenía que ir la la zona de cocinas, así que tras despedirse de Samuel, acortó camino a través del patio de las cuadras. Allí se cruzó con Cleto, uno de los mozos que ayudaba con las bestias, y que ahora llevaba una cesta repleta de huevos en sus manos, las mismas sobre las que observaría el brillo único de una pulsera que iba llamada a ser maldita por las desgracias que había acarreado su posesión, hasta que él quiso robarla y sin embargo la consiguió sin más, y con ella la solución a todos sus problemas. Pero eso sucedería después. Mucho después. Ahora Cleto contaba sólo doce años y acarreaba un cesto repleto de huevos. Al ver a Malia soltó una carcajada.

-Hola Malia. Es que te has perdido o qué?

-Muy gracioso, vengo a ayudar…

-Ahí dentro las tienes a todas…- Y señaló la entrada a la cocina con la cabeza.

-Gracias..- Cleto se encogió de hombros como respuesta y continuó camino.

Malia alcanzó la puerta de la cocina, y nadie se dio cuenta de su presencia ya que todas y cada una de las personas que en aquel momento se encontraban en aquella enorme superficie que era la cocina de la Casa Grande de Zárate, estaban ocupadas en alguna actividad o se movían de un lado a otro tratando de no molestarse unas a otras, todo ello sin ahorrar en voces, órdenes, contraórdenes, maldiciones, redioses y retaílas de distinta índole.

Malia buscó desde la puerta a su prima Carmencha. Carmencha desventraba un conejo sobre la mesa de la cocina, hundiendo sus manos en el animal y abarcando con ellas todo lo que hubiera en su interior. De la misma forma que removería las entrañas de Lady Abton-Lewis para girar en ellas a Reginald Timotheus Carmine, después quinto Lord Abton-Lewis, y así aquella pudiera parirle, y Lady Abton-Lewis decidió ponerle Carmine de tercer nombre, desterrando Magnus, en señal de agradecimiento hacia Carmencha a quien la unió un vínculo más fuerte que cualquier amistad por el resto de sus vidas y a quien una tarde de lluvia de un mes de marzo presentó al Comandante Thornton. Pero eso sucedería más tarde. Mucho más tarde. La futura Lady Abton-Lewis celebraría aún en breve su puesta de largo, el Comandante Thornton todavía no era ni oficial y Carmencha, aquella mañana, tenía seis conejos más por desventrar.

-Ya estoy aquí- Se presentó Malia, a lo que Carmencha respondió asintiendo con la cabeza sin mirarla, para después secarse el sudor de la frente con un antebrazo.

-Ya..yo estoy con esto, ahí la Jacoba te dirá..- Y le señaló con la cabeza algún lugar tras ella, Malia sin más se dirigió a Jacoba.

Jacoba en ese momento cortaba con ayuda de unas enormes tijeras, y con milimétrica exactitud, cordón de bramante que después sería utilizado con los rollos de carne mechada. Lo hacía con la misma exactitud con la que enderezaría la pierna de Gracián tras caerse éste del caballo y nadie se atrevía a mirar aquello, y Jacoba le colocaría los huesos otra vez en su sitio como se lo había visto hacer siempre a su padre con las bestias, y Gracián llegaría a escalar el Techo de Mundo. Pero eso Jacoba no podía saberlo en ese momento. Porque eso sucedería mucho después. Y Gracián aún tenía que nacer.

-Bien que vienes…ya ves qué apuro hay, lo primero que vas a hacer es ir al corral y coger uno de los gallos, el más grande veas y traérmelo…fíjate tú qué necesidad con todo lo que hay, pero la Señora lo quiere „al vino“ mañana, así que viento y no te entretengas…- Se lo ordenó sin apartar la vista del cordón y accionando las enormes tijeras, que hicieron un chasquido metálico al cortarlo. Malia asintió, y sin perder un minuto se alejó hacia la puerta por la que había entrado- No! No vayas por ahí..vete por aquí que llegas antes- Y Jacoba le señaló una puerta lateral- Y vuelve por el mismo camino…venga…viento!- Malia corrió hasta la puerta y casi como una exhalación desapareció tras ella.

Esa puerta llevaba a unas escaleras, que Malia descendió y por las que se cruzó con dos hombres que subían discutiendo entre si sobre la mejor manera de destejar un tejado, mientras ellos mismos transportaban una silla en cada brazo. Sólo pararon de discutir para darle a Malia un fugaz Buenos Días, y después continuar con su debate. Una vez alcanzó la base de la escalera, Malia salió a una patio más pequeño que el de las bestias. Lo cruzó guiándose por los cacareos que escuchó provenían del fondo. El corral, repleto de gallinas que pululaban de una lado a otro, estaba vallado, y tenía como acceso una puerta de malla metálica cerrada con pestillo. Iba a abrirla, cuando una voz se lo impidió.

-No! No la abras, si no salen todas corriendo y después no quieren volver a entrar- Quien así advertía era Felipe, el hijo del encargado de los corrales, que se acercaba a ella portando dos cubos con pan viejo en migas. Los portaba con la misma facilidad con la que una vez se desharía del cuerpo del que había sido el ruín asesino de su padre, arrojándolo a una tumba sin nombre y cubriéndolo con la tierra del olvido, hasta que fuera descubierto muchos años después por motivo de la construcción de un aparcamiento subterráneo, pero para aquel entonces Felipe también habría sido enterrado, con gran duelo y tristeza, en su panteón del Rosehill Cemetery de Chicago, Illinois, y nunca le habrían de faltar flores frescas. Pero eso Felipe no lo sabía todavía. Eso sucedería mucho después. Ahora se acercaba a Malia transportando con pasmosa facilidad dos cubos de pan viejo.

-Cuántas quieres?- Se interesó, dejando los cubos ante la puerta de malla.

-La Jacoba quiere un gallo- Aclaró Malia.

-Pues espera aquí que te lo busco- Y tras abrir el pestillo de la portezuela, se deslizó dentro del corral cerrándola tras si y desapareciendo por el fondo. Volvió casi de inmediato, portando entre sus brazos de remo un digno ejemplar, que no parecía estar muy de acuerdo con la mudanza y trataba de zafarse sin conseguirlo.- Aquí tienes, el más grande, reservado para las ocasiones, vas a tener que sujetarlo muy fuerte, si no se te escapará- Advirtió Felipe, antes de pasárselo a Malia, quien recibió el gallo en una especie de abrazo en el que lo estrechó contra si.

-Gracias Felipe, dale un saludo a tu hermana..- Felipe sonrió.

-Se lo daré..- En eso, un grupo de hombres portando cada uno varias sillas se dispusieron a entrar por la puerta por la que ella había accedido al patio antes.

-Uy…eso va para largo, es mejor que utilices esa otra puerta..- Aconsejó Felipe señalándole otra puerta lateral, Malia dudó un momento, indecisa.

-A dónde voy a dar?- Quiso saber, Felipe pensó un instante y después chasqueó los dedos.

-Según entras, subes las escaleras y tuerces a la izquierda, luego a la derecha y sigues el pasillo, vuelves a torces a la izquierda y después bajas por unas escaleras que vas a encontrar a la derecha y ya llegas a la cocina..- Explicó Felipe moviendo sus manos en el aire al tiempo que daba las indicaciones. Malia asintió sonriendo, convencida de que se acordaría de todo. Felipe le abrió la puerta para que no tuviera que soltar al gallo, que se revolvía sin parar, y se despidieron.

Malia subió las escaleras, como le había dicho Felipe, pero en lugar de torcer a la izquierda, torció a la derecha, encontrándose en un pasillo larguísimo, repleto de puertas. Cuando había alcanzado aproximadamente la mitad del pasillo, el gallo aprovechó que Malia había aflojado levemente la fuerza de su abrazo, y se revolvió sobre si mismo con gran aspaviento de alas y golpes de pico, que Malia esquivó a duras penas dejándolo libre sin querer, y el gallo, viéndose liberado, se escapó corriendo a gran velocidad por el pasillo, desapareciendo por el codo al final del mismo. Malia le siguió corriendo, y alcanzó a verle desaparecer en una habitación que tenía la puerta abierta y de la que provenía una voz masculina que no parecía de este mundo, que cantaba el „Ave María“ de Schubert. Malia se acercó casi sin atreverse a la puerta, y, al asomarse, descubrió a Lorenzo el de los Cubos que, subido en lo alto de una escalera, cantaba mientras colocaba la barra de unas cortinas, con aquella voz suya, que le llevaría una vez a ser el único tenor en recibir diez minutos de reloj de ovaciones en pie en el Teatro Real, la misma voz con la que su hijo haría vibrar el Madison Square Garden y su nieto el Wembley-Stadion. Pero eso Lorenzo todavía no lo podía saber. Ahora ensayaba el „Ave María“ que tenía que cantar al día siguiente en misa de doce, con Migia de Bermúdez y Lina la de Arriba como único público, quienes le miraban con la boca abierta sin atinar al moverse, mientras sostenían las cortinas en los brazos. Ninguno de los tres se percató de la presencia de Malia, quien tras cerciorarse de que el gallo no estaba allí continuó su búsqueda por el pasillo.

-No me dejes Alfonso, por Dios..

-Ya te dije que me iría, y me voy Lores…

-No te puedes ir, no hoy..

-Me voy, Lores, ya está decidido…

-Vete mañana, después de la fiesta, qué dirá la gente si no estás cuando diga que estoy en estado…

-En estado..?Otra vez? Pero..Lores…cómo?..

-Pasa la fiesta, doy la noticia y te vas…

-Lores, entonces sí que no me puedo ir…es que no lo entiendes?

-Lo que sí entiendo es que no me puedes dejar Alfonso…

-Déjame Lores, déjame…

-Alfonso a dónde vas?…Alfonso por Dios…

Quienes así discutían mientras iban de una habitación a la de enfrente, en lo que parecía un perfectamente orquestada persecución, eran Dolores de Zárate la hija mayor de los Zárate, llamada familiarmente Lores, y su marido Alfonso. Lores de Zárate había decidido una vez ser infeliz con Alfonso y no feliz con otra persona, y eso siempre había sido así, era así y seguiría siendo así hasta que la muerte les separó, muchos años y ocho hijos después. Y, de alguna manera ellos lo sabían. Que eran infelices. Que llegarían a tener ocho hijos todavía no, ya que Lores de Zárate ni siquiera estaba todavía embarazada de su cuarto hijo. Y eso ella sí que lo sabía. Alfonso no. Y por eso le perseguía de cuarto en cuarto sin descanso, y sin percatarse de la presencia de Malia, quien se había escondido en un recodo en sombra. Cuando Lores y Alfonso se encerraron por fin en una habitación a continuar con su discusión, Malia escuchó el posible aleteo del gallo, que provenía de unas alacenas de ropa a la vuelta del pasillo. A paso rápido Malia recorrió el espacio entre su escondite y las alacenas, y abrió una de ellas de vez con el fin de sorprender al gallo. Pero a quien sorprendió fue a Gero el del Pintor y a Bautista el de los Llanos abrazados y rodeados de toda la ropa blanca por planchar de los Zárate, y que al verla, se separaron abruptamente, casi empujándose el uno al otro, como nunca tendrían que hacer de nuevo en Quebec, donde regentarían conjuntamente una lavandería y se abrazarían cuando les diera la gana. Pero eso ellos todavía no lo podían saber. Ni Malia tampoco, quien por un instante se preguntó por qué esos dos buscarían un sitio así para darse un abrazo, y sobre todo, a sus ojos, por qué motivo. Pero no se paró a preguntárselo, ya que volvió a cerrar la puerta de la alacena, y continuó con la búsqueda del gallo, al que ya maldecía para si y deseaba la peor de las suertes, mientras trataba de colocarse bien el pelo, que ya empezaba a deslizársele de la trenza.

Adrián de Zárate, llamado familiarmente, Aidán, había rendido en la Capital con éxito los exámenes para Notarías que su padre tanto había ansiado, y había llegado a la Casa Grande a primera hora de la mañana, después de un tortuoso viaje en el que había tenido que cambiar tres veces de tren, recorrido un trecho en carro y por último atravesado un monte a caballo. No había conseguido sentarse a descansar desde que había puesto pie en la casa, que había encontrado envuelta en una especie de zafarrancho. Aidán de Zárate se tumbó en el sofá de la salita azul del segundo piso dispuesto a descansar cinco minutos. Sólo cinco minutos. Ese era exáctamente el espacio de tiempo que, calculaba, necesitaba para reponerse del viaje. Cerró los ojos. Y Malia entró en tromba en su vida.

-Y tú qué haces aquí?

-Ay Señorito! Por favor perdóneme…es que se me ha escapado el gallo…

-El gallo…

-Si Señorito…lo levaba a la cocina y se me revolvió, y salió volando y yo corrí y casi me caí y ahora no sé donde está y perdóneme Señorito que no lo he hecho a propósito…

-No te preocupes, no se lo diré a nadie…pero por aquí no ha pasado…

-La Señá Jacoba me va a correr a palos…dónde estará Dios Mío…

-Vamos a ver, tranquilízate, dónde dices que se te escapó?

-En el pasillo…

-Pues vete al pasillo…

-Ya fui y ya volví y nada…- Escuchan el cacarear del gallo muy cerca. Ambos se acercan a la ventana. El gallo está sobre el muro de la alberca. Ellos se miran.

-Ahí tienes tu gallo…- Malia suspiró casi llorando, sin saber qué hacer, él suspiró también como el que se arma de paciencia- Pues que no se diga que un de Zárate no sabe atrapar un gallo..- Y sin más se dirigió a la puerta, ella le siguió llevándose las manos a la boca.Le siguió por pasillos y escaleras, hasta que alcanzaron la puerta de salida al Fondo, llamado así porque se encontraba precisamente, allí, en el fondo de la propiedad.

Aidán se acercó despacio a la alberca, sobre el muro de la cual, caminaba el gallo, todavía ajeno a sus intenciones, y se encaramó con cuidado para atraparlo. Al querer atrapar el gallo, Aidán perdió pie y cayó a la alberca provocando al chapuzarse una explosión de agua que mojó también a Malia, quien no pudo reprimir un grito de espanto. Justo en el momento en que Aidán había conseguido incorporarse dentro de la alberca cuyo volumen de agua le llegaba a la mitad del pecho, Clarugenia y Ulogio que, por motivos que más tarde vendrían a cuento, se encontraban cerca, detrás de un muro, aparecieron corriendo, alertados por el grito de Malia y el repentino chapoteo.

-Ay Señorito! Qué le ha pasado a usted!- Exclamó Clarugenia llevándose las manos a la cabeza, Ulogio soltó un silbido y se quitó el sombrero de paja, como siempre hacía delante de los Señores, aunque acabasen de caer dentro de una alberca. Aidán se enjugó el rostro con las palmas de las manos y escupio un poco de agua. Malia había optado por taparse la boca con la mano y no parpadear.

-El calor…Hace un calor terrible…- Acertó a contestar, Clarugenia y Ulogio se miraron un instante, con la misma expresión con la que se mirarían cuando su hijo les dijo que él lo que quería era estudiar Ingeniería de Minas y horadar túneles en montañas, extremo que se cumpliría y su nombre se leería después en las placas conmemorativas. Pero eso ellos todavía no lo podían saber. Ellos seguían sin entender qué hacía el Señorito Aidán en la alberca del fondo.

Ulogio le ayudó a salir y Clarugenia se fue corriendo hacia la casa a buscar algún paño con el que se pudiera secar. Aidán le agradeció la ayuda a Ulogio, quien tras ponerse de nuevo su sombrero regresó a lo que estuviera haciendo tras el muro, y Aidán se acercó a Malia.Y la miró. La miró, y a ella le pareció que ella fuera la única persona existente en el mundo en aquel momento, y que Aidán diera en mirarla. A ella sola. Porque sólo serían ellos dos en el mundo. La miró como la volvería a mirar el día que trajo al mundo a su primer hijo. Pero eso ella todavía no lo sabía, y aunque Aidán ya lo intuía, en aquel momento sólo la miró. Como si fueran sólo ellos en el mundo.

-Creo que lo mejor es que busquemos otro gallo..- Propuso él, ella suspiró rindiendose a la evidencia.

-Mejor será, sí…- Dijo. Y se alejaron caminando despacio hacia la casa, juntos, como siempre lo estarían a partir de ese momento. Aunque ellos todavía no podían saberlo.

Mientras esto sucedía, el gallo había volado cortas distancias, como suelen hacer los gallos, y corrido a gran velocidad, como también suelen hacer ese tipo de aves, y había alcanzado el Camino del Fondo, llamado así por encontrarse justamente allí, en el fondo de la propiedad, por el que avanzaba Ginés el del Toldero, camino de la Casa Grande con el fin de preguntar si hubiera faena para él y así ganarse unos cuartos. Cuando el gallo se cruzó en su camino, primero miró en derredor en busca de la persona a la que debía pertenecer tal ejemplar, pero no vio a nadie ni escuchó nada, sólo el canto de las cigarras. Y sin pensarlo dos veces agarró con las dos manos el saco que siempre llevaba consigo, y atrapó de una vez al gallo dentro. Apretándolo contra si y cerrándole el pico con la mano para no delatarse, se lo llevó a casa. Su mujer y él comerían caliente por primera vez en tanto tiempo que no se pararon a recordar cuánto y lo harían durante dos semanas enteras. Y ella, a resultas de semejante regalía, por fin conseguiría empreñar y su hijo llegaría a ser un médico muy importante en la historia del país. Pero ellos, en aquel momento, no lo podían saber. Sólo se preocuparon de esconder el gallo.

Y cayó la tarde, y el calor refrescó con una ligera brisa. Y se abrieron ventanas y portones para dejarla entrar y que se quedara a pasar la noche. Y la noche trajo el día, y aquel día después de la misa y tras los consabidos cinco chupinazos en honor a la patrona, la bomba de palenque rompería todos los cristales de la casa de los Sainz.

Pero eso todavía no lo podía saber nadie.

Orbison

17 viernes Jul 2020

Posted by Alquimista de Historias in Relatos

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Qué no daría él por cantar así. Abrir la boca y soltar semejante voz. Pero no. Él no podría nunca. Hombre, cantar, lo que se dice cantar, sí. Cualquiera puede cantar. Pero así no. Sólo muy pocos. Si intentara llegar a la nota, la gente pensaría que le estaba dando algo. Él, al cantar, pareciera que está tratando de juntar vacas en el prado. Se lo había dicho una vez su abuelo. Y tenía razón. Por eso él sólo tararea. Pero únicamente cuando está solo, ya que es consciente de que hay gente que eso le enerva. Y luego está lo que dice. A él siempre le lleva lejos. Mar adentro. Donde uno puede estar a solas con el mar. Sin tiempos ni espacios. Mirando las olas pasar. No como ahora. Metido en un coche, esperando a que se dilucide un atasco en una ciudad de interior. Le lleva a aquellos días. A aquel verano. El verano de los surferos. Surfistas. Pero ellos entonces les llamaban surferos, aunque ni siquiera lo fuesen en realidad. Lo que hacían era Windsurf. En todo caso hubieran sido Windsurfistas. Pero para ellos eran los surferos. Bueno, para ellos no, para Candamio, el jefe del Servicio de Salvamento de la playa que le había tocado a él. Para que no te aburras te hemos apuntado en Salvamento, le había dicho su madre, y cualquiera le chistaba entonces a su madre. Y allí se fue él, dispuesto a salvar gente sin tener idea de cómo. En su playa no había surferos. Salían de la playa de enfrente, y ellos les veían bailar entre las dos playas al ritmo del viento y las olas. En su playa nunca pasaba nada más allá de una picadura de avispa, así que ellos tenían todo el tiempo del mundo para observarlos. Ellos. Ellos eran, Garita, al que llamaban así porque ya había hecho la mili y se la había pasado metido en una, Tiritas, que había venido ya con el nombre puesto, y él mismo al que dieron en llamar «Jaselhof», porque no se le había ocurrido mejor idea que aparecer el primer día con un bañador rojo. Ellos eran los encargados de abrir y cerrar la playa. Acto que consistía en anunciarlo por megafonía y que nadie se diese por enterado. Si había tantos surferos era por el viento. Siempre hacía viento. Hasta que un día, de repente, no hubo. Sin más. Durante bastante tiempo. Que debió de ser mucho, porque él se había bañado dos veces para aliviar el calor. Entonces habían aparecido dos guardias civiles y le habían dicho a Candamio que tenían que salir a un rescate con la Zodiac. Y todos le habían mirado a él, a Jaselhof. Como si estar estudiando Económicas le otorgase el don de ser experto en rescates. Al no haber viento, dos surferos se habían quedado varados en el agua entre las dos playas, sus amigos, al ver que no regresaban habían llamado a la guardia civil desde una cabina y ellos ahora tenían que ir a buscarles. Habían salido Tiritas y él. Tiritas puso la lancha a todo dar y él tuvo que ir todo el trayecto aferrado a las cuerdas tratando se no caer al agua. Él sigue convencido de que aquel motor tenía que estar trucado. En total tuvieron que hacer tres viajes de ida y vuelta. En el primero trasladaron a los surferos a la playa. Y en los otros dos remolcaron las tablas y las velas. Él había contado la hazaña en casa y su padre le había llamado héroe. Y todo hubiera quedado en eso. Pero no. Al día siguiente sucedió exactamente lo mismo. Incluso la pareja de la guardia civil fue la misma. Pero esta vez no eran dos surferos. Era una surfera. En esta ocasión se ahorraron un viaje porque a la vuelta remolcaron la tabla con la vela. Él había contado otra vez lo ocurrido en casa, pero ya no había causado tanta impresión. Lo que sí le causó impresión a él fue tener que rescatar a esa misma chica tres días seguidos. Se llamaba Andrea y no se cansaba de repetir que ella no lo hacía a propósito. Él le había dicho que aunque lo hiciera a propósito él no se lo iba a tener nunca en cuenta. Y ella se había reído. Él también. No había tenido que rescatarla más. Ella cruzaba con la tabla a primera hora y cuando la playa se daba por cerrada, la cargaban en el coche de él y la llevaba a casa. A veces se alejaban mar adentro apoyados en la tabla, y, allá lejos, sin tiempos ni espacios, miraban las olas pasar. Aquel verano. Lo que puede traer una canción. Lo que sea que ha causado el atasco ya no está, y el camión que va delante de él por fin avanza. Definitivamente va a convencer a Andrea de comprar dos SUP (*Stand-up-Paddling) para con el buen tiempo ir a algún pantano.O mejor escaparse a alguna cala en algún lugar. Sonríe. Vuelve a poner la canción en el dispositivo del coche. Y si tiene que volver a rescatarla, no se lo tendrá en cuenta.

Purificación

12 domingo Jul 2020

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„René recorría los Campos Elíseos con la funda del contrabajo colgada de su hombro izquierdo…“. Será del derecho. Llevará la funda colgada del hombro derecho. Nadie lleva colgado nada del hombro izquierdo, sólo tú. Pues sea. Y luego están los „Campos Elíseos“. Cuántos kilómetros tienen?. Porque caminar sin más con semejante peso al hombro no puede hacerlo mucho tiempo. 1,91 kilómetros según el buscador. Es factible. Pero ahora la pregunta es qué se le pierde a él en el Arco del Triunfo. Porque es a donde van a dar los Campos Elíseos, o no?. Esto me pasa por no haber ido nunca a París. Si la clase entonces hubiera elegido Paris como destino de la excursión de fin de curso, otro gallo cantaría. Pero no. Eligieron Benalmádena y encima llovió. Pues entonces no va por los Campos Elíseos y punto. Ya está.“René recorría los jardines del Campo de Marte con la funda del contrabajo colgada de su hombro derecho….“. Y caminando entonces llegaría hasta la Torre Eiffel. Pero después de tanto caminar tendrá sed y hambre, lógicamente. Por mucho que sea un agente secreto tendrá que comer,beber, hacer pis. Vamos digo yo. Bueno entonces llega a la Torre Eiffel y sube al restaurante. Porque hay un restaurante arriba, o no?. Según el buscador hay varios. Y tendrá que subir con el ascensor, porque a pie con el contrabajo no le veo yo mucho sentido. Entonces se complica porque va a tener que abrirlo, por seguridad y él no va a querer por causas obvias. Además, en el caso hipotético de que llegue a sentarse a una mesa en uno de los restaurantes, se sentará en la ventana, digo yo, si ya subes pues buscas ventana. Y disfrutará las vistas. Y qué se ve desde lo alto de la Torre Eiffel. Pues París, supongo. No. No puede ser.„René recorría aquella calle desierta de París con la funda del contrabajo colgada de su hombro derecho…“ . En París hay infinidad de calles y alguna seguro que desierta. „Caminaba, y con cada paso trataba de olvidar la traición de Puri…“ No acaba de convencerme el nombre: Puri. Pero hay que admitir que nunca vas a pensar que nadie con el nombre Puri te pueda traicionar. Ah hola cómo te llamas? Me llamo Puri. Pues qué bien. Las espías traidoras suelen llamarse Ashley, Shanon, Corey o Brittany. Pero nunca Puri. Yo creo que ahí va a estar el punto. Además Robles ya me ha dicho que cuando la traduzcan al inglés, ya sólo el título lo convierte en superventas: „ Purification“. „Caminaba, y con cada paso trataba de olvidar la traición de Puri. Se sentía abatido, triste y perdido...“. Cómo no va a estar perdido si ni siquiera yo sé cómo se llama la calle por la que camina, y abatido, con semejante peso. Debí de haber elegido una funda de violín. Pero yo soy más de contrabajos. Drei chinesen mit dem Kontrabaß, saßen auf der Straße und erzählten sich was, dann kam die Polizei und fragt: was ist denn das?, drei chinesen mit dem Kontrabaß. Y ahora con la A. No. „Caminaba, y con cada paso trataba de olvidar la traición de Puri. Se sentía como aquel a quien le hubieran arrancado el corazón y aún siguiese con vida, sediento y en busca de venganza…“. Y de algo que comer. Digo yo. Porque si llegó a París a primera hora y desde entonces camina portando el contrabajo, tendrá hambre. Porque yo, desde luego la tengo. De pollo asado con patatas al horno. Pero eso no se consigue en París. O sí?. Y si sí, dónde?. Ya sé. „Alzó la mano y llamó un taxi. Le pidió que le llevase al hotel más caro de París. Dónde nadie haría preguntas y podría ahogar sus penas en el minibar…“ Bueno eso de que no hacen preguntas es mucho suponer. Pero pollo asado seguro que tienen. Francia es país de pollos. Asados y sin asar. O frito. Pollo frito con salsa agridulce y cerveza helada. Lo mejor será que me pida algo. Con hambre no puedo trabajar. Y así pienso el nombre del malo. Tiene que ser un nombre de malo. Los malos siempre se llaman Hank, Tyler, Brett, o Ron. El que se la tiene jurada a René se llamará Benito. No. Heliodoro. Tampoco. Más compacto. Casto. Ahí está. Casto. Pido algo y lo pongo a rodar. „Casto B. Se despertó sin saber quién era ni dónde estaba….“. B. da intriga y me da tiempo a buscar un apellido acorde. Y como tiene amnesia le doy tiempo a René a comer el pollo y emborracharse.

Y en algún momento tiene que volver a aparecer la Puri. Porque para mi es la Puri. Buena es ella. Por eso va en el título. Purificación. De apellido Romerales. Ea.

El Ente

03 viernes Jul 2020

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Hubo un tiempo en que a mi primo Tato se le dio por hablar en susurro. Pero no un susurro normal. Un susurro casi inaudible e indescifrable que acababa por sacar a su interlocutor de quicio. Pero a Tato no le importaba. Él parecía muy conforme con su forma de expresión.

Si dejó de hablar de esa forma fue por culpa de Eufrasia.

Aquella tarde Tato y yo subimos al desván sin que nadie nos viera. No. Tato me subió con él al desván sin que nadie nos viera, para ser más exactos. Yo sólo tenía cuatro años y le hubiera seguido al fin del mundo, aún sin saber dónde estaba. Pero no me llevó al fin del mundo. Me llevó al desván. Antes le había robado una bolsa de palotes de fresa a su hermana Gertru, y con ella en ristre subimos a lo alto. Tato levantó la trampilla y después ya fue solo deslizarse al interior. El desván se extendía por toda la planta de la casa de mis abuelos,y estaba repleto de cosas y artefactos de los más dispares calibres. Pero nosotros no  subimos para rebuscar entre lo que hubiera alli. Nosotros subimos para comernos todos los palotes de fresa de mi prima Gertru. Y eso hicimos. Nos sentamos uno frente al otro con la bolsa de palotes entre nosotros, y uno tú otro yo, la fuimos vaciando. Yo entonces todavía no sabía contar, pero supongo eran muchos. Entonces, Tato se incorporó y con un gesto me indicó que ya era momento de volver abajo. Pero no pudimos. Tato intentó abrir otra vez la trampilla, pero le fue totalmente imposible. Incluso aunamos fuerzas. Pero no hubo manera. No empezamos a gritar, ni a llorar, ni a llamar a nuestras respectivas madres. Eso nos hubiera delatado y hubiera provocado el llanto sin fin de mi prima Gertru por sus palotes de fresa. Y si algo había que evitar a toda costa era que la Gertru se arrancase a llorar. Y eso no lo decía yo. Eso lo decía su madre. La Gertru podía pasarse horas llorando. Sin más. Yo creo que al final ni ella sabía el porqué. Así que nos sentamos junto a la trampilla a esperar que pasara algo. Y pasó. Eufrasia. Que por algún motivo pasaba en ese instante por debajo de la trampilla por el pasillo. Y Tato pegó la boca al borde de la trampilla y, le dijo, en aquel susurro suyo, lo que nos había pasado. Sea lo que fuera que Eufrasia llevaba en las manos, cayó al suelo y estalló en mil pedazos. Y el estruendo fue equivalente al grito de Eufrasia. Yo quise empezar a llorar. Pero ni eso pude. Simplemente enmudecí. Tato volvió a pegar la boca al borde de la trampilla y volvió a insistir en su susurrada explicación. Y Eufrasia comenzó a gritar como una loca, y se fue gritando que donde nosotros estábamos había un aparecido. Nosotros miramos a nuestro alrededor y no vimos a nadie más. Ni aparecido ni desaparecido. Yo ahora solo tenía ganas de hacer pis y de llorar. Pero no a partes iguales. Y oímos más gritos. Y al padre de Tato, al que despertaron de la siesta. Y entonces Tato, me cogió de la mano y me llevó corriendo hasta la ventana del desván, que daba a la parte de atrás de las cuadras. Y la abrió. Y sin más me cogió en alto y me tiró por ella. Él se tiró después. Y los dos nos encontramos en las profundidades de la ingente montaña de paja que los hombres habían estado amontonando toda la mañana. Salimos casi haciendo volteretas y muy sucios de polvo. Tato me sacudió la ropa todo lo que pudo y luego a si mismo. Después me volvió a coger de la mano y me llevó corriendo hacia la casa.

Estaban todos tan ocupados en calmar a Eufrasia, y en tratar de abrir la trampilla del desván que nadie se percató de nuestra presencia. Sólo mi madre, de paso, nos preguntó de dónde veníamos tan colorados. A lo que yo contesté vomitando todo lo que había atesorado en mi ser. Los palotes de Gertru incluidos. Pero lo chacaron a un golpe de calor. Y nos desnudaron y nos llevaron a la alberca para que nos refrescáramos. Alguien llamó a Don Justo, el cura del pueblo, para que subiese al desván para que convenciese al aparecido de que regresase al otro mundo. Para entonces Tato ya hablaba en su tono normal de voz y yo bebía agua con limón a traguitos sentado en el regazo de mi madre.

No he vuelto a comer palotes de fresa.

Dositea

30 martes Jun 2020

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No fue mala idea traer el bastón. No es que lo necesite, la verdad, pero ayuda. Tampoco fue mala idea animarme a bajar a comer al Centro. Siempre me da una pereza increíble, ponerme presentable, calzarme, buscar el bolso, menos mal que siempre dejo las llaves dentro, si no también tendría que buscarlas, y para cuando las encontrara ya no tendría ganas de ir a ningún sitio. Pero me apetecía comer albóndigas, qué quieres que te diga. Antes las hacía a menudo, pero ahora para mi sola, se me hace demasiado trabajo. Además ya está todo pago, yo sólo tengo que aparecer, sentarme y comer. Hoy no había mucha gente, los de mi mesa después se pusieron a jugar al Tute. Yo soy más de Bridge, no me acuerdo por qué empecé a jugar al Bridge la verdad, porque supongo que en algún momento tuve que empezar a jugar al Bridge, digo yo, que no nací aprendida. Tampoco me acuerdo de dónde tengo las cartas. En el cajón del aparador, seguro. Como todas las cosas. Es que me resulta muy cómodo. Me queda de paso y sé que están allí. Ahora cuando llegue a casa me voy echar un rato, las albóndigas estaban muy buenas, la verdad, yo les hubiera puesto jamón, qué quieres que te diga, pero allí no le ponen sal ni a los pensamientos que diría mi hermano, pero ahora tengo modorra. Sólo son dos calles.

-Hola Dosi! Dichosos los ojos!- Y esta quién es?. Ver veo perfectamente, que nunca necesité gafas, pero no sé quién es, qué quieres que te diga. Sólo Alfonso me llamaba Dosi. Cuando quería algo. Y esta qué querrá?.- No sabes lo que pasó!- Voy a decir que no, porque es la verdad. Yo sólo veo el parte del mediodía, y nunca pasa nada que me afecte, qué quieres que te diga. No. No sé lo que pasó- Pues verás, tú te acuerdas de aquella chica, bueno, chica, tú ya me entiendes, bueno, de aquella chica que vivía en las casas que había junto al río, que eran bajas y marrones, pero la suya era azul, y que colindaba con la del barquero, el que estaba casado con una muy pelirroja y todos los hijos eran pelirrojos, menos el que después se casó con Agustina la del practicante, que era más bien castaño,no sabes?…pues murió..

-El barquero?….qué va..yo creo que estaba yo aún soltera cuando murió…- Sí que estaba soltera porque recuerdo que mi padre se llevó un disgusto terrible, no por el barquero, que no lo conocía de nada, sino porque no había repuesto y tenía que dar un rodeo terrible para ir al banco. No sé quien es Agustina.

-No, el barquero no, mujer, la chica de la casa azul, sí mujer, que se casó con uno que tenía una hermana viuda, y que llevaba levita, no la hermana, se entiende, él, él llevaba levita, y no era militar, que andaba con Luís el que después se casó con Pura, y se les mató el hijo con la moto haciendo la mili, qué disgusto hubo en esa casa, ella nunca se recuperó, hablaba sola, seguro que la tienes visto, él lo llevó mejor pero murió…

-El de la levita…- Algo recuerdo con una levita. Pero lejanamente. Ahora mismo no sé quién es militar y quién no.

-No Luís, a Pura la metieron en un centro, no sé si vive todavía, tenían otro hijo que cogió la farmacia de Don Anastasio y se casó con una americana que llevaba a los hijos al colegio en patines, fíjate qué cosa, yo ya le decía a Lolo, sólo nos falta que se meta uno debajo de un camión, pero no, nunca les pasó nada…- Cuando cumplí doce años mi padre me regaló una bicicleta. Es algo que no se olvida, creo. No me veo andando yo ahora en bicicleta. La verdad. – Pero seguro que sabes quién es…

-Quién?

-La chica de la casa azul…ya se enterró, el funeral es mañana a las seis, si quieres te paso a buscar, voy a ir con mi cuñada, la de mi hermano Mateo, que ya sabes que murió el año pasado- Pues no. La verdad. Ya tengo una edad en la que me preocupo más por seguir viva yo, no por las muertes de los demás. Sigo sin saber quién eres.

-No deja…ya…- A ver si así puedo seguir camino.

-Yo te timbro- Tú haz lo que quieras. Me has dejado la cabeza como un bombo. Voy a caer redonda. Tanto muerto. Ahora dos besos. Vale.

Creo que me suena el móvil. Lo sé porque es „La Canción de la Espada“. Me la puso Rodolfo. Rodolfo. Ahora mismo no sé porqué le pusimos semejante nombre. Y una vez puesto Alfonso tenía miedo que acabasen llamándolo Rudi, yo la verdad le tenía más miedo a Rodolfito, me sonaba a componente químico. Al final se llamó él mismo Fofó. Y me llama. Pues voy a tener que coger, porque si no es capaz de llamar a los bomberos. Yo sólo quería comer albóndigas, qué quieres que te diga. A ver.

-Mamá?, Mamá?…dónde estás mamá?- Dónde quiere que esté. Este hijo mío.- Estrellita ya iba a llamar a urgencias, estás bien?Bueno, sólo era para decirte que esta tarde nos pasamos con los niños un rato, vale?, no hagas nada que ya llevamos nosotros, a lo mejor también va Tetela, pero no lo sabe aún…mamá? Estás bien mamá?- Pues no sé que decirte. Yo sólo quiero llegar a casa y dormir la modorra. Adiós, ya. Tetela. Para no cometer el mismo error la llamamos María. Simple y llanamente María. Pues no. Ella hubo de llamarse Tetela. Ya apuntaba. Por eso trabaja en Sindicatos. Los niños dice. Yo creo que se refiere a sus nietos. Que no haga nada. Tampoco pensaba. Yo me voy a dormir la modorra. Y después busco las cartas e intento un solitario. Si las encuentro. Pero seguro que están en el aparador. Con el resto de las cosas.

Willy

27 sábado Jun 2020

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No soy una rana. Si hay algo que tengo claro es eso. Pero creo que ellas eso no lo entendían. Ellas venían, se paseaban un rato por allí y después me dejaban solo con todos sus críos. Ya nos encontrarán después, me decían. Ya, pero entremedias los tenía que soportar yo. Lo mismo me pasó con las tortugas. Tú no les hagas caso, que ya saben ellas el camino. Y se iban. Y yo tampoco soy una tortuga.

Yo era uno de tantos. Ni muy grande ni muy pequeño. Comía cuando tenía que comer, y dormía cuando tenía que dormir. Me dejaba llevar, como quien dice. Y por dejarme llevar y no estar atento a lo que pasaba a mi alrededor, aquella cosa enorme me sacó de allí dentro de su pico. Recuerdo que me asusté, pero que inmediatamente después pensé que aquella cosa me tragaría y todo acabaría pronto. Pero no fue así.

Me tiró al primer sitio con agua que encontró. Supongo que yo no era lo que esperaba como cena. Allí no éramos tantos. Y teníamos mucho espacio. Nos alimentaban regularmente y todo estaba muy limpio. El cambio, al fin y al cabo, no había sido para mal, pensé yo. Fue una época tranquila y sin demasiadas incidencias. De un día para otro, sin embargo, dejaron de darnos comida y la limpieza brilló por su ausencia. Los otros comenzaron a ponerse nerviosos, y a pelear entre ellos, yo opté por hacerme invisible. Que es siempre la mejor opción. Fue entonces cuando hizo su aparición aquella enorme red, que se llevó todo lo que llegó a abarcar. Incluidos los otros. Yo, como seguía escondido, me libré. Y se hizo la oscuridad. Descubrí que me había quedado solo. Nunca lo había estado antes, así que tuve que aprender a lidiar con la soledad. De vez en cuando aparecían una criaturas horribles con pelo, que al principio me dieron mucho miedo. Pero después ya no. Una de ellas me aclaró que yo no formaba parte de su dieta básica, y eso mejoró las cosas. Me daban lo que les sobraba o no querían. Gracias a ellas sobreviví al invierno.

Cuando se hizo la luz corrí a esconderme. El lugar se llenó de cosas metálicas que arrastraban todo aquello que cubría el suelo y lo amontonaban a un lado. Escuché gritos, risas, música, un par de veces tuve que esquivar un pie que se plantó en medio sin avisar. Y el agua fue a menos. Desesperado busqué el rincón donde sabía había una hendidura en la que seguro quedaría suficiente agua. Pero no llegué. De pronto los gritos subieron de tono, y también las risas, y una mano me atrapó. Con sumo cuidado me metió en lo que a mi me pareció un caldero de agua cristalina, fresca y limpia. Había olvidado ya lo bonito que es el efecto de los rayos del sol en el agua. Al poco me dieron de comer. Me supo a gloria.

Desde hace una semana habito un tanque de cristal. Han colocado tres piedras y una planta lila en el centro. Me gusta deslizarme entre ellas y rozar la planta al pasar. En algo tengo que pasar el tiempo. Las personas a las que pertenece el tanque tienen también un gato. Lo primero que hicieron fue presentármelo y dejarle claro muchas veces que no me podía comer. Él se acercó aquella misma noche a presentarse, y a tranquilizarme. Se llama Patán. Odia el pescado desde que siendo todavía pequeño se comió una sardina podrida. Él es más de pienso y latas baratas, si bien las personas tienden a darle cosas gourmet, que él come. Pero sin demasiada gana. También tiene una novia, tres jardines más abajo, que ya me presentará. A ella tampoco le gusta el pescado. Ni los pájaros. Por eso se entienden. Las personas tienen niños, que pegan sus caritas al tanque y hablan conmigo. Yo les repondo con cabriolas y ellos se ríen. Me gustan los niños. Al gato también. Dice que él tenía un trauma, porque sus dueños anteriores le trataban como si fuera un niño. Y él llegó a pensar que a lo mejor lo era, sólo que distinto al resto. Estas personas le tratan como lo que es, un gato. Y ya no tiene traumas. A mí me han puesto de nombre Willy. Patán me ha dicho que al parecer es el nombre de una ballena muy famosa. Está bien. Pero no soy una ballena.

Mansarda

20 sábado Jun 2020

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Encontré los calcetines en una caja con vasos. No eran iguales, pero al menos pude ponerme algo en los pies. Recuerdo guardar los zapatos y zapatillas en el último momento, y no rotulé la caja con el contenido. Así que no voy a ser capaz de localizarlos a corto plazo. Sólo tengo las zapatillas de deporte que me puse para estar cómoda durante el trasiego de cajas, cajones, muebles, bolsas, bolsitas, bolsones, cestas, tinas y baules de una casa a otra. Porque ahora vivo en una casa. Con jardín. En realidad yo habito el piso superior, el bajo está ocupado por alguien que aún no conozco. Su jardín y el mío son independientes, separados por una verja azul pero intercomunicados por una puerta . La casa está situada sobre una montaña, y el jardín la rodea en desnivel, salvándolo en terrazas. Phyllis dice que he alquilado un ventanal con vivienda, y no al revés. Phyllis tiende siempre a exagerar las cosas, pero esta vez tiene razón. El ventanal de mi salón podría ser utilizado como Puesto de Observación del Valle. El POV. Y nos reímos. Ha prometido hacerme una plaquita con las siglas para que la pegue en el buzón junto a mi nombre.

No tengo luz. En realidad sólo me funcionan un enchufe y la bombilla del pasillo. La única bombilla que hay en toda la vivienda. Según parece los dueños quisieron darle a la casa el „Estilo Hollywood“, muy popular en los setenta, según el cual las viviendas se iluminaban con lámparas situadas estratétigamente por toda la superficie habitable. En Hollywood saben de la existencia de las bombillas. Y de su uso. No le encuentro la relación.

Tampoco me funciona la cocina. No tiene estilo alguno. Simplemente es vieja. He encontrado un calentador de agua, una tartera y el hornillo de camping que se dejó olvidado mi hermano a su regreso de Nepal. Hace ya siete años. Estaban en una caja rotulada con „NuncaJamás“. Tampoco encuentro la relación. Todavía no he localizado la caja con mis neuronas. Creo que estoy chocando algo.

Ya conozco a mi vecina de abajo. Se llama Ute y trabaja de burócrata en una oficina gris. No es que lo haya supuesto yo. Así me lo explicó ella. Y que la oficina sea gris no es porque los que allí trabajen sean tristes. Cuando fue necesario repintar los despachos, ese había sido el color que alguien había decidido que debían tener las paredes a partir de aquel momento. Al parecer el gris relaja. Para relajarse más, ella ha colgado un poster de elefantes caminando bajo el agua y su compañera una foto del prado de sus padres en Bavaria. Todo esto me lo explicó en menos de un minuto nada más presentarse y como colofón me preguntó de qué signo de zodíaco era. Cancer. Se alegró sobremanera, porque ella es acuario y al parecer las dos tenemos como ascendente a Júpiter. Yo también me alegré. Siempre me han interesado los planetas.

Las dos somos más de café que de té, así que, para celebrar mi llegada a la casa, me obsequió con un café con leche, que me supo a gloria, y que tomamos sentadas sobre dos cajas ante el ventanal de mi salón. Fue entonces cuando me comentó que los Schöller iban a arreglar su tejado. Los Schöller son los dueños de la casa que colinda con nuestros jardines y cuyo tejado puedo apreciar desde mi mirador, que es como Phyllis ha dado en llamar al ventanal. Con tal fin van a traer una grúa y un equipo de obreros comenzará en breve con el arreglo. Le pregunté qué tipo de arreglo querían hacer que necesitase una grúa. Ute se encogió de hombros y suspiró. Ella se había tirado una vez desde la pluma de una grúa, portando sólo una bandera arcoiris para protestar contra la Nato. Lo de la idea con el arcoiris había sido de Jochen, ella quería saltar con tres palomas y soltarlas al vuelo. Pero no habían encontrado ni una paloma. De ahí la bandera. Nadie protesta contra la Nato hoy en día, lamentó, así que no creía que a nadie se le ocurriese saltar de la grúa de los Schöller. Yo asentí. Sólo pensar en una grúa me da vértigo.

Llamé al electricista. La mujer que recogió mi encargo me dijo que me enviarían a alguien en cuanto tuvieran un trabajador disponible, ya que estaban desbordados de trabajo. No me puedo imaginar que todo el pueblo esté sin luz. O no les funcionen los enchufes. O no tenga ni un aplique de bombilla en toda la superficie habitable. Que todo el pueblo se hubiera decidido por el estilo Hollywood y ahora renegase a la vez. Thomas Alva Edison tiene una estatua en bronce en Michigan. Con razón.

Mi jefe me manda un Email para decirme que la luz ultravioleta ha desvelado que el cuadro que restauro en realidad fue pintado sobre otro. Eso ya se lo había dicho yo sin necesidad de lámpara ultravioleta. Decir que estoy de vacaciones sería mentir. Digamos que cada día comienzo una expedición por un territorio desconocido y densamente ocupado por, mayoritariamente, cajas de embalar de distintos tamaños, y que he colonizado con el nombre de „mi casa“. Esta expedición durará el tiempo que me he tomado libre de empleo, pero con sueldo. Hasta entonces mi jefe tendrá que contentarse con la máquina de luz ultravioleta. Dito.

Me despierta lo que supongo es un terremoto. Pero no. Son los de la grúa. Desayuno unas galletas de limón, que encontré dentro de un bolso que dudo sea mío, y un té „Life-Balance“ que sabe a vainilla mientras observo la instalación de la grúa en el jardín de los Schöller. Al parecer es un matrimonio con tres hijos. Todavía no he visto a ninguno de ellos.

En algún momento de mi vida me he debido ofrecer voluntaria para almacenar los cargadores de móvil que nadie quiera usar. A eso se unen tuppers sin tapa, tapas sin tupper, zapatos del pie izquierdo, cd´s sin carátulas, resguardos bancarios de hace cinco años, cojines de todos los tamaños, mandos a distancia huérfanos de dispositivo, y objetos plásticos no identificados, con tapa o sin ella, a los que alguna vez encontré uso. Todo ello regado con una cantidad ingente de camisetas blancas de manga corta. Y tubos de pasta de dientes. Casi uno por camiseta. Debería hacerme ver. Pero quien me viene a ver en Phyllis. Trae un termo de café, monodosis de leche condensada y una caja de galletas surtidas. Pretendemos desempaquetar libros y colocarlos por temas en una estantería. Pero sucumbimos al poder hipnótico de la grúa y de los trabajos de los hombres sobre el tejado. Llegamos a la conclusión de que nosotras hubiéramos caido rodando nada más poner pie sobre él. Me pregunto porqué los trabajadores no llevan ni casco ni arnés de seguridad. Phyllis se tapa los ojos. Ay no digas eso, se asusta, que basta que tal para que se caiga uno. Yo ya tengo mis traumas, para coger otro no estoy, me lo asegura sin destaparse los ojos. No sabía que Phyllis tuviera traumas. Ella niega con la cabeza y me dice que más que traumas son comederas de cabeza, sobre cosas que sólo ella entiende o da importancia. Y ahora no va a poder para de pensar en cascos y arneses, y los buscará en Amazón, y los encontrará muy ponibles. Yo le digo que no cuente conmigo para su próxima mudanza. Y nos reimos. Al poco se nos une Ute. El Ministro en persona ha venido hoy de visita a su oficina y les han dado el día libre. Le preguntamos qué Ministro. Ella se encoge de hombros. Uno. Y con eso está todo dicho.

Los hombres se mueven por el tejado con una agilidad pasmosa. Son seis. Y retiran metódicamente las tejas, que después cargan en un transportín que pende de la grúa, y que va y viene, sube y baja, según lo van llenando. Yo creo que si lo grabamos y lo subimos a Youtube nos hacemos millonarias en horas. Sobre todo se subscribirían aquellas personas con problemas para conciliar el sueño. El trabajo metódico de otros, relaja. Y en eso estábamos, totalmente relajadas, tomando café y galletas, sin dejar de observar los orquestados movimientos de los trabajadores. Cuando le vimos. Primero avanzó por el jardín de Ute, a paso firme y seguro, de zancada grande, casi marcial. Después abrió la cancilla que separaba ambos jardines, y continuó su avance por el mío. Pero lo que nos llamó la atención no fueron sus zancadas. Sino su aspecto. En el lado derecho de su rapada cabeza lucía un tatuaje de lo que parecía una planta trepadora. Su vestimenta era un tanto estrafalaria, ya que combinaba una casaca militar que una vez había sido verde, con una sudadera color turquesa con capucha y pantalones de faena negros con salpicaduras de pintura, terminando el look con unas botas de montaña con las que muy bien podría haber superado todos los ochomil. La primera en reaccionar fue Phyllis. Se incorporó de la banqueta en la que estaba sentada al tiempo que se llevaba la mano al pecho. Cómo no me has dicho que en tu jardín se rueda „Prison Break“?. Y me miró casi indignada. Phyllis y sus series. El intruso alcanzó en pocas zancadas la puerta de la terraza y se quedó parado en el umbral, mirándonos en silencio. Nosotras tampoco fuimos capaces de decir nada. Además Ute dejó caer la caja metálica de galletas al suelo y el ruido nos sobrecogió a todos. Incluido el desconocido quien incluso dio medio paso hacia atrás. Vengo por lo del enchufe. Nos lo dijo casi pidiendo disculpas. Ute dijo entonces que con gusto le enseñaríamos todos nuestros enchufes. A Phyllis le dio un ataque de risa. Él optó por entrar en casa. Está claro que valiente es.

Sabía que las casas pueden tener recovecos. Pero no tantos. La mía debería salir en algún volumen de la historia de la arquitectura como la casa con más recovecos con enchufe. La mayoría estropeados. Una vez hubimos recorrido toda la superficie habitable y no habitable, le ofrecí té con pastas y él aceptó. Se llama Hadubrand Lineker. Antes de que pudiésemos decir nada, aclaró que se llamaba así por su abuelo y no por los Nibelungos, Phyllis iba a decir algo al respecto, pero optó por callarse quedándose un tanto pensativa, Ute anotó que le parecía recordar que había un atleta con el mismo apellido, Hadubrand, entretenido en observar el vaivén de la grua mientras comía una pasta, la miró sonriendo. Explicó que su padre también era electricista y que sólo corría cuando era estrictamente necesario.

Mi jefe me pregunta por Whatsapp si es posible que la gente en el siglo dieciséis comiese ya plátanos. Es algo que nunca me hubiera planteado. No me gustan los plátanos. Ni el pan de plátano. Ni nada que lleve plátanos. No sé porqué. Soy así. Le contesto que todo depende dónde comiese la persona el plátano. Me contesta con tres muñequitas hawaianas bailando.

Hadubrand descubre más enchufes. Y varias tomas de tierra. Lo que quiera que eso sea. Tomamos té „Life-Balance“  mientras observamos cómo desaparece el tejado de la casa de los Schöller. Hadubrand me dice que al parecer quieren hacer una mansarda. Lo que nadie entiende es por qué la construyen con vistas hacia mi casa y no hacia el valle. Eso mismo me había preguntado yo. Siempre me alegra no ser la única con una opinión lógica. Me pregunta dónde compré el té. Yo también lo encuentro muy rico. Aunque sigo siendo más de café. Él también. Nos cuesta dejar nuestra labor de vigilancia. Yo vuelvo a mis cajas y él a sus enchufes. Encuentro el Black&Decker que creía perdido. Se lo doy por si lo necesita. Me lo agradece. Le queda bien. Al rato me busca y me explica que va a necesitar trifásicos. Por un momento se me ocurre pensar que los trifásicos son una suerte de séptimo de caballería para electricistas. Y me da por reir. Él también se ríe. Dos que ríen juntos. Se me ocurre que es un buen título para una película. Él me dice que ya hay una, pero en el título, los dos, cabalgan. Nunca me he subido a un caballo. Él sí. Maravillosos animales. Supongo.

Ya sabemos por qué los Schöller quisieron construir su mansarda hacia mi casa y no hacia el valle. Claramente querían que el marco funcionase como pantalla para un cine de verano y el jardín de Ute y el mío sería la platea. Fácilmente me pude imaginar a todos los vecinos del pueblo acarreando montaña arriba hamacas y sillas de jardin de distintas facturas, para buscar después el punto exacto en nuestro jardín desde el que disfrutar mejor la película. Por supuesto el proyector estaría situado en mi salón. La película a disfrutar sería elegida en referendum semanal. No se recaudaría dinero. Y después cada uno se haría cargo de su basura. Ute y Phyllis me dieron la razón afirmando con la cabeza, sin poder apartar la vista del enorme marco de mansarda que se había alzado en cuestión de horas sobre el tejado de los Schöller. Hadubrand se pasó la mano por su rapada cabeza y soltó un silbido.

Ute cocina Chilliconcarne. Yo encontré dos latas de maiz, un bote de aceitunas y otro de pimientos marinados. Phyllis aportó dos bolsas de nachos y tres de tortitas. Hadubrand compró cervezas de paso cuando fue a buscar brocas del seis. Usamos de mesa seis cajas. Los encargados ahora de montar la mansarda son hombres muy altos, fuertes, pelirrojos, con el pelo en rastas sujeto en colas de caballo y que trabajan con el torso desnudo. Phyllis dice que le recuerdan a los vikingos. Yo le digo que los vikingos construían barcos, no mansardas. Ute nos pregunta si eran los vikingos los que volaban con dragones, y Phyllis le explica que los dragones tienen mala fama, pero que son inofensivos. Hadubrand es una experto en hacer perfectos burritos de chilliconcarne. Me hace uno y lo adorna con dos hojas de perejil. AndaleAndale.

Encuentro chancletas desemparejadas, trapos de cocina, un sombrero tirolés, tres osos de peluche, una caja muy pesada roja rectangular forrada en raso rojo cerrada con llave y que ignoro lo que contiene, libros de cocina búlgara, amuletos de la suerte en forma de mono, el manual de instrucciones de una yogurtera que nunca compré, cinco tarros de mermelada de arándanos, tres cafeteras italianas, cuatro sacos de dormir, seis esterillas, cojines para hacer yoga, cojines para hacer pilates, cojines para leer en la cama, cojines para el sofá, cojines grandes, cojines pequeños, cojines en forma de ballena, cojines en forma de mariposa, cojines con forma de cojín. „El libro de la selva“ en audiolibro. Da igual como lo lea. Siempre acabo llorando. Hadubrand me confiesa que él lloró con „El rey león“. Mientras yo voy encontrando cosas y deshaciendo cajas, y él intenta encontrar la lógica eléctrica de mi superficie habitable, vamos enumerando películas o canciones que nos hayan hecho llorar. Los dos estamos de acuerdo que „Nesum Dorma“ debería sonar más en funerales. Un primo suyo había elegido „Yellow Submarine“. Yo me inclinaría más por la marcha de „El puente sobre el río Kwai“. La buscamos en Spotify y trabajamos al ritmo. Hacía mucho tiempo que no silbaba.

Los Schöller se asoman a su mansarda como lo harían a un abismo. Les saludamos con la mano. Y ellos nos responden al saludo como si perteneciésemos a una tribu desconocida. Después desaparecen en las profundidades de su casa. Ute dice que normalmente son muy sociables. Ella sabrá. De lo alto de la pluma de la grúa pende un marco de ventana que bien podría ser la puerta a otra dimensión. Los vikingos se ocupan de colocarla. Todos contuvimos la respiración hasta el instante en que la fijaron al anclaje del tejado y los vikingos celebraron el momento con aullidos de victoria y highfives. Nosotros también aplaudimos. Al alba vinceró, vinceró, vinceróooo.

Mi jefe me comunica que el marco del cuadro ha sido calificado de incunable. Le recomiendo que lea mejor el Email. Me contesta con un mono tapándose los ojos. Hadubrand trae los trifásicos. Encuentro una llave minúscula dentro de una caja de cerillas. Me acuerdo de la caja roja. Hadubrand me ayuda a colocarla sobre la encimera de la cocina. La abro.

El Sr Kalaschnikow siempre renegó de su invento. Me pregunto que habría dicho si lo hubiera visto en versión de cristal y lleno de vodka. Completaban el conjunto tres estuches de chupitos de whisky en forma de balas y tres granadas rellenas de cognac. Lo que pensé fue tanto que no fui capaz de articular palabra. Hadubrand se atrevió a acariciarlo con la punta de los dedos. Nos miramos. Yo cojo con cuidado dos balas y le entrego una. Nos las bebemos a bocajarro. Malgastamos munición. Cruzamos las lineas. Nos rendimos.

Y fundamos nuestra propia República Independiente.

Sin necesidad de trifásicos.

Espías(Para R.)

08 viernes May 2020

Posted by Alquimista de Historias in Relatos

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Magda llegaba siempre de improviso. Pero recuerdo sus estancias en mi casa como días distintos y de más risas de las que ya había. Porque Magda tenía una risa grande y cálida. Como ella. Magda y mi madre se habían conocido en su época universitaria, habiendo mantenido aquella amistad a través del tiempo y distintos espacios. Magda había vivido mucho años en Bilbao. Después, se había mudado con toda su familia a un minúsculo lugar en ninguna parte. De vez en cuando, con la excusa de ir a comprar medias, o pinzas de la ropa, o hebillas, se escapaba un par de días a nuestra casa.

Una de esas ocasiones coincidió con mi ingreso en la universidad. Me había decidido por estudiar Filología Alemana en Santiago de Compostela. Cuando se lo dije, a Magda le pareció una idea fantástica, además, me dijo, coincidiría con su hijo mayor que también estudiaba Filología, pero él Italiana. La única imagen que yo tenía de su hijo mayor era una foto con sus otros dos hermanos, aún siendo niños, los tres contra una pared de mármol. Nada más. Es inconfundible, me dijo, es alto, rubio y con los ojos azules. Lo iba a reconocer enseguida. Y yo la creí.

Desistí en la búsqueda al poco de poner pie en la Facultad de Filología. El fenómeno Erasmus estaba en plena expansión, y mi facultad era el kilómetro cero. La mayoría eran altos, rubios y de ojos azules. Inconfundibles.

Conocí a Marta el primer día de clase, porque estaba tan perdida como yo. Y nos hicimos inseparables. Ella vivía en una residencia de estudiantes, y yo iba y venía todos los días con el Castromil, pero el resto del tiempo solíamos pasarlo juntas.

Sucedió una mañana cualquiera. En un cambio de clase. Nosotras esperábamos sentadas en las sillas de plástico que entonces estaban situadas en los pasillos frente a las puertas de las aulas. No me acuerdo a qué a clase teníamos que acudir, pero el hecho es que nos sentamos a esperar a que la que tenía lugar acabase, para entrar nosotras.

La puerta se abrió, y apareció Él. Marta me tiró de la manga para que me fijase. Si aquel hombre hubiese sido un campo magnético, ella y yo nos hubiéramos visto en aquel instante catapultadas contra él. Marta consiguió colegir que no podía ser real, yo que era el hombre más guapo que hubiera parido madre jamás. Era arte en movimiento. Que desapareció por el pasillo, fumando un pitillo.

La idea fue de Marta. Quiero que conste. Entonces todavía estaban colgados en un tablón acristalado los horarios de todas las opciones de estudio que se daban en la Facultad, así que Marta se preocupó de dilucidar qué opción podía tener Él, y así hacer por coincidir.

Y coincidimos.

Si Él salía de un aula, nosotras estábamos allí. Si entraba en el aula, nosotras estábamos allí.Si se decidía a buscar un libro en la biblioteca, o sentarse a repasar algo, nosotras estábamos allí. La cafetería de la facultad era muy pequeña, y no tenía muchas mesas, pero nosotras siempre conseguíamos sentarnos en la mesa anexa a la suya. Nosotras estábamos allí. Pero no estábamos solas. Eramos muchas las que estábamos allí. Él parecía no darse por enterado, si bien iba siempre acompañado o por unas o por otras.

Lo que estaba claro es que ni Marta ni yo hubiéramos servido para espías, ya que ni nos escondíamos, ni hacíamos nada por ocultar nuestro objetivo. Actuábamos a plena luz del día y a cara descubierta.

Y llegó Navidad.

Magda llamó un sábado a media mañana. Había venido con su hijo al dentista y le habían tenido que sacar una muela. Nos preguntó si podrían pasar a tomar un calmante, ya que tenía mucho dolor. El dentista, al parecer, no estaba lejos de nuestra casa. Mi madre no puso objeción alguna y además les invitó a comer.

Cuando llamaron al telefonillo para que les abriésemos el portal, todos los miembros de mi familia estaban ocupados haciendo algo. Todos menos yo. Así que me tocó abrir. Esperé a que timbraran a la puerta del piso, supongo que tenía uno de esos días míos en los que no tengo ganas de ver a nadie, si no no me acuerdo porqué no salí a recibirles al descansillo. Sonó por fin el timbre y yo abrí la puerta.

Y allí. Frente a mí. Sujetándose un envoltorio con hielo contra la mejilla. Estaba ÉL.

Y Él me miró. Y yo le miré. Y los dos nos miramos. Tratando de convencernos a nosotros mismos de que aquello no podía ser cierto. Pero lo era. El hombre más guapo que ninguna madre hubiera parido jamás había sido parido por Magda, y estaba allí delante de mi.

Conozco la sensación de querer que el suelo se abra bajo los pies de uno, lo trague y luego vuelva a cerrarse, dejando a esa persona emparedada por los siglos de los siglos. La conozco porque fue lo que deseé en ese instante. Quedarme bajo los cimientos de mi casa por los siglos de los siglos. Pero no sucedió. Porque en ese momento llegó Magda, y casi al mismo tiempo el resto de mi familia a romper el fario.

No recuerdo lo que pasó después. Pero supongo que se hicieron las consabidas presentaciones, él se tomó su calmante y en algún momento comimos. Yo no fui capaz de dirigirle la palabra. Creo que él tampoco dijo demasiado, y se achacó al dolor de muelas. Iba a salvar la situación, después de todo. Pero no había contado con mi hermana. Ella tampoco era de muchas palabras, ni en aquella época ni nunca. Prefería observar. Y sacar conclusiones, que después decía o no, dependiendo de su humor. Quiso la casualidad, o quizás fue un lapsus caprichoso en el ritmo de la conversación de sobremesa, o simplemente pasó un angel. No lo sé. Pero justo en el momento en que se hizo el silencio en aquella mesa, mi hermana, después de haber observado al hijo de Magda de hito en hito durante un rato, miró a mi madre y dijo „Pues a mí, realmente, no me parece tan guapo“. Y yo sólo quise convertirme en piedra. O en pájaro, y salir volando, para no volver. O volverme raiz, y hundirme, hondo, muy hondo. Y conmigo, en aquel momento, mi madre. Al menos.

De vez en cuando me atrevía a mirarle, y él me miraba a mí. No hay nada peor que un dolor de muelas. En eso estábamos de acuerdo.

Supongo que llegado un momento se fueron.

A la vuelta a las clases después de Navidad, no le conté nada a Marta. Esperé a que ella también tuviera su momento raiz. Y así fue. Al segundo día de comenzadas las clases, nosotras volvíamos a estar allí. Pero esta vez, cuando el hombre que Marta estaba convencida de que no era real nos vio, se nos acercó regalándonos la más bonita de sus sonrisas y, llamándome por mi nombre, me saludó con dos besos. Cuando quise presentarle a Marta, no pude. Se había convertido en estatua de sal.

Después, el hombre más guapo que parió madre jamás, pasó a ser, para mi, simplemente, el hijo de Magda. Y durante el resto de nuestra estancia en Santiago, mantuvimos el contacto, fuera en forma de cafés o birras a deshoras.

Más tarde él se fue por el mundo. Y yo también.

Si me acordé de aquel episodio, fue porque ayer soñé con él. Había hecho todo el camino desde algún lugar del mundo hasta mi casa para ayudarme con mi próxima mudanza.

Y en el sueño me pareció totalmente lógico.

Para algo están los amigos.

Avieso

30 jueves Abr 2020

Posted by Alquimista de Historias in Relatos

≈ 4 comentarios

-Cascabel

-No, ese no cuadra..

-Lancero…

-Ese mejor

-Islero

-Ese es el que mató a Manolete

-No era Avispado?

-No, Islero

-Entonces…a quién mató Avispado?

-Ni idea..

-Catecúmeno

-Muy largo

-Triguero

-Suena a espárrago..

-Ligerito..

-Más rápido no puedo ir con el peso que llevamos..

-No hombre..

-Ah..sí, ese podría ser…Tranquilo

-Para tranquilo este..

-Bueno, mira como se nos puso en Piedrafita..

-Tendría sed el pobre animal..

-Ya..pero quién le da agua..tú?

-Pronto llegamos y puede beber

-Coño! Qué fue eso?

-Los baches…se me olvidó decirte lo de los ba…

-Me cago en la madre…! Joder.. para el bache! A poco más nos dejamos el eje..!

-Menudo coscorrón más tonto…

-Todo bien?

-Me saldrá un cuerno…pero bien..

-Sólo uno?

-Oye…Cornudo…que ni pintado..

-Venga „figura“, que hasta parece que ahora vamos más rápido…abre más la ventanilla y que corra el aire..

-„Soy minerooo“!!

-Apañamos…

Raulito el de la de Tornos avanzaba por el borde de la carretera dando pequeños saltitos al caminar. Como lo hacen los niños de seis años a los que les permiten ir libres de mano, y solos, por primera vez. El día anterior había acompañado a su padre al barbero, y éste le había cortado el pelo. No es que lo necesitase realmente, pero su madre quería que todos llevasen el pelo en condiciones en un día tan importante. Porque aquel era un día muy importante. Era el día de la Comunión de su hermana Merceditas. Su madre le había peinado el flequillo todo hacia delante y acicalado con brillantina, además le habían vestido con una camisita blanca de manga corta con cuello redondo, y unos pantalones cortos de piqué azul marino. Pero lo que más le gustaba a Raulito el de la de Tornos eran sus sandalias nuevas. Blancas,y con hebilla. Todavía impolutas. Las miraba cada tres saltitos, como para asegurarse de que todavía seguían allí. Y continuaba otra vez su alegre trote. Todos estaban todavía delante de la iglesia, en desordenada reunión después de la ceremonia, y su madre y su abuela le habían dejado que fuese solo hasta la casa de su tía Tona, que estaba sólo un par de cientos de metros alejada de la iglesia en linea recta siguiendo la carretera hacia abajo, y en cuya huerta iba a tener lugar la celebración. Raulito llevaba en la mano una bolsita con caramelos. Se los había dado su abuelo porque se había portado muy bien. Se miró las sandalias. Tenían un calado en forma de lágrima y podía verse los dedos de los pies. Fue al levantar la vista que lo vio. Delante de él. Si hubiera extendido su brazo lo hubiera podido rozar. Raulito tuvo que echar la cabeza hacia atrás para contemplar mejor su envergadura, se le abrió la boca sin querer, y no se atrevió a parpadear. Se miraron el uno al otro un instante, y Raulito, aún sin poder cerrar los ojos y con la boca todavía abierta, le siguió con la mirada cuando se adentró por una servidumbre de paso. Como había estado sin parpadear tanto tiempo, después tuvo que frotarse los ojos.

-Raulito..qué haces ahí? Vete a donde Tona, y no salgas a la carretera eh?, que puede venir un coche- La voz de Amelia de las del Factor le hizo volver la cabeza hacia las casas del otro lado de la carretera. Amelia estaba a la puerta de su casa, apertrechada en un traje azul cielo dos piezas, mesándose la permanente con una mano, mientras con la otra aferraba una cartera blanca contra si, como si un bandolero fuese a arrebatársela en cualquier momento.

-Ahí dentro hay un toro grande- Acertó a decir Raulito señalando con su mano hacia la servidumbre de paso, Amelia achinó levemente los ojos, como hacía siempre que no entendía bien, luego asintió y se arregló bien el escote. Alguien la llamó entonces desde dentro de la casa.

-Bueno, Raulito…tú vete a donde Tona, y no salgas a la carretera eh?- Repitió, para luego acudir al llamado.

Raulito se miró un momento las sandalias y continuó su camino hacia la casa de su tía, retomando sus saltitos. Casi llegando a casa de su tía, se cruzó con Herminio el de Tribes que venía fumando un pitillo, sin saber muy bien cómo moverse en su traje gris perla, cada dos pasos trataba de aflojarse el nudo de la corbata negra, su mujer se lo había apretado tanto que a él le dio la impresión que su verdadera intención había sido ahorcarle.

-Raulito!…cómo es que vienes tú solo?…no salgas a la carretera..- Dijo señalándole la carretera con estudiada severidad, Raulito negó con la cabeza y señaló hacia su espalda.

-Allí hay un toro grande, Herminio..así- Y levantó sus bracitos en el aire al tiempo que se ponía de puntillas para dar fe del tamaño del animal que decía haber visto. Herminio el de Tribes tomó una calada de su cigarrillo, y expulsó el humo despacio al tiempo que le miraba a través de la nube, luego trató de aflojarse de nuevo la corbata.

-Ya…tú vete a donde Tona, y no salgas a la carretera- Advirtió, para después acariciarle la cabeza y alejarse carretera arriba. Raulito le siguió con la mirada un momento, para continuar caminando a saltitos hasta alcanzar la casa de su tía Tona.

La casa de Tona se abría en su parte de atrás a una gran huerta, en la que se diseminaban manzanos y limoneros, a la sombra de los cuales se habian preparado dos mesas largas con mantelería blanca y la mejor vajilla de las de Tornos. Porque habían tenido que utilizar las tres vajillas para tener servicios para todos los invitados. No hizo falta que Raulito llamase a la puerta, ya que la encontró abierta. La casa era un hervidero de gente, que entraba y salía de la huerta hablando, riendo y compartiendo ya algún entremés en alegre jaleo. Muchos accedían a la propiedad desde las huertas vecinas, otros habían venido antes desde la iglesia. La huerta colindaba con el Campo de la Fiesta. Una amplia extensión de hierba, al fondo de la cual se había montado un rudimentario palco de madera, sobre el que por la tarde tocaría la orquesta. A un lado del palco se habían colocado dos feriantes, uno con una especie de mecano metálico del que colgaban tres barcas de madera, que más tarde surcarían el aire impulsadas por cuerdas, y otro con una caseta de tiro al blanco, donde a esa hora, el encargado, todavía se ocupaba de colgar los futuros premios. Un barquito de vela, una muñeca vestida de gitana, un rifle de plástico…Todavía faltaban tres días para el Día Grande, para entonces todo el campo estaría repleto de más casetas, una tómbola y todo olería a una mezcla de almendras garrapiñadas,vino y sardinas. Hoy sólo era la comunión de Merceditas.

-Raulito, no saldrías a la carretera?- Preguntó Tona arreglándole el flequillo a su sobrino, Raulito negó con la cabeza e iba a decirle algo, pero alguién tocó de repente un tuba, y Tona lanzó un grito llevándose la mano al pecho.-

-Y a ti ahora qué te pasa?- Preguntó Suso, su marido, que en ese momento pasaba por allí transportando dos sillas hacia fuera,y, debido al grito, había dejado caer una.

-Si no pensé que era un barco…

-Qué barco ni barca…tienes cada cosa…- Y se alejó aún hablando para si, llevando las sillas. Tona se mojó la punta de los dedos con la lengua y volvió a arreglarle el flequillo a Raulito, esta vez hacia la izquierda. Luego lo cogió de la mano.

-Tú ven, corazón, que tienes cara de hambre…- Y se alejó con él hacia la huerta.

Obdulia la del Teniente estaba muy orgullosa de su traje de lunares. Blancos sobre fondo rojo, ni muy grandes que paciesen lamparones, ni demasiado pequeños que pareciese llevase un traje de faralaes. Le había puesto solapas blancas, que cerraban el vestido con en total seis botones también blancos, el cinturón era rojo con hebilla plateada. Echó los hombros hacia atrás ante el espejo de cuerpo, y se dio media vuelta para ver el efecto por atrás, sonrió coqueta a su imagen; se fijó un momento en sus zapatos, blancos, tipo topolino, que dejaban ver sus manicuradas uñas rojas. Se atusó el moño bajo y arrugó levemente los labios para extender mejor el carmín. Por último alcanzó su cartera. Era negra. Tampoco había que abusar con el rojo. Decidió ir hasta la casa de Tona la de Tornos atravesando las huertas que separaban su casa de la de ella, así no tendría que dar tanta vuelta. Salió por el fondo, demarcado por una fila de árboles llorones, Obdulia cayó en la cuenta al atraversalos que en algún momento habría que cortarles las ramas, que ya casi formaban un manto sobre la hierba, pero ahora no era el momento ni la hora para hacerlo. No quería llegar tarde. Cruzó a través de las matas de madreselva, y cogió una ramita. Sonrió al olerla. Después la pondría en el cajón de su ropa interior. Avanzaba tratando de no enredarse los pies con la hierba alta, cuando la escuchó. Una respiración pesada y profunda, que provenía de detrás de los arbustos. Corrigió la postura y levantó un poco más la barbilla antes de continuar camino, no pudo evitar ponerse un poco colorada, sabía que el vestido iba a levantar espectación, pero no ya allí precisamente. Sintió cómo se movían los arbustos, y, de nuevo, la respiración, esta vez más profunda y casi agitada en su final. Obdulia se volvió, ya dispuesta a decirle cualquier cosa a aquel que se atrevía a comportarse de tal forma, y lo vio. Parado a diez pasos de ella. Entre la hierba alta. Mirándola. Tranquilo. Obdulia sintió como toda la sangre que hasta aquel momento había atesorado su cuerpo desaparecía, y con ella la fuerza de sus rodillas para sostener el peso de su cuerpo. También su voz. Sólo consiguió abrir la boca una cuarta, y volver a cerrarla sin haber conseguido ni exhalar un halito de algo parecido a un suspiro. Acertó, sin embargo, a girar su cuerpo de nuevo hacia el caminito por el que había avanzado hasta entonces e intentar alejarse del peligro. A Obdulia le dio la impresión de estar sumergida en aquel momento en una de esas pesadillas en las que uno intenta correr pero el suelo se vuelve de pronto de goma elástica, y por mucho que intente gritar su garganta no obedece, igual que los brazos, que se mueven sin sincronización, como si no perteneciesen al cuerpo. Y él la siguió. Curioso. A trote lento. Tranquilo.

-Tona, sabes? yo…- Comenzó Raulito, su tía Tona, que aún no le había soltado de la mano, sin atender a lo que quería decirle, le hizo entrega de un trozo de „torta borracha“.

-Toma nené, que seguro que tienes hambre…- Dijo, Raulito se limitó a asentir y a dar un bocado al enorme trozo de torta.

En eso, Tona miró hacia la huerta de los de Coles, la que colindaba con la suya, ya que desde allí llegaba gente corriendo y gritando, también los invitados que estaban en su huerta comenzaron a correr en todas direcciones gritando y volcando sillas. Primero vio a Obdulia la del Teniente, caminando de forma muy rara hacia el campón de la fiesta, e iba a preguntarse porqué toda la gente huía de Obdulia, cuando vio el motivo, y llevándose la mano al pecho comenzó a correr ella también hacia el campón profiriendo gritos, sin darse cuenta de que todavía llevaba de la mano a su sobrino.

-Raulito!!Raulito!!

-Estoy aquí, Tona!

-Corre, nené, tú corre..!!

 

 

-Que alguien haga algo!

-Llamad a los bomberos!

-AyDiosMío…y qué está ardiendo ahora?!

-Pues a la Guardia Civil!

-Nada de tiros…que hay criaturas!

-Apartarse!Apartarse!

-Dejar local!

-Buscar al alguien!

-Hay que buscar al torero!

-Pero qué dices! Apartarse!

-Sí que está! Buscar al torero!

-La criaturas! Las criaturas!

Juan Tomás, el Grande de Guijuelo, estaba sentado a la sombra de un frondoso castaño, ante una mesa ya dispuesta para la comida, el alcalde les había invitado, a él y a sus mozo de espadas a comer después de haberles dado un paseo por la zona y mostrarles los puntos más representativos del lugar. Juan Tomás, el Grande de Guijuelo, llevaba horas tratando de encontrar la manera de dirigirle la palabra a Violeta. Violeta era una chica amiga de la hija del alcalde, cuyo nombre no recordaba y a la que además habían sentado junto a él. A Violeta la habían sentado tres sitios a su izquierda, entre la cuñada del alcalde y un señor gordo de bigote que no paraba de servirse gaseosa. No había nada que no le gustase de aquella chica. Hasta su nombre. Violeta. Pero él no conseguía reunir el valor suficiente para dirigirle la palabra. Y lo peor. Qué palabras. Lo único que le venía a la cabeza que tuviera que ver con el nombre de Violeta era „Violetas Imperiales“ de Luís Mariano, y él, aunque le habían dicho que tenía buena voz, no creía que fuese la forma de entablar una conversación. Y menos allí. Además hacía un calor terrible. Húmedo. Que hacía que la camisa se le pegase a la espalda bajo la chaqueta del traje. Todavía llevaba puesto el sombrero panamá con banda azul, no sólo para protegerse del resol, sino también para frenar las gotas de sudor que insistían en perlar su frente, y que de vez en cuando se secaba con un pañuelo ya empapado. Violeta también le miraba. De vez en cuando. Violeta.

La mujer que trabajaba en la casa del alcalde acababa de colocar en el centro de la mesa una empanada perfectamente redonda, y que invitaba a comerla con sólo su delicioso olor, cuando un grupo de personas entró corriendo en la huerta por uno de los laterales gritando a la vez cosas incongruentes.

-Pero qué pasa!?- Alcanzó a preguntar el alcalde, que al incorporarse tan de prisa, volcó su silla.

-Va a haber una desgracia!

-Necesitamos al torero!

-Hay que apurar…!

-Aún va a encornar a la del Teniente!

-Es más grande que un mundo!

Todos miraron entonces a Juan Tomás, el Grande de Guijuelo, quien había permanecido sentado, sin entender qué estaba pasando. Nastasio, su mozo de espadas, se incorporó y se santiguó al mismo tiempo, y él también se incorporó, aún sin saber por qué tenía que hacerlo, ya que todos hablaban a gritos a la vez y señalaban con los dedos en todas direcciones, las mujeres se llevaron las manos a la boca, el hombre gordo de bigote se bebió un vaso de gaseosa de una vez. Entonces Juan Tomás, el Grande de Guijuelo, se vio rodeado por toda aquella gente, y Nastasio le agarró del brazo para guiarle hacia algún lugar fuera de aquella huerta, el diestro alcanzó a buscar a Violeta, quien también llevada por el grupo, avanzaba justo detrás de él, tanto o más confundida que él mismo.

-JuanTomásportumadre! Ni un puñalito tengo que darte! Pues que sea lo que Dios quiera!Hacer sitio!- Acertó a gritar Nastasio mientras avanzaban entre huertas, árboles, hierba alta y una multitud de gente que se les había unido y corría con ellos.

 

-Y qué tocamos!?-Preguntaba el trompeta de la orquesta municipal, que se había reunido cerca del campón de la fiesta para por la tarde tocar un par de piezas y ahora corría en desordenado grupo hacia donde les habían dicho que vendría el torero.

-Algo con Juan! No se llama Juan Tomás?!- Acertó a contestar el director tratando de no tropezar.

-La única es..“La hija de Juan Simón“…

-Ay Iñás por favor hombre….!

-Pues como es Grande…pues la de Marcial…

-Pues dale ahí…

Y avanzaron. Todos en desordenado tropel. Juan Tomás, el Grande de Guijuelo, tomado por el brazo por Nastasio, en cabeza, tras ellos el alcalde y los invitados a la interrumpida comida, detrás los vecinos del pueblo que se habían ido uniendo desde todas partes, y con ellos la orquesta tocando al paso „Marcial, tú eres el más grande“ sin perder ni una nota. Hasta que llegaron al linde del campón de la fiesta, alrededor del cual ya se había congregado una ansiosa muchedumbre. Obdulia la del Teniente había logrado llegar hasta el centro del campón, donde se había quedado clavada, llorando desconsoladamente, después de que el animal que la perseguía también cesara en su avance a pocos metros de ella.

El alcalde mandó callar a la orquesta con un gesto. Nastasio le abotonó la chaqueta a su maestro y, sin saber qué más hacerle, le arregló las solapas y le agarró con fuerza los antebrazos mirándole fijamente.

-JuanTomásportumadre, haz lo que tengas que hacer- Dijo casi seguro de si mismo. Juan Tomás, el Grande de Guijuelo, se llevó la mano al sombrero Panamá que aún llevaba en la cabeza, se lo quitó, se volvió y se lo entregó a Violeta diciéndole con ese gesto todo lo que no había podido en todo el día, ella recogió el sombrero entre sus manos y lo apretó contra su pecho parpadeando lento, sin necesidad de dar más explicaciones. De mano en mano, atravesó la multitud circundante un mantel cuadrado de color azul, en el apuro del momento había sido imposible encontrar otro de otro color.

Juan Tomás, el Grande de Guijuelo, tomó el mantel en sus manos y se adentró en el campón a su suerte. El astado notó su presencia, y pareció saludarle acariciando la hierba con su pezuña delantera izquierda, su retador le devolvió el saludo sacudiendo levemente el mantel, cosiendo su mirada a la de él y midiendo cada uno de sus pasos. El animal perdió el interés en Obdulia, ahora sólo estaba pendiente de aquel trapo azul y su portador, quien, mientras tanteaba una situación favorable, le iba dando discretas instrucciones a Obdulia para que se fuera retirando caminando hacia atrás, de forma que ambos se movían a la vez, Obdulia hacia el palco de la música, y él hacia el frontal del toro, quien le seguía con la mirada sin variar su posición. Tan pronto Obdulia la del Teniente notó que había alcanzado las inmediaciones del palco, se desmayó en los brazos del Sargento Corcuera de la Guardia Civil, quien se había movido al tiempo que ella a lo ancho del fondo del campón para acudir en su ayuda si se diera el caso. Y se dio.

Hombre y toro, ya frente a frente, decidieron medir sus fuerzas.

No hizo falta muleta para aventar el improvisado capote, ni que el respetable abarrotase un tendido para jalear a una voz sentidos „Ole“. La magia se hizo realidad, la maravilla fue patente y el valor hizo el resto.

Llegados a un punto de no retorno, estando el diestro y el bravo de nuevo frente a frente, Juan Tomás, el Grande de Guijuelo, alzó el dedo índice de su mano derecha hacia el cielo, sin descoser su mirada de la de su opuesto en el duelo, y con firme seguridad lo hizo descender lentamente hasta señalar el suelo. La tierra dejó de girar, los pájaros cesaron de cantar, los grillos callaron, el viento no sopló, nadie pudo parpadear, ninguno osó tragar saliba, el tiempo no quiso pasar. Y Avieso se postró a su orden.

Una riada de servilletas y manteles blancos acompañó la posterior algaravía, y cuatro hombres pertrechados con sogas con las que ataban a sus bueyes obraron el indulto.

Juan Tomás, el Grande de Guijuelo, empezó ahí a labrar su leyenda y Violeta, después, se convirtió en la mujer detrás del mito.

Obdulia la del Teniente y el Sargento Corcuera estuvieron juntos en lo bueno y en lo malo, y si la muerte no los ha separado, viven todavía. Muchas copiaron el corte del vestido, pero ninguna consiguió igualar el derriere.

Raulito el de la de Tornos recordaría de aquella gloriosa tarde dos cosas, sus sandalias blancas con calado en forma de lágrima que le dejaba ver los dedos de los pies, y que en uno de los Oles se le había caído al suelo el trozo de Torta Borracha que le había dado su tía.

Avieso acabó sus días como semental, pastando en una dehesa extremeña. A su hijo le pusieron de nombre Tranquilo. Porque imitaba maneras del padre.

 

Maestro, cómo debe ser el toreo? “Debe ser técnico, donde la aritmética ha de tener un papel fundamental, poniendo en juego, como un supuesto cálculo de sumas y restas, la exactitud de los terrenos y los tiempos, e inteligentemente lograr la solución de los problemas, teniendo como resultado la perfección de la faena»

Marcial Lalanda

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