Encontré los calcetines en una caja con vasos. No eran iguales, pero al menos pude ponerme algo en los pies. Recuerdo guardar los zapatos y zapatillas en el último momento, y no rotulé la caja con el contenido. Así que no voy a ser capaz de localizarlos a corto plazo. Sólo tengo las zapatillas de deporte que me puse para estar cómoda durante el trasiego de cajas, cajones, muebles, bolsas, bolsitas, bolsones, cestas, tinas y baules de una casa a otra. Porque ahora vivo en una casa. Con jardín. En realidad yo habito el piso superior, el bajo está ocupado por alguien que aún no conozco. Su jardín y el mío son independientes, separados por una verja azul pero intercomunicados por una puerta . La casa está situada sobre una montaña, y el jardín la rodea en desnivel, salvándolo en terrazas. Phyllis dice que he alquilado un ventanal con vivienda, y no al revés. Phyllis tiende siempre a exagerar las cosas, pero esta vez tiene razón. El ventanal de mi salón podría ser utilizado como Puesto de Observación del Valle. El POV. Y nos reímos. Ha prometido hacerme una plaquita con las siglas para que la pegue en el buzón junto a mi nombre.

No tengo luz. En realidad sólo me funcionan un enchufe y la bombilla del pasillo. La única bombilla que hay en toda la vivienda. Según parece los dueños quisieron darle a la casa el „Estilo Hollywood“, muy popular en los setenta, según el cual las viviendas se iluminaban con lámparas situadas estratétigamente por toda la superficie habitable. En Hollywood saben de la existencia de las bombillas. Y de su uso. No le encuentro la relación.

Tampoco me funciona la cocina. No tiene estilo alguno. Simplemente es vieja. He encontrado un calentador de agua, una tartera y el hornillo de camping que se dejó olvidado mi hermano a su regreso de Nepal. Hace ya siete años. Estaban en una caja rotulada con „NuncaJamás“. Tampoco encuentro la relación. Todavía no he localizado la caja con mis neuronas. Creo que estoy chocando algo.

Ya conozco a mi vecina de abajo. Se llama Ute y trabaja de burócrata en una oficina gris. No es que lo haya supuesto yo. Así me lo explicó ella. Y que la oficina sea gris no es porque los que allí trabajen sean tristes. Cuando fue necesario repintar los despachos, ese había sido el color que alguien había decidido que debían tener las paredes a partir de aquel momento. Al parecer el gris relaja. Para relajarse más, ella ha colgado un poster de elefantes caminando bajo el agua y su compañera una foto del prado de sus padres en Bavaria. Todo esto me lo explicó en menos de un minuto nada más presentarse y como colofón me preguntó de qué signo de zodíaco era. Cancer. Se alegró sobremanera, porque ella es acuario y al parecer las dos tenemos como ascendente a Júpiter. Yo también me alegré. Siempre me han interesado los planetas.

Las dos somos más de café que de té, así que, para celebrar mi llegada a la casa, me obsequió con un café con leche, que me supo a gloria, y que tomamos sentadas sobre dos cajas ante el ventanal de mi salón. Fue entonces cuando me comentó que los Schöller iban a arreglar su tejado. Los Schöller son los dueños de la casa que colinda con nuestros jardines y cuyo tejado puedo apreciar desde mi mirador, que es como Phyllis ha dado en llamar al ventanal. Con tal fin van a traer una grúa y un equipo de obreros comenzará en breve con el arreglo. Le pregunté qué tipo de arreglo querían hacer que necesitase una grúa. Ute se encogió de hombros y suspiró. Ella se había tirado una vez desde la pluma de una grúa, portando sólo una bandera arcoiris para protestar contra la Nato. Lo de la idea con el arcoiris había sido de Jochen, ella quería saltar con tres palomas y soltarlas al vuelo. Pero no habían encontrado ni una paloma. De ahí la bandera. Nadie protesta contra la Nato hoy en día, lamentó, así que no creía que a nadie se le ocurriese saltar de la grúa de los Schöller. Yo asentí. Sólo pensar en una grúa me da vértigo.

Llamé al electricista. La mujer que recogió mi encargo me dijo que me enviarían a alguien en cuanto tuvieran un trabajador disponible, ya que estaban desbordados de trabajo. No me puedo imaginar que todo el pueblo esté sin luz. O no les funcionen los enchufes. O no tenga ni un aplique de bombilla en toda la superficie habitable. Que todo el pueblo se hubiera decidido por el estilo Hollywood y ahora renegase a la vez. Thomas Alva Edison tiene una estatua en bronce en Michigan. Con razón.

Mi jefe me manda un Email para decirme que la luz ultravioleta ha desvelado que el cuadro que restauro en realidad fue pintado sobre otro. Eso ya se lo había dicho yo sin necesidad de lámpara ultravioleta. Decir que estoy de vacaciones sería mentir. Digamos que cada día comienzo una expedición por un territorio desconocido y densamente ocupado por, mayoritariamente, cajas de embalar de distintos tamaños, y que he colonizado con el nombre de „mi casa“. Esta expedición durará el tiempo que me he tomado libre de empleo, pero con sueldo. Hasta entonces mi jefe tendrá que contentarse con la máquina de luz ultravioleta. Dito.

Me despierta lo que supongo es un terremoto. Pero no. Son los de la grúa. Desayuno unas galletas de limón, que encontré dentro de un bolso que dudo sea mío, y un té „Life-Balance“ que sabe a vainilla mientras observo la instalación de la grúa en el jardín de los Schöller. Al parecer es un matrimonio con tres hijos. Todavía no he visto a ninguno de ellos.

En algún momento de mi vida me he debido ofrecer voluntaria para almacenar los cargadores de móvil que nadie quiera usar. A eso se unen tuppers sin tapa, tapas sin tupper, zapatos del pie izquierdo, cd´s sin carátulas, resguardos bancarios de hace cinco años, cojines de todos los tamaños, mandos a distancia huérfanos de dispositivo, y objetos plásticos no identificados, con tapa o sin ella, a los que alguna vez encontré uso. Todo ello regado con una cantidad ingente de camisetas blancas de manga corta. Y tubos de pasta de dientes. Casi uno por camiseta. Debería hacerme ver. Pero quien me viene a ver en Phyllis. Trae un termo de café, monodosis de leche condensada y una caja de galletas surtidas. Pretendemos desempaquetar libros y colocarlos por temas en una estantería. Pero sucumbimos al poder hipnótico de la grúa y de los trabajos de los hombres sobre el tejado. Llegamos a la conclusión de que nosotras hubiéramos caido rodando nada más poner pie sobre él. Me pregunto porqué los trabajadores no llevan ni casco ni arnés de seguridad. Phyllis se tapa los ojos. Ay no digas eso, se asusta, que basta que tal para que se caiga uno. Yo ya tengo mis traumas, para coger otro no estoy, me lo asegura sin destaparse los ojos. No sabía que Phyllis tuviera traumas. Ella niega con la cabeza y me dice que más que traumas son comederas de cabeza, sobre cosas que sólo ella entiende o da importancia. Y ahora no va a poder para de pensar en cascos y arneses, y los buscará en Amazón, y los encontrará muy ponibles. Yo le digo que no cuente conmigo para su próxima mudanza. Y nos reimos. Al poco se nos une Ute. El Ministro en persona ha venido hoy de visita a su oficina y les han dado el día libre. Le preguntamos qué Ministro. Ella se encoge de hombros. Uno. Y con eso está todo dicho.

Los hombres se mueven por el tejado con una agilidad pasmosa. Son seis. Y retiran metódicamente las tejas, que después cargan en un transportín que pende de la grúa, y que va y viene, sube y baja, según lo van llenando. Yo creo que si lo grabamos y lo subimos a Youtube nos hacemos millonarias en horas. Sobre todo se subscribirían aquellas personas con problemas para conciliar el sueño. El trabajo metódico de otros, relaja. Y en eso estábamos, totalmente relajadas, tomando café y galletas, sin dejar de observar los orquestados movimientos de los trabajadores. Cuando le vimos. Primero avanzó por el jardín de Ute, a paso firme y seguro, de zancada grande, casi marcial. Después abrió la cancilla que separaba ambos jardines, y continuó su avance por el mío. Pero lo que nos llamó la atención no fueron sus zancadas. Sino su aspecto. En el lado derecho de su rapada cabeza lucía un tatuaje de lo que parecía una planta trepadora. Su vestimenta era un tanto estrafalaria, ya que combinaba una casaca militar que una vez había sido verde, con una sudadera color turquesa con capucha y pantalones de faena negros con salpicaduras de pintura, terminando el look con unas botas de montaña con las que muy bien podría haber superado todos los ochomil. La primera en reaccionar fue Phyllis. Se incorporó de la banqueta en la que estaba sentada al tiempo que se llevaba la mano al pecho. Cómo no me has dicho que en tu jardín se rueda „Prison Break“?. Y me miró casi indignada. Phyllis y sus series. El intruso alcanzó en pocas zancadas la puerta de la terraza y se quedó parado en el umbral, mirándonos en silencio. Nosotras tampoco fuimos capaces de decir nada. Además Ute dejó caer la caja metálica de galletas al suelo y el ruido nos sobrecogió a todos. Incluido el desconocido quien incluso dio medio paso hacia atrás. Vengo por lo del enchufe. Nos lo dijo casi pidiendo disculpas. Ute dijo entonces que con gusto le enseñaríamos todos nuestros enchufes. A Phyllis le dio un ataque de risa. Él optó por entrar en casa. Está claro que valiente es.

Sabía que las casas pueden tener recovecos. Pero no tantos. La mía debería salir en algún volumen de la historia de la arquitectura como la casa con más recovecos con enchufe. La mayoría estropeados. Una vez hubimos recorrido toda la superficie habitable y no habitable, le ofrecí té con pastas y él aceptó. Se llama Hadubrand Lineker. Antes de que pudiésemos decir nada, aclaró que se llamaba así por su abuelo y no por los Nibelungos, Phyllis iba a decir algo al respecto, pero optó por callarse quedándose un tanto pensativa, Ute anotó que le parecía recordar que había un atleta con el mismo apellido, Hadubrand, entretenido en observar el vaivén de la grua mientras comía una pasta, la miró sonriendo. Explicó que su padre también era electricista y que sólo corría cuando era estrictamente necesario.

Mi jefe me pregunta por Whatsapp si es posible que la gente en el siglo dieciséis comiese ya plátanos. Es algo que nunca me hubiera planteado. No me gustan los plátanos. Ni el pan de plátano. Ni nada que lleve plátanos. No sé porqué. Soy así. Le contesto que todo depende dónde comiese la persona el plátano. Me contesta con tres muñequitas hawaianas bailando.

Hadubrand descubre más enchufes. Y varias tomas de tierra. Lo que quiera que eso sea. Tomamos té „Life-Balance“  mientras observamos cómo desaparece el tejado de la casa de los Schöller. Hadubrand me dice que al parecer quieren hacer una mansarda. Lo que nadie entiende es por qué la construyen con vistas hacia mi casa y no hacia el valle. Eso mismo me había preguntado yo. Siempre me alegra no ser la única con una opinión lógica. Me pregunta dónde compré el té. Yo también lo encuentro muy rico. Aunque sigo siendo más de café. Él también. Nos cuesta dejar nuestra labor de vigilancia. Yo vuelvo a mis cajas y él a sus enchufes. Encuentro el Black&Decker que creía perdido. Se lo doy por si lo necesita. Me lo agradece. Le queda bien. Al rato me busca y me explica que va a necesitar trifásicos. Por un momento se me ocurre pensar que los trifásicos son una suerte de séptimo de caballería para electricistas. Y me da por reir. Él también se ríe. Dos que ríen juntos. Se me ocurre que es un buen título para una película. Él me dice que ya hay una, pero en el título, los dos, cabalgan. Nunca me he subido a un caballo. Él sí. Maravillosos animales. Supongo.

Ya sabemos por qué los Schöller quisieron construir su mansarda hacia mi casa y no hacia el valle. Claramente querían que el marco funcionase como pantalla para un cine de verano y el jardín de Ute y el mío sería la platea. Fácilmente me pude imaginar a todos los vecinos del pueblo acarreando montaña arriba hamacas y sillas de jardin de distintas facturas, para buscar después el punto exacto en nuestro jardín desde el que disfrutar mejor la película. Por supuesto el proyector estaría situado en mi salón. La película a disfrutar sería elegida en referendum semanal. No se recaudaría dinero. Y después cada uno se haría cargo de su basura. Ute y Phyllis me dieron la razón afirmando con la cabeza, sin poder apartar la vista del enorme marco de mansarda que se había alzado en cuestión de horas sobre el tejado de los Schöller. Hadubrand se pasó la mano por su rapada cabeza y soltó un silbido.

Ute cocina Chilliconcarne. Yo encontré dos latas de maiz, un bote de aceitunas y otro de pimientos marinados. Phyllis aportó dos bolsas de nachos y tres de tortitas. Hadubrand compró cervezas de paso cuando fue a buscar brocas del seis. Usamos de mesa seis cajas. Los encargados ahora de montar la mansarda son hombres muy altos, fuertes, pelirrojos, con el pelo en rastas sujeto en colas de caballo y que trabajan con el torso desnudo. Phyllis dice que le recuerdan a los vikingos. Yo le digo que los vikingos construían barcos, no mansardas. Ute nos pregunta si eran los vikingos los que volaban con dragones, y Phyllis le explica que los dragones tienen mala fama, pero que son inofensivos. Hadubrand es una experto en hacer perfectos burritos de chilliconcarne. Me hace uno y lo adorna con dos hojas de perejil. AndaleAndale.

Encuentro chancletas desemparejadas, trapos de cocina, un sombrero tirolés, tres osos de peluche, una caja muy pesada roja rectangular forrada en raso rojo cerrada con llave y que ignoro lo que contiene, libros de cocina búlgara, amuletos de la suerte en forma de mono, el manual de instrucciones de una yogurtera que nunca compré, cinco tarros de mermelada de arándanos, tres cafeteras italianas, cuatro sacos de dormir, seis esterillas, cojines para hacer yoga, cojines para hacer pilates, cojines para leer en la cama, cojines para el sofá, cojines grandes, cojines pequeños, cojines en forma de ballena, cojines en forma de mariposa, cojines con forma de cojín. „El libro de la selva“ en audiolibro. Da igual como lo lea. Siempre acabo llorando. Hadubrand me confiesa que él lloró con „El rey león“. Mientras yo voy encontrando cosas y deshaciendo cajas, y él intenta encontrar la lógica eléctrica de mi superficie habitable, vamos enumerando películas o canciones que nos hayan hecho llorar. Los dos estamos de acuerdo que „Nesum Dorma“ debería sonar más en funerales. Un primo suyo había elegido „Yellow Submarine“. Yo me inclinaría más por la marcha de „El puente sobre el río Kwai“. La buscamos en Spotify y trabajamos al ritmo. Hacía mucho tiempo que no silbaba.

Los Schöller se asoman a su mansarda como lo harían a un abismo. Les saludamos con la mano. Y ellos nos responden al saludo como si perteneciésemos a una tribu desconocida. Después desaparecen en las profundidades de su casa. Ute dice que normalmente son muy sociables. Ella sabrá. De lo alto de la pluma de la grúa pende un marco de ventana que bien podría ser la puerta a otra dimensión. Los vikingos se ocupan de colocarla. Todos contuvimos la respiración hasta el instante en que la fijaron al anclaje del tejado y los vikingos celebraron el momento con aullidos de victoria y highfives. Nosotros también aplaudimos. Al alba vinceró, vinceró, vinceróooo.

Mi jefe me comunica que el marco del cuadro ha sido calificado de incunable. Le recomiendo que lea mejor el Email. Me contesta con un mono tapándose los ojos. Hadubrand trae los trifásicos. Encuentro una llave minúscula dentro de una caja de cerillas. Me acuerdo de la caja roja. Hadubrand me ayuda a colocarla sobre la encimera de la cocina. La abro.

El Sr Kalaschnikow siempre renegó de su invento. Me pregunto que habría dicho si lo hubiera visto en versión de cristal y lleno de vodka. Completaban el conjunto tres estuches de chupitos de whisky en forma de balas y tres granadas rellenas de cognac. Lo que pensé fue tanto que no fui capaz de articular palabra. Hadubrand se atrevió a acariciarlo con la punta de los dedos. Nos miramos. Yo cojo con cuidado dos balas y le entrego una. Nos las bebemos a bocajarro. Malgastamos munición. Cruzamos las lineas. Nos rendimos.

Y fundamos nuestra propia República Independiente.

Sin necesidad de trifásicos.